El patio

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Algunos ponen en duda que Jesús haya existido, pero yo la acepto incuestionablemente. Nadie puede leer los Evangelios sin sentir la verdadera presencia de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está llenó con tanta vida.

Albert Einstein , en una entrevista para el “The Saturday Evening Post”

 

El patio del convento de los jesuitas estaba iluminado. Mitad sol, mitad sombra. Era un patio amplio y cuadrado, galerías alrededor, árboles, pájaros, y en el medio una fuente con pececitos de colores.

Los asistentes al retiro teníamos que reflexionar sobre nuestra sombra.

Conozco la mía y trato de combatirla día a día; pero a veces no distingo dónde está mi parte de sol y dónde mi oscuridad. A veces, me pierdo. Y en el convento me perdí. Estaba sentada en una reposera del patio, escuchando los pájaros, mirando el cielo tremendo de primavera del sur, en una calma tan grande que mi cabeza empezó a balbucear palabras, como cuando quiere salir una poesía o algo así. Pensé entonces, en ir al salón a buscar mi libreta para escribir.

Lo que en otra ocasión hubiera sido correr escaleras arriba, en esta implicaba toda una estrategia para caminar lo menos posible: mi espalda me obligaba a usar bastón y el médico, antes de ir al retiro, me había pedido que hiciera reposo todo lo que pudiera.

Caminé unos pasos y como el convento era tan grande y llevaba solo un día en él, no sabía para dónde ir. Le pregunté a alguien que se me cruzó en el camino si estaba bien orientada subiendo las escaleras para ir al salón. Me dijo que le parecía que no, que siguiera caminando por la planta baja. Al poco de andar me di cuenta que estaba caminando en vano.

Sin entrar en pánico por el poco tiempo que tenía para juntarme con los coordinadores, con la misma calma con la que contemplaba hacía un rato el vuelo de los pájaros, me dije que ya lo iba a encontrar por mí misma. En eso vi un bebedero, y tomé conciencia de que hacía rato tenía sed. Bebí mucha agua, estaba fresca. Vi un baño, y tomé también conciencia de que hacía rato tenía ganas de orinar. Lo hice. Al salir, aliviada, me di cuenta de que había satisfecho dos necesidades mías tan nimias pero tan importantes, tan fisiológicamente necesarias, que para cumplir con lo programado, yo las había estado postergando para ser como siempre: cumplidora y puntual. Obsesiva y puntual.

Cuando salí del baño, me encontré a la gente que preparaba la comida para nosotros. Les pregunté cómo  hacía para ir al salón y me indicaron muy amablemente. Si bien el camino era más largo que el primero que tomé, después de la puerta que se veía a lo lejos, había un ascensor para subir al salón del primer piso, cosa que andaba necesitando, y que yo, intentaba evitar, tomando atajos.

Cuando llegué al salón estaba cerrado con llave. También entonces lo tomé con calma y sin enfado. Di unos pasos hacia los dormitorios e inmediatamente me encontré una gran mesa a la que hasta ese momento no le había prestado atención, con papeles de todos los colores y lapiceras, lápices y crayones de todo tipo, tamaño y color. Busqué lo que necesitaba, bajé con el ascensor y cuando llegué a la planta baja me di cuenta que estaba en el ángulo de un patio igual al primero, casi todo en sombra por la cantidad de árboles que tenía, pero tan hermoso como el patio iluminado.

En este patio había una sola persona, un compañero de retiro que en su presentación  del primer día dijo que toda su vida ocultó sus sentimientos para poder así seguir viviendo sin ser molestado. Ni me vio. Estaba justo en la galería opuesta, apoyado contra una columna  de enfrente, unos treinta metros lejos de mí, absorto en su reflexión. También, como yo quería hacer, escribía.

Él miraba hacia un lado, yo me ubiqué mirando hacia el otro. Él, pensé yo, será mi sombra. Y recién entonces pude comenzar a escribir ( sobre la baldosa tibia y con mi bastón yacente a mi lado) la impresión que me causó el primer patio al que voy a referirme desde ahora como “el de la luz”.

