La cólera de un particular. (Reflexión sobre el último libro de Marcelo Figueras.)

“Cuando un hombre cualquiera, pero valeroso, se ve obligado a montar en cólera, nunca se derrama mucha sangre. Pero el día que eso ocurre, toda China se viste de luto”

                                                             de Negro Corazón del Crimen, Marcelo Figueras.

RJW

 

Ayer terminé de leer el último libro de Marcelo Figueras. Ese racconto que hace sobre la vida de Rodolfo Walsh, del hombre, del periodista Erre. Del escritor RJW que escribe policiales y muestra su talento a una Argentina recién inaugurada (¿Qué es si no, ese país, ese grupo de gente que se proclama como dueña de unas tierras por 200, 300 años, contra siglos de otros pueblos que fueron invisibilizados y puestos al servicio de los nuevos propietarios? Este libro también habla de eso sin ni siquiera mencionarlo.)

Habla de la legitimación y el prestigio de un escritor que, coronado con la gloria más preciada que podría tener en sus tiempos -ser premiado por Borges y Bioy Casares- elige el camino de no mentirse. Elige encontrar y escribir con su voz aunque vaya en absoluta contra de su conveniencia. Decirle no a lo fácil. Esconderse para escribir por ser perseguido como uno de sus antiguos personajes y ser ninguneado por los que antes lo aplaudían.

Es fácil caer en escribir sobre lo heroico de su accionar. No es fácil dejar de conmoverse a cada rato con ese cambio que se va a ir produciendo en el escritor-periodista-hombre, después de escuchar el llanto de un conscripto a punto de morir -¡No me dejen solo, hijos de puta!- y llegar así después de un largo camino a ser el hombre-periodista-escritor por lo que se lo conoce todavía, después de cuarenta y pico de años de su asesinato a manos de la dictadura militar.

Así pues que este tiempo plagado de dolor, por lo menos para mí, por la brutal represión vivida contra la gente que se oponía a una ley que le parece injusta, inentendible, el 14 de diciembre de 2017 en la Argentina; me hace repensar la importancia de libros como éste.

Ayer cuando leía en Twitter, tanto odio contra una abuela que busca nietos hijos de desaparecidos en la dictadura que ERRE ayudó a denunciar antes de morir, en su carta a las Juntas, me preguntaba en qué país vivo, ¿no? ¿En qué mundo vivo? Porque esto no sucede solo acá. Hay un recrudecimiento del sálvese quién pueda en todo el mundo. Hay quienes todavía ingenuamente favorecen, iluminan, agradecen o se congracian con los mentirosos, porque eso les da rédito, eso le da un rédito, eso los mantiene enchufados a un sistema de protección.

Esos que no son capaces de preguntarse como Walsh, como Figueras cuenta que Walsh se pregunta ¿Para qué escribo?¿No es más fácil el otro camino, hacerme el boludo, seguir lo que hace doscientos, trescientos años, vinieron a sostener unos, vinieron a negar otros? ¿ Mezclarme en la turba inmunda de escritores que se siguen alegrando por ser parte de un sistema que saben bien, los está usando?

Ayer, cuando estaba cavilando sobre esto y la lluvia torrencial me hacía pensar en la cantidad de gente en situación de calle, en los techos de chapa volados, en las criaturas que morirían por esa tormenta en Buenos Aires, me llegó un wattsapp de una compañera de los tiempos de Bellas Artes, a la que volví a encontrar después de años: “Sacarle los subsidios a todos los extranjeros. Si estás de acuerdo con esto compartí”. Le contesté que yo también era extranjera, creyendo que era una broma, creí que también ella se consideraría una invasora de estas tierras que hace 500 años eran de otros. ¿Y qué son 500 años en la historia de un país, no?

Pero no, era verdad. De verdad me estaba pidiendo que la ayudara a difundir esa infamia. De verdad y todavía, le dicen a Estela de Carloto, vieja degenerada. De verdad reprimen a la gente que piensa distinto en las calles. De verdad esta pesadilla. De verdad.

De verdad tantas cosas que me pregunto como Erre, ¿está bien seguir escribiendo lo que escribo o me hago la boluda? Pero me contesto parodiando su voz o la de Figueras: si no ¿cómo hago para justificar la traición cuando me enfrento al espejo: miedo, codicia, ambiciones rastreras?

Le agradezco a Marcelo el haber escrito este libro, porque si bien todos los que siguen mis blogs hace años, saben que soy una absurda fanática de él (y con absurda quiero decir que no puedo hacer ningún tipo de crítica racional de lo que escribe, porque su obra, para mí, va más allá de algo literario; siempre se adelantó a lo que vivo día a día como algo mágico, algo que me pasa con muy pocos autores) le agradezco el haber escrito un libro que nos interpela en esta Argentina de hoy, trayendo al presente la historia de un escritor que eligió no mentir, no mentirse, no ser egoísta ni ególatra, ni con su obra ni con su vida.

Un cualquiera que se vio obligado a montar en cólera e hizo que con su muerte la historia de un país siga de luto.

 

 

 

 

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rasguñando las piedras


rasguña las piedras

(para aquel que no conozca la canción

pinche en el link)

él canta

grita cantando

canta en un grito

pide vida

noche y rock’n roll

canta una que sabemos todos los de acá

canta una que cantabámos en la infancia

una que nos dolió después o antes

rasguña las piedras

adolescentes un poco

tan sólo un poco

mayores que él

rasguñando las piedras de una celda

¡pero qué libres vamos a crecer!

y así creció

libre

tanto que da pavura

miedo de vieja nacida en dicta-dura como diría Ángela

¿sabrá él que su grito me duele como grito de guerra?

¿sabrá cómo lo escuchábamos cuando éramos chicos?

él es libre

y me dicen que no lo deje tanto

¿cómo se hace?

¿voy en contra de mis recuerdos

cuando los milicos ponían botas sobre las cabezas?

¿cuando se llevaban a los pendejos de los pelos?

cuando estudiábamos Formación Cívica

mientras ellos no sabían lo que significaba el sentido de la ética?

sólo me responde el silencio

ya ha callado su grito

por eso no me gustan

ni los cables que no comunican

ni los rostros tapados bajo las máscaras del anonimato

me gusta ver

mirar

directo a los ojos

para saber si me están mintiendo

sólo esto les puedo agradecer a los milicos:

haber desarrollado esa percepción tan clara

de saber cuando alguien es oscuro

miente

no da la cara

trabaja en las sombras.

¿O será su vergüenza?

Todas las pinturas que acompañan esta entrada, si se fijan bien, están hechas cuando terminó la última dictadura en este país. Yo me hice abstracta. Después supe que los abstractos eran como los herméticos, los primitivos, los originarios, tenían un mundo interno que reflejaba su miedo. Sus batallas. Y así pintaban. Para sacarse el miedo. O para mostrar su orden interior. Su adentro, era más armónico que el afuera, y viendo estas pinturas con la perspectiva que dan los casi veintiocho que han pasado desde que las pinté, me impresiona ver mi mundo, tan lleno de trazos como gritos. Tanta batalla dentro mío. Nunca más pude pintar el entorno. Y cuando murió mi padre y me abandonó el amor, dejé de pintar. NUNCA MÁS .Así decíamos en el 83. Lo sostengo todavía.

A Angelita Urondo y sus hermanos. A su padre Paco Urondo y a su madre Alicia Raboy, que rasguñan las piedras todavía para que nuestros hijos vivan en libertad.