El dolor del amor

 

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Terminé de ver los seis capítulos de una serie sobre comadronas.

Ellas buscaban paliar el dolor huyendo del amor,

porque el amor, según ellas, dolía.

El amor, sí, claro que duele.

Claro que es estúpido hablar de esto

cuando el que lo vivió lo sabe.

Los hijos hoy cenan afuera

cuando les cociné pastel de carne para ellos.

¡Pero si me olvidé de ponerle huevo a la carne!

¡Si seré inútil como madre! Y seré inútil cocinando…

no amando, no,

nunca fui inútil amando,

aunque a veces fue inútil el tiempo perdido en algo que no sucedió

y no sucedió jamás porque nada hoy existe

porque el tiempo limpia el vómito

enjuaga la sangre

y seca el semen.

Lamento no ser más clara al escribir,

lamento este lamento

por el amor mal habido

mal llevado

mal querido.

Si al final seremos ceniza,

al final, solo huesitos rotos,

al final, locura olvidada entre páginas y páginas de manuscritos.

Pero el amor que dimos,

ese, ese amor puro sin delicadeza, sin esperanza y sin remedio,

ese amor será recordado aún

cuando ya no estemos en el recuerdo de nadie.

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Llaves

Son las 5:04 de la mañana. Escucho las voces adolescentes recién llegadas de un recital. Me duele la garganta. No quise ir. Pero no tengo ganas de dejar el cigarrillo. El cigarrillo en este momento es como mi estupidez calmante. ¿Está el cartón sobre la heladera? Entonces está todo bien. Recuerdo un día que llegué a lo de Thomas, un amigo de amigos en las afueras de München, y vi por todos lados cartones de Erntedreiundzwanzig, o Cosecha 23, el cigarrillo que más me gustaba en ese entonces, pero que sólo lo podía fumar cuando vendía algún cuadro, porque tenía veintitrés o veinticuatro años y en general a esa edad, a menos que se venga de familias de patriarcas pudientes, no se tiene demasiado dinero como para comprar cartones y cartones de cigarrillos, y menos en Alemania, que si mal no recuerdo en esa época costaban Vier Deutsche Mark, 4 marcos alemanes , cuando mis impuestos como pintora alcanzaban a los 60 cada mes, y lo que cobraba en la cantina limpiando mesas eran creo que menos de 200 DM. Anyway, tengo para fumar un  rato largo y eso me tranquiliza, aunque ya se empiecen a evidenciar los signos del segundo año y medio que retomé el vicio. Otra cosa que no me puede faltar en estos últimos tiempos son los lentes, aunque sean los baratos esos que me compré en un quiosko de la Avenida Santa Fé, al lado de lo de mi antigua psicóloga, los de mi padre que son bastante buenos, o los que me raspó Jony, el rapero,  una vez que me quiso limpiar los lentes, cuando el año pasado estuve en el hospital. La cosa es que no se podían limpiar esos lentes en seco, pero andá a decírselo a Jony, quizá se lo tomaba a mal y me miraba con esos ojos con los que miraba al innombrable cuando se hacía el boludo. Juro que te taladraba con la mirada, si la llegabas a atravesar, encontrabas una dulzura como pocas he conocido. Un tipo tan fiel a sí mismo que daba envidia. Lo vi unas cuantas veces más, y siempre el mismo abrazo, de emoción, siempre preguntándome por la historia, su historia, la historia de todos los que estuvimos ahí. Porque hay gente que prefiere olvidar. Y hay gente que no. Que lo toma como una forma de venganza. De que el mundo sepa lo que es estar ahí. No que se lo imagine. Que lo sepa. No sé porqué agarré para el lado de Jony, podría haber agarrado para cualquier otro, pero como él fue el que me arruinó las gafas, de él me puse a hablar.
Y la última cosa que no me puede faltar en estos momentos, además de mi medicación, off course, es un libro de Sylvia Plath, con una mina en la tapa que se tapa la boca. Esa mina es como mi hermana, no la real digo, no mi gemela, que la tengo, no. Esta es una mina hermana como de alma. Te podría decir que tiene algo mucho de mis hermanas de vida, algo de La tejedora, la M con w, la M con r, la M con P, la Leti sin t, la Cielo. Viste cuando buscás  una hermana, pidiéndole ayuda y está ahí, siempre a mano. Bueno, ellas son así y ella, la de la tapa y la que escribe, es así, para mí. Es mi hermana. En los peores momentos de mi vida la busco y la encuentro. Y si no, le pido tres veces a San Onofre, el santo de los objetos perdidos, que me la encuentre y zácate, aparece bajo otro libro, o bajo la almohada, o en el escritorio, pero está. Nunca me falla. Antes me acompañaba el Palinuro . El Palinuro de Méjico. Pero por suerte o por falta de ella, uno va cambiando. Y si bien, amo al Palinuro, no lo siento como hermano de sangre. A esta sí.
Y así, con esas tres o cuatro cosas sobrevivo. Sin necesidad de más. Ya sé que estoy sola como no vine al mundo y moriré sola como todo el mundo.
Mi hijo me llorará más o menos, depende de cuán chico sea. Mis amigos se acordarán algunos de unas cosas y otros de otras. Digamos del cuarto trasero o delantero, aunque dicho así quede espantoso. Mis amigas se reirán un rato de las boludeces que dije y otras llorarán mis verdades.
De mis parientes, puf , de mi parientes, creo que salvo a mi tía, a nadie le va a importar. Sí puede ser , a mi hermano lejano. Y después, al padre de mi hijo. Aunque ya no nos hablemos más, ni nos odiemos más, ni nos amemos más tampoco. Hay después un par de amigos, que los dos son innombrables por sus benditas mujeres que les gustaría verme quemada como en tiempos de la inquisición, por más liberales que sean. A ellos sí les retumbará mi muerte, como dijo uno, estuve delante del cristal con la piedra en la mano y no lo rompí. Pues sí, fue así. O no lo rompiste o no te dejaron. Tan temerosos son los hombres. De comprometerse. De perder lo que tienen. De que los señalen después. De sus madres. De sus hijos. De sus esposas. De sus amigos. Vecinos. De todo son temerosos. Hasta de la muerte. Ja! como si no fuera parte de la vida. Ya lo puse en otro blog o en mi skipe: LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL QUE SE TRANSMITE POR VIA SEXUAL. Así de cortita te la hago.  Así de simple. Nacemos para vivir y morir. No sólo para vivir eternamente y que el cielo nos espere como dicen los yanquies. Niet. Nacemos para comernos la vida, sea con llanto o risa, da igual, la cosa es cuán intensamente nos entregamos a ella, e dopo, Adío vita! io ritorneró!!! quizá en un pez, quizá en un gurú, ma io ritorneró!
¿Que no me creen? Problema vuestro, no mío. Yo me fumo un cigarro y escucho como mi pariente, de sangre, aunque más bien parezca de sangre coagulada revuelta en ensalada, como cantábamos  en el ómnibus que nos llevaba de excursión cuando éramos chicos, se prepara para ir a laburar. Día tras día, la misma rutina. Se hace la señal de la cruz al pasar por una iglesia. Se ocupa de que su GPS le marque el camino. Aunque se lo sepa de memoria. Trata con sus empleados y da su tarjeta a los que tienen traje y corbata. No sea que se le acaben. Y se terminó. Ahí se terminó. Con una llave en su poder. O su poder reducido a una llave. Y vuelvo a lo mío. A mi hermana,la de la tapa del libro que se tapa la boca con un pullover marrón, tejido a dos agujas, punto arroz, si mal no recuerdo lo que me enseñaron. “No veía en realidad por qué la gente tenía que mirarme. Muchísima gente era más extraña que yo.” Dice el personaje en el libro en la página 178. Y yo digo exactamente lo mismo. Qué es más extraño: ¿un GPS o una estrella?. Aunque esté en un anillo. Y a veces te haga bombear la sangre en el dedo y sientas que algo está pasando, y a veces duela porque te corte el borde, y sientas que algo está pasando, y otras , las menos, sientas que la estrella del anillo no dice nada, no late, ni tiembla, no ríe, ni recuerda, y sepas que está durmiendo, como vos?
Ya los adolescentes duermen y los colectivos hacen cimbrar la casa. Pronto empezarán los pajaritos a anunciarme que se me hizo de día escribiendo. Pronto, el desvelado , o la desvelada que lée esto, bostezará y se irá a su cama, con su pareja o no, con su hijo o no, con sus muertos, con sus amantes, con sus recuerdos, o no. Y la vida seguirá para todos y todas, para los extraños seres o los que se consideran normales en este mundo donde la guerra es más común que la paz. Donde comer en un mac burgal es lo corriente, y no sacar los huevos del gallinero del fondo como hacía mi abuela. Donde evaluación significa lo mismo que calificación. Y los maestros de matemática no son gente con los pelos revueltos enseñando la grandeza y los enigmas de esa ciencia milenaria. Donde el arte se mueve al ritmo del mercado, de la bolsa de Wall Street y jamás se buscará en los hospicios. Donde si sos capaz , lo demostrás con una buena nota, y el que viene de Fuerte Apache es un negro cabeza que puede llegar a afanarte, ojo, ni lo mires. Donde defender a Garzón es reprobable por la justicia española aunque haya juzgado más crímenes que el mismísimo Franco. Donde la soja avanza en el mundo y se tala en la Amazonia un campo de fútbol por minuto. Donde hay gente brindando con champagne mientras en otro sitio del planeta que es un puntito miserable en el medio de vías y calles lácteas y alcohólicas, hay pibes con brazos amputados, sin madre, sin padre, llorando con los mocos sobre sus panzas gordas de hambre. Donde hay patriarcas y súbditos. Como en la Edad Media. Donde lo que se dice se desdice de un plumazo o de un disparo: Tenés la puerta abierta, le dijo ella al chofer, y perdió un brazo, sino su vida. Así desayunamos, con la Jolie y el Pitt o  una bomba en Iraq.Sé igual. Así nos asustamos. Metiendo en cárceles a tipos que tienen hambre y sacando de ellas a asesinos y narcos. Así.
Por eso, Emil, prefiero escribir a jugar al backgamon. Ya sé que vos hacés las dos cosas. Por algo sos hombre. Y yo una mina. Madre y mina. Son como dos cosas distintas, pero no. Madre hay una sola. Minas unas cuantas.

