De cómo descubrí el por qué dejé de pintar

Buscando unas poesías encontré en un blog mío, Ingrid a secas ( ya cerrado hace tiempo) este escrito que para algunos puede resultar explicativo del porqué ya no me dedico más a pintar. Es del ocho de agosto del año 2011, y dice así:
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De la serie Los anteojos de Mamá, 1991.

Creo que entre ayer y hoy batí el récord de permanencia en la cama. No fue casual haber leído el artículo sobre una mujer que cruzó el océano, a la mañana. Ese artículo me motivó a hacer lo que hice. Quería descubrir cómo era el estar sola.

Muchos dirán, qué tipa miedosa, en vez de subirse a un barco se mete en una cama. A esa gente le contesto que sí, por qué no, soy miedosa. Pero no fue por miedo que hice lo de ayer. Fue desespero. Podría alegar falta de fondos también, como ella, que decía que no le alcanzaba para comprarse un barco como la gente para cruzar el Atlántico,su presupuesto le alcanzaba para uno de plástico, del que todo el mundo desconfiaba, por su fragilidad y su pequeñez. Pero no voy a hacer hincapié en mi situación económica, porque me viene más desespero, solo voy a decir que de haber tenido fondos para comprarme el barquito de plástico, no sé si lo habría hecho. Por lo tanto, lo que se me ocurrió fue aislarme en la cama, hundirme en el barco donde fui concebida, con la bendición de mis  finados viejitos  en la cabecera , como ya conté en un post anterior, e imaginándome que las luces de la calle que se filtraban a través de las persianas bajas y que se movían según pasaban los coches haciendo unos dibujos en las paredes de la habitación, eran de otro barcos, o de boyas, o delfines, no sé. A cada luz le asignaba una cualidad. Dependiendo de la rapidez con que se desplazaba, o el grosor de su haz.

La cosa es que así planteado parece bobería, pero si uno se concentra en la situación se puede llegar a sentir agobio, y es ahí, cuando uno se enfrenta a sí mismo. Ahí es cuando se le cruza toda la vida, de adelante para atrás y de atrás para adelante, hay tiempo para eso, y como decía la mujer del artículo, la mente es nuestro peor enemigo. No solo he pasado por situaciones que jamás he querido volver a vivir, sino que me he dado cuenta de algunas cuestiones que las tenía sin resolver. Les cuento la más sencilla para que se den una idea de hasta dónde uno puede llegar a escudriñar a solas su inconsciente.

Pensé en un momento sobre mi decisión de no pintar más que tomé ya hace un par de años, y que siempre , cuando me lo planteaba, me respondía lo mismo: tengo ganas de probar otras cosas, y no tengo tanto tiempo para dedicarle a todo. La literatura, el cine, hasta la música, o mejor dicho el violín, se me hacen más apetecibles que lo que dominé durante años como mi profesión más que exitosa, la pintura. El precio a pagar es alto, empezar de abajo a los cuarenta y seis no es nada fácil. Pero mejor tarde que nunca. Y así, con ese pensamiento, remataba cualquier comentario acerca de mi decisión de no pintar más.Comentario ajeno o propio.

Lo que descubrí ayer, es el porqué del momento, por qué no antes, por qué no después, y me apareció la respuesta como bordada en hilos de oro, o fuego, en el medio de la oscuridad de la alcoba.

El pintar para mí fue hacerlo a la manera que  pintaban los expresionistas abstractos, mi rechazo absoluto a lo que yo veía del mundo, la disconformidad con el rumbo de las cosas, el dolor de las situaciones vividas plasmadas en un pedazo de papel o tela, con los colores más o menos organizados, con los trazos más o menos briosos. Esa era mi pintura. Después, que muchos hayan visto en ellas alegría, era para mí una alquimia que sólo puede producir el arte, yo pinto con dolor, y el que compra  la pintura siente ganas de vivir, ánimo para sonreír, gozo. Fantástico.

Jamás, a no ser por los nombres de las series, jamás le dije a nadie que estaba mal lo que sentía mientras me hablaba de una obra mía. Sólo me reía mucho cuando el Deutsche Bank compró una obra de la serie Ahuyentando al Mono, por ejemplo, o los Anteojos de mamá, que eran los anteojos que encontré al llegar de su entierro y verlos inútiles, ya , sobre la mesa del comedor.
En fin, que siempre me encantó ver esa transformación, como dije antes, alquímica, que producía el otro en mi pintura.

Pero, y siempre hay un pero dirán algunos, hace un par de años quise dejar de representar mis sentimientos a través de la pintura como si dejando de usar ese vehículo de expresión, se pudiera cerrar una etapa de mi vida que no quería seguir viviendo. No que estaba arrepentida de haber vivido, para nada. Sólo que no quería más ese tipo de vida.

