Mi verdadero año nuevo

esclavadelamor
La increíble Solovey, en Esclava del Amor, de Nikita Mijalkov

Debe ser una manía que tengo. O una tara, más bien. O quizá sin saberlo, soy descendiente de algún antepasado chino, del que  adopté, lamentablemente, sólo eso: festejar a finales de enero el principio de año. Aunque esto último es poco probable, porque mi fijación es con una fecha, con un día. El 30 de enero.

Todos los años comienzan, para mí, el 30 de enero. Ni un día antes, ni uno después.

El 30 de enero hay algo que me sucede, a pesar de mi voluntad, que me recuerda el principio de año. No tiene que ver con algo programado, para nada. Tiene que ver con la naturaleza y yo. Una comunión, una comunicación íntima, muy íntima, entre ella y yo.

El 30 de enero es como si Tarkovsky, Lars von Trier y Mijalkov (o sus directores de fotografía) se juntaran para realizar una puesta lumínica para mí; como si le dijeran a Dios o a quien sea que mueva las cosas allá arriba: poneme este tacho acá, este difusor en el par mil y mandame fog sobre el cañón todo el tiempo.

Así es como me imagino yo ya cosa: Dios, o quien sea -ya lo aclaré- asesorado por algunos de mis directores de fotografía preferidos, tutelados por esas tres grandes bestias del cine; haciéndome puestas espectaculares durante toda la noche previa, como si fueran los Reyes Magos. Al despertar me encuentro con amaneceres raros, con un sol tibio tirando a Mijalkov, una bruma tirando a Triers, o un presagio de tormenta bien, bien “tarkovskiano”.

Es entonces cuando me pregunto por el sentido de la vida, de la mía en particular y de la de los otros en general. Es entonces y ante semejante espectáculo de la naturaleza, que hago un racconto de mi último año, y aparecen gente, caras, a veces como fantasmas horrendos que me siguen asustando y otras como ángeles que me ayudaron a respirar en el medio del caos.

Y me quedo asombrada mirando ese amanecer a mi vida. Pensando en la felicidad que tendría mi amor no correspondido ( o sí, nunca lo llegaré a saber ) si estuviera al lado mío y mirara lo que yo. Pienso en las grandes causas de la humanidad; en los destinos, en los que condenan y en los que aprueban, y cuánto de eso me tocará a mí este año.

Pienso en qué país terminaré, por cuál pasaré, si es que me tocará viajar. Dónde, dónde escribiré ¡señor! dónde expondré o a quién filmaré. O si por el contrario, me quedaré encerrada en casa, es más, en la cama, viendo pasar los días y  las noches con su dolor profundo y sin resiliencia de ningún tipo; abotagada por el sueño que dan los fármacos y escribiendo sólo mi diario, mi blog o mi novela de tanto en tanto, cuando la lucidez me lo permita.

Pero nada es triste ese día, hay como en todo comienzo, un cincuenta por ciento de esperanza contra un cincuenta de imposibilidad. Así que frente a esta puesta de mis directores favoritos, me consagro a ellos, a mis antepasados chinos (si nos hubiera) a mis ángeles que me abrieron la boca para poder respirar el año pasado, y digo admirando esa quietud bella como todos los 30 de enero: feliz año nuevo a los de buena voluntad y cárcel para los asesinos.