Cumpliendo 55 años en el siglo XXI

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Es raro. Antes -no mucho tiempo atrás- a los cincuenta y cincoya se era abuela, ya se descansaba, ya se disponía el cuerpo con sus achaques para la vejez y la muerte después. Hoy es un esfuerzo más que nos pide la sociedad. No parecer de cincuenta y cinco, no jubilarse, no temer a la muerte porque todavía está lejos.

Pero ni el cuerpo deja de mostrar sus signos vitales deteriorados, ni la jubilación llega para descansar. Eso sí, se puede uno encontrar con un médico que nos dice que un estudio lo tenemos que hacer de manera urgente y todo se vuelve confuso.

Esa contradicción que nos plantea el día a día hoy, nos descalibra. Nos vuelve inestables. Yo, por ejemplo, inicié mi segunda carrera el año pasado. Todo el tiempo según los ritmos de la universidad tengo que “competir” con chicos de 18, 20 años que asimilan de una manera tan distinta a la mía lo que nos dan que muchas veces me siento fuera del tarro. La universidad todavía no está preparada para absorber las diferencias escolásticas, de vida, de madurez de la gente que la puebla.

Es raro ser estudiante a los 55 y es raro no poder expresar esa sapiencia que nos da la vida, porque todavía, según el rito académico, no tenemos un papel que avale que “nos recibimos”. Uno que ya a esta altura no cree ni en los papeles de color verde, a veces se ríe, a veces se enoja, y otras hay que tomar envión para seguir sin caer, sin abandonar.

A ver si me entienden, no me quejo de mi estado, digo que es raro. Que hay días en que pienso largar todo y convertirme en una abuela como era la mía por parte de madre, que murió a los sesenta años, que vestía de negro desde los cincuenta (y no por moda), por usanza, se hacía un rodete con su pelo canoso, y sonreía y aconsejaba y escuchaba la radio y tejía. Y cocinaba y sus manos pecosas acariciaban a sus nietos. No more.

Pero me es imposible hacerlo. Leo los Herederos de Pierre Bourdieu para sociología, o veo una serie en Netflix, o tengo que mostrarme up. Y hay veces que el cuerpo no está up. Para nada. Ni el ánimo, ni nada está para arriba. Y llega el día del cumpleaños y uno no sabe si festejarlo o hacer como que no pasa nada.

Y así estoy. Escribiendo en un blog, a punto de ver una serie en Netflix o seguir con Los herederos de Bourdieu para el lunes. Eso sí, el mate en la cama es el regalo que me hice esta mañana. Mate y tostadas para no aflojar.

 

 

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Estudiar Antropología a los cincuenta

Quien dice cincuenta dice cincuenta y cuatro, lo debo confesar para los que les gusta (o les gustará, en un futuro) hacer cálculos, casi cincuenta y cinco. Siempre supuse que mi inmortalidad llegará con mi muerte. No sé si fue Marcos Curi, quien una vez, hablando por teléfono, me encontró enferma y dijo, “bueno, mejor, si te morís tus obras valen más”. Yo tendría veinticinco años y pensé en eso. Muerta valdré más.  Y sigo pensándolo. Muerta valgo más. Hoy él es el que está muerto, y sus/mis obras no sé quien las compró, ya que los rumores sobre Marcos y su muerte son demasiados. Lo único que sé es que él no se quedó con mi dinero. Y yo tampoco. Lo único que sé, es que él me quería y eso me basta. A mí y a mi sobrina. No a mi ex. Jamás.

Pero volviendo al tema. Hace un año, precisamente el dos de mayo cuando volví de España, volví con una depresión feroz. Me recibió la Argentina del “2 x 1”  así se le decía a la horrible idea de conmutarle penas a genocidas que habían cometido crímenes de lesa humanidad.

También me recibió la muerte de Abelardo Castillo. Creo que fue su libro Crónicas de un iniciado -a esta edad no se puede afirmar nada- el que me conectó con la escritura argentina de verdad, antes de los veinte años. En esa época, solíamos discutir sobre literatura y cine con mi hermana gemela, y ese libro junto al de Liliana Heker -Zona de Clibaje- fueron muy disfrutados y muy debatidos entre nosotras. Si bien con Ale hablábamos de literatura y cine desde hacía más de quince años -no, no estoy exagerando- creo que estos dos libros marcaron otra mirada para dos estudiantes de Bellas Artes que absorbían nuevas ideas hasta atragantarse.

Bien, volviendo al tema, -ya se irán dando cuenta de por qué le puse este título a este escrito- al volver a Argentina y encontrarme con estas dos noticias, mi depresión fue caótica. Si a eso le sumamos problemas familiares de rapiña patrimonial, cuando me crié entre cultores que gritaban a voz en cuello: no a la propiedad privada; fue demasiado.

Una vez que me “acomodaron” muy a mi pesar los “fármacos anti todo menos anti  tendencia al suicidio” -ese es el tema de mi última novela que está en gatera-, comencé a pensar qué iba a hacer de mi vida. En ese período tan oscuro en que los hijos ya no me necesitaban casi para nada y aún eran muy chicos para darme nietos; pero sobre todo, el panorama político y económico actual me había quitado toda posibilidad de competir con mi Curriculum Vitae (la mayoría de los empleadores no quieren gente que sepa, quieren gente a la que puedan manejar), el mandar CV  a los portales de empleo y  ver en sus estadísticas que el único motivo de rechazo era la edad, es que decidí quedarme en casa y no gastar en nada más que en comer. No como mucho, así que ese no sería un problema.