Quería ser otra Diana, otra madre, otra mujer, otra amiga, hermana. Quería transformarme como las serpientes , en otra persona, dejar mi piel, mi casa ya la había dejado, mi amor se me había acabado, mi hijo había crecido, mis padres habían muerto, mis amigos me daban la espalda, en fin, sin entenderlo en ese momento, sino ayer, o sea dos años después, y meciéndome en la cama que me condenó a esta vida, como si fuera un barco en la negrura más profunda del abismo oceánico, descubrí, por qué mi rechazo a pintar una vez más.


No sé a quién le interesará mi experiencia, pero como cuando pintaba, a través de la palabra acumulada yo existo y evidentemente soy otra. No sé si la que quería ser, pero seguro seguro, nunca más la que fui.

Y la nave va

E la nave va pina-bausch
Pina Bausch en su papel de princesa ciega

Contame sobre la primavera, pibe, sabés que pronto llegará la primavera ¿no?  Te lo aviso porque siempre tuviste confusión con los tiempos, será porque te arrastré de acá para allá, no sé. Nunca te ubicaste bien ni en los meses, ni en las estaciones. Por eso te digo, pronto va a llegar la primavera y yo no voy a estar. Por eso te pido, contame cómo te la imaginás.

¿Vas a salir con tu novia, a caminar por Palermo, vas a ir al cine? contame, volvamos a ser los de antes por un ratito, volvamos. Volvé, creé en mí. Volvé a creer en mí, a quererme, a entenderme, a abrazarme…

No sabés pibe lo sola que estoy. Quizá esto me pasa por haber jodido siempre con lo del síndrome del nido vacío y que yo minga, que yo te iba a echar antes de que vos me dejaras…quizá por imaginarte desde que naciste viviendo a tus dieciocho años en Londres o Francia, y por eso, la primera vez que te di la teta tranquila, te canté la Marsellesa; estábamos vos y yo solos en la habitación que hoy ocupa el estudio de tu tío, y yo no podía creer verte así, chupando, con ese ruidito a paz que había en tu mamar. Y te canté Allons enfant de la Patrie… Le jour de gloire est arrivé! Quería hacerte políglota para que no tuvieras fronteras.Para hacerte el mundo ancho. Para hacerte libre. Mirá que boludez. Tres días tenías, y yo cantándote en francés y en alemán…

Hay días, pibe, en los que no puedo soportar este trance, porque sé que va a pasar, lo sé, no soy estúpida, soy bastante inteligente, lo soy. Y culta y leída, una mujer de mundo si se le puede llamar a alguien así, una mujer viajada diría tu abuela, la que no conociste. Ella siempre decía que yo sabía vivir, que era la más viva de las cuatro hermanos porque no me casaba con nadie, porque iba y venía, porque nada me aferraba, nada. Nada ni nadie.

Pasó que un día ella me necesitó a su lado.Ella ya había decidido morir, ya se había dejado invadir por el cáncer al que siempre había mantenido a raya. Así que un día, una noche mejor dicho, me llamó. Yo estaba con “mi” chico. Habíamos alquilado “E la nave va”, nunca me voy a olvidar, el teléfono sonando y el pibe diciendo, es para vos, tu vieja.

Ella, mirá que era orgullosa tu abuela, mama mía…pero esa noche llamó a la casa del pibe, no sé de dónde sacó el teléfono, mamá era muy viva; y me dijo, vení a dormir conmigo esta noche. Y yo le dije que no. Le dije que tenía otros hijos, que se dejara de joder, así le dije, dejame de joder má, tenés a papá, tenés a, tenés, tenés le dije, así, vos tenés y yo no. Yo me lo tengo que hacer, yo recién empiezo a vivir, ¡dejame en paz! y cortamos.

Vi la película con “mi” chico, cogimos con ” mi” chico, nos drogamos con “mi” chico, pero yo no podía dejar de pensar en mamá. Ni en la muerte de la cantante de ópera. Ni en la noche de los gitanos inmigrantes sobre cubierta y la luna llena atrás. No podía.

Después,muchos años después, supe que Fellini me estaba pintando mi vida, la futura, no la que hasta ese día había vivido, la futura.

Al otro día volví a casa, y enojada le dije que por qué no me dejaba en paz, que yo estaba siempre con ella, que por un puto día que no lo hiciera no pasaría nada. Mamá me miró con la profundidad inmensa que tenía en sus ojitos olor miel y no me dijo nada. Solo me miro. Yo entendí que con esa mirada, como los pájaros, ella me hablaba. Y escuché su dolor. Lo sentí. La necesidad suya de tener a la más chiquita de sus hijos, por una noche, bajo el mismo techo. Quizá ten´ia miedo como yo ahora.Quizá no. Quizá lo hizo de hinchapelotas nom´as.No lo s´e, pero es el d´ia de hoy que me arrepiento de esa noche no haber vuelto.

