Estoy bien, en una cama deshecha

unmade beds

Así decía la canción
así
mientras le caían los mocos al protagonista
así se juntaban quien vomitó frente al vacío y
quien no pudo decir lo que fue a decir
así
y así está bien
y estoy bien
cantaba la mina de la canción
y yo también
entendí por fin que era lo que me pasaba
no era una foto más o menos en el feisbuk
ni una pasta ni nada de eso
era ese estado de adolescencia
que no me dejaba de acompañar
ni aún siendo una vieja ama de casa con hijos y nietos
cercana a la menopausia
que pasaba sus días pensando en la nada
contándole sueños a las almohadas
dejando que las camas hablen
contesten los personajes de películas
y armen una vida paralela mucho más
nítida y feliz que la que llevaba
extrañando
siempre extrañando ese estado de adolescencia
del que nunca había podido salir

estoy bien
mi tía era una hermosa mujer que recordaba
empanadas rellenas de corcho para el amigo desprevenido
y sombreros que volaban hacia el cielo
cerca del palacio de la papa frita

mi tío pedía sólo una foto del nieto que no tuvo
y no le llegaba
tan siemple era su pedido que no se tomaba en cuenta
pero entonces para mí era muy simple resolver eso tan
pendiente desde hacía años y hacerlo feliz al pobre
que lloraba porque yo le había lavado los platos
en la fiesta del hijo
que cosa tan simple qué potenciada estupidez me hacía sentir
viva y fuerte
despreocupada de otra cosa que no sea dejar contento a mi tío
que recordaba cuando yo les di la sorpresa a todos
naciendo tras mi hermana o 18 minutos después
cuando nadie me esperaba
y qué feliz que fue él me decía y que raro yo
ser casi tan ingenua como ahora
pensando que todos me esperan y nadie está del otro lado.

I’m fine.
Estoy bien. Claro que sí.

Me veía retratada en una película de jóvenes londinenses
funámbulos entre el bien y el mal
entre la soledad y la compañía hueca
entre la risa y el dolor.

Cuantas veces no pude explicar lo que sentía
y alguien por mí lo hizo
tan sencillo como eso
varios ocupas varios colchones
y tantas camas como años en la vida
despertar y no recordar qué pasó ayer
renunciar a un trabajo
y por fin encontrar una foto que uno mismo sacó
en un afiche callejero que esconde nuestro futuro salto de paracaidista
al amor
siempre saltando al amor con un paracaídas que
no se sabe si se va a abrir a tiempo.

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Como tantos otros

 

Christine
Christine Chubbuck

Viernes, ocho de la noche; escucho ahí abajo en la calle, a la gente apurada que hace las últimas compras antes de que cierren los negocios, antes de cenar, antes de ducharse y dormir o ducharse y salir.

Yo, lo mismo que casi todos los viernes, veo una película, dos, o a veces tres.

Tres películas -dice mi hermano- pero eso es una exageración. Sí, le digo, claro que es una exageración. Pero soy exagerada y ya no tengo vicios, así que mi vicio es ver cine. ¿Hay algo de malo en eso? No espero su contestación, sé que hay algo bastante malo en ver tres películas por día. Sé que eso implica no salir, no hablar con nadie, no interactuar. Ser espectadora de la vida. ¿Me cansé de actuarla? ¿De vivirla?  No me puedo contestar, porque se mezclan en mí las dos opciones, por eso hago tiempo hasta decidirme y veo una película tras otra.

Hoy busqué un portal que tiene biografías, mejor dicho: películas biográficas. Me puse a ver una, la primera de ese portal, la segunda del día: Christine. Rebeca Hall en la piel de Christine Chubbuck, la periodista de treinta años que se suicidó ante las cámaras en 1974; cuando le pedían sangre, notas con sangre, notas jugosas, notas que impacten.

No sé por qué la vida de esta mujer se me hizo tan familiar. Reconocí en ella mis obsesiones, mis intentos de ser más feliz, de comer helado cantando una canción, de creer en una cita, de vestirme de oscuro y sin maquillaje, de no querer recordar que la semana que viene cumplo años. Reconocí el hartazgo de hacer algo con pasión y que los laureles nunca sean puestos en nuestra cabeza. Reconocí la tristeza de ella en mí, o la mía en ella, en esa biografía tan bien actuada.

Antes de terminar sonó mi celular con el sonido del whatsapp. Me di el lujo de no leerlo hasta que llegaron los títulos; era de una de las pocas personas a las que les pregunté si el viernes dos estaría dispuesta para festejar mi cumpleaños. No me contestó hasta recién, con un whatsapp me deseaba lo mejor para mi vida. Y había un emoji con dos copitas de champagne, y una carita con un beso y bendiciones y todo, pero se equivocó de viernes, se equivocó de vida, de persona, no sé.

Dicen que no hay que pensar cosas tristes. Dicen que hay que comer helado y cantar fuerte. Dicen que hay que respirar profundo, hay que salir a caminar, hay que.

Yo ya no sé qué hay que hacer para acabar con la infelicidad.

Se viene la tercera película del día. O de la noche. Ya.

