Madre hay una sola

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Cuando desperté hoy de mi siesta (que desde hace unos años a veces tomo) experimenté por un lado un enorme placer; llovía afuera, adentro se estaba bien, sin humedad, sin frío, la penumbra me iba mostrando las aristas de los objetos tan conocidos, despacio, sin apresuramientos, sin estridencias. La música que llegaba del cuarto de mi hijo ( como llovía no había ido a trabajar) era rara, no podía determinar de qué genero era porque se acoplaba con el sonido archiconocido del juego de estrategia, el famoso LOL o League of Legend que viene jugando hace casi ya ocho años, no sé…

Por otro lado, al despertar me vino un pinchazo de angustia justo en el medio del corazón o quizá más abajo, en la boca del estómago, me aceleró el ritmo cardíaco, me bañe en un sudor frío y sentí un vacío tan grande que aunque su intensidad fue decreciendo bastó para que me replanteara estas dos situaciones tan encontradas ¿no? el enorme placer por un lado y el vacío, también enorme, abismal, que no entendía por qué se anunciaba tan cercano al placer.

-Si a mí me encantan los días grises de lluvia -pensé- ¿cómo es posible sentir tanto agobio cuando todo está dado para tener que agradecerle a la vida el haberme reservado un día así, a mis cincuenta y cuatro años: una notebook en reposo, para seguir escribiendo la novela o ver la serie que estoy viendo, escribirle a alguien o recibir de alguien un mail? -seguí pensando mientras me iba incorporando, poniendo las pantuflas, acomodando las almohadas todavía tibias, mientras el LoL y sus sonidos, las risas o las puteadas de mi hijo se sucedían una y otra en un eterno toma y daca provenientes del otro cuarto, amortiguadas por mi somnolencia- ¿Cómo puede alguien angustiarse con la vida que tengo, si ahora me puedo hacer un mate, un par de tostadas y sin importarme las calorías engullírmelas con placer, mientras las luces de la cocina me iluminan la tarde?porque hasta eso, yo me puedo dar el lujo de elegir donde escribo- me dije mirándome al espejo del baño, mientras el agua fría me enfriaba la frente y todo lo que está detrás de ella.

Anduve los pasos que me separan del baño a la cocina y los libros apilados en las bibliotecas, los cuadros, los espejos, las ventanas, todo me era querido. Todo. Pero la angustia percibida estaba todavía ahí, encogida, a un costado del hígado, ya, dispuesta a quedarse y a angustiarme  de verdad toda la tarde.

Abrí la notebook y entre ofertas y suscripciones, tenía un email muy lindo; un mensaje de una amiga con la que me dejé de ver hace muchos años, tantos que comencé a pensar en que las últimas veces que fui a su casa fui acompañada de mi hijo que en esa época era un adolescente lleno de granos y hoy ya tenía veintiuno.

Y habrá sido porque el mensaje lo mencionaba también a él, como parte de una dupla que hoy ya no existe, una dupla que mi amiga, su marido y sus hijos recordaban. Me acordé de esa época y calculé que en ese entonces, él, mi hijo, estaba en la secundaria, me abrazaba cada tanto, comía conmigo casi todos los días y casi siempre de comida que yo preparaba, me acompañaba a las casas de amigos, compartíamos el estudio para escribir yo, jugar y / o estudiar él, viajábamos juntos de vacaciones, cuando salíamos a hacer compras no le daba vergüenza pasarme el brazo por arriba del hombro, y cosas por el estilo.

También recordé que en el tiempo que él estudiaba, yo andaba de un lado para el otro, ya sea haciendo algún curso o dándolo, trayendo el pan a casa, ya que siempre fui padre y madre en nuestra economía.

Entonces, a pesar de que ese pinchazo recibido al despertar se iba convirtiendo en líquido que amenazaba con salir por mi nariz , los ojos, pero se quedaba en la garganta; el panorama se me iba aclarando de a poco. Era el precio que hoy pago, como toda madre desde que existen las madres, de haber tenido hijos queridos, el precio de haber disfrutado de mi maternidad a pesar de no ser una madre normalista ni a tiempo completo, el precio por haber disfrutado de ese sol que tuve tan poco tiempo, ¡dios, tan poco! y que ya jamás volvería a ser lo que era.

Así como cuando quedé embarazada me preguntaba por qué no me habían aclarado antes que una la pasa mal si tiene vómitos, que una la pasa mal si tiene que dejar de hacer lo que venía haciendo, si una cambia hormonalmente de la noche a la mañana, ahora me pregunto por qué no hice caso cuando mi madre ( muerta casi cuando yo tenía la edad de mi hijo ahora) me decía que el tiempo de los hijos chiquitos era el tiempo más hermoso para una mujer que había decidido tenerlos. Por qué me hacía la superada y le contestaba que a mí jamás me iba a dar el síndrome del nido vacío, porque yo estaba llena de cosas y proyectos y amistades, y y y… y. ¿Por qué?

La vanidad de la juventud contra los ciclos de la vida no dejan de sorprenderme en estos días. Claro que ahora tengo tiempo para mí y mis ritos, lo que gano es para mí y no debo vivir con la zozobra de no tener para darle de comer a mi hijo, claro que ahora me olvidé del tiempo de vacaciones escolares y actos escolares y reuniones con maestros y tantas cosas que antes me “robaban” mi tiempo, según creía yo, con mi furia todo lo quiero y todo lo puedo.

A cambio está ese tiempo que sobra aunque mi psicóloga diga que a mí no, a cambio está ese piso limpio, sin juguetes para tropezarse, esa cocina sin manchas de chocolate, esos horarios sin límite que una administra a su antojo.

No sé por qué hablé de esto hoy, será que estuve a punto de tomar una pastilla para la ansiedad que me provocó el pinchazo, cuando me di cuenta que de ahora en más, la explicación es que no hay ansiedad, hay tiempo de sobra y una madre que como siempre y por ley de vida, ha quedado sola en una casa limpia.

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El miedo a Europa

PLAZUELA LOS GITANILLOS DE CADIZ

“Canta hasta que la boca te sepa a sangre”

La reina descalza, Ildefonso Falcones

Desde que llegué a España tengo la sensación de no encajar. Dicho así es lógico, hace un mes que estoy aquí después de diez años. Aquí  he vivido cuatro años, pero en otros tiempos, tiempos de bonanza para España, tiempos de desdicha profunda (2001, Corralito) para los argentinos.

