Ayer morí

No pregunten cómo fue, ni cómo será. Yo tampoco lo sé.

Solo es así. Ayer, entre las siete y media y nueve de la noche, yo, morí.

Quizá fue que no tuve el coraje para saltar.

Quizá para cortarme,

quizá.

Fue algo interno, un dolor de costa a costa

que me mató.

 

Pido perdón si no fui la mejor amiga, la mejor madre , el mejor ser humano.

Realmente me hubiese gustado serlo.

Me esforcé por serlo.

Hoy, y desde anoche entre las siete y media y las nueve de la noche, ya está.

No hay más. No sigo más. Puede seguir mi cuerpo, no yo.

Yo dije basta.

Pedí , dios mío, pedí y pedí y pedí… hasta que mi cabeza fue un agujero negro, pedí que me llevaran. Con mamá, con papá. Que me llevaran.

Mi vida rodó ante mí, a veces rotunda y nítida,

otras, despacio y difusa, como anestesiada.

Pero sí supe quién era y quién fui.

Sí supe, sí escuché, si entendí.

Alguien, quería de mí lo que no puedo, lo que no pude, lo que jamás seré.

Darme cuenta de eso me quebró.

Me mató  despacio como el tramontina que acaricié pero que no alcancé a clavar.

Ni en mí ni en nadie.

No es mi esencia. No puedo matar ni matarme. Sólo morir por dentro.

Secarme como una pasa de uva,

sin que nadie lo advierta si no fuera por esta carta, despedida, aviso, comunicado:

Yo morí.

Ayer, cuando el frío era polar, el Gringo quizá leía mi novela,

y mi entendimiento entendió.

 

 

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