Como las nubes de El Hierro

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Últimamente me despierto temprano, muy temprano para mi gusto. Apenas sale el sol o tal vez un poco antes ya, abro los ojos. El primer coletazo de angustia se planta frente a mí, a ver si entra ( como si supiera que soy terreno fértil ) o se queda rondándome como una nube, de esas que rodean los acantilados de la isla de El Hierro, de la que tanto me acuerdo, no sé por qué, en los últimos días.

Me levanto, ato la cortina de las ventanas que dan a los tejados, al cielo, a la higuera del vecino y al “ligustro” de la vecina, y me quedo quieta esperando a que la nube pase sin darse cuenta de que yo existo; me quedo lo más quieta que puedo para no mostrarle la entrada a mi mente .

Los primeros pensamientos, yo sé, determinan mi día. Serán ellos los focos que dejen a oscuras, a media sombra o iluminen lo que en el día viviré. Hay una especie de radar satelital en mí, uno  que detecta cómo será el día que se acaba de despabilar, como yo, a la luz del sol que entra por la ventana sin cortina.

Sentada en el borde de la cama y mirando por las ventanas, pienso en algunos personajes que pueblan mis últimos días -si es que estuve con alguien- o me viene el recuerdo de otros que ya no están- y que sin embargo me gustaría que estuvieran-. Me quedo así, largo tiempo, mirando una nube, quietecita como yo, o movediza como el viento que la sopla desde el sudeste; y se me van los ojos para atrás. No como a los epilépticos, no en ese sentido, sino que quedan- metafóricamente fijos- en algún recodo de mi cerebro. Alguna vuelta estúpida de mi materia gris, alguna íntima circunvalación a la que jamás ningún neurólogo le dará importancia, o ningún patólogo la podrá diseccionar para estudiar.

Ahí mismo se traba mi recuerdo. Y con lujo de detalles lo vuelvo a vivir sin querer, sin aceptar, sin chistar, ni mucho menos zafar de ese repaso escrupuloso de la vida que se ha grabado allí. Y si no me despierto, si no me sacudo ese lavaje de cerebro matutino, si no sucede algo que me despabila pronto, comienzo a ir hacia atrás y hacia delante, en un vaivén idiota, pensando en eso que pudo haber sido tan distinto, tan clave, tan determinante en mi futuro que hoy ya es pasado, y que a cada segundo, sigue siendo futuro conviertiéndose en pasado.

En esos instantes, me abruma estar sola. Me abruma no escuchar siquiera el ronquido de la gata, el piar de algún pájaro cercano, el escape de algún auto.

A solas con mi pasado, presente-futuro; huérfana en la dimensión más tonta; enfrentada a un abismo que para otros es natural y para mí resulta casi obsesivo: estoy sin respaldo de mamá y sin sonrisa de papá; sin abuelos ni tíos casi ( la única que queda, el mes próximo cumplirá noventa años).

No temo a la muerte sino que más bien quiero adelantarla, quiero, como los enfermos terminales, ahorrarme el sufrimiento postrero y encontrarme con ellos, mis queridos parientes muertos, lo más rápido posible. Obviar este último tramo decadente de la vida y saltar y abrazarlos en aquel lugar que, frente a la duda de su existencia, prefiero pensar que sí.

Pero, soy consciente desde hace muy poco, que así como a mí me duele la orfandad, así le dolerá a mi hijo si yo egoístamente decido evitar mi sufrimiento. Desde entonces, unas pocas semanas atrás, es que activo un dedo, un párpado un pie, trago saliva y vuelvo a demostrarle a la angustia, que sigo viva.

Escucho entonces a la gata comiendo su alimento, escucho el tic tac del reloj sobre la heladera, escucho la cantidad de pájaros que se contesta entre sí, los autos de la costa, el viento que quiere apagar la llama del piloto de la estufa, y cuando el sentimiento es bueno, y apacible y calmo, hasta llego a escuchar el latido de mi corazón.

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2 comentarios sobre “Como las nubes de El Hierro

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