Ahora, la sensación que tengo es más animal. Y voy a tratar de contarlo de frente a la vista lejana de las luces del Escorial.

Mi sentir no pasa hoy por lo lógico, sino por lo que llevamos metido en nuestra sangre desde que nuestros abuelos (o padres en mi caso) han ido a hacerse la América: el miedo.

La huída de ellos de una Europa de guerra, entre, o pos-guerras; nos lo han transmitido así como los dichos, las comidas, las preferencias por tal o cuál arte, lo que sea junto con el miedo. Hemos mamado Europa desde pequeños, y ahora que hemos (algunos) regresado, y algunos otros como yo, por no sé qué cantidad de veces (creo que la cuarta ya) no como turista, sino a vivir con un pasaporte y una nacionalidad que por Ius sanguinis nos es otorgada; la vivimos, la olemos, la caminamos y, en mi caso, la padecemos.

En la Argentina hay un dicho que significa esto de haber mamado la “europeidad” y es el que dice “Los argentinos descendemos de los barcos”. Y ( aunque yo siempre acoto: los porteños sobre todo, quiero decir los de la ciudad de Buenos Aires) es así tal cual, por lo menos para la gente de mi edad.

En Argentina uno va por la calle, en un colectivo, tren o … o se encuentra en una reunión con gente que no conoce y si se pone a indagar, la gran mayoría dirá que su padre o su madre han venido en barco desde Europa, y si no fueron sus padres o madres, sus abuelos y abuelas. Los argentinos descendemos de los barcos, o venimos de los barcos, da igual.

La cosa es que yo vine a Europa, por vez primera, hace treinta años. Más de la mitad de mi vida. Era una docente recién recibida, o una artista haciendo sus primeros pinitos, que nunca había salido del país, y, para que se imaginen los lectores jóvenes, no existían más que los mapas y los atlas. No había internet, no whatsapp, no móviles, no ge-pe-eses. Nada.

Recuerdo que le conté a mi hermano que quería irme a Europa, y él que ya había vivido aquí, me dijo, ¿pero a dónde? porque Europa es grande. Le dije, no sé, quiero irme a Europa el año que viene. Él trajo un mapa, y me dijo, a ver Diana, mirá acá, ¿ves? aquí estuve yo, dijo marcando con su dedo sobre el mapa a Milán, ¿a dónde te irías vos? Yo miré los colores de los distintos países, y le dije, pues acá. Y puse el dedo en España.

Claro que en ese momento, ni me imaginaba que cuando viniera a España, los españoles no hablarían en ” argentino” sino que hablaban en castellano, o como se le decía en aquel momento, en español, que para nosotros era solo uno.

Y así fue que cuando llegué al aeropuerto viejo de Barajas, parecido al viejo de Munich, parecido al viejo de Chile (en esa época todos los aeropuertos se parecían bastante) me encontré con que me hablaban tan rápido que no era capaz de entender lo que me decían hasta después de una o dos veces, así de dura era yo de oído…

Pues, al rato de estar dando vueltas con un bolso sin rueditas como los que hay ahora, de color magenta, y tan largo como mi desamparo; que me habían ayudado a montar en un carro que tenía un hierro tan alto, tan alto, que ni siquiera me permitía ir al baño (servicio le decían acá), me cansé, y llamé de un teléfono público a mi otro hermano que hacía poco más de un año vivía en Alemania, para decirle que me iba hacia allá.

Hoy recuerdo todo eso y me río mucho, de mi ingenuidad, de mi inocencia; pero también lloro y me pregunto por qué, por qué no nos contaron, por qué no nos dijeron, por qué solo fueron capaces, nuestros padres, de repetir hasta el hartazgo historias de miseria y guerras.

Deduzco que fue porque en América ( y como buena americana que soy no hablo de América del Norte solamente, hablo de toda América) encontraron trabajo, y pudieron rápidamente hacer lo que no podían en Europa: comer, trabajar, tener dignidad, casa , techo, dinero…no sé. Es lo que pienso ahora, ya con la edad que tenía mi abuela cuando estaba cómodamente instalada en Argentina.

Pero volviendo al tema del título, el miedo a Europa, es el miedo del que quisiera hablar, el miedo a ser ciudadana de segunda categoría, el miedo a que las autoridades y sobre todo los empleados públicos, no la gente común ¡por favor!; nos traten o me traten como si tuviera que demostrar que soy valiosa, que no vengo a quitarle el trabajo a nadie, que vengo en son de paz como dirían en los cuentos.

Desde que llegué hace un mes, siento que a mi Europa me la han cambiado, ya no es la solidaria, ya no es la interesada en saber cómo vivíamos los hijos de. A esta Europa le han metido una gran dosis de fachismo, de esto es mío esto es mío y solo mío, una dosis de miedo al otro, miedo al miedo.

Por eso es que me siento fatal, y desde que llegué, salvo el período que anduve por los campos del Quijote, cuento los días que me quedan para irme, como hace una condenada. Porque quise como siempre ir por la senda legal y me encuentro que cada vez me la ponen más difícil, y que si hubiera seguido los consejos de algunos experimentados españoles, hoy no estaría yendo de oficina en oficina pública, ni gastando euros en obtener algo que no pienso usar, porque decidí volverme ya, en poco más de diez días.

El miedo se ha introducido en mis venas o ha salido de ellas, el miedo no me deja dormir, el miedo saca toda la tristeza del mundo ni bien abro los ojos, o me despierta cuando el muchachito con el que comparto casa se va a dormir, después de jugar en su ordenador hasta altas horas de la madrugada, cosa común hoy en día, pero que aquí me deja en la más absoluta soledad, y me pregunto cómo es que llegué a esto, si fui una mujer tan viajera como experimentada en esto de vivir en Europa.

Pues, el otro día terminé un libro que me prestó una amiga, La reina descalza, una novela que si bien no me atrapó en su trama durante sus 740 páginas, me removió dolores ancestrales. Una novela en la que Ildefonso Falcones cuenta las peripecias de una negra libre recién arribada de Cuba a la Sevilla de 1748, sin saber a dónde ir y que termina haciéndose amiga de una gitanilla, antes de la gran redada contra los gitanos de 1750 y pico.

