La”plorera” y el tiempo.

vedaEl otro día un amigo me dijo que lo que le gustaba de mí era el tiempo que yo brindaba. Que parecía que yo siempre tenía tiempo para dedicarle a todos. Que a pesar de haber hecho tantas cosas en mi vida, siempre había un hueco -o siempre lo hubo mejor dicho- para el otro. Y tuve que admitir que era cierto. Quizá por mi condición de geminiana, quizá por haber nacido gemela y convivir con un otro, una otra; siempre me hice tiempo para atender las necesidades de los demás. O por lo menos eso es lo que creo y según este amigo me quedó reafirmado.

Por eso, hoy, que tuve que hacerme un estudio de esos que una cámara nos muestra por dentro -ojalá hubiera una que mostrara nuestra alma-,  mientras iba  hacia el hospital cavilaba sobre eso. Las veces que tuve que apañármelas sola en situaciones desagradables.

Y mientras la gente me hacía un lugar para entrar a la fuerza en el tren (uno decía: japoneses, otro: guarda que acá hay una señora con bastón, otro me animaba a dar el paso desde el andén: entre señora, metalé, entre que las puertas se cierran) y  me hicieron lugar, y yo entré y las puertas se cerraron justo como para dejarme aprisionada entre la espalda de un obrero y el bolso de una estudiante con calzas color fucsia -era lo único que podía mirar para no comerme el pelo de una mujer que estaba delante mío- y mientras me sentía una especie de canelón, yo pensaba en todo esto del tiempo.

Pensaba en cuántas veces acompañé y cuántas no fui acompañada. Y no por maldad o desinterés, no…por el bendito tiempo que hace que la gente corra, que hace que la gente nos pueda escribir un prólogo, no nos pueda acompañar en una presentación, no pueda aceptar la invitación de tomar un mate; no pueda al fin y al cabo, no pueda tomarse el tiempo para la calmar la necesidad del otro, para cubrirlo, para decir dale, vale, ok o como quiera decirle a uno; te acompaño, estoy, acá para vos, estoy.

Qué cosa este tiempo sin tiempo. Qué desagradable, qué imparable, qué jodido no tener tiempo para tenerlo, para brindarlo.

Y pensaba en esto porque me percaté -hace muy poco y por situaciones muy desagradables-  que la gente, así en general, sí tiene tiempo. Siempre tiene tiempo cuando el otro muere. Siempre hay tiempo, aunque sea pequeñito, para escribir un texto y decir lo que uno sentía por el  que murió; siempre hay un tiempo para ir a su velorio, siempre hay un tiempo para el otro cuando el otro ya no está más.

Por eso también deduje que pasa lo mismo cuando la gente que se va a vivir lejos. Al principio recibe muchos mensajes, y luego cae en el olvido. Luego ya es parte de esa ausencia aceptada: está bien allá, seguro que estará pasándola bien, seguro que ya hizo amigos, seguro ya se olvidó de nosotros. Y ese es el exilio más triste. Cuando la gente deja de tomarse el tiempo para preguntar por el que se fue lejos. Porque es como una especie de muerte. Ya uno no forma parte del nosotros, forma parte del estar en un limbo del que está en alguna parte, el limbo del lejos, y ese lejos en el lejos, no se siente así. Uno desea saber con toda su alma qué es lo que pasa en el nosotros, quiere que no se corte ese cordón umbilical con el que fuimos o somos y seguiremos siendo.

Por eso, mientras estaba echada de costado en la camilla y miraba el monitor con las imágenes de mi interior (túneles rosados y laberintos carnosos iluminados por una luz de LED) mientras dejaba, como me habían dicho, caer la saliva sobre la toalla que tuve que llevar y que me pusieron debajo de la cabeza; mientras sentía el tubo en mi estómago como una pequeña serpiente endemoniada; me di cuenta que no solo caía saliva sobre la toalla, sino también caían lágrimas. Y que ninguna de las dos médicas alcanzaron a notar, tan ocupadas estaban ellas en mirar mi adentro.

