Madre hay una sola

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Cuando desperté hoy de mi siesta (que desde hace unos años a veces tomo) experimenté por un lado un enorme placer; llovía afuera, adentro se estaba bien, sin humedad, sin frío, la penumbra me iba mostrando las aristas de los objetos tan conocidos, despacio, sin apresuramientos, sin estridencias. La música que llegaba del cuarto de mi hijo ( como llovía no había ido a trabajar) era rara, no podía determinar de qué genero era porque se acoplaba con el sonido archiconocido del juego de estrategia, el famoso LOL o League of Legend que viene jugando hace casi ya ocho años, no sé…

Por otro lado, al despertar me vino un pinchazo de angustia justo en el medio del corazón o quizá más abajo, en la boca del estómago, me aceleró el ritmo cardíaco, me bañe en un sudor frío y sentí un vacío tan grande que aunque su intensidad fue decreciendo bastó para que me replanteara estas dos situaciones tan encontradas ¿no? el enorme placer por un lado y el vacío, también enorme, abismal, que no entendía por qué se anunciaba tan cercano al placer.

-Si a mí me encantan los días grises de lluvia -pensé- ¿cómo es posible sentir tanto agobio cuando todo está dado para tener que agradecerle a la vida el haberme reservado un día así, a mis cincuenta y cuatro años: una notebook en reposo, para seguir escribiendo la novela o ver la serie que estoy viendo, escribirle a alguien o recibir de alguien un mail? -seguí pensando mientras me iba incorporando, poniendo las pantuflas, acomodando las almohadas todavía tibias, mientras el LoL y sus sonidos, las risas o las puteadas de mi hijo se sucedían una y otra en un eterno toma y daca provenientes del otro cuarto, amortiguadas por mi somnolencia- ¿Cómo puede alguien angustiarse con la vida que tengo, si ahora me puedo hacer un mate, un par de tostadas y sin importarme las calorías engullírmelas con placer, mientras las luces de la cocina me iluminan la tarde?porque hasta eso, yo me puedo dar el lujo de elegir donde escribo- me dije mirándome al espejo del baño, mientras el agua fría me enfriaba la frente y todo lo que está detrás de ella.

Anduve los pasos que me separan del baño a la cocina y los libros apilados en las bibliotecas, los cuadros, los espejos, las ventanas, todo me era querido. Todo. Pero la angustia percibida estaba todavía ahí, encogida, a un costado del hígado, ya, dispuesta a quedarse y a angustiarme  de verdad toda la tarde.

Abrí la notebook y entre ofertas y suscripciones, tenía un email muy lindo; un mensaje de una amiga con la que me dejé de ver hace muchos años, tantos que comencé a pensar en que las últimas veces que fui a su casa fui acompañada de mi hijo que en esa época era un adolescente lleno de granos y hoy ya tenía veintiuno.

Y habrá sido porque el mensaje lo mencionaba también a él, como parte de una dupla que hoy ya no existe, una dupla que mi amiga, su marido y sus hijos recordaban. Me acordé de esa época y calculé que en ese entonces, él, mi hijo, estaba en la secundaria, me abrazaba cada tanto, comía conmigo casi todos los días y casi siempre de comida que yo preparaba, me acompañaba a las casas de amigos, compartíamos el estudio para escribir yo, jugar y / o estudiar él, viajábamos juntos de vacaciones, cuando salíamos a hacer compras no le daba vergüenza pasarme el brazo por arriba del hombro, y cosas por el estilo.

También recordé que en el tiempo que él estudiaba, yo andaba de un lado para el otro, ya sea haciendo algún curso o dándolo, trayendo el pan a casa, ya que siempre fui padre y madre en nuestra economía.

Entonces, a pesar de que ese pinchazo recibido al despertar se iba convirtiendo en líquido que amenazaba con salir por mi nariz , los ojos, pero se quedaba en la garganta; el panorama se me iba aclarando de a poco. Era el precio que hoy pago, como toda madre desde que existen las madres, de haber tenido hijos queridos, el precio de haber disfrutado de mi maternidad a pesar de no ser una madre normalista ni a tiempo completo, el precio por haber disfrutado de ese sol que tuve tan poco tiempo, ¡dios, tan poco! y que ya jamás volvería a ser lo que era.

