Cumpliendo 55 años en el siglo XXI

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Es raro. Antes -no mucho tiempo atrás- a los cincuenta y cincoya se era abuela, ya se descansaba, ya se disponía el cuerpo con sus achaques para la vejez y la muerte después. Hoy es un esfuerzo más que nos pide la sociedad. No parecer de cincuenta y cinco, no jubilarse, no temer a la muerte porque todavía está lejos.

Pero ni el cuerpo deja de mostrar sus signos vitales deteriorados, ni la jubilación llega para descansar. Eso sí, se puede uno encontrar con un médico que nos dice que un estudio lo tenemos que hacer de manera urgente y todo se vuelve confuso.

Esa contradicción que nos plantea el día a día hoy, nos descalibra. Nos vuelve inestables. Yo, por ejemplo, inicié mi segunda carrera el año pasado. Todo el tiempo según los ritmos de la universidad tengo que “competir” con chicos de 18, 20 años que asimilan de una manera tan distinta a la mía lo que nos dan que muchas veces me siento fuera del tarro. La universidad todavía no está preparada para absorber las diferencias escolásticas, de vida, de madurez de la gente que la puebla.

Es raro ser estudiante a los 55 y es raro no poder expresar esa sapiencia que nos da la vida, porque todavía, según el rito académico, no tenemos un papel que avale que “nos recibimos”. Uno que ya a esta altura no cree ni en los papeles de color verde, a veces se ríe, a veces se enoja, y otras hay que tomar envión para seguir sin caer, sin abandonar.

A ver si me entienden, no me quejo de mi estado, digo que es raro. Que hay días en que pienso largar todo y convertirme en una abuela como era la mía por parte de madre, que murió a los sesenta años, que vestía de negro desde los cincuenta (y no por moda), por usanza, se hacía un rodete con su pelo canoso, y sonreía y aconsejaba y escuchaba la radio y tejía. Y cocinaba y sus manos pecosas acariciaban a sus nietos. No more.

Pero me es imposible hacerlo. Leo los Herederos de Pierre Bourdieu para sociología, o veo una serie en Netflix, o tengo que mostrarme up. Y hay veces que el cuerpo no está up. Para nada. Ni el ánimo, ni nada está para arriba. Y llega el día del cumpleaños y uno no sabe si festejarlo o hacer como que no pasa nada.

Y así estoy. Escribiendo en un blog, a punto de ver una serie en Netflix o seguir con Los herederos de Bourdieu para el lunes. Eso sí, el mate en la cama es el regalo que me hice esta mañana. Mate y tostadas para no aflojar.

 

 

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Estudiar Antropología a los cincuenta

Quien dice cincuenta dice cincuenta y cuatro, lo debo confesar para los que les gusta (o les gustará, en un futuro) hacer cálculos, casi cincuenta y cinco. Siempre supuse que mi inmortalidad llegará con mi muerte. No sé si fue Marcos Curi, quien una vez, hablando por teléfono, me encontró enferma y dijo, “bueno, mejor, si te morís tus obras valen más”. Yo tendría veinticinco años y pensé en eso. Muerta valdré más.  Y sigo pensándolo. Muerta valgo más. Hoy él es el que está muerto, y sus/mis obras no sé quien las compró, ya que los rumores sobre Marcos y su muerte son demasiados. Lo único que sé es que él no se quedó con mi dinero. Y yo tampoco. Lo único que sé, es que él me quería y eso me basta. A mí y a mi sobrina. No a mi ex. Jamás.

Pero volviendo al tema. Hace un año, precisamente el dos de mayo cuando volví de España, volví con una depresión feroz. Me recibió la Argentina del “2 x 1”  así se le decía a la horrible idea de conmutarle penas a genocidas que habían cometido crímenes de lesa humanidad.

También me recibió la muerte de Abelardo Castillo. Creo que fue su libro Crónicas de un iniciado -a esta edad no se puede afirmar nada- el que me conectó con la escritura argentina de verdad, antes de los veinte años. En esa época, solíamos discutir sobre literatura y cine con mi hermana gemela, y ese libro junto al de Liliana Heker -Zona de Clibaje- fueron muy disfrutados y muy debatidos entre nosotras. Si bien con Ale hablábamos de literatura y cine desde hacía más de quince años -no, no estoy exagerando- creo que estos dos libros marcaron otra mirada para dos estudiantes de Bellas Artes que absorbían nuevas ideas hasta atragantarse.

Bien, volviendo al tema, -ya se irán dando cuenta de por qué le puse este título a este escrito- al volver a Argentina y encontrarme con estas dos noticias, mi depresión fue caótica. Si a eso le sumamos problemas familiares de rapiña patrimonial, cuando me crié entre cultores que gritaban a voz en cuello: no a la propiedad privada; fue demasiado.

Una vez que me “acomodaron” muy a mi pesar los “fármacos anti todo menos anti  tendencia al suicidio” -ese es el tema de mi última novela que está en gatera-, comencé a pensar qué iba a hacer de mi vida. En ese período tan oscuro en que los hijos ya no me necesitaban casi para nada y aún eran muy chicos para darme nietos; pero sobre todo, el panorama político y económico actual me había quitado toda posibilidad de competir con mi Curriculum Vitae (la mayoría de los empleadores no quieren gente que sepa, quieren gente a la que puedan manejar), el mandar CV  a los portales de empleo y  ver en sus estadísticas que el único motivo de rechazo era la edad, es que decidí quedarme en casa y no gastar en nada más que en comer. No como mucho, así que ese no sería un problema.