Ventana

Hace 10 años, yo escribía:
reja2
Hacía cuánto que no me sentaba sola y tranquila a escribir para el Hammam. Sola y sin ruidos, sin interrupciones. Con el dolor en el cuerpo de un día de trabajo a contramarcha. Con la laxitud de una media pastilla de más. Hoy la necesitaba. Está siendo demasiado y me acuerdo de Marucha cuando dice: el cuerpo una vez te susurra, la segunda vez te habla, la tercera te grita. Recuerdo el placer, que para mí significaba escuchar en España La bañera de Ulises, la voz de Emilio como narcótico, me iba adormeciendo, me cantaba nanas. Ahora, hace rato que no lo escucho, para no extrañarlo, ahora sólo sé de albañiles, vidrieros y herreros. Mi casa. Estoy armando mi casa.
Hoy una reja me salvó la vida, pero no porque me evitara una caída, sino porque sé que tengo algunas cosas bellas todavía en mi cabeza, en mi alma, algunas cosas bellas que salen, como dibujos, diseños, proyectos. Ésta es una de ellas, es un homenaje a Gaudí, como ya dije la otra vez, hoy llegué a pintarle el marco, se lo pinté de una laca oscura, marina, y pensaba ¿cómo hacen los barcos para flotar?, y pensaba mientras el cielo se iba tornando gris, que lo que el homéopata me había dicho. Me iba a dar Sulphur, para sacar cosas de mi adentro que yo misma no sabía que existían, y yo aceptaba, catatónicamente, aceptaba. También pensaba en la armónica alemana que le había comprado a Juani en el mercado de pulgas. Era antigua, y sonaba hermosa en los labios de la vendedora hábil, que vivió diecisiete años en Tenerife, y viajó a Marruecos, y a la India, y ahora cuando sopló una armónica pequeña como un grillo grande, o como una langosta, yo se la compré, y después pensé que en verdad no era para Juani, se la estaba comprando a Baltasar, o a Valdi, que se hubieran vuelto locos con ese regalo, pero Juani cumplía años y quizá le gustaba. Que estúpida me sentí intentando soplarla en el consultorio del médico, no sonaba, o me habían estafado o era demasiado estúpida, la segunda posibilidad ganó la batalla. Cuando se la mostré a Baltasar la hizo sonar aspirando, le faltaba la otra mitad, la que sonaba soplando, pero igual era hermosa, y triste, y pensé en la cantidad de labios que habían pasado por ahí, y la cantidad de manos, de manos músicas, de manos alemanas, en calles grises, con nieve, de manos inmigrantes, en barcos sucios con ratas, de manos pobres y ricas, de felices e infelices, de enamorados y de hastiados de vivir como yo. Cuántas veces pensó en el suicidio, me preguntó el médico, no para matarse, pero cuántas. Uh, que sé yo, muchas. Y ¿por qué, qué piensa? Pienso que para qué seguir ¿no? Pienso en el río ese de ese cuadro que cuelga de su pared, y me siento remando con mis brazos para no dejarme arrastrar por la corriente, y un día digo basta, no tengo más ganas de mover los brazos, y me pregunto qué pasa si no los muevo más, si me dejo llevar, si no colaboro. Sulphur, y la salvación, Sulphur y los brazos se suponen vuelven a moverse. A Juani le gustó su h-armónica, pero al rato estaba hablando con el Turco y con el Luis Real, como si nunca ese objeto hubiese existido, y yo me pregunté para qué, otra vez más, para qué.
Hoy vi la ventana de día, y le saqué fotos y miré las nubes a través de ella, y el sol, y el gris, y el aire bajó hasta mis pulmones, y me salvó la vida.

a Florent Solal y a su madre.

Despertar

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 al poeta lunfardo Daniel Garibaldi

¿De dónde vengo cuando vuelvo al mundo

sórdido y ajetreado,

viernes por la tarde detrás de la ventana,

un ruido me despierta de mi siesta

y escucho miles,

afuera, adentro,

en el corazón saliéndose del cuerpo

desbocado corazón que se hace monstruo

que me inunda de pasados y futuros destemplados?

¿De qué horror provengo,

de qué sueño,

por dónde vago cuando vago

en la inconsciencia más pura,

en la soledad más austera

en la caverna ancha y brava de mi alma siniestra,

que cuando quiero entender

no entiendo,

que intentando descifrarla

se me escapa?

Tanto tardo en reaccionar,

en darme cuenta que fuera y dentro hay abismos

que nunca nadie me podrá aclarar,

nadie decir

-yo menos-

lo que he enterrado allí,

con mis vivos,

con mis muertos,

con el amor a un padre,

a un hijo,

a una hermana?

Si me dejo arrastrar por la negrura

seguro que caeré en su trampa -me digo-

por eso, y aunque cargue como Atlas un mundo que no entiendo,

me levanto y

pongo el agua,

de pie

al lado de la hornalla

espero ese chillido alegre que hace la pava

cuando me devuelve a la luz de lo pueril

que es la misma nada.

 

Anoche me fui del facebook, otra vez.

Caracol
Fotografía de Marcelo Pedroza

 

Así se llama mi anterior blog. Dejo el link acá por si a alguien le interesa leerlo: Y sí.

Una noche de febrero de hace cinco años atrás, discutía yo con alguien en el Facebook. Sobre política, claro, uno siempre discute sobre política. Me daba miedo oler a la derecha avanzar tanto en la cabeza de los argentinos. Se estaba gestando el caos en el que hoy vivimos. Nos estaban bombardeando desde los medios en contra del antiguo gobierno y muchos de los argentinos creían que Macri traería la felicidad a este país, creía en su alegría… creía. Le creía.

