Cómo te extraño

Me gusta el silencio de las madrugadas cuando sé que nada ni nadie lo irá a interrumpir, cuando lo tengo, por así  decirlo, asegurado; cuando sé que es mío y lo seguirá siendo.

Pasé algunos silencios que sabía no me pertenecían, que iba alguien a estropeármelos en cualquier momento. Eso no fue bueno. Al menos para mí.  Y me hizo hipersensible a la fragilidad de esos momentos sin desespero, en los que intuyo que vendrá algo y me lo quitará, sé que no es mío ese silencio, y me gana entonces el miedo, el pánico, el no saber qué hacer.

Pues, hoy, en esta casa; cada vez que despierto sé que estoy a salvo. Conozco los ruidos, las horas marcadas por los ruidos, los olores, lo que vendrá y lo que se fue.

Ayer, cuando desperté en el avión que me llevaba ( o me traía) a Ezeiza, tampoco sentí miedo. Me estaba acercando al sitio del que conozco como la palma de mi mano, me estaba acercando a mis madrugadas sin miedo.

Estaba en primera fila, cosa rara, pero fue así…me habían asignado un asiento ( a mí y a otra mujer) la fila del medio de adelante de todo. La mujer no se podía mover por su rodilla, estaba en una punta; yo, por mi espalda  necesitaba extenderme todo lo que podía, así que después de dormir casi ocho horas tendida de espaldas, me despertó la voz del comandante en plena madrugada para decirnos que pronto servirían el desayuno ya que se anunciaba el arribo inminente a destino.

Me incorporé, y vi en la pantalla del vecino de mi derecha, cruzando el pasillo, que estábamos sobre volando ya el continente sudamericano. La línea amarilla y punteada cruzaba todo el Atlántico, se metía por Brasil y pronto llegaría a Uruguay y para cuando termináramos el desayuno, en Buenos Aires.

Pasaron los carritos de comida, los de bebida, los de limpieza, y el avión volvió al silencio de los que todavía aprovechan el último rato para dormir, bajaron la luces y busqué en mi pantalla una música para esperar el aterrizaje.

Encontré a Abel Pintos, a quien no conocía en particular. Sí lo había oído un par de veces y el timbre de su voz me había gustado, sabía que había ganado premios, y que tenía una buena trayectoria…así que me coloqué los auriculares y me dispuse a escucharlo. Miré en la pantalla del vecino que estábamos llegando a Buenos Aires.

Comenzó a sonar un tema, me acerqué y leí: Cómo te extraño. De inmediato se me hizo un nudo en la garganta, no sabía por qué, pero estaba yo tarareando su estribillo: Cómo te extraño.
(Escuchar la canción en otra ventana)

Después, de tantas veces que la escuché, de tantas veces que le di a volver a escuchar, mientras el avión se acercaba a mis madrugadas sin desespero, pude escuchar la letra con más detenimiento y me di cuenta del por qué el llanto:

Quiero abrazarte y sentir,
volver a ser un niño,
y que me alejes del miedo, cariño,
y no sentir los años,
Dormir desnudo y a salvo de todo,
lo que nos hace daño.

Quitar la vida y mentir
se hizo una costumbre
cuando la fe y el amor ya no alumbren
no va a quedar más nada
vivir será lo temido por todos
y la muerte amada.

Y cada vez que cantaba (o gritaba, porque hacia el final grita) cómo te extraño, yo cantaba con él, no sabía a quién, si a Europa, a la que acababa de dejar atrás, a lo que había vivido, o más bien a todo lo que a la fuerza decidí abandonar de esta prostituta Buenos Aires, que sabe bien, a pesar de sus miserias, sabe exactamente qué debe tocar, qué fibra hacer sonar, para seducirnos, para hacernos saltar del dolor cuando nos vamos.

El avión seguía a oscuras y ya se veían las primeras luces de la gran Buenos Aires, que como San Pablo o México se ven desde el aire desde muy muy lejos. Yo seguía, con mis auriculares puestos, moviéndome al son de la hermosa canción de Pintos, y el avión, por una ventanilla u otra, mostraba cada vez más , las luces de esta ciudad.

Sabor temprano y azul,
es el color del cielo,
si llueven sueños, la luna está en celo,
y él sol de soltería,
me gana el llanto,
añorando decirte mis tonterías.
Como te extraño,
Como te extraño…

Saqué el cuaderno de mi bolso y escribí algo, demasiado íntimo para ser visto con las luces de la cabina, tan íntimo y sentido como mi llanto y los gritos de Abel Pintos cuando el avión comenzó a descender:

Podrás decirme que soy,
tal vez exagerado,
cuando aseguro que estar a tu lado
me vuelve el tiempo a cero,
y ahora mismo apagar el reloj
es lo único que quiero.

Y así, canté con él, hasta que pude, canté y lloré una y otra vez
Cómo te extraño…hasta que entendí  a quién se la cantaba.

Fui feliz a pesar del llanto, estaba ya sobre suelo argentino en plena madrugada. El capitán anunció el descenso y nos dejó sin Abel Pintos, pero con los motores rugiendo sobre las eternas luces de Buenos Aires y su madrugada.

Tu vida eres tú, y yo un bendecido, 
con tu amor y con tu luz, 
que calma mi dolor, 
Mi dolor…

Abel Pintos, Cómo te extraño.

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