Dicen que las mujeres

Dicen que las mujeres dejan de ser complacientes cuando tienen que defender a sus hijos. Que se vuelven como las fieras. Hembras. Dicen también, que si uno no se pone de costado para echar el vómito se puede ahogar en él. También, sí, también tiene su lógica. Dicen que los hospitales públicos de Buenos Aires, son de lo mejor. Sí señor, sí, soy una de las que los usa y los defiende. Pero ya me pasó tres veces, en la última gestión, la del señor @maruriciomacri primero, y luego en la del intendente @larreta, en que tengo que reconocer que no me sirvió ser fiera, pero sí, que para salvar mi pellejo tuve que escupir el vómito, no importa hacia dónde; no a quién salpiqué cuando lo hacía; pero debía hacerlo, para no ahogarme con el veneno que contenía. Ahí va, mi veneno, a casi un día de lo sucedido ayer.

Son las cuatro y media de la mañana, ya las cinco, y me cuesta romper el clima tibio de esta casa, el silencio de la madrugada para recordar lo que pasó ayer. Pero es que sé que volverá a pasar, y lo que es peor, sé que le está pasando a muchas madres que ahora están haciendo la cola para hemoterapia en algún hospital de la Ciudad de Buenos Aires, llegadas en colectivos ruidosos y helados desde el conurbano unas, y otras, por qué no suponerlo también, desde alguna provincia donde ni siquiera existe una Sala de primeros auxilios.

No sé por dónde empezar, si por cuando me enteré que mi hijo debía ser sometido a una operación de poca monta, con anestesia local y en el deducir que volvería a casa en el día, y  en que estaba feliz porque su post- operatorio,me daría justo el tiempo para cuidarlo y después me fuera a juntar euros en paz, sin pensar en ser una madre que abandona a su cachorro… o no, o contar cuando lo acompañé en su segunda visita al Tornú, a ver quiénes serían los cirujanos, quienes serían  a los que yo entregaría ese cuerpo que para mí, sigue siendo y lo va a ser toda la vida, el de mi hijo. Más allá de que sea el de un hombre o no, siempre va a ser el de un hijo.

Y digo esto por los cuatro pelotudos que me aconsejan o aconsejaron, tenés que soltar, tenés que dejarlo ser, tenés que entregarlo a los leones romanos, así se hace macho. Porque esa es la cultura que hoy tenemos, tan arcaica como hace veinte o treinta años cuando los mandaban a hacer el servicio militar “para que aprendan” todo lo que no pudieron enseñarles en sus hogares maternos monoparentales o no.

Yo sé lo que le enseñé y sé que lo fogueé lo suficiente y le mostré diferentes formas de vida- algunas por supuesto me hubiera gustado evitarle- como para no necesitar de una COLIMBA que lo haga macho, un servicio militar donde un par de milicos le hagan la vida imposible.

Sé que acompañado siempre, siempre de mi mano, sé que exponiéndome a los mismos riesgos a los que lo exponía  a él, también le enseñé el “cuerpo a tierra” cuando teníamos que hacerlo, o un “salto de rana” cuando fue necesario saltar para no caer en el bache más hondo de nuestra existencia. Así que, muchos hoy dicen que es un pibe maduro, y muchos imbéciles que no saben lo que es criar a un pibe sola, dicen: vos lo cuidaste demasiado.

Ya las cinco. Eso es lo que tienen de traicioneras las madrugadas, que uno puede extenderse hasta cuando quiera, y parece que el sol jamás volverá a salir y nadie deberá ir a trabajar y uno podrá seguir escribiendo así, toda la vida. Pero no, ya escucho más y más movimiento en las avenidas que rodean la casa, y pronto yo también deberé ducharme y salir al frío para juntar los pocos pesos que este gobierno me deja juntar, antes de irme , de una vez y para siempre, como dije antes, a juntar euros y esperar a que me vuele un fanático por los aires.

Como no sé por dónde empezar, voy a arrancar por la lluvia de ayer, que fue como una tortura, fue como para que mi hijo y yo, no nos olvidáramos que ni tenemos auto, ni tenemos ningún pariente solidario que nos diga, che, a qué hora tienen que ir al hospital, tal vez los pueda alcanzar. Nada. El 108 ó el 80. La SUBE. Destino, el Tornú. Objetivo, una operación tonta, muy tonta. Con anestesia local. Ida y vuelta en el día. Por-operatorio más hincha pelotas, pero ya en casa. La nada misma si todo hubiera salido como debía salir.

Pero ayer, repito, la lluvia era torrencial, ayer no alcanzó el paraguas que yo llevaba. Más allá de que un pendejo de veinte años hoy no use paraguas, y menos si va con su madre al lado; ayer, aunque él hubiera llevado uno, no hubiera alcanzado. El viento se arremolinaba en las esquinas y empapaba la ropa hasta la última camiseta que conservaba el calor de la casa.

Llegamos  al hospital con una sonrisa en la boca y con puntualidad “suiza”, como se le llama acá a ser normalmente puntuales.

