Madre hay una sola

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Cuando desperté hoy de mi siesta (que desde hace unos años a veces tomo) experimenté por un lado un enorme placer; llovía afuera, adentro se estaba bien, sin humedad, sin frío, la penumbra me iba mostrando las aristas de los objetos tan conocidos, despacio, sin apresuramientos, sin estridencias. La música que llegaba del cuarto de mi hijo ( como llovía no había ido a trabajar) era rara, no podía determinar de qué genero era porque se acoplaba con el sonido archiconocido del juego de estrategia, el famoso LOL o League of Legend que viene jugando hace casi ya ocho años, no sé…

Por otro lado, al despertar me vino un pinchazo de angustia justo en el medio del corazón o quizá más abajo, en la boca del estómago, me aceleró el ritmo cardíaco, me bañe en un sudor frío y sentí un vacío tan grande que aunque su intensidad fue decreciendo bastó para que me replanteara estas dos situaciones tan encontradas ¿no? el enorme placer por un lado y el vacío, también enorme, abismal, que no entendía por qué se anunciaba tan cercano al placer.

-Si a mí me encantan los días grises de lluvia -pensé- ¿cómo es posible sentir tanto agobio cuando todo está dado para tener que agradecerle a la vida el haberme reservado un día así, a mis cincuenta y cuatro años: una notebook en reposo, para seguir escribiendo la novela o ver la serie que estoy viendo, escribirle a alguien o recibir de alguien un mail? -seguí pensando mientras me iba incorporando, poniendo las pantuflas, acomodando las almohadas todavía tibias, mientras el LoL y sus sonidos, las risas o las puteadas de mi hijo se sucedían una y otra en un eterno toma y daca provenientes del otro cuarto, amortiguadas por mi somnolencia- ¿Cómo puede alguien angustiarse con la vida que tengo, si ahora me puedo hacer un mate, un par de tostadas y sin importarme las calorías engullírmelas con placer, mientras las luces de la cocina me iluminan la tarde?porque hasta eso, yo me puedo dar el lujo de elegir donde escribo- me dije mirándome al espejo del baño, mientras el agua fría me enfriaba la frente y todo lo que está detrás de ella.

Anduve los pasos que me separan del baño a la cocina y los libros apilados en las bibliotecas, los cuadros, los espejos, las ventanas, todo me era querido. Todo. Pero la angustia percibida estaba todavía ahí, encogida, a un costado del hígado, ya, dispuesta a quedarse y a angustiarme  de verdad toda la tarde.

Abrí la notebook y entre ofertas y suscripciones, tenía un email muy lindo; un mensaje de una amiga con la que me dejé de ver hace muchos años, tantos que comencé a pensar en que las últimas veces que fui a su casa fui acompañada de mi hijo que en esa época era un adolescente lleno de granos y hoy ya tenía veintiuno.

Y habrá sido porque el mensaje lo mencionaba también a él, como parte de una dupla que hoy ya no existe, una dupla que mi amiga, su marido y sus hijos recordaban. Me acordé de esa época y calculé que en ese entonces, él, mi hijo, estaba en la secundaria, me abrazaba cada tanto, comía conmigo casi todos los días y casi siempre de comida que yo preparaba, me acompañaba a las casas de amigos, compartíamos el estudio para escribir yo, jugar y / o estudiar él, viajábamos juntos de vacaciones, cuando salíamos a hacer compras no le daba vergüenza pasarme el brazo por arriba del hombro, y cosas por el estilo.

También recordé que en el tiempo que él estudiaba, yo andaba de un lado para el otro, ya sea haciendo algún curso o dándolo, trayendo el pan a casa, ya que siempre fui padre y madre en nuestra economía.

Entonces, a pesar de que ese pinchazo recibido al despertar se iba convirtiendo en líquido que amenazaba con salir por mi nariz , los ojos, pero se quedaba en la garganta; el panorama se me iba aclarando de a poco. Era el precio que hoy pago, como toda madre desde que existen las madres, de haber tenido hijos queridos, el precio de haber disfrutado de mi maternidad a pesar de no ser una madre normalista ni a tiempo completo, el precio por haber disfrutado de ese sol que tuve tan poco tiempo, ¡dios, tan poco! y que ya jamás volvería a ser lo que era.