Pero, y gracias a mi psicóloga Meli, también decidí no ser tan pesimista y así como cuando el mercado de arte cayó me puse a estudiar Marketing o cuando me di cuenta que vivía en una Isla protegida por su Biosfera como Lanzarote, me aboqué al medio ambiente; y también, más cerca en el tiempo, cuando quise hacer cine, empecé por estudiar guión; esta vez me propuse (maldito Weber) estudiar algo calculando mi edad cuando terminara. Pensé que la psicología estaría bien para una vieja que se diplomara a los  sesenta años, con problemas en la columna. Estar sentada en un sillón escuchar al otro y escribir. Eso era. Volví entonces a la Universidad.

Y he aquí la magia, me confundí. Dentro de las materias en las que me anoté para el primer cuatrimestre, me anoté en una que no necesitaba para psicología (¡inentendibles planes pedagógicos!): la Antropología.

Y la Antropología me atrapó. Fue como empezar a ordenar todo lo vivido en casilleros. Fue como entender que yo era antropóloga aún antes de estudiar Antropología. Que siempre me interesaron los “otros”, siempre. Que siempre hice “trabajo de campo” ,siempre. Que siempre escribí “etnografías o monografías ( como dice Rosana Guber), siempre. Y siempre reflexioné sobre lo que me enseñaron los otros, los escuché ( a veces más que a mí misma).

Pero entrar en la Universidad conlleva un academicismo, un modo de “estatus académico” como dice Lins Ribeiro, que no me agrada. Una mirada desde el eurocentrismo o estadounidensecentrismo, que no comparto. Viví en varios países, me convertí en una especie de “observante participante” o de una ” participante observante”, sufrí y disfruté el “punto de vista nativo”, asimilé su lenguaje, decodifiqué sus códigos y eso en la universidad no sirve. Hay que graduarse para debatirlo. Hay que pagar derecho de piso. A no ser que pague una maestría, para la que no tengo dinero, debo esperar cinco o cuatro años, terminar la carrera y recién ahí el “sistema universitario academicista” -del que todavía hacemos uso aunque muchos antropólogos estén en completo desacuerdo- me dejarán exponer mis teorías. Así somos. Un título habilita. Horas y horas de vida y trabajo de campo, no. Hay que estudiar a los clásicos cuando los clásicos no fueran antropólogos, y menos antropólogos argentinos. Así estamos. No podemos salirnos del molde eurocentrista en el que nos metieron los que nos colonizaron, los que nos estudiaron como salvajes, los que vinieron en los barcos a difundir sus ideas y sus métodos.

Da miedo enfrentarse a los nuevos paradigmas, da mucho miedo. Imagínenme a los cincuenta y cinco años, casi, luchando por erradicar esos paradigmas cuando sé que mi vista, mi espalda, y sobre todo mi memoria comienzan a dar señales de deterioro.

Pero así son las reglas con que tengo que jugar. Y así las jugaré, hasta que algún día, quizá después de muerta, alguien levante las banderas que propongo levantar hoy, y nos dejemos de tanta teoría, y resolvamos comenzar a ocuparnos del “otro” de verdad.

 

Vacaciones rojas

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Así le podría llamar a mis pasados días en la casa de un amigo. Sobre todo después de haberme prestado el libro de Pamuk: Yo soy Rojo.  Todo, desde entonces, se tiñó de esa sabiduría oriental, mezcla de aceptar la decrepitud humana, el deseo erótico, (no en un sentido solamente sexual sino en el de querer vivir), nuestra bajeza moral y la tendencia a la violencia.

Ya sé que muchos leerán esto y dirán, ¡pero si no tendemos a la violencia como sociedad! Después de leer Yo soy Rojo, entendí que no se puede luchar contra lo innato. Por más sutil que sea esa violencia, me refiero no sólo a la física, la más visible, sino a la que milímetro a milímetro es adoptada diariamente por los gobiernos, los representantes del poder o la fama de turno, los poderosos, los que aún siendo buenas personas creen que por tener más dinero que otras eso los vuelve importantes, mejores, dueños del mundo chiquito, estúpidamente chiquito, que los rodea.

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Leer Yo soy Rojo me recordó a mi primera incursión en el análisis de la estupidez ( o estulticia) humana, cuando leí a Erasmo, tendría dieciséis años. Hace casi cincuenta ya. Y todo sigue igual de abominable en la humanidad. No estoy, aviso, para nada deprimida, solo que puedo ver algunas cosas que otros se niegan a ver.

Dicen que cuando uno acepta la enfermedad, se vuelve todo mucho más fácil. Es algo así lo que me pasó con la lectura de ese libro. Después de leerlo, tomo distancia de todo, ya no me encabrono por cosas que no están a mi alcance cambiarlas. Las observo como un combo que vino con nuestro estar en este mundo. Que después los norteamericanos se encargaron de dibujarla para hacernos creer otra cosa, oh yeah, pero desde milenarias civilizaciones nos advierten que todo es tan común, que más allá de unos cuantos teléfonos móviles o armas más letales, el ser humano en sí, en su esencia, no ha cambiado mucho.