Madre hay una sola

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Cuando desperté hoy de mi siesta (que desde hace unos años a veces tomo) experimenté por un lado un enorme placer; llovía afuera, adentro se estaba bien, sin humedad, sin frío, la penumbra me iba mostrando las aristas de los objetos tan conocidos, despacio, sin apresuramientos, sin estridencias. La música que llegaba del cuarto de mi hijo ( como llovía no había ido a trabajar) era rara, no podía determinar de qué genero era porque se acoplaba con el sonido archiconocido del juego de estrategia, el famoso LOL o League of Legend que viene jugando hace casi ya ocho años, no sé…

Por otro lado, al despertar me vino un pinchazo de angustia justo en el medio del corazón o quizá más abajo, en la boca del estómago, me aceleró el ritmo cardíaco, me bañe en un sudor frío y sentí un vacío tan grande que aunque su intensidad fue decreciendo bastó para que me replanteara estas dos situaciones tan encontradas ¿no? el enorme placer por un lado y el vacío, también enorme, abismal, que no entendía por qué se anunciaba tan cercano al placer.

-Si a mí me encantan los días grises de lluvia -pensé- ¿cómo es posible sentir tanto agobio cuando todo está dado para tener que agradecerle a la vida el haberme reservado un día así, a mis cincuenta y cuatro años: una notebook en reposo, para seguir escribiendo la novela o ver la serie que estoy viendo, escribirle a alguien o recibir de alguien un mail? -seguí pensando mientras me iba incorporando, poniendo las pantuflas, acomodando las almohadas todavía tibias, mientras el LoL y sus sonidos, las risas o las puteadas de mi hijo se sucedían una y otra en un eterno toma y daca provenientes del otro cuarto, amortiguadas por mi somnolencia- ¿Cómo puede alguien angustiarse con la vida que tengo, si ahora me puedo hacer un mate, un par de tostadas y sin importarme las calorías engullírmelas con placer, mientras las luces de la cocina me iluminan la tarde?porque hasta eso, yo me puedo dar el lujo de elegir donde escribo- me dije mirándome al espejo del baño, mientras el agua fría me enfriaba la frente y todo lo que está detrás de ella.

Anduve los pasos que me separan del baño a la cocina y los libros apilados en las bibliotecas, los cuadros, los espejos, las ventanas, todo me era querido. Todo. Pero la angustia percibida estaba todavía ahí, encogida, a un costado del hígado, ya, dispuesta a quedarse y a angustiarme  de verdad toda la tarde.

Abrí la notebook y entre ofertas y suscripciones, tenía un email muy lindo; un mensaje de una amiga con la que me dejé de ver hace muchos años, tantos que comencé a pensar en que las últimas veces que fui a su casa fui acompañada de mi hijo que en esa época era un adolescente lleno de granos y hoy ya tenía veintiuno.

Y habrá sido porque el mensaje lo mencionaba también a él, como parte de una dupla que hoy ya no existe, una dupla que mi amiga, su marido y sus hijos recordaban. Me acordé de esa época y calculé que en ese entonces, él, mi hijo, estaba en la secundaria, me abrazaba cada tanto, comía conmigo casi todos los días y casi siempre de comida que yo preparaba, me acompañaba a las casas de amigos, compartíamos el estudio para escribir yo, jugar y / o estudiar él, viajábamos juntos de vacaciones, cuando salíamos a hacer compras no le daba vergüenza pasarme el brazo por arriba del hombro, y cosas por el estilo.

También recordé que en el tiempo que él estudiaba, yo andaba de un lado para el otro, ya sea haciendo algún curso o dándolo, trayendo el pan a casa, ya que siempre fui padre y madre en nuestra economía.

Entonces, a pesar de que ese pinchazo recibido al despertar se iba convirtiendo en líquido que amenazaba con salir por mi nariz , los ojos, pero se quedaba en la garganta; el panorama se me iba aclarando de a poco. Era el precio que hoy pago, como toda madre desde que existen las madres, de haber tenido hijos queridos, el precio de haber disfrutado de mi maternidad a pesar de no ser una madre normalista ni a tiempo completo, el precio por haber disfrutado de ese sol que tuve tan poco tiempo, ¡dios, tan poco! y que ya jamás volvería a ser lo que era.

Así como cuando quedé embarazada me preguntaba por qué no me habían aclarado antes que una la pasa mal si tiene vómitos, que una la pasa mal si tiene que dejar de hacer lo que venía haciendo, si una cambia hormonalmente de la noche a la mañana, ahora me pregunto por qué no hice caso cuando mi madre ( muerta casi cuando yo tenía la edad de mi hijo ahora) me decía que el tiempo de los hijos chiquitos era el tiempo más hermoso para una mujer que había decidido tenerlos. Por qué me hacía la superada y le contestaba que a mí jamás me iba a dar el síndrome del nido vacío, porque yo estaba llena de cosas y proyectos y amistades, y y y… y. ¿Por qué?

La vanidad de la juventud contra los ciclos de la vida no dejan de sorprenderme en estos días. Claro que ahora tengo tiempo para mí y mis ritos, lo que gano es para mí y no debo vivir con la zozobra de no tener para darle de comer a mi hijo, claro que ahora me olvidé del tiempo de vacaciones escolares y actos escolares y reuniones con maestros y tantas cosas que antes me “robaban” mi tiempo, según creía yo, con mi furia todo lo quiero y todo lo puedo.

A cambio está ese tiempo que sobra aunque mi psicóloga diga que a mí no, a cambio está ese piso limpio, sin juguetes para tropezarse, esa cocina sin manchas de chocolate, esos horarios sin límite que una administra a su antojo.

