En esta casa, el tiempo

En esta casa existe un ritmo que no se puede contrariar. El despertar duele cuando uno intenta moverse rápido como un halcón.
Hay que emular a los gatos y hacerle creer al tiempo que uno no tiene prisa.
Por ejemplo: el agua sale solo después de haber encendido el calefón y constatar que la presión es suficiente como para ducharse, lo que supone un ida y vuelta al baño varias veces hasta lograr el punto deseado de la temperatura.
Si el agua, ¡que está viva! eso se los puedo asegurar, si el agua no quiere, no sale por la ducha. Entonces se debe intentar con la canilla de abajo, ida y vuelta al calefón, controlar la temperatura  y si el agua quiere, ¡que está viva! lo aseguro una vez más, si el agua quiere, sale en un chorro más o menos abundante como para sentarse en la bañera mientras el chorro le acaricia a uno la espalda, y hablo de caricia porque el agua es como una madre en esta casa, si se le tiene paciencia, ella, por más vieja que sea, nos acaricia y lava.
Después viene el asunto de las persianas, a las que no se puede urgir si uno quiere que la luz del sol embriague los cuartos, las persianas son ancianas mujeres de setenta años, sólidas y nobles, pero requieren cierto tiempo para ser subidas sin ser molestadas.
Si alguien osa apurarlas, se fastidian, y quedan a mitad de camino, o se salen de su eje.
Entonces la prisa que uno les metió en su acción se vuelve en contra, pues hay que tomarse el tiempo de buscar algún destornillador y lentamente sacar el taparollo subiéndose a un banquillo escalera. Recién entonces con los tornillos en una mano, destrabar la madera y quitarla, acomodar a la persiana-dama en su eje, y desandar lo andado.
Con el sol entrando a pleno, se ve por fin a la gata, a la que antes solo se escuchaba,
porque la gata es dorada como el sol, cuesta verla si no le da la luz de la mañana.
Ella, como todos, quiere comer, pero está tan acostumbrada a la casa, que no prueba bocado hasta que no se le dedican un par de minutos a acariciar su escondido cuello, su pequeña cabeza o su gran panza. Recién entonces es cuando se pone a batir sus mandíbulas, dejándole a uno libre para otras tareas.
Si hasta ese entonces no ha aparecido la chamana de la casa, la tía de pelos largos y blancos recogidos en un rodete, dedos curvos e hinchados por la humedad y sonrisa de niña de posguerra, entonces las plantas comienzan su aleteo, imperceptible para los que no habitaron nunca este sitio, pero potente y hasta molesto para los que sí. Ellas también son sabias y están regidas por la pachamama aunque vivan en macetas. Cada  una tiene su historia. Y con la sapiencia que llevan en su savia, saben esperar su turno para recibir su alimento, antes de que la chamana aparezca o después de que se haya ido. El agua que más les gusta no es el agua que sale de la canilla, no, su agua es la que reposa durante la noche al sereno, y decanta escuchando el ruido de la ciudad apagándose, los cuchicheos de los amantes del pasaje, el chirrido de las ruedas de los carros cartoneros. Ese agua es la que más les gusta. Por eso agradecen con su verde brillante y sus pequeños brotes que uno se las consiga, pero para eso es necesario el uso del tiempo.
Después viene el mate, el desayuno de cada día, los diarios digitales comparados y contrastados sus titulares, las cartas de los amigos o enemigos, la primera escritura del día, sin correcciones para drenar el alma.
Recién entonces ,se podría decir, que uno está preparado para la batalla del afuera. Pero eso demandaría otro tiempo más para contarlo, y ya es el mediodía pasado. Pronto se despertará el más pequeño de la casa, y llenará los silencios con los acordes de su acordeón recién estrenado. Y sin decirlo, reclamará comida abriendo una y otra vez la heladera, y se encontrará que no hay nada en ella, porque no he salido de compras, estuve librando la primera batalla del día, la del ritmo interno de las cosas sabias.
No encuentro otra forma de vivir en esta casa. Cualquier consejo es bienvenido. Eso sí, háganlo con tiempo.

(Aunque este post fue publicado en Ingrid a secas hace siete años, el tiempo de la casa no ha cambiado. Solo sus habitantes hemos cambiado un poco. La chamana está en silla de ruedas y ya no baja, la gata murió en las vísperas de una Navidad; y el pequeño que tocaba el acordeón, no es ya pequeño ni toca el acordeón, sólo el piano… y esto, cuando aparece).

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2 comentarios sobre “En esta casa, el tiempo

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