Por eso, cuando digo vacaciones rojas, todos piensan en sangre, y yo no, pienso en Pamuk y su libro. Por eso cuando se lee “Vacaciones rojas” como título, se piensa en algo así como la visión de Popeye en la película de Robert Altman (1980) que ve todo rojo por la ira; o tal vez se piense con una tendencia macartista en Moscú. No. Nada de eso.

La cosa va por otro lado.

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Quizá vaya por el rojo de los cielos o dela luna que vi, que como la sangre humana que corre por todas nuestras venas, aún hay quien cree que tiene sangre azul.

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La cólera de un particular. (Reflexión sobre el último libro de Marcelo Figueras.)

“Cuando un hombre cualquiera, pero valeroso, se ve obligado a montar en cólera, nunca se derrama mucha sangre. Pero el día que eso ocurre, toda China se viste de luto”

                                                             de Negro Corazón del Crimen, Marcelo Figueras.

RJW

 

Ayer terminé de leer el último libro de Marcelo Figueras. Ese racconto que hace sobre la vida de Rodolfo Walsh, del hombre, del periodista Erre. Del escritor RJW que escribe policiales y muestra su talento a una Argentina recién inaugurada (¿Qué es si no, ese país, ese grupo de gente que se proclama como dueña de unas tierras por 200, 300 años, contra siglos de otros pueblos que fueron invisibilizados y puestos al servicio de los nuevos propietarios? Este libro también habla de eso sin ni siquiera mencionarlo.)

Habla de la legitimación y el prestigio de un escritor que, coronado con la gloria más preciada que podría tener en sus tiempos -ser premiado por Borges y Bioy Casares- elige el camino de no mentirse. Elige encontrar y escribir con su voz aunque vaya en absoluta contra de su conveniencia. Decirle no a lo fácil. Esconderse para escribir por ser perseguido como uno de sus antiguos personajes y ser ninguneado por los que antes lo aplaudían.

Es fácil caer en escribir sobre lo heroico de su accionar. No es fácil dejar de conmoverse a cada rato con ese cambio que se va a ir produciendo en el escritor-periodista-hombre, después de escuchar el llanto de un conscripto a punto de morir -¡No me dejen solo, hijos de puta!- y llegar así después de un largo camino a ser el hombre-periodista-escritor por lo que se lo conoce todavía, después de cuarenta y pico de años de su asesinato a manos de la dictadura militar.

Así pues que este tiempo plagado de dolor, por lo menos para mí, por la brutal represión vivida contra la gente que se oponía a una ley que le parece injusta, inentendible, el 14 de diciembre de 2017 en la Argentina; me hace repensar la importancia de libros como éste.

Ayer cuando leía en Twitter, tanto odio contra una abuela que busca nietos hijos de desaparecidos en la dictadura que ERRE ayudó a denunciar antes de morir, en su carta a las Juntas, me preguntaba en qué país vivo, ¿no? ¿En qué mundo vivo? Porque esto no sucede solo acá. Hay un recrudecimiento del sálvese quién pueda en todo el mundo. Hay quienes todavía ingenuamente favorecen, iluminan, agradecen o se congracian con los mentirosos, porque eso les da rédito, eso le da un rédito, eso los mantiene enchufados a un sistema de protección.

Esos que no son capaces de preguntarse como Walsh, como Figueras cuenta que Walsh se pregunta ¿Para qué escribo?¿No es más fácil el otro camino, hacerme el boludo, seguir lo que hace doscientos, trescientos años, vinieron a sostener unos, vinieron a negar otros? ¿ Mezclarme en la turba inmunda de escritores que se siguen alegrando por ser parte de un sistema que saben bien, los está usando?

Ayer, cuando estaba cavilando sobre esto y la lluvia torrencial me hacía pensar en la cantidad de gente en situación de calle, en los techos de chapa volados, en las criaturas que morirían por esa tormenta en Buenos Aires, me llegó un wattsapp de una compañera de los tiempos de Bellas Artes, a la que volví a encontrar después de años: “Sacarle los subsidios a todos los extranjeros. Si estás de acuerdo con esto compartí”. Le contesté que yo también era extranjera, creyendo que era una broma, creí que también ella se consideraría una invasora de estas tierras que hace 500 años eran de otros. ¿Y qué son 500 años en la historia de un país, no?

Pero no, era verdad. De verdad me estaba pidiendo que la ayudara a difundir esa infamia. De verdad y todavía, le dicen a Estela de Carloto, vieja degenerada. De verdad reprimen a la gente que piensa distinto en las calles. De verdad esta pesadilla. De verdad.

De verdad tantas cosas que me pregunto como Erre, ¿está bien seguir escribiendo lo que escribo o me hago la boluda? Pero me contesto parodiando su voz o la de Figueras: si no ¿cómo hago para justificar la traición cuando me enfrento al espejo: miedo, codicia, ambiciones rastreras?

Le agradezco a Marcelo el haber escrito este libro, porque si bien todos los que siguen mis blogs hace años, saben que soy una absurda fanática de él (y con absurda quiero decir que no puedo hacer ningún tipo de crítica racional de lo que escribe, porque su obra, para mí, va más allá de algo literario; siempre se adelantó a lo que vivo día a día como algo mágico, algo que me pasa con muy pocos autores) le agradezco el haber escrito un libro que nos interpela en esta Argentina de hoy, trayendo al presente la historia de un escritor que eligió no mentir, no mentirse, no ser egoísta ni ególatra, ni con su obra ni con su vida.