Pero, y gracias a mi psicóloga Meli, también decidí no ser tan pesimista y así como cuando el mercado de arte cayó me puse a estudiar Marketing o cuando me di cuenta que vivía en una Isla protegida por su Biosfera como Lanzarote, me aboqué al medio ambiente; y también, más cerca en el tiempo, cuando quise hacer cine, empecé por estudiar guión; esta vez me propuse (maldito Weber) estudiar algo calculando mi edad cuando terminara. Pensé que la psicología estaría bien para una vieja que se diplomara a los  sesenta años, con problemas en la columna. Estar sentada en un sillón escuchar al otro y escribir. Eso era. Volví entonces a la Universidad.

Y he aquí la magia, me confundí. Dentro de las materias en las que me anoté para el primer cuatrimestre, me anoté en una que no necesitaba para psicología (¡inentendibles planes pedagógicos!): la Antropología.

Y la Antropología me atrapó. Fue como empezar a ordenar todo lo vivido en casilleros. Fue como entender que yo era antropóloga aún antes de estudiar Antropología. Que siempre me interesaron los “otros”, siempre. Que siempre hice “trabajo de campo” ,siempre. Que siempre escribí “etnografías o monografías ( como dice Rosana Guber), siempre. Y siempre reflexioné sobre lo que me enseñaron los otros, los escuché ( a veces más que a mí misma).

Pero entrar en la Universidad conlleva un academicismo, un modo de “estatus académico” como dice Lins Ribeiro, que no me agrada. Una mirada desde el eurocentrismo o estadounidensecentrismo, que no comparto. Viví en varios países, me convertí en una especie de “observante participante” o de una ” participante observante”, sufrí y disfruté el “punto de vista nativo”, asimilé su lenguaje, decodifiqué sus códigos y eso en la universidad no sirve. Hay que graduarse para debatirlo. Hay que pagar derecho de piso. A no ser que pague una maestría, para la que no tengo dinero, debo esperar cinco o cuatro años, terminar la carrera y recién ahí el “sistema universitario academicista” -del que todavía hacemos uso aunque muchos antropólogos estén en completo desacuerdo- me dejarán exponer mis teorías. Así somos. Un título habilita. Horas y horas de vida y trabajo de campo, no. Hay que estudiar a los clásicos cuando los clásicos no fueran antropólogos, y menos antropólogos argentinos. Así estamos. No podemos salirnos del molde eurocentrista en el que nos metieron los que nos colonizaron, los que nos estudiaron como salvajes, los que vinieron en los barcos a difundir sus ideas y sus métodos.

Da miedo enfrentarse a los nuevos paradigmas, da mucho miedo. Imagínenme a los cincuenta y cinco años, casi, luchando por erradicar esos paradigmas cuando sé que mi vista, mi espalda, y sobre todo mi memoria comienzan a dar señales de deterioro.

Pero así son las reglas con que tengo que jugar. Y así las jugaré, hasta que algún día, quizá después de muerta, alguien levante las banderas que propongo levantar hoy, y nos dejemos de tanta teoría, y resolvamos comenzar a ocuparnos del “otro” de verdad.

 

Ni una menos, ni una más.

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¡Qué difícil ser hembra en este mundo, lidiar para no pasar por tonta! Los escalones miden veintiocho señora…pero. Pero nada imbécil, que no me digas cosas obvias; que la hermana de mi hijo fue abusada; doce años, abusada; trece años, madre; dieciséis, abandonada; no tiene a quién llamar por las noches cuando las ratas hacen crujir la madera; mamá, papá ¿dónde están? Cuando me buscaron llenos de calentura y sexo y pasión y enamoramiento, en ese instante mismo en el que el semen atravesó las barreras y llegaron a salvo los millones de padres a mi madre; o un segundo antes mejor, un segundo antes de eso; yo no estaba, no era nada, nadie, no existía, ni dolor, ni hambre tenía, solo estaban ustedes, solo ustedes, hurgando sus olores y lamiendo sus salivas; ahora yo concibo, ustedes no están, mamá, papá, mamá, papá…

¿Cómo dieciséis y ya tiene un hijo de cuatro? me pregunta su hermano, ingenuo todavía ¿Ya es adulta? ¡Qué va!, adulta, ¿viste cuando a mamá le caen lágrimas porque el carpintero la trata como imbécil? Cuando le dice lo que miden los escalones y mamá lo sabe, pero él es fuerte y ella es … ¡Qué va! … ¡Adulta! ¿Sabés las ganas de esconderme del mundo que tengo? ¿Sabés las ganas de tomar más Atarax del que debo y volverme tarada, tarada, tarada, y que no me fastidien y que no me quieran follar para sacarme dinero y que no me traten de idiota, por ser hembra? ¿Sabés lo que sufrió tu hermana cuando dio a luz? Solo una madre lo sabe, una hembra lo sabe, las entrañas abiertas, vacías, y el hijo que se va, aunque sea del abusador, del novio de tu madre ¿qué más da? ¿Y dónde estaba su mamá cuando pasó eso? ¿ Y dónde su papá, mi papá, nuestro?

Papánuestro de cada día sálvanos hoy de morir ahogados en este pantano de aguas sucias, crueles de hembras y machos, que se huelen y se chupan, y dan asco, unos y los otros.

¿Cómo se hace para ser hembra en este mundo?

