Ventana

Hace 10 años, yo escribía:
reja2
Hacía cuánto que no me sentaba sola y tranquila a escribir para el Hammam. Sola y sin ruidos, sin interrupciones. Con el dolor en el cuerpo de un día de trabajo a contramarcha. Con la laxitud de una media pastilla de más. Hoy la necesitaba. Está siendo demasiado y me acuerdo de Marucha cuando dice: el cuerpo una vez te susurra, la segunda vez te habla, la tercera te grita. Recuerdo el placer, que para mí significaba escuchar en España La bañera de Ulises, la voz de Emilio como narcótico, me iba adormeciendo, me cantaba nanas. Ahora, hace rato que no lo escucho, para no extrañarlo, ahora sólo sé de albañiles, vidrieros y herreros. Mi casa. Estoy armando mi casa.
Hoy una reja me salvó la vida, pero no porque me evitara una caída, sino porque sé que tengo algunas cosas bellas todavía en mi cabeza, en mi alma, algunas cosas bellas que salen, como dibujos, diseños, proyectos. Ésta es una de ellas, es un homenaje a Gaudí, como ya dije la otra vez, hoy llegué a pintarle el marco, se lo pinté de una laca oscura, marina, y pensaba ¿cómo hacen los barcos para flotar?, y pensaba mientras el cielo se iba tornando gris, que lo que el homéopata me había dicho. Me iba a dar Sulphur, para sacar cosas de mi adentro que yo misma no sabía que existían, y yo aceptaba, catatónicamente, aceptaba. También pensaba en la armónica alemana que le había comprado a Juani en el mercado de pulgas. Era antigua, y sonaba hermosa en los labios de la vendedora hábil, que vivió diecisiete años en Tenerife, y viajó a Marruecos, y a la India, y ahora cuando sopló una armónica pequeña como un grillo grande, o como una langosta, yo se la compré, y después pensé que en verdad no era para Juani, se la estaba comprando a Baltasar, o a Valdi, que se hubieran vuelto locos con ese regalo, pero Juani cumplía años y quizá le gustaba. Que estúpida me sentí intentando soplarla en el consultorio del médico, no sonaba, o me habían estafado o era demasiado estúpida, la segunda posibilidad ganó la batalla. Cuando se la mostré a Baltasar la hizo sonar aspirando, le faltaba la otra mitad, la que sonaba soplando, pero igual era hermosa, y triste, y pensé en la cantidad de labios que habían pasado por ahí, y la cantidad de manos, de manos músicas, de manos alemanas, en calles grises, con nieve, de manos inmigrantes, en barcos sucios con ratas, de manos pobres y ricas, de felices e infelices, de enamorados y de hastiados de vivir como yo. Cuántas veces pensó en el suicidio, me preguntó el médico, no para matarse, pero cuántas. Uh, que sé yo, muchas. Y ¿por qué, qué piensa? Pienso que para qué seguir ¿no? Pienso en el río ese de ese cuadro que cuelga de su pared, y me siento remando con mis brazos para no dejarme arrastrar por la corriente, y un día digo basta, no tengo más ganas de mover los brazos, y me pregunto qué pasa si no los muevo más, si me dejo llevar, si no colaboro. Sulphur, y la salvación, Sulphur y los brazos se suponen vuelven a moverse. A Juani le gustó su h-armónica, pero al rato estaba hablando con el Turco y con el Luis Real, como si nunca ese objeto hubiese existido, y yo me pregunté para qué, otra vez más, para qué.
Hoy vi la ventana de día, y le saqué fotos y miré las nubes a través de ella, y el sol, y el gris, y el aire bajó hasta mis pulmones, y me salvó la vida.

a Florent Solal y a su madre.

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