Bendita Argentina

 

macri el mago sin dientes

Racismo y prejuicio. No hay dos sin tres. Los colectivos, el reloj, su minutero y mi desvelo. El ruido del tiempo. El paso de los colectivos sobre los adoquines mojados. Y la misma luz en la cocina sobre esta mesa de tantos años. Los gritos de los basureros y las bolsas que caían estrellando vidrios. ¡Ahí va, dalee…! El camión, que ahora es una máquina andante que condensa, la hace chiquita, compacta, pasa. Casi no no se llega a ver. Vuelve el silencio y el ruido del reloj, el minutero, al tiempo.

¿Dónde estaba yo cuando Alfonsín juntaba las manos en la Plaza? El Indio en Parque Lezama, vamos che, vamos que suenan bien ¿quiénes son? un grupo nuevo, algo de Redonditos, algo de Ricota, qué bien suena todo en este Parque esta noche, frente al Bar Británico, aunque el calor, la decepción del pacto imperialista, del tufo militar que se sabía no nos sacaría del pozo, nunca nadie te va a sacar del pozo cuando le da la mano a los yanquis, pero el festejo igual, los redondos, Parque Lezama y el Británico eran jóvenes, o yo era joven y nada era tan dramático como hoy cuando en un libro leo mi historia, me la cuentan en cientos de páginas absurdas, que tengo que estudiar y rendir para un parcial, hablando de vencedores y vencidos, de sociedad y estado, no sé si quiero ser psicóloga así, no sé, estoy vieja, vi demasiado como para que me cambien las cosas, el pacto de Olivos, los carapintada, Aldo Rico, Seineldín, tantos nombres que guarda mi cerebro, el cerebro según Aristóteles, el cerebro según la doctora brasileña que da charlas en el TED y habla de vacas, de chimpancés y de energía, de comida y cocción.

Papá en un video, cocinando un guiso al que le faltan arvejas, papá hablándole a su hijo lejano sin saber qué decir, papá joven, papá sin querer aparecer, papá italiano nunca argentino, él sabía por qué. Ro enojada, chiquita y enojada, vestida de negro y yo jugando con ella, los sospechosos en la calle, otra vez como siempre, los servicios, la droga y en el medio nuestro juego esa tarde, pollo pollo pollito, pata pata patita, los dólares y el cielo azul, la embajada volada por los aires, el cielo tiñéndose de negro, la nube de humo como un hongo, los dólares, buscar los pasajes, pata pata patita, pollo pollo pollito; todo explotaba, el cielo, la embajada, la cabeza, el juego, los que se iban y los que se quedaban alrededor de esta mesa, bajo esta luz, guiso sin arvejas o  pizza con champagne para Susana Giménez y Memen,

¡Hola Susana! decía mamá, pero mamá ya no estaba, te estamos llamando, decía Ro, pero Ro se quedaba, como se quedaban tantos, los amigos traidores y los fieles, los amigos perdidos que hoy manejan Uber o viven en Brasil, mamá ya no estaba, no, ni vería como yo a los australes, ni los bonos, ni a Cavallo y su conversión, el FMI y el Banco Mundial. El punto final. La obediencia debida y el Nunca más. El nunca más, o basta ya, basta para mí, basta para todos, para vos Seineldín, para vos Videla, Massera, para vos y para cada uno de los que estuvieron en la guerra sucia, para los “Pichiciegos” que murieron condenados, para los que nos fuimos y para los que quedaron.

“No se califican las vivencias, no son materia de evaluación”.

Claro que no, señor, eso lo viví yo, eso lo recuerdo yo, a papá preguntándome qué querés comer cuando vuelvas; asado pá, asado con tomate, no holandés, no agua, tomate rojo, argentino, de la pampa, tomate rojo sin evaluar, con gusto a tomate, sin medir, de mano en mano, sin glifosato.

Memen y el delirio, no los voy a defraudar y todos caímos una vez más, como siempre pasa en esta bendita tierra, donde los piqueteros queman gomas, cortan rutas y encienden su fuego de esperanza para maldecir a un gobierno que lastima, que nos hunde. Raza y prejuicio, etnocidio, discutamos los términos científicos, aprobemos el parcial, seamos dignos, científicos, falsacionistas, inductivos, positivistas, me cago en la leche que los parió, el mundo es mundo y siempre lo será, con su ruido a basura compactada a las cinco de la mañana, o sus gritos, ¡dale que va!, la luz de la cocina, mi despertar de un sueño de revoluciones y golpes de estado, o democracias delegativas, poliarquías, populismos y regímenes de facto a punto de explotar, como la embajada, como el cielo azul cubriéndose de humo, como el humo que inunda esta cocina y se disipa después, bajo esta luz que tantos años cobijó a gente alrededor de esta mesa de pizzería de inmigrantes recién llegados a la América prometida, raza y racismo, prejuicio y etnocentrismo, siempre fuimos y seremos medio pelo, no somos chorros, no somos ricos, ni trepadores, no nos tocó la varita mágica, ni la de la suerte ni la del mago sin dientes, ni siquiera la galera del deshollinador, nada fue justo para nosotros, o sí, más justo que para muchos que murieron congelados en un río, o a balazos, fusilados, solidariamente, desesperadamente, defendiendo a mapuches de las tierras de los colores unidos de un inglés millonario, mientras los pajarracos anunciaban la madrugada como ahora, y el cuerpo se cansa de resistir, los ojos de mirar al cielo con humo de metralla, o de bomba, el cielo azul azul se hace negro, sin luz, Into the wild.