Loving Vincent o loving Anne Sexton

Ayer vi Loving Vincent. Me dormí angustiada. Yo era pintora y ahora qué. La nada.

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Amanezco cuando los negocios de la calle suben sus persianas. Son mi despertador. A veces les agradezco, a veces los maldigo, depende. Me olvido de ponerme los lentes, así que voy directo a la cocina. Me conozco la casa desde que nací. Prendo el fuego. Pongo la tostada en el tostador eléctrico que me regaló mi hijo para el día de la madre. No es un buen regalo para vos, pero al menos no me despierta el olor a tostadas quemadas.

Escucho pelearse a los sueños con los pensamientos, hay un gran ring en mi cabeza queme tortura desde el minuto dos en el que abandono la cama. Busco el mate, le saco la yerba de ayer que no se secó al sol, todavía no llegué a eso.Tengo dos mates para elegir, uno de mi nuera, dice “con amor”  y tiene un Budita sonriente, es rosado y blanco, lo uso cuando estoy necesitada de abrazos de mi mamá. Le meto sal. Cuando le voy a meter la yerba me doy cuenta que la. Lo lavo. Le echo azúcar. Busco la yerba en el frasco vacío. Busco la yerba del paquete en la alacena. Se está por terminar. Le echo todo lo que hay y me digo que tengo que comprar. Me abruma. Saco de la heladera un pote de queso Ilolay. Industria argentina. Busco una cuchara pero agarro un tenedor. ACV pienso. Me río. Voy a buscar ropa para lavar. Veo el atado de cigarrillos y me prendo uno. Enciendo el celular. Escucho los sonidos del wasap. No me acuerdo cuando lo apagué. Me da dolor de panza leer lo que hay ahí. Lo apago y vuelvo a la cocina. La pava chilla como una nena malcriada. Le saco la tapa y me quemo. Le echo agua fría y me tomo un mate repugnante. Crema para que no se me haga ampolla. Eso. La busco y no encuentro. María se quemó viva con aceite a los dos años. Yugoslavia 1929. Yo no existía, ella ahora está con ACV si sigue viva. Perdí el teléfono de la sobrina. Enciendo el celular. Me duele más la panza. ¿A quién voy a llamar? Lo apago y me tomo otro mate. Voy a buscar ropa para lavar. Me prendo otro cigarro. Me siento en la cama con la ropa y me quedo en blanco. El cigarrillo me quema los dedos. Me acuerdo de la tostada, de mi hijo, de la crema que no me puse, me late el dedo y el corazón. Ojalá se me pare. Me imagino la cara de él cuando me encuentre muerta. Lloro. Me levanto y voy hasta el lavadero. Pongo la ropa dentro del lavarropa. Voy a ver la tostada. Fría. El queso Illolay, la cuchara, el mate, el dolor y el agua corriendo y el fuego encendido y la ceniza por todas partes. Enciendo el celular.

Cinco videos en el wasap: la vida es hermosa, disfrútala.

Querida Linda, (1)

Estoy a la mitad de un vuelo a St. Louis para dar una conferencia. Estaba leyendo una historia en el New Yorker que me hizo pensar en mi madre y, sin darme cuenta, sola, en el asiento, susurré: «Yo sé, madre, yo sé» –encontré  una pluma, y pensé en ti– que algún día volarás sola a alguna parte, que quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo.

Yo quiero hablar. (Linda, quizás no estés volando, quizás estés en la mesa de tu cocina tomando té, alguna tarde cuando tengas 40. En cualquier momento) y quiero decirte:

Primero, que te amo.

Dos, que nunca me decepcionaste.

Tres, yo sé. Yo estuve ahí alguna vez. Yo también tuve 40 con una madre muerta que todavía me hace falta.

Éste es mi mensaje para la para la Linda de cuarenta. No importa lo que pase, siempre serás mi pajarito, mi Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes –en donde estés, Linda, hablándome. Pero yo tuve una buena vida –escribí infeliz– pero viví a capa y espada. Tú también, Linda –vive al límite. Te amo, mi Linda, a los cuarenta, y amo lo que haces, lo que encuentras, lo que eres. Sé tú misma. Pertenece a aquellos que amas. Háblale a mis poemas y a tu corazón  –estaré en los dos: si me necesitas. Mentí, Linda. Yo también amé a mi madre y ella me amó a mí, ella nunca me sostuvo pero la extraño, tanto, que tuve que negar que alguna vez la amé –o ella a mí, ¡pero qué tonta, Anne! ¡Así es!

(1) Anne Sexton.

 

 

 

 

 

Domingo

En este barrio en el que vivo no se nota mucho que es domingo. No existe la calma de los pueblos. La extraño.

Intento fabricarme un domingo puertas adentro. Fracaso.

Miro por la ventana. El supermercado chino está abierto. Pienso que hay cosas por comprar. No tengo el coraje para obviarlas. No tengo excusas.

Salgo.