Así como cuando quedé embarazada me preguntaba por qué no me habían aclarado antes que una la pasa mal si tiene vómitos, que una la pasa mal si tiene que dejar de hacer lo que venía haciendo, si una cambia hormonalmente de la noche a la mañana, ahora me pregunto por qué no hice caso cuando mi madre ( muerta casi cuando yo tenía la edad de mi hijo ahora) me decía que el tiempo de los hijos chiquitos era el tiempo más hermoso para una mujer que había decidido tenerlos. Por qué me hacía la superada y le contestaba que a mí jamás me iba a dar el síndrome del nido vacío, porque yo estaba llena de cosas y proyectos y amistades, y y y… y. ¿Por qué?

La vanidad de la juventud contra los ciclos de la vida no dejan de sorprenderme en estos días. Claro que ahora tengo tiempo para mí y mis ritos, lo que gano es para mí y no debo vivir con la zozobra de no tener para darle de comer a mi hijo, claro que ahora me olvidé del tiempo de vacaciones escolares y actos escolares y reuniones con maestros y tantas cosas que antes me “robaban” mi tiempo, según creía yo, con mi furia todo lo quiero y todo lo puedo.

A cambio está ese tiempo que sobra aunque mi psicóloga diga que a mí no, a cambio está ese piso limpio, sin juguetes para tropezarse, esa cocina sin manchas de chocolate, esos horarios sin límite que una administra a su antojo.

No sé por qué hablé de esto hoy, será que estuve a punto de tomar una pastilla para la ansiedad que me provocó el pinchazo, cuando me di cuenta que de ahora en más, la explicación es que no hay ansiedad, hay tiempo de sobra y una madre que como siempre y por ley de vida, ha quedado sola en una casa limpia.

A las redes las carga el diablo

Entonces todos, filósofos,científicos, y gente de la calle, deberíamos poder tomar parte en la discusión de la pregunta de por qué existimos nosotros y el Universo. Si hallamos la respuesta a eso, será el triunfo definitivo de la razón humana…,porque entonces conoceremos la mente de Dios.

Stephen Hawking, Historia del tiempo.

 

Acabo de leer que a una mujer le dio un infarto por hacer una broma pesada en el facebook. Acabo de postear algo sobre eso y ya saltó alguien que me quiso convencer de que el facebook es tal como la vida real, que se encuentra gente de la buena y de la mala, como en la vida real… como si no lo supiera.

Por eso quiero contar lo que me pasa con las redes, y con la vida real, ya que para mí no hay diferencia. Unas forman parte de la otra. Nos guste o no. No hay gente en el facebook y gente en el no facebook, hay gente. Buena y mala y más o menos y menos que más. Y hay redes que maneja esa gente real. Y a mí todo lo que haga la gente, me atraviesa de una forma muy profunda, casi enfermiza diría. Tanto en la vida real como en el mundo virtual, que ya expliqué que es completamente real aunque sea mentira, aunque sea obvio que una mujer que muere de un infarto tenía su minuto predestinado para estar aquí y su minuto para pasar a mejor vida.

Lo que leo, lo que escucho me interpela y me conduce a un estado de cavilación que quizá a otro no. Y ese es el poder del que trato de mantenerme protegida. De ese anonimato, de esa no mirada, quiero huir como la peste. De ese asesinato sin cuchillos que se provoca cada día y se replica millones de veces sin saber a quien podemos llegar a lastimar.

Cuando hablo del poder de las redes quiero decir que soy consciente del poder que nos han dado, quienes son los que nos lo han dado y para qué. Y soy consciente de que, obviamente, podemos participar o no. Ese poder, si es que decidimos tomarlo, si es que “le vendemos nuestra alma” nos puede jugar en contra, como le pasó al viejo Einstein, puede ser desvirtuado y usado para generar un hongo atómico como el de Hiroshima. Es un poder tan al alcance de la mano como un arma cargada, como un cuchillo tramontina simple, de esos que usamos casi todos los días para comer pero que un día en una pelea doméstica, sin darnos cuenta cómo ni por qué, lo sostenemos contra el cuello de alguien o contra el nuestro propio. Si no somos conscientes de su magnitud y muy precavidos, podemos modificar los hechos más allá de lo que nosotros mismos deseamos.