Así como para entender por qué asumió Trump, tuve que ver el documental sobre Roger Stone y su manipulación de la gente en los medios; aquí, en mi país, conozco de sobra quién es quién en el periodismo argentino.

Así que, esa noche de febrero de hace cinco años, intentaba explicarle a algún amigo de derechas, que el remedio no era votar a Macri. Evidentemente, no fui escuchada, pero eso no viene al caso en este post.

La cosa es que yo estaba intentando convencer y dar explicaciones de por qué, cuando de repente escuché un ruido en el piso de arriba. Mis tíos, octogenarios en aquel momento, se habían caído los dos.

Subir y verlos, me produjo la misma sensación que la visita que le hice ayer (mi tío ya murió) a mi tía, en el geriátrico donde está desde el año pasado, y estar casi toda la mañana con ella. Fue algo que me acomodó, tristemente si se quiere, dolorosamente, pero me “acomodó la cabeza”. La vejez nos llega pronto. Hace un año, esta mujer, me hacía de comer cosas riquísimas, me pasaba su mano por la espalda cuando me quejaba de estar contracturada, o me aconsejaba cuando le iba con algún problema. Hoy, yace perdida en una cama, casi en una postura fetal y hay que darle de comer en la boquita como si fuera un bebé.

Necesité, al volver, mucha meditación, mucho escribir y mucho leer, para quitarme la angustia de pensar sobre nuestro destino como seres humanos, reflexionando sobre la senectud y tantas otras ideas que me generaron ver tan deteriorada a una mujer que no paraba un minuto, hasta hace muy poco tiempo. Hoy ni siquiera sé si me reconoce. Aunque no me importe, yo sí la conozco a ella, y la conoceré hasta el momento de su partida, y la visitaré las veces que pueda y le agradeceré, las veces que pueda, también.

Por eso, al volver ayer, casi ni perdí tiempo en el facebook. Acepté, sin mirar sus perfiles, a tres de las cinco personas que me pedían amistad. Solamente me fijé en cuántos contactos teníamos en común. Pero, me di cuenta hoy, que cada vez más el facebook, se está convirtiendo en una red que me ahoga.

Me acuerdo cuando arrancó -yo arranqué con él porque mis sobrinos lo tenían y yo quería estar en contacto con ellos- era algo divertido, algo medio anárquico en el que uno hacía lo que quería y nadie se enojaba por nada. Yo escribía en el muro de algún amigo en vez de en el mío propio y todos se reían y me cargaban, porque me había equivocado. Uno se inventaba nombres, lugares de procedencia, subía estupideces y se comunicaba con quien quería.

Ahora, controlado con todo tipo de resguardos para la privacidad, con herramientas de marketing en su interior, grupos, páginas, etc, etc, es un monstruo de varias cabezas al que le cortamos una y genera diez. Y no lo digo porque quiera bajar línea, que cada uno haga lo que quiera. Ese monstruo, a mí, me asusta. A veces, me asusta.

Hoy a la mañana, tenía un mensaje privado de alguien que me decía gracias. Era una chica: ¡Danixa! –mi nick en FB- gracias envueltas en un abrazo.

Como me gustó esa forma de expresión, le pregunté el por qué de su agradecimiento. Y me volvió como respuesta un ícono -un ¿emoji? creo que le dicen- de un pibe, un chaval en bicicleta, transpirando la camiseta, para decirlo en verso.

Le contesté que no entendía qué quería decir con ese símbolo. Y apareció la marca de leído, pero no hubo respuesta. Me dirigí a su perfil y vi que a pesar de vivir a 4300 km de distancia por ser una chica ecuatoriana, teníamos en común más de 150 escritores de Argentina que yo conozco, que son de carne y hueso, que los he leído o incluso de algunos soy amiga.

“Ella” si es que le cabe el género, es “amiga” de 240 personas en total, 150 de las cuales eran, son (porque ella sigue ahí) escritores argentinos. Esto, a ver si se entiende, puede pasar, sólo que alguien que siendo ecuatoriana y tiene entre sus contactos 150 escritores argentinos, tiene que ser alguien a quien le guste muchísimo la literatura argentina y tener, por ende, un discurso en su muro que sea consecuente con esa pasión por leer. En cambio ella, tenía frases hechas de esas tipo cadena, pedía -ay Dios, qué gracia- que por favor sus amistades no la atosiguen con cadenas que ella misma había posteado más abajo, no tenía ni una mísera foto que uno pudiera decir es real, todos sus posteos eran impersonales, y la lista – como cualquiera se puede imaginar- podría seguir.

Así que no lo dudé ni un minuto más. La eliminé de mis contactos, y tras cartón cerré mi cuenta. No por paranoia, me tiene sin cuidado que alguien me espíe así, estúpidamente si se le da la gana -no oculto nada en el facebook que no pueda ser leído por cualquiera-, sino que lo cerré por desgaste.

¿Cuál es el sentido de tener unos 1500 y pico de “seguidores” -porque ya hace rato que mi facebook no era de amigos- si los seguidores no saben qué decir cuando uno les contesta algo en un chat? ¡Qué gran falacia! pensé, esos perfiles con tantos seguidores, ¿serán todos así?