Un cualquiera que se vio obligado a montar en cólera e hizo que con su muerte la historia de un país siga de luto.

 

 

 

 

Loving Vincent o loving Anne Sexton

Ayer vi Loving Vincent. Me dormí angustiada. Yo era pintora y ahora qué. La nada.

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Amanezco cuando los negocios de la calle suben sus persianas. Son mi despertador. A veces les agradezco, a veces los maldigo, depende. Me olvido de ponerme los lentes, así que voy directo a la cocina. Me conozco la casa desde que nací. Prendo el fuego. Pongo la tostada en el tostador eléctrico que me regaló mi hijo para el día de la madre. No es un buen regalo para vos, pero al menos no me despierta el olor a tostadas quemadas.

Escucho pelearse a los sueños con los pensamientos, hay un gran ring en mi cabeza queme tortura desde el minuto dos en el que abandono la cama. Busco el mate, le saco la yerba de ayer que no se secó al sol, todavía no llegué a eso.Tengo dos mates para elegir, uno de mi nuera, dice “con amor”  y tiene un Budita sonriente, es rosado y blanco, lo uso cuando estoy necesitada de abrazos de mi mamá. Le meto sal. Cuando le voy a meter la yerba me doy cuenta que la. Lo lavo. Le echo azúcar. Busco la yerba en el frasco vacío. Busco la yerba del paquete en la alacena. Se está por terminar. Le echo todo lo que hay y me digo que tengo que comprar. Me abruma. Saco de la heladera un pote de queso Ilolay. Industria argentina. Busco una cuchara pero agarro un tenedor. ACV pienso. Me río. Voy a buscar ropa para lavar. Veo el atado de cigarrillos y me prendo uno. Enciendo el celular. Escucho los sonidos del wasap. No me acuerdo cuando lo apagué. Me da dolor de panza leer lo que hay ahí. Lo apago y vuelvo a la cocina. La pava chilla como una nena malcriada. Le saco la tapa y me quemo. Le echo agua fría y me tomo un mate repugnante. Crema para que no se me haga ampolla. Eso. La busco y no encuentro. María se quemó viva con aceite a los dos años. Yugoslavia 1929. Yo no existía, ella ahora está con ACV si sigue viva. Perdí el teléfono de la sobrina. Enciendo el celular. Me duele más la panza. ¿A quién voy a llamar? Lo apago y me tomo otro mate. Voy a buscar ropa para lavar. Me prendo otro cigarro. Me siento en la cama con la ropa y me quedo en blanco. El cigarrillo me quema los dedos. Me acuerdo de la tostada, de mi hijo, de la crema que no me puse, me late el dedo y el corazón. Ojalá se me pare. Me imagino la cara de él cuando me encuentre muerta. Lloro. Me levanto y voy hasta el lavadero. Pongo la ropa dentro del lavarropa. Voy a ver la tostada. Fría. El queso Illolay, la cuchara, el mate, el dolor y el agua corriendo y el fuego encendido y la ceniza por todas partes. Enciendo el celular.

Cinco videos en el wasap: la vida es hermosa, disfrútala.

Querida Linda, (1)

Estoy a la mitad de un vuelo a St. Louis para dar una conferencia. Estaba leyendo una historia en el New Yorker que me hizo pensar en mi madre y, sin darme cuenta, sola, en el asiento, susurré: «Yo sé, madre, yo sé» –encontré  una pluma, y pensé en ti– que algún día volarás sola a alguna parte, que quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo.

Yo quiero hablar. (Linda, quizás no estés volando, quizás estés en la mesa de tu cocina tomando té, alguna tarde cuando tengas 40. En cualquier momento) y quiero decirte:

Primero, que te amo.

Dos, que nunca me decepcionaste.

Tres, yo sé. Yo estuve ahí alguna vez. Yo también tuve 40 con una madre muerta que todavía me hace falta.

Éste es mi mensaje para la para la Linda de cuarenta. No importa lo que pase, siempre serás mi pajarito, mi Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes –en donde estés, Linda, hablándome. Pero yo tuve una buena vida –escribí infeliz– pero viví a capa y espada. Tú también, Linda –vive al límite. Te amo, mi Linda, a los cuarenta, y amo lo que haces, lo que encuentras, lo que eres. Sé tú misma. Pertenece a aquellos que amas. Háblale a mis poemas y a tu corazón  –estaré en los dos: si me necesitas. Mentí, Linda. Yo también amé a mi madre y ella me amó a mí, ella nunca me sostuvo pero la extraño, tanto, que tuve que negar que alguna vez la amé –o ella a mí, ¡pero qué tonta, Anne! ¡Así es!

(1) Anne Sexton.

 

 

 

 

 

Domingo

En este barrio en el que vivo no se nota mucho que es domingo. No existe la calma de los pueblos. La extraño.

Intento fabricarme un domingo puertas adentro. Fracaso.

Miro por la ventana. El supermercado chino está abierto. Pienso que hay cosas por comprar. No tengo el coraje para obviarlas. No tengo excusas.

Salgo.