Por eso me dan tanto miedo las redes usadas indiscriminadamente. No sabemos, cuando nos relacionamos con el otro, qué es lo que podemos generar en él porque no vemos su cara, no sabemos cómo amaneció, no sabemos qué planes tiene, ni si está de buen humor o está pensando en la soga que va a apretar su cuello hasta dejarlo sin aire.

En estos días que estuve postrada, no solo usé mucho más las redes que de costumbre, sino que también tuve más tiempo para reflexionar sobre ellas y también para percibir todo tipo de redes y frecuencias.Bajas y altas. Y así me llegaron algunas señales que de otra manera no las percibo, porque corro -aunque menos- como todo el mundo.

Mi tiempo de reacción se duplicó o triplicó en estos días para lo bueno y lo malo, y la poderosa intuición que me caracteriza se volvió más obscena. Pude escuchar a mi corazón y distinguir con más precisión las señales que emite este mundo y el virtual, y el metafísico, y también -cómo no- el del inconsciente y los sueños.

Tanto fue así, que ayer, abrumada por tanta data y tanto murmullo en mi cabeza, me hice un mate, y apoyada en la mesada de la cocina, comencé a llorar para aliviar tanto dolor. tenía enfrente las fotos de mi viejo que le sacó hace muchos años, mi sobrina Rocío. Las miraba y pensaba en lo que él me diría si estuviera vivo. En cómo me compensaría con su amor, tanto sufrimiento, ya que la otra que lo hacía, mi tía Darinka, está internada en un geriátrico desde el lunes de la semana pasada. Miraba a mi viejo y me preguntaba si estaría con mi mamá, o con quién, y dónde.

Así que se me sacudió un poquito el “cuore” cuando sentí un poco de paz que me venía de una red que generalmente minimizo, la red de los que ya estamos grandes (o de los que han sufrido mucha humillación en la vida) y en la que surfeamos con el correr de los años cada vez más seguido y navegamos, a medida que pasa el tiempo, cada vez con más banda ancha. La red de una fe en un poder superior a nuestra humanidad y nuestra razón, donde todo tiene su por qué, donde todo tiene su ida y vuelta.

Pasó el día y ya de madrugada, echada en la cama muy pero muy triste, y mirando la estancia tan archiconocida, los cuadros, los espejos, los lomos de los libros; uno brilló entre ellos. Brilló de manera especial. Tanto, que a pesar de mi dolor y de mis ganas de no moverme, me levanté, lo saqué de entre los otros y lo abrí en cualquier página.

De “Mujeres que corren con los lobos” (Clarissa Pinkola Estes), leí el capítulo que abre con un cuento  atribuido a los Grimm: La doncella Manca. Este cuento fue escrito en el siglo XIII por Philippe de Remi  y  reescrito  y vuelto a redactar tantas pero tantas veces que se hicieron tantas versiones como culturas fue tocando.

Cuando terminé de leerlo, caí en la conclusión que el que me hablaba por ese medio era mi viejo en contestación a mi pedido de la tarde, cuando miraba su foto y le rezaba pidiéndole saber qué hacer con mi vida. Porque ese libro, que recibí en Alemania de manos de mi hermana y seguramente elegido por ella, fue el último libro que papá me regaló en su vida. En la dedicatoria y con su letra dice: Con cariño para mi hija Diana, papá y ese cariño está sellado con su firma, con el símbolo del infinito repetido varias veces sobre su nombre. Así firmaba mi viejo sin saber, casi seguro, lo que eso simbolizaba.

Pues bien, esas son mis redes por estos días. Las que perduran y están llenas de amor, y no de basura disfrazada, no de competencia escondida en mensajes oscuros, no en falta de respeto, no en egocentrismo, no. Pensemos antes de escribir en cualquier red. No digo que la mujer haya muerto en su propia ley, pero que a las armas las carga el diablo, sí.

Los ayudantes de mi caída y mi renacimiento

Rojo sol, luna cruel,
papi nunca va a volver.
Nada es tuyo de verdad,
ciérralos, duerme ya.
Si muero  mientras dormís
no te pongas a llorar…
Nada es nunca lo que ves,
escalá hacia lo que soñés.
Si muero mientras dormís
no te pongas a llorar.
Ciérralos,
duerme ya.

