Porque te quiero te aporreo.

  LIBRO FUI

“Un escritor, amigo en común, me dijo que ella es más buena que yo porque no habla mal de mí. Yo le dije que es mejor hablar mal que no hablar, que la indiferencia es lo peor. Era una broma, me dijo viendo cómo me entristecía, y me dejó pensando en aquella época en que ella no me negaba, porque la hubo, la época en que estaba orgullosa de mí, porque la hubo. ¿Qué fue lo que pasó? Muchas veces pienso en eso. En nuestra familia y las relaciones de amor-odio. Porque te quiero te aporreo, repetía mamá en uno de sus tantos refranes. Y yo me dejé aporrear muchas veces en nombre del amor. No sé si no necesito del aporreo para sentirme querida. No lo sé. Será que el amor nos venía mezclado con los bifes, casi una receta educativa en nuestra época.

Una de las últimas veces que sentí el refrán grabado a fuego fue cuando recién llegada a una isla más africana que española, rodeada de agua y sin un mango, viví con mi hijo Bautista y su padre en la casa de mi suegra. No recuerdo bien cómo era la casa ni tampoco muy bien del baño. Creo que tenía azulejos rosados y tulipas en forma de flor. Puede ser. De lo que sí me acuerdo es de la ventanita que daba al patio trasero de la casa. Y del lavarropas. Contra él me empujaba. La ventanita era muy chica para escaparme, además ni se me hubiese ocurrido: Bautista gritaba detrás de las piñas, detrás de la abuela, en la puerta del baño en el que su padre me había acorralado. El amor se convirtió en violencia. De golpe. Sin saber cómo. Yo no sentía miedo. Miedo no era la palabra, más bien confusión, impotencia, dolor. No sabía dónde acabaría todo eso. Cómo haría para sacar a Bautista del medio. Alguien que lo saque de ahí, pensaba yo, que no vea a su madre gritando, que no vea a su abuela arengando al padre, que no vea al padre golpeando a su madre, que el mundo pare de girar, que venga un ángel de algún lado y nos lleve, un superman, un Tigre de la Malasia, un defensor de pobres y ausentes; ojalá alguien escuche los gritos y detenga esta fuerza bruta. La vida pasó en un minuto delante de mis ojos. Mi viejo y la vergüenza de que se enterara de mi miseria. Mi viejo y su amor por ese tipo que me empujaba, sacado, contra el lavarropas de la isla más africana que española. El ruido del lavarropas contra la pared. Las puntas que me lastimaban. El llanto de Bautista , su boca abierta a más no poder gritando mamá. Por qué se me habría ocurrido ir a esa isla maldita.

Salí del baño cuando me pude zafar: lo agarré a Bautista de la mano; él, lo recuerdo bien, tenía unas ojotas verdecitas, una remera blanca sucia y un short rojo. Así, él y yo solos, nos fuimos llorando hasta mi laburo. Laburaba en un casino a pocas cuadras, cuesta abajo, al lado dela playa. Tenía el uniforme puesto, entraba a las cinco. Serían las cuatro y media. Todo se había terminado. Algo empezaba.

A Bautista no lo dejaron entrar, estaba prohibido. Le di unos papeles y unos lápices y se quedó en el hall de entrada, parecía un rumanito de esos que piden limosna en las escaleras de los hoteles europeos.

–Dibujá, lindo, dibujá acá afuera, mamá tiene que entrar a trabajar.

Mi jefe, cuando me vio, me dijo que no me hiciera problema y me fuera. ¿A dónde? tenía que pensar que haría, calmarme, meterme en mi puesto, ser filmada por cinco cámaras, hacer los arqueos, pensar en nada. Nada. Ya algo se me iría a ocurrir.

Un compañero, el “Cuba”, terminaba su turno a las seis. Tenía un hijo de meses. Y una mujer de la que me siempre me hablaba, periodista, vasca, y sobre todo buena persona. Ellos me lo cuidarían hasta que yo llegara. Debería confiar en el otro. Por lo menos me aseguraba un tiempo hasta salir de ahí. Me esperaban en su casa, me dijo. Bautista se fue al auto del Cuba de su mano, sonriendo y saltando ; yo no podía creer verlo así después de lo que habíamos pasado. La increíble recuperación de los críos. Cuando se fue Bautista mi jefe me preguntó si quería hacer la denuncia.