No sé por qué hablé de esto hoy, será que estuve a punto de tomar una pastilla para la ansiedad que me provocó el pinchazo, cuando me di cuenta que de ahora en más, la explicación es que no hay ansiedad, hay tiempo de sobra y una madre que como siempre y por ley de vida, ha quedado sola en una casa limpia.

La sociedad sin sufrimiento

Tío

Hace ya unos buenos años que vengo constatando una realidad que me desagrada: vivimos en una sociedad que no se permite el sufrir. O para ser más exacta, nuestra sociedad explota el sufrimiento cuando le conviene, pero le huye día a día, minuto a minuto.

Lo experimento cada vez que pierdo amigos por contarle mis pesares; lo padezco cada vez que escribo sobre mis días de agobio en este blog o en cualquier red; lo percibo, sí, lo percibo cuando debo usar una tercera persona para que sea más fácil de escuchar mi historia.

El famoso dicho “es para una amiga” tan usado en Facebook a modo de broma, se me hace imprescindible a veces en mi charla habitual, con gente que cuando yo era activa y fuerte y apasionada y bella me tenía en alta estima, pero que ahora no soporta mi caída.

Vivimos tan anestesiados por los tranquilizantes; vemos tanto llanto, tanto drama en la televisión; usamos tanto ¡en secreto aún, por Dios! a los psicólogos; que ya no contamos a nadie nuestros males. Mejor dicho, lo hacemos sí, claro está, pero las consecuencias que nos sobrevienen son nefastas.

Acabé ayer de ver los treinta capítulos de una serie fantástica llamada Borgen, una serie danesa sobre la vida de una mujer que se convierte en primera ministra de un momento para otro. El cambio que produce esto en su vida, en los que la rodean, y los mundillos que debe comenzar a conocer de primera mano: el político y el de la prensa, son los temas de la serie.

Pensé que Dinamarca estaba lejos de ser como Argentina, pero estamos en igualdad de condiciones. Todavía vivimos en la época victoriana. No debemos comentar nuestros flagelos, no debemos mencionar nuestros malos días, no podemos -si queremos ser exitosos y/o aceptados en la comunidad- decir nada acerca de nuestro cuerpo, de nuestro sentir. Emociones y dolores son completamente tabú si queremos construir una carrera.

Vivimos en un tiempo en el que la gran mayoría del pueblo no soporta el sufrimiento de verdad. Necesita que lo sufran sus ídolos para levantarle o bajarles el pulgar (o lo que es lo mismo hoy) bajar o subir la audiencia de un programa de TV, o la cantidad de  periódicos consumidos ya sea en su forma tradicional u online.

Entre amigos, se puede comentar sobre el dolor que padece tal personaje en tal serie, pero cuidado con decir estoy deprimida; entre familiares podemos recomendarnos las mejores y más tristes películas, siempre serán aceptado y hasta agradecido; pero guay con mostrar una foto de un pariente querido y amado que se arrumba en un geriátrico o un hospital.

Porque eso hacemos, no mostramos el dolor de verdad. Lo queremos en la ficción y hasta hay gente que tampoco lo soporta masticado así. Queremos una sociedad sin sufrimiento. Queremos héroes que sufran por nosotros y podamos olvidar al otro día. Queremos que nuestros viejos (esos que nos han dado de comer, que nos han hecho masajes con sus manos llenas de artrosis, o que nos han prestado su oreja en más de una ocasión) mueran pronto lejos nuestro, sin verlos y sin olerlos, quizá aceptamos que alguien nos lo cuente hasta que le decimos basta, basta para mí que me hace mal. Porque sabemos que así será nuestro final como no cambiemos nuestra mirada sobre el ser humano.

Los gatos, los bebés, los niños, son parte de la vida. Pero también lo son los viejos, los dolientes de nuestra familia. Sé que en las redes sociales si subimos las fotos de un gatito con un moño y una canastilla que diga “my baby” tendrá muchos más “me gusta” que una mano lastimada de una tía mía. Muchos, también lo sé, dirán, y para qué queremos ver la mano lastimada de tu tía, a lo que yo podría responder, y para qué quiero ver un gato en una canastilla. ¿Pasaríamos entonces a un tema de estética? No, porque la mano de mi tía puede ser una fotaza mientras que la del gatito puede ser una chapucería. ¿Entonces?

Entonces es que el gato no nos duele, la mano de mi tía con su llaga y su piel apergaminada, sí. Pero yo no quiero olvidar a mi tía. La quiero como la quise, cuando era guapa y fuerte. En cambio al gatito no lo conozco. Pero, volvemos a lo mismo, no todo el mundo tiene que acompañarme en mi dolor, y yo pregunto:¿todo el mundo debe ver un gato que ni sabemos cómo se llama ni qué hizo más que nacer y dejarse poner un moño para una foto que es una cursilería? No. ¿Y por qué la foto del gato tiene veinte likes y la de mi tía tiene un silencio de muerte? Lo pregunto, porque no lo entiendo. Lo pregunto, no lo concibo.

Creo que no debemos olvidar a nuestros antecesores. Merecen que los mantengamos vivos mientras están vivos. No debemos ser injustos con quienes nos dieron todo para que seamos lo que somos. Debemos aceptar el dolor en nuestra cotidianidad, hablar de eso, no ser una sociedad que maquilla nuestros moretones.

Los que hicieron que lleguemos a edades impensadas el siglo pasado, deben hacerse cargo de sus engendros: nosotros.

Yo abogo siempre, será herencia de mi madre,  por una vida corta. Siempre digo a quien me quiera escuchar, porque no siempre la gente me quiere escuchar, que a los cincuenta años ya es una buena edad para ir pensando en morir, y si no quiero asustar a quien me escucha, los cincuenta son una buena edad para comenzar a aceptar nuestra decadencia física, para tener nietos, para dejar de correr de un lado al otro y para brindarle a los más jóvenes, nuestra experiencia. Si estoy conversando con alguien más asustadizo aún, digo que ya estamos como para tener nietos.

Lo que en verdad quiero decir usando todas estas expresiones, es que debemos aceptar que así como un leopardo, o una jirafa, o el animal que se les cruce ahora por la mente, fueran diseñados biológicamente para vivir una cantidad de años, nosotros también lo fuimos. Fuimos diseñados para copular y parir casi treinta años antes ( o cuarenta) de lo que lo hacemos. Fuimos diseñados para tener vigor y fuerza muscular -sin aditivos ni conservantes, sin energizantes ni vitaminas- durante unos años suficientes como para que nuestro corazón y arterias, nuestras fibras musculares e hígado, nuestra piel y ojos lo puedan realizar sin estrés. Pasados esos límites, todo se vuelve una carrera contra nuestro propio cuerpo, ni hablar que contra el cuerpo de los demás que nacieron décadas después que nosotros.

Así que en vez de intentar subirnos las tetas con corpiños push up, o fajarnos para que los dolores de espalda queden comprimidos, pensemos que es hora de aceptar que nuestro valor radica en las neuronas que tenemos, ellas son las únicas células de nuestro cuerpo que pueden vivir y multiplicarse si las mantenemos activas. Hasta hay algunos que arriesgan a decir que ellas pueden vivir quinientos años o nacer nuevas si es que las sometemos a un ritmo de trabajo constante.

Pero nuestra sociedad no quiere neuronas, quiere robots. No quiere cerebros, quiere cuerpos de gimnasio. No quiere sufrimiento, quiere bailar cumbia todo el día, alegría, no pensar, no detenerse, no contemplar ni lo que somos ni lo que fuimos y mucho menos lo que seremos. Por eso, cuando hay alguien que se encarga de recordarlo día a día, como yo, el castigo es la soledad.

Eso es lo que siento en este domingo soleado, por ejemplo, en el que mientras la mayoría intenta pensar qué hacer con tan hermoso tiempo, yo recuerdo los ojos de mi tía, ayer, en el geriátrico, y lloro.