Este libro me fue acompañando noche a noche, rato a rato, en los distintos momentos de mi vano intento de arraigo europeo, y muchas veces sentí que en vez de hablar de la morena liberada o de cualquier gitano que trataba de conservar su dignidad, estaba el autor hablando de mi sentimiento, de mi cansancio, de mi dolor. Para no hacer este posteo tan largo voy a citar una de las frases que junto con la del principio, fueron las que más hondo calaron:

“Había respirado solo cuatro bocanadas de libertad ya y los recuerdos se abrían paso en su memoria”

Porque es eso lo que hoy siento, me fui de una Argentina diezmada, donde respirar se me hacía difícil, para acabar en una tierra donde fui muy feliz en otros años, pero que hoy siento que sus gobernantes, sus empleados públicos, me dan la espalda. Y no solo a mí, como me ha aclarado hoy una vecina española que pronto cerrará su hermosa tienda gracias al acoso de la hacienda española. Europa le está apretando el cuello hasta a sus propios hijos nacidos aquí.

Eso es básicamente lo que quería contar, el miedo que se respira en cada habitante de suelo europeo, que no es el lógico miedo a morir en un atentado de unos fanáticos religiosos como nos quieren hacer creer, o bajo los misiles de un lunático presidente de un país del Norte que solo sabe mirar su ombligo o su peluca anaranjada. Hoy, en Europa, hay miedo. Y sobre todo al tremendo papeleo que exigen para poder trabajar, sea uno nacido y criado aquí o descendiente de los barcos.

Si no, vean solo el trailer de la triste y bellísima película inglesa: I, Daniel Blake. Aquí en español: Yo, Daniel Blake .

Yo, Diana Laurencich.

 

A todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar algún suelo en este miserable mundo.

El cielo protector

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Foto: Un théŽ au Sahara. The sheltering sky, 1990 por Bernardo Bertolucci.  Colección Christophel.

No sé bien cómo fue que dejé pasar tanto tiempo antes de leer este libro. Lo compré en una de esas ferias de verano que venden varios por equis pesos, todos saldos de grandes editoriales que tienen una falla o algo así. Recuerdo haber comprado tal cantidad que no me los pude traer en la maleta y los dejé llenándose de polvo en la biblioteca de la casa de la costa. Supongo que fue por eso que tardé dos años entre que lo compré y lo leí.

Pero sostengo que los libros nos eligen. Acostumbro a devorar lo que compro o me regalan me guste o no me guste. En algunos casos como este, cuando tengo muchos para elegir, decido siempre por algo que me “toca”, que me llama desde el libro. Ya sea en la tapa, alguna ilustración que me lleva a un mundo donde quiero entrar; o en la contratapa, alguna definición o palabra que hace eco en mi memoria y digo, éste. Hoy, o estos días, me acompaña éste.

El libro de Bowles dice en su contraportada:

Novela de peregrinación, viaje o huida, El cielo protector (1949) consigue hacernos partícipes  de la embriaguez de  un espacio  físico -el norte de África, el Sahara- por el que deambulan sus protagonistas…unos personajes que huyen de todo o, quizá, sólo de sí mismos.

En el tiempo que lo compré  y leí que era una travesía por el Sahara, me recordó a mi estadía frente al desierto durante cuatro años en la isla de Lanzarote, 100 km frente a ese enorme mito, pasándole por arriba cada tanto…  y no quería embarcarme entonces en el peregrinar bajo la “kalima” o viento que llegaba a la isla y llenaba todo de una arena finita que ponía de mal humor a muchos y a otros nos gustaba; sobre todo su efecto sobre el mar, sobre todo al atardecer, cuando todo se volvía dorado. Tampoco quería recordar cuando vi la primer caravana de camellos como la de la foto, en un día de viento y lluvia finita, andando entre sus volcanes, a poco de llegar, yendo a buscar trabajo.

Pero reflexionando sobre los por qué dejé pasar tanto tiempo, también se me vino a la mente otra cuestión: podría ser que en ese momento yo estaba en plena huida de mí misma y no quería reconocerlo, para nada, no lo aceptaba de ninguna manera y leer ese libro en aquel momento me hubiera confrontado con algo que no quería. En cambio, este verano, ni bien leí la misma definición de sus personajes, dije éste es mi libro, ya, necesito leerlo. No lo sé. Son todos razonamientos que hago ahora volviendo a la pregunta del principio.¿ Cómo pudo haber pasado que no haya leído este libro antes? Me hubiera evitado noches y días de una soledad tremenda, en la que creía que nadie me podría entender si contaba qué era lo que me sucedía por dentro.

Esa es para mí la elección de los libros. En realidad creemos que los elegimos, pero ellos nos “entran” cuando deciden, a su debido tiempo. Y El cielo protector, me llegó, me llamó para leerlo hace unos días, y me advirtió ya desde la primera página, que En el centro de su conciencia había la certidumbre de una tristeza infinita, pero esa tristeza lo (me) reconfortaba porque era lo único que le (me) resultaba familiar.

Y me dio un mazazo en la nuca con toda su furia o su lentitud desértica. Me dejó soñando con sus personajes y sus agobios; como por ejemplo los de Kit, cuando dice : lo único que podía esperar era comer, dormir y ceder a los presagios; o los de Port: el alma es la parte más cansada del cuerpo.

Ni que hablar cuando hace mención de la diferencia entre turista y viajero con tanta claridad. Yo siempre me definí como viajera y jamás como turista, pero nunca supe bien por qué lo hacía. En el libro, está explicado de una manera sencilla y sin embargo perfecta: La diferencia reside, en parte, en el tiempo, dice. Porque mientras el turista se apresura por lo general a llegar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra… otra importante diferencia es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan…

Podría hablar horas de lo que significó este libro para mí, citar y citar párrafos, contar de cuando me sentía inmersa en el personaje de Kit y sus presagios, o el de Port con su carga de soledad a cuestas. Pero ya no sería un post, sería un ensayo o algo así.

Lo único que quería decir, es que dejando de lado modas o imposiciones de editoriales, el que pueda y -como yo- todavía no lo haya leído, o tan solo haya visto la película del gran Bertolucci (protagonizada magistralmente por John Malcovich) que lo lea en cuanto pueda. Es de esas joyas de la literatura que nunca está demás recomendar.