El vecino, a quien después de tres años recién conozco, está lavando su moto en la vereda. Me quedo mirando el agua que desparrama sobre la puerta de mi casa. No levanta la vista. Lo miro quieta. Me mira. Sonrío. Él no, agacha la cabeza y sigue, lavando su rueda delantera.
Después le diré algo.
Volver rápido a casa es la consigna. Que no se malogre mi domingo.
Leí un artículo sobre una mujer de 66 años que cruzó sola el Atlántico. Ella desarrolló la paciencia frente a olas de cuatro metros. Si ella pudo con las bestias, yo también. Paciencia.
Los chinos me entristecen. Casi dejaron de serlo. Desde que llegaron al barrio cada vez son menos chinos, más argentinos.
Adelante, en la cola para pagar, está la mujer del diariero, le decimos El Gallego. Paga rápido mientras la observo. También para ella pasaron los años. Está en esa edad que ya no le importa cómo va vestida. Le miro la espalda, curva. La papada, cuelga. En su bolsa tiene un queso Mendicrim light. Pienso en el colesterol. La mujer del gallego debe tener colesterol . O está en la moda light. Laif, decía mi tía. Me encantaba cuando mi tía decía laif. Nunca la corregí ni contradije. Era la mezcla exacta de lo que quería expresar y lo que era. La entiendía. Vida laif.
Compro naranjas de jugo y sé que la chica, que no es china (me pregunto por qué nunca hay chinos verduleros ni carniceros) se aleja a buscar cambio. Tiene un trasero grande y no lo disimula. El jean se lo marca bien y tiene un bordado: This is for you. Pienso en su novio. Si es que lo tiene. Si es que le gustará ver esa frase bordada en el trasero de su chica. Viene con el cambio y sonríe. No como el otro perejil, el de la moto, que no saluda, ni hace una mueca siquiera.
Cruzo cargada, entre los autos apurados, llego a tiempo para alcanzar el otro lado del Atlántico entre los buques estacionados. Mis piernas son mi barco. Cada vez más cerca escucho la sirena de una ambulancia.
Miro para atrás, quiero ver si conozco la empresa de ambulancias. Vital. Buen nombre. Pienso en un infarto de domingo. Cómo se complicaría todo.
Busco al pibe de la moto para decirle algo. Ya no está. Subo y entro. La gata me mira como desconociéndome.
Intento continuar con mi domingo. Coloco las naranjas una a una en la fuente blanca. Las bananas al lado. Los colores brillan. Qué lindo que es pintar las frutas.  Las flores amarillas todavía duran. Pongo el agua para el mate y miro el calendario. Domingo. Hace tanto que no salgo. Cada vez me dan menos ganas.
¿Me estaré volviendo como la mujer del diariero?

El reloj

El reloj

Cuatro meses sin ponerle pila al reloj,

al único reloj de la casa.

Cuatro meses sin saber que el tiempo se va

segundo a segundo

o que el tiempo llega

(en los días más distraídos)

para disfrutarlo.

¿Olvido? ¿Desidia?

Ambas cosas me impedían salir a comprar una pila.

Una simple pila para saber que todavía late mi corazón

al unísono del tic tac.

La vida se me asemeja a una jungla con lianas,

voy agarrándome de una en una,

saltando por sobre poderosas fieras.

Quizá lo que haya abajo sean palomitas,

pajaritos boludos,

y como una tonta me aferro a las lianas con desesperación.

A veces pienso que si me suelto me van a comer,

a veces pienso que si me suelto aplastaré a las palomas.

 

Para eso me sirve el reloj,

marca, como una bomba, el límite de mis fuerzas.

En días distraídos trepo y salto para no matar a nadie,

en días dolientes, resisto, para que nadie me coma.

Tic. Tac.

 

Bendita Argentina

 

macri el mago sin dientes

Racismo y prejuicio. No hay dos sin tres. Los colectivos, el reloj, su minutero y mi desvelo. El ruido del tiempo. El paso de los colectivos sobre los adoquines mojados. Y la misma luz en la cocina sobre esta mesa de tantos años. Los gritos de los basureros y las bolsas que caían estrellando vidrios. ¡Ahí va, dalee…! El camión, que ahora es una máquina andante que condensa, la hace chiquita, compacta, pasa. Casi no no se llega a ver. Vuelve el silencio y el ruido del reloj, el minutero, al tiempo.

¿Dónde estaba yo cuando Alfonsín juntaba las manos en la Plaza? El Indio en Parque Lezama, vamos che, vamos que suenan bien ¿quiénes son? un grupo nuevo, algo de Redonditos, algo de Ricota, qué bien suena todo en este Parque esta noche, frente al Bar Británico, aunque el calor, la decepción del pacto imperialista, del tufo militar que se sabía no nos sacaría del pozo, nunca nadie te va a sacar del pozo cuando le da la mano a los yanquis, pero el festejo igual, los redondos, Parque Lezama y el Británico eran jóvenes, o yo era joven y nada era tan dramático como hoy cuando en un libro leo mi historia, me la cuentan en cientos de páginas absurdas, que tengo que estudiar y rendir para un parcial, hablando de vencedores y vencidos, de sociedad y estado, no sé si quiero ser psicóloga así, no sé, estoy vieja, vi demasiado como para que me cambien las cosas, el pacto de Olivos, los carapintada, Aldo Rico, Seineldín, tantos nombres que guarda mi cerebro, el cerebro según Aristóteles, el cerebro según la doctora brasileña que da charlas en el TED y habla de vacas, de chimpancés y de energía, de comida y cocción.