Esta nana, desde que la escuché hace años en el Torcuato Tasso cantada por Dolores Solá acompañada por su marido Acho Estol, no dejó de sonar, obsesivamente, como la luna cruel de la que habla. Se reprodujo una y cien veces hasta que me hizo surco en el alma.
Algo hay en ella que me hizo sacar la cámara del bolso y hacer lo que nunca hago, registrar en vivo un tema. No me gusta, no por lo derechos de reproducción a los que jamás le doy bola, porque no se puede comparar el escuchar a La Chicana en vivo o escuchar su disco con ver un estúpido video.
Para nada. Sería, como dijo Zaffaroni, el juez al que acusaban de tener un prostíbulo, sería una débil mental si lo pensara.

La cosa es que fue ese recital el que abrió hace años la puerta que me hacía falta.
Después de  siete años de búsqueda, de siete cabalísticos años de demoler muñecos, de golpear manos y que nadie salga del rancho, meses en los que quedé enfrentada a mi conciencia, a mi más absoluta soledad, desencantada de tipos a los que les pedís trabajo y se hacen olímpicamente los boludos, amigos que te dan la espalda, gente que no tuvo nada que ver en lo que pudo haber sido el detonante de todo, pero la voz corrió y hubo pocos que supieron lo que dice la nana del principio, nada es nunca lo que ves, un caso de amor más se convirtió en un crimen por el que debo pagar, quién sabe, hasta el fin de mi vida.

Decía antes que en estos años, de volver sí, a encontrarme con los amigos verdaderos, esos que siempre estuvieron , más allá de la fama efímera, del éxito de mercado, esos que te quieren por tu esencia y no por la botella de champagne que le llevás a la fiesta, esos que lloran con vos o te pegan un revoleo cuando te ven con el rouge corrido siendo una decandente máscara de lo que una vez fuiste, esos, de fierro, tremendos cachos de fierro que no te sueltan ni a sol ni a sombra, esos son pocos, muy pocos, y de una u otra manera en general, están ligados a tu infancia, o a tus principios; cuando, como dice la nana “escalás hacia lo que soñás” y no tenés delirios de grandeza, ni te la crees. Sabés que lo que hoy está encumbrado en un palo dorado cae mañana por un feroz viento del sur y se rompe en mil pedazos y nadie te va a ayudar a juntar los pedacitos de muertes y vidas , historias de renuncias y decisiones que subiste ahí, bien en lo alto, para que todos vean y digan ohhhh… Es entonces como cuenta Maradona, a quien amo profundamente porque un tipo que le da tanta alegría a un pueblo, a varios pueblos, (digo a varios porque en 1987 apareció en un afiche de un bar de una reproducción a escala real de la ciudad de Yemen, dentro del Deustches Museum de la ciudad de Munich.Creo que ahí tomé la dimensión de cómo lo querían los pueblos, en una de las situaciones más surrealistas que vi con mis propios ojitos, cuando aún no necesitaba anteojos, pero no tenía una cámara de video, ni siquiera una de fotos para demostrar la fuerza de ese personaje que atravesaba tantas barreras en una época en que la internet estaba lejos de ser un ayuda memoria más en nuestra vida) y decía entonces que un tipo que tanta alegría le dio al pueblo argentino, más al de Yemen más al alemán, por lo menos en este caso que cuento, no se merece ser tildado de drogadicto, o arrogante. Es un tipo que vivió lo peor de lo peor, pasó de pobre villero a vivir como un rey a quien se le abrían todas las puertas, y de repente a ser un degenerado que sólo toma cocaína. Eso es lo que me duele, la estigmatización de la gente por la gente misma, el cerrar puertas en tus narices porque una vez en tu puta vida no hiciste lo que se suponía debías hacer, le fallaste a la sociedad, le clavaste un puñal a las buenas costumbres, viviste con ganas arriesgándote mientras los que te acompañaban hasta entonces dijeron no, mucho para mí, no.

Por eso, aunque se podría decir que mi caída comenzó el día que vi Man on wire, ls historia de un funámbulo que cruza sobre un hilo ¿sin arnés? preguntó Baltasar. Sin arnés querido, sólo con un palo, caminó en el cielo sólo con un palo desde una torre gemela a la otra cuando todavía estaban em pie, y no sólo fue y vino ocho veces, no, se arrodilló, se acostó en el palo a 450 metros de altura, y se dio el gusto de llegar a una punta casi casi al alcance de los guardias que lo querían meter en cana pero no podían. Y pegaba la vuelta, volvia a caminar para el medio, ese medio que pendulaba por el viento, sobre el abismo al que nadie soportaba animarse, ese medio sólo para locos, soñadores, utópicos, que desafían todas las normas de la sociedad, sin armas, sin violencia, sin campañas sucias.

