Loving Vincent o loving Anne Sexton

Ayer vi Loving Vincent. Me dormí angustiada. Yo era pintora y ahora qué. La nada.

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Amanezco cuando los negocios de la calle suben sus persianas. Son mi despertador. A veces les agradezco, a veces los maldigo, depende. Me olvido de ponerme los lentes, así que voy directo a la cocina. Me conozco la casa desde que nací. Prendo el fuego. Pongo la tostada en el tostador eléctrico que me regaló mi hijo para el día de la madre. No es un buen regalo para vos, pero al menos no me despierta el olor a tostadas quemadas.

Escucho pelearse a los sueños con los pensamientos, hay un gran ring en mi cabeza queme tortura desde el minuto dos en el que abandono la cama. Busco el mate, le saco la yerba de ayer que no se secó al sol, todavía no llegué a eso.Tengo dos mates para elegir, uno de mi nuera, dice “con amor”  y tiene un Budita sonriente, es rosado y blanco, lo uso cuando estoy necesitada de abrazos de mi mamá. Le meto sal. Cuando le voy a meter la yerba me doy cuenta que la. Lo lavo. Le echo azúcar. Busco la yerba en el frasco vacío. Busco la yerba del paquete en la alacena. Se está por terminar. Le echo todo lo que hay y me digo que tengo que comprar. Me abruma. Saco de la heladera un pote de queso Ilolay. Industria argentina. Busco una cuchara pero agarro un tenedor. ACV pienso. Me río. Voy a buscar ropa para lavar. Veo el atado de cigarrillos y me prendo uno. Enciendo el celular. Escucho los sonidos del wasap. No me acuerdo cuando lo apagué. Me da dolor de panza leer lo que hay ahí. Lo apago y vuelvo a la cocina. La pava chilla como una nena malcriada. Le saco la tapa y me quemo. Le echo agua fría y me tomo un mate repugnante. Crema para que no se me haga ampolla. Eso. La busco y no encuentro. María se quemó viva con aceite a los dos años. Yugoslavia 1929. Yo no existía, ella ahora está con ACV si sigue viva. Perdí el teléfono de la sobrina. Enciendo el celular. Me duele más la panza. ¿A quién voy a llamar? Lo apago y me tomo otro mate. Voy a buscar ropa para lavar. Me prendo otro cigarro. Me siento en la cama con la ropa y me quedo en blanco. El cigarrillo me quema los dedos. Me acuerdo de la tostada, de mi hijo, de la crema que no me puse, me late el dedo y el corazón. Ojalá se me pare. Me imagino la cara de él cuando me encuentre muerta. Lloro. Me levanto y voy hasta el lavadero. Pongo la ropa dentro del lavarropa. Voy a ver la tostada. Fría. El queso Illolay, la cuchara, el mate, el dolor y el agua corriendo y el fuego encendido y la ceniza por todas partes. Enciendo el celular.

Cinco videos en el wasap: la vida es hermosa, disfrútala.

Querida Linda, (1)

Estoy a la mitad de un vuelo a St. Louis para dar una conferencia. Estaba leyendo una historia en el New Yorker que me hizo pensar en mi madre y, sin darme cuenta, sola, en el asiento, susurré: «Yo sé, madre, yo sé» –encontré  una pluma, y pensé en ti– que algún día volarás sola a alguna parte, que quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo.

Yo quiero hablar. (Linda, quizás no estés volando, quizás estés en la mesa de tu cocina tomando té, alguna tarde cuando tengas 40. En cualquier momento) y quiero decirte:

Primero, que te amo.

Dos, que nunca me decepcionaste.

Tres, yo sé. Yo estuve ahí alguna vez. Yo también tuve 40 con una madre muerta que todavía me hace falta.

