La sociedad sin sufrimiento

Tío

Hace ya unos buenos años que vengo constatando una realidad que me desagrada: vivimos en una sociedad que no se permite el sufrir. O para ser más exacta, nuestra sociedad explota el sufrimiento cuando le conviene, pero le huye día a día, minuto a minuto.

Lo experimento cada vez que pierdo amigos por contarle mis pesares; lo padezco cada vez que escribo sobre mis días de agobio en este blog o en cualquier red; lo percibo, sí, lo percibo cuando debo usar una tercera persona para que sea más fácil de escuchar mi historia.

El famoso dicho “es para una amiga” tan usado en Facebook a modo de broma, se me hace imprescindible a veces en mi charla habitual, con gente que cuando yo era activa y fuerte y apasionada y bella me tenía en alta estima, pero que ahora no soporta mi caída.

Vivimos tan anestesiados por los tranquilizantes; vemos tanto llanto, tanto drama en la televisión; usamos tanto ¡en secreto aún, por Dios! a los psicólogos; que ya no contamos a nadie nuestros males. Mejor dicho, lo hacemos sí, claro está, pero las consecuencias que nos sobrevienen son nefastas.

Acabé ayer de ver los treinta capítulos de una serie fantástica llamada Borgen, una serie danesa sobre la vida de una mujer que se convierte en primera ministra de un momento para otro. El cambio que produce esto en su vida, en los que la rodean, y los mundillos que debe comenzar a conocer de primera mano: el político y el de la prensa, son los temas de la serie.

Pensé que Dinamarca estaba lejos de ser como Argentina, pero estamos en igualdad de condiciones. Todavía vivimos en la época victoriana. No debemos comentar nuestros flagelos, no debemos mencionar nuestros malos días, no podemos -si queremos ser exitosos y/o aceptados en la comunidad- decir nada acerca de nuestro cuerpo, de nuestro sentir. Emociones y dolores son completamente tabú si queremos construir una carrera.

Vivimos en un tiempo en el que la gran mayoría del pueblo no soporta el sufrimiento de verdad. Necesita que lo sufran sus ídolos para levantarle o bajarles el pulgar (o lo que es lo mismo hoy) bajar o subir la audiencia de un programa de TV, o la cantidad de  periódicos consumidos ya sea en su forma tradicional u online.

Entre amigos, se puede comentar sobre el dolor que padece tal personaje en tal serie, pero cuidado con decir estoy deprimida; entre familiares podemos recomendarnos las mejores y más tristes películas, siempre serán aceptado y hasta agradecido; pero guay con mostrar una foto de un pariente querido y amado que se arrumba en un geriátrico o un hospital.

Porque eso hacemos, no mostramos el dolor de verdad. Lo queremos en la ficción y hasta hay gente que tampoco lo soporta masticado así. Queremos una sociedad sin sufrimiento. Queremos héroes que sufran por nosotros y podamos olvidar al otro día. Queremos que nuestros viejos (esos que nos han dado de comer, que nos han hecho masajes con sus manos llenas de artrosis, o que nos han prestado su oreja en más de una ocasión) mueran pronto lejos nuestro, sin verlos y sin olerlos, quizá aceptamos que alguien nos lo cuente hasta que le decimos basta, basta para mí que me hace mal. Porque sabemos que así será nuestro final como no cambiemos nuestra mirada sobre el ser humano.

Los gatos, los bebés, los niños, son parte de la vida. Pero también lo son los viejos, los dolientes de nuestra familia. Sé que en las redes sociales si subimos las fotos de un gatito con un moño y una canastilla que diga “my baby” tendrá muchos más “me gusta” que una mano lastimada de una tía mía. Muchos, también lo sé, dirán, y para qué queremos ver la mano lastimada de tu tía, a lo que yo podría responder, y para qué quiero ver un gato en una canastilla. ¿Pasaríamos entonces a un tema de estética? No, porque la mano de mi tía puede ser una fotaza mientras que la del gatito puede ser una chapucería. ¿Entonces?

