Mirta Colángelo

mirta

Si hubo una mina que me hizo temblar

si hubo alguien en quién creía de verdad

si de alguien pude decir que hacía magia

fue ella.

No lloro a los amigos que se fueron, estarán (lo sé) mejor que yo.

No lloro a los amigos. Los extraño sin remedio.

 

Para los que no tuvieron el placer de conocer a esa mujer que se fue el día de la primavera de hace cuatro años, va aquí una carta que me envió hace muchos años (ella les decía palomares) cuando se hizo susurradora de poesía.

Anduve de viajes, Neuquén, Tierra del Fuego, Laprida, de ferias de libros…
…En fín, como siempre, la vida. A veces una de cal y otra de arena, a veces dos o tres de cal que enharinan o cinco de arena que te sepultan.La vida
Pero quiero compartir con vos el hallazgo de mi varita mágica.
Leí que un grupo de artistas franceses, dispuestos a desacelerar la locura del mundo decidieron salir a susurrar poemas al oído de la gente. La idea me pareció bellísima. Adherí a ella y me hice un susurrador.
Un tubo de los de tela que se tiran en las sederías; más o menos de 1,40m. de largo. Lo pinté con aerosol negro mate y me fui a probar a la inauguración de una muestra muy concurrida en el MAC. Sin comentarios, vestida de negro, susurrador en mano, fui susurrándoles pequeños textos poéticos a unas 60 personas. Verles las caras a medida que el texto pasaba desde mi boca hasta el oído de las buenas gentes me fascinaba y me impulsaba a seguir.
En la semana siguiente recibí 12 palomares de gente que agradecía el susurro.

De ahí en más no he parado de susurrar, Diana de mi corazón. En mis talleres de Laprida todos los participantes-cerca de 30- se fabricaron su susurrador y en la muestra final les susurramos al público. Ya andan por todo el país. Y así en Tierra del Fuego y en todo sitio por donde ando coordinado talleres o contando cuentos la idea del susurrador se multiplica.

Tengo anécdotas maravillosas. Ésta es una de las más conmovedoras: Regresando de Buenos Aires a Bahía iba hacia la terminal de ómnibus en un taxi donde el conductor, un hombre mayor, se quejaba de tener que seguir trabajando hasta la madrugada. Hacía muchas horas que no veía a su mujer, me decía.

Imaginá la escena. Iba yo sentada con mi bolso y mi susurrador en el asiento de atrás y sin pensarlo dos veces alcé el tubo y le dije que le iba a regalar una coplita para que se la dijera a su mujer cuando llegara a su casa. Y ahí nomás le susuré:

Pan es pan
queso es queso
no hay amor

si no hay un beso

Al viejo, que al principio el tubo le habrá parecido una especie de cañón, le cambió la cara y lo emocionante es que cuando llegamos al semáforo sacó una libretita y me pidió que le repitiera la copla y se la anotó. Para decírsela a mi mujer, dijo.
¿No es una maravilla?
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