Al amparo maternal del Quijote

Estoy en España, en Villanueva de los Infantes. Tierra donde murió Quevedo, alabó Lope de Vega llamándole Villanueva de las Musas, y lo más importante para mí: desde donde el Quijote echa a andar, según varios investigadores.

Digo que es lo más importante para mí, por mi relación con él desde pequeña; ya que nos era leído, contado, citado, alabado; en fin, que mi madre no dejaba de recordarnos que existía; cuando éramos niños, mínimo, una vez a la semana .

Más tarde, ya viviendo en Lanzarote, tierra que Saramago* eligió para vivir,  me sucedió algo que, tal como Cervantes no quería recordar el nombre del pueblo donde vivía Alonso Quijano, a mí ni no me dan muchas ganas ni de recordar ni de contar el por qué, pero la noche de un día desgraciado, me encontré alojada con mi hijo en la casa de un compañero de trabajo y, cuando al apagar la luz para olvidarme de todo reparé en el libro que había sobre la mesita de noche, ahí estaba pues, El Quijote.

Ese encuentro me la trajo a mi lado a mi madre, muerta en ese entonces hacía más de quince años, pero, cuando uno está lejos de la tierra en la que nació y la está pasando no muy bien, aquel tipo de símbolos, signos o “piedritas” confirman, a modo de migas de pan como las de los hermanos Hansel y Gretel, confirman que uno está en la buena senda y dan respiro, aunque más no sea por una noche y aunque uno no sepa cómo va a proseguir viviendo al día siguiente. Esto lo afirmo, porque no solamente me ha sucedido a mí desde el momento en que salí de Argentina a recorrer el mundo, muy jovencita, sino que lo he corroborado con otros viajeros; que como dice Bowles en El Cielo Protector, se diferencian del turista entre otras cosas por no saber cuándo regresarán.

Luego de aquel significativo episodio, me sucedió algo que también recuerdo siempre como si fuera ayer mismo y es el por qué tomé la decisión de volverme a mi país de origen, después de cuatro años de vivir en España.

Cuando mi papá cumplió 80 años, volví para festejarlo con él un mes a la Argentina. Pero, el festejo se transformó en una pena enorme, ya que lo encontré hemipléjico.

Al volver a Lanzarote al cabo del mes, había adelgazado unos veinte kilos y vivía como una sombra. Y cuando ando como alma en pena, me quedo en la cama y leo mucho más que de costumbre; como buscando algo que me ilumine, que me diga por dónde sigo. Siempre llega. No falla.

Así que un día, hojeando un ejemplar de la Revista Humboldt recién llegado por suscripción a mi casa de la calle Botavara, leía los títulos para ver por dónde lo comenzaba ya que no tenía desperdicio ninguno de sus artículos.  Me detuve en uno que mencionaba la traducción del Quijote al alemán que había hecho o estaba haciendo, no recuerdo bien, Susanne Lange, una amiga de mi segunda estadía en Alemania, en los primeros años de la década del 90, que fue quien me hiciera conocer (por haberlo traducido también del español al alemán) uno de mis libros preferidos de toda la vida: El Palinuro de México, de Fernando del Paso.

Este artículo no solo mencionaba a Susanne, lo que ya constituía una alegría para mí saberla traduciendo un libro de tal envergadura, sino que además llevaba un copete con la frase que le dice Sancho cuando está muriendo el Quijote:

¡Ay! no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben, que las de la melancolía.

Esa fue la perla que había estado buscando. Me vestí, recuerdo, y salí a la calle como hacía rato no lo hacía, bajé por Botavara hacia el pueblo y no me encontré ni a mi padre ni a Sancho, por supuesto; sino a una amiga belga, que al contarle de mi tristeza por lo que le había pasado a mi padre, me dijo (esto ya lo conté tantas veces en tantos blogs que pido perdón a los lectores que me siguen si es que lo han leído antes):

-¡Vete pa’ tu tierra mujé! ¡Que si no vas’andar con el corazón partío, como yo!

Esa, fue la clave de mi regreso a Argentina. Hilando fino, la melancolía y la muerte del Quijote.

Por eso estoy tan contenta de estar aquí, donde el hidalgo caballero comienza su viaje; porque es como cerrar un círculo para abrir otro mucho más esperanzador. Y al otro lo abrí cuando volví a España, hace poco más de diez días.

Sin estar en mis planes, al día siguiente de llegar a Madrid, y estando en la casa de una conocida, llamé a una amiga y me dijo que partía para La Mancha. La Mancha para mí, estaba solo en labios de mamá, o en la letra de tantas versiones del Quijote ya leídas. Monté en el coche, sin saber muy bien para qué ni por qué. Y a las dos horas y media estábamos en un pueblo de ensueño. De lo mejor conservado que he visto en mis viajes. Me recordaba un poco a la Antigua Guatemala, donde uno parece ver a los personajes que vivieron salir de los pórticos de esa madera noble que soportó el paso del tiempo y que se muestra orgullosa, con sus llamadores de hierro, y sus inscripciones en el muro. Era este sitio desde donde hoy , a punto ya de regresar a Madrid, escribo esto.

Ni bien llegadas, y después de dejar mi maleta y los bártulos en la casa rural o posada, como a mí me gusta llamarle ( y que ahora sé está ubicada a unos cien metros del Camino Tres de los caminos del Quijote) que abrirá mi amiga en el verano, tomar un “cafelito” de los que dan a la Plaza Mayor, y ahí , frente a nosotras y ocupando gran parte de una esquina de la bellísima y como ya dije muy bien conservada plaza, estaba la estatua del dúo: el caballero y su escudero, uno con su caballo y el otro con su asno.

Mi amiga comenzó a contarme la historia del lugar y así llegamos a la Biblioteca. Me hice socia (como siempre que llego a un paraje donde pasaré más de una semana ¡cómo no!) y resulta que hablando con la Bibliotecaria sobre qué me recomendaba ella para leer sobre el famoso hidalgo, me contestó que había muchos libros, pero que humildemente me ofrecía el suyo. Sí señoras y señores, María Ángeles Jiménez, es la autora del libro que está en la foto: El Campo de Montiel de Don Quijote y Sancho, una aventura literaria y gastronómica. Libro precioso, lleno de datos sobre la vida cotidiana en aquellos días, las comidas típicas que se mencionan, las rutas que llevó a cabo en sus tres salidas, los pueblos de Montiel y las casas por donde andaba; en fin, un “lujazo” que me devoré en unos días y que cuando se lo devolví hace un rato, le pedí quise retratarla con él, para llevármelo conmigo a donde sea que me depare mi Quijotada; como si fuese una de esas estampitas a las que uno lleva consigo, guardadas en un bolsillo para momentos de desespero; o como los pañuelos con el perfume de las amadas que hacían más valientes a los caballeros, guardados bajo su armadura.

Y así, señoras y señores, comienza o acaba esta historia. Este nuevo camino o esta nueva vida, vaya uno a saber; así como comenzó en Argentina, bajo el amparo maternal del Quijote.

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María Ángeles Jiménez y su libro
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Camino del Quijote

*Artículo para El País, sobre Alonso Quijano, por Saramago.

 

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2 comentarios sobre “Al amparo maternal del Quijote

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