Lo que dar´ia hoy por recibir una llamada suya, ven´i Diana, ven´i conmigo esta noche, y dejar todo por la mitad, y llegar y abrazarla, acariciarla y decirle, todo má, todo va a estar bien. Vas a ver. Pronto llegar´a el otoño y todo va a estar bien, porque fuiste la mejor, má, eso. Vos, fuiste la mejor.

Siempre que estoy así, con ganas de hundirme para siempre entre la almohada y el colchón y no saber más de la vida, me acuerdo de esa noche. Y me acuerdo de que a los quince días murió, tan livianita como desprendida de todo, tan agradecida a su vida y a nuestros cuidados como lúcida sabiendo lo que hacía, queriéndolo así.

Por eso pibe, hoy necesito que me hables de la primavera, de la tuya, de la que viene, porque yo no voy a estar acá. si por mí fuera te pediría abrazos, sonrisas, recuerdos, pero solo sé que te hincho más las bolas, como mi mamá aquella noche en la que me buscó, me llamó y yo le dije, dejame en paz.

elanavevagitanos
Los inmigrantes gitanos en cubierta.

 

 

Lavado de cabeza

Lavar la cabeza de mi tío se hace complicado. No es que tenga mucho pelo, para nada, pero el trámite se hace complicado: hay que calentarle la habitación, y el agua tiene que estar en un punto justo, ni muy muy, ni tan tan; bajar la cama ortopédica hasta su postura horizontal, poner la zalea bajo su cabeza, y prepararse para la reacción del Tío. A veces se deja, a veces revolea todo sin darse cuenta.

En general lo hace Judith, la enfermera, y yo la ayudo. Pero a veces Judith no tiene tiempo y lo hago yo, y la que me ayuda es mi tía, su mujer. A este punto tengo que aclarar que hablo de dos octogenarios, y uno que ya pisa casi los noventa. Le levanto la cabeza y mi tía le pone la palangana verde debajo de la cabeza, elegimos la verde porque es la más chatita que tenemos. Me pongo un poco de Healds & Shoulders en la mano y le hago espuma.

Los ojos de mi tío se cierran bien apretados. Me recuerda a Bautista de chiquito. Me sonrío y digo ¡Ehhh che! No es para tanto…tío! Aflojá que no te va a ir la espuma. Mi tía mi mira. Seguro sin escuchar lo que dije, porque es casi sorda. Y mi tío no, así que cuando estoy con los dos, el que tiene prioridad auditiva es mi tío. No vaya a ser cosa que lo aturda. Así que le hago a mi tía un gesto de que no pasa nada y sigo.

Tiro la primera jarra de agua como bendiciéndolo, veo su cuero cabelludo rosadito, los dedos de mi tía, artríticos, encorvados, ayudándome con ese amor inclaudicable, secando rápida las gotas de agua que se resbalan y amenazan con entrarle en las orejas. No puedo dejar de pensar en mi último amante, mi último amor. Cuando a punto de acabar, yo le tiraba del pelo. Ese pelo firme, grueso, su cara de dolor y placer al mismo tiempo. Tengo ganas de preguntarle a mi tía si alguna vez antes de acabar… Acá tía, mirá, le digo. Abrí los ojos, tío, nosotras te cuidamos.

Otra vez la jarrita, el agua, el bautismo, le escucho un Ay que mi tía no escucha. Me veo a mí apretando los ojos dentro de unos años, y Bautista diciéndome que me afloje. Se me anuda la garganta. Quiero salir corriendo y fumar un cigarrillo. Llamarlo a él, a mi amante, a mi amor último y decirle que la vida es corta; aún para él es corta, asquerosamente corta.

Mi tía se lleva la palangana, y el champú. Yo lo seco despacio y lo beso para que abra sus ojos, para que se tranquilice, para hacerle la vida más fácil, esa vida que se nos escapa, a él, a mí… y como si no me viera, lloro sin disimulo.

Es una cascada, dijo mi abuela mirando esta obra clavada a la puerta de mi dormitorio, un río que viene despacio y que cae, ves? Había uno en el pueblo. Y nos íbamos a bañar, el agua fresquita…

Estaba viendo la serie ” Los anteojos de mamá”, la serie que pinté después de haberlos visto sobre la mesa del comedor cuando llegamos de enterrarla. Pero no se lo dije. Me lo guardé, para contárselo a mis nietos, si algún día los tengo. A mis sobrinos, que los tengo desparramados . En ese momento, no tenía hijos. Pero sabía que también algún día llegarían.

Ahora lo cuento en este blog, como lo he contado varias veces. Esta serie se vendió casi toda. Creo que es éste ( no estoy segura si otro más) el único que queda.

