El cuerpo de las mariposas

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Sigue la espalda con sus molestias, tirones y pinchazos. Duele difusamente por atrás y por delante, riñones y ovarios. Parece que se calmó el dragón gástrico. Al menos, eso.

Me pregunto para qué quiero la espalda. Sé que se puede responder de tantas maneras como cabezas hay bajo este bendito cielo que espera lluvia, que amanece, que se prepara para el diluvio y sin embargo el diluvio no viene; así que me vuelvo a preguntar ¿para qué la quiero?

Muchos me podrán tildar de estúpida, por comenzar a plantearme este tipo de cuestiones desde tan temprano. Pero, como dicen o como yo les decía a mis alumnitos de filosofía; la duda siempre es buena, es más, a veces la duda es lo que alcanza, lo único que hace falta para sobrevivir. Sin usar palabrerío ampuloso, ni erudiciones que conducen a callejones sin salida, me pregunto y me vuelvo a preguntar eso, para qué, no entiendo para qué sigue vivo el cuerpo a determinada edad, por qué no se deshace como el de las mariposas cuando llega al punto que no puede sostenerse ya sin puro aire y agua.

Me gustaría que fuese así, que mi tía dejara de sufrir con su cadera de titanio desplazada. Que sólo los bebés y los jóvenes pudieran existir. O los que quisieran soportar un andamio de pastillas para los achaques. Yo no. No quiero dolor.

Sé que hay gente que me tratará de estúpida por esto que acabo de decir, pero también sé que no hay gente que viva cien años sin pagar un alto precio. Salvo la que lo hace en Katmandú,  y ese precio, también es alto para lo que nosotros, libre pensantes y burguesitos descendientes de colonos en su mayoría europeos, conocemos como vida.

Porque hasta en dos versiones de un mismo guión hay un tinte oscuro o uno liviano como el agua, según se mire.

Ayer vi una película que se llamaba La pequeña muerte, “The little death”, una australiana de hace algunos años, que muestra varias parejas y sus formas de conseguir el orgasmo. Fue el mismo guión, que con la carga inevitable de humor que maneja (o que mejor dicho le es imposible no manejar) escribió y dirigió el gran Paco León en “Kiki, el amor se hace” otra que vi hace poco, estrenada este año.

Veo cine, mucho cine, cada vez más; y tengo tan afinado el ojo, que discierno entre el actor y el personaje, aunque este me conmueva y me haga llorar o reír o patalear tanto como cuando empecé a ver películas a los doce o trece añitos. Películas de verdad, digo, películas que no fueran de Disney.

Mi ojo hoy parece un láser que entra como bisturí en la mirada de cada tipo, de cada mujer que se muestra como actor o actriz. Detrás, puedo diferenciar al que hizo castings; detrás, veo al que almorzó con determinado productor o mendigó por un buen papel, o se dejó coger para conseguirlo. Y me parece que eso no es justo, que nada es justo hoy cuando el cuerpo duele. Desde esta perspectiva, nada es justo. El que tiene no sabe y el que sabe, no tiene, el que no quiere…y así.

Y así como en Kiki o en la pequeña muerte australiana hay tantos atajos al amor y al sexo, hay tantos actores y actrices que pusieron su cuerpo joven para encarnarnos, a nosotros, los espectadores, insisto con el dolor de espalda porque todo tiene que ver con esto hoy y para mí.

Mi visión está teñida de ese tirón que me hace el cuerpo, y que quisiera que me cortaran. Como los chicos cuando hacen collage, me cortaran esa parte de dolor y me dejaran un agujero, para poder ver Kiki o La Pequeña Muerte o lo que se me cante, pero sin dolor.

Pudiendo ver sólo al actor o a la actriz y a su personaje, sentir la conmoción como cuando lloré porque Disney mató a la madre de Bambi. Luego salir a hacer las compras, y luego hacer un buen guiso y hacer limpieza en casa, subir y desayunar con mi tía haciéndole caricias en la cabeza, atender al pintor que viajó durante un par de horas para colgarse de un andamio sin casco, ducharme, ponerme linda o decente aunque más no sea, e ir al correo a mandar los libros que me pidieron, sacar la SUBE del bolsillo, tomarme el 181, bajarme en Juan. B. Justo y subirme al 34 hasta Palermo, para ir y reponer los libros que se agotaron en la librería que los vendió todos, pero no: Mi cuerpo, mi columna, mi sostén, me ata.

Entonces comienzo  otra vez este infinito carrousell estúpido y discursivo y me pregunto: ¿para qué sirve mi cuerpo?

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3 comentarios sobre “El cuerpo de las mariposas

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