El dolor del amor

 

Worth50

Terminé de ver los seis capítulos de una serie sobre comadronas.

Ellas buscaban paliar el dolor huyendo del amor,

porque el amor, según ellas, dolía.

El amor, sí, claro que duele.

Claro que es estúpido hablar de esto

cuando el que lo vivió lo sabe.

Los hijos hoy cenan afuera

cuando les cociné pastel de carne para ellos.

¡Pero si me olvidé de ponerle huevo a la carne!

¡Si seré inútil como madre! Y seré inútil cocinando…

no amando, no,

nunca fui inútil amando,

aunque a veces fue inútil el tiempo perdido en algo que no sucedió

y no sucedió jamás porque nada hoy existe

porque el tiempo limpia el vómito

enjuaga la sangre

y seca el semen.

Lamento no ser más clara al escribir,

lamento este lamento

por el amor mal habido

mal llevado

mal querido.

Si al final seremos ceniza,

al final, solo huesitos rotos,

al final, locura olvidada entre páginas y páginas de manuscritos.

Pero el amor que dimos,

ese, ese amor puro sin delicadeza, sin esperanza y sin remedio,

ese amor será recordado aún

cuando ya no estemos en el recuerdo de nadie.

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El miedo a Europa

PLAZUELA LOS GITANILLOS DE CADIZ

“Canta hasta que la boca te sepa a sangre”

La reina descalza, Ildefonso Falcones

Desde que llegué a España tengo la sensación de no encajar. Dicho así es lógico, hace un mes que estoy aquí después de diez años. Aquí  he vivido cuatro años, pero en otros tiempos, tiempos de bonanza para España, tiempos de desdicha profunda (2001, Corralito) para los argentinos.

Ahora, la sensación que tengo es más animal. Y voy a tratar de contarlo de frente a la vista lejana de las luces del Escorial.

Mi sentir no pasa hoy por lo lógico, sino por lo que llevamos metido en nuestra sangre desde que nuestros abuelos (o padres en mi caso) han ido a hacerse la América: el miedo.

La huída de ellos de una Europa de guerra, entre, o pos-guerras; nos lo han transmitido así como los dichos, las comidas, las preferencias por tal o cuál arte, lo que sea junto con el miedo. Hemos mamado Europa desde pequeños, y ahora que hemos (algunos) regresado, y algunos otros como yo, por no sé qué cantidad de veces (creo que la cuarta ya) no como turista, sino a vivir con un pasaporte y una nacionalidad que por Ius sanguinis nos es otorgada; la vivimos, la olemos, la caminamos y, en mi caso, la padecemos.

En la Argentina hay un dicho que significa esto de haber mamado la “europeidad” y es el que dice “Los argentinos descendemos de los barcos”. Y ( aunque yo siempre acoto: los porteños sobre todo, quiero decir los de la ciudad de Buenos Aires) es así tal cual, por lo menos para la gente de mi edad.

En Argentina uno va por la calle, en un colectivo, tren o … o se encuentra en una reunión con gente que no conoce y si se pone a indagar, la gran mayoría dirá que su padre o su madre han venido en barco desde Europa, y si no fueron sus padres o madres, sus abuelos y abuelas. Los argentinos descendemos de los barcos, o venimos de los barcos, da igual.

La cosa es que yo vine a Europa, por vez primera, hace treinta años. Más de la mitad de mi vida. Era una docente recién recibida, o una artista haciendo sus primeros pinitos, que nunca había salido del país, y, para que se imaginen los lectores jóvenes, no existían más que los mapas y los atlas. No había internet, no whatsapp, no móviles, no ge-pe-eses. Nada.

Recuerdo que le conté a mi hermano que quería irme a Europa, y él que ya había vivido aquí, me dijo, ¿pero a dónde? porque Europa es grande. Le dije, no sé, quiero irme a Europa el año que viene. Él trajo un mapa, y me dijo, a ver Diana, mirá acá, ¿ves? aquí estuve yo, dijo marcando con su dedo sobre el mapa a Milán, ¿a dónde te irías vos? Yo miré los colores de los distintos países, y le dije, pues acá. Y puse el dedo en España.

Claro que en ese momento, ni me imaginaba que cuando viniera a España, los españoles no hablarían en ” argentino” sino que hablaban en castellano, o como se le decía en aquel momento, en español, que para nosotros era solo uno.

Y así fue que cuando llegué al aeropuerto viejo de Barajas, parecido al viejo de Munich, parecido al viejo de Chile (en esa época todos los aeropuertos se parecían bastante) me encontré con que me hablaban tan rápido que no era capaz de entender lo que me decían hasta después de una o dos veces, así de dura era yo de oído…

Pues, al rato de estar dando vueltas con un bolso sin rueditas como los que hay ahora, de color magenta, y tan largo como mi desamparo; que me habían ayudado a montar en un carro que tenía un hierro tan alto, tan alto, que ni siquiera me permitía ir al baño (servicio le decían acá), me cansé, y llamé de un teléfono público a mi otro hermano que hacía poco más de un año vivía en Alemania, para decirle que me iba hacia allá.