El día que vi esa película algo me impulsó al abismo, y yo que sufro de vértigo, sentí que cada uno, en sus acciones contestatarias, estamos ahí, en el medio de ese hilo, de esa soga, que une dos torres gemelas de edificios que fueron construidos para demostrar poderío y que más tarde, como en una tragedia griega, serían destruidos por la ira de los que detentan el poder más bajo, el de creer que con el miedo se dominan pueblos, el poder de las potencias mundiales, que ya sabemos todos a esta altura, son tan endebles que pueden entrar en default como cualquier país subdesarrollado, como se decía antes, o países en desarrollo como se dice ahora.

Pero todavía debían sucederse una cadena de acontecimientos en mi vida , para llegar al punto de darme cuenta de mi caída, todavía no estaba del todo claro, no había suficiente luz para mostrarme el pozo en el que yacía, o todavía creía que, como en la película 127 horas, tenía agua para rato y alguien me rescataría sacándome de encima del brazo la piedra que me lo aplastaba.

Y así, fui sujeto de varios empujones hacia el final, hasta que una noche vi una película recomendada por el amigo de un amigo para ilustrar lo que le rondaba en su cabeza, desde el momento mismo en que leyó el guión del largo que escribí y que le mandé a Barcelona. Esa película fue Caótica Ana, de Julio Medem, y si bien hay situaciones que no entiendo por qué no las quitó , situaciones que están demás para mí, y siempre para mí, demás en esa historia; hubo algo que me recordó otro algo cuando la terminé de ver, y me fui a la cama no sin antes buscar en la biblioteca un libro que me regaló mi viejo, mejor dicho, EL único libro que me regaló mi viejo ya siendo adulta yo, y viviendo rodeada de saharahuis en la isla volcánica de Lanzarote, un libro que me trajo mi hermana hasta Alemania, con una dedicatoria de mi papá aún vivo, que dice, con cariño para mi hija Diana, papá Maximiliano, y está firmado con esa firma aprendida en Argentina, al llegar a sus diez años, y cambiar de un día para el otro su idioma, y aprender que debía firmar con su nombre completo oculto tras un garabatear de líneas curvas que  seguro él no sabía se asemejaban al símbolo del infinito repetido varias veces, hasta que la birome comandada por su mano hacía una colita hacia abajo demostrado ya que la firma había sido acabada.

Ese libro es Mujeres que corren con lobos, y la recomendación vino de mi propia hermana, Alejandra, que supongo en esa época admiraba mi osadía, y mi libertad, tanto como después la criticó, cuando me enamoré de quien no debía haberme enamorado, como si el enamoramiento se pudiera controlar.

Cuando me iba a la cama con el libro bajo el brazo  dispuesta a encontrarme con lo que el destino me quisiera dar a leer, abierto el libro, no por el principio sino al azar, recordé una vez más que la película hablaba de una mujer que hablaba por muchas otras que ya no tenían voz. Y recordé también un viejo texto mío, en stand by, con el que inicié una serie de entrevistas a mujeres golpeadas por la vida de una forma brutal. Lo busqué y vi su fecha, lo escribí un agosto de hace ya diez años, el principio es este:

Siento que mi sangre ruge para ser escuchada. Mi sangre hoy, guarda  la voz de muchas. La mayoría desconocidas para mí, pero no para mis venas ni para mi espíritu. Debo comenzar esta tarea antes de que sea tarde. Dar puntada tras puntada, uniendo retazos como las indias nahuátl. Y termina así:
Por todas ellas, para conjurar nuestro espanto frente ala violencia más brutal, es que comienzo estos relatos o crónicas que ojalá sirvan para mitigar lo que sabemos, más tarde que temprano, a juzgar por los acontecimientos, algún día acabará.

Ese fue el comienzo la punta del hilo de Ariadna, un laberinto en el que me metí, como la caótica de Ana de Julio Medem en su film, sin desearlo, sólo por la tremenda necesidad de hablar por ellas, aquellas temerarias y benditas mujeres que corriendo con los lobos, no pudieron ser domesticadas.

