El Maltrato y el cine francés

Hay algo que se dispara cuando alguien me trata mal. O ni siquiera. Se dispara aun cuando atisbo una posibilidad de maltrato. No físico, lo que sería normal y hasta sano, no; tampoco emocional, ni siquiera; sino el maltrato verbal.

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Hace muchos años atrás, leí que a las personas que han sido maltratadas, les pasa eso. Son así, responden así frente a algo que nadie tomaría por maltrato. Gestos, pequeñas desavenencias, contradicciones que a otros les parecen normales; para los que han sido maltratados (cualquiera sea su sexo o edad, aunque es más propio de las mujeres y los niños) son considerados como una agresión. Una caída en el abismo. Un naufragio en la más negra noche.

Hace no tantos años atrás, pero también muchos, una amiga que había sido maltratada emocionalmente durante años, me contó lo que significaba con una metáfora que trataré de reproducir lo más fielmente que pueda:

Un clavo -dijo- cuando se quita de una puerta, deja su marca en ella por más gruesa y firme que sea su madera. Varios clavos -continuó- se notan a simple vista y afean la puerta, la vuelven si no inservible, sencillamente descartable para la mayoría de la gente. Pero lo que no se ve, son los miles de golpes con los nudillos que una puerta tiene. Eso, con el paso de los años, esos toc toc dados en la madera, algunos más débiles que otros, esos son los que están y estarán, lo mismo que la marca de los clavos, pero a diferencia de la marca de los clavos, nunca nadie los verá. Ese es el maltrato emocional. No se puede contar.

Ayer, estaba viendo una película francesa, Alleluia, y la soledad que envolvía a su protagonista se podía intuir por la excelente actuación de la actriz . Pero al terminar de verla leí las críticas, los comentarios, todos hablaban de la gran película, de que se convertiría en peli de culto. Yo en cambio estaba aterrada. A mí me había hecho mal. Me retrotrajo a épocas de miradas a través de una rendija entreabierta, épocas de cerrar los ojos para parecer dormida, épocas de golpes en el medio del esternón, bien ahí en el centro , en la caja que envuelve lo más importante: el latir de la sangre y el fluir del aire. Sintiendo la náusea en el cuerpo, en la mente, en lo que vendrá, en lo que imaginaba que sucedería cuando acabara o cuando siguiera. No había escapatoria por ningún lado.

En la película, al sentir ese dolor tan profundo, la protagonista se vuelve agresiva. No puede dominarse e interrumpe lo que ve, chilla como un animal, hiere, golpea y golpea más fuerte, o asfixia hasta matar.

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En la vida real, la mayoría de los maltratados no reacciona así, por suerte para los demás, por desgracia para ellos. Porque esa furia se queda dentro del cuerpo, como registro, como reflejo, como condición para vivir de una vez y para siempre, marcados como la puerta de la metáfora.

Se puede hacer terapia, se puede huir, o buscar una droga para soportar, o un médico que recete antidepresivos , calmantes y pastas para poder dormir -sin saber que estas drogas legales son más adictivas y letales que las prohibidas-. Se puede uno atontar viendo la tevé más pasatista que se encuentre, la que solo pide ser vista nomás; y así anular los circuitos, no activar esa memoria que uno lleva guardada en la caja de la vida: en la sangre y en el aire que nos mantiene de pie.

Yo probé todo. Y creí enterrar para siempre los toc toc de la puerta.

Pero cuando de casualidad veo algo como esa película, caigo en un infantilismo miedoso, en un “nenabobismo” del que me avergüenzo ni bien me recupero, porque no se corresponde con mi edad, ni con mi experiencia, ni con mi inteligencia. No se conjuga con nada. Sólo duele y abochorna.

En otra película que vi estos días, en el mismo festival de cine, Un français o Sangre francesa, hay una escena donde un farmacéutico ( cuando no) le lee un párrafo de un libro a un ex neonazi a quien le había conocido fortuitamente, cuando llegó a su farmacia pidiéndole ayuda, pensando que se moría.

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Sangre francesa, en español.

 

El párrafo era de una belleza increíble. Hablaba de los trillones de estrellas y de los muertos de la humanidad. Hablaba de que a cada estrella le correspondería un muerto. O viceversa. Y terminaba diciéndole al skinhead, que la gente es toda buena cuando siente miedo o sufre dolor. Todos nos parecemos en eso. Todos nos transformamos llegado ese punto. Hasta el más bravo de los bárbaros se vuelve manso y dócil, y agradecido y tierno cuando tiene miedo, cuando siente dolor.

Duele el saberlo pero más el sentirlo. El sentir que de verdad una es buena, no porque la vida la hiciera así, sino porque el miedo, o el dolor, la dejó marcada para siempre, con marcas que como los toc toc en la puerta, son invisibles a los ojos de los demás.

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