Y la nave va

E la nave va pina-bausch
Pina Bausch en su papel de princesa ciega

Contame sobre la primavera, pibe, sabés que pronto llegará la primavera ¿no?  Te lo aviso porque siempre tuviste confusión con los tiempos, será porque te arrastré de acá para allá, no sé. Nunca te ubicaste bien ni en los meses, ni en las estaciones. Por eso te digo, pronto va a llegar la primavera y yo no voy a estar. Por eso te pido, contame cómo te la imaginás.

¿Vas a salir con tu novia, a caminar por Palermo, vas a ir al cine? contame, volvamos a ser los de antes por un ratito, volvamos. Volvé, creé en mí. Volvé a creer en mí, a quererme, a entenderme, a abrazarme…

No sabés pibe lo sola que estoy. Quizá esto me pasa por haber jodido siempre con lo del síndrome del nido vacío y que yo minga, que yo te iba a echar antes de que vos me dejaras…quizá por imaginarte desde que naciste viviendo a tus dieciocho años en Londres o Francia, y por eso, la primera vez que te di la teta tranquila, te canté la Marsellesa; estábamos vos y yo solos en la habitación que hoy ocupa el estudio de tu tío, y yo no podía creer verte así, chupando, con ese ruidito a paz que había en tu mamar. Y te canté Allons enfant de la Patrie… Le jour de gloire est arrivé! Quería hacerte políglota para que no tuvieras fronteras.Para hacerte el mundo ancho. Para hacerte libre. Mirá que boludez. Tres días tenías, y yo cantándote en francés y en alemán…

Hay días, pibe, en los que no puedo soportar este trance, porque sé que va a pasar, lo sé, no soy estúpida, soy bastante inteligente, lo soy. Y culta y leída, una mujer de mundo si se le puede llamar a alguien así, una mujer viajada diría tu abuela, la que no conociste. Ella siempre decía que yo sabía vivir, que era la más viva de las cuatro hermanos porque no me casaba con nadie, porque iba y venía, porque nada me aferraba, nada. Nada ni nadie.

Pasó que un día ella me necesitó a su lado.Ella ya había decidido morir, ya se había dejado invadir por el cáncer al que siempre había mantenido a raya. Así que un día, una noche mejor dicho, me llamó. Yo estaba con “mi” chico. Habíamos alquilado “E la nave va”, nunca me voy a olvidar, el teléfono sonando y el pibe diciendo, es para vos, tu vieja.

Ella, mirá que era orgullosa tu abuela, mama mía…pero esa noche llamó a la casa del pibe, no sé de dónde sacó el teléfono, mamá era muy viva; y me dijo, vení a dormir conmigo esta noche. Y yo le dije que no. Le dije que tenía otros hijos, que se dejara de joder, así le dije, dejame de joder má, tenés a papá, tenés a, tenés, tenés le dije, así, vos tenés y yo no. Yo me lo tengo que hacer, yo recién empiezo a vivir, ¡dejame en paz! y cortamos.

Vi la película con “mi” chico, cogimos con ” mi” chico, nos drogamos con “mi” chico, pero yo no podía dejar de pensar en mamá. Ni en la muerte de la cantante de ópera. Ni en la noche de los gitanos inmigrantes sobre cubierta y la luna llena atrás. No podía.

Después,muchos años después, supe que Fellini me estaba pintando mi vida, la futura, no la que hasta ese día había vivido, la futura.

Al otro día volví a casa, y enojada le dije que por qué no me dejaba en paz, que yo estaba siempre con ella, que por un puto día que no lo hiciera no pasaría nada. Mamá me miró con la profundidad inmensa que tenía en sus ojitos olor miel y no me dijo nada. Solo me miro. Yo entendí que con esa mirada, como los pájaros, ella me hablaba. Y escuché su dolor. Lo sentí. La necesidad suya de tener a la más chiquita de sus hijos, por una noche, bajo el mismo techo. Quizá ten´ia miedo como yo ahora.Quizá no. Quizá lo hizo de hinchapelotas nom´as.No lo s´e, pero es el d´ia de hoy que me arrepiento de esa noche no haber vuelto.

Lo que dar´ia hoy por recibir una llamada suya, ven´i Diana, ven´i conmigo esta noche, y dejar todo por la mitad, y llegar y abrazarla, acariciarla y decirle, todo má, todo va a estar bien. Vas a ver. Pronto llegar´a el otoño y todo va a estar bien, porque fuiste la mejor, má, eso. Vos, fuiste la mejor.

Siempre que estoy así, con ganas de hundirme para siempre entre la almohada y el colchón y no saber más de la vida, me acuerdo de esa noche. Y me acuerdo de que a los quince días murió, tan livianita como desprendida de todo, tan agradecida a su vida y a nuestros cuidados como lúcida sabiendo lo que hacía, queriéndolo así.

Por eso pibe, hoy necesito que me hables de la primavera, de la tuya, de la que viene, porque yo no voy a estar acá. si por mí fuera te pediría abrazos, sonrisas, recuerdos, pero solo sé que te hincho más las bolas, como mi mamá aquella noche en la que me buscó, me llamó y yo le dije, dejame en paz.

elanavevagitanos
Los inmigrantes gitanos en cubierta.