Y esa noche abrí el libro en cualquier página, y me encontré con este párrafo del análisis del cuento de Vasalisa cuando a la vuelta de su viaje iniciático porta una calavera que le entregó la Yagá, la bruja salvaje, para que alumbre su camino:
“Ha atravesado la oscuridad prestando atención a su voz interior y ha podido resistir la contemplación del rostro de la Bruja, que es una faceta de su propia naturaleza,pero también la poderosa naturaleza salvaje. De esta manera puede comprender el temible poder de su propia conciencia y el de la conciencia de de los demás. Y ya no dice, le tengo miedo…Vasalisa regresa a casa con la temible calavera ensartada en un palo…una temible luz emana de los ojos, los oídos, la nariz y la boca de la calavera…lleva la llama de la sabiduría;posee unos sentidos despiertos. Puede oír, ver, oler, y saborear las cosas…por un instante Vasalisa se asusta del poder que lleva…la mujer que recupera su intuición y los poderes yaguianos llega a un punto en el que siente la tentación de desecharlos, pues ¿de qué sirve ver y saber todas estas cosas?. La luz de la calavera no tiene compasión. Bajo su resplandor, los ancianos son unos viejos; lo bello es lujuriante; el tonto es un necio…”

Y así apagué la luz, no la de la calavera de Vasalisa, de Ana, de Ingrid, o Dian; no, la luz que me posibilitó el sueño , hurgar en esas cavernas temibles de la intuición que en mi caso, la mayoría de las veces, me avisan lo que va a suceder de un modo crudo y bestial, sólo que yo como una tierna Vasalisa antes de descubrir el poder de la Yagá y de llevar bien alto la calavera, fingía olvidar, para poder sonreírle al mundo y ser aceptada como una más.
Por eso, aquel sábado escuchando esta nanaque me hubiera encantado cantársela a mi hijo cuando me quedé sola con él, me reencontré con una parte mía dejada en el Bar Británico frente al Parque Lezama hacía más de treinta años, después  estuve al lado de la moribunda madre de una amiga de la infancia, y por eso pude renunciar esta semana a ser lo que los ayudantes de mi caída querían que fuera. Porque a la luz de la ya pronta calavera de Quiquí, así se llamaba la madre de mi amiga, o así le decíamos en mi infancia, que soportó pelotones de fusilamiento, cárcel y violaciones, exilios y amores imposibles, algo comencé a ver. Los años con sus causalidades hizo lo demás.
Un tropezón, no es caída.

Y como dice la nana y hoy que mi hijo, mi único hijo cumple 21 años, le dedico esta nana para su vida:

Si muero  mientras dormís, no te pongas a llorar, nada es nunca lo que ves, escalá hacia lo que soñés. Si muero mientras dormís, no te pongas a llorar. Ciérralos, duerme ya.

Letra de  Lullaby, de Tom Waits, adaptada al castellano por Acho Estol, y cantada magistralmente por Dolores Solá.

A Balta por supuesto y a Quiquí.

 

Jules et Jim, y ahora sí, la tragedia del Nido vacío.

Hay días, noches, madrugadas como esta, en las que me pregunto por qué me reconozco tanto en los franceses y sus películas. Si no nací en Francia. Solo mi madre tenía en sus ancestros algo de esa sangre. Pero nunca supo bien de dónde era. Ni cuántos la precedieron o deformaron hasta llegar a Talavera de la Reina cruzándose con Buenos Aires.

¿El tango? ¿Las películas que nos llevaba a ver de chicas en el SHA, la cinemateca hebraica y su cine arte, cuando tenía un gato negro y no  vallas de cemento porque aún no habían explotado bombas en la AMIA ?

Es extraño el devenir, muy extraño. Mamá siempre hablaba de mí como una trágica. Y yo me reía y le preguntaba por qué. Jamás me respondió.

Hoy, mientras esperaba que se subiera a Youtube mi experimento audiovisual que comenzó llamándose Despertar o Desayuno y terminó con el trágico nombre de Nido Vacío, me puse a ver una película en la televisión pública, en el único televisor de los tres que hay en esta casa, que además solo engancha un canal. El siete. El canal del estado. La televisión pública. A veces antes era canal Encuentro.