—No hace falta. No —le dije conteniendo las lágrimas. Entre pago y pago pensaba que no sabía lo qué me hacía falta en el mundo, tal vez haber elegido mejor, nunca haberme decidido por ese destino, nunca haberme enamorado.

 

Cuando salí del Casino era de noche y, cosa rara en la isla, hacía frío. Lo primero que pensé fue en comprarle un abrigo a Bautista con el adelanto que me habían dado, yo seguía con mi uniforme de cajera: camisa blanca, falda azul y pañuelo burdeos. Caminé por la Avenida de las Playas y encontré una tienda abierta, todavía había guiris comprando, revolviendo en los canastos con carteles de “sale” escritos en grandes cartulinas. Busqué algo lindo para Bautista. Barato y cómodo, que le sirviera para toda ocasión. Enseguida encontré una chaquetita gris de un polar grueso, con mangas a cuadros grises y blancos. Me la puse yo. Estaba tan flaca que me entraba la ropa de un crío de seis años. Me tomé la guagua. Me dolía todo y me dieron ganas de llorar, de cruzar el Atlántico y contarle a papá lo que me había pasado, de pedirle perdón por no seguir su consejo, de querer siempre salirme con la mía. No era un tipo para mí. No lo era. Lloré un rato y sentí que me aflojaba demasiado, pensé que jamás podría bajar de esa guagua blanca calefaccionada. Pero Bautista me esperaba, o mejor dicho, yo quería verlo y terminar ese día infame, saber que estábamos a salvo en una casa donde su padre no nos podría alcanzar, una casa donde pasar la noche.

El cubano y su mujer tenían lo que se dice un hogar. Eso era mucho más que una casa: daba al mar, era cálido, tenía juguetes para su bebé y las habitaciones estaban pintadas de colores claros. La vasca me cayó bien enseguida. Me estaban esperando para cenar. Los nenes ya lo habían hecho. Me dieron una copa con vino tinto y macaroni. Bautista bañadito jugaba con el bebé. Llevaba puesto un calzoncillo rojo del cubano atado con un piolín, una remera limpia de la mujer del cubano y sonreía. El vino me supo a gloria. La comida no me bajaba. Cuando el bebé se durmió hablamos un rato, o hablaban ellos. Yo no sabía ni qué decir. Tenía mucha vergüenza pero lo miraba a Bautista viendo la Guerra de las Galaxias y sonreía.

Nos dieron una habitación. Estaba pintada de verde clarito y tenía guardas de Ikea con flores, un velador en la mesita de luz y sábanas limpias. Abracé a Bautista y le conté un cuento. Se durmió y yo quedé a oscuras, pensando en lo poco que se necesita para ser feliz.”

De Fui gemela.

 

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De madres e hijos.

 

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Cada vez te parecés menos a mí. Lo percibo en cosas diminutas, pueriles, estúpidas. Como hoy cuando pusiste el tubo led para iluminar la mesada. Te pregunté si era cálida. La luz, ¿es cálida? No, no había, compré neutra; me contestaste. Y eso fue todo. Cualquier madre estaría contenta con eso. Y a mí me hizo sentir una distancia que a veces me provoca el verte tan crecido. Y tan distinto.

Yo jamás hubiera comprado una luz neutra para la mesada.

Por eso digo, cada vez nos parecemos menos. Difícil de aceptar. Sobretodo al principio. No era lo planeado. ¿Por qué creí que algo mío quedaría eternamente reflejado en vos? ¿Por qué busco ese guiño que me haga sentir que no desperdicié tantos años, en que la tarea fue bien hecha  y ya cumplida? ¿Será que creo que hice algo bueno? Me alegro cuando alguien ve dibujada una sonrisa como la mía en tu cara. Me alegro cuando escucho una música que yo te hice escuchar por primera vez, pero vos no te acordás, claro. Me alegro cuando podemos hablar y estar de acuerdo en algo. Porque es difícil sacarte un sí, ma. Y no es que seas malparido, no, es que es una estupidez que no se puede evitar. O al menos yo no la puedo evitar.