Hoy recuerdo todo eso y me río mucho, de mi ingenuidad, de mi inocencia; pero también lloro y me pregunto por qué, por qué no nos contaron, por qué no nos dijeron, por qué solo fueron capaces, nuestros padres, de repetir hasta el hartazgo historias de miseria y guerras.

Deduzco que fue porque en América ( y como buena americana que soy no hablo de América del Norte solamente, hablo de toda América) encontraron trabajo, y pudieron rápidamente hacer lo que no podían en Europa: comer, trabajar, tener dignidad, casa , techo, dinero…no sé. Es lo que pienso ahora, ya con la edad que tenía mi abuela cuando estaba cómodamente instalada en Argentina.

Pero volviendo al tema del título, el miedo a Europa, es el miedo del que quisiera hablar, el miedo a ser ciudadana de segunda categoría, el miedo a que las autoridades y sobre todo los empleados públicos, no la gente común ¡por favor!; nos traten o me traten como si tuviera que demostrar que soy valiosa, que no vengo a quitarle el trabajo a nadie, que vengo en son de paz como dirían en los cuentos.

Desde que llegué hace un mes, siento que a mi Europa me la han cambiado, ya no es la solidaria, ya no es la interesada en saber cómo vivíamos los hijos de. A esta Europa le han metido una gran dosis de fachismo, de esto es mío esto es mío y solo mío, una dosis de miedo al otro, miedo al miedo.

Por eso es que me siento fatal, y desde que llegué, salvo el período que anduve por los campos del Quijote, cuento los días que me quedan para irme, como hace una condenada. Porque quise como siempre ir por la senda legal y me encuentro que cada vez me la ponen más difícil, y que si hubiera seguido los consejos de algunos experimentados españoles, hoy no estaría yendo de oficina en oficina pública, ni gastando euros en obtener algo que no pienso usar, porque decidí volverme ya, en poco más de diez días.

El miedo se ha introducido en mis venas o ha salido de ellas, el miedo no me deja dormir, el miedo saca toda la tristeza del mundo ni bien abro los ojos, o me despierta cuando el muchachito con el que comparto casa se va a dormir, después de jugar en su ordenador hasta altas horas de la madrugada, cosa común hoy en día, pero que aquí me deja en la más absoluta soledad, y me pregunto cómo es que llegué a esto, si fui una mujer tan viajera como experimentada en esto de vivir en Europa.

Pues, el otro día terminé un libro que me prestó una amiga, La reina descalza, una novela que si bien no me atrapó en su trama durante sus 740 páginas, me removió dolores ancestrales. Una novela en la que Ildefonso Falcones cuenta las peripecias de una negra libre recién arribada de Cuba a la Sevilla de 1748, sin saber a dónde ir y que termina haciéndose amiga de una gitanilla, antes de la gran redada contra los gitanos de 1750 y pico.

Este libro me fue acompañando noche a noche, rato a rato, en los distintos momentos de mi vano intento de arraigo europeo, y muchas veces sentí que en vez de hablar de la morena liberada o de cualquier gitano que trataba de conservar su dignidad, estaba el autor hablando de mi sentimiento, de mi cansancio, de mi dolor. Para no hacer este posteo tan largo voy a citar una de las frases que junto con la del principio, fueron las que más hondo calaron:

“Había respirado solo cuatro bocanadas de libertad ya y los recuerdos se abrían paso en su memoria”

Porque es eso lo que hoy siento, me fui de una Argentina diezmada, donde respirar se me hacía difícil, para acabar en una tierra donde fui muy feliz en otros años, pero que hoy siento que sus gobernantes, sus empleados públicos, me dan la espalda. Y no solo a mí, como me ha aclarado hoy una vecina española que pronto cerrará su hermosa tienda gracias al acoso de la hacienda española. Europa le está apretando el cuello hasta a sus propios hijos nacidos aquí.

Eso es básicamente lo que quería contar, el miedo que se respira en cada habitante de suelo europeo, que no es el lógico miedo a morir en un atentado de unos fanáticos religiosos como nos quieren hacer creer, o bajo los misiles de un lunático presidente de un país del Norte que solo sabe mirar su ombligo o su peluca anaranjada. Hoy, en Europa, hay miedo. Y sobre todo al tremendo papeleo que exigen para poder trabajar, sea uno nacido y criado aquí o descendiente de los barcos.

Si no, vean solo el trailer de la triste y bellísima película inglesa: I, Daniel Blake. Aquí en español: Yo, Daniel Blake .

Yo, Diana Laurencich.

 

A todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar algún suelo en este miserable mundo.

Los ayudantes de mi caída y mi renacimiento

Rojo sol, luna cruel,
papi nunca va a volver.
Nada es tuyo de verdad,
ciérralos, duerme ya.
Si muero  mientras dormís
no te pongas a llorar…
Nada es nunca lo que ves,
escalá hacia lo que soñés.
Si muero mientras dormís
no te pongas a llorar.
Ciérralos,
duerme ya.