El vecino, a quien después de tres años recién conozco, está lavando su moto en la vereda. Me quedo mirando el agua que desparrama sobre la puerta de mi casa. No levanta la vista. Lo miro quieta. Me mira. Sonrío. Él no, agacha la cabeza y sigue, lavando su rueda delantera.
Después le diré algo.
Volver rápido a casa es la consigna. Que no se malogre mi domingo.
Leí un artículo sobre una mujer de 66 años que cruzó sola el Atlántico. Ella desarrolló la paciencia frente a olas de cuatro metros. Si ella pudo con las bestias, yo también. Paciencia.
Los chinos me entristecen. Casi dejaron de serlo. Desde que llegaron al barrio cada vez son menos chinos, más argentinos.
Adelante, en la cola para pagar, está la mujer del diariero, le decimos El Gallego. Paga rápido mientras la observo. También para ella pasaron los años. Está en esa edad que ya no le importa cómo va vestida. Le miro la espalda, curva. La papada, cuelga. En su bolsa tiene un queso Mendicrim light. Pienso en el colesterol. La mujer del gallego debe tener colesterol . O está en la moda light. Laif, decía mi tía. Me encantaba cuando mi tía decía laif. Nunca la corregí ni contradije. Era la mezcla exacta de lo que quería expresar y lo que era. La entiendía. Vida laif.
Compro naranjas de jugo y sé que la chica, que no es china (me pregunto por qué nunca hay chinos verduleros ni carniceros) se aleja a buscar cambio. Tiene un trasero grande y no lo disimula. El jean se lo marca bien y tiene un bordado: This is for you. Pienso en su novio. Si es que lo tiene. Si es que le gustará ver esa frase bordada en el trasero de su chica. Viene con el cambio y sonríe. No como el otro perejil, el de la moto, que no saluda, ni hace una mueca siquiera.
Cruzo cargada, entre los autos apurados, llego a tiempo para alcanzar el otro lado del Atlántico entre los buques estacionados. Mis piernas son mi barco. Cada vez más cerca escucho la sirena de una ambulancia.
Miro para atrás, quiero ver si conozco la empresa de ambulancias. Vital. Buen nombre. Pienso en un infarto de domingo. Cómo se complicaría todo.
Busco al pibe de la moto para decirle algo. Ya no está. Subo y entro. La gata me mira como desconociéndome.
Intento continuar con mi domingo. Coloco las naranjas una a una en la fuente blanca. Las bananas al lado. Los colores brillan. Qué lindo que es pintar las frutas.  Las flores amarillas todavía duran. Pongo el agua para el mate y miro el calendario. Domingo. Hace tanto que no salgo. Cada vez me dan menos ganas.
¿Me estaré volviendo como la mujer del diariero?

El reloj

El reloj

Cuatro meses sin ponerle pila al reloj,

al único reloj de la casa.

Cuatro meses sin saber que el tiempo se va

segundo a segundo

o que el tiempo llega

(en los días más distraídos)

para disfrutarlo.

¿Olvido? ¿Desidia?

Ambas cosas me impedían salir a comprar una pila.

Una simple pila para saber que todavía late mi corazón

al unísono del tic tac.

La vida se me asemeja a una jungla con lianas,

voy agarrándome de una en una,

saltando por sobre poderosas fieras.

Quizá lo que haya abajo sean palomitas,

pajaritos boludos,

y como una tonta me aferro a las lianas con desesperación.

A veces pienso que si me suelto me van a comer,

a veces pienso que si me suelto aplastaré a las palomas.

 

Para eso me sirve el reloj,

marca, como una bomba, el límite de mis fuerzas.

En días distraídos trepo y salto para no matar a nadie,

en días dolientes, resisto, para que nadie me coma.

Tic. Tac.

 

El dolor del amor

 

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Terminé de ver los seis capítulos de una serie sobre comadronas.

Ellas buscaban paliar el dolor huyendo del amor,

porque el amor, según ellas, dolía.

El amor, sí, claro que duele.

Claro que es estúpido hablar de esto

cuando el que lo vivió lo sabe.

Los hijos hoy cenan afuera

cuando les cociné pastel de carne para ellos.

¡Pero si me olvidé de ponerle huevo a la carne!

¡Si seré inútil como madre! Y seré inútil cocinando…

no amando, no,

nunca fui inútil amando,

aunque a veces fue inútil el tiempo perdido en algo que no sucedió

y no sucedió jamás porque nada hoy existe

porque el tiempo limpia el vómito

enjuaga la sangre

y seca el semen.

Lamento no ser más clara al escribir,

lamento este lamento

por el amor mal habido

mal llevado

mal querido.

Si al final seremos ceniza,

al final, solo huesitos rotos,

al final, locura olvidada entre páginas y páginas de manuscritos.

Pero el amor que dimos,

ese, ese amor puro sin delicadeza, sin esperanza y sin remedio,

ese amor será recordado aún

cuando ya no estemos en el recuerdo de nadie.