Éste es mi mensaje para la para la Linda de cuarenta. No importa lo que pase, siempre serás mi pajarito, mi Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes –en donde estés, Linda, hablándome. Pero yo tuve una buena vida –escribí infeliz– pero viví a capa y espada. Tú también, Linda –vive al límite. Te amo, mi Linda, a los cuarenta, y amo lo que haces, lo que encuentras, lo que eres. Sé tú misma. Pertenece a aquellos que amas. Háblale a mis poemas y a tu corazón  –estaré en los dos: si me necesitas. Mentí, Linda. Yo también amé a mi madre y ella me amó a mí, ella nunca me sostuvo pero la extraño, tanto, que tuve que negar que alguna vez la amé –o ella a mí, ¡pero qué tonta, Anne! ¡Así es!

(1) Anne Sexton.

 

 

 

 

 

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Domingo

En este barrio en el que vivo no se nota mucho que es domingo. No existe la calma de los pueblos. La extraño.

Intento fabricarme un domingo puertas adentro. Fracaso.

Miro por la ventana. El supermercado chino está abierto. Pienso que hay cosas por comprar. No tengo el coraje para obviarlas. No tengo excusas.

Salgo.

El vecino, a quien después de tres años recién conozco, está lavando su moto en la vereda. Me quedo mirando el agua que desparrama sobre la puerta de mi casa. No levanta la vista. Lo miro quieta. Me mira. Sonrío. Él no, agacha la cabeza y sigue, lavando su rueda delantera.
Después le diré algo.
Volver rápido a casa es la consigna. Que no se malogre mi domingo.
Leí un artículo sobre una mujer de 66 años que cruzó sola el Atlántico. Ella desarrolló la paciencia frente a olas de cuatro metros. Si ella pudo con las bestias, yo también. Paciencia.
Los chinos me entristecen. Casi dejaron de serlo. Desde que llegaron al barrio cada vez son menos chinos, más argentinos.
Adelante, en la cola para pagar, está la mujer del diariero, le decimos El Gallego. Paga rápido mientras la observo. También para ella pasaron los años. Está en esa edad que ya no le importa cómo va vestida. Le miro la espalda, curva. La papada, cuelga. En su bolsa tiene un queso Mendicrim light. Pienso en el colesterol. La mujer del gallego debe tener colesterol . O está en la moda light. Laif, decía mi tía. Me encantaba cuando mi tía decía laif. Nunca la corregí ni contradije. Era la mezcla exacta de lo que quería expresar y lo que era. La entiendía. Vida laif.
Compro naranjas de jugo y sé que la chica, que no es china (me pregunto por qué nunca hay chinos verduleros ni carniceros) se aleja a buscar cambio. Tiene un trasero grande y no lo disimula. El jean se lo marca bien y tiene un bordado: This is for you. Pienso en su novio. Si es que lo tiene. Si es que le gustará ver esa frase bordada en el trasero de su chica. Viene con el cambio y sonríe. No como el otro perejil, el de la moto, que no saluda, ni hace una mueca siquiera.
Cruzo cargada, entre los autos apurados, llego a tiempo para alcanzar el otro lado del Atlántico entre los buques estacionados. Mis piernas son mi barco. Cada vez más cerca escucho la sirena de una ambulancia.
Miro para atrás, quiero ver si conozco la empresa de ambulancias. Vital. Buen nombre. Pienso en un infarto de domingo. Cómo se complicaría todo.
Busco al pibe de la moto para decirle algo. Ya no está. Subo y entro. La gata me mira como desconociéndome.
Intento continuar con mi domingo. Coloco las naranjas una a una en la fuente blanca. Las bananas al lado. Los colores brillan. Qué lindo que es pintar las frutas.  Las flores amarillas todavía duran. Pongo el agua para el mate y miro el calendario. Domingo. Hace tanto que no salgo. Cada vez me dan menos ganas.
¿Me estaré volviendo como la mujer del diariero?

El reloj

El reloj

Cuatro meses sin ponerle pila al reloj,

al único reloj de la casa.

Cuatro meses sin saber que el tiempo se va

segundo a segundo

o que el tiempo llega

(en los días más distraídos)

para disfrutarlo.

¿Olvido? ¿Desidia?

Ambas cosas me impedían salir a comprar una pila.

Una simple pila para saber que todavía late mi corazón

al unísono del tic tac.

