pájaros y flores

Antes que el día se me vuelva ajeno. Antes de que descubran que estoy viva. De tomar decisiones sobre qué hacer o advertir, hay unos minutos, siguientes al sueño, en los cuales todo es blanco y posible.

El tiempo, aunque suenen los tic tac de los relojes de la casa, todavía no ha comenzado su marcha. La luz se filtra por  las rendijas de las persianas.  El polvo se hace estúpidamente perla. La gata pide su rutina pero abandona enseguida cuando me ve así, lo tomamos como un saludo.

Recorro los lomos de los libros y  sus historias. Cómo han llegado hasta estas bibliotecas, cruzando mares o pampas, cielos o estrellas. El recuerdo divaga y no lo quiero abandonar. Son mis instantes. Míos. Sólo míos. Aquellos que pierden su magia al ser contados. Desde la cama observo. Blanco. Sábanas blancas. Y recuerdo una historia. Esa sí, decido escribirla.

Pájaros y flores, decía él, ella no podía. Y le escribía interminables cartas relatando percepciones mezcladas con  recuerdos, según el humor del día con el que había amanecido. A la distancia, ella lee esas cartas y se entretiene escuchando hasta el mínimo ruido de la máquina de lavar nueva, recién comprada. Con el sabor del té saharahui saliendo de una hermosa teteras que otro , no recuerda su nombre, había comprado en la capital, en esa ciudad donde todo se conseguía, no como en África. Se divierte leyendo  sobre los vendedores que se mezclaban con los guiris a desayunar. Nunca se quisieron mucho unos a otros. Y aparece también en esos relatos la rabia, la iluminación como ella le llamaba a sus pequeños satoris marketineros.

Un día , él, no la dejó caminar por el desierto de lava. Era la peor humillación que ella podía recibir de su parte. No entendía por qué le vedaba ese placer de sentirse único habitante de un planeta quemado, ya inexistente. Ser por un momento el primero y el último. Lloró y lloró en la habitación de ese lugar donde había crecido. Donde cada cama tenía un olor. Cada cuarto tenía una historia divertida para contarle al recién llegado. Donde había una agenda de piel marrón, en la que los recepcionistas se escribían casi , casi, historias de amor.

Ella lee, y recuerda. El andamiaje alopático con la que la mantienen pasando de largo las ventanas abiertas , como diría la escritora enana de la película The New Hampshire Hotel, no ha podido borrar de su memoria.

Ella recuerda. Recuerda el último saludo al recepcionista que le enseñó el oficio, sin querer. Sin mirarla. Después se hicieron amigos. Después ella le prestó El último Viaje del Tramp Steamer, de Álvaro Mutis. Esa tarde que se despidieron para siempre, sin saberlo ninguno de los dos, él le dijo que terminaba el libro. Y terminaba la historia del barco, lo que no suponía era que jamás volvería a leer francés en sus ratos libres, entre guiri y guiri. Mientras el mozo, uno de esos tipos que siempre se acomodan para salir en la foto bien iluminados, le servía un cortado, en el pasillo más aireado y oculto de la pequeña cocina, como le decían a la recepción.

Recuerda el día que él, el otro, el que vino después de todas esas historias de hotel familiar y vendedores ambulantes,  le presentó a Mikel Laboa. Compartían gustos y placeres. Menos los pájaros y las flores. Los besos y las lágrimas. Pero sí les gustaba bañarse desnudos en los mares, en los ríos, lagos. Sí les gustaba Sepúlveda, sí, amaban los libros.

Lo último que ella recuerda de él, es un sol dorado, como de kalima, un instante mágico e imposible en que la arena del Sahara llegó a Palermo Soho. El sol le daba en contraluz a su cabeza, mientras perdía su mirada en la plaza Serrano. Nunca le gustaron las multitudes. Tomaba cerveza de a pequeños sorbos, lentos, demorando quizá la despedida, relajándose quizá después de varias horas  de vuelo. Antes vino la librería, la Eterna Cadencia, y la cantidad de libros que eligió para  llevarse.

Por último vino el taxi. Una mano abierta tras la ventanilla. Eso recuerda ella, su mano abierta, franca,  y su mirada hacia adelante.

Por algo le había presentado a Mikel laboa

Baga biga higa,

baga biga higa,

laga, boga, sega,

Zai, zoi, bele,

arma, tiro, pum!

http://www.youtube.com/watch?v=YOkv1rRfdhA&feature=related

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4 comentarios sobre “pájaros y flores

  1. Sí… recuerdo tu post cuando murió Mikel Laboa y como entonces, esos recuerdos contados no deben ser empañados con palabras ajenas… te acompaño en silencio, sorpendida de que aquí también se vean como perlas las motas de polvo, estúpidas y efímeras ellas

    beso (dos)

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