La cursiva corresponde al libro

editado por Alfaguara México, colección Fin de Siglo, año 1990.

De cómo descubrí el por qué dejé de pintar

Buscando unas poesías encontré en un blog mío, Ingrid a secas ( ya cerrado hace tiempo) este escrito que para algunos puede resultar explicativo del porqué ya no me dedico más a pintar. Es del ocho de agosto del año 2011, y dice así:
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De la serie Los anteojos de Mamá, 1991.

Creo que entre ayer y hoy batí el récord de permanencia en la cama. No fue casual haber leído el artículo sobre una mujer que cruzó el océano, a la mañana. Ese artículo me motivó a hacer lo que hice. Quería descubrir cómo era el estar sola.

Muchos dirán, qué tipa miedosa, en vez de subirse a un barco se mete en una cama. A esa gente le contesto que sí, por qué no, soy miedosa. Pero no fue por miedo que hice lo de ayer. Fue desespero. Podría alegar falta de fondos también, como ella, que decía que no le alcanzaba para comprarse un barco como la gente para cruzar el Atlántico,su presupuesto le alcanzaba para uno de plástico, del que todo el mundo desconfiaba, por su fragilidad y su pequeñez. Pero no voy a hacer hincapié en mi situación económica, porque me viene más desespero, solo voy a decir que de haber tenido fondos para comprarme el barquito de plástico, no sé si lo habría hecho. Por lo tanto, lo que se me ocurrió fue aislarme en la cama, hundirme en el barco donde fui concebida, con la bendición de mis  finados viejitos  en la cabecera , como ya conté en un post anterior, e imaginándome que las luces de la calle que se filtraban a través de las persianas bajas y que se movían según pasaban los coches haciendo unos dibujos en las paredes de la habitación, eran de otro barcos, o de boyas, o delfines, no sé. A cada luz le asignaba una cualidad. Dependiendo de la rapidez con que se desplazaba, o el grosor de su haz.

La cosa es que así planteado parece bobería, pero si uno se concentra en la situación se puede llegar a sentir agobio, y es ahí, cuando uno se enfrenta a sí mismo. Ahí es cuando se le cruza toda la vida, de adelante para atrás y de atrás para adelante, hay tiempo para eso, y como decía la mujer del artículo, la mente es nuestro peor enemigo. No solo he pasado por situaciones que jamás he querido volver a vivir, sino que me he dado cuenta de algunas cuestiones que las tenía sin resolver. Les cuento la más sencilla para que se den una idea de hasta dónde uno puede llegar a escudriñar a solas su inconsciente.

Pensé en un momento sobre mi decisión de no pintar más que tomé ya hace un par de años, y que siempre , cuando me lo planteaba, me respondía lo mismo: tengo ganas de probar otras cosas, y no tengo tanto tiempo para dedicarle a todo. La literatura, el cine, hasta la música, o mejor dicho el violín, se me hacen más apetecibles que lo que dominé durante años como mi profesión más que exitosa, la pintura. El precio a pagar es alto, empezar de abajo a los cuarenta y seis no es nada fácil. Pero mejor tarde que nunca. Y así, con ese pensamiento, remataba cualquier comentario acerca de mi decisión de no pintar más.Comentario ajeno o propio.

Lo que descubrí ayer, es el porqué del momento, por qué no antes, por qué no después, y me apareció la respuesta como bordada en hilos de oro, o fuego, en el medio de la oscuridad de la alcoba.

El pintar para mí fue hacerlo a la manera que  pintaban los expresionistas abstractos, mi rechazo absoluto a lo que yo veía del mundo, la disconformidad con el rumbo de las cosas, el dolor de las situaciones vividas plasmadas en un pedazo de papel o tela, con los colores más o menos organizados, con los trazos más o menos briosos. Esa era mi pintura. Después, que muchos hayan visto en ellas alegría, era para mí una alquimia que sólo puede producir el arte, yo pinto con dolor, y el que compra  la pintura siente ganas de vivir, ánimo para sonreír, gozo. Fantástico.

Jamás, a no ser por los nombres de las series, jamás le dije a nadie que estaba mal lo que sentía mientras me hablaba de una obra mía. Sólo me reía mucho cuando el Deutsche Bank compró una obra de la serie Ahuyentando al Mono, por ejemplo, o los Anteojos de mamá, que eran los anteojos que encontré al llegar de su entierro y verlos inútiles, ya , sobre la mesa del comedor.
En fin, que siempre me encantó ver esa transformación, como dije antes, alquímica, que producía el otro en mi pintura.

Pero, y siempre hay un pero dirán algunos, hace un par de años quise dejar de representar mis sentimientos a través de la pintura como si dejando de usar ese vehículo de expresión, se pudiera cerrar una etapa de mi vida que no quería seguir viviendo. No que estaba arrepentida de haber vivido, para nada. Sólo que no quería más ese tipo de vida.

Quería ser otra Diana, otra madre, otra mujer, otra amiga, hermana. Quería transformarme como las serpientes , en otra persona, dejar mi piel, mi casa ya la había dejado, mi amor se me había acabado, mi hijo había crecido, mis padres habían muerto, mis amigos me daban la espalda, en fin, sin entenderlo en ese momento, sino ayer, o sea dos años después, y meciéndome en la cama que me condenó a esta vida, como si fuera un barco en la negrura más profunda del abismo oceánico, descubrí, por qué mi rechazo a pintar una vez más.


No sé a quién le interesará mi experiencia, pero como cuando pintaba, a través de la palabra acumulada yo existo y evidentemente soy otra. No sé si la que quería ser, pero seguro seguro, nunca más la que fui.

Los ayudantes de mi caída y mi renacimiento

Rojo sol, luna cruel,
papi nunca va a volver.
Nada es tuyo de verdad,
ciérralos, duerme ya.
Si muero  mientras dormís
no te pongas a llorar…
Nada es nunca lo que ves,
escalá hacia lo que soñés.
Si muero mientras dormís
no te pongas a llorar.
Ciérralos,
duerme ya.

