Mendigos

Mendigos de amor los dos

patéticos

indignos.

¿Cuánto tiempo más nos va a costar borrarnos el nombre,

designarnos al fin como lo que somos

y no como lo que piensan

cuando nos ven?

¿Habrá alguna vez alguien que se decida a perdonar nuestras vidas?

¿Habrá alguien capaz de subir el pulgar en este circo romano?

 

Desde mucho tiempo atrás

nos ha confundido el mote con el que nos llaman,

pero sabemos,

vos y yo sabemos que solo somos mendigos,

y que tal vez lo cambiamos algún día

de alguna primavera pasada,

por el de piratas,

robadores de mar holandeses,

guerrilleros de lo imposible,

utópicos buscadores de un amor desesperadamente ingenuo,

lírico y tonto

que quedó en la nada.

 

Entre tu país y el mío,

en aquel exilio elegido

de olor a neumático quemado

de ruido a cacerolas y manos batientes,

tu país, del que me prendí como una garrapata sin destino,

desde el que te llamé desesperadamente

una y mil veces para escuchar tu vieja voz

conocedora de lo único puro que cargaba,

inútil ruego

para que me arrastraras lejos,

me dijeras algo que sabía jamás iba a escuchar:

mi nena mi nenita,

tocá el violín bajo la nieve,

bajo la furia del sol que hierve,

no puedo decirte más,

ya lo sabías.

 

Toqué el violín y caminé kilómetros mirando el mar,

de día y noche,

buscando un signo

como aquella canica de goma

con un dólar adentro

que partí en dos

para comer y soportar.

Gasté suelas

y me hice llagas de picón,

me armé con gorros de folletos turísticos

espadas con papel de restaurantes

y le di cuerda a la vida

estocándola suciamente,

ponzoñosa,

clavada en mí, clavada en ella.

 

Y un día me descubrí prendida de aquellas buganvillas

del un volcán rojo y un mar turquesa,

de una escuela subiendo la loma

con un maestro de árabe hablando francés.

 

Prendida del five o’clock y el té de durazno con la inglesa,

un día

me descubrí prendida

de aquel país, de aquella isla

donde alguien me enseñó la palabra gandul,

(una de las más bellas que encontré en la vida)

y me trajo un día tembloroso su regalo

convencido de que Zitarrosa era mi compatriota…

Tan inculto fue

tan humildemente inculto

que me regaló el violín de Becho

a pura nostalgia y llanto

en una copia de DVD, su tesoro más preciado.

 

Un día quedé prendida de aquel país de aquella isla

con esa bruta maruja virtual,

que hablaba de su tía asturiana

cosiendo sus trenzas al gorro republicano

cuando los franquistas la dejaron rapada

sin melena para lucir

sin perfume para embriagar

a sus diez y tantos años en un país en sepia.

 

¿Qué sabrán los otros cuán mendigos de amor fuimos

o después

piratas de mar holandeses

patéticos e indignos

agarrados a un tubo de teléfono

suspirando vos

llorando yo,

lo que hemos construido

en ese contar de a dos y lejos

sin hablarnos

sin sabernos a diario

sin rumbos ni aconteceres

ni hijos ni trabajos

desdichas ni rutinas

solo el empujón para partir.

 

Mi nena mi nenita

tocá el violín bajo la escarcha

bajo el viento huracanado o

polar de la desdicha.

No puedo decirte más.

Vos ya lo sabías.

 

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Testigo muda

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Acabo de ser testigo (sin querer, sin necesitarlo ni buscarlo) de una separación familiar. Recién, al despertar y levantar la persiana de la cocina para desayunar.Una madre, un padre y dos hijos, nena y nene. Estaban ahí abajo, un poco a la derecha, en la vereda de enfrente. Me quedé prendida de esa imagen que pronto me llevó a otras, revividas como una imposición del destino, como una prolongación del sueño del que quise escapar y que debido a eso me había levantado hacía un rato. La nena, de unos cuatro, tal vez cinco añitos, lloraba a upa de su papá que le besaba el pelo abrazándola con todo el amor de un padre cuando se va a despedir de su hijita.

