Los ayudantes de mi caída y mi renacimiento

Rojo sol, luna cruel,
papi nunca va a volver.
Nada es tuyo de verdad,
ciérralos, duerme ya.
Si muero  mientras dormís
no te pongas a llorar…
Nada es nunca lo que ves,
escalá hacia lo que soñés.
Si muero mientras dormís
no te pongas a llorar.
Ciérralos,
duerme ya.

Esta nana, desde que la escuché hace años en el Torcuato Tasso cantada por Dolores Solá acompañada por su marido Acho Estol, no dejó de sonar, obsesivamente, como la luna cruel de la que habla. Se reprodujo una y cien veces hasta que me hizo surco en el alma.
Algo hay en ella que me hizo sacar la cámara del bolso y hacer lo que nunca hago, registrar en vivo un tema. No me gusta, no por lo derechos de reproducción a los que jamás le doy bola, porque no se puede comparar el escuchar a La Chicana en vivo o escuchar su disco con ver un estúpido video.
Para nada. Sería, como dijo Zaffaroni, el juez al que acusaban de tener un prostíbulo, sería una débil mental si lo pensara.

La cosa es que fue ese recital el que abrió hace años la puerta que me hacía falta.
Después de  siete años de búsqueda, de siete cabalísticos años de demoler muñecos, de golpear manos y que nadie salga del rancho, meses en los que quedé enfrentada a mi conciencia, a mi más absoluta soledad, desencantada de tipos a los que les pedís trabajo y se hacen olímpicamente los boludos, amigos que te dan la espalda, gente que no tuvo nada que ver en lo que pudo haber sido el detonante de todo, pero la voz corrió y hubo pocos que supieron lo que dice la nana del principio, nada es nunca lo que ves, un caso de amor más se convirtió en un crimen por el que debo pagar, quién sabe, hasta el fin de mi vida.

Decía antes que en estos años, de volver sí, a encontrarme con los amigos verdaderos, esos que siempre estuvieron , más allá de la fama efímera, del éxito de mercado, esos que te quieren por tu esencia y no por la botella de champagne que le llevás a la fiesta, esos que lloran con vos o te pegan un revoleo cuando te ven con el rouge corrido siendo una decandente máscara de lo que una vez fuiste, esos, de fierro, tremendos cachos de fierro que no te sueltan ni a sol ni a sombra, esos son pocos, muy pocos, y de una u otra manera en general, están ligados a tu infancia, o a tus principios; cuando, como dice la nana “escalás hacia lo que soñás” y no tenés delirios de grandeza, ni te la crees. Sabés que lo que hoy está encumbrado en un palo dorado cae mañana por un feroz viento del sur y se rompe en mil pedazos y nadie te va a ayudar a juntar los pedacitos de muertes y vidas , historias de renuncias y decisiones que subiste ahí, bien en lo alto, para que todos vean y digan ohhhh… Es entonces como cuenta Maradona, a quien amo profundamente porque un tipo que le da tanta alegría a un pueblo, a varios pueblos, (digo a varios porque en 1987 apareció en un afiche de un bar de una reproducción a escala real de la ciudad de Yemen, dentro del Deustches Museum de la ciudad de Munich.Creo que ahí tomé la dimensión de cómo lo querían los pueblos, en una de las situaciones más surrealistas que vi con mis propios ojitos, cuando aún no necesitaba anteojos, pero no tenía una cámara de video, ni siquiera una de fotos para demostrar la fuerza de ese personaje que atravesaba tantas barreras en una época en que la internet estaba lejos de ser un ayuda memoria más en nuestra vida) y decía entonces que un tipo que tanta alegría le dio al pueblo argentino, más al de Yemen más al alemán, por lo menos en este caso que cuento, no se merece ser tildado de drogadicto, o arrogante. Es un tipo que vivió lo peor de lo peor, pasó de pobre villero a vivir como un rey a quien se le abrían todas las puertas, y de repente a ser un degenerado que sólo toma cocaína. Eso es lo que me duele, la estigmatización de la gente por la gente misma, el cerrar puertas en tus narices porque una vez en tu puta vida no hiciste lo que se suponía debías hacer, le fallaste a la sociedad, le clavaste un puñal a las buenas costumbres, viviste con ganas arriesgándote mientras los que te acompañaban hasta entonces dijeron no, mucho para mí, no.

