Tres películas y un hijo

 

le fils de saulHace ya un tiempo  vengo preguntándome por qué en los últimos años estoy sufriendo tanto. Aclaro, no es otra de mis notas entristecedoras. Y aclaro porque sé que mucha gente en el momento que lee “sufrido tanto” inmediatamente pasa a otro blog. Por mí que pase, lo que tengo para decir es mucho más importante que perder un lector o ganarlo. Pero si llegan hasta el final verán que es una nota optimista sobre la vida bien vivida.

En uno de mis tantos blogs, escribí una vez, que escribía para entender lo que pensaba. Y pasarlo al medio virtual y que quede para la posteridad (o hasta que WordPress decida sacarlo) forma parte de eso. Una especie de mayéutica del siglo XXI. Pensar, ya no en voz alta como se hacía en las ágoras de Grecia, en los bares de Francia o en las universidades de EEUU en 1950; no, pensar en voz alta hoy, es escribir en un blog, en el bastardo Facebook , el escueto Twitter o en alguno de los tantos medios que la tecnología nos ha brindado en estos veinte o tal vez, menos, en estos diez últimos años.

Por eso, a esos amigos o conocidos que me dicen: Ay Diana…¡cómo te exponés! les digo, sí. Sí, tengo alma socrática; considero que hay que reflexionar en conjunto y cavilar sobre la propia vida de uno para llegar a una verdad que después será puesta en duda otra vez y así, así, hasta la misma muerte. Y para eso, prefiero hablar de mis conductas y confusiones y no de las de los demás; de mis vergüenzas y no de las de los demás, y por supuesto que de mis logros -recuerde el lector, EEUU 1950- y también el de los demás.

Por eso, mi aviso de que esto  no es una nota sufriente, es importante para mí y para el lector que me sigue en mis diatribas. Porque he llegado a una conclusión, casi diría a un”satori” occidental y tosco que contestaría mi pregunta, y que paso a relatar sin dilatar más en esta mañana de sábado.

Tres películas y un hijo. Así le llamo a esta especie de iluminación que si bien ocurrió anoche, se fue contformando en base a tres películas que vi últimamente, y una charla con mi hijo, fundamental, en el medio.

La primera película me hizo reflexionar sobre el sufrimiento ajeno, sobre la ética y mi propio sufrimiento. Fue Le fils de Saul  de Làzló Nemes, un húngaro que creó una de los más íntimos y dolorosos relatos audiovisuales sobre el Holocausto. He visto cientos de películas sobre Auschwitz y los campos de concentración. Ninguna como esta. Fue tan dolorosa y brutalmente silenciosa como me imagino será el ir cortándose las venas de a poco, a lo largo y mirándoselas. No sé. Por momentos, me daban ganas de no ver más, de maldecir al que tuvo la idea de filmar algo así. Pero lo que me permitía seguir adelante era tener la curiosidad  de saber hasta dónde puede llegar el ser humano, hasta dónde una idea, una idea de poder sobre otro, un fanatismo o lo que mierda sea puede construir esa verdad. Porque allí no había ficción, había verdad. El hombre, lobo del hombre, chacal del hombre, monstruo de mil cabezas del otro, al que considera de menor valor que a sí mismo.

Después de esa película que me dejó aturdida y ya digo, preguntándome sobre la condición humana en aquella época del nazismo y ahora mismo, en Argentina 2016, o en cualquier punto del planeta que uno tome por asalto (porque hoy hay segregacionismo en todos lados). Lo que más me impresionaba era que uno o dos amigos judíos de los tantos que tengo, sabiendo que sus antepasados han sobrevivido a eso, o soportado conductas parecidas; fueran capaces hoy en día, de someter, sí hoy día, de someter a alguien que no es judío o a su descendencia, al desprecio, al menoscabo, al quedar en un lugar secundario por no serlo. Y lo peor fue el darme cuenta, que la preferencia sutil de mis amigos no era por algo realmente importante, sino por conseguir un efímero poder sobre mí , sobre mi cruz de haber nacido “gentil” (como se le dice al que no profesa la religión de Moisés), por pavadas, por nimiedades, que así como llegaron a mi vida y a la de mis amigos, se disolvieron en la bruma de la noche o con el rocío de la mañana siguiente.

Y así como no quise dejar de ver la película , no quise tampoco avanzar demasiado en mis cavilaciones sobre mi relación con mis amigos judíos, porque no todos son así, porque al pensar de esa manera me convertía en una de las nazis  de la película, en mucha menor escala, pero bajo el mismo concepto. Dudar del judío como raza, y no dudar de una persona de tal o cual procedencia que me quiso provocar un daño, por el daño en sí mismo o por la omisión del bien.

