Como tantos otros

 

Christine
Christine Chubbuck

Viernes, ocho de la noche; escucho ahí abajo en la calle, a la gente apurada que hace las últimas compras antes de que cierren los negocios, antes de cenar, antes de ducharse y dormir o ducharse y salir.

Yo, lo mismo que casi todos los viernes, veo una película, dos, o a veces tres.

Tres películas -dice mi hermano- pero eso es una exageración. Sí, le digo, claro que es una exageración. Pero soy exagerada y ya no tengo vicios, así que mi vicio es ver cine. ¿Hay algo de malo en eso? No espero su contestación, sé que hay algo bastante malo en ver tres películas por día. Sé que eso implica no salir, no hablar con nadie, no interactuar. Ser espectadora de la vida. ¿Me cansé de actuarla? ¿De vivirla?  No me puedo contestar, porque se mezclan en mí las dos opciones, por eso hago tiempo hasta decidirme y veo una película tras otra.

Hoy busqué un portal que tiene biografías, mejor dicho: películas biográficas. Me puse a ver una, la primera de ese portal, la segunda del día: Christine. Rebeca Hall en la piel de Christine Chubbuck, la periodista de treinta años que se suicidó ante las cámaras en 1974; cuando le pedían sangre, notas con sangre, notas jugosas, notas que impacten.

No sé por qué la vida de esta mujer se me hizo tan familiar. Reconocí en ella mis obsesiones, mis intentos de ser más feliz, de comer helado cantando una canción, de creer en una cita, de vestirme de oscuro y sin maquillaje, de no querer recordar que la semana que viene cumplo años. Reconocí el hartazgo de hacer algo con pasión y que los laureles nunca sean puestos en nuestra cabeza. Reconocí la tristeza de ella en mí, o la mía en ella, en esa biografía tan bien actuada.

Antes de terminar sonó mi celular con el sonido del whatsapp. Me di el lujo de no leerlo hasta que llegaron los títulos; era de una de las pocas personas a las que les pregunté si el viernes dos estaría dispuesta para festejar mi cumpleaños. No me contestó hasta recién, con un whatsapp me deseaba lo mejor para mi vida. Y había un emoji con dos copitas de champagne, y una carita con un beso y bendiciones y todo, pero se equivocó de viernes, se equivocó de vida, de persona, no sé.

Dicen que no hay que pensar cosas tristes. Dicen que hay que comer helado y cantar fuerte. Dicen que hay que respirar profundo, hay que salir a caminar, hay que.

Yo ya no sé qué hay que hacer para acabar con la infelicidad.

Se viene la tercera película del día. O de la noche. Ya.

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