Para el que no conoce el Hopital Tornú, no hay nada que comunique con nada, son todos pabellones aislados y jardines como los de Versalles, pero que en un día de lluvia se acercan más al barro del afiche de Cocoon, o para los que no quieren que me refiera a la cultura yanqui, más parece el lodo que cae por la selva guatemalteca en junio, que los verdes prados franceses.

Del primer pabellón, sin saber muy bien y después de debatir entre varios, nos mandan al tercer piso del segundo pabellón, que es donde está (se supone) el piso de los cirujanos. Los quirófanos. Y digo los, porque uno se retrotrae a estos más de ocho años de gestión de Macri y dice, este intendente que ahora soportamos de presidente, más allá de poner su guita en Panamá en socidedades off shore, no sólo hizo para la ciudad, túneles y ciclovías en Palermo para los turistas o los conchetos, también se habrá ocupado de hacer más quirófanos en un hospital tan importante y céntrico (geográficamente hablando) como el Tornú. Pero no. Primera equivocación.

Cuando subimos  hasta el tercer piso del segundo pabellón y mi hijo preguntó y mostró sus papeles mojados a los empleados que jamás sabremos si eran médicos, enfermeros, barrenderos o qué mierda, porque si algo tiene Macri y ahora Larreta es que no hay un puto cartel identificador, ni nadie en informes ni en ningún puesto parecido, le dijeron que sí, que era ahí. Y ahí, para los imbéciles que me dicen que no lo dejo crecer, me puse en madre stand by, y dejé que él se moviera de uno a otro empleado, de una buena a otra buena voluntad, que le dijera que sí, que efectivamente, ahí, lo irían a operar, pero no en ese momento que era el que le correspondía, pero qué sí, que ese era el lugar donde estaba el quirófano, y que espere. Y que mejor era que espere, pero no ahí, en el piso donde se suponía lo irían a operar y estaba más o menos calentito, no, mejor sería que fuera abajo de todo, a la planta baja, que ahí ya “Alguien” y vaya uno a suponer quién era ese “Alguien” lo iría a llamar, cuando le tocara su turno, que si bien era ese, no lo era, porque de guardia había llegado un caso impostergable.

Bajamos, y nos buscamos un banco de madera de esos de los años del caracú, que estuviera lejos de puertas y baños con ventanas abiertas. En el tercer movimiento, lo encontramos. Eso sí, debíamos aguantar que a nadie se le ocurriera abrir la puerta para fumarse un fasito.

El chiflete que corría en ese piso y la humedad empezaron a corroer nuestro espíritu, y a hacernos sentir más en una urbe o aldea del África, que en un hospital de Buenos Aires donde según rezan los carteles amarillos por todos lados pegados, EN TODO ESTAS VOS. Sí, en todo, en el olor a meo , en las puertas cerradas, en la falta de información, y sobre todo, muy por sobre todo, en la falta de calefacción. Porque si algo no había era una puta llamita que salía del único artefacto parecido a una estufa de tiro balanceado que había al lado de la puerta.

Ahí, en ese tiempo y lugar, comenzó nuestra espera. Matizada por dos idas mías al tercer piso en el que la persona encargada de los residuos, no sabía nada de nada, pero donde sí, cuanto más alto era el personal en jerarquía, más se esforzaba en dar un dato preciso. Entonces una “enfermera o doctora ” jamás lo sabré, gracias a la tabula rasa que impone Larreta, eso sí muy simpática; a la hora, hora y media de estar congelada en la PB, cuando subí a preguntar si faltaba mucho para que operaran a mi hijo, me dijo, esperá que te pregunto así te podés ir a tomar algo al bar (que nadie por favor imagine que había un bar en el mismo edificio o pabellón, no, había que cruzar uno de los jardines encantados de Babilonia, mojarse, dejar al viento bailar y humedecer la ropa interior y ahí, sí, un empleado, o daba un café para tomar ahí , o accionaba una máquina y uno se volvía bajo la lluvia, cantando como Fred Astaire, con su vasito térmico a la PB del pabellón de cirugía, en su PB que no tenía nada parecido a en expendedor de algo caliente o frío, qué sé yo, automático.

La enfermera/doctora me dijo, tienen para una hora más mínimo. Ok, gracias. Pero qué él no tome nada, eh? Él (se refería a mi hijo) debe estar en ayunas. Sí, sí no te preocupes, que tampoco sé si me va a acompañar al bar.

Bajé, le dije,  y salí en busca de mi café; viendo cómo esa “guardia” militar que le hubieran enseñado a hacer en la milicia, se la tenía que hacer hacer yo. Tenés para una hora más. Bajó la cabeza, se puso su capucha y miró el piso. Yo me fui. No sabía si eran lágrimas o lluvia lo que me mojaba la cara, pero digamos que lluvia. Mis brazos, comenzaban a volverse piedra como mi mandíbula. Las puntas de los pies, a pesar de las medias de lana y los zapatos de cuero, hacía rato que como estaban humedecidos, no los sentía. Una hora más, me dije, menos mal que cargué el celular. Cuando vuelva, le digo si no quiere llamar a sus amigos. Él no usa celu, pero en este caso capaz que sí.