Pasaron unos días en que mi ánimo se ensombreció, no por recordar la película, sino que lo que me pasó con mis amigos y mi desconfianza de tono segregacionista ( aunque había sido por un rato nomás) me habían dejado un regusto amargo,  y, como siempre que cavilo sobre esos temas, comienzo a tener una serie de sueños, más bien diría pesadillas, en donde me vuelve a la memoria lo peor de mi vida, las traiciones sufridas, las miserias que vi en distintos puntos del mundo donde viví, la gente que en un momento torció mi destino para siempre, en fin. La empecé a pasar mal, con mis muertos y mis vivos. Y como siempre , cuando la paso mal, me refugio en mi hijo. No porque sea el paradigma de la ética , sino porque creo que no hay vínculo más puro que el que puede haber entre una madre y un hijo, sobre todo si fue criado sin la presencia constante de un padre. Sobre todo si la madre le enseñó al hijo a no odiar a nadie y a decir la verdad cueste lo que cueste.

Pero hete aquí que mi hijo me dio una última lección, tomado el término último en sentido estrictamente temporal, o sea, lo último que aprendí de mi hijo, al día de hoy, aunque fuera a su pesar o al mío.

Tuvimos una discusión acerca de la mentira y de la verdad. Él, otrora incapaz de mentir; yo, otrora orgullosa de esa cualidad suya de la que también me jactaba. Fue una charla amarga y muy dolorosa que me hizo entender que él, ya un adulto de veinte años, no sólo era capaz de desconfiar de mi palabra, sino que además era capaz de, llegado el caso, mentirme también. Porque todos mentimos alguna vez, me dijo. Sí, pero yo no a vos, le dije. Y él no me creyó. Puso en duda esa afirmación mía absoluta. Y me quebró.

Para que el lector se de una idea, se me vino el mundo abajo, ese mundo construido durante veinte años y nueve meses se me hizo añicos con una o dos frases de mi hijo que me demolieron, como madre y como persona. Si había algo en el mundo al que le había puesto la vara altísima de la confianza mutua, era a nuestro vínculo. Y él, me decía anoche que eso no existía con el grado de pureza que yo le adjudicaba. ¡Mierda!

Me encerré en mi cuarto y en mi ceguera, para entender en qué había fallado como madre. Repasé de forma cronométrica los tiempos vividos con él, y la angustia era cada vez mayor. Escuchaba la música que él escuchaba a todo volumen a través de la puerta cerrada del dormitorio y se me anudaba la garganta a cada compás un poco más: lo que él escuchaba era lo que yo le había hecho escuchar desde pequeño. Y, como el sufrimiento tiene un punto de retorno, siempre tiene un punto en el que uno o se acostumbra al dolor, o se harta de él y quiere sobrevivir; volví a repasar lo bueno que habíamos tenido juntos, y ya la música no me hacía mal, y el aire volvía a ser aire y el tiempo, tiempo ; y la verdad y la traición habían dejado de ser absolutas.

Entonces decidí ver una película para cortar con el flagelo reflexivo y distraerme un poco de mi sufrir. Opté por ver una comedia, no encontré ninguna comedia francesa que son las que más me hacen reír, y me decidí por una protagonizada por el gran Robert De Niro, Dirty Grandpa. Una película que no destaca en nada de otras, más allá de la impresionante espalda que aún conserva De Niro. Y aquí deberá perdonarme el lector, pero tengo que hacer mención de ella por ser algo que me impresionó y mucho: han pasado tres décadas de cuando en un magnífico plano que le hiciera Bertolucci en Novecento , haciendo el amor, me llamó la atención por vez primera, no sólo a mí sino que recuerdo que fuimos unas cuantas las impactadas por su belleza hace treinta años; y en esta película De Niro, la vuelve a mostrar desnuda y sigue siendo, creo yo, la mejor espalda de todo Hollywood; gracias lector por permitirme ese desvío propio de la carnalidad. Pero, al margen de mostrar en una toma esa espalda tan bella, y aunque la película no destaca de otras del mismo estilo y mensaje: vivir la vida como uno quiere vivirla y no como le han dicho otros, aunque eso vaya a veces contra los mandatos familiares o sociales; lo que comenzó a pasarme, es que en el medio de mis hipos de llanto y congoja, empecé a reírme como hacía mucho no me sucedía.

