La sociedad sin sufrimiento

Tío

Hace ya unos buenos años que vengo constatando una realidad que me desagrada: vivimos en una sociedad que no se permite el sufrir. O para ser más exacta, nuestra sociedad explota el sufrimiento cuando le conviene, pero le huye día a día, minuto a minuto.

Lo experimento cada vez que pierdo amigos por contarle mis pesares; lo padezco cada vez que escribo sobre mis días de agobio en este blog o en cualquier red; lo percibo, sí, lo percibo cuando debo usar una tercera persona para que sea más fácil de escuchar mi historia.

El famoso dicho “es para una amiga” tan usado en Facebook a modo de broma, se me hace imprescindible a veces en mi charla habitual, con gente que cuando yo era activa y fuerte y apasionada y bella me tenía en alta estima, pero que ahora no soporta mi caída.

Vivimos tan anestesiados por los tranquilizantes; vemos tanto llanto, tanto drama en la televisión; usamos tanto ¡en secreto aún, por Dios! a los psicólogos; que ya no contamos a nadie nuestros males. Mejor dicho, lo hacemos sí, claro está, pero las consecuencias que nos sobrevienen son nefastas.

Acabé ayer de ver los treinta capítulos de una serie fantástica llamada Borgen, una serie danesa sobre la vida de una mujer que se convierte en primera ministra de un momento para otro. El cambio que produce esto en su vida, en los que la rodean, y los mundillos que debe comenzar a conocer de primera mano: el político y el de la prensa, son los temas de la serie.

Pensé que Dinamarca estaba lejos de ser como Argentina, pero estamos en igualdad de condiciones. Todavía vivimos en la época victoriana. No debemos comentar nuestros flagelos, no debemos mencionar nuestros malos días, no podemos -si queremos ser exitosos y/o aceptados en la comunidad- decir nada acerca de nuestro cuerpo, de nuestro sentir. Emociones y dolores son completamente tabú si queremos construir una carrera.

Vivimos en un tiempo en el que la gran mayoría del pueblo no soporta el sufrimiento de verdad. Necesita que lo sufran sus ídolos para levantarle o bajarles el pulgar (o lo que es lo mismo hoy) bajar o subir la audiencia de un programa de TV, o la cantidad de  periódicos consumidos ya sea en su forma tradicional u online.

Entre amigos, se puede comentar sobre el dolor que padece tal personaje en tal serie, pero cuidado con decir estoy deprimida; entre familiares podemos recomendarnos las mejores y más tristes películas, siempre serán aceptado y hasta agradecido; pero guay con mostrar una foto de un pariente querido y amado que se arrumba en un geriátrico o un hospital.

Porque eso hacemos, no mostramos el dolor de verdad. Lo queremos en la ficción y hasta hay gente que tampoco lo soporta masticado así. Queremos una sociedad sin sufrimiento. Queremos héroes que sufran por nosotros y podamos olvidar al otro día. Queremos que nuestros viejos (esos que nos han dado de comer, que nos han hecho masajes con sus manos llenas de artrosis, o que nos han prestado su oreja en más de una ocasión) mueran pronto lejos nuestro, sin verlos y sin olerlos, quizá aceptamos que alguien nos lo cuente hasta que le decimos basta, basta para mí que me hace mal. Porque sabemos que así será nuestro final como no cambiemos nuestra mirada sobre el ser humano.

Los gatos, los bebés, los niños, son parte de la vida. Pero también lo son los viejos, los dolientes de nuestra familia. Sé que en las redes sociales si subimos las fotos de un gatito con un moño y una canastilla que diga “my baby” tendrá muchos más “me gusta” que una mano lastimada de una tía mía. Muchos, también lo sé, dirán, y para qué queremos ver la mano lastimada de tu tía, a lo que yo podría responder, y para qué quiero ver un gato en una canastilla. ¿Pasaríamos entonces a un tema de estética? No, porque la mano de mi tía puede ser una fotaza mientras que la del gatito puede ser una chapucería. ¿Entonces?

Entonces es que el gato no nos duele, la mano de mi tía con su llaga y su piel apergaminada, sí. Pero yo no quiero olvidar a mi tía. La quiero como la quise, cuando era guapa y fuerte. En cambio al gatito no lo conozco. Pero, volvemos a lo mismo, no todo el mundo tiene que acompañarme en mi dolor, y yo pregunto:¿todo el mundo debe ver un gato que ni sabemos cómo se llama ni qué hizo más que nacer y dejarse poner un moño para una foto que es una cursilería? No. ¿Y por qué la foto del gato tiene veinte likes y la de mi tía tiene un silencio de muerte? Lo pregunto, porque no lo entiendo. Lo pregunto, no lo concibo.

Creo que no debemos olvidar a nuestros antecesores. Merecen que los mantengamos vivos mientras están vivos. No debemos ser injustos con quienes nos dieron todo para que seamos lo que somos. Debemos aceptar el dolor en nuestra cotidianidad, hablar de eso, no ser una sociedad que maquilla nuestros moretones.

Los que hicieron que lleguemos a edades impensadas el siglo pasado, deben hacerse cargo de sus engendros: nosotros.

Yo abogo siempre, será herencia de mi madre,  por una vida corta. Siempre digo a quien me quiera escuchar, porque no siempre la gente me quiere escuchar, que a los cincuenta años ya es una buena edad para ir pensando en morir, y si no quiero asustar a quien me escucha, los cincuenta son una buena edad para comenzar a aceptar nuestra decadencia física, para tener nietos, para dejar de correr de un lado al otro y para brindarle a los más jóvenes, nuestra experiencia. Si estoy conversando con alguien más asustadizo aún, digo que ya estamos como para tener nietos.

Lo que en verdad quiero decir usando todas estas expresiones, es que debemos aceptar que así como un leopardo, o una jirafa, o el animal que se les cruce ahora por la mente, fueran diseñados biológicamente para vivir una cantidad de años, nosotros también lo fuimos. Fuimos diseñados para copular y parir casi treinta años antes ( o cuarenta) de lo que lo hacemos. Fuimos diseñados para tener vigor y fuerza muscular -sin aditivos ni conservantes, sin energizantes ni vitaminas- durante unos años suficientes como para que nuestro corazón y arterias, nuestras fibras musculares e hígado, nuestra piel y ojos lo puedan realizar sin estrés. Pasados esos límites, todo se vuelve una carrera contra nuestro propio cuerpo, ni hablar que contra el cuerpo de los demás que nacieron décadas después que nosotros.

Así que en vez de intentar subirnos las tetas con corpiños push up, o fajarnos para que los dolores de espalda queden comprimidos, pensemos que es hora de aceptar que nuestro valor radica en las neuronas que tenemos, ellas son las únicas células de nuestro cuerpo que pueden vivir y multiplicarse si las mantenemos activas. Hasta hay algunos que arriesgan a decir que ellas pueden vivir quinientos años o nacer nuevas si es que las sometemos a un ritmo de trabajo constante.

Pero nuestra sociedad no quiere neuronas, quiere robots. No quiere cerebros, quiere cuerpos de gimnasio. No quiere sufrimiento, quiere bailar cumbia todo el día, alegría, no pensar, no detenerse, no contemplar ni lo que somos ni lo que fuimos y mucho menos lo que seremos. Por eso, cuando hay alguien que se encarga de recordarlo día a día, como yo, el castigo es la soledad.

Eso es lo que siento en este domingo soleado, por ejemplo, en el que mientras la mayoría intenta pensar qué hacer con tan hermoso tiempo, yo recuerdo los ojos de mi tía, ayer, en el geriátrico, y lloro.

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