¿Por qué tal como nos engañan con eso del embarazo feliz, nos engañan también con el creernos formadores de nuestros hijos? Porque realmente hay una parte de nuestra vida en que nos lo creemos. Que nosotras, las madres, o los padres; los formamos. Nada de eso es cierto. ¿Acaso la madre de un asesino quiso formar un asesino? O acaso la madre de un pedófilo al darle de mamar, le inoculó algún bacilo que se instaló como un “allien” que lo hizo ser tal? O por el contrario, la madre de un bienhechor de la humanidad sabía que tenía un prodigio para alimentar. No.

Las madres amamos, cuidamos, protegemos a los críos de todo peligro, pero no del nuestro. No del creernos que en algún punto los estamos haciendo a imagen y semejanza nuestra. Y tratamos de ser lo más justas y correctas del mundo para que nuestros hijos salgan justos y correctos. Y los llevamos al teatro, les cantamos, les compramos libros, les enseñamos a hacer patitos, a dibujar la A más redondita, a hamacarse solos, a…puedo seguir hasta la madrugada. Pero no. No hace falta.

Sé también que la adolescencia, la juventud; es la peor etapa, y la más sana. Que como todo pasa.

Pero hoy me duele ver el tubo de luz neutra.

Y sonreír, para agradecer tu gesto.

¿USTED ES FELIZ?

LIBRO FUI

Así me dijo el médico ayer. En tono de pregunta me lo dijo. Jamás me lo habían preguntado así. Con ese gesto adusto. La avenida Cabildo allá abajo. A lo lejos. El aire acondicionado dándome en la cabeza. El ruido que subía, típico de un veintitrés de diciembre.
¿Usted es feliz?
¿En qué sentido?
No filosofemos, me dijo, digamos en sentido general.
Yo podría morir hoy y estar satisfecha, si a eso se refiere. Pero ¿feliz?
La felicidad es un término tan subjetivo, cómo contarle de mi estado esta mañana al ver el violín sobre la mesa ,esperando en su caja antigua, por mis manos o la de mi hijo para que lo saquen de ahí, lo hagan sonar, lo vuelvan vida?
Cómo contarle que la lluvia cae mansa y frágil en los techos, el aire entra fresco, el cielo está gris y han puesto Mozart en la radio?
¿Cómo? ¿Eso constituye la felicidad? ¿Saber que mi hijo duerme en su cama, bajo mi mismo techo, es esa la felicidad? Para mí sí.

Pero hay otros momentos, en que mi pensamiento divaga, por los hospicios y las cárceles, las gentes bajo los techos de chapa y los que tienen malaria. He visto mucho por el mundo, he visto mucho de lo bueno como de lo  malo, para ser rotundamente feliz, esféricamente feliz.
Sé que tengo una sensibilidad extrema a situaciones que otros pasan de largo. ¿Ve? ¿Ve allá abajo, en la Avenida? Parecen hormigas , peor, parecen termitas, consumiendo, regalando a quienes odian, sólo un día, sólo por un día, buscan la foto. Yo no, me han sacado ya muchas fotos, no quiero más fotos de compromiso, ahora yo saco a quien quiero.

Si la pregunta está contestada me alegro, doctor mío, si no, lamentablemente le tendré que decir, que no, no soy feliz. Pero es mi esencia. Nací para ser enfermera sin fronteras y acá me tiene, casi una burguesa intelectual.

Sabe qué me gustaría, estar ayudando a los saharahuis, estar en Kabul, en Sodoma o en Gomorra, pero estar donde me necesitan los oprimidos. Pero todavía tengo un hijo a mi cargo que me necesita. Y bastante le hice vivir , al pobre, como para abandonarlo por los más necesitados. Mientras tanto, escribo, mientras tanto pinto, mientras tanto me hago la enferma y vengo a hablar con usted. Para probar que todos los psiquiatras son iguales. Recetan y adormecen a los sensibles llamándoles bipolares o TOC o ansiosos, como usted quiera, póngale usted el nombre que para eso estudió. Y le agradezco por eso Doctor, le agradezco.