Basta para mí, basta para todo, “el humo mata” dice el atado de cigarros con una foto de un nene de ojos negros y una máscara verde, muriéndose, como tantos a esta misma hora, de hambre, a esta hora en la que suenan tantos despertadores para ir a trabajar y cobrar un sueldo impuesto por los bancos mundiales, y nosotros, sus siervos de países emergentes que nunca emergerán, porque el mago sin dientes festeja con globos y una galera que una miserable mujer ganó las elecciones y otra mujer abrazada por el pueblo sea llamada “shegua” o montonera, está a punto de dormir en una cárcel por ladrona,  por ladrona o por puta, vaya a saber cuánto habrá para escuchar, aunque el pueblo la aplauda y la espere, a que como siempre, Perón, Alfonsín o alguien como ella, nos saque de este fango en el que nos metieron, donde se mezcla la sangre de los indios que mató Roca, con la sangre de los “zurdos” guerrilleros, de los milicos “pichiciegos” de las Malvinas…

Qué sé yo de historia, señor, sé de mi vida, sé de vivencias, de viajes, vueltas e idas, no de ciencia, ni etnocentrismo, ni populismo, ni régimen político, sé que la luz entra ahora por la ventana, por la misma ventana hace más de cincuenta años y los gobiernos pasan, como el tiempo en el ruido del minutero, como el camión de la basura, como mi desvelo y mi sueño.

 

A Santiago Maldonado.

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Llaves

Son las 5:04 de la mañana. Escucho las voces adolescentes recién llegadas de un recital. Me duele la garganta. No quise ir. Pero no tengo ganas de dejar el cigarrillo. El cigarrillo en este momento es como mi estupidez calmante. ¿Está el cartón sobre la heladera? Entonces está todo bien. Recuerdo un día que llegué a lo de Thomas, un amigo de amigos en las afueras de München, y vi por todos lados cartones de Erntedreiundzwanzig, o Cosecha 23, el cigarrillo que más me gustaba en ese entonces, pero que sólo lo podía fumar cuando vendía algún cuadro, porque tenía veintitrés o veinticuatro años y en general a esa edad, a menos que se venga de familias de patriarcas pudientes, no se tiene demasiado dinero como para comprar cartones y cartones de cigarrillos, y menos en Alemania, que si mal no recuerdo en esa época costaban Vier Deutsche Mark, 4 marcos alemanes , cuando mis impuestos como pintora alcanzaban a los 60 cada mes, y lo que cobraba en la cantina limpiando mesas eran creo que menos de 200 DM. Anyway, tengo para fumar un  rato largo y eso me tranquiliza, aunque ya se empiecen a evidenciar los signos del segundo año y medio que retomé el vicio. Otra cosa que no me puede faltar en estos últimos tiempos son los lentes, aunque sean los baratos esos que me compré en un quiosko de la Avenida Santa Fé, al lado de lo de mi antigua psicóloga, los de mi padre que son bastante buenos, o los que me raspó Jony, el rapero,  una vez que me quiso limpiar los lentes, cuando el año pasado estuve en el hospital. La cosa es que no se podían limpiar esos lentes en seco, pero andá a decírselo a Jony, quizá se lo tomaba a mal y me miraba con esos ojos con los que miraba al innombrable cuando se hacía el boludo. Juro que te taladraba con la mirada, si la llegabas a atravesar, encontrabas una dulzura como pocas he conocido. Un tipo tan fiel a sí mismo que daba envidia. Lo vi unas cuantas veces más, y siempre el mismo abrazo, de emoción, siempre preguntándome por la historia, su historia, la historia de todos los que estuvimos ahí. Porque hay gente que prefiere olvidar. Y hay gente que no. Que lo toma como una forma de venganza. De que el mundo sepa lo que es estar ahí. No que se lo imagine. Que lo sepa. No sé porqué agarré para el lado de Jony, podría haber agarrado para cualquier otro, pero como él fue el que me arruinó las gafas, de él me puse a hablar.
Y la última cosa que no me puede faltar en estos momentos, además de mi medicación, off course, es un libro de Sylvia Plath, con una mina en la tapa que se tapa la boca. Esa mina es como mi hermana, no la real digo, no mi gemela, que la tengo, no. Esta es una mina hermana como de alma. Te podría decir que tiene algo mucho de mis hermanas de vida, algo de La tejedora, la M con w, la M con r, la M con P, la Leti sin t, la Cielo. Viste cuando buscás  una hermana, pidiéndole ayuda y está ahí, siempre a mano. Bueno, ellas son así y ella, la de la tapa y la que escribe, es así, para mí. Es mi hermana. En los peores momentos de mi vida la busco y la encuentro. Y si no, le pido tres veces a San Onofre, el santo de los objetos perdidos, que me la encuentre y zácate, aparece bajo otro libro, o bajo la almohada, o en el escritorio, pero está. Nunca me falla. Antes me acompañaba el Palinuro . El Palinuro de Méjico. Pero por suerte o por falta de ella, uno va cambiando. Y si bien, amo al Palinuro, no lo siento como hermano de sangre. A esta sí.
Y así, con esas tres o cuatro cosas sobrevivo. Sin necesidad de más. Ya sé que estoy sola como no vine al mundo y moriré sola como todo el mundo.
Mi hijo me llorará más o menos, depende de cuán chico sea. Mis amigos se acordarán algunos de unas cosas y otros de otras. Digamos del cuarto trasero o delantero, aunque dicho así quede espantoso. Mis amigas se reirán un rato de las boludeces que dije y otras llorarán mis verdades.
De mis parientes, puf , de mi parientes, creo que salvo a mi tía, a nadie le va a importar. Sí puede ser , a mi hermano lejano. Y después, al padre de mi hijo. Aunque ya no nos hablemos más, ni nos odiemos más, ni nos amemos más tampoco. Hay después un par de amigos, que los dos son innombrables por sus benditas mujeres que les gustaría verme quemada como en tiempos de la inquisición, por más liberales que sean. A ellos sí les retumbará mi muerte, como dijo uno, estuve delante del cristal con la piedra en la mano y no lo rompí. Pues sí, fue así. O no lo rompiste o no te dejaron. Tan temerosos son los hombres. De comprometerse. De perder lo que tienen. De que los señalen después. De sus madres. De sus hijos. De sus esposas. De sus amigos. Vecinos. De todo son temerosos. Hasta de la muerte. Ja! como si no fuera parte de la vida. Ya lo puse en otro blog o en mi skipe: LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL QUE SE TRANSMITE POR VIA SEXUAL. Así de cortita te la hago.  Así de simple. Nacemos para vivir y morir. No sólo para vivir eternamente y que el cielo nos espere como dicen los yanquies. Niet. Nacemos para comernos la vida, sea con llanto o risa, da igual, la cosa es cuán intensamente nos entregamos a ella, e dopo, Adío vita! io ritorneró!!! quizá en un pez, quizá en un gurú, ma io ritorneró!
¿Que no me creen? Problema vuestro, no mío. Yo me fumo un cigarro y escucho como mi pariente, de sangre, aunque más bien parezca de sangre coagulada revuelta en ensalada, como cantábamos  en el ómnibus que nos llevaba de excursión cuando éramos chicos, se prepara para ir a laburar. Día tras día, la misma rutina. Se hace la señal de la cruz al pasar por una iglesia. Se ocupa de que su GPS le marque el camino. Aunque se lo sepa de memoria. Trata con sus empleados y da su tarjeta a los que tienen traje y corbata. No sea que se le acaben. Y se terminó. Ahí se terminó. Con una llave en su poder. O su poder reducido a una llave. Y vuelvo a lo mío. A mi hermana,la de la tapa del libro que se tapa la boca con un pullover marrón, tejido a dos agujas, punto arroz, si mal no recuerdo lo que me enseñaron. “No veía en realidad por qué la gente tenía que mirarme. Muchísima gente era más extraña que yo.” Dice el personaje en el libro en la página 178. Y yo digo exactamente lo mismo. Qué es más extraño: ¿un GPS o una estrella?. Aunque esté en un anillo. Y a veces te haga bombear la sangre en el dedo y sientas que algo está pasando, y a veces duela porque te corte el borde, y sientas que algo está pasando, y otras , las menos, sientas que la estrella del anillo no dice nada, no late, ni tiembla, no ríe, ni recuerda, y sepas que está durmiendo, como vos?
Ya los adolescentes duermen y los colectivos hacen cimbrar la casa. Pronto empezarán los pajaritos a anunciarme que se me hizo de día escribiendo. Pronto, el desvelado , o la desvelada que lée esto, bostezará y se irá a su cama, con su pareja o no, con su hijo o no, con sus muertos, con sus amantes, con sus recuerdos, o no. Y la vida seguirá para todos y todas, para los extraños seres o los que se consideran normales en este mundo donde la guerra es más común que la paz. Donde comer en un mac burgal es lo corriente, y no sacar los huevos del gallinero del fondo como hacía mi abuela. Donde evaluación significa lo mismo que calificación. Y los maestros de matemática no son gente con los pelos revueltos enseñando la grandeza y los enigmas de esa ciencia milenaria. Donde el arte se mueve al ritmo del mercado, de la bolsa de Wall Street y jamás se buscará en los hospicios. Donde si sos capaz , lo demostrás con una buena nota, y el que viene de Fuerte Apache es un negro cabeza que puede llegar a afanarte, ojo, ni lo mires. Donde defender a Garzón es reprobable por la justicia española aunque haya juzgado más crímenes que el mismísimo Franco. Donde la soja avanza en el mundo y se tala en la Amazonia un campo de fútbol por minuto. Donde hay gente brindando con champagne mientras en otro sitio del planeta que es un puntito miserable en el medio de vías y calles lácteas y alcohólicas, hay pibes con brazos amputados, sin madre, sin padre, llorando con los mocos sobre sus panzas gordas de hambre. Donde hay patriarcas y súbditos. Como en la Edad Media. Donde lo que se dice se desdice de un plumazo o de un disparo: Tenés la puerta abierta, le dijo ella al chofer, y perdió un brazo, sino su vida. Así desayunamos, con la Jolie y el Pitt o  una bomba en Iraq.Sé igual. Así nos asustamos. Metiendo en cárceles a tipos que tienen hambre y sacando de ellas a asesinos y narcos. Así.
Por eso, Emil, prefiero escribir a jugar al backgamon. Ya sé que vos hacés las dos cosas. Por algo sos hombre. Y yo una mina. Madre y mina. Son como dos cosas distintas, pero no. Madre hay una sola. Minas unas cuantas.