La mañana era clara, entraba por la ventana un hermoso viento veraniego, que empezó a jugar con sus remolinos y mis lágrimas, mientras seguía viendo a la madre, opuesta al padre a quien veía de frente, no hacía gestos que demostraran que estaba llorando. Yo sí lo hacía, y cada vez más hondo me enredaba en mis tantas separaciones del padre de mi hijo, venían una a una a visitarme, mientras el otro hijo de esta familia que representaba la escena de despedida frente a mi ventana casi para mí como única espectadora, el otro hijo que tendría unos diez u once añitos, sin dejar de mirar a su hermanita ni a su papá, se bamboleaba sobre sus piernas rollizas, exhibiendo su ropa de marca sin querer, él si lloraba, por lo menos se pasaba, lo veía yo desde mi palco, pasarse la mano gordita por la nariz, secarse las mejillas. La madre tragaría saliva, no lo sé, apenas se movía más como si la moviese el viento tan juguetón de esta mañana que por voluntad propia, y me daba mucha pena, porque era lo que yo hacía cuando mi hijo era pequeño y le quería demostrar que no se caía el mundo sobre mis hombros, y por lo tanto y mucho menos sobre los de él: intentaba que no me viera llorar, o no por lo menos como sé llorar ahora, abriendo zanjas en el suelo si se me antoja, ahora ya es un hombre, me digo, y todo lo que yo sienta me lo debe respetar. Ni acompañar, ni comprender, ni compartir. Respetar. Por eso, cuando veía a esa madre casi inamovible, me imaginé su garganta ardiendo, tragando pus, dolor y vida vivida junto a es hombre que quizá no era para tanto, quizá, estaría pensando esa madre, si le diera otra oportunidad esa nena no lloraría tan apretada a él, no debería padecer esto, no parecería un abrojito con su cara escondida,  mojándole la remera a su papá, sin querer despegarla del pecho, de ese latido fuerte que pronto dejaría de escuchar.

Yo acompañaba como testigo muda, esa escena tantas y tantas veces repetida en estos tiempos, tanto que apenas hacía doblar la cabeza de algún transeúnte, de algún trabajador apurado y seguir su paso, su carrera, sin detenerse a nada.

Por fin la madre atinó a quitarle la nena al padre para darle protagonismo a su otro hijo, el gordito de diez , once años, que esperaba su turno para el abrazo. Primero recibió uno que fue apenas dado. Me hizo mal verlo. Me acordé de un sobrino que a su edad era así abrazado. El padre seguía mirando a su hermana que seguía llorando y escondía la cabeza en el pecho de la madre, el refugio que le quedaba. Después, el padre lo abrazó nuevamente y empezó con los jueguitos propios de padre e hijo que se quieren, con sus códigos, con apretadas contra su vientre, caricias en el pelo, en la espalda, y el nene ( a esa edad les cuesta tanto) tardó en abrazar a su papá, en rodear con sus brazos su cintura, en dejar caer su cabeza sin tensión sobre el vientre del padre.

Abrazalo, decile que lo querés, les murmuraba yo a uno y a otro como si pudiera llegar mi deseo a sus oídos, abrazalo que quizá sea la última vez, me repetía, mientras el viento, mientras mi llanto y mi recuerdo se arremolinaban.

Me quedé hasta que el padre se subió al coche y se fue. No sabía bien qué hacer, sentí el vacío de esos tres seres que quedaron y caminaron hasta su casa, abrieron la puerta y la cerraron. Cuando escuché a un perro ladrar detrás de la misma puerta cerrada, me pude despegar de esa imagen, de esa tristeza que sin quererlo, me hicieron ser testigo muda de mis recuerdos.

Sé que es tonto contar algo así. Pero a veces uno anda tan solo, que compartir alivia. Gracias a los que me entiendan.

Un día cualquiera entre los vivos.

Me despierto a las tres de la tarde, la vida me sonríe desde su resaca de anoche, estuvo lindo me digo, les voy a escribir algo a los chicos, huelo así como de sopetón el aroma de los jazmines que me trajo de su propio jardín la que organizó la velada en casa, lindo, estuvo lindo me digo, la casa en penumbras, afuera hay un sol, uf, calor también, la gata duerme, anoche me la olvidé en la terraza mientras todos estábamos hablando de, ¿de qué, de qué hablamos anoche?, me acuerdo de la mina del kiosko, ¡ja! refiriéndose con su boca en U a la medida de las partes de los maridos de las mujeres según hablan, ¡qué guasa!, ¿y la pelirroja? la ginecóloga diciendo sí, así habla la mayoría, las partes, las partes pudendas aclaró el que llevaba el cartelito abrochado por un botón, no lo sabía , jamás lo escuché dijo la que sabe latín, con y griega aclaró el del cartelito, a ver si me confunden, naaaa, acá nadie te va a confundir, le aclaré, el vino se multiplicaba sobre la mesa a medida que el timbre sonaba, qué bueno, hay para beber, no moriremos de sed… Estuvo lindo, el agua en la pava comenzó a emitir ese sonido que conozco, ese sonido matutino que hoy gracias a lo lindo de ayer, es vespertino, la yerba y su aroma, anoche me fumé un atado de cigarros, por eso la garganta así, qué graciosa la del pelo largo cruzando la calle, perá, perá que nos morimos acá, graciosa era poco, qué lindo pelo tenés, le dijo el hijo de la kioskera, la U en la boca para catalogar a sus clientas, ¿las que piden así, viste? las que piden así, las finas, jaja, ¡qué tipa, y la otra le seguía el verso! , así empiezan ¿viste? dijo la kioskera, qué lindo pelo, qué lindos ojos, ¡qué lindo!, ¿y lo del café en la farmacia de turno? ¡más!, qué bueno, coronados de gloria vivamos con el dolca que supimos conseguir, mirá que hay que tener suerte ¿eh?, despertar a una pobre piba de guardia en una farmacia y conseguir los laureles del himno, o el dolca para cortar el vino, ¿no? a esa altura de la noche ya, qué bueno, un mate caliente, ahhhh…ésto es vida, vuelta a la cama, ahora le escribo a los chicos, ¡qué lindo! y el loco de Patagones que no apareció, pero qué lindo mensaje, ¡los quiero a todo infelise!, así, infelise nos escribió, con el humor del que sabe nos va a hacer reír, infelise, má infelí será vó, estaba por contestarle, que no llegaste infelí, pero había tanto amor en su mensaje, tanta recomendación de cuidar en su nombre lo que vale que, ¿para qué, no? , mejor contestarle bien al infeliz, si al fin y al cabo no pudo llegar, doscientas leguas de Patagones a Devoto, ¿sí? ¿tanto habrá o será poco? mirá que no saber lo que mide una legua, ahora lo miro en la wikipedia y me saco el entripado , no me va a dejar así el tipo, pero qué lindo che, qué linda gente,con la patrona de la fiesta ahí, sentada como en un trono, fumando esos finitos, el otro con su camisa blanca impecable auto designándose dios,  y el que me pasó el mensaje del infeliz de Patagones, el de la aclaración de la y griega, qué bárbaro, todo lo que contó, con esa simpleza, buena gente, good boys…ahistá mate, notebook, cama, facebook, bien, miremos primero los mensajes…¿Cómo? Pero, pero ¿qué dicen estos infelices? ¿Cómo son capaces de joder con, qué…?