Ahora soy yo la que pregunta: es  usted feliz sobre esta alfombra beige, con sus zapatos lustrados, los libros tan ordenados, el portero recogiendo la basura y usted teniendo que bajar a abrirme, quejándose del ruido de la avenida, cuando sabe que en el mundo hay injusticias extremas,  abusos de menores,  violaciones , asesinatos, hambre y mafias?
¿Va a brindar con champagne usted esta noche? Ah! no …usted no festeja la Navidad! Va entonces, a brindar con champagne el treinta y uno?
Por quién va a brindar Doctor, dígame ?
¿quién es el cuerdo aquí de los dos?

Me fui de aquel edificio, y respiré el aire cochino del colectivo 80, me apretaban  los trabajadores que volvían de su laburo. Reflexioné sobre la impulsividad y la necesidad de proteger a otros, como me dijo el Doctor. Y me sentí un poquito menos loca. Más humana.

( De FUI GEMELA)

La cólera de un particular. (Reflexión sobre el último libro de Marcelo Figueras.)

“Cuando un hombre cualquiera, pero valeroso, se ve obligado a montar en cólera, nunca se derrama mucha sangre. Pero el día que eso ocurre, toda China se viste de luto”

                                                             de Negro Corazón del Crimen, Marcelo Figueras.

RJW

 

Ayer terminé de leer el último libro de Marcelo Figueras. Ese racconto que hace sobre la vida de Rodolfo Walsh, del hombre, del periodista Erre. Del escritor RJW que escribe policiales y muestra su talento a una Argentina recién inaugurada (¿Qué es si no, ese país, ese grupo de gente que se proclama como dueña de unas tierras por 200, 300 años, contra siglos de otros pueblos que fueron invisibilizados y puestos al servicio de los nuevos propietarios? Este libro también habla de eso sin ni siquiera mencionarlo.)

Habla de la legitimación y el prestigio de un escritor que, coronado con la gloria más preciada que podría tener en sus tiempos -ser premiado por Borges y Bioy Casares- elige el camino de no mentirse. Elige encontrar y escribir con su voz aunque vaya en absoluta contra de su conveniencia. Decirle no a lo fácil. Esconderse para escribir por ser perseguido como uno de sus antiguos personajes y ser ninguneado por los que antes lo aplaudían.

Es fácil caer en escribir sobre lo heroico de su accionar. No es fácil dejar de conmoverse a cada rato con ese cambio que se va a ir produciendo en el escritor-periodista-hombre, después de escuchar el llanto de un conscripto a punto de morir -¡No me dejen solo, hijos de puta!- y llegar así después de un largo camino a ser el hombre-periodista-escritor por lo que se lo conoce todavía, después de cuarenta y pico de años de su asesinato a manos de la dictadura militar.

Así pues que este tiempo plagado de dolor, por lo menos para mí, por la brutal represión vivida contra la gente que se oponía a una ley que le parece injusta, inentendible, el 14 de diciembre de 2017 en la Argentina; me hace repensar la importancia de libros como éste.

Ayer cuando leía en Twitter, tanto odio contra una abuela que busca nietos hijos de desaparecidos en la dictadura que ERRE ayudó a denunciar antes de morir, en su carta a las Juntas, me preguntaba en qué país vivo, ¿no? ¿En qué mundo vivo? Porque esto no sucede solo acá. Hay un recrudecimiento del sálvese quién pueda en todo el mundo. Hay quienes todavía ingenuamente favorecen, iluminan, agradecen o se congracian con los mentirosos, porque eso les da rédito, eso le da un rédito, eso los mantiene enchufados a un sistema de protección.

Esos que no son capaces de preguntarse como Walsh, como Figueras cuenta que Walsh se pregunta ¿Para qué escribo?¿No es más fácil el otro camino, hacerme el boludo, seguir lo que hace doscientos, trescientos años, vinieron a sostener unos, vinieron a negar otros? ¿ Mezclarme en la turba inmunda de escritores que se siguen alegrando por ser parte de un sistema que saben bien, los está usando?