Así como cuando quedé embarazada me preguntaba por qué no me habían aclarado antes que una la pasa mal si tiene vómitos, que una la pasa mal si tiene que dejar de hacer lo que venía haciendo, si una cambia hormonalmente de la noche a la mañana, ahora me pregunto por qué no hice caso cuando mi madre ( muerta casi cuando yo tenía la edad de mi hijo ahora) me decía que el tiempo de los hijos chiquitos era el tiempo más hermoso para una mujer que había decidido tenerlos. Por qué me hacía la superada y le contestaba que a mí jamás me iba a dar el síndrome del nido vacío, porque yo estaba llena de cosas y proyectos y amistades, y y y… y. ¿Por qué?

La vanidad de la juventud contra los ciclos de la vida no dejan de sorprenderme en estos días. Claro que ahora tengo tiempo para mí y mis ritos, lo que gano es para mí y no debo vivir con la zozobra de no tener para darle de comer a mi hijo, claro que ahora me olvidé del tiempo de vacaciones escolares y actos escolares y reuniones con maestros y tantas cosas que antes me “robaban” mi tiempo, según creía yo, con mi furia todo lo quiero y todo lo puedo.

A cambio está ese tiempo que sobra aunque mi psicóloga diga que a mí no, a cambio está ese piso limpio, sin juguetes para tropezarse, esa cocina sin manchas de chocolate, esos horarios sin límite que una administra a su antojo.

No sé por qué hablé de esto hoy, será que estuve a punto de tomar una pastilla para la ansiedad que me provocó el pinchazo, cuando me di cuenta que de ahora en más, la explicación es que no hay ansiedad, hay tiempo de sobra y una madre que como siempre y por ley de vida, ha quedado sola en una casa limpia.

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rasguñando las piedras


rasguña las piedras

(para aquel que no conozca la canción

pinche en el link)

él canta

grita cantando

canta en un grito

pide vida

noche y rock’n roll

canta una que sabemos todos los de acá

canta una que cantabámos en la infancia

una que nos dolió después o antes

rasguña las piedras

adolescentes un poco

tan sólo un poco

mayores que él

rasguñando las piedras de una celda

¡pero qué libres vamos a crecer!

y así creció

libre

tanto que da pavura

miedo de vieja nacida en dicta-dura como diría Ángela

¿sabrá él que su grito me duele como grito de guerra?

¿sabrá cómo lo escuchábamos cuando éramos chicos?

él es libre

y me dicen que no lo deje tanto

¿cómo se hace?

¿voy en contra de mis recuerdos

cuando los milicos ponían botas sobre las cabezas?

¿cuando se llevaban a los pendejos de los pelos?

cuando estudiábamos Formación Cívica

mientras ellos no sabían lo que significaba el sentido de la ética?

sólo me responde el silencio

ya ha callado su grito

por eso no me gustan

ni los cables que no comunican

ni los rostros tapados bajo las máscaras del anonimato

me gusta ver

mirar

directo a los ojos

para saber si me están mintiendo

sólo esto les puedo agradecer a los milicos:

haber desarrollado esa percepción tan clara

de saber cuando alguien es oscuro

miente

no da la cara

trabaja en las sombras.

¿O será su vergüenza?

Todas las pinturas que acompañan esta entrada, si se fijan bien, están hechas cuando terminó la última dictadura en este país. Yo me hice abstracta. Después supe que los abstractos eran como los herméticos, los primitivos, los originarios, tenían un mundo interno que reflejaba su miedo. Sus batallas. Y así pintaban. Para sacarse el miedo. O para mostrar su orden interior. Su adentro, era más armónico que el afuera, y viendo estas pinturas con la perspectiva que dan los casi veintiocho que han pasado desde que las pinté, me impresiona ver mi mundo, tan lleno de trazos como gritos. Tanta batalla dentro mío. Nunca más pude pintar el entorno. Y cuando murió mi padre y me abandonó el amor, dejé de pintar. NUNCA MÁS .Así decíamos en el 83. Lo sostengo todavía.

A Angelita Urondo y sus hermanos. A su padre Paco Urondo y a su madre Alicia Raboy, que rasguñan las piedras todavía para que nuestros hijos vivan en libertad.