Bromapesada-SuicidiodeldePatagones-Cochería-Confirmación: dolor, dolor, dolor.

Y la Turca acompaña al infeliz que no llegó. ¿Qué día es hoy?

A Fermín. A la Turca Taha que murió ayer.

Vacaciones rojas

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Así le podría llamar a mis pasados días en la casa de un amigo. Sobre todo después de haberme prestado el libro de Pamuk: Yo soy Rojo.  Todo, desde entonces, se tiñó de esa sabiduría oriental, mezcla de aceptar la decrepitud humana, el deseo erótico, (no en un sentido solamente sexual sino en el de querer vivir), nuestra bajeza moral y la tendencia a la violencia.

Ya sé que muchos leerán esto y dirán, ¡pero si no tendemos a la violencia como sociedad! Después de leer Yo soy Rojo, entendí que no se puede luchar contra lo innato. Por más sutil que sea esa violencia, me refiero no sólo a la física, la más visible, sino a la que milímetro a milímetro es adoptada diariamente por los gobiernos, los representantes del poder o la fama de turno, los poderosos, los que aún siendo buenas personas creen que por tener más dinero que otras eso los vuelve importantes, mejores, dueños del mundo chiquito, estúpidamente chiquito, que los rodea.

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Leer Yo soy Rojo me recordó a mi primera incursión en el análisis de la estupidez ( o estulticia) humana, cuando leí a Erasmo, tendría dieciséis años. Hace casi cincuenta ya. Y todo sigue igual de abominable en la humanidad. No estoy, aviso, para nada deprimida, solo que puedo ver algunas cosas que otros se niegan a ver.

Dicen que cuando uno acepta la enfermedad, se vuelve todo mucho más fácil. Es algo así lo que me pasó con la lectura de ese libro. Después de leerlo, tomo distancia de todo, ya no me encabrono por cosas que no están a mi alcance cambiarlas. Las observo como un combo que vino con nuestro estar en este mundo. Que después los norteamericanos se encargaron de dibujarla para hacernos creer otra cosa, oh yeah, pero desde milenarias civilizaciones nos advierten que todo es tan común, que más allá de unos cuantos teléfonos móviles o armas más letales, el ser humano en sí, en su esencia, no ha cambiado mucho.

Por eso, cuando digo vacaciones rojas, todos piensan en sangre, y yo no, pienso en Pamuk y su libro. Por eso cuando se lee “Vacaciones rojas” como título, se piensa en algo así como la visión de Popeye en la película de Robert Altman (1980) que ve todo rojo por la ira; o tal vez se piense con una tendencia macartista en Moscú. No. Nada de eso.

La cosa va por otro lado.

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Quizá vaya por el rojo de los cielos o dela luna que vi, que como la sangre humana que corre por todas nuestras venas, aún hay quien cree que tiene sangre azul.

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Porque te quiero te aporreo.

  LIBRO FUI

“Un escritor, amigo en común, me dijo que ella es más buena que yo porque no habla mal de mí. Yo le dije que es mejor hablar mal que no hablar, que la indiferencia es lo peor. Era una broma, me dijo viendo cómo me entristecía, y me dejó pensando en aquella época en que ella no me negaba, porque la hubo, la época en que estaba orgullosa de mí, porque la hubo. ¿Qué fue lo que pasó? Muchas veces pienso en eso. En nuestra familia y las relaciones de amor-odio. Porque te quiero te aporreo, repetía mamá en uno de sus tantos refranes. Y yo me dejé aporrear muchas veces en nombre del amor. No sé si no necesito del aporreo para sentirme querida. No lo sé. Será que el amor nos venía mezclado con los bifes, casi una receta educativa en nuestra época.