Por eso, aunque se podría decir que mi caída comenzó el día que vi Man on wire, ls historia de un funámbulo que cruza sobre un hilo ¿sin arnés? preguntó Baltasar. Sin arnés querido, sólo con un palo, caminó en el cielo sólo con un palo desde una torre gemela a la otra cuando todavía estaban em pie, y no sólo fue y vino ocho veces, no, se arrodilló, se acostó en el palo a 450 metros de altura, y se dio el gusto de llegar a una punta casi casi al alcance de los guardias que lo querían meter en cana pero no podían. Y pegaba la vuelta, volvia a caminar para el medio, ese medio que pendulaba por el viento, sobre el abismo al que nadie soportaba animarse, ese medio sólo para locos, soñadores, utópicos, que desafían todas las normas de la sociedad, sin armas, sin violencia, sin campañas sucias.

El día que vi esa película algo me impulsó al abismo, y yo que sufro de vértigo, sentí que cada uno, en sus acciones contestatarias, estamos ahí, en el medio de ese hilo, de esa soga, que une dos torres gemelas de edificios que fueron construidos para demostrar poderío y que más tarde, como en una tragedia griega, serían destruidos por la ira de los que detentan el poder más bajo, el de creer que con el miedo se dominan pueblos, el poder de las potencias mundiales, que ya sabemos todos a esta altura, son tan endebles que pueden entrar en default como cualquier país subdesarrollado, como se decía antes, o países en desarrollo como se dice ahora.

Pero todavía debían sucederse una cadena de acontecimientos en mi vida , para llegar al punto de darme cuenta de mi caída, todavía no estaba del todo claro, no había suficiente luz para mostrarme el pozo en el que yacía, o todavía creía que, como en la película 127 horas, tenía agua para rato y alguien me rescataría sacándome de encima del brazo la piedra que me lo aplastaba.

Y así, fui sujeto de varios empujones hacia el final, hasta que una noche vi una película recomendada por el amigo de un amigo para ilustrar lo que le rondaba en su cabeza, desde el momento mismo en que leyó el guión del largo que escribí y que le mandé a Barcelona. Esa película fue Caótica Ana, de Julio Medem, y si bien hay situaciones que no entiendo por qué no las quitó , situaciones que están demás para mí, y siempre para mí, demás en esa historia; hubo algo que me recordó otro algo cuando la terminé de ver, y me fui a la cama no sin antes buscar en la biblioteca un libro que me regaló mi viejo, mejor dicho, EL único libro que me regaló mi viejo ya siendo adulta yo, y viviendo rodeada de saharahuis en la isla volcánica de Lanzarote, un libro que me trajo mi hermana hasta Alemania, con una dedicatoria de mi papá aún vivo, que dice, con cariño para mi hija Diana, papá Maximiliano, y está firmado con esa firma aprendida en Argentina, al llegar a sus diez años, y cambiar de un día para el otro su idioma, y aprender que debía firmar con su nombre completo oculto tras un garabatear de líneas curvas que  seguro él no sabía se asemejaban al símbolo del infinito repetido varias veces, hasta que la birome comandada por su mano hacía una colita hacia abajo demostrado ya que la firma había sido acabada.

Ese libro es Mujeres que corren con lobos, y la recomendación vino de mi propia hermana, Alejandra, que supongo en esa época admiraba mi osadía, y mi libertad, tanto como después la criticó, cuando me enamoré de quien no debía haberme enamorado, como si el enamoramiento se pudiera controlar.