Pues nada, antes de tardar un minuto más y perder tiempo en contestarme mis cuestionamientos sobre el facebook, lo cerré. Me agota mentalmente. Me chupa una energía que no tengo. Quiero tener tiempo para terminar mi novela, escribir en mi blog o lo que fuera; antes de terminar como mi tía, en una cama, perdida, mirando la nada.

Así que si algún amigo de verdad, ve que he desaparecido de su lista, es que me he borrado yo. Cuando esté con más tiempo, volveré; mi relación con el FB es así. Si tengo tiempo, hueveo y me dejo llevar por las estúpidas redes sociales; y si no, me guardo como el caracol, que cuando se acerca al fuego, resguarda su vida.

 

La langosta

marchacontralosgenocidas

Soñé con una langosta.

Se retorcía y defendía con sus pinzas del que la quería atacar

¡pobrecita ella!

¿Cómo podía adivinar, antes de aparecerse en su camino,

que el humano es tan malvado?

¿Qué sabía -como no saben los niños, ni los idiotas-

que hay perdones para los culpables,

aunque se ensañen con las langostas, con la humanidad,

aunque torturen,

aunque el mundo los haya sentenciado?

Duele saber que en mi país los genocidas saldrán pronto en libertad.

Creíamos (porque éramos muchos, no solo la ilusión de mi vana cabecita)

creíamos que eso ya era cosa del pasado.

Pero como la langosta, seguimos siendo torturados,

esta vez no con picanas, no con “submarinos”,

sino revolviendo en nuestra memoria y avalando

el lobo hombre para el hombre.

 

Cómo te extraño

Me gusta el silencio de las madrugadas cuando sé que nada ni nadie lo irá a interrumpir, cuando lo tengo, por así  decirlo, asegurado; cuando sé que es mío y lo seguirá siendo.

Pasé algunos silencios que sabía no me pertenecían, que iba alguien a estropeármelos en cualquier momento. Eso no fue bueno. Al menos para mí.  Y me hizo hipersensible a la fragilidad de esos momentos sin desespero, en los que intuyo que vendrá algo y me lo quitará, sé que no es mío ese silencio, y me gana entonces el miedo, el pánico, el no saber qué hacer.

Pues, hoy, en esta casa; cada vez que despierto sé que estoy a salvo. Conozco los ruidos, las horas marcadas por los ruidos, los olores, lo que vendrá y lo que se fue.

Ayer, cuando desperté en el avión que me llevaba ( o me traía) a Ezeiza, tampoco sentí miedo. Me estaba acercando al sitio del que conozco como la palma de mi mano, me estaba acercando a mis madrugadas sin miedo.

Estaba en primera fila, cosa rara, pero fue así…me habían asignado un asiento ( a mí y a otra mujer) la fila del medio de adelante de todo. La mujer no se podía mover por su rodilla, estaba en una punta; yo, por mi espalda  necesitaba extenderme todo lo que podía, así que después de dormir casi ocho horas tendida de espaldas, me despertó la voz del comandante en plena madrugada para decirnos que pronto servirían el desayuno ya que se anunciaba el arribo inminente a destino.

Me incorporé, y vi en la pantalla del vecino de mi derecha, cruzando el pasillo, que estábamos sobre volando ya el continente sudamericano. La línea amarilla y punteada cruzaba todo el Atlántico, se metía por Brasil y pronto llegaría a Uruguay y para cuando termináramos el desayuno, en Buenos Aires.

Pasaron los carritos de comida, los de bebida, los de limpieza, y el avión volvió al silencio de los que todavía aprovechan el último rato para dormir, bajaron la luces y busqué en mi pantalla una música para esperar el aterrizaje.

Encontré a Abel Pintos, a quien no conocía en particular. Sí lo había oído un par de veces y el timbre de su voz me había gustado, sabía que había ganado premios, y que tenía una buena trayectoria…así que me coloqué los auriculares y me dispuse a escucharlo. Miré en la pantalla del vecino que estábamos llegando a Buenos Aires.

Comenzó a sonar un tema, me acerqué y leí: Cómo te extraño. De inmediato se me hizo un nudo en la garganta, no sabía por qué, pero estaba yo tarareando su estribillo: Cómo te extraño.
(Escuchar la canción en otra ventana)

Después, de tantas veces que la escuché, de tantas veces que le di a volver a escuchar, mientras el avión se acercaba a mis madrugadas sin desespero, pude escuchar la letra con más detenimiento y me di cuenta del por qué el llanto:

Quiero abrazarte y sentir,
volver a ser un niño,
y que me alejes del miedo, cariño,
y no sentir los años,
Dormir desnudo y a salvo de todo,
lo que nos hace daño.

Quitar la vida y mentir
se hizo una costumbre
cuando la fe y el amor ya no alumbren
no va a quedar más nada
vivir será lo temido por todos
y la muerte amada.

Y cada vez que cantaba (o gritaba, porque hacia el final grita) cómo te extraño, yo cantaba con él, no sabía a quién, si a Europa, a la que acababa de dejar atrás, a lo que había vivido, o más bien a todo lo que a la fuerza decidí abandonar de esta prostituta Buenos Aires, que sabe bien, a pesar de sus miserias, sabe exactamente qué debe tocar, qué fibra hacer sonar, para seducirnos, para hacernos saltar del dolor cuando nos vamos.