Yo no pienso, escribo

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Marcelo Cohen como aparece en la Boca de Sapo

“Mi pensamiento funciona a ráfagas. Acá tengo un montón de notas que tomé mientras escribía la novela, que leídas ahora me parecen re-sesudas e interesantes, que me ordenan muchísimo… y sin embargo hoy sería incapaz de escribirlas; me olvidé de lo que sabía en ese momento. Si pudiera hacerlo sería perfecto (como otra gente que conozco que tiene un pensamiento de una claridad y transparencia admirable… La concentración es un atributo de la inteligencia). Yo creo que escribo para poder pensar, para poner claridad a mi pensamiento. Por supuesto que escribo además porque es totalmente gratuito y porque me gustaría lograr un objeto que antes de que yo empezara a modelarlo no hubiera estado en el mundo, una cosa de la que no se tuviera noticia previa”.

De una entrevista a Marcelo Cohen en la Revista Boca de Sapo.

Hoy tengo uno de esos días que avanzan como los antiguos motores, o mejor dicho, como los motores de los antiguos coches. Explosiones pavorosas seguidas por silencios miserables.

Las explosiones me entusiasman, me recuerdan que la vida existe más allá de mi deseo, más allá de mi propósito.

En los silencios, en cambio, tengo que hacer fuerza para no escuchar los bocinazos de los estúpidos conductores que desean llegar a tiempo a algún lado sin quizá necesitarlo, hacer oídos sordos a los helicópteros que seguramente persiguen a algún fugado; o debo forzarme a  hacerme un mate y pensar que ahí radica el misterio de la vida.

En esperar al lado de la pava, para apagar el agua antes de que hierva pero cuidando de que no esté todavía fría. El misterio de la vida en estos días de explosiones y silencios consiste en ser centinela de una pava, del agua en una pava, de un mate al que quizá le dé dos chupadas y lo abandone al rato, entusiasmada por alguna otra explosión que me depare el devenir.

Entre esas  dos o tres explosiones de felicidad que hubo hoy en mi vida, está la nota a Marcelo Cohen que publicó en sus Reseñas la Revista Boca de Sapo.

Un lujazo que recomiendo sin contraindicaciones.

Como casi todo lo de ellos, pero hoy, tan sólo por hoy, un poquito más; porque parafraseando a Onetti o a Celine según dice Marcos Herrera en la entrevista: hoy “quiero que me dejen en paz”.

 

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El miedo a Europa

PLAZUELA LOS GITANILLOS DE CADIZ

“Canta hasta que la boca te sepa a sangre”

La reina descalza, Ildefonso Falcones

Desde que llegué a España tengo la sensación de no encajar. Dicho así es lógico, hace un mes que estoy aquí después de diez años. Aquí  he vivido cuatro años, pero en otros tiempos, tiempos de bonanza para España, tiempos de desdicha profunda (2001, Corralito) para los argentinos.

Ahora, la sensación que tengo es más animal. Y voy a tratar de contarlo de frente a la vista lejana de las luces del Escorial.

Mi sentir no pasa hoy por lo lógico, sino por lo que llevamos metido en nuestra sangre desde que nuestros abuelos (o padres en mi caso) han ido a hacerse la América: el miedo.

La huída de ellos de una Europa de guerra, entre, o pos-guerras; nos lo han transmitido así como los dichos, las comidas, las preferencias por tal o cuál arte, lo que sea junto con el miedo. Hemos mamado Europa desde pequeños, y ahora que hemos (algunos) regresado, y algunos otros como yo, por no sé qué cantidad de veces (creo que la cuarta ya) no como turista, sino a vivir con un pasaporte y una nacionalidad que por Ius sanguinis nos es otorgada; la vivimos, la olemos, la caminamos y, en mi caso, la padecemos.

En la Argentina hay un dicho que significa esto de haber mamado la “europeidad” y es el que dice “Los argentinos descendemos de los barcos”. Y ( aunque yo siempre acoto: los porteños sobre todo, quiero decir los de la ciudad de Buenos Aires) es así tal cual, por lo menos para la gente de mi edad.

En Argentina uno va por la calle, en un colectivo, tren o … o se encuentra en una reunión con gente que no conoce y si se pone a indagar, la gran mayoría dirá que su padre o su madre han venido en barco desde Europa, y si no fueron sus padres o madres, sus abuelos y abuelas. Los argentinos descendemos de los barcos, o venimos de los barcos, da igual.

La cosa es que yo vine a Europa, por vez primera, hace treinta años. Más de la mitad de mi vida. Era una docente recién recibida, o una artista haciendo sus primeros pinitos, que nunca había salido del país, y, para que se imaginen los lectores jóvenes, no existían más que los mapas y los atlas. No había internet, no whatsapp, no móviles, no ge-pe-eses. Nada.

Recuerdo que le conté a mi hermano que quería irme a Europa, y él que ya había vivido aquí, me dijo, ¿pero a dónde? porque Europa es grande. Le dije, no sé, quiero irme a Europa el año que viene. Él trajo un mapa, y me dijo, a ver Diana, mirá acá, ¿ves? aquí estuve yo, dijo marcando con su dedo sobre el mapa a Milán, ¿a dónde te irías vos? Yo miré los colores de los distintos países, y le dije, pues acá. Y puse el dedo en España.

Claro que en ese momento, ni me imaginaba que cuando viniera a España, los españoles no hablarían en ” argentino” sino que hablaban en castellano, o como se le decía en aquel momento, en español, que para nosotros era solo uno.

Y así fue que cuando llegué al aeropuerto viejo de Barajas, parecido al viejo de Munich, parecido al viejo de Chile (en esa época todos los aeropuertos se parecían bastante) me encontré con que me hablaban tan rápido que no era capaz de entender lo que me decían hasta después de una o dos veces, así de dura era yo de oído…

Pues, al rato de estar dando vueltas con un bolso sin rueditas como los que hay ahora, de color magenta, y tan largo como mi desamparo; que me habían ayudado a montar en un carro que tenía un hierro tan alto, tan alto, que ni siquiera me permitía ir al baño (servicio le decían acá), me cansé, y llamé de un teléfono público a mi otro hermano que hacía poco más de un año vivía en Alemania, para decirle que me iba hacia allá.

Hoy recuerdo todo eso y me río mucho, de mi ingenuidad, de mi inocencia; pero también lloro y me pregunto por qué, por qué no nos contaron, por qué no nos dijeron, por qué solo fueron capaces, nuestros padres, de repetir hasta el hartazgo historias de miseria y guerras.

Deduzco que fue porque en América ( y como buena americana que soy no hablo de América del Norte solamente, hablo de toda América) encontraron trabajo, y pudieron rápidamente hacer lo que no podían en Europa: comer, trabajar, tener dignidad, casa , techo, dinero…no sé. Es lo que pienso ahora, ya con la edad que tenía mi abuela cuando estaba cómodamente instalada en Argentina.

Pero volviendo al tema del título, el miedo a Europa, es el miedo del que quisiera hablar, el miedo a ser ciudadana de segunda categoría, el miedo a que las autoridades y sobre todo los empleados públicos, no la gente común ¡por favor!; nos traten o me traten como si tuviera que demostrar que soy valiosa, que no vengo a quitarle el trabajo a nadie, que vengo en son de paz como dirían en los cuentos.

Desde que llegué hace un mes, siento que a mi Europa me la han cambiado, ya no es la solidaria, ya no es la interesada en saber cómo vivíamos los hijos de. A esta Europa le han metido una gran dosis de fachismo, de esto es mío esto es mío y solo mío, una dosis de miedo al otro, miedo al miedo.

Por eso es que me siento fatal, y desde que llegué, salvo el período que anduve por los campos del Quijote, cuento los días que me quedan para irme, como hace una condenada. Porque quise como siempre ir por la senda legal y me encuentro que cada vez me la ponen más difícil, y que si hubiera seguido los consejos de algunos experimentados españoles, hoy no estaría yendo de oficina en oficina pública, ni gastando euros en obtener algo que no pienso usar, porque decidí volverme ya, en poco más de diez días.