Esta nana, desde que la escuché hace años en el Torcuato Tasso cantada por Dolores Solá acompañada por su marido Acho Estol, no dejó de sonar, obsesivamente, como la luna cruel de la que habla. Se reprodujo una y cien veces hasta que me hizo surco en el alma.
Algo hay en ella que me hizo sacar la cámara del bolso y hacer lo que nunca hago, registrar en vivo un tema. No me gusta, no por lo derechos de reproducción a los que jamás le doy bola, porque no se puede comparar el escuchar a La Chicana en vivo o escuchar su disco con ver un estúpido video.
Para nada. Sería, como dijo Zaffaroni, el juez al que acusaban de tener un prostíbulo, sería una débil mental si lo pensara.

La cosa es que fue ese recital el que abrió hace años la puerta que me hacía falta.
Después de  siete años de búsqueda, de siete cabalísticos años de demoler muñecos, de golpear manos y que nadie salga del rancho, meses en los que quedé enfrentada a mi conciencia, a mi más absoluta soledad, desencantada de tipos a los que les pedís trabajo y se hacen olímpicamente los boludos, amigos que te dan la espalda, gente que no tuvo nada que ver en lo que pudo haber sido el detonante de todo, pero la voz corrió y hubo pocos que supieron lo que dice la nana del principio, nada es nunca lo que ves, un caso de amor más se convirtió en un crimen por el que debo pagar, quién sabe, hasta el fin de mi vida.

Decía antes que en estos años, de volver sí, a encontrarme con los amigos verdaderos, esos que siempre estuvieron , más allá de la fama efímera, del éxito de mercado, esos que te quieren por tu esencia y no por la botella de champagne que le llevás a la fiesta, esos que lloran con vos o te pegan un revoleo cuando te ven con el rouge corrido siendo una decandente máscara de lo que una vez fuiste, esos, de fierro, tremendos cachos de fierro que no te sueltan ni a sol ni a sombra, esos son pocos, muy pocos, y de una u otra manera en general, están ligados a tu infancia, o a tus principios; cuando, como dice la nana “escalás hacia lo que soñás” y no tenés delirios de grandeza, ni te la crees. Sabés que lo que hoy está encumbrado en un palo dorado cae mañana por un feroz viento del sur y se rompe en mil pedazos y nadie te va a ayudar a juntar los pedacitos de muertes y vidas , historias de renuncias y decisiones que subiste ahí, bien en lo alto, para que todos vean y digan ohhhh… Es entonces como cuenta Maradona, a quien amo profundamente porque un tipo que le da tanta alegría a un pueblo, a varios pueblos, (digo a varios porque en 1987 apareció en un afiche de un bar de una reproducción a escala real de la ciudad de Yemen, dentro del Deustches Museum de la ciudad de Munich.Creo que ahí tomé la dimensión de cómo lo querían los pueblos, en una de las situaciones más surrealistas que vi con mis propios ojitos, cuando aún no necesitaba anteojos, pero no tenía una cámara de video, ni siquiera una de fotos para demostrar la fuerza de ese personaje que atravesaba tantas barreras en una época en que la internet estaba lejos de ser un ayuda memoria más en nuestra vida) y decía entonces que un tipo que tanta alegría le dio al pueblo argentino, más al de Yemen más al alemán, por lo menos en este caso que cuento, no se merece ser tildado de drogadicto, o arrogante. Es un tipo que vivió lo peor de lo peor, pasó de pobre villero a vivir como un rey a quien se le abrían todas las puertas, y de repente a ser un degenerado que sólo toma cocaína. Eso es lo que me duele, la estigmatización de la gente por la gente misma, el cerrar puertas en tus narices porque una vez en tu puta vida no hiciste lo que se suponía debías hacer, le fallaste a la sociedad, le clavaste un puñal a las buenas costumbres, viviste con ganas arriesgándote mientras los que te acompañaban hasta entonces dijeron no, mucho para mí, no.

Por eso, aunque se podría decir que mi caída comenzó el día que vi Man on wire, ls historia de un funámbulo que cruza sobre un hilo ¿sin arnés? preguntó Baltasar. Sin arnés querido, sólo con un palo, caminó en el cielo sólo con un palo desde una torre gemela a la otra cuando todavía estaban em pie, y no sólo fue y vino ocho veces, no, se arrodilló, se acostó en el palo a 450 metros de altura, y se dio el gusto de llegar a una punta casi casi al alcance de los guardias que lo querían meter en cana pero no podían. Y pegaba la vuelta, volvia a caminar para el medio, ese medio que pendulaba por el viento, sobre el abismo al que nadie soportaba animarse, ese medio sólo para locos, soñadores, utópicos, que desafían todas las normas de la sociedad, sin armas, sin violencia, sin campañas sucias.