Papá en un video, cocinando un guiso al que le faltan arvejas, papá hablándole a su hijo lejano sin saber qué decir, papá joven, papá sin querer aparecer, papá italiano nunca argentino, él sabía por qué. Ro enojada, chiquita y enojada, vestida de negro y yo jugando con ella, los sospechosos en la calle, otra vez como siempre, los servicios, la droga y en el medio nuestro juego esa tarde, pollo pollo pollito, pata pata patita, los dólares y el cielo azul, la embajada volada por los aires, el cielo tiñéndose de negro, la nube de humo como un hongo, los dólares, buscar los pasajes, pata pata patita, pollo pollo pollito; todo explotaba, el cielo, la embajada, la cabeza, el juego, los que se iban y los que se quedaban alrededor de esta mesa, bajo esta luz, guiso sin arvejas o  pizza con champagne para Susana Giménez y Memen,

¡Hola Susana! decía mamá, pero mamá ya no estaba, te estamos llamando, decía Ro, pero Ro se quedaba, como se quedaban tantos, los amigos traidores y los fieles, los amigos perdidos que hoy manejan Uber o viven en Brasil, mamá ya no estaba, no, ni vería como yo a los australes, ni los bonos, ni a Cavallo y su conversión, el FMI y el Banco Mundial. El punto final. La obediencia debida y el Nunca más. El nunca más, o basta ya, basta para mí, basta para todos, para vos Seineldín, para vos Videla, Massera, para vos y para cada uno de los que estuvieron en la guerra sucia, para los “Pichiciegos” que murieron condenados, para los que nos fuimos y para los que quedaron.

“No se califican las vivencias, no son materia de evaluación”.

Claro que no, señor, eso lo viví yo, eso lo recuerdo yo, a papá preguntándome qué querés comer cuando vuelvas; asado pá, asado con tomate, no holandés, no agua, tomate rojo, argentino, de la pampa, tomate rojo sin evaluar, con gusto a tomate, sin medir, de mano en mano, sin glifosato.

Memen y el delirio, no los voy a defraudar y todos caímos una vez más, como siempre pasa en esta bendita tierra, donde los piqueteros queman gomas, cortan rutas y encienden su fuego de esperanza para maldecir a un gobierno que lastima, que nos hunde. Raza y prejuicio, etnocidio, discutamos los términos científicos, aprobemos el parcial, seamos dignos, científicos, falsacionistas, inductivos, positivistas, me cago en la leche que los parió, el mundo es mundo y siempre lo será, con su ruido a basura compactada a las cinco de la mañana, o sus gritos, ¡dale que va!, la luz de la cocina, mi despertar de un sueño de revoluciones y golpes de estado, o democracias delegativas, poliarquías, populismos y regímenes de facto a punto de explotar, como la embajada, como el cielo azul cubriéndose de humo, como el humo que inunda esta cocina y se disipa después, bajo esta luz que tantos años cobijó a gente alrededor de esta mesa de pizzería de inmigrantes recién llegados a la América prometida, raza y racismo, prejuicio y etnocentrismo, siempre fuimos y seremos medio pelo, no somos chorros, no somos ricos, ni trepadores, no nos tocó la varita mágica, ni la de la suerte ni la del mago sin dientes, ni siquiera la galera del deshollinador, nada fue justo para nosotros, o sí, más justo que para muchos que murieron congelados en un río, o a balazos, fusilados, solidariamente, desesperadamente, defendiendo a mapuches de las tierras de los colores unidos de un inglés millonario, mientras los pajarracos anunciaban la madrugada como ahora, y el cuerpo se cansa de resistir, los ojos de mirar al cielo con humo de metralla, o de bomba, el cielo azul azul se hace negro, sin luz, Into the wild.

Basta para mí, basta para todo, “el humo mata” dice el atado de cigarros con una foto de un nene de ojos negros y una máscara verde, muriéndose, como tantos a esta misma hora, de hambre, a esta hora en la que suenan tantos despertadores para ir a trabajar y cobrar un sueldo impuesto por los bancos mundiales, y nosotros, sus siervos de países emergentes que nunca emergerán, porque el mago sin dientes festeja con globos y una galera que una miserable mujer ganó las elecciones y otra mujer abrazada por el pueblo sea llamada “shegua” o montonera, está a punto de dormir en una cárcel por ladrona,  por ladrona o por puta, vaya a saber cuánto habrá para escuchar, aunque el pueblo la aplauda y la espere, a que como siempre, Perón, Alfonsín o alguien como ella, nos saque de este fango en el que nos metieron, donde se mezcla la sangre de los indios que mató Roca, con la sangre de los “zurdos” guerrilleros, de los milicos “pichiciegos” de las Malvinas…

Qué sé yo de historia, señor, sé de mi vida, sé de vivencias, de viajes, vueltas e idas, no de ciencia, ni etnocentrismo, ni populismo, ni régimen político, sé que la luz entra ahora por la ventana, por la misma ventana hace más de cincuenta años y los gobiernos pasan, como el tiempo en el ruido del minutero, como el camión de la basura, como mi desvelo y mi sueño.