La vida se me asemeja a una jungla con lianas,

voy agarrándome de una en una,

saltando por sobre poderosas fieras.

Quizá lo que haya abajo sean palomitas,

pajaritos boludos,

y como una tonta me aferro a las lianas con desesperación.

A veces pienso que si me suelto me van a comer,

a veces pienso que si me suelto aplastaré a las palomas.

 

Para eso me sirve el reloj,

marca, como una bomba, el límite de mis fuerzas.

En días distraídos trepo y salto para no matar a nadie,

en días dolientes, resisto, para que nadie me coma.

Tic. Tac.

 

El dolor del amor

 

Worth50

Terminé de ver los seis capítulos de una serie sobre comadronas.

Ellas buscaban paliar el dolor huyendo del amor,

porque el amor, según ellas, dolía.

El amor, sí, claro que duele.

Claro que es estúpido hablar de esto

cuando el que lo vivió lo sabe.

Los hijos hoy cenan afuera

cuando les cociné pastel de carne para ellos.

¡Pero si me olvidé de ponerle huevo a la carne!

¡Si seré inútil como madre! Y seré inútil cocinando…

no amando, no,

nunca fui inútil amando,

aunque a veces fue inútil el tiempo perdido en algo que no sucedió

y no sucedió jamás porque nada hoy existe

porque el tiempo limpia el vómito

enjuaga la sangre

y seca el semen.

Lamento no ser más clara al escribir,

lamento este lamento

por el amor mal habido

mal llevado

mal querido.

Si al final seremos ceniza,

al final, solo huesitos rotos,

al final, locura olvidada entre páginas y páginas de manuscritos.

Pero el amor que dimos,

ese, ese amor puro sin delicadeza, sin esperanza y sin remedio,

ese amor será recordado aún

cuando ya no estemos en el recuerdo de nadie.

Mirta Colángelo

mirta

Si hubo una mina que me hizo temblar

si hubo alguien en quién creía de verdad

si de alguien pude decir que hacía magia

fue ella.

No lloro a los amigos que se fueron, estarán (lo sé) mejor que yo.

No lloro a los amigos. Los extraño sin remedio.

 

Para los que no tuvieron el placer de conocer a esa mujer que se fue el día de la primavera de hace cuatro años, va aquí una carta que me envió hace muchos años (ella les decía palomares) cuando se hizo susurradora de poesía.

Anduve de viajes, Neuquén, Tierra del Fuego, Laprida, de ferias de libros…
…En fín, como siempre, la vida. A veces una de cal y otra de arena, a veces dos o tres de cal que enharinan o cinco de arena que te sepultan.La vida
Pero quiero compartir con vos el hallazgo de mi varita mágica.
Leí que un grupo de artistas franceses, dispuestos a desacelerar la locura del mundo decidieron salir a susurrar poemas al oído de la gente. La idea me pareció bellísima. Adherí a ella y me hice un susurrador.
Un tubo de los de tela que se tiran en las sederías; más o menos de 1,40m. de largo. Lo pinté con aerosol negro mate y me fui a probar a la inauguración de una muestra muy concurrida en el MAC. Sin comentarios, vestida de negro, susurrador en mano, fui susurrándoles pequeños textos poéticos a unas 60 personas. Verles las caras a medida que el texto pasaba desde mi boca hasta el oído de las buenas gentes me fascinaba y me impulsaba a seguir.
En la semana siguiente recibí 12 palomares de gente que agradecía el susurro.

De ahí en más no he parado de susurrar, Diana de mi corazón. En mis talleres de Laprida todos los participantes-cerca de 30- se fabricaron su susurrador y en la muestra final les susurramos al público. Ya andan por todo el país. Y así en Tierra del Fuego y en todo sitio por donde ando coordinado talleres o contando cuentos la idea del susurrador se multiplica.

Tengo anécdotas maravillosas. Ésta es una de las más conmovedoras: Regresando de Buenos Aires a Bahía iba hacia la terminal de ómnibus en un taxi donde el conductor, un hombre mayor, se quejaba de tener que seguir trabajando hasta la madrugada. Hacía muchas horas que no veía a su mujer, me decía.