 

En el patio de la luz había mucha gente de mi grupo. Algunos pocos, desde la sombra, miraban hacia la luz. Otros, la mayoría, estaban directamente bajo los rayos del sol, iluminados por completo y mirando hacia los que estábamos en la sombra que éramos tres o cuatro como mucho. Todos parecían girasoles. Nosotros, los de la sombra, éramos más platónicos, mirábamos en el patio, el reflejo de la luz.

En otra oportunidad, mi instinto de enfermera sin fronteras, hubiera querido ir a decirles que no, que eso estaba mal, que el sol así, directo en la piel trae cáncer, que…¿ se habrían puesto pantalla solar? ¿estarían tomando suficiente agua para no deshidratarse? Los miré nuevamente y parecían estar disfrutando. Yo no me podía exponer al sol como ellos. Por eso estaba en la sombra mirando el reflejo de un sol y escribiendo sobre la oscuridad. La mía.

En vez de despotricar contra los “girasoles” sudados y calcinados a los rayos del sol de la siesta, tan bestial, tan tremendo; comencé a mirar la escena. El patio estaba dividido en dos bandos, digamos. Sol y sombra. Pero el patio era para todos. Nos cobijaba, nos ofrecía su luminosidad, su silencio, su tibieza o su calor, a todos. A todos nos mostraba la majestuosidad de sus proporciones, a todos nos dejaba oír el canto de sus pájaros, a todos nos abría sus galerías con sus ventanas, algunas abiertas, otras cerradas. Resumiendo: para todos el cielo era inmensamente azul y a todos nos cubría con su luz.

Miré la cantidad de gente que miraba hacia la sombra y los imaginé como un ejército de almas que tantas veces consideré que por estar en la vereda de enfrente, estaban en contra de mí. Pensé en la cantidad de veces que creí que esos girasoles no me entendían ( ni yo a a ellos). Comprendí en ese momento que todos podemos gozar de la luz de distintas maneras. Algunos directamente expuestos al rayo del sol. Otros, desde las sombras, mirando a la luz. Y otros, como el que estaba sentado justo en la mitad del cuadrado perfecto, con sus pies apoyados en la fuente: su cabeza al sol, su cuerpo en la sombra, sin compañía, sin prejuicio, tomaba de su vaso tan tranquilo, escribía tan en paz que hasta daba envidia. Pensé que quería ser como él. Pero que era yo. Y que yo era aceptada bajo ese cielo de la misma manera. Yo era yo con mis experiencias, mis colores, mi pelo corto, mi ascensor, mi vaso de agua, mi desorientación, mi escuchar opiniones de afuera, mi seguir sus pareceres aunque me lleven a perderme más todavía; yo era yo con mi tiempo, mi bastón, mi resultado.

Mi resultado era que había encontrado mi lugar. No era el de nadie. Era el mío. Y tuve tiempo de escribir mi poesía, y hasta de fumarme un cigarro, de oler el perfume de la tarde, de seguir un camino de hormigas, y escuchar cantar a las calandrias.

Me eché sobre el mosaico lustrado y tibio de la galería. Estiré mi espalda. Ya no sentía el frío que había sentido durante todo el día. Miré hacia mi compañero-sombra que según dijo nunca expresaba lo que sentía para poder ser aceptado. Estaba igual que yo, echado boca arriba. Se lo veía feliz al otro lado del patio. Él miraría ventanas; yo una arboleda, un panadero que viajaba por el aire, pedacitos de cielo entre las ramas, mosquitas embarulladas…igual que en el otro patio. Este, aunque sin tanta luz, era un patio igual al otro. Y ahora era mío porque yo lo habitaba.

Al ratito, entre los árboles se coló un rayo de sol, y me dio de lleno en la cara.

Me vino una sonrisa inmensa desde adentro cuando me acordé de la famosa frase de Einstein, evidentemente “Dios no juega a los dados”.

fuente

 

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2 comentarios sobre “El patio

  1. Esos momentos de YO son lo más valioso que podemos hacer por nosotros mismos… o por los demás. Y afortunadamente hay lugares que invitan a ese interiorismo, en comunión con la Naturaleza.
    Un abrazo lady. Pronto abandonarás el “trípode” ☺

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