El miedo se ha introducido en mis venas o ha salido de ellas, el miedo no me deja dormir, el miedo saca toda la tristeza del mundo ni bien abro los ojos, o me despierta cuando el muchachito con el que comparto casa se va a dormir, después de jugar en su ordenador hasta altas horas de la madrugada, cosa común hoy en día, pero que aquí me deja en la más absoluta soledad, y me pregunto cómo es que llegué a esto, si fui una mujer tan viajera como experimentada en esto de vivir en Europa.

Pues, el otro día terminé un libro que me prestó una amiga, La reina descalza, una novela que si bien no me atrapó en su trama durante sus 740 páginas, me removió dolores ancestrales. Una novela en la que Ildefonso Falcones cuenta las peripecias de una negra libre recién arribada de Cuba a la Sevilla de 1748, sin saber a dónde ir y que termina haciéndose amiga de una gitanilla, antes de la gran redada contra los gitanos de 1750 y pico.

Este libro me fue acompañando noche a noche, rato a rato, en los distintos momentos de mi vano intento de arraigo europeo, y muchas veces sentí que en vez de hablar de la morena liberada o de cualquier gitano que trataba de conservar su dignidad, estaba el autor hablando de mi sentimiento, de mi cansancio, de mi dolor. Para no hacer este posteo tan largo voy a citar una de las frases que junto con la del principio, fueron las que más hondo calaron:

“Había respirado solo cuatro bocanadas de libertad ya y los recuerdos se abrían paso en su memoria”

Porque es eso lo que hoy siento, me fui de una Argentina diezmada, donde respirar se me hacía difícil, para acabar en una tierra donde fui muy feliz en otros años, pero que hoy siento que sus gobernantes, sus empleados públicos, me dan la espalda. Y no solo a mí, como me ha aclarado hoy una vecina española que pronto cerrará su hermosa tienda gracias al acoso de la hacienda española. Europa le está apretando el cuello hasta a sus propios hijos nacidos aquí.

Eso es básicamente lo que quería contar, el miedo que se respira en cada habitante de suelo europeo, que no es el lógico miedo a morir en un atentado de unos fanáticos religiosos como nos quieren hacer creer, o bajo los misiles de un lunático presidente de un país del Norte que solo sabe mirar su ombligo o su peluca anaranjada. Hoy, en Europa, hay miedo. Y sobre todo al tremendo papeleo que exigen para poder trabajar, sea uno nacido y criado aquí o descendiente de los barcos.

Si no, vean solo el trailer de la triste y bellísima película inglesa: I, Daniel Blake. Aquí en español: Yo, Daniel Blake .

Yo, Diana Laurencich.

 

A todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar algún suelo en este miserable mundo.

A las redes las carga el diablo

Entonces todos, filósofos,científicos, y gente de la calle, deberíamos poder tomar parte en la discusión de la pregunta de por qué existimos nosotros y el Universo. Si hallamos la respuesta a eso, será el triunfo definitivo de la razón humana…,porque entonces conoceremos la mente de Dios.

Stephen Hawking, Historia del tiempo.

 

Acabo de leer que a una mujer le dio un infarto por hacer una broma pesada en el facebook. Acabo de postear algo sobre eso y ya saltó alguien que me quiso convencer de que el facebook es tal como la vida real, que se encuentra gente de la buena y de la mala, como en la vida real… como si no lo supiera.

Por eso quiero contar lo que me pasa con las redes, y con la vida real, ya que para mí no hay diferencia. Unas forman parte de la otra. Nos guste o no. No hay gente en el facebook y gente en el no facebook, hay gente. Buena y mala y más o menos y menos que más. Y hay redes que maneja esa gente real. Y a mí todo lo que haga la gente, me atraviesa de una forma muy profunda, casi enfermiza diría. Tanto en la vida real como en el mundo virtual, que ya expliqué que es completamente real aunque sea mentira, aunque sea obvio que una mujer que muere de un infarto tenía su minuto predestinado para estar aquí y su minuto para pasar a mejor vida.

Lo que leo, lo que escucho me interpela y me conduce a un estado de cavilación que quizá a otro no. Y ese es el poder del que trato de mantenerme protegida. De ese anonimato, de esa no mirada, quiero huir como la peste. De ese asesinato sin cuchillos que se provoca cada día y se replica millones de veces sin saber a quien podemos llegar a lastimar.

Cuando hablo del poder de las redes quiero decir que soy consciente del poder que nos han dado, quienes son los que nos lo han dado y para qué. Y soy consciente de que, obviamente, podemos participar o no. Ese poder, si es que decidimos tomarlo, si es que “le vendemos nuestra alma” nos puede jugar en contra, como le pasó al viejo Einstein, puede ser desvirtuado y usado para generar un hongo atómico como el de Hiroshima. Es un poder tan al alcance de la mano como un arma cargada, como un cuchillo tramontina simple, de esos que usamos casi todos los días para comer pero que un día en una pelea doméstica, sin darnos cuenta cómo ni por qué, lo sostenemos contra el cuello de alguien o contra el nuestro propio. Si no somos conscientes de su magnitud y muy precavidos, podemos modificar los hechos más allá de lo que nosotros mismos deseamos.

Por eso me dan tanto miedo las redes usadas indiscriminadamente. No sabemos, cuando nos relacionamos con el otro, qué es lo que podemos generar en él porque no vemos su cara, no sabemos cómo amaneció, no sabemos qué planes tiene, ni si está de buen humor o está pensando en la soga que va a apretar su cuello hasta dejarlo sin aire.

En estos días que estuve postrada, no solo usé mucho más las redes que de costumbre, sino que también tuve más tiempo para reflexionar sobre ellas y también para percibir todo tipo de redes y frecuencias.Bajas y altas. Y así me llegaron algunas señales que de otra manera no las percibo, porque corro -aunque menos- como todo el mundo.

Mi tiempo de reacción se duplicó o triplicó en estos días para lo bueno y lo malo, y la poderosa intuición que me caracteriza se volvió más obscena. Pude escuchar a mi corazón y distinguir con más precisión las señales que emite este mundo y el virtual, y el metafísico, y también -cómo no- el del inconsciente y los sueños.

Tanto fue así, que ayer, abrumada por tanta data y tanto murmullo en mi cabeza, me hice un mate, y apoyada en la mesada de la cocina, comencé a llorar para aliviar tanto dolor. tenía enfrente las fotos de mi viejo que le sacó hace muchos años, mi sobrina Rocío. Las miraba y pensaba en lo que él me diría si estuviera vivo. En cómo me compensaría con su amor, tanto sufrimiento, ya que la otra que lo hacía, mi tía Darinka, está internada en un geriátrico desde el lunes de la semana pasada. Miraba a mi viejo y me preguntaba si estaría con mi mamá, o con quién, y dónde.

Así que se me sacudió un poquito el “cuore” cuando sentí un poco de paz que me venía de una red que generalmente minimizo, la red de los que ya estamos grandes (o de los que han sufrido mucha humillación en la vida) y en la que surfeamos con el correr de los años cada vez más seguido y navegamos, a medida que pasa el tiempo, cada vez con más banda ancha. La red de una fe en un poder superior a nuestra humanidad y nuestra razón, donde todo tiene su por qué, donde todo tiene su ida y vuelta.

Pasó el día y ya de madrugada, echada en la cama muy pero muy triste, y mirando la estancia tan archiconocida, los cuadros, los espejos, los lomos de los libros; uno brilló entre ellos. Brilló de manera especial. Tanto, que a pesar de mi dolor y de mis ganas de no moverme, me levanté, lo saqué de entre los otros y lo abrí en cualquier página.

De “Mujeres que corren con los lobos” (Clarissa Pinkola Estes), leí el capítulo que abre con un cuento  atribuido a los Grimm: La doncella Manca. Este cuento fue escrito en el siglo XIII por Philippe de Remi  y  reescrito  y vuelto a redactar tantas pero tantas veces que se hicieron tantas versiones como culturas fue tocando.