Esta nana, desde que la escuché hace años en el Torcuato Tasso cantada por Dolores Solá acompañada por su marido Acho Estol, no dejó de sonar, obsesivamente, como la luna cruel de la que habla. Se reprodujo una y cien veces hasta que me hizo surco en el alma.
Algo hay en ella que me hizo sacar la cámara del bolso y hacer lo que nunca hago, registrar en vivo un tema. No me gusta, no por lo derechos de reproducción a los que jamás le doy bola, porque no se puede comparar el escuchar a La Chicana en vivo o escuchar su disco con ver un estúpido video.
Para nada. Sería, como dijo Zaffaroni, el juez al que acusaban de tener un prostíbulo, sería una débil mental si lo pensara.

La cosa es que fue ese recital el que abrió hace años la puerta que me hacía falta.
Después de  siete años de búsqueda, de siete cabalísticos años de demoler muñecos, de golpear manos y que nadie salga del rancho, meses en los que quedé enfrentada a mi conciencia, a mi más absoluta soledad, desencantada de tipos a los que les pedís trabajo y se hacen olímpicamente los boludos, amigos que te dan la espalda, gente que no tuvo nada que ver en lo que pudo haber sido el detonante de todo, pero la voz corrió y hubo pocos que supieron lo que dice la nana del principio, nada es nunca lo que ves, un caso de amor más se convirtió en un crimen por el que debo pagar, quién sabe, hasta el fin de mi vida.

Decía antes que en estos años, de volver sí, a encontrarme con los amigos verdaderos, esos que siempre estuvieron , más allá de la fama efímera, del éxito de mercado, esos que te quieren por tu esencia y no por la botella de champagne que le llevás a la fiesta, esos que lloran con vos o te pegan un revoleo cuando te ven con el rouge corrido siendo una decandente máscara de lo que una vez fuiste, esos, de fierro, tremendos cachos de fierro que no te sueltan ni a sol ni a sombra, esos son pocos, muy pocos, y de una u otra manera en general, están ligados a tu infancia, o a tus principios; cuando, como dice la nana “escalás hacia lo que soñás” y no tenés delirios de grandeza, ni te la crees. Sabés que lo que hoy está encumbrado en un palo dorado cae mañana por un feroz viento del sur y se rompe en mil pedazos y nadie te va a ayudar a juntar los pedacitos de muertes y vidas , historias de renuncias y decisiones que subiste ahí, bien en lo alto, para que todos vean y digan ohhhh… Es entonces como cuenta Maradona, a quien amo profundamente porque un tipo que le da tanta alegría a un pueblo, a varios pueblos, (digo a varios porque en 1987 apareció en un afiche de un bar de una reproducción a escala real de la ciudad de Yemen, dentro del Deustches Museum de la ciudad de Munich.Creo que ahí tomé la dimensión de cómo lo querían los pueblos, en una de las situaciones más surrealistas que vi con mis propios ojitos, cuando aún no necesitaba anteojos, pero no tenía una cámara de video, ni siquiera una de fotos para demostrar la fuerza de ese personaje que atravesaba tantas barreras en una época en que la internet estaba lejos de ser un ayuda memoria más en nuestra vida) y decía entonces que un tipo que tanta alegría le dio al pueblo argentino, más al de Yemen más al alemán, por lo menos en este caso que cuento, no se merece ser tildado de drogadicto, o arrogante. Es un tipo que vivió lo peor de lo peor, pasó de pobre villero a vivir como un rey a quien se le abrían todas las puertas, y de repente a ser un degenerado que sólo toma cocaína. Eso es lo que me duele, la estigmatización de la gente por la gente misma, el cerrar puertas en tus narices porque una vez en tu puta vida no hiciste lo que se suponía debías hacer, le fallaste a la sociedad, le clavaste un puñal a las buenas costumbres, viviste con ganas arriesgándote mientras los que te acompañaban hasta entonces dijeron no, mucho para mí, no.

Por eso, aunque se podría decir que mi caída comenzó el día que vi Man on wire, ls historia de un funámbulo que cruza sobre un hilo ¿sin arnés? preguntó Baltasar. Sin arnés querido, sólo con un palo, caminó en el cielo sólo con un palo desde una torre gemela a la otra cuando todavía estaban em pie, y no sólo fue y vino ocho veces, no, se arrodilló, se acostó en el palo a 450 metros de altura, y se dio el gusto de llegar a una punta casi casi al alcance de los guardias que lo querían meter en cana pero no podían. Y pegaba la vuelta, volvia a caminar para el medio, ese medio que pendulaba por el viento, sobre el abismo al que nadie soportaba animarse, ese medio sólo para locos, soñadores, utópicos, que desafían todas las normas de la sociedad, sin armas, sin violencia, sin campañas sucias.

El día que vi esa película algo me impulsó al abismo, y yo que sufro de vértigo, sentí que cada uno, en sus acciones contestatarias, estamos ahí, en el medio de ese hilo, de esa soga, que une dos torres gemelas de edificios que fueron construidos para demostrar poderío y que más tarde, como en una tragedia griega, serían destruidos por la ira de los que detentan el poder más bajo, el de creer que con el miedo se dominan pueblos, el poder de las potencias mundiales, que ya sabemos todos a esta altura, son tan endebles que pueden entrar en default como cualquier país subdesarrollado, como se decía antes, o países en desarrollo como se dice ahora.

Pero todavía debían sucederse una cadena de acontecimientos en mi vida , para llegar al punto de darme cuenta de mi caída, todavía no estaba del todo claro, no había suficiente luz para mostrarme el pozo en el que yacía, o todavía creía que, como en la película 127 horas, tenía agua para rato y alguien me rescataría sacándome de encima del brazo la piedra que me lo aplastaba.

Y así, fui sujeto de varios empujones hacia el final, hasta que una noche vi una película recomendada por el amigo de un amigo para ilustrar lo que le rondaba en su cabeza, desde el momento mismo en que leyó el guión del largo que escribí y que le mandé a Barcelona. Esa película fue Caótica Ana, de Julio Medem, y si bien hay situaciones que no entiendo por qué no las quitó , situaciones que están demás para mí, y siempre para mí, demás en esa historia; hubo algo que me recordó otro algo cuando la terminé de ver, y me fui a la cama no sin antes buscar en la biblioteca un libro que me regaló mi viejo, mejor dicho, EL único libro que me regaló mi viejo ya siendo adulta yo, y viviendo rodeada de saharahuis en la isla volcánica de Lanzarote, un libro que me trajo mi hermana hasta Alemania, con una dedicatoria de mi papá aún vivo, que dice, con cariño para mi hija Diana, papá Maximiliano, y está firmado con esa firma aprendida en Argentina, al llegar a sus diez años, y cambiar de un día para el otro su idioma, y aprender que debía firmar con su nombre completo oculto tras un garabatear de líneas curvas que  seguro él no sabía se asemejaban al símbolo del infinito repetido varias veces, hasta que la birome comandada por su mano hacía una colita hacia abajo demostrado ya que la firma había sido acabada.