Entonces es que el gato no nos duele, la mano de mi tía con su llaga y su piel apergaminada, sí. Pero yo no quiero olvidar a mi tía. La quiero como la quise, cuando era guapa y fuerte. En cambio al gatito no lo conozco. Pero, volvemos a lo mismo, no todo el mundo tiene que acompañarme en mi dolor, y yo pregunto:¿todo el mundo debe ver un gato que ni sabemos cómo se llama ni qué hizo más que nacer y dejarse poner un moño para una foto que es una cursilería? No. ¿Y por qué la foto del gato tiene veinte likes y la de mi tía tiene un silencio de muerte? Lo pregunto, porque no lo entiendo. Lo pregunto, no lo concibo.

Creo que no debemos olvidar a nuestros antecesores. Merecen que los mantengamos vivos mientras están vivos. No debemos ser injustos con quienes nos dieron todo para que seamos lo que somos. Debemos aceptar el dolor en nuestra cotidianidad, hablar de eso, no ser una sociedad que maquilla nuestros moretones.

Los que hicieron que lleguemos a edades impensadas el siglo pasado, deben hacerse cargo de sus engendros: nosotros.

Yo abogo siempre, será herencia de mi madre,  por una vida corta. Siempre digo a quien me quiera escuchar, porque no siempre la gente me quiere escuchar, que a los cincuenta años ya es una buena edad para ir pensando en morir, y si no quiero asustar a quien me escucha, los cincuenta son una buena edad para comenzar a aceptar nuestra decadencia física, para tener nietos, para dejar de correr de un lado al otro y para brindarle a los más jóvenes, nuestra experiencia. Si estoy conversando con alguien más asustadizo aún, digo que ya estamos como para tener nietos.

Lo que en verdad quiero decir usando todas estas expresiones, es que debemos aceptar que así como un leopardo, o una jirafa, o el animal que se les cruce ahora por la mente, fueran diseñados biológicamente para vivir una cantidad de años, nosotros también lo fuimos. Fuimos diseñados para copular y parir casi treinta años antes ( o cuarenta) de lo que lo hacemos. Fuimos diseñados para tener vigor y fuerza muscular -sin aditivos ni conservantes, sin energizantes ni vitaminas- durante unos años suficientes como para que nuestro corazón y arterias, nuestras fibras musculares e hígado, nuestra piel y ojos lo puedan realizar sin estrés. Pasados esos límites, todo se vuelve una carrera contra nuestro propio cuerpo, ni hablar que contra el cuerpo de los demás que nacieron décadas después que nosotros.

Así que en vez de intentar subirnos las tetas con corpiños push up, o fajarnos para que los dolores de espalda queden comprimidos, pensemos que es hora de aceptar que nuestro valor radica en las neuronas que tenemos, ellas son las únicas células de nuestro cuerpo que pueden vivir y multiplicarse si las mantenemos activas. Hasta hay algunos que arriesgan a decir que ellas pueden vivir quinientos años o nacer nuevas si es que las sometemos a un ritmo de trabajo constante.

Pero nuestra sociedad no quiere neuronas, quiere robots. No quiere cerebros, quiere cuerpos de gimnasio. No quiere sufrimiento, quiere bailar cumbia todo el día, alegría, no pensar, no detenerse, no contemplar ni lo que somos ni lo que fuimos y mucho menos lo que seremos. Por eso, cuando hay alguien que se encarga de recordarlo día a día, como yo, el castigo es la soledad.

Eso es lo que siento en este domingo soleado, por ejemplo, en el que mientras la mayoría intenta pensar qué hacer con tan hermoso tiempo, yo recuerdo los ojos de mi tía, ayer, en el geriátrico, y lloro.

Vivir mata

 

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¿Qué queda de la vieja y hermosa Europa? Solo algunos fondos de estaciones de tren grafitteados, o con ropa colgada en los balcones de las ciudades dormitorio, ladrillos tapiando las ventanas?

Ay, Daniel Blake. te entiendo. Hace dos, tres horas que viajo en esta AVE y veo cada vez más postes eléctricos parecidos a transformers, más depósitos, más hipercentros, megasupermercados y polígonos industriales o comerciales, qué más da.