La sociedad sin sufrimiento

Tío

Hace ya unos buenos años que vengo constatando una realidad que me desagrada: vivimos en una sociedad que no se permite el sufrir. O para ser más exacta, nuestra sociedad explota el sufrimiento cuando le conviene, pero le huye día a día, minuto a minuto.

Lo experimento cada vez que pierdo amigos por contarle mis pesares; lo padezco cada vez que escribo sobre mis días de agobio en este blog o en cualquier red; lo percibo, sí, lo percibo cuando debo usar una tercera persona para que sea más fácil de escuchar mi historia.

El famoso dicho “es para una amiga” tan usado en Facebook a modo de broma, se me hace imprescindible a veces en mi charla habitual, con gente que cuando yo era activa y fuerte y apasionada y bella me tenía en alta estima, pero que ahora no soporta mi caída.

Vivimos tan anestesiados por los tranquilizantes; vemos tanto llanto, tanto drama en la televisión; usamos tanto ¡en secreto aún, por Dios! a los psicólogos; que ya no contamos a nadie nuestros males. Mejor dicho, lo hacemos sí, claro está, pero las consecuencias que nos sobrevienen son nefastas.

Acabé ayer de ver los treinta capítulos de una serie fantástica llamada Borgen, una serie danesa sobre la vida de una mujer que se convierte en primera ministra de un momento para otro. El cambio que produce esto en su vida, en los que la rodean, y los mundillos que debe comenzar a conocer de primera mano: el político y el de la prensa, son los temas de la serie.

Pensé que Dinamarca estaba lejos de ser como Argentina, pero estamos en igualdad de condiciones. Todavía vivimos en la época victoriana. No debemos comentar nuestros flagelos, no debemos mencionar nuestros malos días, no podemos -si queremos ser exitosos y/o aceptados en la comunidad- decir nada acerca de nuestro cuerpo, de nuestro sentir. Emociones y dolores son completamente tabú si queremos construir una carrera.

Vivimos en un tiempo en el que la gran mayoría del pueblo no soporta el sufrimiento de verdad. Necesita que lo sufran sus ídolos para levantarle o bajarles el pulgar (o lo que es lo mismo hoy) bajar o subir la audiencia de un programa de TV, o la cantidad de  periódicos consumidos ya sea en su forma tradicional u online.