Una de las últimas veces que sentí el refrán grabado a fuego fue cuando recién llegada a una isla más africana que española, rodeada de agua y sin un mango, viví con mi hijo Bautista y su padre en la casa de mi suegra. No recuerdo bien cómo era la casa ni tampoco muy bien del baño. Creo que tenía azulejos rosados y tulipas en forma de flor. Puede ser. De lo que sí me acuerdo es de la ventanita que daba al patio trasero de la casa. Y del lavarropas. Contra él me empujaba. La ventanita era muy chica para escaparme, además ni se me hubiese ocurrido: Bautista gritaba detrás de las piñas, detrás de la abuela, en la puerta del baño en el que su padre me había acorralado. El amor se convirtió en violencia. De golpe. Sin saber cómo. Yo no sentía miedo. Miedo no era la palabra, más bien confusión, impotencia, dolor. No sabía dónde acabaría todo eso. Cómo haría para sacar a Bautista del medio. Alguien que lo saque de ahí, pensaba yo, que no vea a su madre gritando, que no vea a su abuela arengando al padre, que no vea al padre golpeando a su madre, que el mundo pare de girar, que venga un ángel de algún lado y nos lleve, un superman, un Tigre de la Malasia, un defensor de pobres y ausentes; ojalá alguien escuche los gritos y detenga esta fuerza bruta. La vida pasó en un minuto delante de mis ojos. Mi viejo y la vergüenza de que se enterara de mi miseria. Mi viejo y su amor por ese tipo que me empujaba, sacado, contra el lavarropas de la isla más africana que española. El ruido del lavarropas contra la pared. Las puntas que me lastimaban. El llanto de Bautista , su boca abierta a más no poder gritando mamá. Por qué se me habría ocurrido ir a esa isla maldita.

Salí del baño cuando me pude zafar: lo agarré a Bautista de la mano; él, lo recuerdo bien, tenía unas ojotas verdecitas, una remera blanca sucia y un short rojo. Así, él y yo solos, nos fuimos llorando hasta mi laburo. Laburaba en un casino a pocas cuadras, cuesta abajo, al lado dela playa. Tenía el uniforme puesto, entraba a las cinco. Serían las cuatro y media. Todo se había terminado. Algo empezaba.

A Bautista no lo dejaron entrar, estaba prohibido. Le di unos papeles y unos lápices y se quedó en el hall de entrada, parecía un rumanito de esos que piden limosna en las escaleras de los hoteles europeos.

–Dibujá, lindo, dibujá acá afuera, mamá tiene que entrar a trabajar.

Mi jefe, cuando me vio, me dijo que no me hiciera problema y me fuera. ¿A dónde? tenía que pensar que haría, calmarme, meterme en mi puesto, ser filmada por cinco cámaras, hacer los arqueos, pensar en nada. Nada. Ya algo se me iría a ocurrir.

Un compañero, el “Cuba”, terminaba su turno a las seis. Tenía un hijo de meses. Y una mujer de la que me siempre me hablaba, periodista, vasca, y sobre todo buena persona. Ellos me lo cuidarían hasta que yo llegara. Debería confiar en el otro. Por lo menos me aseguraba un tiempo hasta salir de ahí. Me esperaban en su casa, me dijo. Bautista se fue al auto del Cuba de su mano, sonriendo y saltando ; yo no podía creer verlo así después de lo que habíamos pasado. La increíble recuperación de los críos. Cuando se fue Bautista mi jefe me preguntó si quería hacer la denuncia.

—No hace falta. No —le dije conteniendo las lágrimas. Entre pago y pago pensaba que no sabía lo qué me hacía falta en el mundo, tal vez haber elegido mejor, nunca haberme decidido por ese destino, nunca haberme enamorado.

 

Cuando salí del Casino era de noche y, cosa rara en la isla, hacía frío. Lo primero que pensé fue en comprarle un abrigo a Bautista con el adelanto que me habían dado, yo seguía con mi uniforme de cajera: camisa blanca, falda azul y pañuelo burdeos. Caminé por la Avenida de las Playas y encontré una tienda abierta, todavía había guiris comprando, revolviendo en los canastos con carteles de “sale” escritos en grandes cartulinas. Busqué algo lindo para Bautista. Barato y cómodo, que le sirviera para toda ocasión. Enseguida encontré una chaquetita gris de un polar grueso, con mangas a cuadros grises y blancos. Me la puse yo. Estaba tan flaca que me entraba la ropa de un crío de seis años. Me tomé la guagua. Me dolía todo y me dieron ganas de llorar, de cruzar el Atlántico y contarle a papá lo que me había pasado, de pedirle perdón por no seguir su consejo, de querer siempre salirme con la mía. No era un tipo para mí. No lo era. Lloré un rato y sentí que me aflojaba demasiado, pensé que jamás podría bajar de esa guagua blanca calefaccionada. Pero Bautista me esperaba, o mejor dicho, yo quería verlo y terminar ese día infame, saber que estábamos a salvo en una casa donde su padre no nos podría alcanzar, una casa donde pasar la noche.