El avión seguía a oscuras y ya se veían las primeras luces de la gran Buenos Aires, que como San Pablo o México se ven desde el aire desde muy muy lejos. Yo seguía, con mis auriculares puestos, moviéndome al son de la hermosa canción de Pintos, y el avión, por una ventanilla u otra, mostraba cada vez más , las luces de esta ciudad.

Sabor temprano y azul,
es el color del cielo,
si llueven sueños, la luna está en celo,
y él sol de soltería,
me gana el llanto,
añorando decirte mis tonterías.
Como te extraño,
Como te extraño…

Saqué el cuaderno de mi bolso y escribí algo, demasiado íntimo para ser visto con las luces de la cabina, tan íntimo y sentido como mi llanto y los gritos de Abel Pintos cuando el avión comenzó a descender:

Podrás decirme que soy,
tal vez exagerado,
cuando aseguro que estar a tu lado
me vuelve el tiempo a cero,
y ahora mismo apagar el reloj
es lo único que quiero.

Y así, canté con él, hasta que pude, canté y lloré una y otra vez
Cómo te extraño…hasta que entendí  a quién se la cantaba.

Fui feliz a pesar del llanto, estaba ya sobre suelo argentino en plena madrugada. El capitán anunció el descenso y nos dejó sin Abel Pintos, pero con los motores rugiendo sobre las eternas luces de Buenos Aires y su madrugada.

Tu vida eres tú, y yo un bendecido, 
con tu amor y con tu luz, 
que calma mi dolor, 
Mi dolor…

Abel Pintos, Cómo te extraño.

Vivir mata

 

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¿Qué queda de la vieja y hermosa Europa? Solo algunos fondos de estaciones de tren grafitteados, o con ropa colgada en los balcones de las ciudades dormitorio, ladrillos tapiando las ventanas?

Ay, Daniel Blake. te entiendo. Hace dos, tres horas que viajo en esta AVE y veo cada vez más postes eléctricos parecidos a transformers, más depósitos, más hipercentros, megasupermercados y polígonos industriales o comerciales, qué más da.

¿Era esto lo que buscábamos? ¿A esto le llamamos progreso?

El tren se detiene y bajan cientos de anónimos con sus maletas de brillantes colores y ruedas que casi más los llevan a donde ellas quieren. Maletas fabricadas en vaya a saber dónde, pero seguro en algún lugar donde los niños ni se pueden sonar los mocos mientras trabajan a destajo.

Los anónimos seres con sus móviles cada vez más grandes, sin dirigirse la palabra tan entusiasmados están con sus facebooks, twitters, wasap o qué sé yo. ¿ Quién nos “engrupió”, quién nos vendió esta idea de progreso? Ives Saint Laurent copiando la bata de una viejecita de algún pueblo serrano y vendiéndole a 1200 euros?

Teresa, mi vecina, tiene que cerrar su hermosa tienda. Hoy, cuando hice autoestop, el que me bajó al pueblo dijo que era como el Corte Inglés de Colmenarejo. En mi tierra, le llamaríamos Almacén de Ramos generales. Hago lo que puedo, compro regalitos para los míos en su pequeño Corte Inglés, aun a sabiendas que yendo en el coche de otra amiga, puedo comprar las mismas cosas a mitad de precio. ¿Es ese el progreso del que debo estar orgullosa?

Una pakistaní huye con ropa que selecciono, no conozco a la pakistaní, solo sé que el marido la persigue. Teresa me dice que ella no usa manga corta salvo dentro de la casa. Hay que hacer dos bolsas de ropa donada para ella y sus niños. Le enseño como hace las maletas la novia de mi hijo. Las tres bolsas que hemos empacado se convierten en una. Teresa, con su flor violeta en el pelo se pone contenta.

Yo miro las amapolas que crecen en el baldío de enfrente. Nadie las plantó (¿ o sí?), amapolas, margaritas, un tipo de lavanda que es de aquí -acota Luisa-, cielo azul y flores.

Viene un chico a comprar papel coulette. Le pregunto por el significado. Me dice todo sonrojado, papel para el culete…Pienso en mi imaginación, en mi exagerada imaginación que ya pensó en papel para hacer barriletes, suave como la seda. Se lo digo. Se ríe. Él toca el piano, me recuerda a mi hijo. Tiene un perro que rescató hace tres años de una protectora donde le dejaron abandonado. Aquí son más finos que en Latinoamérica. Allá nosotros le diríamos perrera. Vulgares perreras donde van a parar los que como este bicho maravilloso y quieto, parecido a un siberiano, son abandonados. Este tenía diez años cuando lo dejaron. El pianista del papel culete lo adoptó. Hoy descansa de su paseo en la vereda mientras el sol se pone y Teresa no para.

Yo me fumo mi primer cigarrillo europeo. Busco la marca. Debe decir Marlboro en algún sitio. Pero no, la marca está escondida detrás de una foto de un bebé con chupete, y del chupete le sale un cigarro. Tiene, en un costado del atado, un cartel que reza: los hijos de fumadores tienen más probabilidades de empezar a fumar. Pienso en mi hijo, tiene veintiún años y si hay algo que no soporta en este mundo es que le fumen a su lado. Fumar mata, leo en el otro costado y pienso que la tristeza también lo hace. El humo del tabaco contiene más de setenta sustancias cancerígenas dice por detrás. Pienso en las antenas transformers que unen los pueblos tapando las estrellas, en las maletas brillantes que corren más que sus dueños, en las antenas de móviles esparcidas por todos lados para que la gente se pueda “comunicar” mejor, en el tren de plástico tan moderno y veloz en el cual viajo.

