Un empujón es salida.

Hay tanto que me gustaría hacer, pero ya pendula sobre mi cabeza otra partida no elegida.

Cierto que hay gente en este país, que ni eso puede, pero yo no elijo irme. A mí me empujan. Y así como tantas veces dije; ya está, ya no me muevo más, aquí descanso, esta es mi tierra, solamente me iré en plan turista, me encantaría hacer un crucero, o lo que fuera; me veo otra vez haciendo mi maleta; otra vez pensando esto sí, esto no; otra vez el desarraigo de lo que yo planeaba para mí y para lo cercano mío.

El que no lo pasó jamás sabrá de lo que hablo, es más, pensará ¿ y esta de qué se queja? Que el árbol jamás me tape el bosque. Me voy como se van miles de argentinos. Sin elección, con una mano atrás y otra adelante. Indignamente. Tristemente. Que lo que suceda allá puede darnos vuelta esa percepción, sí, como no, también me ha pasado. Pero este momento, este, el de despertar a la mañana y saber qué poco queda ya, que haré y que no llegaré a hacer, no, este momento no se lo deseo a nadie.

La cabeza comienza a diseccionar casi inescrupulosamente lo que puede llegar a ser dado de alta, y lo que no. A quien ver, a quien no. De quien despedirme, de quien no. Es casi una pequeña muerte de esas que tenemos que hacer a lo largo de nuestra vida, como las serpientes, para cambiar de piel.

Otra vez Ezeiza con zapatos gastados. No me pida nadie que esté feliz.

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