El cubano y su mujer tenían lo que se dice un hogar. Eso era mucho más que una casa: daba al mar, era cálido, tenía juguetes para su bebé y las habitaciones estaban pintadas de colores claros. La vasca me cayó bien enseguida. Me estaban esperando para cenar. Los nenes ya lo habían hecho. Me dieron una copa con vino tinto y macaroni. Bautista bañadito jugaba con el bebé. Llevaba puesto un calzoncillo rojo del cubano atado con un piolín, una remera limpia de la mujer del cubano y sonreía. El vino me supo a gloria. La comida no me bajaba. Cuando el bebé se durmió hablamos un rato, o hablaban ellos. Yo no sabía ni qué decir. Tenía mucha vergüenza pero lo miraba a Bautista viendo la Guerra de las Galaxias y sonreía.

Nos dieron una habitación. Estaba pintada de verde clarito y tenía guardas de Ikea con flores, un velador en la mesita de luz y sábanas limpias. Abracé a Bautista y le conté un cuento. Se durmió y yo quedé a oscuras, pensando en lo poco que se necesita para ser feliz.”

De Fui gemela.

 

De madres e hijos.

 

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Cada vez te parecés menos a mí. Lo percibo en cosas diminutas, pueriles, estúpidas. Como hoy cuando pusiste el tubo led para iluminar la mesada. Te pregunté si era cálida. La luz, ¿es cálida? No, no había, compré neutra; me contestaste. Y eso fue todo. Cualquier madre estaría contenta con eso. Y a mí me hizo sentir una distancia que a veces me provoca el verte tan crecido. Y tan distinto.

Yo jamás hubiera comprado una luz neutra para la mesada.

Por eso digo, cada vez nos parecemos menos. Difícil de aceptar. Sobretodo al principio. No era lo planeado. ¿Por qué creí que algo mío quedaría eternamente reflejado en vos? ¿Por qué busco ese guiño que me haga sentir que no desperdicié tantos años, en que la tarea fue bien hecha  y ya cumplida? ¿Será que creo que hice algo bueno? Me alegro cuando alguien ve dibujada una sonrisa como la mía en tu cara. Me alegro cuando escucho una música que yo te hice escuchar por primera vez, pero vos no te acordás, claro. Me alegro cuando podemos hablar y estar de acuerdo en algo. Porque es difícil sacarte un sí, ma. Y no es que seas malparido, no, es que es una estupidez que no se puede evitar. O al menos yo no la puedo evitar.

¿Por qué tal como nos engañan con eso del embarazo feliz, nos engañan también con el creernos formadores de nuestros hijos? Porque realmente hay una parte de nuestra vida en que nos lo creemos. Que nosotras, las madres, o los padres; los formamos. Nada de eso es cierto. ¿Acaso la madre de un asesino quiso formar un asesino? O acaso la madre de un pedófilo al darle de mamar, le inoculó algún bacilo que se instaló como un “allien” que lo hizo ser tal? O por el contrario, la madre de un bienhechor de la humanidad sabía que tenía un prodigio para alimentar. No.

Las madres amamos, cuidamos, protegemos a los críos de todo peligro, pero no del nuestro. No del creernos que en algún punto los estamos haciendo a imagen y semejanza nuestra. Y tratamos de ser lo más justas y correctas del mundo para que nuestros hijos salgan justos y correctos. Y los llevamos al teatro, les cantamos, les compramos libros, les enseñamos a hacer patitos, a dibujar la A más redondita, a hamacarse solos, a…puedo seguir hasta la madrugada. Pero no. No hace falta.

Sé también que la adolescencia, la juventud; es la peor etapa, y la más sana. Que como todo pasa.

Pero hoy me duele ver el tubo de luz neutra.

Y sonreír, para agradecer tu gesto.

¿USTED ES FELIZ?

LIBRO FUI

Así me dijo el médico ayer. En tono de pregunta me lo dijo. Jamás me lo habían preguntado así. Con ese gesto adusto. La avenida Cabildo allá abajo. A lo lejos. El aire acondicionado dándome en la cabeza. El ruido que subía, típico de un veintitrés de diciembre.
¿Usted es feliz?
¿En qué sentido?
No filosofemos, me dijo, digamos en sentido general.
Yo podría morir hoy y estar satisfecha, si a eso se refiere. Pero ¿feliz?
La felicidad es un término tan subjetivo, cómo contarle de mi estado esta mañana al ver el violín sobre la mesa ,esperando en su caja antigua, por mis manos o la de mi hijo para que lo saquen de ahí, lo hagan sonar, lo vuelvan vida?
Cómo contarle que la lluvia cae mansa y frágil en los techos, el aire entra fresco, el cielo está gris y han puesto Mozart en la radio?
¿Cómo? ¿Eso constituye la felicidad? ¿Saber que mi hijo duerme en su cama, bajo mi mismo techo, es esa la felicidad? Para mí sí.