Y sí, vivir mata. Eso seguro.

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El miedo a Europa

PLAZUELA LOS GITANILLOS DE CADIZ

“Canta hasta que la boca te sepa a sangre”

La reina descalza, Ildefonso Falcones

Desde que llegué a España tengo la sensación de no encajar. Dicho así es lógico, hace un mes que estoy aquí después de diez años. Aquí  he vivido cuatro años, pero en otros tiempos, tiempos de bonanza para España, tiempos de desdicha profunda (2001, Corralito) para los argentinos.

Ahora, la sensación que tengo es más animal. Y voy a tratar de contarlo de frente a la vista lejana de las luces del Escorial.

Mi sentir no pasa hoy por lo lógico, sino por lo que llevamos metido en nuestra sangre desde que nuestros abuelos (o padres en mi caso) han ido a hacerse la América: el miedo.

La huída de ellos de una Europa de guerra, entre, o pos-guerras; nos lo han transmitido así como los dichos, las comidas, las preferencias por tal o cuál arte, lo que sea junto con el miedo. Hemos mamado Europa desde pequeños, y ahora que hemos (algunos) regresado, y algunos otros como yo, por no sé qué cantidad de veces (creo que la cuarta ya) no como turista, sino a vivir con un pasaporte y una nacionalidad que por Ius sanguinis nos es otorgada; la vivimos, la olemos, la caminamos y, en mi caso, la padecemos.

En la Argentina hay un dicho que significa esto de haber mamado la “europeidad” y es el que dice “Los argentinos descendemos de los barcos”. Y ( aunque yo siempre acoto: los porteños sobre todo, quiero decir los de la ciudad de Buenos Aires) es así tal cual, por lo menos para la gente de mi edad.

En Argentina uno va por la calle, en un colectivo, tren o … o se encuentra en una reunión con gente que no conoce y si se pone a indagar, la gran mayoría dirá que su padre o su madre han venido en barco desde Europa, y si no fueron sus padres o madres, sus abuelos y abuelas. Los argentinos descendemos de los barcos, o venimos de los barcos, da igual.

La cosa es que yo vine a Europa, por vez primera, hace treinta años. Más de la mitad de mi vida. Era una docente recién recibida, o una artista haciendo sus primeros pinitos, que nunca había salido del país, y, para que se imaginen los lectores jóvenes, no existían más que los mapas y los atlas. No había internet, no whatsapp, no móviles, no ge-pe-eses. Nada.

Recuerdo que le conté a mi hermano que quería irme a Europa, y él que ya había vivido aquí, me dijo, ¿pero a dónde? porque Europa es grande. Le dije, no sé, quiero irme a Europa el año que viene. Él trajo un mapa, y me dijo, a ver Diana, mirá acá, ¿ves? aquí estuve yo, dijo marcando con su dedo sobre el mapa a Milán, ¿a dónde te irías vos? Yo miré los colores de los distintos países, y le dije, pues acá. Y puse el dedo en España.

Claro que en ese momento, ni me imaginaba que cuando viniera a España, los españoles no hablarían en ” argentino” sino que hablaban en castellano, o como se le decía en aquel momento, en español, que para nosotros era solo uno.

Y así fue que cuando llegué al aeropuerto viejo de Barajas, parecido al viejo de Munich, parecido al viejo de Chile (en esa época todos los aeropuertos se parecían bastante) me encontré con que me hablaban tan rápido que no era capaz de entender lo que me decían hasta después de una o dos veces, así de dura era yo de oído…

Pues, al rato de estar dando vueltas con un bolso sin rueditas como los que hay ahora, de color magenta, y tan largo como mi desamparo; que me habían ayudado a montar en un carro que tenía un hierro tan alto, tan alto, que ni siquiera me permitía ir al baño (servicio le decían acá), me cansé, y llamé de un teléfono público a mi otro hermano que hacía poco más de un año vivía en Alemania, para decirle que me iba hacia allá.

Hoy recuerdo todo eso y me río mucho, de mi ingenuidad, de mi inocencia; pero también lloro y me pregunto por qué, por qué no nos contaron, por qué no nos dijeron, por qué solo fueron capaces, nuestros padres, de repetir hasta el hartazgo historias de miseria y guerras.

Deduzco que fue porque en América ( y como buena americana que soy no hablo de América del Norte solamente, hablo de toda América) encontraron trabajo, y pudieron rápidamente hacer lo que no podían en Europa: comer, trabajar, tener dignidad, casa , techo, dinero…no sé. Es lo que pienso ahora, ya con la edad que tenía mi abuela cuando estaba cómodamente instalada en Argentina.

Pero volviendo al tema del título, el miedo a Europa, es el miedo del que quisiera hablar, el miedo a ser ciudadana de segunda categoría, el miedo a que las autoridades y sobre todo los empleados públicos, no la gente común ¡por favor!; nos traten o me traten como si tuviera que demostrar que soy valiosa, que no vengo a quitarle el trabajo a nadie, que vengo en son de paz como dirían en los cuentos.

