En tercera persona

Había una vez una chica que esperaba sentada en el jardín botánico. Tarareaba una canción española. Tan antigua ya. Ni recordaba el nombre. Miraba por la ventana de ese jardín con reja. La reja estaba hecha en homenaje a Gaudí. Miraba las nubes del cielo que eran blancas y se movían despacio en la noche sureña. Atravesando estrellas que alguna vez la habían guiado en las postales de Bergamo la vieja. Escuchaba a lo lejos la voz de un relator de fútbol que entusiasmaba a un viejo deprimido acostado en la cama sin saber qué era mejor: si dormir, morir o seguir vivo por las dudas de que no le gustara lo que le deparaba esa frontera. El volumen le hacía pensar que el viejo era sordo, o casi. También escuchaba a lo lejos los maullidos de una gata rubia que intentaba infructuosamente que su dueña le diese lo que necesitaba. Pero seguro la dueña no sabía lo que quería, si no, no la dejaría maullar de esa manera, pensaba la chica. La vida de los gatos es tan triste o tan alegre como la de sus dueños, aunque muchos años atrás había escrito sobre los gatos alemanes, gordos y pachorros, hoy sabía que los gatos no solo necesitan comida para vivir una vida tranquila y feliz. Más cerca y por atrás de ella , escuchaba el francés de una película que siempre se resistió a ver. El Código da Vinci era lo que estaba viendo el hijo de la chica. Con la puerta cerrada del dormitorio, mientras se comía unos gnoquis recalentados, con finochio y mistela que la hacían sentirse más tranquila en su rol de madre abandónica. Sólo por hoy pensaba. Sólo por hoy rezaba. Sólo en ciertas ocasiones se sentía así: devastada. Ni la foto de su galán de novela la hacía sonreír desde la tapa de la revista que guardaba celosa como un trofeo a sus cacerías nocturnas de otros tiempos. Imaginaba asados en pueblos italianos, imaginaba vacaciones y brindis con buenos vinos, sexo tierno o embravecido, hacía tanto ya.

El ginecólogo le había dicho que tenía la mucosa perfecta. Ella había sonreído y le había dicho que para que la quería tan sanita, que a su edad era como un insulto. Con qué se cuida le había preguntado ¿Cuidarme?, ¿de qué me tengo que cuidar? Médico tonto que hablaba y a cada palabra la embrollaba más. Hasta que le descubrió el talismán, haciéndole el examen de mamas, y le preguntó qué era. Un talismán, le dijo la chica. Es un Manaia de Nueva Zelanda. Me lo regaló un amigo, sólo que era para ver la belleza que me rodea, y perdió la piedra del ojo, y bajó los brazos y las mamas le colgaban estúpidas como ella misma, contándole al ginecólogo para que servía un  sin ojo.
El humo del cigarrillo dibujaba más nubes que se las llevaba el viento. Y ella se preguntaba para qué servía una vida tan tonta mientras las hojas de la higuera le susurraban el poema de Alfonsina Storni, la poetisa que se había suicidado no lejos de ese cielo que la chica ahora miraba, con la Cruz del Sur, tapando los genitales de Orion
para que varias generaciones pensaran que el milagro de la cruz indicaba un camino.
El pensamiento iba y volvía como el humo de su cigarrillo, según soplara el viento suave de esa noche de febrero. A veces se detenía en su futuro, a veces en su pasado, pero nunca en su presente, que según había filosofado su hijo esa tarde, era un regalo que había que agradecer.
La chica no tenía ni ganas de buscar sus libros sobre homeopatía para ver si la morfina se le podía administrar a alguien que según su diagnóstico necesitaba Phosphorus o en todo caso Paroxetina. Morfina para los dolores, Phosphorus para el ánimo. ¿Y a ella, se preguntaba, quién le diría lo que necesitaba?¿ El pelo con mechones de colores le devolvería la sonrisa? ¿Una película para la cual no había dinero? ¿Otra novela de Marcelo Figueras? ¿Qué fue lo que la volvió a meter en esa cárcel con rejas de estilo Art Nouveau, si se había jurado nunca más optar por el infierno.

Veía que las hojas del nogal caían ya como los primeros higos. La chica sabía que pronto se acabaría el verano y con él las promesas de feromonas y mariposas morpheus apareciendo en la noche, allá en el jardín botánico, entre las azucenas perfumadas, las lavandas regadas por la lluvia reciente, las luces que se apagaban en las ventanas de los vecinos y dejaban más claras las nubes blancas sobre el cielo negro ,que pasaban tapando estrellas, y se unían al humo de su última pitada.

antípodas

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