Y encontré una película francesa, de Truffaut, de 1962, el año en que me engendraron, en el televisor blanco y negro. Jules et Jim. La historia de un amor que no sé si todo el mundo aceptaría, entendería. Yo sí. Jeanne Moreau y dos actorazos. Nada más que eso. Faltaba la dormida como en la Cinemateca. La hora pasó y pasó otra más. La vi entera, me conmovió su belleza y su tragedia. Hermoso amor.

Terminó. El corto ya se ha subido a youtube. Acá está. ¿Seré trágica? ¿O francesa?

Papusza

Ayer, cuando no tenía consuelo por la partida de Mirta Colángelo y todo me parecía gris, ayer alguien puso en mi camino esta maravillosa película polaca sobre la primera poeta gitana de la historia. Por lo menos, la que se dio a conocer.

Últimamente siento que el arte todo está tan bastardeado, tan manoseado. Importa más el chisme que la obra. Más lo especulativo que lo trascendental.Y esta película habla de una verdad tremenda, la vida pasa, nos poenemos viejos, y morimos. Si en ese tiempo, más allá de famas y orgullos, no hacemos lo que tenemos que hacer, es como el agua que se escurre entre los dedos. La vida se nos fue sin misión verdadera.

Mi tía muere y no la puedo retener, mi hijo crece y no puedo deshacer lo que hice mal, ni seguir haciendo lo que hice bien.Ya lo crié. Ya no me pertenece su historia. Sus logros son suyos y no míos, sus metidas de gamba también. No es tiempo ya de arrepentimientos ni euforias. Me llegó la época de cosechar, de rebuscar en la tierra, dónde están mis raíces, dónde dejé mis pies. De buscar el el cielo la luz que me alumbra y las alas que me permiten volar.

Por eso, por su verdad, es que me gustó tanto Papusza. Ella y la película, realizada en uno de los mejores blanco y negro que vi en mi vida. No se la pierdan. El que la quiere ver gratis lo puede hacer por mira de todo punto net.
No la dejen pasar.
Ni a ella, ni a sus reflexiones, ni a sus poemas: los poemas nos recuerdan lo que sentimos ayer. Y ayer sentí que el mundo no era para mí. Pero aquí estoy, recomendando a una poeta que sufrió su raza, su tiempo, y la ignorancia de los que la rodeaban, menos uno. Menos uno que salvó sus cosas para nosotros y la hundió a ella para siempre.

Mirta Colángelo

mirta

Si hubo una mina que me hizo temblar

si hubo alguien en quién creía de verdad

si de alguien pude decir que hacía magia

fue ella.

No lloro a los amigos que se fueron, estarán (lo sé) mejor que yo.

No lloro a los amigos. Los extraño sin remedio.

 

Para los que no tuvieron el placer de conocer a esa mujer que se fue el día de la primavera de hace cuatro años, va aquí una carta que me envió hace muchos años (ella les decía palomares) cuando se hizo susurradora de poesía.

Anduve de viajes, Neuquén, Tierra del Fuego, Laprida, de ferias de libros…
…En fín, como siempre, la vida. A veces una de cal y otra de arena, a veces dos o tres de cal que enharinan o cinco de arena que te sepultan.La vida
Pero quiero compartir con vos el hallazgo de mi varita mágica.
Leí que un grupo de artistas franceses, dispuestos a desacelerar la locura del mundo decidieron salir a susurrar poemas al oído de la gente. La idea me pareció bellísima. Adherí a ella y me hice un susurrador.
Un tubo de los de tela que se tiran en las sederías; más o menos de 1,40m. de largo. Lo pinté con aerosol negro mate y me fui a probar a la inauguración de una muestra muy concurrida en el MAC. Sin comentarios, vestida de negro, susurrador en mano, fui susurrándoles pequeños textos poéticos a unas 60 personas. Verles las caras a medida que el texto pasaba desde mi boca hasta el oído de las buenas gentes me fascinaba y me impulsaba a seguir.
En la semana siguiente recibí 12 palomares de gente que agradecía el susurro.

De ahí en más no he parado de susurrar, Diana de mi corazón. En mis talleres de Laprida todos los participantes-cerca de 30- se fabricaron su susurrador y en la muestra final les susurramos al público. Ya andan por todo el país. Y así en Tierra del Fuego y en todo sitio por donde ando coordinado talleres o contando cuentos la idea del susurrador se multiplica.