Ese libro es Mujeres que corren con lobos, y la recomendación vino de mi propia hermana, Alejandra, que supongo en esa época admiraba mi osadía, y mi libertad, tanto como después la criticó, cuando me enamoré de quien no debía haberme enamorado, como si el enamoramiento se pudiera controlar.

Cuando me iba a la cama con el libro bajo el brazo  dispuesta a encontrarme con lo que el destino me quisiera dar a leer, abierto el libro, no por el principio sino al azar, recordé una vez más que la película hablaba de una mujer que hablaba por muchas otras que ya no tenían voz. Y recordé también un viejo texto mío, en stand by, con el que inicié una serie de entrevistas a mujeres golpeadas por la vida de una forma brutal. Lo busqué y vi su fecha, lo escribí un agosto de hace ya diez años, el principio es este:

Siento que mi sangre ruge para ser escuchada. Mi sangre hoy, guarda  la voz de muchas. La mayoría desconocidas para mí, pero no para mis venas ni para mi espíritu. Debo comenzar esta tarea antes de que sea tarde. Dar puntada tras puntada, uniendo retazos como las indias nahuátl. Y termina así:
Por todas ellas, para conjurar nuestro espanto frente ala violencia más brutal, es que comienzo estos relatos o crónicas que ojalá sirvan para mitigar lo que sabemos, más tarde que temprano, a juzgar por los acontecimientos, algún día acabará.

Ese fue el comienzo la punta del hilo de Ariadna, un laberinto en el que me metí, como la caótica de Ana de Julio Medem en su film, sin desearlo, sólo por la tremenda necesidad de hablar por ellas, aquellas temerarias y benditas mujeres que corriendo con los lobos, no pudieron ser domesticadas.

Y esa noche abrí el libro en cualquier página, y me encontré con este párrafo del análisis del cuento de Vasalisa cuando a la vuelta de su viaje iniciático porta una calavera que le entregó la Yagá, la bruja salvaje, para que alumbre su camino:
“Ha atravesado la oscuridad prestando atención a su voz interior y ha podido resistir la contemplación del rostro de la Bruja, que es una faceta de su propia naturaleza,pero también la poderosa naturaleza salvaje. De esta manera puede comprender el temible poder de su propia conciencia y el de la conciencia de de los demás. Y ya no dice, le tengo miedo…Vasalisa regresa a casa con la temible calavera ensartada en un palo…una temible luz emana de los ojos, los oídos, la nariz y la boca de la calavera…lleva la llama de la sabiduría;posee unos sentidos despiertos. Puede oír, ver, oler, y saborear las cosas…por un instante Vasalisa se asusta del poder que lleva…la mujer que recupera su intuición y los poderes yaguianos llega a un punto en el que siente la tentación de desecharlos, pues ¿de qué sirve ver y saber todas estas cosas?. La luz de la calavera no tiene compasión. Bajo su resplandor, los ancianos son unos viejos; lo bello es lujuriante; el tonto es un necio…”

Y así apagué la luz, no la de la calavera de Vasalisa, de Ana, de Ingrid, o Dian; no, la luz que me posibilitó el sueño , hurgar en esas cavernas temibles de la intuición que en mi caso, la mayoría de las veces, me avisan lo que va a suceder de un modo crudo y bestial, sólo que yo como una tierna Vasalisa antes de descubrir el poder de la Yagá y de llevar bien alto la calavera, fingía olvidar, para poder sonreírle al mundo y ser aceptada como una más.
Por eso, aquel sábado escuchando esta nanaque me hubiera encantado cantársela a mi hijo cuando me quedé sola con él, me reencontré con una parte mía dejada en el Bar Británico frente al Parque Lezama hacía más de treinta años, después  estuve al lado de la moribunda madre de una amiga de la infancia, y por eso pude renunciar esta semana a ser lo que los ayudantes de mi caída querían que fuera. Porque a la luz de la ya pronta calavera de Quiquí, así se llamaba la madre de mi amiga, o así le decíamos en mi infancia, que soportó pelotones de fusilamiento, cárcel y violaciones, exilios y amores imposibles, algo comencé a ver. Los años con sus causalidades hizo lo demás.
Un tropezón, no es caída.

Y como dice la nana y hoy que mi hijo, mi único hijo cumple 21 años, le dedico esta nana para su vida:

Si muero  mientras dormís, no te pongas a llorar, nada es nunca lo que ves, escalá hacia lo que soñés. Si muero mientras dormís, no te pongas a llorar. Ciérralos, duerme ya.

Letra de  Lullaby, de Tom Waits, adaptada al castellano por Acho Estol, y cantada magistralmente por Dolores Solá.

A Balta por supuesto y a Quiquí.

 

Y la nave va

E la nave va pina-bausch
Pina Bausch en su papel de princesa ciega

Contame sobre la primavera, pibe, sabés que pronto llegará la primavera ¿no?  Te lo aviso porque siempre tuviste confusión con los tiempos, será porque te arrastré de acá para allá, no sé. Nunca te ubicaste bien ni en los meses, ni en las estaciones. Por eso te digo, pronto va a llegar la primavera y yo no voy a estar. Por eso te pido, contame cómo te la imaginás.