Ayer, cuando estaba cavilando sobre esto y la lluvia torrencial me hacía pensar en la cantidad de gente en situación de calle, en los techos de chapa volados, en las criaturas que morirían por esa tormenta en Buenos Aires, me llegó un wattsapp de una compañera de los tiempos de Bellas Artes, a la que volví a encontrar después de años: “Sacarle los subsidios a todos los extranjeros. Si estás de acuerdo con esto compartí”. Le contesté que yo también era extranjera, creyendo que era una broma, creí que también ella se consideraría una invasora de estas tierras que hace 500 años eran de otros. ¿Y qué son 500 años en la historia de un país, no?

Pero no, era verdad. De verdad me estaba pidiendo que la ayudara a difundir esa infamia. De verdad y todavía, le dicen a Estela de Carloto, vieja degenerada. De verdad reprimen a la gente que piensa distinto en las calles. De verdad esta pesadilla. De verdad.

De verdad tantas cosas que me pregunto como Erre, ¿está bien seguir escribiendo lo que escribo o me hago la boluda? Pero me contesto parodiando su voz o la de Figueras: si no ¿cómo hago para justificar la traición cuando me enfrento al espejo: miedo, codicia, ambiciones rastreras?

Le agradezco a Marcelo el haber escrito este libro, porque si bien todos los que siguen mis blogs hace años, saben que soy una absurda fanática de él (y con absurda quiero decir que no puedo hacer ningún tipo de crítica racional de lo que escribe, porque su obra, para mí, va más allá de algo literario; siempre se adelantó a lo que vivo día a día como algo mágico, algo que me pasa con muy pocos autores) le agradezco el haber escrito un libro que nos interpela en esta Argentina de hoy, trayendo al presente la historia de un escritor que eligió no mentir, no mentirse, no ser egoísta ni ególatra, ni con su obra ni con su vida.

Un cualquiera que se vio obligado a montar en cólera e hizo que con su muerte la historia de un país siga de luto.

 

 

 

 

A quién engañar

Lemongrass en los hornillos,

el mate listo como dice el termo,

el cielo azul,

la gata echada al sol,

entrando a baldes por la ventana,

el piar de algún pájaro nuevo,

el jardín regado.

La cocina pintada,

el colchón de estreno,

la hora de la siesta,

la puerta sin timbre,

ninguna deuda a pagar,

libros,

comida,

cama.

Mientras tanto, recuerdo la canción de Lila:

“Nous sommes seuls, pour toute la vie”

 

 

 

 

 

Loving Vincent o loving Anne Sexton

Ayer vi Loving Vincent. Me dormí angustiada. Yo era pintora y ahora qué. La nada.

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Amanezco cuando los negocios de la calle suben sus persianas. Son mi despertador. A veces les agradezco, a veces los maldigo, depende. Me olvido de ponerme los lentes, así que voy directo a la cocina. Me conozco la casa desde que nací. Prendo el fuego. Pongo la tostada en el tostador eléctrico que me regaló mi hijo para el día de la madre. No es un buen regalo para vos, pero al menos no me despierta el olor a tostadas quemadas.