Papá vio televisores, Dina descubrió la palabra VIVA! en otro. Justo donde yo había realizado unos trazos así, como esos trazos míos, de pura violencia y aproximación, como me decía Ari Brizzi.

Ayer, nos encontramos con una amiga y nos fuimos al cementerio de la Recoleta, a sentarnos en una tumba. Hablamos de vida y proyectos. Futuro, utopías, nos reímos mucho sentadas en los escalones de una tumba que tenía unos tres o cuatro, perfecta para nosotras, lejos del ruido estúpido de esas calles, con sus celulares, sus extranjeros y sus “sirvientas” con changuito para las compras y trajeadas de celeste o rosa, o negro…un anacronismo que aún hoy perdura en esta ciudad caótica de Buenos Aires.

En el cementerio no había sirenas ni fachadas estrepitosas. Todo era en blanco y negro, gris y más gris, el verde de los árboles se engamaba con el verde del bronce sucio de la cúpulas. Una delicia. Siempre me gustaron los cementerios. Recuerdo especialmente dos, donde me sentaba con alguna compañia, o sola, para ver pasar el tiempo. Escuchar los pájaros. Y entretenerme pensando en las vidas que ya no estaban más, aunque sus huesos o despojos , o polvo, o dientes, o pelos, o uñas, estén debajo nuestro.

Uno era muy cerca de las torres gemelas, ese era bajo, sólo con lápidas, sin bóveda ninguna a la vista, convertía entonces a los edificios que lo rodeaban en inmensas tumbas de gente viva. Ahí, comíamos y bebíamos, bajo el fresco de los árboles, viendo las piedras torcidas salir de la tierra, casi negras. Otro lo visitamos en Praga, cerca de la casa de Kafka creo, bajo la nieve. Ese, era muy triste. Pero digno, bello como el más puro horror de lo que habrán visto los enterrados allí. Y después, le contaba a mi amiga, había una especie de templete, en Madrid, que le había hecho un árabe a su enamorada muerta. Era en el barrio de los Austrias, pero debería ver un mapa para ubicar la plaza que se extendía tras ese pequeño cementerio privado expuesto a los ojos de todo el mundo, y perfumado y fresco en el agosto madrileño, como pocos lugares. Ahí pensaba en el amor de ese tipo hacia esa mina. Y lloraba por no tener uno igual. Y esperaba a que cayera el sol para caminar hasta el puente de los suicidas.

Las diferencias me asombran. Las culturas, cada una construye sus ciudades y sus templos, pero los cementerios son fascinantes para mostrar cómo es esa sociedad, cuánto valor le da a la muerte o a la vida.

Recuerdo tambien haber visto en Evangelion 2, la escena del cementerio. Bellísima, como los japoneses. Palitos, palitos, palitos, palitos y en un primerísimo primer plano un ramo de flores blancas sobre el acero chato del suelo, que sostenía el palito erguido, y limpio , pulido, abstracto.

Y después de dejar a mi amiga, vine a casa.

Es lindo vivir en una casa donde hubo aunque sea , un muerto. No es que me regodée en la muerte, sino que viviendo en ella, uno contempla la vida en su plenitud. Ve su límite. Reconoce el polvo del que venimos y al que llegaremos sí o sí, algún día. Ve escenas del pasado en cada rincón, sombras que acuden a un llamado para calmarnos, bifurcaciones, rumbos que hubiera podido tomar la vida, soluciones para problemas ya pasados que tuvieron otra solución, porque no vino a la cabeza de ninguno de los co-vivientes de la casa, tomar esa decisión y todo hubiese sido distinto, ni mejor, ni peor, sólo distinto a lo que es y jamás volverá a ser.

A la noche, y de total casualidad, me puse a ver A single man, de Tom Ford, con la estupenda actuación de Colin Firth. En algunos países la estrenaron como Un hombre solo y en otros como Un hombre soltero. Da igual. Colin Firth, es un hombre soltero y solo. Solo en toda su dimensión. Solo. Sin su amor. Solo.

Sin ser una película digna de ser mencionada por años de años, creo que fue la que en este año , me dio más en mis huesos. peor que el calcio, así. Penetró la carne y llegó a la mismísima médula, ramificándose por la linfa hasta el último rincón de mi pescuezo, entrando ahí, justamente por ahí donde está la zona del cerebro para alojarse en, donde dice un libro que me regalaron y que no he terminado de leer, el cerebro reside el alma.

Dura y bella. El tipo pierde a su amor y después de once meses todavía le recuerda. Se pregunta cada día al levantarse para qué coño sigue vivo y cómo hará para continuar. Y como el sólo por hoy de los alcohólicos anónimos, Tom Ford nos muestra un día de su vida con esa pregunta martillándonos todo el tiempo.

Y así. después de verla una y dos veces, apagué la luz, miré a mi estrella, y pensé que la vida es bella, así vivida.