¿Vas a salir con tu novia, a caminar por Palermo, vas a ir al cine? contame, volvamos a ser los de antes por un ratito, volvamos. Volvé, creé en mí. Volvé a creer en mí, a quererme, a entenderme, a abrazarme…

No sabés pibe lo sola que estoy. Quizá esto me pasa por haber jodido siempre con lo del síndrome del nido vacío y que yo minga, que yo te iba a echar antes de que vos me dejaras…quizá por imaginarte desde que naciste viviendo a tus dieciocho años en Londres o Francia, y por eso, la primera vez que te di la teta tranquila, te canté la Marsellesa; estábamos vos y yo solos en la habitación que hoy ocupa el estudio de tu tío, y yo no podía creer verte así, chupando, con ese ruidito a paz que había en tu mamar. Y te canté Allons enfant de la Patrie… Le jour de gloire est arrivé! Quería hacerte políglota para que no tuvieras fronteras.Para hacerte el mundo ancho. Para hacerte libre. Mirá que boludez. Tres días tenías, y yo cantándote en francés y en alemán…

Hay días, pibe, en los que no puedo soportar este trance, porque sé que va a pasar, lo sé, no soy estúpida, soy bastante inteligente, lo soy. Y culta y leída, una mujer de mundo si se le puede llamar a alguien así, una mujer viajada diría tu abuela, la que no conociste. Ella siempre decía que yo sabía vivir, que era la más viva de las cuatro hermanos porque no me casaba con nadie, porque iba y venía, porque nada me aferraba, nada. Nada ni nadie.

Pasó que un día ella me necesitó a su lado.Ella ya había decidido morir, ya se había dejado invadir por el cáncer al que siempre había mantenido a raya. Así que un día, una noche mejor dicho, me llamó. Yo estaba con “mi” chico. Habíamos alquilado “E la nave va”, nunca me voy a olvidar, el teléfono sonando y el pibe diciendo, es para vos, tu vieja.

Ella, mirá que era orgullosa tu abuela, mama mía…pero esa noche llamó a la casa del pibe, no sé de dónde sacó el teléfono, mamá era muy viva; y me dijo, vení a dormir conmigo esta noche. Y yo le dije que no. Le dije que tenía otros hijos, que se dejara de joder, así le dije, dejame de joder má, tenés a papá, tenés a, tenés, tenés le dije, así, vos tenés y yo no. Yo me lo tengo que hacer, yo recién empiezo a vivir, ¡dejame en paz! y cortamos.

Vi la película con “mi” chico, cogimos con ” mi” chico, nos drogamos con “mi” chico, pero yo no podía dejar de pensar en mamá. Ni en la muerte de la cantante de ópera. Ni en la noche de los gitanos inmigrantes sobre cubierta y la luna llena atrás. No podía.

Después,muchos años después, supe que Fellini me estaba pintando mi vida, la futura, no la que hasta ese día había vivido, la futura.

Al otro día volví a casa, y enojada le dije que por qué no me dejaba en paz, que yo estaba siempre con ella, que por un puto día que no lo hiciera no pasaría nada. Mamá me miró con la profundidad inmensa que tenía en sus ojitos olor miel y no me dijo nada. Solo me miro. Yo entendí que con esa mirada, como los pájaros, ella me hablaba. Y escuché su dolor. Lo sentí. La necesidad suya de tener a la más chiquita de sus hijos, por una noche, bajo el mismo techo. Quizá ten´ia miedo como yo ahora.Quizá no. Quizá lo hizo de hinchapelotas nom´as.No lo s´e, pero es el d´ia de hoy que me arrepiento de esa noche no haber vuelto.

Lo que dar´ia hoy por recibir una llamada suya, ven´i Diana, ven´i conmigo esta noche, y dejar todo por la mitad, y llegar y abrazarla, acariciarla y decirle, todo má, todo va a estar bien. Vas a ver. Pronto llegar´a el otoño y todo va a estar bien, porque fuiste la mejor, má, eso. Vos, fuiste la mejor.

Siempre que estoy así, con ganas de hundirme para siempre entre la almohada y el colchón y no saber más de la vida, me acuerdo de esa noche. Y me acuerdo de que a los quince días murió, tan livianita como desprendida de todo, tan agradecida a su vida y a nuestros cuidados como lúcida sabiendo lo que hacía, queriéndolo así.

Por eso pibe, hoy necesito que me hables de la primavera, de la tuya, de la que viene, porque yo no voy a estar acá. si por mí fuera te pediría abrazos, sonrisas, recuerdos, pero solo sé que te hincho más las bolas, como mi mamá aquella noche en la que me buscó, me llamó y yo le dije, dejame en paz.

elanavevagitanos
Los inmigrantes gitanos en cubierta.

 

 

Lavado de cabeza

Lavar la cabeza de mi tío se hace complicado. No es que tenga mucho pelo, para nada, pero el trámite se hace complicado: hay que calentarle la habitación, y el agua tiene que estar en un punto justo, ni muy muy, ni tan tan; bajar la cama ortopédica hasta su postura horizontal, poner la zalea bajo su cabeza, y prepararse para la reacción del Tío. A veces se deja, a veces revolea todo sin darse cuenta.

En general lo hace Judith, la enfermera, y yo la ayudo. Pero a veces Judith no tiene tiempo y lo hago yo, y la que me ayuda es mi tía, su mujer. A este punto tengo que aclarar que hablo de dos octogenarios, y uno que ya pisa casi los noventa. Le levanto la cabeza y mi tía le pone la palangana verde debajo de la cabeza, elegimos la verde porque es la más chatita que tenemos. Me pongo un poco de Healds & Shoulders en la mano y le hago espuma.

Los ojos de mi tío se cierran bien apretados. Me recuerda a Bautista de chiquito. Me sonrío y digo ¡Ehhh che! No es para tanto…tío! Aflojá que no te va a ir la espuma. Mi tía mi mira. Seguro sin escuchar lo que dije, porque es casi sorda. Y mi tío no, así que cuando estoy con los dos, el que tiene prioridad auditiva es mi tío. No vaya a ser cosa que lo aturda. Así que le hago a mi tía un gesto de que no pasa nada y sigo.

Tiro la primera jarra de agua como bendiciéndolo, veo su cuero cabelludo rosadito, los dedos de mi tía, artríticos, encorvados, ayudándome con ese amor inclaudicable, secando rápida las gotas de agua que se resbalan y amenazan con entrarle en las orejas. No puedo dejar de pensar en mi último amante, mi último amor. Cuando a punto de acabar, yo le tiraba del pelo. Ese pelo firme, grueso, su cara de dolor y placer al mismo tiempo. Tengo ganas de preguntarle a mi tía si alguna vez antes de acabar… Acá tía, mirá, le digo. Abrí los ojos, tío, nosotras te cuidamos.