Entre amigos, se puede comentar sobre el dolor que padece tal personaje en tal serie, pero cuidado con decir estoy deprimida; entre familiares podemos recomendarnos las mejores y más tristes películas, siempre serán aceptado y hasta agradecido; pero guay con mostrar una foto de un pariente querido y amado que se arrumba en un geriátrico o un hospital.

Porque eso hacemos, no mostramos el dolor de verdad. Lo queremos en la ficción y hasta hay gente que tampoco lo soporta masticado así. Queremos una sociedad sin sufrimiento. Queremos héroes que sufran por nosotros y podamos olvidar al otro día. Queremos que nuestros viejos (esos que nos han dado de comer, que nos han hecho masajes con sus manos llenas de artrosis, o que nos han prestado su oreja en más de una ocasión) mueran pronto lejos nuestro, sin verlos y sin olerlos, quizá aceptamos que alguien nos lo cuente hasta que le decimos basta, basta para mí que me hace mal. Porque sabemos que así será nuestro final como no cambiemos nuestra mirada sobre el ser humano.

Los gatos, los bebés, los niños, son parte de la vida. Pero también lo son los viejos, los dolientes de nuestra familia. Sé que en las redes sociales si subimos las fotos de un gatito con un moño y una canastilla que diga “my baby” tendrá muchos más “me gusta” que una mano lastimada de una tía mía. Muchos, también lo sé, dirán, y para qué queremos ver la mano lastimada de tu tía, a lo que yo podría responder, y para qué quiero ver un gato en una canastilla. ¿Pasaríamos entonces a un tema de estética? No, porque la mano de mi tía puede ser una fotaza mientras que la del gatito puede ser una chapucería. ¿Entonces?

Entonces es que el gato no nos duele, la mano de mi tía con su llaga y su piel apergaminada, sí. Pero yo no quiero olvidar a mi tía. La quiero como la quise, cuando era guapa y fuerte. En cambio al gatito no lo conozco. Pero, volvemos a lo mismo, no todo el mundo tiene que acompañarme en mi dolor, y yo pregunto:¿todo el mundo debe ver un gato que ni sabemos cómo se llama ni qué hizo más que nacer y dejarse poner un moño para una foto que es una cursilería? No. ¿Y por qué la foto del gato tiene veinte likes y la de mi tía tiene un silencio de muerte? Lo pregunto, porque no lo entiendo. Lo pregunto, no lo concibo.

Creo que no debemos olvidar a nuestros antecesores. Merecen que los mantengamos vivos mientras están vivos. No debemos ser injustos con quienes nos dieron todo para que seamos lo que somos. Debemos aceptar el dolor en nuestra cotidianidad, hablar de eso, no ser una sociedad que maquilla nuestros moretones.

Los que hicieron que lleguemos a edades impensadas el siglo pasado, deben hacerse cargo de sus engendros: nosotros.

Yo abogo siempre, será herencia de mi madre,  por una vida corta. Siempre digo a quien me quiera escuchar, porque no siempre la gente me quiere escuchar, que a los cincuenta años ya es una buena edad para ir pensando en morir, y si no quiero asustar a quien me escucha, los cincuenta son una buena edad para comenzar a aceptar nuestra decadencia física, para tener nietos, para dejar de correr de un lado al otro y para brindarle a los más jóvenes, nuestra experiencia. Si estoy conversando con alguien más asustadizo aún, digo que ya estamos como para tener nietos.

Lo que en verdad quiero decir usando todas estas expresiones, es que debemos aceptar que así como un leopardo, o una jirafa, o el animal que se les cruce ahora por la mente, fueran diseñados biológicamente para vivir una cantidad de años, nosotros también lo fuimos. Fuimos diseñados para copular y parir casi treinta años antes ( o cuarenta) de lo que lo hacemos. Fuimos diseñados para tener vigor y fuerza muscular -sin aditivos ni conservantes, sin energizantes ni vitaminas- durante unos años suficientes como para que nuestro corazón y arterias, nuestras fibras musculares e hígado, nuestra piel y ojos lo puedan realizar sin estrés. Pasados esos límites, todo se vuelve una carrera contra nuestro propio cuerpo, ni hablar que contra el cuerpo de los demás que nacieron décadas después que nosotros.

Así que en vez de intentar subirnos las tetas con corpiños push up, o fajarnos para que los dolores de espalda queden comprimidos, pensemos que es hora de aceptar que nuestro valor radica en las neuronas que tenemos, ellas son las únicas células de nuestro cuerpo que pueden vivir y multiplicarse si las mantenemos activas. Hasta hay algunos que arriesgan a decir que ellas pueden vivir quinientos años o nacer nuevas si es que las sometemos a un ritmo de trabajo constante.

Pero nuestra sociedad no quiere neuronas, quiere robots. No quiere cerebros, quiere cuerpos de gimnasio. No quiere sufrimiento, quiere bailar cumbia todo el día, alegría, no pensar, no detenerse, no contemplar ni lo que somos ni lo que fuimos y mucho menos lo que seremos. Por eso, cuando hay alguien que se encarga de recordarlo día a día, como yo, el castigo es la soledad.

Eso es lo que siento en este domingo soleado, por ejemplo, en el que mientras la mayoría intenta pensar qué hacer con tan hermoso tiempo, yo recuerdo los ojos de mi tía, ayer, en el geriátrico, y lloro.

El miedo a Europa

PLAZUELA LOS GITANILLOS DE CADIZ

“Canta hasta que la boca te sepa a sangre”

La reina descalza, Ildefonso Falcones

Desde que llegué a España tengo la sensación de no encajar. Dicho así es lógico, hace un mes que estoy aquí después de diez años. Aquí  he vivido cuatro años, pero en otros tiempos, tiempos de bonanza para España, tiempos de desdicha profunda (2001, Corralito) para los argentinos.

Ahora, la sensación que tengo es más animal. Y voy a tratar de contarlo de frente a la vista lejana de las luces del Escorial.

Mi sentir no pasa hoy por lo lógico, sino por lo que llevamos metido en nuestra sangre desde que nuestros abuelos (o padres en mi caso) han ido a hacerse la América: el miedo.

