Edificar sobre mentiras

Dije que no le iba a dar entidad. Eso dije. Cuanto antes se borre de mi memoria, mejor. Eso pensé. Pero algo no me dejaba de dar vueltas en la cabeza. ¿Era necesario hacerme la nota de esa manera? ¿Había necesidad de, siendo mi novela una de las mejores del año,según me dijera; crear ese antagonismo, armar polémica, mentir; pinchando al otro donde más le duele? ¿Lo era?

¿Y si yo me pusiera a contar en un diario de máxima llegada como ese, las confesiones del autor de la nota? ¿Y si en vez de decir la verdad, miento, o mezclo lo escrito en sus mails, mezclo sus frases al modo de cadáver exquisito y hago un pastiche acusatorio?  ¿Ayuda en algo a la humanidad? Y no hablo de la humanidad en tanto el grueso del mundo. No. Hablo de la humanidad del que lee. Del que compra un diario. Del que paga con parte de su trabajo un pedazo de papel que usará para solazarse, para informarse, para prender el fuego del asado del domingo, o los habrá también, por qué no, en épocas de crisis como la que estamos viviendo, aquellos que lo compren para limpiarse el culo.

Entonces vuelvo a mi pregunta ¿a ese tipo, a esa mujer, le ayuda en algo leer que la protagonista de una novela es una persona pública, más o menos reconocida en el medio literario argentino, más reconocida por sus colegas , lectores y alumnos, pero lo que más importa: muy conocida y querida por sus hijos, sus amigos, sus parientes y vecinos, cuando no lo es, digo, cuando no es la protagonista? ¿Por qué tanta tergiversación? ¿ Acaso la novela, no tiene sus propios méritos como para hacer una buena nota recomendándola? ¿Acaso no fui  la persona ( o el personaje) que lo conmovió con mi historia de vender uno a uno los ejemplares de mi novela como un cartero, caminando y tomando colectivos, trenes, con lluvia o frío, para llegar a aquel que la quiera leer? ¿ Por qué escribir que a Pablo Ramos le encantó y se la leyó a su novia, cuando le conté que sí, a Pablo Ramos le encantó, me lo escribió en un whatsapp; pero el que se la leyó a la novia en un fin de semana no fue Pablo, sino que fue un tallerista de Pablo, un chico muy querido por mí, al que aprecio como persona y como creativo, llamado Tomás Quintín Palma? ¿ Por qué? ¿Porque Pablo vendió diez mil ejemplares de su libro en la primera semana y nombrarlo queda bien?

¿Y si digo las cosas tal como fueron? ¿Ayudaría ahora a contar todo tal y como se dio? Sin mala leche, sin buscar colgarme de nadie, sin ir ni siquiera a tocar las puertas del diario que según su logo toca la Diana todas las mañanas…¿Serviría de algo, o terminaría como el personaje de Breaking Bad, en una guerra sin fin, contra periodistas, hermanos o twitteros anónimos?

Claro que no, me digo. Claro que no, me dicen los que más me quieren. Cada uno sabe qué fue lo que hizo bien y qué lo que hizo mal. Cada uno sabe que zapato usa. Y si se compró un par de un número más chico se joderá o lo disimulará como pueda.

Pero, pero…ayer asistí al último día del Taller de Novela de Luis Mey en la Biblioteca Nacional, y que aunque él me diga qué carajo hago ahí si yo ya escribí una novela que lo sacudió casi como Agota Kristoff con su Claus y Lucas, y entre los asistentes algunos me compraron libros, otros me mandaron saludos para mi hermana y otros, lo sentí, me hicieron rancho aparte. Y yo sé quienes son los que leen los diarios matutinos. Y me sentí absurdamente triste por algo que hizo otro con algo que hice yo. No con lo que hice yo.

Y como me preguntó mi amiga Marí, el otro día, cuando salió la nota: Diana, a ver, concentrate en ver qué fue lo que te molestó de todo este asunto; si sabés por experiencia lo que es una nota en un diario que debe vender día a día.

Y hoy a las cinco de la mañana en la soledad de la casa, escribiendo sobre un personaje para otra novela, me vino, me llegó la respuesta.

Lo que más me dolió, fue ir a un diario a vender un libro a un tipo al que llamé Ángel. Un tipo que me escribió un mail diciendo, quiero comprar tu libro. Decirle sí, cómo no, yo te lo llevo. Llegar súper feliz, ya por segunda vez al diario -que más que un diario parece una cárcel- y mientras lo esperaba, escribirle sin todavía conocerlo, una dedicatoria llena de alegría.

Porque el boca a boca estaba funcionando gracias a la generosidad de Horacio Convertini, un escritor, que yo ni sabía a esa altura que trabaja ahí mismo, y que cuando terminó de leer mi libro lo compartió en su muro de facebook, y ahí fue que mucha gente quiso conocerme y conseguirlo, y además Horacio se lo recomendó al editor de la Revista del diario, y como a este le gustó se lo recomendó al Ángel, con el que nos escribimos más de ciento treinta mails desde el 31 de agosto hasta el martes de la semana pasada cuando apareció la nota. Uno se lo recomendó a otro y así fue circulando por un mundillo de periodistas y escritores que supongo será el mundillo al que alude en el título de la nota. No lo sé.

No lo sé y no lo sabré. Yo seré la última boluda, o la que me creo todo, o la que con su verdad cree todavía sanar lo que me rodea. No lo sé. La cosa es que después de leer esa nota lo único que atiné es a mostrársela a mi hijo. Y cuando ya no había marcha atrás, dije, Diana, qué imbécil fuiste; cómo caíste en la trampa otra vez más.

Eso es lo que más me dolió, Marí. Haber confiado. No haberme dado cuenta a tiempo. Y ya estoy grande para no darme cuenta. Por eso hoy, escribiendo sobre ese personaje para la nueva novela, dije, aquí está lo que me pasó a mí. Caí sin darme cuenta. Y cómo duele. Mamita, si duele.

 

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