Eneatipo: El ayudador

A Laurita

La muerte es vida vivida, la vida es muerte que viene

(Milonga de Arnold).

borgesgenio

 

Hace cuatro meses, hoy, que me dedico a promocionar y vender mi primera novela hecha y derecha. Hace seis semanas, mañana, que volví de acompañar a mi hijo en su cirugía y me desbarranqué, se me aflojó la columna, me vinieron dolores de parto bíblicos (esos que yo nunca sufrí) y vi por primera vez sangre en un vómito mío.

Ya con solo nombrar esas dos situaciones creo que cualquiera se puede hacer una idea de lo mucho que me enriquecí aún en el padecimiento, aún en el dolor; no solo en los elogios por la buena acogida que tuvo el Fui Gemela; que ya está a punto de acabar su segunda edición, sin editorial, sin representante, sin distribuidora, sin prensa, sin fiesta de presentación, sin nada más que el boca a boca de los que lo leyeron y opinaron.

Recibí muchos consejos de cómo hacerlo mejor. Tanto sobre el cómo acostarme en la cama, qué remedio tomar para poder dormir sin dolor, como para encarar una editorial o hacer un envío. Muchos. Pero como dice la Tamaro:

Cuando ante tí se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón.
Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve.

Así que solo hice caso a mi intuición y me dejé llevar donde el corazón me llevó. A veces ,lo sé y lo admito, tengo que bancar a mi corazón porque se distrae, pero en general me lleva a buen puerto.

Hoy, después de estos cuatro meses, y aprovechando que ya me puedo sentar en una silla largo rato, decidí dejar de promocionar mi novela y decidí dejar que ella también siga  su camino, que ella también respire y tome vuelo, y haga lo que tiene que hacer en el alma de los que la leyeron y la leerán.  No haré más ediciones por el momento y me dedicaré a escribir con pasión la otra novela que estoy barruntando y que dejé archivada, creo que ella tiene un mensaje más importante para el hombre de hoy, o no sé si más importante, pero sí más práctico, más necesario. Y a eso quiero dedicarme, mientras terminan de diagnosticar qué es lo que tengo y cuál sería para los alópatas la solución y cuál sería para los homeópatas la solución; y qué mix hago, si es que tengo la posibilidad de elegir un mix.

Hay gente, amigos que me acusarán de abandonar todo lo que está comenzando a dar sus frutos. A ellos les digo que no, que Dios o el Universo o el Gran Abuelo Maya -cada cual que crea en lo que quiera- me otorgó un poder especial y es el de tener la capacidad de sembrar semillas y no de recoger frutos. Yo siembro lo que otros detrás mío recogerán algún día. Para eso no es necesario estar haciendo más que: ofatear la tierra, ver de dónde viene el viento, mirar el cielo y si todo esto es propicio, meter una semilla en dónde otros piensan que nunca va a germinar nada. Esa fue mi vida y lo seguirá siendo.

El otro día, unos amigos que vinieron a visitarme, no podían creer en la cantidad de cosas que hice comparándome con una persona de mi edad. Y creo que es por esa habilidad de meterme ( con mi saco de semillitas a cuestas) donde no me corresponde, donde no me llaman, donde no está bien visto. Muchos lo ven como un agravio, como una falta de ética, como un “no pagaste derecho de piso”. Otros lo festejan conmigo como los militantes de un partido verde que cada vez que plantan una bandera en algún sitio prohibido se sacan fotos y se abrazan. Otros y no lo digo con soberbia, sino repitiendo sus palabras, me dicen: vos hacés todo bien, guacha. Cada cual tiene su opinión sobre los motivos de mi vida. Yo soy la única que los siento en pleno cuore.

Quiero decir con esto, que hoy mi ánimo no es el de seguir promocionando la novela, que este no es un ardid publicitario, ni una forma solapada de pinchar la vagancia de posibles lectores y hacer que me compren una novela más. No. Aunque podría, no lo es. Esto es sencillamente una despedida. Y otra vez citaré a la Tamaro:

Si la vida tiene un sentido, ese sentido es la muerte, todas las demás cosas sencillamente giran alrededor de ella. Que hemos de morir lo sabe hasta el último de los hombres. Es cierto, con el pensamiento lo sabemos todos, pero saberlo con el pensamiento es una cosa y saberlo con el corazón es otra completamente distinta.

Y cito esta frase porque hace diez días se suicidó la pequeña hija de unos amigos, y además del dolor que me produjo su decisión y de no dejar de pensar en ella un solo instante, es como un “farito” que me ilumina, hacia donde voy, hacia donde iremos todos: su suicidio me hizo valorar el tiempo. El que me queda. El que nos queda. Y es ahí cuando me olvido de fama, prestigio, o buena carrera, pienso en el tiempo, ese tic tac maravilloso que nos resuena cuando lo queremos escuchar, ese péndulo que nos dice que todo lo que hacemos aquí, será viento algún día, sólo quedará nuestra esencia, y para eso hay que trabajar mucho, incansablemente diría, porque nunca se sabe cuándo nos sacarán la etiqueta (diría mi viejo) o cuándo nos cortaremos las venas porque ya dimos lo que debíamos dar.

Ayer, y con esto termino, fui con una vieja amiga de esas grandes, de esas que siempre están (por más que uno vaya y venga buscando soles negros, verdes o azules; ella es un sol que sabe que tarde o temprano el otro buscará por su tibieza o su calor, sin efectos especiales). Decía que ayer fuimos a una presentación de un libro, y juntas leímos lo que decía Borges sobre la fama, y juntas pensamos que era así, que la humildad de los grandes no necesita demostrar nada, ni prestigio, ni fama; que es el tiempo el que ubica a cada quien en el lugar preciso que debe tener, a pesar de que como hacía Borges con su primer libro de poemas, que le daba a un amigo para meter en los bolsillos de los periodistas cuando nadie lo conocía, o a pesar de cómo el mismo cuenta también, en los tiempos en que ya era conocido y trabajaba de empleado en la Biblioteca Miguel Cané (fue auxiliar primero en esta sucursal de la Biblioteca Municipal), sus propios compañeros no pudieran asociar ese hombre tímido que tenían al lado, con el autor de los libros que debían catalogar.

Por eso creo que como él habló sobre El hacedor, así yo puedo hablar de mi novela:

Para mi sorpresa, ese libro -que más que escribir acumulé- me parece mi obra más personal, y para mi gusto la mejor. La explicación es sencilla: en sus páginas no hay ningún relleno. Cada pieza fue escrita porque sí, respondiendo a una necesidad interior. Al preparar ese libro ya había comprendido que escribir de manera grandilocuente no sólo es un error sino un error que nace de la vanidad. Creo con firmeza que para escribir bien hay que ser discreto.
En la última página del libro conté la historia de un hombre que se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de naves, de torres, de caballos, de ejércitos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ha trazado la imagen de su cara. Quizá sea ése el caso de todos los libros; sin duda es el de este libro en particular.

Creo que en ella pinté la imagen de mi cara, la de mi corazón y hasta la de mi alma. Así que ahora, y como dice el Eneagrama, dejaré de pertenecer al grupo dos (el Ayudador) para dedicarme a ser una mezcla de tipo cuatro (Individualista) y cinco (Investigador). Veremos en un tiempo, qué semilla germinará.

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