Llaves

Son las 5:04 de la mañana. Escucho las voces adolescentes recién llegadas de un recital. Me duele la garganta. No quise ir. Pero no tengo ganas de dejar el cigarrillo. El cigarrillo en este momento es como mi estupidez calmante. ¿Está el cartón sobre la heladera? Entonces está todo bien. Recuerdo un día que llegué a lo de Thomas, un amigo de amigos en las afueras de München, y vi por todos lados cartones de Erntedreiundzwanzig, o Cosecha 23, el cigarrillo que más me gustaba en ese entonces, pero que sólo lo podía fumar cuando vendía algún cuadro, porque tenía veintitrés o veinticuatro años y en general a esa edad, a menos que se venga de familias de patriarcas pudientes, no se tiene demasiado dinero como para comprar cartones y cartones de cigarrillos, y menos en Alemania, que si mal no recuerdo en esa época costaban Vier Deutsche Mark, 4 marcos alemanes , cuando mis impuestos como pintora alcanzaban a los 60 cada mes, y lo que cobraba en la cantina limpiando mesas eran creo que menos de 200 DM. Anyway, tengo para fumar un  rato largo y eso me tranquiliza, aunque ya se empiecen a evidenciar los signos del segundo año y medio que retomé el vicio. Otra cosa que no me puede faltar en estos últimos tiempos son los lentes, aunque sean los baratos esos que me compré en un quiosko de la Avenida Santa Fé, al lado de lo de mi antigua psicóloga, los de mi padre que son bastante buenos, o los que me raspó Jony, el rapero,  una vez que me quiso limpiar los lentes, cuando el año pasado estuve en el hospital. La cosa es que no se podían limpiar esos lentes en seco, pero andá a decírselo a Jony, quizá se lo tomaba a mal y me miraba con esos ojos con los que miraba al innombrable cuando se hacía el boludo. Juro que te taladraba con la mirada, si la llegabas a atravesar, encontrabas una dulzura como pocas he conocido. Un tipo tan fiel a sí mismo que daba envidia. Lo vi unas cuantas veces más, y siempre el mismo abrazo, de emoción, siempre preguntándome por la historia, su historia, la historia de todos los que estuvimos ahí. Porque hay gente que prefiere olvidar. Y hay gente que no. Que lo toma como una forma de venganza. De que el mundo sepa lo que es estar ahí. No que se lo imagine. Que lo sepa. No sé porqué agarré para el lado de Jony, podría haber agarrado para cualquier otro, pero como él fue el que me arruinó las gafas, de él me puse a hablar.
Y la última cosa que no me puede faltar en estos momentos, además de mi medicación, off course, es un libro de Sylvia Plath, con una mina en la tapa que se tapa la boca. Esa mina es como mi hermana, no la real digo, no mi gemela, que la tengo, no. Esta es una mina hermana como de alma. Te podría decir que tiene algo mucho de mis hermanas de vida, algo de La tejedora, la M con w, la M con r, la M con P, la Leti sin t, la Cielo. Viste cuando buscás  una hermana, pidiéndole ayuda y está ahí, siempre a mano. Bueno, ellas son así y ella, la de la tapa y la que escribe, es así, para mí. Es mi hermana. En los peores momentos de mi vida la busco y la encuentro. Y si no, le pido tres veces a San Onofre, el santo de los objetos perdidos, que me la encuentre y zácate, aparece bajo otro libro, o bajo la almohada, o en el escritorio, pero está. Nunca me falla. Antes me acompañaba el Palinuro . El Palinuro de Méjico. Pero por suerte o por falta de ella, uno va cambiando. Y si bien, amo al Palinuro, no lo siento como hermano de sangre. A esta sí.
Y así, con esas tres o cuatro cosas sobrevivo. Sin necesidad de más. Ya sé que estoy sola como no vine al mundo y moriré sola como todo el mundo.
Mi hijo me llorará más o menos, depende de cuán chico sea. Mis amigos se acordarán algunos de unas cosas y otros de otras. Digamos del cuarto trasero o delantero, aunque dicho así quede espantoso. Mis amigas se reirán un rato de las boludeces que dije y otras llorarán mis verdades.
De mis parientes, puf , de mi parientes, creo que salvo a mi tía, a nadie le va a importar. Sí puede ser , a mi hermano lejano. Y después, al padre de mi hijo. Aunque ya no nos hablemos más, ni nos odiemos más, ni nos amemos más tampoco. Hay después un par de amigos, que los dos son innombrables por sus benditas mujeres que les gustaría verme quemada como en tiempos de la inquisición, por más liberales que sean. A ellos sí les retumbará mi muerte, como dijo uno, estuve delante del cristal con la piedra en la mano y no lo rompí. Pues sí, fue así. O no lo rompiste o no te dejaron. Tan temerosos son los hombres. De comprometerse. De perder lo que tienen. De que los señalen después. De sus madres. De sus hijos. De sus esposas. De sus amigos. Vecinos. De todo son temerosos. Hasta de la muerte. Ja! como si no fuera parte de la vida. Ya lo puse en otro blog o en mi skipe: LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL QUE SE TRANSMITE POR VIA SEXUAL. Así de cortita te la hago.  Así de simple. Nacemos para vivir y morir. No sólo para vivir eternamente y que el cielo nos espere como dicen los yanquies. Niet. Nacemos para comernos la vida, sea con llanto o risa, da igual, la cosa es cuán intensamente nos entregamos a ella, e dopo, Adío vita! io ritorneró!!! quizá en un pez, quizá en un gurú, ma io ritorneró!
¿Que no me creen? Problema vuestro, no mío. Yo me fumo un cigarro y escucho como mi pariente, de sangre, aunque más bien parezca de sangre coagulada revuelta en ensalada, como cantábamos  en el ómnibus que nos llevaba de excursión cuando éramos chicos, se prepara para ir a laburar. Día tras día, la misma rutina. Se hace la señal de la cruz al pasar por una iglesia. Se ocupa de que su GPS le marque el camino. Aunque se lo sepa de memoria. Trata con sus empleados y da su tarjeta a los que tienen traje y corbata. No sea que se le acaben. Y se terminó. Ahí se terminó. Con una llave en su poder. O su poder reducido a una llave. Y vuelvo a lo mío. A mi hermana,la de la tapa del libro que se tapa la boca con un pullover marrón, tejido a dos agujas, punto arroz, si mal no recuerdo lo que me enseñaron. “No veía en realidad por qué la gente tenía que mirarme. Muchísima gente era más extraña que yo.” Dice el personaje en el libro en la página 178. Y yo digo exactamente lo mismo. Qué es más extraño: ¿un GPS o una estrella?. Aunque esté en un anillo. Y a veces te haga bombear la sangre en el dedo y sientas que algo está pasando, y a veces duela porque te corte el borde, y sientas que algo está pasando, y otras , las menos, sientas que la estrella del anillo no dice nada, no late, ni tiembla, no ríe, ni recuerda, y sepas que está durmiendo, como vos?
Ya los adolescentes duermen y los colectivos hacen cimbrar la casa. Pronto empezarán los pajaritos a anunciarme que se me hizo de día escribiendo. Pronto, el desvelado , o la desvelada que lée esto, bostezará y se irá a su cama, con su pareja o no, con su hijo o no, con sus muertos, con sus amantes, con sus recuerdos, o no. Y la vida seguirá para todos y todas, para los extraños seres o los que se consideran normales en este mundo donde la guerra es más común que la paz. Donde comer en un mac burgal es lo corriente, y no sacar los huevos del gallinero del fondo como hacía mi abuela. Donde evaluación significa lo mismo que calificación. Y los maestros de matemática no son gente con los pelos revueltos enseñando la grandeza y los enigmas de esa ciencia milenaria. Donde el arte se mueve al ritmo del mercado, de la bolsa de Wall Street y jamás se buscará en los hospicios. Donde si sos capaz , lo demostrás con una buena nota, y el que viene de Fuerte Apache es un negro cabeza que puede llegar a afanarte, ojo, ni lo mires. Donde defender a Garzón es reprobable por la justicia española aunque haya juzgado más crímenes que el mismísimo Franco. Donde la soja avanza en el mundo y se tala en la Amazonia un campo de fútbol por minuto. Donde hay gente brindando con champagne mientras en otro sitio del planeta que es un puntito miserable en el medio de vías y calles lácteas y alcohólicas, hay pibes con brazos amputados, sin madre, sin padre, llorando con los mocos sobre sus panzas gordas de hambre. Donde hay patriarcas y súbditos. Como en la Edad Media. Donde lo que se dice se desdice de un plumazo o de un disparo: Tenés la puerta abierta, le dijo ella al chofer, y perdió un brazo, sino su vida. Así desayunamos, con la Jolie y el Pitt o  una bomba en Iraq.Sé igual. Así nos asustamos. Metiendo en cárceles a tipos que tienen hambre y sacando de ellas a asesinos y narcos. Así.
Por eso, Emil, prefiero escribir a jugar al backgamon. Ya sé que vos hacés las dos cosas. Por algo sos hombre. Y yo una mina. Madre y mina. Son como dos cosas distintas, pero no. Madre hay una sola. Minas unas cuantas.