¿Era esto lo que buscábamos? ¿A esto le llamamos progreso?

El tren se detiene y bajan cientos de anónimos con sus maletas de brillantes colores y ruedas que casi más los llevan a donde ellas quieren. Maletas fabricadas en vaya a saber dónde, pero seguro en algún lugar donde los niños ni se pueden sonar los mocos mientras trabajan a destajo.

Los anónimos seres con sus móviles cada vez más grandes, sin dirigirse la palabra tan entusiasmados están con sus facebooks, twitters, wasap o qué sé yo. ¿ Quién nos “engrupió”, quién nos vendió esta idea de progreso? Ives Saint Laurent copiando la bata de una viejecita de algún pueblo serrano y vendiéndole a 1200 euros?

Teresa, mi vecina, tiene que cerrar su hermosa tienda. Hoy, cuando hice autoestop, el que me bajó al pueblo dijo que era como el Corte Inglés de Colmenarejo. En mi tierra, le llamaríamos Almacén de Ramos generales. Hago lo que puedo, compro regalitos para los míos en su pequeño Corte Inglés, aun a sabiendas que yendo en el coche de otra amiga, puedo comprar las mismas cosas a mitad de precio. ¿Es ese el progreso del que debo estar orgullosa?

Una pakistaní huye con ropa que selecciono, no conozco a la pakistaní, solo sé que el marido la persigue. Teresa me dice que ella no usa manga corta salvo dentro de la casa. Hay que hacer dos bolsas de ropa donada para ella y sus niños. Le enseño como hace las maletas la novia de mi hijo. Las tres bolsas que hemos empacado se convierten en una. Teresa, con su flor violeta en el pelo se pone contenta.

Yo miro las amapolas que crecen en el baldío de enfrente. Nadie las plantó (¿ o sí?), amapolas, margaritas, un tipo de lavanda que es de aquí -acota Luisa-, cielo azul y flores.

Viene un chico a comprar papel coulette. Le pregunto por el significado. Me dice todo sonrojado, papel para el culete…Pienso en mi imaginación, en mi exagerada imaginación que ya pensó en papel para hacer barriletes, suave como la seda. Se lo digo. Se ríe. Él toca el piano, me recuerda a mi hijo. Tiene un perro que rescató hace tres años de una protectora donde le dejaron abandonado. Aquí son más finos que en Latinoamérica. Allá nosotros le diríamos perrera. Vulgares perreras donde van a parar los que como este bicho maravilloso y quieto, parecido a un siberiano, son abandonados. Este tenía diez años cuando lo dejaron. El pianista del papel culete lo adoptó. Hoy descansa de su paseo en la vereda mientras el sol se pone y Teresa no para.

Yo me fumo mi primer cigarrillo europeo. Busco la marca. Debe decir Marlboro en algún sitio. Pero no, la marca está escondida detrás de una foto de un bebé con chupete, y del chupete le sale un cigarro. Tiene, en un costado del atado, un cartel que reza: los hijos de fumadores tienen más probabilidades de empezar a fumar. Pienso en mi hijo, tiene veintiún años y si hay algo que no soporta en este mundo es que le fumen a su lado. Fumar mata, leo en el otro costado y pienso que la tristeza también lo hace. El humo del tabaco contiene más de setenta sustancias cancerígenas dice por detrás. Pienso en las antenas transformers que unen los pueblos tapando las estrellas, en las maletas brillantes que corren más que sus dueños, en las antenas de móviles esparcidas por todos lados para que la gente se pueda “comunicar” mejor, en el tren de plástico tan moderno y veloz en el cual viajo.

Y sí, vivir mata. Eso seguro.

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A las redes las carga el diablo

Entonces todos, filósofos,científicos, y gente de la calle, deberíamos poder tomar parte en la discusión de la pregunta de por qué existimos nosotros y el Universo. Si hallamos la respuesta a eso, será el triunfo definitivo de la razón humana…,porque entonces conoceremos la mente de Dios.

Stephen Hawking, Historia del tiempo.

