Ella

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Sarah Kane

 

Y esta vez volvió ya casi sobre finales del invierno,

casi cuando podía augurar que se había ido para siempre.

Ni bien llegó supe reconocerla, cómo no, tantos años llevándola en la panza,

a veces más abajo,

a veces más arriba,

pero siempre retorciéndome las tripas.

¿Falta de fe, cansancio, nadie que me abrace cucharita?

¿Quién me podrá decir qué fue lo que pasó esta vez?

Estaba todo como para saltar hacia el cielo, saludar a los globos y llevarse las estrellas puestas, ver los puentes de Monza con sus amantes besándose, y hasta con suerte y como puntitos allá abajo, a los pequeños eagles cruzando las rutas en los bosques en Nuremberg.

Pero no, llegó, se ve, mientras todos dormíamos; y, como me conoce, se vino a mi cama. Sigilosa y guacha, se fue metiendo de a poco en la hora que se baja la guardia, según Sarah Kane, la hora de la psicosis, las cuatro cuarenta y ocho de la madrugada.

Cuando el reloj marcó la hora de levantarse, el dolor estaba ahí, plantado como el de una menstruación atrasada. Miré al cielo, gris; busqué al viento, y me levanté tan lenta como hacía tiempo.

Ella, la tristeza, ese estado que los homeópatas definen como Mustard, había ganado otra vez la batalla.

 

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