El día que vi esa película algo me impulsó al abismo, y yo que sufro de vértigo, sentí que cada uno, en sus acciones contestatarias, estamos ahí, en el medio de ese hilo, de esa soga, que une dos torres gemelas de edificios que fueron construidos para demostrar poderío y que más tarde, como en una tragedia griega, serían destruidos por la ira de los que detentan el poder más bajo, el de creer que con el miedo se dominan pueblos, el poder de las potencias mundiales, que ya sabemos todos a esta altura, son tan endebles que pueden entrar en default como cualquier país subdesarrollado, como se decía antes, o países en desarrollo como se dice ahora.

Pero todavía debían sucederse una cadena de acontecimientos en mi vida , para llegar al punto de darme cuenta de mi caída, todavía no estaba del todo claro, no había suficiente luz para mostrarme el pozo en el que yacía, o todavía creía que, como en la película 127 horas, tenía agua para rato y alguien me rescataría sacándome de encima del brazo la piedra que me lo aplastaba.

Y así, fui sujeto de varios empujones hacia el final, hasta que una noche vi una película recomendada por el amigo de un amigo para ilustrar lo que le rondaba en su cabeza, desde el momento mismo en que leyó el guión del largo que escribí y que le mandé a Barcelona. Esa película fue Caótica Ana, de Julio Medem, y si bien hay situaciones que no entiendo por qué no las quitó , situaciones que están demás para mí, y siempre para mí, demás en esa historia; hubo algo que me recordó otro algo cuando la terminé de ver, y me fui a la cama no sin antes buscar en la biblioteca un libro que me regaló mi viejo, mejor dicho, EL único libro que me regaló mi viejo ya siendo adulta yo, y viviendo rodeada de saharahuis en la isla volcánica de Lanzarote, un libro que me trajo mi hermana hasta Alemania, con una dedicatoria de mi papá aún vivo, que dice, con cariño para mi hija Diana, papá Maximiliano, y está firmado con esa firma aprendida en Argentina, al llegar a sus diez años, y cambiar de un día para el otro su idioma, y aprender que debía firmar con su nombre completo oculto tras un garabatear de líneas curvas que  seguro él no sabía se asemejaban al símbolo del infinito repetido varias veces, hasta que la birome comandada por su mano hacía una colita hacia abajo demostrado ya que la firma había sido acabada.

Ese libro es Mujeres que corren con lobos, y la recomendación vino de mi propia hermana, Alejandra, que supongo en esa época admiraba mi osadía, y mi libertad, tanto como después la criticó, cuando me enamoré de quien no debía haberme enamorado, como si el enamoramiento se pudiera controlar.

Cuando me iba a la cama con el libro bajo el brazo  dispuesta a encontrarme con lo que el destino me quisiera dar a leer, abierto el libro, no por el principio sino al azar, recordé una vez más que la película hablaba de una mujer que hablaba por muchas otras que ya no tenían voz. Y recordé también un viejo texto mío, en stand by, con el que inicié una serie de entrevistas a mujeres golpeadas por la vida de una forma brutal. Lo busqué y vi su fecha, lo escribí un agosto de hace ya diez años, el principio es este:

Siento que mi sangre ruge para ser escuchada. Mi sangre hoy, guarda  la voz de muchas. La mayoría desconocidas para mí, pero no para mis venas ni para mi espíritu. Debo comenzar esta tarea antes de que sea tarde. Dar puntada tras puntada, uniendo retazos como las indias nahuátl. Y termina así:
Por todas ellas, para conjurar nuestro espanto frente ala violencia más brutal, es que comienzo estos relatos o crónicas que ojalá sirvan para mitigar lo que sabemos, más tarde que temprano, a juzgar por los acontecimientos, algún día acabará.

Ese fue el comienzo la punta del hilo de Ariadna, un laberinto en el que me metí, como la caótica de Ana de Julio Medem en su film, sin desearlo, sólo por la tremenda necesidad de hablar por ellas, aquellas temerarias y benditas mujeres que corriendo con los lobos, no pudieron ser domesticadas.

Y esa noche abrí el libro en cualquier página, y me encontré con este párrafo del análisis del cuento de Vasalisa cuando a la vuelta de su viaje iniciático porta una calavera que le entregó la Yagá, la bruja salvaje, para que alumbre su camino:
“Ha atravesado la oscuridad prestando atención a su voz interior y ha podido resistir la contemplación del rostro de la Bruja, que es una faceta de su propia naturaleza,pero también la poderosa naturaleza salvaje. De esta manera puede comprender el temible poder de su propia conciencia y el de la conciencia de de los demás. Y ya no dice, le tengo miedo…Vasalisa regresa a casa con la temible calavera ensartada en un palo…una temible luz emana de los ojos, los oídos, la nariz y la boca de la calavera…lleva la llama de la sabiduría;posee unos sentidos despiertos. Puede oír, ver, oler, y saborear las cosas…por un instante Vasalisa se asusta del poder que lleva…la mujer que recupera su intuición y los poderes yaguianos llega a un punto en el que siente la tentación de desecharlos, pues ¿de qué sirve ver y saber todas estas cosas?. La luz de la calavera no tiene compasión. Bajo su resplandor, los ancianos son unos viejos; lo bello es lujuriante; el tonto es un necio…”