Pero hay otros momentos, en que mi pensamiento divaga, por los hospicios y las cárceles, las gentes bajo los techos de chapa y los que tienen malaria. He visto mucho por el mundo, he visto mucho de lo bueno como de lo  malo, para ser rotundamente feliz, esféricamente feliz.
Sé que tengo una sensibilidad extrema a situaciones que otros pasan de largo. ¿Ve? ¿Ve allá abajo, en la Avenida? Parecen hormigas , peor, parecen termitas, consumiendo, regalando a quienes odian, sólo un día, sólo por un día, buscan la foto. Yo no, me han sacado ya muchas fotos, no quiero más fotos de compromiso, ahora yo saco a quien quiero.

Si la pregunta está contestada me alegro, doctor mío, si no, lamentablemente le tendré que decir, que no, no soy feliz. Pero es mi esencia. Nací para ser enfermera sin fronteras y acá me tiene, casi una burguesa intelectual.

Sabe qué me gustaría, estar ayudando a los saharahuis, estar en Kabul, en Sodoma o en Gomorra, pero estar donde me necesitan los oprimidos. Pero todavía tengo un hijo a mi cargo que me necesita. Y bastante le hice vivir , al pobre, como para abandonarlo por los más necesitados. Mientras tanto, escribo, mientras tanto pinto, mientras tanto me hago la enferma y vengo a hablar con usted. Para probar que todos los psiquiatras son iguales. Recetan y adormecen a los sensibles llamándoles bipolares o TOC o ansiosos, como usted quiera, póngale usted el nombre que para eso estudió. Y le agradezco por eso Doctor, le agradezco.

Ahora soy yo la que pregunta: es  usted feliz sobre esta alfombra beige, con sus zapatos lustrados, los libros tan ordenados, el portero recogiendo la basura y usted teniendo que bajar a abrirme, quejándose del ruido de la avenida, cuando sabe que en el mundo hay injusticias extremas,  abusos de menores,  violaciones , asesinatos, hambre y mafias?
¿Va a brindar con champagne usted esta noche? Ah! no …usted no festeja la Navidad! Va entonces, a brindar con champagne el treinta y uno?
Por quién va a brindar Doctor, dígame ?
¿quién es el cuerdo aquí de los dos?

Me fui de aquel edificio, y respiré el aire cochino del colectivo 80, me apretaban  los trabajadores que volvían de su laburo. Reflexioné sobre la impulsividad y la necesidad de proteger a otros, como me dijo el Doctor. Y me sentí un poquito menos loca. Más humana.

( De FUI GEMELA)

La cólera de un particular. (Reflexión sobre el último libro de Marcelo Figueras.)

“Cuando un hombre cualquiera, pero valeroso, se ve obligado a montar en cólera, nunca se derrama mucha sangre. Pero el día que eso ocurre, toda China se viste de luto”

                                                             de Negro Corazón del Crimen, Marcelo Figueras.

RJW

 

Ayer terminé de leer el último libro de Marcelo Figueras. Ese racconto que hace sobre la vida de Rodolfo Walsh, del hombre, del periodista Erre. Del escritor RJW que escribe policiales y muestra su talento a una Argentina recién inaugurada (¿Qué es si no, ese país, ese grupo de gente que se proclama como dueña de unas tierras por 200, 300 años, contra siglos de otros pueblos que fueron invisibilizados y puestos al servicio de los nuevos propietarios? Este libro también habla de eso sin ni siquiera mencionarlo.)

Habla de la legitimación y el prestigio de un escritor que, coronado con la gloria más preciada que podría tener en sus tiempos -ser premiado por Borges y Bioy Casares- elige el camino de no mentirse. Elige encontrar y escribir con su voz aunque vaya en absoluta contra de su conveniencia. Decirle no a lo fácil. Esconderse para escribir por ser perseguido como uno de sus antiguos personajes y ser ninguneado por los que antes lo aplaudían.

Es fácil caer en escribir sobre lo heroico de su accionar. No es fácil dejar de conmoverse a cada rato con ese cambio que se va a ir produciendo en el escritor-periodista-hombre, después de escuchar el llanto de un conscripto a punto de morir -¡No me dejen solo, hijos de puta!- y llegar así después de un largo camino a ser el hombre-periodista-escritor por lo que se lo conoce todavía, después de cuarenta y pico de años de su asesinato a manos de la dictadura militar.

Así pues que este tiempo plagado de dolor, por lo menos para mí, por la brutal represión vivida contra la gente que se oponía a una ley que le parece injusta, inentendible, el 14 de diciembre de 2017 en la Argentina; me hace repensar la importancia de libros como éste.

Ayer cuando leía en Twitter, tanto odio contra una abuela que busca nietos hijos de desaparecidos en la dictadura que ERRE ayudó a denunciar antes de morir, en su carta a las Juntas, me preguntaba en qué país vivo, ¿no? ¿En qué mundo vivo? Porque esto no sucede solo acá. Hay un recrudecimiento del sálvese quién pueda en todo el mundo. Hay quienes todavía ingenuamente favorecen, iluminan, agradecen o se congracian con los mentirosos, porque eso les da rédito, eso le da un rédito, eso los mantiene enchufados a un sistema de protección.