 

A Santiago Maldonado.

El dolor del amor

 

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Terminé de ver los seis capítulos de una serie sobre comadronas.

Ellas buscaban paliar el dolor huyendo del amor,

porque el amor, según ellas, dolía.

El amor, sí, claro que duele.

Claro que es estúpido hablar de esto

cuando el que lo vivió lo sabe.

Los hijos hoy cenan afuera

cuando les cociné pastel de carne para ellos.

¡Pero si me olvidé de ponerle huevo a la carne!

¡Si seré inútil como madre! Y seré inútil cocinando…

no amando, no,

nunca fui inútil amando,

aunque a veces fue inútil el tiempo perdido en algo que no sucedió

y no sucedió jamás porque nada hoy existe

porque el tiempo limpia el vómito

enjuaga la sangre

y seca el semen.

Lamento no ser más clara al escribir,

lamento este lamento

por el amor mal habido

mal llevado

mal querido.

Si al final seremos ceniza,

al final, solo huesitos rotos,

al final, locura olvidada entre páginas y páginas de manuscritos.

Pero el amor que dimos,

ese, ese amor puro sin delicadeza, sin esperanza y sin remedio,

ese amor será recordado aún

cuando ya no estemos en el recuerdo de nadie.

Llaves

Son las 5:04 de la mañana. Escucho las voces adolescentes recién llegadas de un recital. Me duele la garganta. No quise ir. Pero no tengo ganas de dejar el cigarrillo. El cigarrillo en este momento es como mi estupidez calmante. ¿Está el cartón sobre la heladera? Entonces está todo bien. Recuerdo un día que llegué a lo de Thomas, un amigo de amigos en las afueras de München, y vi por todos lados cartones de Erntedreiundzwanzig, o Cosecha 23, el cigarrillo que más me gustaba en ese entonces, pero que sólo lo podía fumar cuando vendía algún cuadro, porque tenía veintitrés o veinticuatro años y en general a esa edad, a menos que se venga de familias de patriarcas pudientes, no se tiene demasiado dinero como para comprar cartones y cartones de cigarrillos, y menos en Alemania, que si mal no recuerdo en esa época costaban Vier Deutsche Mark, 4 marcos alemanes , cuando mis impuestos como pintora alcanzaban a los 60 cada mes, y lo que cobraba en la cantina limpiando mesas eran creo que menos de 200 DM. Anyway, tengo para fumar un  rato largo y eso me tranquiliza, aunque ya se empiecen a evidenciar los signos del segundo año y medio que retomé el vicio. Otra cosa que no me puede faltar en estos últimos tiempos son los lentes, aunque sean los baratos esos que me compré en un quiosko de la Avenida Santa Fé, al lado de lo de mi antigua psicóloga, los de mi padre que son bastante buenos, o los que me raspó Jony, el rapero,  una vez que me quiso limpiar los lentes, cuando el año pasado estuve en el hospital. La cosa es que no se podían limpiar esos lentes en seco, pero andá a decírselo a Jony, quizá se lo tomaba a mal y me miraba con esos ojos con los que miraba al innombrable cuando se hacía el boludo. Juro que te taladraba con la mirada, si la llegabas a atravesar, encontrabas una dulzura como pocas he conocido. Un tipo tan fiel a sí mismo que daba envidia. Lo vi unas cuantas veces más, y siempre el mismo abrazo, de emoción, siempre preguntándome por la historia, su historia, la historia de todos los que estuvimos ahí. Porque hay gente que prefiere olvidar. Y hay gente que no. Que lo toma como una forma de venganza. De que el mundo sepa lo que es estar ahí. No que se lo imagine. Que lo sepa. No sé porqué agarré para el lado de Jony, podría haber agarrado para cualquier otro, pero como él fue el que me arruinó las gafas, de él me puse a hablar.
Y la última cosa que no me puede faltar en estos momentos, además de mi medicación, off course, es un libro de Sylvia Plath, con una mina en la tapa que se tapa la boca. Esa mina es como mi hermana, no la real digo, no mi gemela, que la tengo, no. Esta es una mina hermana como de alma. Te podría decir que tiene algo mucho de mis hermanas de vida, algo de La tejedora, la M con w, la M con r, la M con P, la Leti sin t, la Cielo. Viste cuando buscás  una hermana, pidiéndole ayuda y está ahí, siempre a mano. Bueno, ellas son así y ella, la de la tapa y la que escribe, es así, para mí. Es mi hermana. En los peores momentos de mi vida la busco y la encuentro. Y si no, le pido tres veces a San Onofre, el santo de los objetos perdidos, que me la encuentre y zácate, aparece bajo otro libro, o bajo la almohada, o en el escritorio, pero está. Nunca me falla. Antes me acompañaba el Palinuro . El Palinuro de Méjico. Pero por suerte o por falta de ella, uno va cambiando. Y si bien, amo al Palinuro, no lo siento como hermano de sangre. A esta sí.
Y así, con esas tres o cuatro cosas sobrevivo. Sin necesidad de más. Ya sé que estoy sola como no vine al mundo y moriré sola como todo el mundo.
Mi hijo me llorará más o menos, depende de cuán chico sea. Mis amigos se acordarán algunos de unas cosas y otros de otras. Digamos del cuarto trasero o delantero, aunque dicho así quede espantoso. Mis amigas se reirán un rato de las boludeces que dije y otras llorarán mis verdades.