Fue que no. Yo volví con mi vasito térmico que al sacarle la tapita se me derramó parte del líquido sobre el jean, y aunque primero me quemó y estuve por soltar la puteada limpia y clara, en unos segundos era un lugar más que tenía mojado. Así que, qué le hace una manche más al tigre. Mi hijo seguía en su postura que yo le llamo de implosión, codos en las rodillas, manos entrecruzadas y cabeza encapuchada dentro de ese triángulo de las Bermudas donde a veces se pierde para no putear.

Le mostré un libro que había llevado, el de Zambra Alejandro, Facsímil. Tenía marcada la “Carta a un hijo”. Me lo rechazó tan rotundamente como me rechazaron a mí la segunda vez que subí a averiguar si faltaba mucho para la operación. Señora, ya le va avisar, acaba de entrar alguien de guardia a cirugía, hasta que no termine, no la van a llamar. ¿Puede preguntar cuánta demora hay?, nos estamos congelando, mi hijo tiene los labios morados… está en ayunas y sin dormir. Acá hay muchos que estamos sin dormir y no nos quejamos, señora, vaya que ya le van a avisar, me dijo  la que se supone era la mucama juntando las bolsas llenas de sangre y tirándolas en una especie de contenedor que no tenía un puto cartel.

Gracias. Esa fue la última palabra que dije. Bajé y le ofrecí a mi hijo el celular sin decir ni mú. Del otro lado había una amiga  a la que le escribí, ¿querés hablar con él? Está muy nervioso. Me contestó que era feo esperar. Sí , le puse en el whatsap. Sí. Muy feo. Y esperé que se pusieran las dos tildes en azul. Como no se pusieron, guardé el celu, me saqué la campera, la chalina, y me fui subir y bajar escaleras para sacarme el frío.Yo lo podía hacer. Él, mi hijo,imposible. Sin desayuno, sin haber pegado un ojo y con la humedad helada que se le había apoderado de su buzito de monje ; imposible.

Tres pisos, tres subidas, tres bajadas. Un cigarrillo en la puerta y un pedido de que me diera algo, así me llevarían a la guardia a atenderme y allí, al llevarme a cirugía decir, no, por favor, primero está mi hijo, que ya está duro y le castañetean los dientes.

Cuando entré me puse a mirar a los demás “pacientes” que esperaban como nosotros. Unos tomaban mate. Otros tenían yesos empapados. Otros, los ojos marrones y hundidos. Mi hijo había agarrado el celular y a veces, sonreía. Me quedé más tranquila. Ví que entraban la segunda camilla empapada de lluvia. Escuché que decían, ¿sabés como llueve afuera, no?, escuché ¿y qué querés que haga?, no sé, que le pongas una campera, algo, dijo el de pantalón celeste. Sí, paraguas…y la risa. La risa del camillero de pantalón verde que según dijo estaba sin dormir y que tosía con una tos fulera y seca. Y también la risa del que advirtió. Risas de gente que está acostumbrada a la mierda de los hospitales de Larreta o Macri.

Cuando bajaban al paciente en la camilla mojada que llevaba una campera encima, alguien dijo el nombre de mi hijo. Subí que te llevo, dejale todo a tu mamá. Le dije que lo quería, le deseé suerte. No tuvo  tiempo creo ni de escucharme, menos de responderme. Ni un beso. Nada.

Quedé sentada esperando, pensando en para qué me citaron, para qué. Quién se haría cargo de los riesgos, quién firmaría el papel. Quién explicaría nada. Solté y esperé.

Al rato bajó mi hijo al borde del llanto. No pude, me decía, no pude, me dio un ataque de pánico, cuando ya me habían dado la anestesia local, se me entumecieron los brazos, se me endureció la mandíbula. Yo pensé que me hacía ese tipo de jodas que hace él, pero al ver sus ojos rojos dejé de sonreír y escuché: se re-programa la cirugía con anestesia general.

Quise subir y cagarlos a todos a trompadas.Quise explicar que a cualquiera en esas condiciones no le da el cuero para soportar,  quise preguntar por qué no me llamaron para calmarlo, que por qué, que por qué. Que para qué. Mi hijo no me dejó. Se echaba la culpa de todo. Los tipos fueron buenos, má. Fui yo.

Y así nos volvimos. Bajo la lluvia helada y torrencial. Por suerte Dani, un amigo de Trelew, el día anterior, me había mandado guita para el libro. Y me había mandado de más, para comprar Biznikes con lo que sobrara. Decidí tomar un taxi y llorar mirando la lluvia.

Mi hijo se lo merecía. Mi hijo y yo, claro. El dolor de una madre es intrasferible, como el de la indignidad, pensé, mientras le indicaba al tachero hasta donde.

 

 

 

 

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