Y así apagué la luz, no la de la calavera de Vasalisa, de Ana, de Ingrid, o Dian; no, la luz que me posibilitó el sueño , hurgar en esas cavernas temibles de la intuición que en mi caso, la mayoría de las veces, me avisan lo que va a suceder de un modo crudo y bestial, sólo que yo como una tierna Vasalisa antes de descubrir el poder de la Yagá y de llevar bien alto la calavera, fingía olvidar, para poder sonreírle al mundo y ser aceptada como una más.
Por eso, aquel sábado escuchando esta nanaque me hubiera encantado cantársela a mi hijo cuando me quedé sola con él, me reencontré con una parte mía dejada en el Bar Británico frente al Parque Lezama hacía más de treinta años, después  estuve al lado de la moribunda madre de una amiga de la infancia, y por eso pude renunciar esta semana a ser lo que los ayudantes de mi caída querían que fuera. Porque a la luz de la ya pronta calavera de Quiquí, así se llamaba la madre de mi amiga, o así le decíamos en mi infancia, que soportó pelotones de fusilamiento, cárcel y violaciones, exilios y amores imposibles, algo comencé a ver. Los años con sus causalidades hizo lo demás.
Un tropezón, no es caída.

Y como dice la nana y hoy que mi hijo, mi único hijo cumple 21 años, le dedico esta nana para su vida:

Si muero  mientras dormís, no te pongas a llorar, nada es nunca lo que ves, escalá hacia lo que soñés. Si muero mientras dormís, no te pongas a llorar. Ciérralos, duerme ya.

Letra de  Lullaby, de Tom Waits, adaptada al castellano por Acho Estol, y cantada magistralmente por Dolores Solá.

A Balta por supuesto y a Quiquí.

 

Jules et Jim, y ahora sí, la tragedia del Nido vacío.

Hay días, noches, madrugadas como esta, en las que me pregunto por qué me reconozco tanto en los franceses y sus películas. Si no nací en Francia. Solo mi madre tenía en sus ancestros algo de esa sangre. Pero nunca supo bien de dónde era. Ni cuántos la precedieron o deformaron hasta llegar a Talavera de la Reina cruzándose con Buenos Aires.

¿El tango? ¿Las películas que nos llevaba a ver de chicas en el SHA, la cinemateca hebraica y su cine arte, cuando tenía un gato negro y no  vallas de cemento porque aún no habían explotado bombas en la AMIA ?

Es extraño el devenir, muy extraño. Mamá siempre hablaba de mí como una trágica. Y yo me reía y le preguntaba por qué. Jamás me respondió.

Hoy, mientras esperaba que se subiera a Youtube mi experimento audiovisual que comenzó llamándose Despertar o Desayuno y terminó con el trágico nombre de Nido Vacío, me puse a ver una película en la televisión pública, en el único televisor de los tres que hay en esta casa, que además solo engancha un canal. El siete. El canal del estado. La televisión pública. A veces antes era canal Encuentro.

Y encontré una película francesa, de Truffaut, de 1962, el año en que me engendraron, en el televisor blanco y negro. Jules et Jim. La historia de un amor que no sé si todo el mundo aceptaría, entendería. Yo sí. Jeanne Moreau y dos actorazos. Nada más que eso. Faltaba la dormida como en la Cinemateca. La hora pasó y pasó otra más. La vi entera, me conmovió su belleza y su tragedia. Hermoso amor.

Terminó. El corto ya se ha subido a youtube. Acá está. ¿Seré trágica? ¿O francesa?

El cuerpo de las mariposas

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Sigue la espalda con sus molestias, tirones y pinchazos. Duele difusamente por atrás y por delante, riñones y ovarios. Parece que se calmó el dragón gástrico. Al menos, eso.

Me pregunto para qué quiero la espalda. Sé que se puede responder de tantas maneras como cabezas hay bajo este bendito cielo que espera lluvia, que amanece, que se prepara para el diluvio y sin embargo el diluvio no viene; así que me vuelvo a preguntar ¿para qué la quiero?

Muchos me podrán tildar de estúpida, por comenzar a plantearme este tipo de cuestiones desde tan temprano. Pero, como dicen o como yo les decía a mis alumnitos de filosofía; la duda siempre es buena, es más, a veces la duda es lo que alcanza, lo único que hace falta para sobrevivir. Sin usar palabrerío ampuloso, ni erudiciones que conducen a callejones sin salida, me pregunto y me vuelvo a preguntar eso, para qué, no entiendo para qué sigue vivo el cuerpo a determinada edad, por qué no se deshace como el de las mariposas cuando llega al punto que no puede sostenerse ya sin puro aire y agua.