Madre hay una sola

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Cuando desperté hoy de mi siesta (que desde hace unos años a veces tomo) experimenté por un lado un enorme placer; llovía afuera, adentro se estaba bien, sin humedad, sin frío, la penumbra me iba mostrando las aristas de los objetos tan conocidos, despacio, sin apresuramientos, sin estridencias. La música que llegaba del cuarto de mi hijo ( como llovía no había ido a trabajar) era rara, no podía determinar de qué genero era porque se acoplaba con el sonido archiconocido del juego de estrategia, el famoso LOL o League of Legend que viene jugando hace casi ya ocho años, no sé…

Por otro lado, al despertar me vino un pinchazo de angustia justo en el medio del corazón o quizá más abajo, en la boca del estómago, me aceleró el ritmo cardíaco, me bañe en un sudor frío y sentí un vacío tan grande que aunque su intensidad fue decreciendo bastó para que me replanteara estas dos situaciones tan encontradas ¿no? el enorme placer por un lado y el vacío, también enorme, abismal, que no entendía por qué se anunciaba tan cercano al placer.

-Si a mí me encantan los días grises de lluvia -pensé- ¿cómo es posible sentir tanto agobio cuando todo está dado para tener que agradecerle a la vida el haberme reservado un día así, a mis cincuenta y cuatro años: una notebook en reposo, para seguir escribiendo la novela o ver la serie que estoy viendo, escribirle a alguien o recibir de alguien un mail? -seguí pensando mientras me iba incorporando, poniendo las pantuflas, acomodando las almohadas todavía tibias, mientras el LoL y sus sonidos, las risas o las puteadas de mi hijo se sucedían una y otra en un eterno toma y daca provenientes del otro cuarto, amortiguadas por mi somnolencia- ¿Cómo puede alguien angustiarse con la vida que tengo, si ahora me puedo hacer un mate, un par de tostadas y sin importarme las calorías engullírmelas con placer, mientras las luces de la cocina me iluminan la tarde?porque hasta eso, yo me puedo dar el lujo de elegir donde escribo- me dije mirándome al espejo del baño, mientras el agua fría me enfriaba la frente y todo lo que está detrás de ella.

Anduve los pasos que me separan del baño a la cocina y los libros apilados en las bibliotecas, los cuadros, los espejos, las ventanas, todo me era querido. Todo. Pero la angustia percibida estaba todavía ahí, encogida, a un costado del hígado, ya, dispuesta a quedarse y a angustiarme  de verdad toda la tarde.

Abrí la notebook y entre ofertas y suscripciones, tenía un email muy lindo; un mensaje de una amiga con la que me dejé de ver hace muchos años, tantos que comencé a pensar en que las últimas veces que fui a su casa fui acompañada de mi hijo que en esa época era un adolescente lleno de granos y hoy ya tenía veintiuno.

