Dame un papel

La-metamorfosis-de-las-abejas-obreras
Foto de Anand Varma, del video La metamorfosis de las abejas obreras

Dame un papel y no tardaré en atiborrarlo de letras, pequeños garabatos que a veces , si no llevo puestos los anteojos, no logro descifrar al otro día, ni al al rato mismo de haberlos escrito.

Tal es mi desequilibrio cuando escribo, tal mi alejamiento de quién soy si es que soy algo, tal el estado hipnótico en el que entro cuando encuentro un papel y escribo.

Porque no necesito ni un cuarto, ni una casa, ni una nada; solo un asiento en donde al sentarme pueda hacer de mesa para apoyar mi cuaderno, mi papel o mi libreta.

Y mientras entro en el amplio y llano mundo de los enigmas de mi interior, me escapo de lo que todos o casi, toman como algo normal: el vivir.

Yo intento no respirar, intento que no se vea dónde es que estoy, intento huir de las obligaciones que tengo como ciudadana, como nacida y criada, como madre, como ex madre, como “mina”, como humana.

Al escribir, intento aplacar la furia que me arrastra,

contra la que juego día a día una pulseada en la que siempre pierdo, en la que siempre gana.

Juego a no recodar,

juego a no cavilar,

juego a desentenderme de mi cabeza y su dolor,

de la moto que aguijonea mis oídos,

de la lluvia sobre la chapa de cinc,

del lento avance del reloj,

de mis medicamentos a deshora,

del silencio que reina aquí cuando tanto y tanto lo busqué

y ahora que lo tengo añoro esas distracciones tontas de una voz inocente,

ese ayudar a vivir, esa mano fría que buscaba la mía, aún caliente.

No sé. Tonterías de tarde lluviosa, cuando maldigo el ritual de tantas obreras que tienen su derecho a descansar. Yo no lo tengo. O no siento que lo tenga. Yo, como una abeja reina debo siempre fecundar, hacer algo con lo que me traen, deducir, llevar y traer en mi mente, del hipotálamo al tronco, del bulbo a la corteza, de la corteza a los dedos y teclear y mover la lapicera, y dejar un rastro antes de morir para que alguien cuando eso suceda (y tanto lo busco que sucederá más pronto de lo que está planificado) para que alguien, digo, entienda el dolor que siento al no tener derecho a descansar; no poder echarme a ver, una tarde, un mediodía, un atardecer; ese estúpido programa que dan en la tele, y del que todos hablan o hablarán, pero del que yo no puedo formar parte de su platea, yo no entro en su público porque me debo al mío; a mis obreras, mi gente que sufre, mi gente que trabaja como yo lo hice en otro momento de mi corta o larga vida, quién lo puede decir, no…ya no más;

ya ahora me doy el lujo de ser esa especie de bicho al que nadie quiere ver,

al que todos patean bajo un mueble,

pero que como la cucaracha kafkiana,

habla,

como la cucaracha piensa y come y caga,

y espera que alguien le abra la puerta,

y le dé aire,

la muestre al mundo,

la haga revivir, así, como era antes.

Eso es lo que se me pasa de a ratos cuando escribo, un alejarme de todo mal, un irme de todo dolor, presente, futuro o pasado,

y solo mis ojos miran

mi boca aprieta las mandíbulas

mis dedos tejen sobre las teclas o blandiendo la lapicera

mientras la aguja del minutero avanza y me siento menos indigna.

 

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