 

Acabo de leer que a una mujer le dio un infarto por hacer una broma pesada en el facebook. Acabo de postear algo sobre eso y ya saltó alguien que me quiso convencer de que el facebook es tal como la vida real, que se encuentra gente de la buena y de la mala, como en la vida real… como si no lo supiera.

Por eso quiero contar lo que me pasa con las redes, y con la vida real, ya que para mí no hay diferencia. Unas forman parte de la otra. Nos guste o no. No hay gente en el facebook y gente en el no facebook, hay gente. Buena y mala y más o menos y menos que más. Y hay redes que maneja esa gente real. Y a mí todo lo que haga la gente, me atraviesa de una forma muy profunda, casi enfermiza diría. Tanto en la vida real como en el mundo virtual, que ya expliqué que es completamente real aunque sea mentira, aunque sea obvio que una mujer que muere de un infarto tenía su minuto predestinado para estar aquí y su minuto para pasar a mejor vida.

Lo que leo, lo que escucho me interpela y me conduce a un estado de cavilación que quizá a otro no. Y ese es el poder del que trato de mantenerme protegida. De ese anonimato, de esa no mirada, quiero huir como la peste. De ese asesinato sin cuchillos que se provoca cada día y se replica millones de veces sin saber a quien podemos llegar a lastimar.

Cuando hablo del poder de las redes quiero decir que soy consciente del poder que nos han dado, quienes son los que nos lo han dado y para qué. Y soy consciente de que, obviamente, podemos participar o no. Ese poder, si es que decidimos tomarlo, si es que “le vendemos nuestra alma” nos puede jugar en contra, como le pasó al viejo Einstein, puede ser desvirtuado y usado para generar un hongo atómico como el de Hiroshima. Es un poder tan al alcance de la mano como un arma cargada, como un cuchillo tramontina simple, de esos que usamos casi todos los días para comer pero que un día en una pelea doméstica, sin darnos cuenta cómo ni por qué, lo sostenemos contra el cuello de alguien o contra el nuestro propio. Si no somos conscientes de su magnitud y muy precavidos, podemos modificar los hechos más allá de lo que nosotros mismos deseamos.

Por eso me dan tanto miedo las redes usadas indiscriminadamente. No sabemos, cuando nos relacionamos con el otro, qué es lo que podemos generar en él porque no vemos su cara, no sabemos cómo amaneció, no sabemos qué planes tiene, ni si está de buen humor o está pensando en la soga que va a apretar su cuello hasta dejarlo sin aire.

En estos días que estuve postrada, no solo usé mucho más las redes que de costumbre, sino que también tuve más tiempo para reflexionar sobre ellas y también para percibir todo tipo de redes y frecuencias.Bajas y altas. Y así me llegaron algunas señales que de otra manera no las percibo, porque corro -aunque menos- como todo el mundo.

Mi tiempo de reacción se duplicó o triplicó en estos días para lo bueno y lo malo, y la poderosa intuición que me caracteriza se volvió más obscena. Pude escuchar a mi corazón y distinguir con más precisión las señales que emite este mundo y el virtual, y el metafísico, y también -cómo no- el del inconsciente y los sueños.

Tanto fue así, que ayer, abrumada por tanta data y tanto murmullo en mi cabeza, me hice un mate, y apoyada en la mesada de la cocina, comencé a llorar para aliviar tanto dolor. tenía enfrente las fotos de mi viejo que le sacó hace muchos años, mi sobrina Rocío. Las miraba y pensaba en lo que él me diría si estuviera vivo. En cómo me compensaría con su amor, tanto sufrimiento, ya que la otra que lo hacía, mi tía Darinka, está internada en un geriátrico desde el lunes de la semana pasada. Miraba a mi viejo y me preguntaba si estaría con mi mamá, o con quién, y dónde.

Así que se me sacudió un poquito el “cuore” cuando sentí un poco de paz que me venía de una red que generalmente minimizo, la red de los que ya estamos grandes (o de los que han sufrido mucha humillación en la vida) y en la que surfeamos con el correr de los años cada vez más seguido y navegamos, a medida que pasa el tiempo, cada vez con más banda ancha. La red de una fe en un poder superior a nuestra humanidad y nuestra razón, donde todo tiene su por qué, donde todo tiene su ida y vuelta.