Y habrá sido porque el mensaje lo mencionaba también a él, como parte de una dupla que hoy ya no existe, una dupla que mi amiga, su marido y sus hijos recordaban. Me acordé de esa época y calculé que en ese entonces, él, mi hijo, estaba en la secundaria, me abrazaba cada tanto, comía conmigo casi todos los días y casi siempre de comida que yo preparaba, me acompañaba a las casas de amigos, compartíamos el estudio para escribir yo, jugar y / o estudiar él, viajábamos juntos de vacaciones, cuando salíamos a hacer compras no le daba vergüenza pasarme el brazo por arriba del hombro, y cosas por el estilo.

También recordé que en el tiempo que él estudiaba, yo andaba de un lado para el otro, ya sea haciendo algún curso o dándolo, trayendo el pan a casa, ya que siempre fui padre y madre en nuestra economía.

Entonces, a pesar de que ese pinchazo recibido al despertar se iba convirtiendo en líquido que amenazaba con salir por mi nariz , los ojos, pero se quedaba en la garganta; el panorama se me iba aclarando de a poco. Era el precio que hoy pago, como toda madre desde que existen las madres, de haber tenido hijos queridos, el precio de haber disfrutado de mi maternidad a pesar de no ser una madre normalista ni a tiempo completo, el precio por haber disfrutado de ese sol que tuve tan poco tiempo, ¡dios, tan poco! y que ya jamás volvería a ser lo que era.

Así como cuando quedé embarazada me preguntaba por qué no me habían aclarado antes que una la pasa mal si tiene vómitos, que una la pasa mal si tiene que dejar de hacer lo que venía haciendo, si una cambia hormonalmente de la noche a la mañana, ahora me pregunto por qué no hice caso cuando mi madre ( muerta casi cuando yo tenía la edad de mi hijo ahora) me decía que el tiempo de los hijos chiquitos era el tiempo más hermoso para una mujer que había decidido tenerlos. Por qué me hacía la superada y le contestaba que a mí jamás me iba a dar el síndrome del nido vacío, porque yo estaba llena de cosas y proyectos y amistades, y y y… y. ¿Por qué?

La vanidad de la juventud contra los ciclos de la vida no dejan de sorprenderme en estos días. Claro que ahora tengo tiempo para mí y mis ritos, lo que gano es para mí y no debo vivir con la zozobra de no tener para darle de comer a mi hijo, claro que ahora me olvidé del tiempo de vacaciones escolares y actos escolares y reuniones con maestros y tantas cosas que antes me “robaban” mi tiempo, según creía yo, con mi furia todo lo quiero y todo lo puedo.

A cambio está ese tiempo que sobra aunque mi psicóloga diga que a mí no, a cambio está ese piso limpio, sin juguetes para tropezarse, esa cocina sin manchas de chocolate, esos horarios sin límite que una administra a su antojo.

No sé por qué hablé de esto hoy, será que estuve a punto de tomar una pastilla para la ansiedad que me provocó el pinchazo, cuando me di cuenta que de ahora en más, la explicación es que no hay ansiedad, hay tiempo de sobra y una madre que como siempre y por ley de vida, ha quedado sola en una casa limpia.

La sociedad sin sufrimiento

Tío

Hace ya unos buenos años que vengo constatando una realidad que me desagrada: vivimos en una sociedad que no se permite el sufrir. O para ser más exacta, nuestra sociedad explota el sufrimiento cuando le conviene, pero le huye día a día, minuto a minuto.

Lo experimento cada vez que pierdo amigos por contarle mis pesares; lo padezco cada vez que escribo sobre mis días de agobio en este blog o en cualquier red; lo percibo, sí, lo percibo cuando debo usar una tercera persona para que sea más fácil de escuchar mi historia.

El famoso dicho “es para una amiga” tan usado en Facebook a modo de broma, se me hace imprescindible a veces en mi charla habitual, con gente que cuando yo era activa y fuerte y apasionada y bella me tenía en alta estima, pero que ahora no soporta mi caída.

Vivimos tan anestesiados por los tranquilizantes; vemos tanto llanto, tanto drama en la televisión; usamos tanto ¡en secreto aún, por Dios! a los psicólogos; que ya no contamos a nadie nuestros males. Mejor dicho, lo hacemos sí, claro está, pero las consecuencias que nos sobrevienen son nefastas.

Acabé ayer de ver los treinta capítulos de una serie fantástica llamada Borgen, una serie danesa sobre la vida de una mujer que se convierte en primera ministra de un momento para otro. El cambio que produce esto en su vida, en los que la rodean, y los mundillos que debe comenzar a conocer de primera mano: el político y el de la prensa, son los temas de la serie.

Pensé que Dinamarca estaba lejos de ser como Argentina, pero estamos en igualdad de condiciones. Todavía vivimos en la época victoriana. No debemos comentar nuestros flagelos, no debemos mencionar nuestros malos días, no podemos -si queremos ser exitosos y/o aceptados en la comunidad- decir nada acerca de nuestro cuerpo, de nuestro sentir. Emociones y dolores son completamente tabú si queremos construir una carrera.

Vivimos en un tiempo en el que la gran mayoría del pueblo no soporta el sufrimiento de verdad. Necesita que lo sufran sus ídolos para levantarle o bajarles el pulgar (o lo que es lo mismo hoy) bajar o subir la audiencia de un programa de TV, o la cantidad de  periódicos consumidos ya sea en su forma tradicional u online.