Me gustaría que fuese así, que mi tía dejara de sufrir con su cadera de titanio desplazada. Que sólo los bebés y los jóvenes pudieran existir. O los que quisieran soportar un andamio de pastillas para los achaques. Yo no. No quiero dolor.

Sé que hay gente que me tratará de estúpida por esto que acabo de decir, pero también sé que no hay gente que viva cien años sin pagar un alto precio. Salvo la que lo hace en Katmandú,  y ese precio, también es alto para lo que nosotros, libre pensantes y burguesitos descendientes de colonos en su mayoría europeos, conocemos como vida.

Porque hasta en dos versiones de un mismo guión hay un tinte oscuro o uno liviano como el agua, según se mire.

Ayer vi una película que se llamaba La pequeña muerte, “The little death”, una australiana de hace algunos años, que muestra varias parejas y sus formas de conseguir el orgasmo. Fue el mismo guión, que con la carga inevitable de humor que maneja (o que mejor dicho le es imposible no manejar) escribió y dirigió el gran Paco León en “Kiki, el amor se hace” otra que vi hace poco, estrenada este año.

Veo cine, mucho cine, cada vez más; y tengo tan afinado el ojo, que discierno entre el actor y el personaje, aunque este me conmueva y me haga llorar o reír o patalear tanto como cuando empecé a ver películas a los doce o trece añitos. Películas de verdad, digo, películas que no fueran de Disney.

Mi ojo hoy parece un láser que entra como bisturí en la mirada de cada tipo, de cada mujer que se muestra como actor o actriz. Detrás, puedo diferenciar al que hizo castings; detrás, veo al que almorzó con determinado productor o mendigó por un buen papel, o se dejó coger para conseguirlo. Y me parece que eso no es justo, que nada es justo hoy cuando el cuerpo duele. Desde esta perspectiva, nada es justo. El que tiene no sabe y el que sabe, no tiene, el que no quiere…y así.

Y así como en Kiki o en la pequeña muerte australiana hay tantos atajos al amor y al sexo, hay tantos actores y actrices que pusieron su cuerpo joven para encarnarnos, a nosotros, los espectadores, insisto con el dolor de espalda porque todo tiene que ver con esto hoy y para mí.

Mi visión está teñida de ese tirón que me hace el cuerpo, y que quisiera que me cortaran. Como los chicos cuando hacen collage, me cortaran esa parte de dolor y me dejaran un agujero, para poder ver Kiki o La Pequeña Muerte o lo que se me cante, pero sin dolor.

Pudiendo ver sólo al actor o a la actriz y a su personaje, sentir la conmoción como cuando lloré porque Disney mató a la madre de Bambi. Luego salir a hacer las compras, y luego hacer un buen guiso y hacer limpieza en casa, subir y desayunar con mi tía haciéndole caricias en la cabeza, atender al pintor que viajó durante un par de horas para colgarse de un andamio sin casco, ducharme, ponerme linda o decente aunque más no sea, e ir al correo a mandar los libros que me pidieron, sacar la SUBE del bolsillo, tomarme el 181, bajarme en Juan. B. Justo y subirme al 34 hasta Palermo, para ir y reponer los libros que se agotaron en la librería que los vendió todos, pero no: Mi cuerpo, mi columna, mi sostén, me ata.

Entonces comienzo  otra vez este infinito carrousell estúpido y discursivo y me pregunto: ¿para qué sirve mi cuerpo?

Papusza

Ayer, cuando no tenía consuelo por la partida de Mirta Colángelo y todo me parecía gris, ayer alguien puso en mi camino esta maravillosa película polaca sobre la primera poeta gitana de la historia. Por lo menos, la que se dio a conocer.

Últimamente siento que el arte todo está tan bastardeado, tan manoseado. Importa más el chisme que la obra. Más lo especulativo que lo trascendental.Y esta película habla de una verdad tremenda, la vida pasa, nos poenemos viejos, y morimos. Si en ese tiempo, más allá de famas y orgullos, no hacemos lo que tenemos que hacer, es como el agua que se escurre entre los dedos. La vida se nos fue sin misión verdadera.

Mi tía muere y no la puedo retener, mi hijo crece y no puedo deshacer lo que hice mal, ni seguir haciendo lo que hice bien.Ya lo crié. Ya no me pertenece su historia. Sus logros son suyos y no míos, sus metidas de gamba también. No es tiempo ya de arrepentimientos ni euforias. Me llegó la época de cosechar, de rebuscar en la tierra, dónde están mis raíces, dónde dejé mis pies. De buscar el el cielo la luz que me alumbra y las alas que me permiten volar.

Por eso, por su verdad, es que me gustó tanto Papusza. Ella y la película, realizada en uno de los mejores blanco y negro que vi en mi vida. No se la pierdan. El que la quiere ver gratis lo puede hacer por mira de todo punto net.
No la dejen pasar.
Ni a ella, ni a sus reflexiones, ni a sus poemas: los poemas nos recuerdan lo que sentimos ayer. Y ayer sentí que el mundo no era para mí. Pero aquí estoy, recomendando a una poeta que sufrió su raza, su tiempo, y la ignorancia de los que la rodeaban, menos uno. Menos uno que salvó sus cosas para nosotros y la hundió a ella para siempre.

