No lo hagas, te pido

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Duermo en la habitación del Dragón rojo, el dragón que dibujaste hace años y que nunca, nunca terminaste.

Me vine acá la noche que necesitaba alejarme de vos, cuando empecé a entender que un hijo puede hacerte mal, aunque sea sin quererlo. Esa noche repasé el dibujo del dragón con fibrón rojo. Fue el último intento por recuperar lo que alguna vez compartimos en esta casa.

La del Dragón –o la del piano- es la habitación más alejada, la más íntima, la más tuya.

Además del piano está tu primer mural: un gato blanco que mira como egipcio.

Tengo una cama que me traje y acá escribo, acá leo, acá duermo. Mis almohadas tapan la “calaca”. No la quiero ver. Me recuerda algo que no me gusta, me hace mal. Sabés que soy de esas que dicen tener presentimientos. Quizá sea por eso que no me gusta, porque estoy harta de las muertes a deshora, y la calaca, adornada o no, sigue siendo una calavera. Entonces la tapo, pero sé que mi cabeza descansa sobre un cráneo lleno de flores en los ojos, de corazones en las sienes, de dientes que parecen de leche, de nene; de muerte no buscada.

Es de noche y como sé que no vas a venir a tocar, cerré el piano y apoyé el velador de tulipa roja sobre la madera del teclado. Así tengo mejor luz para leer. Recién terminé Los suicidas de Di Benedetto.

Vengo del silencio, soy Beethoven que confiesa a un amigo: “ Me habría suicidado hace tiempo si no hubiera leído en alguna lugar que es pecado irse de la vida mientras se pueda hacer algo bueno, La vida es muy hermosa, pero a mí se me ha envenenado para siempre” (1) dice el protagonista. Y yo pienso lo mismo. Pienso que quiero terminar la novela que estoy escribiendo, que por eso y nada más que por eso estoy acá. No como antes, cuando tenía una razón más importante, cuando vos eras mi razón. Ahora ya cumplí con vos, ahora te miro y te veo como a esos potrillos que se levantan del suelo y comienzan a trotar, despacito, pero a trotar. El primer intento por ser libres, el primer intento por alejarse de su mamá.

Cierro el libro y lo abrazo. Quiero leerlo otra vez pero ya es tarde. Entonces lo abro al azar y releo cosas. Cosas que marqué. Mirá esta por ejemplo:

Cambiar de recuerdos. El pasado no se cambia, a menudo nos gobierna. Hace 33 años que me dieron este cuerpo al que posteriormente han sido agregados hábitos, ideas, una manera de comer…A los 17 me equivoqué. Vengo de atrás. Tengo ayer, no sé si tendré mañana. No poseo más que una certidumbre, la de que, en algún momento, moriré. (2)

Tengo ganas de hacer como antes, tengo ganas de ir a buscarte y leerte estos párrafos, los que más me conmovieron. Pero ya no sos mi nene. Ya no. Ni sé si tenés ganas de cavilar sobre la muerte. Entonces me quedo mirando tus dibujos en la pared, el ying y el yang gigante, el vikingo, el dibujo que me regalaste para un día de la madre: una guarda celta que en una punta se transforma en conejo y en la otra en loba que llora y aún así, muestra sus dientes.

Leo lo que escribí cerca del dibujo del dragón la noche que me mudé:

Tus dragones, lobos y conejos,

alimentaban mi único ego,

lo único de lo que estaba segura:

había sido una buena madre.

Otro:

Me gustaría tener esos dientes

y echar el fuego que me quema por la boca.

Otro:

Si supiera morder como esa loba que llora.

Y el último otro, que no es más que una pregunta sin respuesta:

Cuando dejaste de dibujar ¿fue el mismo día que dejaste de quererme?

Porque tengo la impresión de que dejaste de quererme. Mi corazón está apretado como si fuese un puño, o peor, una garra clavándome las uñas. Como le escribí a una amiga, trago sangre y bilis, no saliva. Porque tu mirada es dura y no la entiendo. Porque tu hablar es grueso y serio, me asusta. Porque me da vértigo tu altura. Porque no sé por qué te quiero y me pregunto si uno puede dejar de querer a un hijo, me pregunto si eso no es como ir contra las reglas más ancestrales. Y me digo tonta, me digo exagerada, hija de puta.

No puedo conmigo, no puedo con vos. Pero sí con estos dibujos tuyos que quedaron a medias pintados algunos, terminados otros. Marcando un tiempo que ya se fue, en los que me pedías pinceles o colores, me explicabas con esa voz disfónica que tenías en aquel entonces, lo que tenías pensado hacer. Me pedías consejo. Eso constituía mi felicidad. Poder ayudarte en algo, poder contarte como hacerlo mejor, poder darte ideas aunque no las siguieras.

Y me engañé, pensé que siempre iba a ser así. Que ese tiempo perduraría para toda nuestras vidas. Y hoy siento que se acabó, que tu vida es tuya y mi vida es mía. Y que tal vez coincidamos nuevamente algún día, pero no hoy. Y eso duele. Algunos, algunas, le dicen el Síndrome del Nido Vacío, otros le llaman exageración, o sea, me dicen que soy exagerada, que siento exageradamente, que vivo, así, exageradamente. Que cargo las tintas, que no me doy tregua, que no me, no te perdono una. Y yo lo que quiero es entender. Para eso escribo, para entenderme. Que me juzguen los otros, yo escribo.

Por eso, aunque me de miedo esta noche, voy a apagar la notebook, y también la luz con la tulipa roja. Y me voy a repetir hasta dormirme lo que le dejó escrito Marcela, una especie de novia que tenía el protagonista del libro, sujeto con el frasco de las pastillas que se tomó:

“ No lo hagas, te pido”(3)

 

 

Los párrafos señalados con números pertenecen al libro Los Suicidas, de Antonio Di Benedetto, edición del Centro Editor de América Latina, 1992.

 

 

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