Cuando terminé de leerlo, caí en la conclusión que el que me hablaba por ese medio era mi viejo en contestación a mi pedido de la tarde, cuando miraba su foto y le rezaba pidiéndole saber qué hacer con mi vida. Porque ese libro, que recibí en Alemania de manos de mi hermana y seguramente elegido por ella, fue el último libro que papá me regaló en su vida. En la dedicatoria y con su letra dice: Con cariño para mi hija Diana, papá y ese cariño está sellado con su firma, con el símbolo del infinito repetido varias veces sobre su nombre. Así firmaba mi viejo sin saber, casi seguro, lo que eso simbolizaba.

Pues bien, esas son mis redes por estos días. Las que perduran y están llenas de amor, y no de basura disfrazada, no de competencia escondida en mensajes oscuros, no en falta de respeto, no en egocentrismo, no. Pensemos antes de escribir en cualquier red. No digo que la mujer haya muerto en su propia ley, pero que a las armas las carga el diablo, sí.

El infinito o Dios, el que me conoce.

 

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El hombre que conocía el Infinito.

Las matemáticas y Dios me han atraído desde siempre. En ambas cosas, si es que se les puede llamar así y, aunque por períodos me haya acercado o alejado, he creído.

Desde hace un tiempo, mi creencia en que Dios existe  -y no uno punitivo ni vengador-sino creador de lo que no podemos modificar, y no podemos modificar porque sencillamente no conocemos, se ha acrecentado.

Hay gente que probablemente me quiera rebatir lo que escribí o me quiera demostrar lo contrario y solo puedo decir, no sé, solo creo. Como creo en el álgebra y en el número infinito que aunque  este último se puede graficar con un símbolo, como la palabra Dios, nadie hasta ahora pudo abarcarlo o decir, sí yo lo he visto.

Dicen los que vivieron mucho que más viejos nos ponemos, más sabios nos volvemos. Eso sería una de las respuestas más tontas que puedo dar como excusa. Dicen que los que sufren mucho, tanto que no pueden tolerar ese sufrimiento, se vuelven creyentes de la noche a la mañana. Otra excusa más. Pero la explicación, la verdadera explicación para mi creencia, es mi intuición. Y sobre ella, tampoco  tengo nada para decir, salvo que me ha salvado de muchas situaciones engorrosas.

Tampoco tengo explicación sobre los dones que se nos otorgan sin nosotros pedirlos. Aunque en los tiempos en que vivimos se diga que los dones, las habilidades, los talentos, en fin; la capacidad para hacer algo bien, se determina por nuestro esfuerzo (la tan mentada) “meritocracia”, yo no creo en eso. He conocido muchos talentos que fueron denostados y hasta murieron en la miseria, sin jamás ser reconocidos. Otros, que fueron reconocidos cuando les llegó su hora, o también después de muertos.

Quiero decir que no somos dueños ni artífices más de lo que podemos hacer cada día por cultivar eso que llevamos dentro y que no sabemos desde qué tiempo está allí. Oponernos a ese talento, a esa capacidad, es inútil; como es inútil intentar opacarla, como es inútil también, querer hacer alarde de ella.

Pero todo esto lo vi reflejado anteanoche en una película que vi, que trata de la relación entre estos dos “opuestos” – para los más duros- , la ciencia matemática y la relación con Dios. La película es desvergonzadamente conservadora y sentimental pero cuenta una historia tan buena que es difícil de resistirse. Así dice de ella, Allan Hunter, y yo suscribo lo que él dice. Si la historia no fuese real, la película sería para olvidar. Pero como está basada sobre hechos reales, es más sobre personajes reales, para mí cobró un sentido como pocas.

La historia del matemático indio Srinivasa Ramanujan y su relación con el británico y ateo Hardy, interpretado por Jeremy Irons (siempre un placer el verlo) , es la que toma El hombre que conoció el infinito. Los diálogos entre ellos dos, son creo yo, lo que mejor le sirve a la película para ser tomada en cuenta. Lo demás, no es lo importante.
Como toda cuestión de fe, de creencia, no puedo más que seguir dudando y preguntándome acerca de eso, para llegar algún día a la conclusión de que no hay más preguntas que me pueda hacer. Así que invito al que lee esto que vea si puede la película, escarbe en us diálogos y después, si quiere, me tilde de ingenua.

Los ayudantes de mi caída y mi renacimiento

Rojo sol, luna cruel,
papi nunca va a volver.
Nada es tuyo de verdad,
ciérralos, duerme ya.
Si muero  mientras dormís
no te pongas a llorar…
Nada es nunca lo que ves,
escalá hacia lo que soñés.
Si muero mientras dormís
no te pongas a llorar.
Ciérralos,
duerme ya.

Esta nana, desde que la escuché hace años en el Torcuato Tasso cantada por Dolores Solá acompañada por su marido Acho Estol, no dejó de sonar, obsesivamente, como la luna cruel de la que habla. Se reprodujo una y cien veces hasta que me hizo surco en el alma.
Algo hay en ella que me hizo sacar la cámara del bolso y hacer lo que nunca hago, registrar en vivo un tema. No me gusta, no por lo derechos de reproducción a los que jamás le doy bola, porque no se puede comparar el escuchar a La Chicana en vivo o escuchar su disco con ver un estúpido video.
Para nada. Sería, como dijo Zaffaroni, el juez al que acusaban de tener un prostíbulo, sería una débil mental si lo pensara.

La cosa es que fue ese recital el que abrió hace años la puerta que me hacía falta.
Después de  siete años de búsqueda, de siete cabalísticos años de demoler muñecos, de golpear manos y que nadie salga del rancho, meses en los que quedé enfrentada a mi conciencia, a mi más absoluta soledad, desencantada de tipos a los que les pedís trabajo y se hacen olímpicamente los boludos, amigos que te dan la espalda, gente que no tuvo nada que ver en lo que pudo haber sido el detonante de todo, pero la voz corrió y hubo pocos que supieron lo que dice la nana del principio, nada es nunca lo que ves, un caso de amor más se convirtió en un crimen por el que debo pagar, quién sabe, hasta el fin de mi vida.

Decía antes que en estos años, de volver sí, a encontrarme con los amigos verdaderos, esos que siempre estuvieron , más allá de la fama efímera, del éxito de mercado, esos que te quieren por tu esencia y no por la botella de champagne que le llevás a la fiesta, esos que lloran con vos o te pegan un revoleo cuando te ven con el rouge corrido siendo una decandente máscara de lo que una vez fuiste, esos, de fierro, tremendos cachos de fierro que no te sueltan ni a sol ni a sombra, esos son pocos, muy pocos, y de una u otra manera en general, están ligados a tu infancia, o a tus principios; cuando, como dice la nana “escalás hacia lo que soñás” y no tenés delirios de grandeza, ni te la crees. Sabés que lo que hoy está encumbrado en un palo dorado cae mañana por un feroz viento del sur y se rompe en mil pedazos y nadie te va a ayudar a juntar los pedacitos de muertes y vidas , historias de renuncias y decisiones que subiste ahí, bien en lo alto, para que todos vean y digan ohhhh… Es entonces como cuenta Maradona, a quien amo profundamente porque un tipo que le da tanta alegría a un pueblo, a varios pueblos, (digo a varios porque en 1987 apareció en un afiche de un bar de una reproducción a escala real de la ciudad de Yemen, dentro del Deustches Museum de la ciudad de Munich.Creo que ahí tomé la dimensión de cómo lo querían los pueblos, en una de las situaciones más surrealistas que vi con mis propios ojitos, cuando aún no necesitaba anteojos, pero no tenía una cámara de video, ni siquiera una de fotos para demostrar la fuerza de ese personaje que atravesaba tantas barreras en una época en que la internet estaba lejos de ser un ayuda memoria más en nuestra vida) y decía entonces que un tipo que tanta alegría le dio al pueblo argentino, más al de Yemen más al alemán, por lo menos en este caso que cuento, no se merece ser tildado de drogadicto, o arrogante. Es un tipo que vivió lo peor de lo peor, pasó de pobre villero a vivir como un rey a quien se le abrían todas las puertas, y de repente a ser un degenerado que sólo toma cocaína. Eso es lo que me duele, la estigmatización de la gente por la gente misma, el cerrar puertas en tus narices porque una vez en tu puta vida no hiciste lo que se suponía debías hacer, le fallaste a la sociedad, le clavaste un puñal a las buenas costumbres, viviste con ganas arriesgándote mientras los que te acompañaban hasta entonces dijeron no, mucho para mí, no.