La huída de ellos de una Europa de guerra, entre, o pos-guerras; nos lo han transmitido así como los dichos, las comidas, las preferencias por tal o cuál arte, lo que sea junto con el miedo. Hemos mamado Europa desde pequeños, y ahora que hemos (algunos) regresado, y algunos otros como yo, por no sé qué cantidad de veces (creo que la cuarta ya) no como turista, sino a vivir con un pasaporte y una nacionalidad que por Ius sanguinis nos es otorgada; la vivimos, la olemos, la caminamos y, en mi caso, la padecemos.

En la Argentina hay un dicho que significa esto de haber mamado la “europeidad” y es el que dice “Los argentinos descendemos de los barcos”. Y ( aunque yo siempre acoto: los porteños sobre todo, quiero decir los de la ciudad de Buenos Aires) es así tal cual, por lo menos para la gente de mi edad.

En Argentina uno va por la calle, en un colectivo, tren o … o se encuentra en una reunión con gente que no conoce y si se pone a indagar, la gran mayoría dirá que su padre o su madre han venido en barco desde Europa, y si no fueron sus padres o madres, sus abuelos y abuelas. Los argentinos descendemos de los barcos, o venimos de los barcos, da igual.

La cosa es que yo vine a Europa, por vez primera, hace treinta años. Más de la mitad de mi vida. Era una docente recién recibida, o una artista haciendo sus primeros pinitos, que nunca había salido del país, y, para que se imaginen los lectores jóvenes, no existían más que los mapas y los atlas. No había internet, no whatsapp, no móviles, no ge-pe-eses. Nada.

Recuerdo que le conté a mi hermano que quería irme a Europa, y él que ya había vivido aquí, me dijo, ¿pero a dónde? porque Europa es grande. Le dije, no sé, quiero irme a Europa el año que viene. Él trajo un mapa, y me dijo, a ver Diana, mirá acá, ¿ves? aquí estuve yo, dijo marcando con su dedo sobre el mapa a Milán, ¿a dónde te irías vos? Yo miré los colores de los distintos países, y le dije, pues acá. Y puse el dedo en España.

Claro que en ese momento, ni me imaginaba que cuando viniera a España, los españoles no hablarían en ” argentino” sino que hablaban en castellano, o como se le decía en aquel momento, en español, que para nosotros era solo uno.

Y así fue que cuando llegué al aeropuerto viejo de Barajas, parecido al viejo de Munich, parecido al viejo de Chile (en esa época todos los aeropuertos se parecían bastante) me encontré con que me hablaban tan rápido que no era capaz de entender lo que me decían hasta después de una o dos veces, así de dura era yo de oído…

Pues, al rato de estar dando vueltas con un bolso sin rueditas como los que hay ahora, de color magenta, y tan largo como mi desamparo; que me habían ayudado a montar en un carro que tenía un hierro tan alto, tan alto, que ni siquiera me permitía ir al baño (servicio le decían acá), me cansé, y llamé de un teléfono público a mi otro hermano que hacía poco más de un año vivía en Alemania, para decirle que me iba hacia allá.

Hoy recuerdo todo eso y me río mucho, de mi ingenuidad, de mi inocencia; pero también lloro y me pregunto por qué, por qué no nos contaron, por qué no nos dijeron, por qué solo fueron capaces, nuestros padres, de repetir hasta el hartazgo historias de miseria y guerras.

Deduzco que fue porque en América ( y como buena americana que soy no hablo de América del Norte solamente, hablo de toda América) encontraron trabajo, y pudieron rápidamente hacer lo que no podían en Europa: comer, trabajar, tener dignidad, casa , techo, dinero…no sé. Es lo que pienso ahora, ya con la edad que tenía mi abuela cuando estaba cómodamente instalada en Argentina.

Pero volviendo al tema del título, el miedo a Europa, es el miedo del que quisiera hablar, el miedo a ser ciudadana de segunda categoría, el miedo a que las autoridades y sobre todo los empleados públicos, no la gente común ¡por favor!; nos traten o me traten como si tuviera que demostrar que soy valiosa, que no vengo a quitarle el trabajo a nadie, que vengo en son de paz como dirían en los cuentos.

Desde que llegué hace un mes, siento que a mi Europa me la han cambiado, ya no es la solidaria, ya no es la interesada en saber cómo vivíamos los hijos de. A esta Europa le han metido una gran dosis de fachismo, de esto es mío esto es mío y solo mío, una dosis de miedo al otro, miedo al miedo.

Por eso es que me siento fatal, y desde que llegué, salvo el período que anduve por los campos del Quijote, cuento los días que me quedan para irme, como hace una condenada. Porque quise como siempre ir por la senda legal y me encuentro que cada vez me la ponen más difícil, y que si hubiera seguido los consejos de algunos experimentados españoles, hoy no estaría yendo de oficina en oficina pública, ni gastando euros en obtener algo que no pienso usar, porque decidí volverme ya, en poco más de diez días.

El miedo se ha introducido en mis venas o ha salido de ellas, el miedo no me deja dormir, el miedo saca toda la tristeza del mundo ni bien abro los ojos, o me despierta cuando el muchachito con el que comparto casa se va a dormir, después de jugar en su ordenador hasta altas horas de la madrugada, cosa común hoy en día, pero que aquí me deja en la más absoluta soledad, y me pregunto cómo es que llegué a esto, si fui una mujer tan viajera como experimentada en esto de vivir en Europa.

Pues, el otro día terminé un libro que me prestó una amiga, La reina descalza, una novela que si bien no me atrapó en su trama durante sus 740 páginas, me removió dolores ancestrales. Una novela en la que Ildefonso Falcones cuenta las peripecias de una negra libre recién arribada de Cuba a la Sevilla de 1748, sin saber a dónde ir y que termina haciéndose amiga de una gitanilla, antes de la gran redada contra los gitanos de 1750 y pico.