Desde que llegué hace un mes, siento que a mi Europa me la han cambiado, ya no es la solidaria, ya no es la interesada en saber cómo vivíamos los hijos de. A esta Europa le han metido una gran dosis de fachismo, de esto es mío esto es mío y solo mío, una dosis de miedo al otro, miedo al miedo.

Por eso es que me siento fatal, y desde que llegué, salvo el período que anduve por los campos del Quijote, cuento los días que me quedan para irme, como hace una condenada. Porque quise como siempre ir por la senda legal y me encuentro que cada vez me la ponen más difícil, y que si hubiera seguido los consejos de algunos experimentados españoles, hoy no estaría yendo de oficina en oficina pública, ni gastando euros en obtener algo que no pienso usar, porque decidí volverme ya, en poco más de diez días.

El miedo se ha introducido en mis venas o ha salido de ellas, el miedo no me deja dormir, el miedo saca toda la tristeza del mundo ni bien abro los ojos, o me despierta cuando el muchachito con el que comparto casa se va a dormir, después de jugar en su ordenador hasta altas horas de la madrugada, cosa común hoy en día, pero que aquí me deja en la más absoluta soledad, y me pregunto cómo es que llegué a esto, si fui una mujer tan viajera como experimentada en esto de vivir en Europa.

Pues, el otro día terminé un libro que me prestó una amiga, La reina descalza, una novela que si bien no me atrapó en su trama durante sus 740 páginas, me removió dolores ancestrales. Una novela en la que Ildefonso Falcones cuenta las peripecias de una negra libre recién arribada de Cuba a la Sevilla de 1748, sin saber a dónde ir y que termina haciéndose amiga de una gitanilla, antes de la gran redada contra los gitanos de 1750 y pico.

Este libro me fue acompañando noche a noche, rato a rato, en los distintos momentos de mi vano intento de arraigo europeo, y muchas veces sentí que en vez de hablar de la morena liberada o de cualquier gitano que trataba de conservar su dignidad, estaba el autor hablando de mi sentimiento, de mi cansancio, de mi dolor. Para no hacer este posteo tan largo voy a citar una de las frases que junto con la del principio, fueron las que más hondo calaron:

“Había respirado solo cuatro bocanadas de libertad ya y los recuerdos se abrían paso en su memoria”

Porque es eso lo que hoy siento, me fui de una Argentina diezmada, donde respirar se me hacía difícil, para acabar en una tierra donde fui muy feliz en otros años, pero que hoy siento que sus gobernantes, sus empleados públicos, me dan la espalda. Y no solo a mí, como me ha aclarado hoy una vecina española que pronto cerrará su hermosa tienda gracias al acoso de la hacienda española. Europa le está apretando el cuello hasta a sus propios hijos nacidos aquí.

Eso es básicamente lo que quería contar, el miedo que se respira en cada habitante de suelo europeo, que no es el lógico miedo a morir en un atentado de unos fanáticos religiosos como nos quieren hacer creer, o bajo los misiles de un lunático presidente de un país del Norte que solo sabe mirar su ombligo o su peluca anaranjada. Hoy, en Europa, hay miedo. Y sobre todo al tremendo papeleo que exigen para poder trabajar, sea uno nacido y criado aquí o descendiente de los barcos.

Si no, vean solo el trailer de la triste y bellísima película inglesa: I, Daniel Blake. Aquí en español: Yo, Daniel Blake .

Yo, Diana Laurencich.

 

A todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar algún suelo en este miserable mundo.

Al amparo maternal del Quijote

Estoy en España, en Villanueva de los Infantes. Tierra donde murió Quevedo, alabó Lope de Vega llamándole Villanueva de las Musas, y lo más importante para mí: desde donde el Quijote echa a andar, según varios investigadores.

Digo que es lo más importante para mí, por mi relación con él desde pequeña; ya que nos era leído, contado, citado, alabado; en fin, que mi madre no dejaba de recordarnos que existía; cuando éramos niños, mínimo, una vez a la semana .

Más tarde, ya viviendo en Lanzarote, tierra que Saramago* eligió para vivir,  me sucedió algo que, tal como Cervantes no quería recordar el nombre del pueblo donde vivía Alonso Quijano, a mí ni no me dan muchas ganas ni de recordar ni de contar el por qué, pero la noche de un día desgraciado, me encontré alojada con mi hijo en la casa de un compañero de trabajo y, cuando al apagar la luz para olvidarme de todo reparé en el libro que había sobre la mesita de noche, ahí estaba pues, El Quijote.

Ese encuentro me la trajo a mi lado a mi madre, muerta en ese entonces hacía más de quince años, pero, cuando uno está lejos de la tierra en la que nació y la está pasando no muy bien, aquel tipo de símbolos, signos o “piedritas” confirman, a modo de migas de pan como las de los hermanos Hansel y Gretel, confirman que uno está en la buena senda y dan respiro, aunque más no sea por una noche y aunque uno no sepa cómo va a proseguir viviendo al día siguiente. Esto lo afirmo, porque no solamente me ha sucedido a mí desde el momento en que salí de Argentina a recorrer el mundo, muy jovencita, sino que lo he corroborado con otros viajeros; que como dice Bowles en El Cielo Protector, se diferencian del turista entre otras cosas por no saber cuándo regresarán.

