Es una cascada, dijo mi abuela mirando esta obra clavada a la puerta de mi dormitorio, un río que viene despacio y que cae, ves? Había uno en el pueblo. Y nos íbamos a bañar, el agua fresquita…

Estaba viendo la serie ” Los anteojos de mamá”, la serie que pinté después de haberlos visto sobre la mesa del comedor cuando llegamos de enterrarla. Pero no se lo dije. Me lo guardé, para contárselo a mis nietos, si algún día los tengo. A mis sobrinos, que los tengo desparramados . En ese momento, no tenía hijos. Pero sabía que también algún día llegarían.

Ahora lo cuento en este blog, como lo he contado varias veces. Esta serie se vendió casi toda. Creo que es éste ( no estoy segura si otro más) el único que queda.

Papá vio televisores, Dina descubrió la palabra VIVA! en otro. Justo donde yo había realizado unos trazos así, como esos trazos míos, de pura violencia y aproximación, como me decía Ari Brizzi.

Ayer, nos encontramos con una amiga y nos fuimos al cementerio de la Recoleta, a sentarnos en una tumba. Hablamos de vida y proyectos. Futuro, utopías, nos reímos mucho sentadas en los escalones de una tumba que tenía unos tres o cuatro, perfecta para nosotras, lejos del ruido estúpido de esas calles, con sus celulares, sus extranjeros y sus “sirvientas” con changuito para las compras y trajeadas de celeste o rosa, o negro…un anacronismo que aún hoy perdura en esta ciudad caótica de Buenos Aires.

En el cementerio no había sirenas ni fachadas estrepitosas. Todo era en blanco y negro, gris y más gris, el verde de los árboles se engamaba con el verde del bronce sucio de la cúpulas. Una delicia. Siempre me gustaron los cementerios. Recuerdo especialmente dos, donde me sentaba con alguna compañia, o sola, para ver pasar el tiempo. Escuchar los pájaros. Y entretenerme pensando en las vidas que ya no estaban más, aunque sus huesos o despojos , o polvo, o dientes, o pelos, o uñas, estén debajo nuestro.

Uno era muy cerca de las torres gemelas, ese era bajo, sólo con lápidas, sin bóveda ninguna a la vista, convertía entonces a los edificios que lo rodeaban en inmensas tumbas de gente viva. Ahí, comíamos y bebíamos, bajo el fresco de los árboles, viendo las piedras torcidas salir de la tierra, casi negras. Otro lo visitamos en Praga, cerca de la casa de Kafka creo, bajo la nieve. Ese, era muy triste. Pero digno, bello como el más puro horror de lo que habrán visto los enterrados allí. Y después, le contaba a mi amiga, había una especie de templete, en Madrid, que le había hecho un árabe a su enamorada muerta. Era en el barrio de los Austrias, pero debería ver un mapa para ubicar la plaza que se extendía tras ese pequeño cementerio privado expuesto a los ojos de todo el mundo, y perfumado y fresco en el agosto madrileño, como pocos lugares. Ahí pensaba en el amor de ese tipo hacia esa mina. Y lloraba por no tener uno igual. Y esperaba a que cayera el sol para caminar hasta el puente de los suicidas.

Las diferencias me asombran. Las culturas, cada una construye sus ciudades y sus templos, pero los cementerios son fascinantes para mostrar cómo es esa sociedad, cuánto valor le da a la muerte o a la vida.

Recuerdo tambien haber visto en Evangelion 2, la escena del cementerio. Bellísima, como los japoneses. Palitos, palitos, palitos, palitos y en un primerísimo primer plano un ramo de flores blancas sobre el acero chato del suelo, que sostenía el palito erguido, y limpio , pulido, abstracto.

Y después de dejar a mi amiga, vine a casa.

Es lindo vivir en una casa donde hubo aunque sea , un muerto. No es que me regodée en la muerte, sino que viviendo en ella, uno contempla la vida en su plenitud. Ve su límite. Reconoce el polvo del que venimos y al que llegaremos sí o sí, algún día. Ve escenas del pasado en cada rincón, sombras que acuden a un llamado para calmarnos, bifurcaciones, rumbos que hubiera podido tomar la vida, soluciones para problemas ya pasados que tuvieron otra solución, porque no vino a la cabeza de ninguno de los co-vivientes de la casa, tomar esa decisión y todo hubiese sido distinto, ni mejor, ni peor, sólo distinto a lo que es y jamás volverá a ser.

A la noche, y de total casualidad, me puse a ver A single man, de Tom Ford, con la estupenda actuación de Colin Firth. En algunos países la estrenaron como Un hombre solo y en otros como Un hombre soltero. Da igual. Colin Firth, es un hombre soltero y solo. Solo en toda su dimensión. Solo. Sin su amor. Solo.

Sin ser una película digna de ser mencionada por años de años, creo que fue la que en este año , me dio más en mis huesos. peor que el calcio, así. Penetró la carne y llegó a la mismísima médula, ramificándose por la linfa hasta el último rincón de mi pescuezo, entrando ahí, justamente por ahí donde está la zona del cerebro para alojarse en, donde dice un libro que me regalaron y que no he terminado de leer, el cerebro reside el alma.

Dura y bella. El tipo pierde a su amor y después de once meses todavía le recuerda. Se pregunta cada día al levantarse para qué coño sigue vivo y cómo hará para continuar. Y como el sólo por hoy de los alcohólicos anónimos, Tom Ford nos muestra un día de su vida con esa pregunta martillándonos todo el tiempo.

Y así. después de verla una y dos veces, apagué la luz, miré a mi estrella, y pensé que la vida es bella, así vivida.