Imaginá la escena. Iba yo sentada con mi bolso y mi susurrador en el asiento de atrás y sin pensarlo dos veces alcé el tubo y le dije que le iba a regalar una coplita para que se la dijera a su mujer cuando llegara a su casa. Y ahí nomás le susuré:

Pan es pan
queso es queso
no hay amor

si no hay un beso

Al viejo, que al principio el tubo le habrá parecido una especie de cañón, le cambió la cara y lo emocionante es que cuando llegamos al semáforo sacó una libretita y me pidió que le repitiera la copla y se la anotó. Para decírsela a mi mujer, dijo.
¿No es una maravilla?

Geisha argenta

albertoolmedo

 

Si supieras lo contenta que me pone

llevarte un desayuno a la cama

encontrar una dirección en Google Maps

ver con qué colectivos podés ir a laburar

contratar un remise que te traiga de bailar

mostrarte un lugar que no sabías que existía.

 

Si supieras lo que espero que me llames

lo que espero que me digas ayudame

vení, quiero esto, quiero aquello, llamá a tal.

 

Si supieras que fui dúple, que siempre fui doble,

(como dupla, como cupla, acople, acopla)

que puedo perder mi vida por la tuya,

puedo sostenerte aún con vértigo, de tu mano,

para que no caigas de un piso como Olmedo,

de una terraza de barrio, de un acantilado en el Mediterráneo.

 

La vigilia por vos me fortalece,

me olvido mis miedos,

me olvido de que soy alguien mortal.

 

Pienso que no hay nadie que no logre

ser feliz si me deja servirlo.

No soy sierva, no. No te confundas.

¿Mendiga? Quizá, de amor, de mirada,

de sonrisa.

 

Es tan fácil herirme, si supieras,

y tan fácil dejarme hacer, que

no entiendo cómo vivimos separados

condenados

a luchar cada uno por su pedacito de gloria en este mundo

cuando podríamos ser dos

amparados como los pichones,

al amparo de los obuses de la guerra que desconocemos

pero que ya se instaló sobre nosotros.

 

Que se rían de mí, que hablen, que me orinen encima

qué me importa.

 

Si supieras.

 

Ella

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Sarah Kane

 

Y esta vez volvió ya casi sobre finales del invierno,

casi cuando podía augurar que se había ido para siempre.

Ni bien llegó supe reconocerla, cómo no, tantos años llevándola en la panza,

a veces más abajo,

a veces más arriba,

pero siempre retorciéndome las tripas.

¿Falta de fe, cansancio, nadie que me abrace cucharita?

¿Quién me podrá decir qué fue lo que pasó esta vez?

Estaba todo como para saltar hacia el cielo, saludar a los globos y llevarse las estrellas puestas, ver los puentes de Monza con sus amantes besándose, y hasta con suerte y como puntitos allá abajo, a los pequeños eagles cruzando las rutas en los bosques en Nuremberg.

Pero no, llegó, se ve, mientras todos dormíamos; y, como me conoce, se vino a mi cama. Sigilosa y guacha, se fue metiendo de a poco en la hora que se baja la guardia, según Sarah Kane, la hora de la psicosis, las cuatro cuarenta y ocho de la madrugada.

Cuando el reloj marcó la hora de levantarse, el dolor estaba ahí, plantado como el de una menstruación atrasada. Miré al cielo, gris; busqué al viento, y me levanté tan lenta como hacía tiempo.

Ella, la tristeza, ese estado que los homeópatas definen como Mustard, había ganado otra vez la batalla.

 

Hay mango

902_1514Hay mango, naranjas, bananas medio pasadas

y hay lentejas y avena y alguna que otra especia de las que pican

o de las que no se sabe qué son en tantos frasquitos iguales.

Hay limones, harina, mandarinas

mantel de plástico -lindo- pero de plástico

y papeles de qué sé yo qué dando vueltas.

Hay silencio pero también ruido de coches que pasan,

el tic tac de reloj que adelanta un poco,

y zumbido de heladera.

Y adentro hay algo oscuro, tal vez miedo, tal vez hambre,

tal vez, no sé, años que pesan.