Pasó el día y ya de madrugada, echada en la cama muy pero muy triste, y mirando la estancia tan archiconocida, los cuadros, los espejos, los lomos de los libros; uno brilló entre ellos. Brilló de manera especial. Tanto, que a pesar de mi dolor y de mis ganas de no moverme, me levanté, lo saqué de entre los otros y lo abrí en cualquier página.

De “Mujeres que corren con los lobos” (Clarissa Pinkola Estes), leí el capítulo que abre con un cuento  atribuido a los Grimm: La doncella Manca. Este cuento fue escrito en el siglo XIII por Philippe de Remi  y  reescrito  y vuelto a redactar tantas pero tantas veces que se hicieron tantas versiones como culturas fue tocando.

Cuando terminé de leerlo, caí en la conclusión que el que me hablaba por ese medio era mi viejo en contestación a mi pedido de la tarde, cuando miraba su foto y le rezaba pidiéndole saber qué hacer con mi vida. Porque ese libro, que recibí en Alemania de manos de mi hermana y seguramente elegido por ella, fue el último libro que papá me regaló en su vida. En la dedicatoria y con su letra dice: Con cariño para mi hija Diana, papá y ese cariño está sellado con su firma, con el símbolo del infinito repetido varias veces sobre su nombre. Así firmaba mi viejo sin saber, casi seguro, lo que eso simbolizaba.

Pues bien, esas son mis redes por estos días. Las que perduran y están llenas de amor, y no de basura disfrazada, no de competencia escondida en mensajes oscuros, no en falta de respeto, no en egocentrismo, no. Pensemos antes de escribir en cualquier red. No digo que la mujer haya muerto en su propia ley, pero que a las armas las carga el diablo, sí.

Papusza

Ayer, cuando no tenía consuelo por la partida de Mirta Colángelo y todo me parecía gris, ayer alguien puso en mi camino esta maravillosa película polaca sobre la primera poeta gitana de la historia. Por lo menos, la que se dio a conocer.

Últimamente siento que el arte todo está tan bastardeado, tan manoseado. Importa más el chisme que la obra. Más lo especulativo que lo trascendental.Y esta película habla de una verdad tremenda, la vida pasa, nos poenemos viejos, y morimos. Si en ese tiempo, más allá de famas y orgullos, no hacemos lo que tenemos que hacer, es como el agua que se escurre entre los dedos. La vida se nos fue sin misión verdadera.

Mi tía muere y no la puedo retener, mi hijo crece y no puedo deshacer lo que hice mal, ni seguir haciendo lo que hice bien.Ya lo crié. Ya no me pertenece su historia. Sus logros son suyos y no míos, sus metidas de gamba también. No es tiempo ya de arrepentimientos ni euforias. Me llegó la época de cosechar, de rebuscar en la tierra, dónde están mis raíces, dónde dejé mis pies. De buscar el el cielo la luz que me alumbra y las alas que me permiten volar.

Por eso, por su verdad, es que me gustó tanto Papusza. Ella y la película, realizada en uno de los mejores blanco y negro que vi en mi vida. No se la pierdan. El que la quiere ver gratis lo puede hacer por mira de todo punto net.
No la dejen pasar.
Ni a ella, ni a sus reflexiones, ni a sus poemas: los poemas nos recuerdan lo que sentimos ayer. Y ayer sentí que el mundo no era para mí. Pero aquí estoy, recomendando a una poeta que sufrió su raza, su tiempo, y la ignorancia de los que la rodeaban, menos uno. Menos uno que salvó sus cosas para nosotros y la hundió a ella para siempre.

It’s only rock’n roll & I know it

Ella me contó una de su pueblo, los higos colgando al sol. Mi hermano, cuando vio el video desde quince mil km de distancia dijo que se la veía lúcida. Su hijo, desde doce mil km de distancia, no lo vio. Mi hijo al lado mío y de ella, hizo silencio y miró para abajo.