Por eso, aunque se podría decir que mi caída comenzó el día que vi Man on wire, ls historia de un funámbulo que cruza sobre un hilo ¿sin arnés? preguntó Baltasar. Sin arnés querido, sólo con un palo, caminó en el cielo sólo con un palo desde una torre gemela a la otra cuando todavía estaban em pie, y no sólo fue y vino ocho veces, no, se arrodilló, se acostó en el palo a 450 metros de altura, y se dio el gusto de llegar a una punta casi casi al alcance de los guardias que lo querían meter en cana pero no podían. Y pegaba la vuelta, volvia a caminar para el medio, ese medio que pendulaba por el viento, sobre el abismo al que nadie soportaba animarse, ese medio sólo para locos, soñadores, utópicos, que desafían todas las normas de la sociedad, sin armas, sin violencia, sin campañas sucias.

El día que vi esa película algo me impulsó al abismo, y yo que sufro de vértigo, sentí que cada uno, en sus acciones contestatarias, estamos ahí, en el medio de ese hilo, de esa soga, que une dos torres gemelas de edificios que fueron construidos para demostrar poderío y que más tarde, como en una tragedia griega, serían destruidos por la ira de los que detentan el poder más bajo, el de creer que con el miedo se dominan pueblos, el poder de las potencias mundiales, que ya sabemos todos a esta altura, son tan endebles que pueden entrar en default como cualquier país subdesarrollado, como se decía antes, o países en desarrollo como se dice ahora.

Pero todavía debían sucederse una cadena de acontecimientos en mi vida , para llegar al punto de darme cuenta de mi caída, todavía no estaba del todo claro, no había suficiente luz para mostrarme el pozo en el que yacía, o todavía creía que, como en la película 127 horas, tenía agua para rato y alguien me rescataría sacándome de encima del brazo la piedra que me lo aplastaba.

Y así, fui sujeto de varios empujones hacia el final, hasta que una noche vi una película recomendada por el amigo de un amigo para ilustrar lo que le rondaba en su cabeza, desde el momento mismo en que leyó el guión del largo que escribí y que le mandé a Barcelona. Esa película fue Caótica Ana, de Julio Medem, y si bien hay situaciones que no entiendo por qué no las quitó , situaciones que están demás para mí, y siempre para mí, demás en esa historia; hubo algo que me recordó otro algo cuando la terminé de ver, y me fui a la cama no sin antes buscar en la biblioteca un libro que me regaló mi viejo, mejor dicho, EL único libro que me regaló mi viejo ya siendo adulta yo, y viviendo rodeada de saharahuis en la isla volcánica de Lanzarote, un libro que me trajo mi hermana hasta Alemania, con una dedicatoria de mi papá aún vivo, que dice, con cariño para mi hija Diana, papá Maximiliano, y está firmado con esa firma aprendida en Argentina, al llegar a sus diez años, y cambiar de un día para el otro su idioma, y aprender que debía firmar con su nombre completo oculto tras un garabatear de líneas curvas que  seguro él no sabía se asemejaban al símbolo del infinito repetido varias veces, hasta que la birome comandada por su mano hacía una colita hacia abajo demostrado ya que la firma había sido acabada.

Ese libro es Mujeres que corren con lobos, y la recomendación vino de mi propia hermana, Alejandra, que supongo en esa época admiraba mi osadía, y mi libertad, tanto como después la criticó, cuando me enamoré de quien no debía haberme enamorado, como si el enamoramiento se pudiera controlar.

Cuando me iba a la cama con el libro bajo el brazo  dispuesta a encontrarme con lo que el destino me quisiera dar a leer, abierto el libro, no por el principio sino al azar, recordé una vez más que la película hablaba de una mujer que hablaba por muchas otras que ya no tenían voz. Y recordé también un viejo texto mío, en stand by, con el que inicié una serie de entrevistas a mujeres golpeadas por la vida de una forma brutal. Lo busqué y vi su fecha, lo escribí un agosto de hace ya diez años, el principio es este:

Siento que mi sangre ruge para ser escuchada. Mi sangre hoy, guarda  la voz de muchas. La mayoría desconocidas para mí, pero no para mis venas ni para mi espíritu. Debo comenzar esta tarea antes de que sea tarde. Dar puntada tras puntada, uniendo retazos como las indias nahuátl. Y termina así:
Por todas ellas, para conjurar nuestro espanto frente ala violencia más brutal, es que comienzo estos relatos o crónicas que ojalá sirvan para mitigar lo que sabemos, más tarde que temprano, a juzgar por los acontecimientos, algún día acabará.

Ese fue el comienzo la punta del hilo de Ariadna, un laberinto en el que me metí, como la caótica de Ana de Julio Medem en su film, sin desearlo, sólo por la tremenda necesidad de hablar por ellas, aquellas temerarias y benditas mujeres que corriendo con los lobos, no pudieron ser domesticadas.

Y esa noche abrí el libro en cualquier página, y me encontré con este párrafo del análisis del cuento de Vasalisa cuando a la vuelta de su viaje iniciático porta una calavera que le entregó la Yagá, la bruja salvaje, para que alumbre su camino:
“Ha atravesado la oscuridad prestando atención a su voz interior y ha podido resistir la contemplación del rostro de la Bruja, que es una faceta de su propia naturaleza,pero también la poderosa naturaleza salvaje. De esta manera puede comprender el temible poder de su propia conciencia y el de la conciencia de de los demás. Y ya no dice, le tengo miedo…Vasalisa regresa a casa con la temible calavera ensartada en un palo…una temible luz emana de los ojos, los oídos, la nariz y la boca de la calavera…lleva la llama de la sabiduría;posee unos sentidos despiertos. Puede oír, ver, oler, y saborear las cosas…por un instante Vasalisa se asusta del poder que lleva…la mujer que recupera su intuición y los poderes yaguianos llega a un punto en el que siente la tentación de desecharlos, pues ¿de qué sirve ver y saber todas estas cosas?. La luz de la calavera no tiene compasión. Bajo su resplandor, los ancianos son unos viejos; lo bello es lujuriante; el tonto es un necio…”

Y así apagué la luz, no la de la calavera de Vasalisa, de Ana, de Ingrid, o Dian; no, la luz que me posibilitó el sueño , hurgar en esas cavernas temibles de la intuición que en mi caso, la mayoría de las veces, me avisan lo que va a suceder de un modo crudo y bestial, sólo que yo como una tierna Vasalisa antes de descubrir el poder de la Yagá y de llevar bien alto la calavera, fingía olvidar, para poder sonreírle al mundo y ser aceptada como una más.
Por eso, aquel sábado escuchando esta nanaque me hubiera encantado cantársela a mi hijo cuando me quedé sola con él, me reencontré con una parte mía dejada en el Bar Británico frente al Parque Lezama hacía más de treinta años, después  estuve al lado de la moribunda madre de una amiga de la infancia, y por eso pude renunciar esta semana a ser lo que los ayudantes de mi caída querían que fuera. Porque a la luz de la ya pronta calavera de Quiquí, así se llamaba la madre de mi amiga, o así le decíamos en mi infancia, que soportó pelotones de fusilamiento, cárcel y violaciones, exilios y amores imposibles, algo comencé a ver. Los años con sus causalidades hizo lo demás.
Un tropezón, no es caída.

Y como dice la nana y hoy que mi hijo, mi único hijo cumple 21 años, le dedico esta nana para su vida:

Si muero  mientras dormís, no te pongas a llorar, nada es nunca lo que ves, escalá hacia lo que soñés. Si muero mientras dormís, no te pongas a llorar. Ciérralos, duerme ya.

