Ohne Kinder ( sin niños)

Había un vez, una joven guapa y sin hijos, a los que sus hermanos cercanos le dejaban los sobrinos para cuidarlos, para calmarlos, para entretenerlos. Había una vez, en la que esta joven, curando una herida de una de sus hermanas que recién había dado a luz, escuchó de labios de la hermana herida: Dios te va a a bendecir algún día, cuando tengas tus hijos, Dios te va a bendecir.

La joven guapa y sin hijos, se iba volviendo más añosa, y esperaba la llegada de ese bendito hijo de la profecía de su hermana. El hijo no llegaba. Mientras tanto sus otros hermanos tenían más hijos, a los que ella protegía y cuidaba como si fuesen suyos.

Un día, y me acordé de esta historia porque casualmente era  un 30 de septiembre de un día gris, la hermana herida, estaba por dar nuevamente a luz. Su marido, su gran compañero, no llegaba para llevarla al sanatorio, y la joven entrada en años, acompañaba por segunda vez a una de sus hermanas, la  herida, haciéndola respirar y reír, contando los minutos de las contracciones para llegar al sanatorio azul. Donde nacería un bebé aparecido en las cartas de un tarot de malas épocas, en el que se anunciaba a un príncipe, y allí estaba ella. Aguardando en una sala de sanatorio azul, la llegada del principito, con nombre de santo.

Pasaban las horas y, los rezos, los mantras y las promesas no dejaban de pasarle por el corazón a la joven añosa. Hasta que se produjo el milagro, ese milagro que siempre perdemos de vista, el milagro de la vida.

Tenía todos los deditos, tenía una sonrisa de paz, una belleza de iluminado.

Un sobrino más para querer, se dijo. Y su vida volvió a cobrar sentido.

No sé por qué me vino esta historia a la cabeza, justo hoy, 30 de septiembre, asociada con otra, de una nena asomada a los pies de la cama de su abuela agonizando, con rulos y una hebillita, quien mientras comía caramelos babeaba, y extendía sus bracitos para que la alcen.

Ayer estábamos  con uno de mis sobrinos, terminando de pintar el homenaje a mi viejo, y me concentré en un ojo que faltaba terminar. Mi sobrino debe estar volando hacia las uropas, y la pintura quedó inconclusa.

Por un lado el ojo de mi madre, me daba la impresión de otro ojo , como con esos libros de walt disney en los que uno aleja y acerca la vista y aparecen figuras que no existen, yo alejaba y acercaba la foto de mi madre, en su juventud  divino tesoro y aparecía su nieta, como nunca la había visto. Pero el ojo de mi madre odiaba. O el ojo a veces estaba triste. Y la mirada de mi madre , la de la foto, era serena y casi pícara. Y cuando por fin parecía que lo tenía, una pincelada de más, hacía que el ojo fuera de águila, de muerta, vacía, de preguntarse cómo esa familia ,se había convertido en lo que era.

Claro, que esos eran mis pensamientos, no los del ojo de la tela, pero un pintor, en este caso una ex pintora, sabe cuando sus obras cobran alma. Cuando le dicen algo. Cuando lloran por una.

Y así, la pintura quedó inconclusa, mis sobrinos se fueron a las Uropas, y yo quise volar con ellos, pero no me atreví, había un hijo ya en este mundo, que tocaba el piano de a ratos y otras veía animé.

Lo que más me sorprendió hoy cuando desperté y miré la pintura, es ver el candelabro, que en la mar de símbolos que están escondidos en ella, y que pocos saben, me representa a mí, tampoco está acabado.

Ni el ojo, ni el candelabro. Bueno, tampoco el reloj, “nuestro reloj”, marca la hora de la muerte del viejo…

diana y bruno laurencich

Aquí la historia de Ohne Kinder ( sin niños)  escrita un seis de noviembre de 1990:

Y no hay respuestas, señor, no las hay. Pregunte por qué el día de su cumpleaños le tuercen un dedo o le dan una trompada, mientras los niños nos miran, exhibidos en un ateneo, amamantados por sus padres o regalados en una historieta.

Las lágrimas sobran, pero no vienen, están reunidas todas en el pantano, donde hay un cartel que se repite como un latido, y se marca a fuego en la frente, en el pecho, donde llevan los números los condenados.

Su número por favor…no tengo número, no tengo kinder, señor, no tengo madre.

Tengo una carrera hace unos años empezada, la excusa de sacrificar, la elección planteada. Rohipnol por las noches y temblor durante el día. tengo que responder, señor, cuando a mi no me dan respuestas.

Y vuelven los niños, sabe usted? Vuelven con su abuelo y me dan un caramelo, con todo el trabajo que les cuesta pelarlo y me dan otro mientras le cae su baba. Y las lágrimas, señor, como ya le dije, están acumuladas todas en el pantano, bajo el cartel que dice Ohne Kinder, mientras los niños nos miran, la elección se plantea y la cerveza se lleva el gusto del último caramelo.

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5 comentarios sobre “Ohne Kinder ( sin niños)

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