Cuando me iba a la cama con el libro bajo el brazo  dispuesta a encontrarme con lo que el destino me quisiera dar a leer, abierto el libro, no por el principio sino al azar, recordé una vez más que la película hablaba de una mujer que hablaba por muchas otras que ya no tenían voz. Y recordé también un viejo texto mío, en stand by, con el que inicié una serie de entrevistas a mujeres golpeadas por la vida de una forma brutal. Lo busqué y vi su fecha, lo escribí un agosto de hace ya diez años, el principio es este:

Siento que mi sangre ruge para ser escuchada. Mi sangre hoy, guarda  la voz de muchas. La mayoría desconocidas para mí, pero no para mis venas ni para mi espíritu. Debo comenzar esta tarea antes de que sea tarde. Dar puntada tras puntada, uniendo retazos como las indias nahuátl. Y termina así:
Por todas ellas, para conjurar nuestro espanto frente ala violencia más brutal, es que comienzo estos relatos o crónicas que ojalá sirvan para mitigar lo que sabemos, más tarde que temprano, a juzgar por los acontecimientos, algún día acabará.

Ese fue el comienzo la punta del hilo de Ariadna, un laberinto en el que me metí, como la caótica de Ana de Julio Medem en su film, sin desearlo, sólo por la tremenda necesidad de hablar por ellas, aquellas temerarias y benditas mujeres que corriendo con los lobos, no pudieron ser domesticadas.

Y esa noche abrí el libro en cualquier página, y me encontré con este párrafo del análisis del cuento de Vasalisa cuando a la vuelta de su viaje iniciático porta una calavera que le entregó la Yagá, la bruja salvaje, para que alumbre su camino:
“Ha atravesado la oscuridad prestando atención a su voz interior y ha podido resistir la contemplación del rostro de la Bruja, que es una faceta de su propia naturaleza,pero también la poderosa naturaleza salvaje. De esta manera puede comprender el temible poder de su propia conciencia y el de la conciencia de de los demás. Y ya no dice, le tengo miedo…Vasalisa regresa a casa con la temible calavera ensartada en un palo…una temible luz emana de los ojos, los oídos, la nariz y la boca de la calavera…lleva la llama de la sabiduría;posee unos sentidos despiertos. Puede oír, ver, oler, y saborear las cosas…por un instante Vasalisa se asusta del poder que lleva…la mujer que recupera su intuición y los poderes yaguianos llega a un punto en el que siente la tentación de desecharlos, pues ¿de qué sirve ver y saber todas estas cosas?. La luz de la calavera no tiene compasión. Bajo su resplandor, los ancianos son unos viejos; lo bello es lujuriante; el tonto es un necio…”

Y así apagué la luz, no la de la calavera de Vasalisa, de Ana, de Ingrid, o Dian; no, la luz que me posibilitó el sueño , hurgar en esas cavernas temibles de la intuición que en mi caso, la mayoría de las veces, me avisan lo que va a suceder de un modo crudo y bestial, sólo que yo como una tierna Vasalisa antes de descubrir el poder de la Yagá y de llevar bien alto la calavera, fingía olvidar, para poder sonreírle al mundo y ser aceptada como una más.
Por eso, aquel sábado escuchando esta nanaque me hubiera encantado cantársela a mi hijo cuando me quedé sola con él, me reencontré con una parte mía dejada en el Bar Británico frente al Parque Lezama hacía más de treinta años, después  estuve al lado de la moribunda madre de una amiga de la infancia, y por eso pude renunciar esta semana a ser lo que los ayudantes de mi caída querían que fuera. Porque a la luz de la ya pronta calavera de Quiquí, así se llamaba la madre de mi amiga, o así le decíamos en mi infancia, que soportó pelotones de fusilamiento, cárcel y violaciones, exilios y amores imposibles, algo comencé a ver. Los años con sus causalidades hizo lo demás.
Un tropezón, no es caída.

Y como dice la nana y hoy que mi hijo, mi único hijo cumple 21 años, le dedico esta nana para su vida:

Si muero  mientras dormís, no te pongas a llorar, nada es nunca lo que ves, escalá hacia lo que soñés. Si muero mientras dormís, no te pongas a llorar. Ciérralos, duerme ya.

Letra de  Lullaby, de Tom Waits, adaptada al castellano por Acho Estol, y cantada magistralmente por Dolores Solá.

A Balta por supuesto y a Quiquí.

 

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