Este libro me fue acompañando noche a noche, rato a rato, en los distintos momentos de mi vano intento de arraigo europeo, y muchas veces sentí que en vez de hablar de la morena liberada o de cualquier gitano que trataba de conservar su dignidad, estaba el autor hablando de mi sentimiento, de mi cansancio, de mi dolor. Para no hacer este posteo tan largo voy a citar una de las frases que junto con la del principio, fueron las que más hondo calaron:

“Había respirado solo cuatro bocanadas de libertad ya y los recuerdos se abrían paso en su memoria”

Porque es eso lo que hoy siento, me fui de una Argentina diezmada, donde respirar se me hacía difícil, para acabar en una tierra donde fui muy feliz en otros años, pero que hoy siento que sus gobernantes, sus empleados públicos, me dan la espalda. Y no solo a mí, como me ha aclarado hoy una vecina española que pronto cerrará su hermosa tienda gracias al acoso de la hacienda española. Europa le está apretando el cuello hasta a sus propios hijos nacidos aquí.

Eso es básicamente lo que quería contar, el miedo que se respira en cada habitante de suelo europeo, que no es el lógico miedo a morir en un atentado de unos fanáticos religiosos como nos quieren hacer creer, o bajo los misiles de un lunático presidente de un país del Norte que solo sabe mirar su ombligo o su peluca anaranjada. Hoy, en Europa, hay miedo. Y sobre todo al tremendo papeleo que exigen para poder trabajar, sea uno nacido y criado aquí o descendiente de los barcos.

Si no, vean solo el trailer de la triste y bellísima película inglesa: I, Daniel Blake. Aquí en español: Yo, Daniel Blake .

Yo, Diana Laurencich.

 

A todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar algún suelo en este miserable mundo.

El cielo protector

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Foto: Un théŽ au Sahara. The sheltering sky, 1990 por Bernardo Bertolucci.  Colección Christophel.

No sé bien cómo fue que dejé pasar tanto tiempo antes de leer este libro. Lo compré en una de esas ferias de verano que venden varios por equis pesos, todos saldos de grandes editoriales que tienen una falla o algo así. Recuerdo haber comprado tal cantidad que no me los pude traer en la maleta y los dejé llenándose de polvo en la biblioteca de la casa de la costa. Supongo que fue por eso que tardé dos años entre que lo compré y lo leí.

Pero sostengo que los libros nos eligen. Acostumbro a devorar lo que compro o me regalan me guste o no me guste. En algunos casos como este, cuando tengo muchos para elegir, decido siempre por algo que me “toca”, que me llama desde el libro. Ya sea en la tapa, alguna ilustración que me lleva a un mundo donde quiero entrar; o en la contratapa, alguna definición o palabra que hace eco en mi memoria y digo, éste. Hoy, o estos días, me acompaña éste.

El libro de Bowles dice en su contraportada:

Novela de peregrinación, viaje o huida, El cielo protector (1949) consigue hacernos partícipes  de la embriaguez de  un espacio  físico -el norte de África, el Sahara- por el que deambulan sus protagonistas…unos personajes que huyen de todo o, quizá, sólo de sí mismos.

En el tiempo que lo compré  y leí que era una travesía por el Sahara, me recordó a mi estadía frente al desierto durante cuatro años en la isla de Lanzarote, 100 km frente a ese enorme mito, pasándole por arriba cada tanto…  y no quería embarcarme entonces en el peregrinar bajo la “kalima” o viento que llegaba a la isla y llenaba todo de una arena finita que ponía de mal humor a muchos y a otros nos gustaba; sobre todo su efecto sobre el mar, sobre todo al atardecer, cuando todo se volvía dorado. Tampoco quería recordar cuando vi la primer caravana de camellos como la de la foto, en un día de viento y lluvia finita, andando entre sus volcanes, a poco de llegar, yendo a buscar trabajo.

Pero reflexionando sobre los por qué dejé pasar tanto tiempo, también se me vino a la mente otra cuestión: podría ser que en ese momento yo estaba en plena huida de mí misma y no quería reconocerlo, para nada, no lo aceptaba de ninguna manera y leer ese libro en aquel momento me hubiera confrontado con algo que no quería. En cambio, este verano, ni bien leí la misma definición de sus personajes, dije éste es mi libro, ya, necesito leerlo. No lo sé. Son todos razonamientos que hago ahora volviendo a la pregunta del principio.¿ Cómo pudo haber pasado que no haya leído este libro antes? Me hubiera evitado noches y días de una soledad tremenda, en la que creía que nadie me podría entender si contaba qué era lo que me sucedía por dentro.

Esa es para mí la elección de los libros. En realidad creemos que los elegimos, pero ellos nos “entran” cuando deciden, a su debido tiempo. Y El cielo protector, me llegó, me llamó para leerlo hace unos días, y me advirtió ya desde la primera página, que En el centro de su conciencia había la certidumbre de una tristeza infinita, pero esa tristeza lo (me) reconfortaba porque era lo único que le (me) resultaba familiar.

Y me dio un mazazo en la nuca con toda su furia o su lentitud desértica. Me dejó soñando con sus personajes y sus agobios; como por ejemplo los de Kit, cuando dice : lo único que podía esperar era comer, dormir y ceder a los presagios; o los de Port: el alma es la parte más cansada del cuerpo.

Ni que hablar cuando hace mención de la diferencia entre turista y viajero con tanta claridad. Yo siempre me definí como viajera y jamás como turista, pero nunca supe bien por qué lo hacía. En el libro, está explicado de una manera sencilla y sin embargo perfecta: La diferencia reside, en parte, en el tiempo, dice. Porque mientras el turista se apresura por lo general a llegar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra… otra importante diferencia es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan…

Podría hablar horas de lo que significó este libro para mí, citar y citar párrafos, contar de cuando me sentía inmersa en el personaje de Kit y sus presagios, o el de Port con su carga de soledad a cuestas. Pero ya no sería un post, sería un ensayo o algo así.

Lo único que quería decir, es que dejando de lado modas o imposiciones de editoriales, el que pueda y -como yo- todavía no lo haya leído, o tan solo haya visto la película del gran Bertolucci (protagonizada magistralmente por John Malcovich) que lo lea en cuanto pueda. Es de esas joyas de la literatura que nunca está demás recomendar.

La cursiva corresponde al libro

editado por Alfaguara México, colección Fin de Siglo, año 1990.