El Maltrato y el cine francés

Hay algo que se dispara cuando alguien me trata mal. O ni siquiera. Se dispara aun cuando atisbo una posibilidad de maltrato. No físico, lo que sería normal y hasta sano, no; tampoco emocional, ni siquiera; sino el maltrato verbal.

alleluianena

Hace muchos años atrás, leí que a las personas que han sido maltratadas, les pasa eso. Son así, responden así frente a algo que nadie tomaría por maltrato. Gestos, pequeñas desavenencias, contradicciones que a otros les parecen normales; para los que han sido maltratados (cualquiera sea su sexo o edad, aunque es más propio de las mujeres y los niños) son considerados como una agresión. Una caída en el abismo. Un naufragio en la más negra noche.

Hace no tantos años atrás, pero también muchos, una amiga que había sido maltratada emocionalmente durante años, me contó lo que significaba con una metáfora que trataré de reproducir lo más fielmente que pueda:

Un clavo -dijo- cuando se quita de una puerta, deja su marca en ella por más gruesa y firme que sea su madera. Varios clavos -continuó- se notan a simple vista y afean la puerta, la vuelven si no inservible, sencillamente descartable para la mayoría de la gente. Pero lo que no se ve, son los miles de golpes con los nudillos que una puerta tiene. Eso, con el paso de los años, esos toc toc dados en la madera, algunos más débiles que otros, esos son los que están y estarán, lo mismo que la marca de los clavos, pero a diferencia de la marca de los clavos, nunca nadie los verá. Ese es el maltrato emocional. No se puede contar.

Ayer, estaba viendo una película francesa, Alleluia, y la soledad que envolvía a su protagonista se podía intuir por la excelente actuación de la actriz . Pero al terminar de verla leí las críticas, los comentarios, todos hablaban de la gran película, de que se convertiría en peli de culto. Yo en cambio estaba aterrada. A mí me había hecho mal. Me retrotrajo a épocas de miradas a través de una rendija entreabierta, épocas de cerrar los ojos para parecer dormida, épocas de golpes en el medio del esternón, bien ahí en el centro , en la caja que envuelve lo más importante: el latir de la sangre y el fluir del aire. Sintiendo la náusea en el cuerpo, en la mente, en lo que vendrá, en lo que imaginaba que sucedería cuando acabara o cuando siguiera. No había escapatoria por ningún lado.

En la película, al sentir ese dolor tan profundo, la protagonista se vuelve agresiva. No puede dominarse e interrumpe lo que ve, chilla como un animal, hiere, golpea y golpea más fuerte, o asfixia hasta matar.

http://www.imdb.com/video/imdb/vi3912740889/imdb/embed?autoplay=false&width=480

En la vida real, la mayoría de los maltratados no reacciona así, por suerte para los demás, por desgracia para ellos. Porque esa furia se queda dentro del cuerpo, como registro, como reflejo, como condición para vivir de una vez y para siempre, marcados como la puerta de la metáfora.

Se puede hacer terapia, se puede huir, o buscar una droga para soportar, o un médico que recete antidepresivos , calmantes y pastas para poder dormir -sin saber que estas drogas legales son más adictivas y letales que las prohibidas-. Se puede uno atontar viendo la tevé más pasatista que se encuentre, la que solo pide ser vista nomás; y así anular los circuitos, no activar esa memoria que uno lleva guardada en la caja de la vida: en la sangre y en el aire que nos mantiene de pie.

Yo probé todo. Y creí enterrar para siempre los toc toc de la puerta.

Pero cuando de casualidad veo algo como esa película, caigo en un infantilismo miedoso, en un “nenabobismo” del que me avergüenzo ni bien me recupero, porque no se corresponde con mi edad, ni con mi experiencia, ni con mi inteligencia. No se conjuga con nada. Sólo duele y abochorna.

En otra película que vi estos días, en el mismo festival de cine, Un français o Sangre francesa, hay una escena donde un farmacéutico ( cuando no) le lee un párrafo de un libro a un ex neonazi a quien le había conocido fortuitamente, cuando llegó a su farmacia pidiéndole ayuda, pensando que se moría.

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Sangre francesa, en español.

 

El párrafo era de una belleza increíble. Hablaba de los trillones de estrellas y de los muertos de la humanidad. Hablaba de que a cada estrella le correspondería un muerto. O viceversa. Y terminaba diciéndole al skinhead, que la gente es toda buena cuando siente miedo o sufre dolor. Todos nos parecemos en eso. Todos nos transformamos llegado ese punto. Hasta el más bravo de los bárbaros se vuelve manso y dócil, y agradecido y tierno cuando tiene miedo, cuando siente dolor.