Entre amigos, se puede comentar sobre el dolor que padece tal personaje en tal serie, pero cuidado con decir estoy deprimida; entre familiares podemos recomendarnos las mejores y más tristes películas, siempre serán aceptado y hasta agradecido; pero guay con mostrar una foto de un pariente querido y amado que se arrumba en un geriátrico o un hospital.

Porque eso hacemos, no mostramos el dolor de verdad. Lo queremos en la ficción y hasta hay gente que tampoco lo soporta masticado así. Queremos una sociedad sin sufrimiento. Queremos héroes que sufran por nosotros y podamos olvidar al otro día. Queremos que nuestros viejos (esos que nos han dado de comer, que nos han hecho masajes con sus manos llenas de artrosis, o que nos han prestado su oreja en más de una ocasión) mueran pronto lejos nuestro, sin verlos y sin olerlos, quizá aceptamos que alguien nos lo cuente hasta que le decimos basta, basta para mí que me hace mal. Porque sabemos que así será nuestro final como no cambiemos nuestra mirada sobre el ser humano.

Los gatos, los bebés, los niños, son parte de la vida. Pero también lo son los viejos, los dolientes de nuestra familia. Sé que en las redes sociales si subimos las fotos de un gatito con un moño y una canastilla que diga “my baby” tendrá muchos más “me gusta” que una mano lastimada de una tía mía. Muchos, también lo sé, dirán, y para qué queremos ver la mano lastimada de tu tía, a lo que yo podría responder, y para qué quiero ver un gato en una canastilla. ¿Pasaríamos entonces a un tema de estética? No, porque la mano de mi tía puede ser una fotaza mientras que la del gatito puede ser una chapucería. ¿Entonces?

Entonces es que el gato no nos duele, la mano de mi tía con su llaga y su piel apergaminada, sí. Pero yo no quiero olvidar a mi tía. La quiero como la quise, cuando era guapa y fuerte. En cambio al gatito no lo conozco. Pero, volvemos a lo mismo, no todo el mundo tiene que acompañarme en mi dolor, y yo pregunto:¿todo el mundo debe ver un gato que ni sabemos cómo se llama ni qué hizo más que nacer y dejarse poner un moño para una foto que es una cursilería? No. ¿Y por qué la foto del gato tiene veinte likes y la de mi tía tiene un silencio de muerte? Lo pregunto, porque no lo entiendo. Lo pregunto, no lo concibo.

Creo que no debemos olvidar a nuestros antecesores. Merecen que los mantengamos vivos mientras están vivos. No debemos ser injustos con quienes nos dieron todo para que seamos lo que somos. Debemos aceptar el dolor en nuestra cotidianidad, hablar de eso, no ser una sociedad que maquilla nuestros moretones.

Los que hicieron que lleguemos a edades impensadas el siglo pasado, deben hacerse cargo de sus engendros: nosotros.

Yo abogo siempre, será herencia de mi madre,  por una vida corta. Siempre digo a quien me quiera escuchar, porque no siempre la gente me quiere escuchar, que a los cincuenta años ya es una buena edad para ir pensando en morir, y si no quiero asustar a quien me escucha, los cincuenta son una buena edad para comenzar a aceptar nuestra decadencia física, para tener nietos, para dejar de correr de un lado al otro y para brindarle a los más jóvenes, nuestra experiencia. Si estoy conversando con alguien más asustadizo aún, digo que ya estamos como para tener nietos.

Lo que en verdad quiero decir usando todas estas expresiones, es que debemos aceptar que así como un leopardo, o una jirafa, o el animal que se les cruce ahora por la mente, fueran diseñados biológicamente para vivir una cantidad de años, nosotros también lo fuimos. Fuimos diseñados para copular y parir casi treinta años antes ( o cuarenta) de lo que lo hacemos. Fuimos diseñados para tener vigor y fuerza muscular -sin aditivos ni conservantes, sin energizantes ni vitaminas- durante unos años suficientes como para que nuestro corazón y arterias, nuestras fibras musculares e hígado, nuestra piel y ojos lo puedan realizar sin estrés. Pasados esos límites, todo se vuelve una carrera contra nuestro propio cuerpo, ni hablar que contra el cuerpo de los demás que nacieron décadas después que nosotros.

Así que en vez de intentar subirnos las tetas con corpiños push up, o fajarnos para que los dolores de espalda queden comprimidos, pensemos que es hora de aceptar que nuestro valor radica en las neuronas que tenemos, ellas son las únicas células de nuestro cuerpo que pueden vivir y multiplicarse si las mantenemos activas. Hasta hay algunos que arriesgan a decir que ellas pueden vivir quinientos años o nacer nuevas si es que las sometemos a un ritmo de trabajo constante.

Pero nuestra sociedad no quiere neuronas, quiere robots. No quiere cerebros, quiere cuerpos de gimnasio. No quiere sufrimiento, quiere bailar cumbia todo el día, alegría, no pensar, no detenerse, no contemplar ni lo que somos ni lo que fuimos y mucho menos lo que seremos. Por eso, cuando hay alguien que se encarga de recordarlo día a día, como yo, el castigo es la soledad.

Eso es lo que siento en este domingo soleado, por ejemplo, en el que mientras la mayoría intenta pensar qué hacer con tan hermoso tiempo, yo recuerdo los ojos de mi tía, ayer, en el geriátrico, y lloro.