A las redes las carga el diablo

Entonces todos, filósofos,científicos, y gente de la calle, deberíamos poder tomar parte en la discusión de la pregunta de por qué existimos nosotros y el Universo. Si hallamos la respuesta a eso, será el triunfo definitivo de la razón humana…,porque entonces conoceremos la mente de Dios.

Stephen Hawking, Historia del tiempo.

 

Acabo de leer que a una mujer le dio un infarto por hacer una broma pesada en el facebook. Acabo de postear algo sobre eso y ya saltó alguien que me quiso convencer de que el facebook es tal como la vida real, que se encuentra gente de la buena y de la mala, como en la vida real… como si no lo supiera.

Por eso quiero contar lo que me pasa con las redes, y con la vida real, ya que para mí no hay diferencia. Unas forman parte de la otra. Nos guste o no. No hay gente en el facebook y gente en el no facebook, hay gente. Buena y mala y más o menos y menos que más. Y hay redes que maneja esa gente real. Y a mí todo lo que haga la gente, me atraviesa de una forma muy profunda, casi enfermiza diría. Tanto en la vida real como en el mundo virtual, que ya expliqué que es completamente real aunque sea mentira, aunque sea obvio que una mujer que muere de un infarto tenía su minuto predestinado para estar aquí y su minuto para pasar a mejor vida.

Lo que leo, lo que escucho me interpela y me conduce a un estado de cavilación que quizá a otro no. Y ese es el poder del que trato de mantenerme protegida. De ese anonimato, de esa no mirada, quiero huir como la peste. De ese asesinato sin cuchillos que se provoca cada día y se replica millones de veces sin saber a quien podemos llegar a lastimar.

Cuando hablo del poder de las redes quiero decir que soy consciente del poder que nos han dado, quienes son los que nos lo han dado y para qué. Y soy consciente de que, obviamente, podemos participar o no. Ese poder, si es que decidimos tomarlo, si es que “le vendemos nuestra alma” nos puede jugar en contra, como le pasó al viejo Einstein, puede ser desvirtuado y usado para generar un hongo atómico como el de Hiroshima. Es un poder tan al alcance de la mano como un arma cargada, como un cuchillo tramontina simple, de esos que usamos casi todos los días para comer pero que un día en una pelea doméstica, sin darnos cuenta cómo ni por qué, lo sostenemos contra el cuello de alguien o contra el nuestro propio. Si no somos conscientes de su magnitud y muy precavidos, podemos modificar los hechos más allá de lo que nosotros mismos deseamos.

Por eso me dan tanto miedo las redes usadas indiscriminadamente. No sabemos, cuando nos relacionamos con el otro, qué es lo que podemos generar en él porque no vemos su cara, no sabemos cómo amaneció, no sabemos qué planes tiene, ni si está de buen humor o está pensando en la soga que va a apretar su cuello hasta dejarlo sin aire.

En estos días que estuve postrada, no solo usé mucho más las redes que de costumbre, sino que también tuve más tiempo para reflexionar sobre ellas y también para percibir todo tipo de redes y frecuencias.Bajas y altas. Y así me llegaron algunas señales que de otra manera no las percibo, porque corro -aunque menos- como todo el mundo.

Mi tiempo de reacción se duplicó o triplicó en estos días para lo bueno y lo malo, y la poderosa intuición que me caracteriza se volvió más obscena. Pude escuchar a mi corazón y distinguir con más precisión las señales que emite este mundo y el virtual, y el metafísico, y también -cómo no- el del inconsciente y los sueños.

Tanto fue así, que ayer, abrumada por tanta data y tanto murmullo en mi cabeza, me hice un mate, y apoyada en la mesada de la cocina, comencé a llorar para aliviar tanto dolor. tenía enfrente las fotos de mi viejo que le sacó hace muchos años, mi sobrina Rocío. Las miraba y pensaba en lo que él me diría si estuviera vivo. En cómo me compensaría con su amor, tanto sufrimiento, ya que la otra que lo hacía, mi tía Darinka, está internada en un geriátrico desde el lunes de la semana pasada. Miraba a mi viejo y me preguntaba si estaría con mi mamá, o con quién, y dónde.

Así que se me sacudió un poquito el “cuore” cuando sentí un poco de paz que me venía de una red que generalmente minimizo, la red de los que ya estamos grandes (o de los que han sufrido mucha humillación en la vida) y en la que surfeamos con el correr de los años cada vez más seguido y navegamos, a medida que pasa el tiempo, cada vez con más banda ancha. La red de una fe en un poder superior a nuestra humanidad y nuestra razón, donde todo tiene su por qué, donde todo tiene su ida y vuelta.

Pasó el día y ya de madrugada, echada en la cama muy pero muy triste, y mirando la estancia tan archiconocida, los cuadros, los espejos, los lomos de los libros; uno brilló entre ellos. Brilló de manera especial. Tanto, que a pesar de mi dolor y de mis ganas de no moverme, me levanté, lo saqué de entre los otros y lo abrí en cualquier página.

De “Mujeres que corren con los lobos” (Clarissa Pinkola Estes), leí el capítulo que abre con un cuento  atribuido a los Grimm: La doncella Manca. Este cuento fue escrito en el siglo XIII por Philippe de Remi  y  reescrito  y vuelto a redactar tantas pero tantas veces que se hicieron tantas versiones como culturas fue tocando.

Cuando terminé de leerlo, caí en la conclusión que el que me hablaba por ese medio era mi viejo en contestación a mi pedido de la tarde, cuando miraba su foto y le rezaba pidiéndole saber qué hacer con mi vida. Porque ese libro, que recibí en Alemania de manos de mi hermana y seguramente elegido por ella, fue el último libro que papá me regaló en su vida. En la dedicatoria y con su letra dice: Con cariño para mi hija Diana, papá y ese cariño está sellado con su firma, con el símbolo del infinito repetido varias veces sobre su nombre. Así firmaba mi viejo sin saber, casi seguro, lo que eso simbolizaba.

Pues bien, esas son mis redes por estos días. Las que perduran y están llenas de amor, y no de basura disfrazada, no de competencia escondida en mensajes oscuros, no en falta de respeto, no en egocentrismo, no. Pensemos antes de escribir en cualquier red. No digo que la mujer haya muerto en su propia ley, pero que a las armas las carga el diablo, sí.