Duele el saberlo pero más el sentirlo. El sentir que de verdad una es buena, no porque la vida la hiciera así, sino porque el miedo, o el dolor, la dejó marcada para siempre, con marcas que como los toc toc en la puerta, son invisibles a los ojos de los demás.

La noche de San Valentín me enamoré de Henri Henri

La vida tiene tantos recovecos que muchas veces me hacen perder. Es como un gran laberinto que le da soga a mi curiosidad de geminiana. Voy por acá, no, voy por este otro lado mejor; mmm…me parece que éste es el verdadero.

Así pasé ( y seguiré pasando) gran parte de mi existencia. Probando. O como una vez me dijo mi hermana, buscando eternamente .

Y sí, el que busca encuentra, podría afirmar en un día optimista como el de hoy. O hay que alejarse para poder volver, sería una afirmación de tono más bíblico. O, todos los caminos conducen a Roma, podría afirmar si me concentro en mi formación grecolatina o incluso, si le hago caso a mis ancestros. Pero no siempre estoy así de convencida de que buscar es la única solución antes de darse por vencido, o de entregarse al final. Aunque sepa que es lo mejor, no cedo.

Ayer a la noche, cansada de ennoblecer y reparar una casa que creí por un momento -de esto ya hace muchos años- que sería mía pero que, en los papeles, que al final parecen ser* los únicos que valen en este mundo, comparto con muchos más; decidí ceder al cansancio, hacerle caso a mi cuerpo magullado y emponzoñado en dos de mis articulaciones preferidas- muñeca y rodilla- por dos lindas ronchas inflamadas alrededor de cinco centímetros ; y quedarme “at my home”, como dicen los ingleses; “chez moi”, los franceses; o “zu hause”, los alemanes. Aclaro que no es para dármela de culta ni políglota, sino para traducir la sensación de lo que para mí es quedarme en mi hogar, que no es mi casa en los papeles.

Al principio me sentí culpable de esa elección, ayer me había invitado a su recital una de mis mejores amigas, Analía Nocito y su banda. Le había prometido ir y es más, estaba segura de que iba a ir. También, si hubiera querido traicionar a Analía, estaba en la ciudad Jaime Torres, y era una noche para escucharlo en un parque como el de Villa Victoria, como se anunciaba. Así que culpable podía sentirme por dónde quisiera, pero mi amor por el cine, y el cine francés más particularmente, y por Mi festival de cine francés mucho más específicamente, me quitó la culpa.

Elegí una película que tenía ganas de ver desde que comenzó el festival: Henri Henri. Vanía precedida de unos comentarios como el de Voir.ca : “La opera prima de Martin Talbot con su fantasía y buen humor es un inusual fragmento de optimismo”, el de Canoe : “Forrest Gump se encuentra con Amélie Poulain” y el de la Prensa, el que más me tentaba:”Los habrá que salgan de ver Henri Henri con el corazón alegre y la mente llena de esos deliciosos planos-secuencia de una pátina que recuerda la de las películas de Wes Anderson, Tim Burton y demás creadores de la gran pantalla”. Yo no quería salir, sino quedarme, pero con el mismo corazón contento.

La descripción según el festival me hacía recordar a una de las películas más conmovedoras que vi en mi vida, la noruega Elling de Peter Naess, que también me dejó el corazón alegre por mucho tiempo:

Huérfano olvidado por todos, tímido y retraído, Henri conserva las lámparas y luminarias del convento donde vive desde su más tierna infancia. Obligado un día a salir de los muros protectores de la institución, el joven entra de pronto en un universo extraño para él. Impulsado por una inocencia cándida, intentará sacar de la oscuridad a las personas que, igual que él, están aisladas. Sobre todo intentará reavivar la llama en el corazón de Hélène, la bella cajera que vive en un mundo oscuro y sin luz, de la que está secretamente enamorado.

Así fue que vi a Henri Henri y quedé tan contenta y enamorada de él, de su simpleza y su vida sin tanto estrago intelectual, sin tanta especulación existencial, sin “boludeo” artístico; que me dormí después como una bendita; sin tomar ninguna pastilla para olvidarme del mundo porque lo quería recordar, quería pensar como cuando era chica, en la cama y a a la hora en que nadie molesta, en mi Henri. Quería aprender de él y  de tantos a los que representa: “Los patitos feos” los llama Boris Cyrulnik. Atentos a los “divinos detalles” a los que siempre recomendaba prestar atención Navokov.

Entonces, como me diría el mismísimo Henri de quien me enamoré perdidamente anoche y entrando en la fecha de San Valentín, me dije, a vivir Dianita, a vivir con más esperanza. Total, no sabés lo que te depara el destino…

Si quieren compartir ( ¡fui gemela! ¿qué le voy a hacer?) mi sensación, suscríbanse al My French Film Festival 6ta Edición -online- antes del 18 de febrero y enamórense perdidamente de Henri Henri.

Henri Henri

* Nótense el cambio que me produjo el amor, que en vez de un contundente ser, adopté el parecen ser.