 

 

Lavado de cabeza

Lavar la cabeza de mi tío se hace complicado. No es que tenga mucho pelo, para nada, pero el trámite se hace complicado: hay que calentarle la habitación, y el agua tiene que estar en un punto justo, ni muy muy, ni tan tan; bajar la cama ortopédica hasta su postura horizontal, poner la zalea bajo su cabeza, y prepararse para la reacción del Tío. A veces se deja, a veces revolea todo sin darse cuenta.

En general lo hace Judith, la enfermera, y yo la ayudo. Pero a veces Judith no tiene tiempo y lo hago yo, y la que me ayuda es mi tía, su mujer. A este punto tengo que aclarar que hablo de dos octogenarios, y uno que ya pisa casi los noventa. Le levanto la cabeza y mi tía le pone la palangana verde debajo de la cabeza, elegimos la verde porque es la más chatita que tenemos. Me pongo un poco de Healds & Shoulders en la mano y le hago espuma.

Los ojos de mi tío se cierran bien apretados. Me recuerda a Bautista de chiquito. Me sonrío y digo ¡Ehhh che! No es para tanto…tío! Aflojá que no te va a ir la espuma. Mi tía mi mira. Seguro sin escuchar lo que dije, porque es casi sorda. Y mi tío no, así que cuando estoy con los dos, el que tiene prioridad auditiva es mi tío. No vaya a ser cosa que lo aturda. Así que le hago a mi tía un gesto de que no pasa nada y sigo.

Tiro la primera jarra de agua como bendiciéndolo, veo su cuero cabelludo rosadito, los dedos de mi tía, artríticos, encorvados, ayudándome con ese amor inclaudicable, secando rápida las gotas de agua que se resbalan y amenazan con entrarle en las orejas. No puedo dejar de pensar en mi último amante, mi último amor. Cuando a punto de acabar, yo le tiraba del pelo. Ese pelo firme, grueso, su cara de dolor y placer al mismo tiempo. Tengo ganas de preguntarle a mi tía si alguna vez antes de acabar… Acá tía, mirá, le digo. Abrí los ojos, tío, nosotras te cuidamos.

Otra vez la jarrita, el agua, el bautismo, le escucho un Ay que mi tía no escucha. Me veo a mí apretando los ojos dentro de unos años, y Bautista diciéndome que me afloje. Se me anuda la garganta. Quiero salir corriendo y fumar un cigarrillo. Llamarlo a él, a mi amante, a mi amor último y decirle que la vida es corta; aún para él es corta, asquerosamente corta.

Mi tía se lleva la palangana, y el champú. Yo lo seco despacio y lo beso para que abra sus ojos, para que se tranquilice, para hacerle la vida más fácil, esa vida que se nos escapa, a él, a mí… y como si no me viera, lloro sin disimulo.

Fealidad

Realidad pazguata
fealdad de búfalo chino
tropezón no
caída
lágrimas funámbulas
negritud y villorio
peatonal estafada
mar del playa vacía
perros policías

yeso manchado en sangre
fractura expuesta
otitis media

colonia de gusanos
sequía pueblerina
turistas impuntuales

perros malheridos
hijos desatendidos

limón en la heladera
Gancia en los vasos
publicidad erótica
un faso otro faso
otro faso
más escupitajos

otro pañal
otra bronca
otro rezo
otro Skipe rebotado
otro día sin masticar
un carajo
otro día a pastilla
atraganto
a disculpas
de culpa

maquinar asesinato
pedir clemencia
pergeñar suicidio
pedir eutanasia
sin remedio
así así
así
como el collar de perlas de la madre sobre el piyama

¿Para qué vivir así
si cuando hay disfraz nadie entiende el chiste?

 

 

 

Die Schrecken der Liebe / Los horrores del amor

Era 1990. Enero de 1990. Era noche y llovía. Había llegado de Alemania con un afiche de una muestra que decía: DIE SCHRECKEN DER KRIEGE. Aún lo tengo dando vuelta en alguna carpeta. Fui a visitar a Dina S. Y comenzamos a chablar sobre los horrores del amor. Y puse una hoja en el tablero, busqué mis pinturas y empecé a pintar Die Schrecken der Liebe. Y llegó él. También venía de Alemania. Y me preguntó por qué. Por qué estaba pintando eso. Con veinticinco años pintaba eso. Hablamos. Me llevó a mi casa en un auto negro. Le conté. Me pidió vernos. Nos encontramos en un bar en Santa Fe y Coronel Díaz. Tomamos una Cunnignton con cerveza. ¿Un Radler?  Me habló de la Erotische Ausstrahlung. Le pregunté por qué. No sé, dijo. La tenés. Y para qué me sirve, le pregunté. Para haberla visto una vez, dijo. Nos despedimos. Él volvió a Alemania. Yo seguí pintando. Al tiempo murió. Me encantaría volver a verlo.   Ellas me llamaron traidora, perversa, triste mujer, degenerada. Pero ellos me dijeron luminosa, madraza, estoica, diosa pagana. No le creo a nadie. Sigo caminando bajo las estrellas y el universo marcha conmigo. El tiempo dirá al final a quién de todos debería haberle creído. (Dedicado al alemán, del auto negro)