Otra vez la jarrita, el agua, el bautismo, le escucho un Ay que mi tía no escucha. Me veo a mí apretando los ojos dentro de unos años, y Bautista diciéndome que me afloje. Se me anuda la garganta. Quiero salir corriendo y fumar un cigarrillo. Llamarlo a él, a mi amante, a mi amor último y decirle que la vida es corta; aún para él es corta, asquerosamente corta.

Mi tía se lleva la palangana, y el champú. Yo lo seco despacio y lo beso para que abra sus ojos, para que se tranquilice, para hacerle la vida más fácil, esa vida que se nos escapa, a él, a mí… y como si no me viera, lloro sin disimulo.

Es una cascada, dijo mi abuela mirando esta obra clavada a la puerta de mi dormitorio, un río que viene despacio y que cae, ves? Había uno en el pueblo. Y nos íbamos a bañar, el agua fresquita…

Estaba viendo la serie ” Los anteojos de mamá”, la serie que pinté después de haberlos visto sobre la mesa del comedor cuando llegamos de enterrarla. Pero no se lo dije. Me lo guardé, para contárselo a mis nietos, si algún día los tengo. A mis sobrinos, que los tengo desparramados . En ese momento, no tenía hijos. Pero sabía que también algún día llegarían.

Ahora lo cuento en este blog, como lo he contado varias veces. Esta serie se vendió casi toda. Creo que es éste ( no estoy segura si otro más) el único que queda.

Papá vio televisores, Dina descubrió la palabra VIVA! en otro. Justo donde yo había realizado unos trazos así, como esos trazos míos, de pura violencia y aproximación, como me decía Ari Brizzi.

Ayer, nos encontramos con una amiga y nos fuimos al cementerio de la Recoleta, a sentarnos en una tumba. Hablamos de vida y proyectos. Futuro, utopías, nos reímos mucho sentadas en los escalones de una tumba que tenía unos tres o cuatro, perfecta para nosotras, lejos del ruido estúpido de esas calles, con sus celulares, sus extranjeros y sus “sirvientas” con changuito para las compras y trajeadas de celeste o rosa, o negro…un anacronismo que aún hoy perdura en esta ciudad caótica de Buenos Aires.

En el cementerio no había sirenas ni fachadas estrepitosas. Todo era en blanco y negro, gris y más gris, el verde de los árboles se engamaba con el verde del bronce sucio de la cúpulas. Una delicia. Siempre me gustaron los cementerios. Recuerdo especialmente dos, donde me sentaba con alguna compañia, o sola, para ver pasar el tiempo. Escuchar los pájaros. Y entretenerme pensando en las vidas que ya no estaban más, aunque sus huesos o despojos , o polvo, o dientes, o pelos, o uñas, estén debajo nuestro.

Uno era muy cerca de las torres gemelas, ese era bajo, sólo con lápidas, sin bóveda ninguna a la vista, convertía entonces a los edificios que lo rodeaban en inmensas tumbas de gente viva. Ahí, comíamos y bebíamos, bajo el fresco de los árboles, viendo las piedras torcidas salir de la tierra, casi negras. Otro lo visitamos en Praga, cerca de la casa de Kafka creo, bajo la nieve. Ese, era muy triste. Pero digno, bello como el más puro horror de lo que habrán visto los enterrados allí. Y después, le contaba a mi amiga, había una especie de templete, en Madrid, que le había hecho un árabe a su enamorada muerta. Era en el barrio de los Austrias, pero debería ver un mapa para ubicar la plaza que se extendía tras ese pequeño cementerio privado expuesto a los ojos de todo el mundo, y perfumado y fresco en el agosto madrileño, como pocos lugares. Ahí pensaba en el amor de ese tipo hacia esa mina. Y lloraba por no tener uno igual. Y esperaba a que cayera el sol para caminar hasta el puente de los suicidas.

Las diferencias me asombran. Las culturas, cada una construye sus ciudades y sus templos, pero los cementerios son fascinantes para mostrar cómo es esa sociedad, cuánto valor le da a la muerte o a la vida.

Recuerdo tambien haber visto en Evangelion 2, la escena del cementerio. Bellísima, como los japoneses. Palitos, palitos, palitos, palitos y en un primerísimo primer plano un ramo de flores blancas sobre el acero chato del suelo, que sostenía el palito erguido, y limpio , pulido, abstracto.

Y después de dejar a mi amiga, vine a casa.

Es lindo vivir en una casa donde hubo aunque sea , un muerto. No es que me regodée en la muerte, sino que viviendo en ella, uno contempla la vida en su plenitud. Ve su límite. Reconoce el polvo del que venimos y al que llegaremos sí o sí, algún día. Ve escenas del pasado en cada rincón, sombras que acuden a un llamado para calmarnos, bifurcaciones, rumbos que hubiera podido tomar la vida, soluciones para problemas ya pasados que tuvieron otra solución, porque no vino a la cabeza de ninguno de los co-vivientes de la casa, tomar esa decisión y todo hubiese sido distinto, ni mejor, ni peor, sólo distinto a lo que es y jamás volverá a ser.

A la noche, y de total casualidad, me puse a ver A single man, de Tom Ford, con la estupenda actuación de Colin Firth. En algunos países la estrenaron como Un hombre solo y en otros como Un hombre soltero. Da igual. Colin Firth, es un hombre soltero y solo. Solo en toda su dimensión. Solo. Sin su amor. Solo.

Sin ser una película digna de ser mencionada por años de años, creo que fue la que en este año , me dio más en mis huesos. peor que el calcio, así. Penetró la carne y llegó a la mismísima médula, ramificándose por la linfa hasta el último rincón de mi pescuezo, entrando ahí, justamente por ahí donde está la zona del cerebro para alojarse en, donde dice un libro que me regalaron y que no he terminado de leer, el cerebro reside el alma.

Dura y bella. El tipo pierde a su amor y después de once meses todavía le recuerda. Se pregunta cada día al levantarse para qué coño sigue vivo y cómo hará para continuar. Y como el sólo por hoy de los alcohólicos anónimos, Tom Ford nos muestra un día de su vida con esa pregunta martillándonos todo el tiempo.

Y así. después de verla una y dos veces, apagué la luz, miré a mi estrella, y pensé que la vida es bella, así vivida.