Letra de  Lullaby, de Tom Waits, adaptada al castellano por Acho Estol, y cantada magistralmente por Dolores Solá.

A Balta por supuesto y a Quiquí.

 

El patio

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Algunos ponen en duda que Jesús haya existido, pero yo la acepto incuestionablemente. Nadie puede leer los Evangelios sin sentir la verdadera presencia de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está llenó con tanta vida.

Albert Einstein , en una entrevista para el “The Saturday Evening Post”

 

El patio del convento de los jesuitas estaba iluminado. Mitad sol, mitad sombra. Era un patio amplio y cuadrado, galerías alrededor, árboles, pájaros, y en el medio una fuente con pececitos de colores.

Los asistentes al retiro teníamos que reflexionar sobre nuestra sombra.

Conozco la mía y trato de combatirla día a día; pero a veces no distingo dónde está mi parte de sol y dónde mi oscuridad. A veces, me pierdo. Y en el convento me perdí. Estaba sentada en una reposera del patio, escuchando los pájaros, mirando el cielo tremendo de primavera del sur, en una calma tan grande que mi cabeza empezó a balbucear palabras, como cuando quiere salir una poesía o algo así. Pensé entonces, en ir al salón a buscar mi libreta para escribir.

Lo que en otra ocasión hubiera sido correr escaleras arriba, en esta implicaba toda una estrategia para caminar lo menos posible: mi espalda me obligaba a usar bastón y el médico, antes de ir al retiro, me había pedido que hiciera reposo todo lo que pudiera.

Caminé unos pasos y como el convento era tan grande y llevaba solo un día en él, no sabía para dónde ir. Le pregunté a alguien que se me cruzó en el camino si estaba bien orientada subiendo las escaleras para ir al salón. Me dijo que le parecía que no, que siguiera caminando por la planta baja. Al poco de andar me di cuenta que estaba caminando en vano.

Sin entrar en pánico por el poco tiempo que tenía para juntarme con los coordinadores, con la misma calma con la que contemplaba hacía un rato el vuelo de los pájaros, me dije que ya lo iba a encontrar por mí misma. En eso vi un bebedero, y tomé conciencia de que hacía rato tenía sed. Bebí mucha agua, estaba fresca. Vi un baño, y tomé también conciencia de que hacía rato tenía ganas de orinar. Lo hice. Al salir, aliviada, me di cuenta de que había satisfecho dos necesidades mías tan nimias pero tan importantes, tan fisiológicamente necesarias, que para cumplir con lo programado, yo las había estado postergando para ser como siempre: cumplidora y puntual. Obsesiva y puntual.

Cuando salí del baño, me encontré a la gente que preparaba la comida para nosotros. Les pregunté cómo  hacía para ir al salón y me indicaron muy amablemente. Si bien el camino era más largo que el primero que tomé, después de la puerta que se veía a lo lejos, había un ascensor para subir al salón del primer piso, cosa que andaba necesitando, y que yo, intentaba evitar, tomando atajos.

Cuando llegué al salón estaba cerrado con llave. También entonces lo tomé con calma y sin enfado. Di unos pasos hacia los dormitorios e inmediatamente me encontré una gran mesa a la que hasta ese momento no le había prestado atención, con papeles de todos los colores y lapiceras, lápices y crayones de todo tipo, tamaño y color. Busqué lo que necesitaba, bajé con el ascensor y cuando llegué a la planta baja me di cuenta que estaba en el ángulo de un patio igual al primero, casi todo en sombra por la cantidad de árboles que tenía, pero tan hermoso como el patio iluminado.

En este patio había una sola persona, un compañero de retiro que en su presentación  del primer día dijo que toda su vida ocultó sus sentimientos para poder así seguir viviendo sin ser molestado. Ni me vio. Estaba justo en la galería opuesta, apoyado contra una columna  de enfrente, unos treinta metros lejos de mí, absorto en su reflexión. También, como yo quería hacer, escribía.

Él miraba hacia un lado, yo me ubiqué mirando hacia el otro. Él, pensé yo, será mi sombra. Y recién entonces pude comenzar a escribir ( sobre la baldosa tibia y con mi bastón yacente a mi lado) la impresión que me causó el primer patio al que voy a referirme desde ahora como “el de la luz”.

 

En el patio de la luz había mucha gente de mi grupo. Algunos pocos, desde la sombra, miraban hacia la luz. Otros, la mayoría, estaban directamente bajo los rayos del sol, iluminados por completo y mirando hacia los que estábamos en la sombra que éramos tres o cuatro como mucho. Todos parecían girasoles. Nosotros, los de la sombra, éramos más platónicos, mirábamos en el patio, el reflejo de la luz.

En otra oportunidad, mi instinto de enfermera sin fronteras, hubiera querido ir a decirles que no, que eso estaba mal, que el sol así, directo en la piel trae cáncer, que…¿ se habrían puesto pantalla solar? ¿estarían tomando suficiente agua para no deshidratarse? Los miré nuevamente y parecían estar disfrutando. Yo no me podía exponer al sol como ellos. Por eso estaba en la sombra mirando el reflejo de un sol y escribiendo sobre la oscuridad. La mía.

En vez de despotricar contra los “girasoles” sudados y calcinados a los rayos del sol de la siesta, tan bestial, tan tremendo; comencé a mirar la escena. El patio estaba dividido en dos bandos, digamos. Sol y sombra. Pero el patio era para todos. Nos cobijaba, nos ofrecía su luminosidad, su silencio, su tibieza o su calor, a todos. A todos nos mostraba la majestuosidad de sus proporciones, a todos nos dejaba oír el canto de sus pájaros, a todos nos abría sus galerías con sus ventanas, algunas abiertas, otras cerradas. Resumiendo: para todos el cielo era inmensamente azul y a todos nos cubría con su luz.

Miré la cantidad de gente que miraba hacia la sombra y los imaginé como un ejército de almas que tantas veces consideré que por estar en la vereda de enfrente, estaban en contra de mí. Pensé en la cantidad de veces que creí que esos girasoles no me entendían ( ni yo a a ellos). Comprendí en ese momento que todos podemos gozar de la luz de distintas maneras. Algunos directamente expuestos al rayo del sol. Otros, desde las sombras, mirando a la luz. Y otros, como el que estaba sentado justo en la mitad del cuadrado perfecto, con sus pies apoyados en la fuente: su cabeza al sol, su cuerpo en la sombra, sin compañía, sin prejuicio, tomaba de su vaso tan tranquilo, escribía tan en paz que hasta daba envidia. Pensé que quería ser como él. Pero que era yo. Y que yo era aceptada bajo ese cielo de la misma manera. Yo era yo con mis experiencias, mis colores, mi pelo corto, mi ascensor, mi vaso de agua, mi desorientación, mi escuchar opiniones de afuera, mi seguir sus pareceres aunque me lleven a perderme más todavía; yo era yo con mi tiempo, mi bastón, mi resultado.

Mi resultado era que había encontrado mi lugar. No era el de nadie. Era el mío. Y tuve tiempo de escribir mi poesía, y hasta de fumarme un cigarro, de oler el perfume de la tarde, de seguir un camino de hormigas, y escuchar cantar a las calandrias.

Me eché sobre el mosaico lustrado y tibio de la galería. Estiré mi espalda. Ya no sentía el frío que había sentido durante todo el día. Miré hacia mi compañero-sombra que según dijo nunca expresaba lo que sentía para poder ser aceptado. Estaba igual que yo, echado boca arriba. Se lo veía feliz al otro lado del patio. Él miraría ventanas; yo una arboleda, un panadero que viajaba por el aire, pedacitos de cielo entre las ramas, mosquitas embarulladas…igual que en el otro patio. Este, aunque sin tanta luz, era un patio igual al otro. Y ahora era mío porque yo lo habitaba.

Al ratito, entre los árboles se coló un rayo de sol, y me dio de lleno en la cara.

Me vino una sonrisa inmensa desde adentro cuando me acordé de la famosa frase de Einstein, evidentemente “Dios no juega a los dados”.

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