Escucho pelearse a los sueños con los pensamientos, hay un gran ring en mi cabeza queme tortura desde el minuto dos en el que abandono la cama. Busco el mate, le saco la yerba de ayer que no se secó al sol, todavía no llegué a eso.Tengo dos mates para elegir, uno de mi nuera, dice “con amor”  y tiene un Budita sonriente, es rosado y blanco, lo uso cuando estoy necesitada de abrazos de mi mamá. Le meto sal. Cuando le voy a meter la yerba me doy cuenta que la. Lo lavo. Le echo azúcar. Busco la yerba en el frasco vacío. Busco la yerba del paquete en la alacena. Se está por terminar. Le echo todo lo que hay y me digo que tengo que comprar. Me abruma. Saco de la heladera un pote de queso Ilolay. Industria argentina. Busco una cuchara pero agarro un tenedor. ACV pienso. Me río. Voy a buscar ropa para lavar. Veo el atado de cigarrillos y me prendo uno. Enciendo el celular. Escucho los sonidos del wasap. No me acuerdo cuando lo apagué. Me da dolor de panza leer lo que hay ahí. Lo apago y vuelvo a la cocina. La pava chilla como una nena malcriada. Le saco la tapa y me quemo. Le echo agua fría y me tomo un mate repugnante. Crema para que no se me haga ampolla. Eso. La busco y no encuentro. María se quemó viva con aceite a los dos años. Yugoslavia 1929. Yo no existía, ella ahora está con ACV si sigue viva. Perdí el teléfono de la sobrina. Enciendo el celular. Me duele más la panza. ¿A quién voy a llamar? Lo apago y me tomo otro mate. Voy a buscar ropa para lavar. Me prendo otro cigarro. Me siento en la cama con la ropa y me quedo en blanco. El cigarrillo me quema los dedos. Me acuerdo de la tostada, de mi hijo, de la crema que no me puse, me late el dedo y el corazón. Ojalá se me pare. Me imagino la cara de él cuando me encuentre muerta. Lloro. Me levanto y voy hasta el lavadero. Pongo la ropa dentro del lavarropa. Voy a ver la tostada. Fría. El queso Illolay, la cuchara, el mate, el dolor y el agua corriendo y el fuego encendido y la ceniza por todas partes. Enciendo el celular.

Cinco videos en el wasap: la vida es hermosa, disfrútala.

Querida Linda, (1)

Estoy a la mitad de un vuelo a St. Louis para dar una conferencia. Estaba leyendo una historia en el New Yorker que me hizo pensar en mi madre y, sin darme cuenta, sola, en el asiento, susurré: «Yo sé, madre, yo sé» –encontré  una pluma, y pensé en ti– que algún día volarás sola a alguna parte, que quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo.

Yo quiero hablar. (Linda, quizás no estés volando, quizás estés en la mesa de tu cocina tomando té, alguna tarde cuando tengas 40. En cualquier momento) y quiero decirte:

Primero, que te amo.

Dos, que nunca me decepcionaste.

Tres, yo sé. Yo estuve ahí alguna vez. Yo también tuve 40 con una madre muerta que todavía me hace falta.

Éste es mi mensaje para la para la Linda de cuarenta. No importa lo que pase, siempre serás mi pajarito, mi Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes –en donde estés, Linda, hablándome. Pero yo tuve una buena vida –escribí infeliz– pero viví a capa y espada. Tú también, Linda –vive al límite. Te amo, mi Linda, a los cuarenta, y amo lo que haces, lo que encuentras, lo que eres. Sé tú misma. Pertenece a aquellos que amas. Háblale a mis poemas y a tu corazón  –estaré en los dos: si me necesitas. Mentí, Linda. Yo también amé a mi madre y ella me amó a mí, ella nunca me sostuvo pero la extraño, tanto, que tuve que negar que alguna vez la amé –o ella a mí, ¡pero qué tonta, Anne! ¡Así es!

(1) Anne Sexton.

 

 

 

 

 

Domingo

En este barrio en el que vivo no se nota mucho que es domingo. No existe la calma de los pueblos. La extraño.

Intento fabricarme un domingo puertas adentro. Fracaso.

Miro por la ventana. El supermercado chino está abierto. Pienso que hay cosas por comprar. No tengo el coraje para obviarlas. No tengo excusas.

Salgo.

El vecino, a quien después de tres años recién conozco, está lavando su moto en la vereda. Me quedo mirando el agua que desparrama sobre la puerta de mi casa. No levanta la vista. Lo miro quieta. Me mira. Sonrío. Él no, agacha la cabeza y sigue, lavando su rueda delantera.
Después le diré algo.
Volver rápido a casa es la consigna. Que no se malogre mi domingo.
Leí un artículo sobre una mujer de 66 años que cruzó sola el Atlántico. Ella desarrolló la paciencia frente a olas de cuatro metros. Si ella pudo con las bestias, yo también. Paciencia.
Los chinos me entristecen. Casi dejaron de serlo. Desde que llegaron al barrio cada vez son menos chinos, más argentinos.
Adelante, en la cola para pagar, está la mujer del diariero, le decimos El Gallego. