House of cards

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No creía en su poder

-tan hijo de puta, tan hija de puta-

no lo creía.

Vasalla de una serie enlatada, ¡quién lo diría!

Durante la noche acampó en mi cerebro y me comió una a una las escasas neuronas libres de todo mal.

Y me vi perdida, sin saber por dónde era la salida del subte en Brooklyn -ya que jamás estuve en Washington y uno asocia lo que vivió con lo que vive-  ni cómo se llamaba la estación que empezaba con D. ¿ Dellaway, Dalloway, Donleavy? ¿ O era con P? ¿Paddington Station? Eso fue Londres…

Que no te toquen los sajones, decía Emilio. Siempre decía lo mismo. Yo no entendía su racismo. Todos venimos de los celtas, pensaba. Pero no. Todos venimos de los sajones, todos y su sangre maldita, invasores, agresivos, falsos.

Paco me habla de los cuzqueños, no todavía, dice que dicen. Habla de la maldición inca. Es cierto, Paco, su lentitud es nuestra perdición, su lentitud es su victoria, como en Lanzarote, cuando hacen rotondas para que uno reflexione si realmente quiere o no quiere ir hacia donde va. No todavía dicen ellos. No todavía me digo yo.

No todavía. Te falta ser abuela. No seas boluda. Sos joven y no estás mal. No todavía.

Me cuesta estar.

Me duele estar.

Me aburre.

Le cuento a la psicóloga sobre mis listas. Las listas de lo que hago día a día. No puede creer que sean diarias.

-Sí, y eso que ahora no hago nada- digo como explicándome, orgullosa de un pasado que ya fue.

Y eso que ahora puedo ver diez capítulos de House of Cards y escribir el final de la novela, y lavar la ropa, y ocuparme del agua que usa el florista sin arreglar la canilla y comprar, y pagar, y limpiar, y sonreír a la novia de mi hijo que no me saluda cuando se va a dormir, pendeja maleducada…yo era igual. ¿Te acordás, E.? Igual. No tan vaga, pero igual. No era maleducada, era tímida. Lo bueno de la vejez es que te saca la timidez, lo malo es que te borra la memoria. O te la llena de House of cards. De su maldad. ¡Pará sensible de mierda! No soy sensible, conozco a los guionistas. Se basan en la vida real. Duele la vida real. Aunque me cuelgue un mandala como un sol en la ventana, y cada vez que lo mire me acuerde de Ángela y su sonrisa, y del Rufo y de Mar del Plata; cada vez que lo vea me acuerde de Andrea y su cama violeta, sus gatos, su amor y su poesía, duele la vida. Realmente duele.

Qué mierda, Dios, ¿para qué me dejás tan sola en este mundo? ¿ Es necesario? No sabés acaso, sabelotodo, que soy cobarde, que tengo el no todavía fácil, que me cuesta manguear amor, que me estoy quedando cada día más sola, que como la Pizarnik puedo escribir:

Las Palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana.

En cuanto al escribir, sé que escribo bien y esto es todo. pero no me sirve para que me quieran.

o como Kafka citado por Alejandra: Decir que me abandonaste sería muy injusto; pero que me abandonaron, y a veces me abandonaron terriblemente, es cierto.

 

Y así, sólo por hoy, voy a seguir viva.

Intentando hacer lo que hace todo el mundo.

Comer,

cagar,

dormir

y ver House of Cards.