Anoche me fui del facebook, otra vez.

Caracol
Fotografía de Marcelo Pedroza

 

Así se llama mi anterior blog. Dejo el link acá por si a alguien le interesa leerlo: Y sí.

Una noche de febrero de hace cinco años atrás, discutía yo con alguien en el Facebook. Sobre política, claro, uno siempre discute sobre política. Me daba miedo oler a la derecha avanzar tanto en la cabeza de los argentinos. Se estaba gestando el caos en el que hoy vivimos. Nos estaban bombardeando desde los medios en contra del antiguo gobierno y muchos de los argentinos creían que Macri traería la felicidad a este país, creía en su alegría… creía. Le creía.

Así como para entender por qué asumió Trump, tuve que ver el documental sobre Roger Stone y su manipulación de la gente en los medios; aquí, en mi país, conozco de sobra quién es quién en el periodismo argentino.

Así que, esa noche de febrero de hace cinco años, intentaba explicarle a algún amigo de derechas, que el remedio no era votar a Macri. Evidentemente, no fui escuchada, pero eso no viene al caso en este post.

La cosa es que yo estaba intentando convencer y dar explicaciones de por qué, cuando de repente escuché un ruido en el piso de arriba. Mis tíos, octogenarios en aquel momento, se habían caído los dos.

Subir y verlos, me produjo la misma sensación que la visita que le hice ayer (mi tío ya murió) a mi tía, en el geriátrico donde está desde el año pasado, y estar casi toda la mañana con ella. Fue algo que me acomodó, tristemente si se quiere, dolorosamente, pero me “acomodó la cabeza”. La vejez nos llega pronto. Hace un año, esta mujer, me hacía de comer cosas riquísimas, me pasaba su mano por la espalda cuando me quejaba de estar contracturada, o me aconsejaba cuando le iba con algún problema. Hoy, yace perdida en una cama, casi en una postura fetal y hay que darle de comer en la boquita como si fuera un bebé.

Necesité, al volver, mucha meditación, mucho escribir y mucho leer, para quitarme la angustia de pensar sobre nuestro destino como seres humanos, reflexionando sobre la senectud y tantas otras ideas que me generaron ver tan deteriorada a una mujer que no paraba un minuto, hasta hace muy poco tiempo. Hoy ni siquiera sé si me reconoce. Aunque no me importe, yo sí la conozco a ella, y la conoceré hasta el momento de su partida, y la visitaré las veces que pueda y le agradeceré, las veces que pueda, también.

Por eso, al volver ayer, casi ni perdí tiempo en el facebook. Acepté, sin mirar sus perfiles, a tres de las cinco personas que me pedían amistad. Solamente me fijé en cuántos contactos teníamos en común. Pero, me di cuenta hoy, que cada vez más el facebook, se está convirtiendo en una red que me ahoga.

Me acuerdo cuando arrancó -yo arranqué con él porque mis sobrinos lo tenían y yo quería estar en contacto con ellos- era algo divertido, algo medio anárquico en el que uno hacía lo que quería y nadie se enojaba por nada. Yo escribía en el muro de algún amigo en vez de en el mío propio y todos se reían y me cargaban, porque me había equivocado. Uno se inventaba nombres, lugares de procedencia, subía estupideces y se comunicaba con quien quería.

Ahora, controlado con todo tipo de resguardos para la privacidad, con herramientas de marketing en su interior, grupos, páginas, etc, etc, es un monstruo de varias cabezas al que le cortamos una y genera diez. Y no lo digo porque quiera bajar línea, que cada uno haga lo que quiera. Ese monstruo, a mí, me asusta. A veces, me asusta.

Hoy a la mañana, tenía un mensaje privado de alguien que me decía gracias. Era una chica: ¡Danixa! –mi nick en FB- gracias envueltas en un abrazo.

Como me gustó esa forma de expresión, le pregunté el por qué de su agradecimiento. Y me volvió como respuesta un ícono -un ¿emoji? creo que le dicen- de un pibe, un chaval en bicicleta, transpirando la camiseta, para decirlo en verso.

Le contesté que no entendía qué quería decir con ese símbolo. Y apareció la marca de leído, pero no hubo respuesta. Me dirigí a su perfil y vi que a pesar de vivir a 4300 km de distancia por ser una chica ecuatoriana, teníamos en común más de 150 escritores de Argentina que yo conozco, que son de carne y hueso, que los he leído o incluso de algunos soy amiga.

“Ella” si es que le cabe el género, es “amiga” de 240 personas en total, 150 de las cuales eran, son (porque ella sigue ahí) escritores argentinos. Esto, a ver si se entiende, puede pasar, sólo que alguien que siendo ecuatoriana y tiene entre sus contactos 150 escritores argentinos, tiene que ser alguien a quien le guste muchísimo la literatura argentina y tener, por ende, un discurso en su muro que sea consecuente con esa pasión por leer. En cambio ella, tenía frases hechas de esas tipo cadena, pedía -ay Dios, qué gracia- que por favor sus amistades no la atosiguen con cadenas que ella misma había posteado más abajo, no tenía ni una mísera foto que uno pudiera decir es real, todos sus posteos eran impersonales, y la lista – como cualquiera se puede imaginar- podría seguir.

Así que no lo dudé ni un minuto más. La eliminé de mis contactos, y tras cartón cerré mi cuenta. No por paranoia, me tiene sin cuidado que alguien me espíe así, estúpidamente si se le da la gana -no oculto nada en el facebook que no pueda ser leído por cualquiera-, sino que lo cerré por desgaste.

¿Cuál es el sentido de tener unos 1500 y pico de “seguidores” -porque ya hace rato que mi facebook no era de amigos- si los seguidores no saben qué decir cuando uno les contesta algo en un chat? ¡Qué gran falacia! pensé, esos perfiles con tantos seguidores, ¿serán todos así?

Pues nada, antes de tardar un minuto más y perder tiempo en contestarme mis cuestionamientos sobre el facebook, lo cerré. Me agota mentalmente. Me chupa una energía que no tengo. Quiero tener tiempo para terminar mi novela, escribir en mi blog o lo que fuera; antes de terminar como mi tía, en una cama, perdida, mirando la nada.

Así que si algún amigo de verdad, ve que he desaparecido de su lista, es que me he borrado yo. Cuando esté con más tiempo, volveré; mi relación con el FB es así. Si tengo tiempo, hueveo y me dejo llevar por las estúpidas redes sociales; y si no, me guardo como el caracol, que cuando se acerca al fuego, resguarda su vida.

 

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