Recién leía sobre héroes y cobardes,

recién me reía de algunos chistes de facebook,

recién trataba de olvidarme de todo y planificar el mañana.

Y no pude. Me hice un mate, miré al cielo,

mandé whasapps y volví, como siempre,

a lo único que me calma.

Recordar que no soy la única

y escribirlo.

Mirá que soy tonta

A María Fernanda.

 

Mirá que soy tonta, ¿eh? mirá que esperar lo que…

como hoy ¡con el 21 en la Panamericana!

gracias que estabas ahí, al lado mío,

chupando frío y con los pies helados como yo, y la risa

ay, Dios, qué risa que nos daba el frío, y tus pies chuecos,

y mi memoria,

y tu calidez.

Por eso te digo, mirá que soy tonta, o que fui tonta…

yo esperando tanto

tantas veces, tan sola, con el calor del sol del mediodía,

con la lluvia de la mitad de la tarde,

con el frío en el medio de la noche,

sola

y vos ahí,

a una cuadra nomás,

a unas casas nomás,

un tramo en el 21-Malaver- el puente por abajo-una maldita fecha en la calle de un poeta

y ahí estabas.

Y ahí tu risa,

tu comprensión y tus preguntas, tus hijos y tus gatos,

tu perra enorme y gorda como mi abuela y tus bombas de crema,

tu imagen paterna, tus preguntas, tus ojitos preciosos preguntando…

Mirá que soy tonta. Justo ahora, justo ahora que me voy a ir,

aparecés en una verdulería y decís ¡Diana!

y yo qué sé quién es Diana, hay tantas Dianas en el mundo…

pero esa, esa a la que vos nombraste era yo,

y con el verdulero mirando, nuestro abrazo, y mi llanto incontrolado,

el silencio del tipo, quizá por tu magia o tu sinceridad o tu polenta, o no sé,

quizá todos eso junto;

y tus canas

tu tanto parir y vivir, no sé, pero

me acomodaste los huesos.

Ya no estaban tan perdidos.

Y después de hoy, ya te digo, 21 x Panamericana, Malaver,

puente por abajo, poeta y fecha maldita:

ya no estoy tan perdida.

Ya sé que no estoy tan equivocada, que…ay Dios ¡mirá que soy tonta!

En vez de pensar el volarme los sesos

ya me puedo quedar sentada en la cocina, sin hacer nada, y

pensar que eso también está bien, que esa es mi vida.

Es mi vida hoy, aburrida, cambiante, floja, agazapada.

Así, esperar sentada, a que los pajaritos que tengo por ahí volando en mi cabeza

armen su nido, otra vez, dónde mierda que sea, pero otra vez,

de otra manera, pero otra vez;

esperar a que el pulso no me tiemble, o sí, pero para escribirte te quiero.

Te quiero y gracias.

Eso, sentarme en la cocina, con la luz apagada, pensando en vos,

y en te quiero y en gracias y en que, como dije en el video,

los lugares los hace la gente.

Y que ojalá toda la gente sea como vos.

Aquí y allá adonde me voy. Aquí y allá.

Pero si no, no importa, el nido ya empezó.

 

Fealidad

Realidad pazguata
fealdad de búfalo chino
tropezón no
caída
lágrimas funámbulas
negritud y villorio
peatonal estafada
mar del playa vacía
perros policías

yeso manchado en sangre
fractura expuesta
otitis media

colonia de gusanos
sequía pueblerina
turistas impuntuales

perros malheridos
hijos desatendidos

limón en la heladera
Gancia en los vasos
publicidad erótica
un faso otro faso
otro faso
más escupitajos

otro pañal
otra bronca
otro rezo
otro Skipe rebotado
otro día sin masticar
un carajo
otro día a pastilla
atraganto
a disculpas
de culpa

maquinar asesinato
pedir clemencia
pergeñar suicidio
pedir eutanasia
sin remedio
así así
así
como el collar de perlas de la madre sobre el piyama

¿Para qué vivir así
si cuando hay disfraz nadie entiende el chiste?