Luego de aquel significativo episodio, me sucedió algo que también recuerdo siempre como si fuera ayer mismo y es el por qué tomé la decisión de volverme a mi país de origen, después de cuatro años de vivir en España.

Cuando mi papá cumplió 80 años, volví para festejarlo con él un mes a la Argentina. Pero, el festejo se transformó en una pena enorme, ya que lo encontré hemipléjico.

Al volver a Lanzarote al cabo del mes, había adelgazado unos veinte kilos y vivía como una sombra. Y cuando ando como alma en pena, me quedo en la cama y leo mucho más que de costumbre; como buscando algo que me ilumine, que me diga por dónde sigo. Siempre llega. No falla.

Así que un día, hojeando un ejemplar de la Revista Humboldt recién llegado por suscripción a mi casa de la calle Botavara, leía los títulos para ver por dónde lo comenzaba ya que no tenía desperdicio ninguno de sus artículos.  Me detuve en uno que mencionaba la traducción del Quijote al alemán que había hecho o estaba haciendo, no recuerdo bien, Susanne Lange, una amiga de mi segunda estadía en Alemania, en los primeros años de la década del 90, que fue quien me hiciera conocer (por haberlo traducido también del español al alemán) uno de mis libros preferidos de toda la vida: El Palinuro de México, de Fernando del Paso.

Este artículo no solo mencionaba a Susanne, lo que ya constituía una alegría para mí saberla traduciendo un libro de tal envergadura, sino que además llevaba un copete con la frase que le dice Sancho cuando está muriendo el Quijote:

¡Ay! no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben, que las de la melancolía.

Esa fue la perla que había estado buscando. Me vestí, recuerdo, y salí a la calle como hacía rato no lo hacía, bajé por Botavara hacia el pueblo y no me encontré ni a mi padre ni a Sancho, por supuesto; sino a una amiga belga, que al contarle de mi tristeza por lo que le había pasado a mi padre, me dijo (esto ya lo conté tantas veces en tantos blogs que pido perdón a los lectores que me siguen si es que lo han leído antes):

-¡Vete pa’ tu tierra mujé! ¡Que si no vas’andar con el corazón partío, como yo!

Esa, fue la clave de mi regreso a Argentina. Hilando fino, la melancolía y la muerte del Quijote.

Por eso estoy tan contenta de estar aquí, donde el hidalgo caballero comienza su viaje; porque es como cerrar un círculo para abrir otro mucho más esperanzador. Y al otro lo abrí cuando volví a España, hace poco más de diez días.

Sin estar en mis planes, al día siguiente de llegar a Madrid, y estando en la casa de una conocida, llamé a una amiga y me dijo que partía para La Mancha. La Mancha para mí, estaba solo en labios de mamá, o en la letra de tantas versiones del Quijote ya leídas. Monté en el coche, sin saber muy bien para qué ni por qué. Y a las dos horas y media estábamos en un pueblo de ensueño. De lo mejor conservado que he visto en mis viajes. Me recordaba un poco a la Antigua Guatemala, donde uno parece ver a los personajes que vivieron salir de los pórticos de esa madera noble que soportó el paso del tiempo y que se muestra orgullosa, con sus llamadores de hierro, y sus inscripciones en el muro. Era este sitio desde donde hoy , a punto ya de regresar a Madrid, escribo esto.

Ni bien llegadas, y después de dejar mi maleta y los bártulos en la casa rural o posada, como a mí me gusta llamarle ( y que ahora sé está ubicada a unos cien metros del Camino Tres de los caminos del Quijote) que abrirá mi amiga en el verano, tomar un “cafelito” de los que dan a la Plaza Mayor, y ahí , frente a nosotras y ocupando gran parte de una esquina de la bellísima y como ya dije muy bien conservada plaza, estaba la estatua del dúo: el caballero y su escudero, uno con su caballo y el otro con su asno.

Mi amiga comenzó a contarme la historia del lugar y así llegamos a la Biblioteca. Me hice socia (como siempre que llego a un paraje donde pasaré más de una semana ¡cómo no!) y resulta que hablando con la Bibliotecaria sobre qué me recomendaba ella para leer sobre el famoso hidalgo, me contestó que había muchos libros, pero que humildemente me ofrecía el suyo. Sí señoras y señores, María Ángeles Jiménez, es la autora del libro que está en la foto: El Campo de Montiel de Don Quijote y Sancho, una aventura literaria y gastronómica. Libro precioso, lleno de datos sobre la vida cotidiana en aquellos días, las comidas típicas que se mencionan, las rutas que llevó a cabo en sus tres salidas, los pueblos de Montiel y las casas por donde andaba; en fin, un “lujazo” que me devoré en unos días y que cuando se lo devolví hace un rato, le pedí quise retratarla con él, para llevármelo conmigo a donde sea que me depare mi Quijotada; como si fuese una de esas estampitas a las que uno lleva consigo, guardadas en un bolsillo para momentos de desespero; o como los pañuelos con el perfume de las amadas que hacían más valientes a los caballeros, guardados bajo su armadura.

Y así, señoras y señores, comienza o acaba esta historia. Este nuevo camino o esta nueva vida, vaya uno a saber; así como comenzó en Argentina, bajo el amparo maternal del Quijote.

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María Ángeles Jiménez y su libro
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Camino del Quijote

*Artículo para El País, sobre Alonso Quijano, por Saramago.