El saber como peligro

Como casi todos los primero de enero, empecé el año queriendo distraerme, nada de hacer trabajar la cabeza, nada de rumiar ni nada.

Había comida en la heladera y frutas como para pasar el día tirada en la cama. Una afonía que empeora cada vez que hablo, me terminó de convencer.

Les mandé antes, a los que realmente quiero, un saludo por el canal más promiscuo, mentiroso, pero rápido para este tipo de cosas, Facebook; y me dediqué a leer y ver películas.

Todo lo que haré–pensé convencida y hasta anoté en una especie de agenda que tengo- es despejar la cabeza de malos humores, como diría alguien del Renacimiento o incluso de la Antigüedad más clásica y rectora de nuestra civilización judeo cristiana, y comenzaré así con pie derecho el recién estrenado año.

Pero como siempre repito y escribo, a mí los clásicos no me hacen caso ni me apuntalan. Vienen en mi ayuda, los sacrílegos señores y señoras de todo tiempo y lugar, que algunos llamarán brujos, otros abuelos, otros fantasmas o gurúes, y vaya a saber cuántos nombres más les pueden encontrar.

Vienen y me embarullan con sus pensamientos, leídos sí, alguna vez en algún sitio, pero más que eso, oídos y confirmados en el día a día de mi vida de nómade.

Los saberes populares, de civilizaciones dormidas o escondidas adrede por los hombres de nuestra cultura, esos son los que me habitan.

Así que todo lo que vi sin querer, repito, fue contrario a mis intentos de despejarme y quedé, sin poder hacer nada, más que entregarme a mi tristeza, la tristeza del que sabe.

Pero, les cuento, para que me entiendan bien a qué me refiero.

 

 

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