No sé si fue la genialidad actoral de De Niro que me provocaba estallidos de risa frente a un nieto jovencito y pudoroso, o qué, pero me divertía como cuando de chica miraba a Los tres chiflados, y comprendí súbitamente que hay distintas formas de pasar por esta vida. No todo debe ser martirio y culpa, reflexión y estudio, moral y ética, verdad y autenticidad. No. Para nada. Y me dije, mirá vos quién y de qué manera estúpida te lo viene a recordar.

Cuando terminó, estuve a punto de recomendarle a mi hijo que la viera y fue ahí cuando noté que algo había cambiado definitivamente en mí. ¿Por qué lo que me había sucedido a mí al  ver esa película le debería hacer mella también en su humor? Ese pensamiento tan tonto, esa pregunta tan obtusa, fue la que me siguió guiando durante toda la noche a pensamientos cada vez más optimistas. Éramos dos, madre e hijo, cada uno por su lado y con sus gustos y obsesiones. Él desconfiaba de mí y yo debería desconfiar de él. No era bueno querer siempre hablar con la verdad a un hijo pues esa verdad le puede resultar muy dolorosa de asumir. No era yo la Santa Madre Teresa ni me la debería creer. Entonces, no necesitaba pasarla mal para ser una buena persona. No era condición sine qua non una cosa de la otra. Podía darme el gusto de “joder” como el personaje de De Niro en la película, para salvar la vida de otros (o la mía propia) del hastío y la rutina implacable. Al bajar la vara de la ética en mi vida, se la bajaba a todo el mundo que me rodeó, me rodea o me rodeará en algún momento. Porque todos mentimos, porque todos sufrimos, porque todos queremos pasarla lo mejor posible y a veces traicionamos hasta nuestra propia escala de valores para conseguirlo.

Madona santa, qué liviana me sentía. Los vínculos con mis amigos, con mis parientes, con mi hijo y hasta mi propia vida habían perdido solemnidad. Nadie sería capaz de abochornarme, nadie de traicionarme, nadie de mentirme, porque había entendido que eso era lo más común entre seres humanos, aún queriéndose, aún siendo madre e hijo, aún y aún y aún.

Por último, en vez de leer poesía o la pila de libros para fundamentar la novela que estoy escribiendo, me dije : a ver querida, a ver si cambiás un poco esa cara y seguís haciendo lo que tenés ganas de hacer, que no es más que estar tirada en la cama, un viernes a la noche, mirando películas cómicas o pasatistas. No siempre la verdad viene por donde la andamos buscando. Así que resolví  ver otra película , una chilena que hacía rato quería ver. Sin filtro. Así se llama. Y digo que hacía rato quería ver porque el subtítulo o la promoción en el afiche que me había atrapado decía: ¿qué pasaría si dijeras todo lo que pensás?  Se imaginará el lector , a estas alturas, el por qué quería verla.

Pues sí, así va terminando mi cuento sobre mi satori, en este mediodía sabatino. La mujer de la película, protagonizada por Paz Bascuñán, una mujer creativa , independiente, inteligente y hasta si se quiere guapa, no dice lo que piensa. Se envenena con su propia habilidad para complacer a los demás, para no generar hostilidades, hasta llegar a un punto de quiebre y comenzar a hablar. Y a actuar. De la peor o la mejor manera, o la que mejor le sale, o la única que conoce: la humana.

El resto corre por cuenta de cada uno. Yo, ya no tengo más ganas de escribir, y como todo ser andante; necesito comer para seguir, así que, mi crónica de cómo fueron los hechos de mi cambio de humor, termina acá por hoy.

Quizá mañana, piense distinto. ¡Buen provecho!

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9 comentarios sobre “Tres películas y un hijo

  1. Hola Diana,

    Sabes, una de las cosas que más me costó aprender en la vida -porque no lo quería aceptar- ? Que la mentira es funcional. Dicho esto, no todo vale. verdad? Hay gente que miente más que habla o que lo hace a cualquier precio y eso es lo que cambia el nivel y hace que una relación sea disfuncional.

    Las comedias a veces te hacen ver cosas profundas, quizás el alivio de la risa…hay una de Tim Allen que nunca recuerdo el título, trabaja René Russo también. Me encanta, es muy tonta, pero siempre me recuerda que al final, en la vida, nunca se sabe.

    Saludos,

    Botanyuki.

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    1. Hola Botanyuki,
      La mentira es funcional, madona santa. Creo que voy a pensar muy detenidamente sobre esa frase. Y también sobre lo de que hay gente que miente más de lo que habla. Gracias por compartir la reflexión y por la recomendación del la peli.
      La busco hoy mismo, a ver si la encuentro. Estoy hambrienta de comedias.
      Beso,
      Diana

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