De mis parientes, puf , de mi parientes, creo que salvo a mi tía, a nadie le va a importar. Sí puede ser , a mi hermano lejano. Y después, al padre de mi hijo. Aunque ya no nos hablemos más, ni nos odiemos más, ni nos amemos más tampoco. Hay después un par de amigos, que los dos son innombrables por sus benditas mujeres que les gustaría verme quemada como en tiempos de la inquisición, por más liberales que sean. A ellos sí les retumbará mi muerte, como dijo uno, estuve delante del cristal con la piedra en la mano y no lo rompí. Pues sí, fue así. O no lo rompiste o no te dejaron. Tan temerosos son los hombres. De comprometerse. De perder lo que tienen. De que los señalen después. De sus madres. De sus hijos. De sus esposas. De sus amigos. Vecinos. De todo son temerosos. Hasta de la muerte. Ja! como si no fuera parte de la vida. Ya lo puse en otro blog o en mi skipe: LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL QUE SE TRANSMITE POR VIA SEXUAL. Así de cortita te la hago.  Así de simple. Nacemos para vivir y morir. No sólo para vivir eternamente y que el cielo nos espere como dicen los yanquies. Niet. Nacemos para comernos la vida, sea con llanto o risa, da igual, la cosa es cuán intensamente nos entregamos a ella, e dopo, Adío vita! io ritorneró!!! quizá en un pez, quizá en un gurú, ma io ritorneró!
¿Que no me creen? Problema vuestro, no mío. Yo me fumo un cigarro y escucho como mi pariente, de sangre, aunque más bien parezca de sangre coagulada revuelta en ensalada, como cantábamos  en el ómnibus que nos llevaba de excursión cuando éramos chicos, se prepara para ir a laburar. Día tras día, la misma rutina. Se hace la señal de la cruz al pasar por una iglesia. Se ocupa de que su GPS le marque el camino. Aunque se lo sepa de memoria. Trata con sus empleados y da su tarjeta a los que tienen traje y corbata. No sea que se le acaben. Y se terminó. Ahí se terminó. Con una llave en su poder. O su poder reducido a una llave. Y vuelvo a lo mío. A mi hermana,la de la tapa del libro que se tapa la boca con un pullover marrón, tejido a dos agujas, punto arroz, si mal no recuerdo lo que me enseñaron. “No veía en realidad por qué la gente tenía que mirarme. Muchísima gente era más extraña que yo.” Dice el personaje en el libro en la página 178. Y yo digo exactamente lo mismo. Qué es más extraño: ¿un GPS o una estrella?. Aunque esté en un anillo. Y a veces te haga bombear la sangre en el dedo y sientas que algo está pasando, y a veces duela porque te corte el borde, y sientas que algo está pasando, y otras , las menos, sientas que la estrella del anillo no dice nada, no late, ni tiembla, no ríe, ni recuerda, y sepas que está durmiendo, como vos?
Ya los adolescentes duermen y los colectivos hacen cimbrar la casa. Pronto empezarán los pajaritos a anunciarme que se me hizo de día escribiendo. Pronto, el desvelado , o la desvelada que lée esto, bostezará y se irá a su cama, con su pareja o no, con su hijo o no, con sus muertos, con sus amantes, con sus recuerdos, o no. Y la vida seguirá para todos y todas, para los extraños seres o los que se consideran normales en este mundo donde la guerra es más común que la paz. Donde comer en un mac burgal es lo corriente, y no sacar los huevos del gallinero del fondo como hacía mi abuela. Donde evaluación significa lo mismo que calificación. Y los maestros de matemática no son gente con los pelos revueltos enseñando la grandeza y los enigmas de esa ciencia milenaria. Donde el arte se mueve al ritmo del mercado, de la bolsa de Wall Street y jamás se buscará en los hospicios. Donde si sos capaz , lo demostrás con una buena nota, y el que viene de Fuerte Apache es un negro cabeza que puede llegar a afanarte, ojo, ni lo mires. Donde defender a Garzón es reprobable por la justicia española aunque haya juzgado más crímenes que el mismísimo Franco. Donde la soja avanza en el mundo y se tala en la Amazonia un campo de fútbol por minuto. Donde hay gente brindando con champagne mientras en otro sitio del planeta que es un puntito miserable en el medio de vías y calles lácteas y alcohólicas, hay pibes con brazos amputados, sin madre, sin padre, llorando con los mocos sobre sus panzas gordas de hambre. Donde hay patriarcas y súbditos. Como en la Edad Media. Donde lo que se dice se desdice de un plumazo o de un disparo: Tenés la puerta abierta, le dijo ella al chofer, y perdió un brazo, sino su vida. Así desayunamos, con la Jolie y el Pitt o  una bomba en Iraq.Sé igual. Así nos asustamos. Metiendo en cárceles a tipos que tienen hambre y sacando de ellas a asesinos y narcos. Así.
Por eso, Emil, prefiero escribir a jugar al backgamon. Ya sé que vos hacés las dos cosas. Por algo sos hombre. Y yo una mina. Madre y mina. Son como dos cosas distintas, pero no. Madre hay una sola. Minas unas cuantas.