Esos que no son capaces de preguntarse como Walsh, como Figueras cuenta que Walsh se pregunta ¿Para qué escribo?¿No es más fácil el otro camino, hacerme el boludo, seguir lo que hace doscientos, trescientos años, vinieron a sostener unos, vinieron a negar otros? ¿ Mezclarme en la turba inmunda de escritores que se siguen alegrando por ser parte de un sistema que saben bien, los está usando?

Ayer, cuando estaba cavilando sobre esto y la lluvia torrencial me hacía pensar en la cantidad de gente en situación de calle, en los techos de chapa volados, en las criaturas que morirían por esa tormenta en Buenos Aires, me llegó un wattsapp de una compañera de los tiempos de Bellas Artes, a la que volví a encontrar después de años: “Sacarle los subsidios a todos los extranjeros. Si estás de acuerdo con esto compartí”. Le contesté que yo también era extranjera, creyendo que era una broma, creí que también ella se consideraría una invasora de estas tierras que hace 500 años eran de otros. ¿Y qué son 500 años en la historia de un país, no?

Pero no, era verdad. De verdad me estaba pidiendo que la ayudara a difundir esa infamia. De verdad y todavía, le dicen a Estela de Carloto, vieja degenerada. De verdad reprimen a la gente que piensa distinto en las calles. De verdad esta pesadilla. De verdad.

De verdad tantas cosas que me pregunto como Erre, ¿está bien seguir escribiendo lo que escribo o me hago la boluda? Pero me contesto parodiando su voz o la de Figueras: si no ¿cómo hago para justificar la traición cuando me enfrento al espejo: miedo, codicia, ambiciones rastreras?

Le agradezco a Marcelo el haber escrito este libro, porque si bien todos los que siguen mis blogs hace años, saben que soy una absurda fanática de él (y con absurda quiero decir que no puedo hacer ningún tipo de crítica racional de lo que escribe, porque su obra, para mí, va más allá de algo literario; siempre se adelantó a lo que vivo día a día como algo mágico, algo que me pasa con muy pocos autores) le agradezco el haber escrito un libro que nos interpela en esta Argentina de hoy, trayendo al presente la historia de un escritor que eligió no mentir, no mentirse, no ser egoísta ni ególatra, ni con su obra ni con su vida.

Un cualquiera que se vio obligado a montar en cólera e hizo que con su muerte la historia de un país siga de luto.

 

 

 

 

Loving Vincent o loving Anne Sexton

Ayer vi Loving Vincent. Me dormí angustiada. Yo era pintora y ahora qué. La nada.

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Amanezco cuando los negocios de la calle suben sus persianas. Son mi despertador. A veces les agradezco, a veces los maldigo, depende. Me olvido de ponerme los lentes, así que voy directo a la cocina. Me conozco la casa desde que nací. Prendo el fuego. Pongo la tostada en el tostador eléctrico que me regaló mi hijo para el día de la madre. No es un buen regalo para vos, pero al menos no me despierta el olor a tostadas quemadas.

Escucho pelearse a los sueños con los pensamientos, hay un gran ring en mi cabeza queme tortura desde el minuto dos en el que abandono la cama. Busco el mate, le saco la yerba de ayer que no se secó al sol, todavía no llegué a eso.Tengo dos mates para elegir, uno de mi nuera, dice “con amor”  y tiene un Budita sonriente, es rosado y blanco, lo uso cuando estoy necesitada de abrazos de mi mamá. Le meto sal. Cuando le voy a meter la yerba me doy cuenta que la. Lo lavo. Le echo azúcar. Busco la yerba en el frasco vacío. Busco la yerba del paquete en la alacena. Se está por terminar. Le echo todo lo que hay y me digo que tengo que comprar. Me abruma. Saco de la heladera un pote de queso Ilolay. Industria argentina. Busco una cuchara pero agarro un tenedor. ACV pienso. Me río. Voy a buscar ropa para lavar. Veo el atado de cigarrillos y me prendo uno. Enciendo el celular. Escucho los sonidos del wasap. No me acuerdo cuando lo apagué. Me da dolor de panza leer lo que hay ahí. Lo apago y vuelvo a la cocina. La pava chilla como una nena malcriada. Le saco la tapa y me quemo. Le echo agua fría y me tomo un mate repugnante. Crema para que no se me haga ampolla. Eso. La busco y no encuentro. María se quemó viva con aceite a los dos años. Yugoslavia 1929. Yo no existía, ella ahora está con ACV si sigue viva. Perdí el teléfono de la sobrina. Enciendo el celular. Me duele más la panza. ¿A quién voy a llamar? Lo apago y me tomo otro mate. Voy a buscar ropa para lavar. Me prendo otro cigarro. Me siento en la cama con la ropa y me quedo en blanco. El cigarrillo me quema los dedos. Me acuerdo de la tostada, de mi hijo, de la crema que no me puse, me late el dedo y el corazón. Ojalá se me pare. Me imagino la cara de él cuando me encuentre muerta. Lloro. Me levanto y voy hasta el lavadero. Pongo la ropa dentro del lavarropa. Voy a ver la tostada. Fría. El queso Illolay, la cuchara, el mate, el dolor y el agua corriendo y el fuego encendido y la ceniza por todas partes. Enciendo el celular.