Tengo anécdotas maravillosas. Ésta es una de las más conmovedoras: Regresando de Buenos Aires a Bahía iba hacia la terminal de ómnibus en un taxi donde el conductor, un hombre mayor, se quejaba de tener que seguir trabajando hasta la madrugada. Hacía muchas horas que no veía a su mujer, me decía.

Imaginá la escena. Iba yo sentada con mi bolso y mi susurrador en el asiento de atrás y sin pensarlo dos veces alcé el tubo y le dije que le iba a regalar una coplita para que se la dijera a su mujer cuando llegara a su casa. Y ahí nomás le susuré:

Pan es pan
queso es queso
no hay amor

si no hay un beso

Al viejo, que al principio el tubo le habrá parecido una especie de cañón, le cambió la cara y lo emocionante es que cuando llegamos al semáforo sacó una libretita y me pidió que le repitiera la copla y se la anotó. Para decírsela a mi mujer, dijo.
¿No es una maravilla?

Geisha argenta

albertoolmedo

 

Si supieras lo contenta que me pone

llevarte un desayuno a la cama

encontrar una dirección en Google Maps

ver con qué colectivos podés ir a laburar

contratar un remise que te traiga de bailar

mostrarte un lugar que no sabías que existía.

 

Si supieras lo que espero que me llames

lo que espero que me digas ayudame

vení, quiero esto, quiero aquello, llamá a tal.

 

Si supieras que fui dúple, que siempre fui doble,

(como dupla, como cupla, acople, acopla)

que puedo perder mi vida por la tuya,

puedo sostenerte aún con vértigo, de tu mano,

para que no caigas de un piso como Olmedo,

de una terraza de barrio, de un acantilado en el Mediterráneo.

 

La vigilia por vos me fortalece,

me olvido mis miedos,

me olvido de que soy alguien mortal.

 

Pienso que no hay nadie que no logre

ser feliz si me deja servirlo.

No soy sierva, no. No te confundas.

¿Mendiga? Quizá, de amor, de mirada,

de sonrisa.

 

Es tan fácil herirme, si supieras,

y tan fácil dejarme hacer, que

no entiendo cómo vivimos separados

condenados

a luchar cada uno por su pedacito de gloria en este mundo

cuando podríamos ser dos

amparados como los pichones,

al amparo de los obuses de la guerra que desconocemos

pero que ya se instaló sobre nosotros.

 

Que se rían de mí, que hablen, que me orinen encima

qué me importa.

 

Si supieras.

 

Seguir levantándose

—¿Y qué debo hacer ahora?
—Lo mismo que antes. Hay que continuar levantándose por la mañana, acostándose por la noche, y hacer lo que sea necesario para vivir.
—Será muy largo.
—Quizá toda una vida.

Así dice Lucas, uno de los gemelos de Agota Kristof.

Algo parecido le decía Palinuro de Méjico, uno de los personajes de Fernando del Paso, a su primo Walter:

Si es sólo tu corazón el que quieres dejar,
tienes que enviarlo
-es decir: tendrán que enviarlo-
al National Heart Hospital.
En fin,
que decidí que ya era hora de echarme una buena pinta de cerveza,
enviar la mitad de mi corazón rumbo a Westmorenland Street,
la otra mitad rumbo al instituto de Cardiología de México,
me despedí de los serpentines y de los matraces,
me di media vuelta
y emprendí la marcha de nuevo
con la energía rodante de un escarabajo:
Cómo Sísifo,
primo,
durante cada día,
tengo que cargar a cuestas una enorme piedra:
pero la voy labrando en el camino
para que siempre sea distinta a la del día anterior.
Pero bueno, me dije,
levantarse es preciso, desayunar no lo es;
acobardarse es preciso, escribirle
a los amigos tampoco
ponerse la corbata
es a veces necesario,
ponerse trágico no lo es;
hablar es preciso, callar también,
la muerte es hereditaria,
la esterilidad no lo es.
Y pensé que no siendo yo Julio César
que le heredó a sus súbditos sus jardines y sus cuidades,
podría en cambio heredarte el planeta entero con todos sus océanos
y paisajes naturales
-a tí que tanto te gustan-,
sin olvidarme de los trebolares sin suerte
y de los volcanes sumisos a la leyenda y a la historia.
Pero si querés, también te puedo dejar mis recuerdos de Europa.

Parece que todos algún día, debimos seguir como si nada pasara, cargando la enrome piedra de nuestro corazón.