Lavado de cabeza

Lavar la cabeza de mi tío se hace complicado. No es que tenga mucho pelo, para nada, pero el trámite se hace complicado: hay que calentarle la habitación, y el agua tiene que estar en un punto justo, ni muy muy, ni tan tan; bajar la cama ortopédica hasta su postura horizontal, poner la zalea bajo su cabeza, y prepararse para la reacción del Tío. A veces se deja, a veces revolea todo sin darse cuenta.

En general lo hace Judith, la enfermera, y yo la ayudo. Pero a veces Judith no tiene tiempo y lo hago yo, y la que me ayuda es mi tía, su mujer. A este punto tengo que aclarar que hablo de dos octogenarios, y uno que ya pisa casi los noventa. Le levanto la cabeza y mi tía le pone la palangana verde debajo de la cabeza, elegimos la verde porque es la más chatita que tenemos. Me pongo un poco de Healds & Shoulders en la mano y le hago espuma.

Los ojos de mi tío se cierran bien apretados. Me recuerda a Bautista de chiquito. Me sonrío y digo ¡Ehhh che! No es para tanto…tío! Aflojá que no te va a ir la espuma. Mi tía mi mira. Seguro sin escuchar lo que dije, porque es casi sorda. Y mi tío no, así que cuando estoy con los dos, el que tiene prioridad auditiva es mi tío. No vaya a ser cosa que lo aturda. Así que le hago a mi tía un gesto de que no pasa nada y sigo.

Tiro la primera jarra de agua como bendiciéndolo, veo su cuero cabelludo rosadito, los dedos de mi tía, artríticos, encorvados, ayudándome con ese amor inclaudicable, secando rápida las gotas de agua que se resbalan y amenazan con entrarle en las orejas. No puedo dejar de pensar en mi último amante, mi último amor. Cuando a punto de acabar, yo le tiraba del pelo. Ese pelo firme, grueso, su cara de dolor y placer al mismo tiempo. Tengo ganas de preguntarle a mi tía si alguna vez antes de acabar… Acá tía, mirá, le digo. Abrí los ojos, tío, nosotras te cuidamos.

Otra vez la jarrita, el agua, el bautismo, le escucho un Ay que mi tía no escucha. Me veo a mí apretando los ojos dentro de unos años, y Bautista diciéndome que me afloje. Se me anuda la garganta. Quiero salir corriendo y fumar un cigarrillo. Llamarlo a él, a mi amante, a mi amor último y decirle que la vida es corta; aún para él es corta, asquerosamente corta.

Mi tía se lleva la palangana, y el champú. Yo lo seco despacio y lo beso para que abra sus ojos, para que se tranquilice, para hacerle la vida más fácil, esa vida que se nos escapa, a él, a mí… y como si no me viera, lloro sin disimulo.

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