Cinco videos en el wasap: la vida es hermosa, disfrútala.

Querida Linda, (1)

Estoy a la mitad de un vuelo a St. Louis para dar una conferencia. Estaba leyendo una historia en el New Yorker que me hizo pensar en mi madre y, sin darme cuenta, sola, en el asiento, susurré: «Yo sé, madre, yo sé» –encontré  una pluma, y pensé en ti– que algún día volarás sola a alguna parte, que quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo.

Yo quiero hablar. (Linda, quizás no estés volando, quizás estés en la mesa de tu cocina tomando té, alguna tarde cuando tengas 40. En cualquier momento) y quiero decirte:

Primero, que te amo.

Dos, que nunca me decepcionaste.

Tres, yo sé. Yo estuve ahí alguna vez. Yo también tuve 40 con una madre muerta que todavía me hace falta.

Éste es mi mensaje para la para la Linda de cuarenta. No importa lo que pase, siempre serás mi pajarito, mi Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes –en donde estés, Linda, hablándome. Pero yo tuve una buena vida –escribí infeliz– pero viví a capa y espada. Tú también, Linda –vive al límite. Te amo, mi Linda, a los cuarenta, y amo lo que haces, lo que encuentras, lo que eres. Sé tú misma. Pertenece a aquellos que amas. Háblale a mis poemas y a tu corazón  –estaré en los dos: si me necesitas. Mentí, Linda. Yo también amé a mi madre y ella me amó a mí, ella nunca me sostuvo pero la extraño, tanto, que tuve que negar que alguna vez la amé –o ella a mí, ¡pero qué tonta, Anne! ¡Así es!

(1) Anne Sexton.

 

 

 

 

 

Domingo

En este barrio en el que vivo no se nota mucho que es domingo. No existe la calma de los pueblos. La extraño.

Intento fabricarme un domingo puertas adentro. Fracaso.

Miro por la ventana. El supermercado chino está abierto. Pienso que hay cosas por comprar. No tengo el coraje para obviarlas. No tengo excusas.

Salgo.

El vecino, a quien después de tres años recién conozco, está lavando su moto en la vereda. Me quedo mirando el agua que desparrama sobre la puerta de mi casa. No levanta la vista. Lo miro quieta. Me mira. Sonrío. Él no, agacha la cabeza y sigue, lavando su rueda delantera.
Después le diré algo.
Volver rápido a casa es la consigna. Que no se malogre mi domingo.
Leí un artículo sobre una mujer de 66 años que cruzó sola el Atlántico. Ella desarrolló la paciencia frente a olas de cuatro metros. Si ella pudo con las bestias, yo también. Paciencia.
Los chinos me entristecen. Casi dejaron de serlo. Desde que llegaron al barrio cada vez son menos chinos, más argentinos.
Adelante, en la cola para pagar, está la mujer del diariero, le decimos El Gallego. Paga rápido mientras la observo. También para ella pasaron los años. Está en esa edad que ya no le importa cómo va vestida. Le miro la espalda, curva. La papada, cuelga. En su bolsa tiene un queso Mendicrim light. Pienso en el colesterol. La mujer del gallego debe tener colesterol . O está en la moda light. Laif, decía mi tía. Me encantaba cuando mi tía decía laif. Nunca la corregí ni contradije. Era la mezcla exacta de lo que quería expresar y lo que era. La entiendía. Vida laif.
Compro naranjas de jugo y sé que la chica, que no es china (me pregunto por qué nunca hay chinos verduleros ni carniceros) se aleja a buscar cambio. Tiene un trasero grande y no lo disimula. El jean se lo marca bien y tiene un bordado: This is for you. Pienso en su novio. Si es que lo tiene. Si es que le gustará ver esa frase bordada en el trasero de su chica. Viene con el cambio y sonríe. No como el otro perejil, el de la moto, que no saluda, ni hace una mueca siquiera.
Cruzo cargada, entre los autos apurados, llego a tiempo para alcanzar el otro lado del Atlántico entre los buques estacionados. Mis piernas son mi barco. Cada vez más cerca escucho la sirena de una ambulancia.
Miro para atrás, quiero ver si conozco la empresa de ambulancias. Vital. Buen nombre. Pienso en un infarto de domingo. Cómo se complicaría todo.
Busco al pibe de la moto para decirle algo. Ya no está. Subo y entro. La gata me mira como desconociéndome.
Intento continuar con mi domingo. Coloco las naranjas una a una en la fuente blanca. Las bananas al lado. Los colores brillan. Qué lindo que es pintar las frutas.  Las flores amarillas todavía duran. Pongo el agua para el mate y miro el calendario. Domingo. Hace tanto que no salgo. Cada vez me dan menos ganas.
¿Me estaré volviendo como la mujer del diariero?