Entonces quise huir. Pero como en las peores pesadillas, cargándola a ella, irnos a un hotel, a un lindo apartamento con jardín y sol o ascensor, y agua caliente y mucama que lave sus derrames y mis vómitos y nuestra sangre.

No va a funcionar, dijo mi hijo.

Me encerré en mi cuarto y lloré. Sabía que no tenía escapatoria. Tenía que decidir. Ella o yo. Cerré mi cuenta de Facebook. Hoy lo haré con la de Twitter. Me tomé unos cuantos miligramos de tranquilizantes y de hipnóticos. Claro que aún sigo viva. No era para matarme, lo sé, no soy idiota ni pendeja. Era para dormir, para irme, para dejar de pensar, para no meterme un cuchillo como los carniceros y sacarme el corazón de tanto que me dolía. Dormí. No sé lo último que pensé. Pero dormí.

Hoy me desperté temprano y me odié. Me acordé de todos los que están bajo las palmeras y los cielos caribeños. De todos los que aprovecharon el hot sale y se fueron. Yo estoy al cuidado de una mina que es muy chiquita, muy; que se me cuelga del cuello y me llena de besos cada vez que le cambio el pañal y le apago la luz por la noche, y me dice gracias, gracias, gracias. No dejo de pensar en ella. Ni un minuto. Por eso hoy dije, na. Naaa, así, como dicen los pibes. Naa. Me estoy volviendo loca. Yo también quiero vivir mi vida. Aunque solo sea escribir esto y corregir la novela que entra el lunes en imprenta.

Me preparé un termo con mate. Me traje tres atados de cigarros y me vine a la cama. Persianas bajas  y un solo objetivo. Terminar de corregir. Y si todo se viene abajo, que se venga. Y si a mí… y si a él, y si a ella…qué me importa todo, qué me importa nadie. No soy imprescindible. Ni doy a basto. No detengo los crímenes que se cometen en el mundo. No nada. Como escribí en otro blog, el año pasado:

El mundo se convirtió en un enorme set como de un big brother. Imparable. Nadie se puede esconder. Y sigue habiendo crímenes. Más que nunca. Más, mucho más que siempre.

Hoy, el Gran Hermano de Endemol que vi hace unos años, es un juego de putitos al lado de lo que se ve en la calle.

Cámaras filmando desde todos los ángulos posibles las peores aberraciones cometidas en nuestras pesadillas más densas.

Teléfonos del tamaño de un atado de cigarros tomando fotografías desde la mismísima zona del crimen.

Testigos denunciando a más testigos y los buchones soplando a periodistas y polis.

Pero nadie detiene a nadie. Porque el ser humano sigue siendo el mismo hijo de siempre. Cada vez peor.

Quiero olvidarme de preguntar ¿what’s up?
De piar como una twittera.
De subir la foto de mi peor enemigo al álbum de caras.

Quiero fumar un algo en el Parque Centenario, besarme en Villa Cariño, coger en los bosques de Palermo, y prender un cigarro mirando las estrellas.
Sin zoom ni megapixeles.
Sin led ni bichos raros.
Con el aliento flojo de haber gritado en el orgasmo.

En “naca”

Encana

Encontré esta foto y me imaginé la escena toda en lunfardo: ser un capanga de la cana, encontrarles un canuto a estos capos, darles la cantinela mientras sientan sus cantos para que les tomen la foto de su capocha con el número, y decirles en tono canyengue: Mirá pibe, quiero que sepas que estás en capilla; para quedar libre, antes me vas a tener que cantar.

Para los peregiles o caídos del catre : los nenes estos son Jimi Hendrix, Jim Morrison, David Bowie, Mick Jagger, Janis Joplin y Kurt Cobain, alguna de las tantas veces que cayeron en cafúa.

(Gracias a Howard Pavane que subió esta foto a Pinterest, se unió a mi búsqueda arrabalera y salió esta porquería.)