Cuando el estudio terminó y recibí de ambas las felicitaciones por haber sido una excelente paciente, me sentí orgullosa, pero al segundo ese sentimiento se trastocó y me sentí la hija de la pavota.¿De qué me servía ser una excelente paciente si ambas me llamaban Laura por una confusión con mi apellido? ¿De qué, si cuando Laura se fuera de ahí, ya dejaría de ser la excelente paciente para convertirse en un número en un papel, que ni siquiera si no volvía por el consultorio dentro de un tiempo, cuando quiera ¿eh? sin apuro, para que así la doctora anote en su historia clínica y que conste en el hospital, quedaría rastro alguno de la excelente paciente, ni de Laura, ni del informe.

No había nadie conmigo para reírse de mi baba cayendo sin cesar en la toalla, no había nadie conmigo para esperar el informe, no había nadie para ir a desayunar y decirme lo bien que me había portado. Por eso, la hija de la pavota, esperó sentada en una silla forrada en cuerina beige, en una especie de consultorio donde además de la silla había una camilla con un papel descartable encima y una cortina blanca con volados de las que se usan en las bañeras, que daba un algo de intimidad al lugar.

Al rato vino la doctora y le dio a la hija de la pavota siete cajas de omeprazol de 20 mg diciéndole que era su día de suerte porque el visitador médico había dejado muestras gratis, le anotó a Laura las indicaciones de cómo tomar el remedio en una de las cajas, y desapareció diciendo que en un rato la otra médica le traería el informe.

Y así fue. La hija de la pavota le dio la mano a la doctora y se fue con su bastón, caminando despacio hasta el ascensor para camillas que era el único que funcionaba, y la “plorera” como le dice una amiga valenciana al llanto, se desató con furia, por el tiempo que la que volví a ser tenía por delante, por el tiempo que no tenía nadie para estar ahí y darme un abrazo, por el tiempo, el bendito tiempo que siempre pareció sobrarme.

Escribí un whatsapp que decía”Listo, ya está”. Me contestó una amiga”Bien!” y puso manitos aplaudiendo.”¿ Cómo te la bancaste?”, siguió.”Bien”, le puse, total la plorera, por suerte, no se ve en el whatsapp.

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5 comentarios sobre “La”plorera” y el tiempo.

  1. Diana, tus cuentos, hasta estos de tus males, los leo y me llegan con tanta crudeza, y en forma tan franca, que ya es como que escucho tus pensamientos.siento que me aprietan en el tren, o la ansiedad de tu espera en single…mujer valiente, gran mujer.esto o gemelas,maravillas….

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  2. Cuando alguien, como tu en este caso, nos habla de sus “dolamas” tendemos a “minimizarlos” hablándole de los propios; de las experiencias hospitalarias y las solitarias consultas… déjame caer en ese error para decirte que hay circunstancias -que ya conoces- en las que es mejor acudir sola… si hay algo peor que una noticia desagradable es “soportar” las caras de “lástima” de los acompañantes o peor aún, sus palabras de “consuelo”.

    Un abrazo señora. No abuses del omeprazol, no es agua bendita.

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    1. Gracias, querida Mariluz, gracias por tu compañía, por los “errores” de tus propias experiencias hospitalarias, por tus comentarios. Hay pocos que puedan mirar de frente -como lo hacés vos- un posteo doloroso. Y menos comentarlo. Hoy, cuando todo está hecho para que corramos como si el piso quemara, la longitud de mis relatos y la exposición de mi dolor, no son muy bienvenidos. Y vos estás ahí. Siempre. Esa es mi agua bendita. El omeprazol, como buena homeopática que soy, no lo tomaré más que veinte días. Pero escribir, hasta que me quiten la etiqueta, como diría mi viejo, lo seguiré haciendo le guste o no al que me lea. Gracias.

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