La”plorera” y el tiempo.

vedaEl otro día un amigo me dijo que lo que le gustaba de mí era el tiempo que yo brindaba. Que parecía que yo siempre tenía tiempo para dedicarle a todos. Que a pesar de haber hecho tantas cosas en mi vida, siempre había un hueco -o siempre lo hubo mejor dicho- para el otro. Y tuve que admitir que era cierto. Quizá por mi condición de geminiana, quizá por haber nacido gemela y convivir con un otro, una otra; siempre me hice tiempo para atender las necesidades de los demás. O por lo menos eso es lo que creo y según este amigo me quedó reafirmado.

Por eso, hoy, que tuve que hacerme un estudio de esos que una cámara nos muestra por dentro -ojalá hubiera una que mostrara nuestra alma-,  mientras iba  hacia el hospital cavilaba sobre eso. Las veces que tuve que apañármelas sola en situaciones desagradables.

Y mientras la gente me hacía un lugar para entrar a la fuerza en el tren (uno decía: japoneses, otro: guarda que acá hay una señora con bastón, otro me animaba a dar el paso desde el andén: entre señora, metalé, entre que las puertas se cierran) y  me hicieron lugar, y yo entré y las puertas se cerraron justo como para dejarme aprisionada entre la espalda de un obrero y el bolso de una estudiante con calzas color fucsia -era lo único que podía mirar para no comerme el pelo de una mujer que estaba delante mío- y mientras me sentía una especie de canelón, yo pensaba en todo esto del tiempo.

Pensaba en cuántas veces acompañé y cuántas no fui acompañada. Y no por maldad o desinterés, no…por el bendito tiempo que hace que la gente corra, que hace que la gente nos pueda escribir un prólogo, no nos pueda acompañar en una presentación, no pueda aceptar la invitación de tomar un mate; no pueda al fin y al cabo, no pueda tomarse el tiempo para la calmar la necesidad del otro, para cubrirlo, para decir dale, vale, ok o como quiera decirle a uno; te acompaño, estoy, acá para vos, estoy.

Qué cosa este tiempo sin tiempo. Qué desagradable, qué imparable, qué jodido no tener tiempo para tenerlo, para brindarlo.

Y pensaba en esto porque me percaté -hace muy poco y por situaciones muy desagradables-  que la gente, así en general, sí tiene tiempo. Siempre tiene tiempo cuando el otro muere. Siempre hay tiempo, aunque sea pequeñito, para escribir un texto y decir lo que uno sentía por el  que murió; siempre hay un tiempo para ir a su velorio, siempre hay un tiempo para el otro cuando el otro ya no está más.

Por eso también deduje que pasa lo mismo cuando la gente que se va a vivir lejos. Al principio recibe muchos mensajes, y luego cae en el olvido. Luego ya es parte de esa ausencia aceptada: está bien allá, seguro que estará pasándola bien, seguro que ya hizo amigos, seguro ya se olvidó de nosotros. Y ese es el exilio más triste. Cuando la gente deja de tomarse el tiempo para preguntar por el que se fue lejos. Porque es como una especie de muerte. Ya uno no forma parte del nosotros, forma parte del estar en un limbo del que está en alguna parte, el limbo del lejos, y ese lejos en el lejos, no se siente así. Uno desea saber con toda su alma qué es lo que pasa en el nosotros, quiere que no se corte ese cordón umbilical con el que fuimos o somos y seguiremos siendo.

Por eso, mientras estaba echada de costado en la camilla y miraba el monitor con las imágenes de mi interior (túneles rosados y laberintos carnosos iluminados por una luz de LED) mientras dejaba, como me habían dicho, caer la saliva sobre la toalla que tuve que llevar y que me pusieron debajo de la cabeza; mientras sentía el tubo en mi estómago como una pequeña serpiente endemoniada; me di cuenta que no solo caía saliva sobre la toalla, sino también caían lágrimas. Y que ninguna de las dos médicas alcanzaron a notar, tan ocupadas estaban ellas en mirar mi adentro.

Cuando el estudio terminó y recibí de ambas las felicitaciones por haber sido una excelente paciente, me sentí orgullosa, pero al segundo ese sentimiento se trastocó y me sentí la hija de la pavota.¿De qué me servía ser una excelente paciente si ambas me llamaban Laura por una confusión con mi apellido? ¿De qué, si cuando Laura se fuera de ahí, ya dejaría de ser la excelente paciente para convertirse en un número en un papel, que ni siquiera si no volvía por el consultorio dentro de un tiempo, cuando quiera ¿eh? sin apuro, para que así la doctora anote en su historia clínica y que conste en el hospital, quedaría rastro alguno de la excelente paciente, ni de Laura, ni del informe.

No había nadie conmigo para reírse de mi baba cayendo sin cesar en la toalla, no había nadie conmigo para esperar el informe, no había nadie para ir a desayunar y decirme lo bien que me había portado. Por eso, la hija de la pavota, esperó sentada en una silla forrada en cuerina beige, en una especie de consultorio donde además de la silla había una camilla con un papel descartable encima y una cortina blanca con volados de las que se usan en las bañeras, que daba un algo de intimidad al lugar.

Al rato vino la doctora y le dio a la hija de la pavota siete cajas de omeprazol de 20 mg diciéndole que era su día de suerte porque el visitador médico había dejado muestras gratis, le anotó a Laura las indicaciones de cómo tomar el remedio en una de las cajas, y desapareció diciendo que en un rato la otra médica le traería el informe.

Y así fue. La hija de la pavota le dio la mano a la doctora y se fue con su bastón, caminando despacio hasta el ascensor para camillas que era el único que funcionaba, y la “plorera” como le dice una amiga valenciana al llanto, se desató con furia, por el tiempo que la que volví a ser tenía por delante, por el tiempo que no tenía nadie para estar ahí y darme un abrazo, por el tiempo, el bendito tiempo que siempre pareció sobrarme.

Escribí un whatsapp que decía”Listo, ya está”. Me contestó una amiga”Bien!” y puso manitos aplaudiendo.”¿ Cómo te la bancaste?”, siguió.”Bien”, le puse, total la plorera, por suerte, no se ve en el whatsapp.