Bowie o la muerte de algo más

Hoy a la mañana, me desayuné con dos noticias: una, que el nuevo gobierno argentino, el de Mauricio Macri, lo dejaba sin su famoso y añejo programa de radio, a un periodista opositor llamado Víctor Hugo Morales, con quien yo no comulgaba en todo, pero que me daba una sensación de salud democrática el que estuviera al aire. La otra noticia, era que había muerto Bowie. David Bowie. A los 69.

La sensación de una y otra leídas casi al mismo tiempo, mientras el sol entraba a pleno por la ventana abierta al verano porteño de Buenos Aires, me sumió en un recuerdo de años pasados, cuando en plena dictadura argentina, la noticia de Lennon asesinado, nos tapó el sol de golpe, nos desbalanceó la vida, nos quebró por un momento.

Porque eso pasa cuando dos cosas como estas pasan a la vez. Uno no tiene consuelo. Ni en su país, ni en su gobierno, ni en sus pares que evidentemente eligieron a ese gobierno, ni en la música de alguien que jamás hubiéramos pensado iría a morir algún día.

Hoy, cuando todo es gris y se presiente el zarpazo grosero de una derecha que estaba, que nunca se había ido, o que jamás pensamos que iría a volver; Bowie, como tantos otros grosos, nos acompañaba y nos hacía la vida más fácil. Hace un rato, y después de haber vagado por casa sin saber muy bien dónde plantarme, ni cómo va a seguir mi vida, me llegó un correo de un amigo entrañable, lejano, de esos que necesitamos cuando algo como lo de hoy, pasa.

Él, Emilio Garrido, un escritor valenciano, también fue periodista de radio como Víctor Hugo Morales, y  también tuvo que dejar de transmitir su programa, cuando subió Rajoy. La bañera de Ulises, un programa que hizo escuela en RN3 Radio Nacional de España (y que en lo personal me convenció de volverme bloguera) en el año 2005 y con las mismas excusas burdas  que hoy esgrimen para dejar sin voz a Víctor Hugo, de la misma manera, Emilio tuvo que dejar su espacio que nos arengaba a vivir.

Hoy, y no por casualidad,  Emilio, nos escribió un mail a sus compañeros de ruta, de viaje, de vida. Y habla de Bowie y de lo que significó para él, y para su generación y le pedí permiso para postearlo porque tiene el espíritu de Bowie, le hace homenaje. La carta dice así:

A MIS QUERIDOS COMPAÑEROS DE VIAJE, SIN COPIA OCULTA:

Aunque quizá no te tocara por generación, necesito compartir mi pena con alguien porque me he quedado de piedra al saber que se ha muerto David Bowie.

No digo que fuera de mis músicos favoritos, ni me compraba todos sus discos, pero tengo un par de ellos que me llevaría a una isla desierta.

Era 1984 y Orwell venía con Halley y Bowie noches de alcohol y hachís en medio de un valle profundo y duro bajo la niebla de miradas ajenas.

Era un frío clavado en el cuerpo y paseos de vinos y amigos. Vivía como un vigilante encima de Correos. Alucinado con los agradables puntapiés que me daba la vida.

Tenía un simca azul con un escarabajo disecado en el cambio de marchas. Por la calle real, los camareros y las estanqueras me saludaban. Y de vez en cuando mi foto salía en los periódicos. Llevaba gabardinas que me había comprado a cien pesetas la pieza.

Cuando uno tiene 26, piensa que aquello va a durar siempre,no siempre, pero sí así de colorido. El mundo era una pista abierta de par en par. Solo había que situarse en el centro y dejarse llevar. Y por la noche, desde mis ventanas, veía el mástil de la emisora de la que era director, mientras me ponía el Low de Bowie en un giradiscos que aún funciona.

Sinceramente, creía que él era una estrella que nunca se apagaría….

Era 1984 y Orwell venía con Halley y Bowie noches de alcohol y hachís en medio de un valle profundo y duro bajo la niebla de miradas ajenas

Esa es la hermosa carta, triste pero hermosa, que me terminó de cerrar este día funesto. La acompañaba un video, que acá abajo, podrán escuchar.Más bello, imposible. Una canción de Brel cantada por David Bowie. Sólo para entendidos. Sólo para locos.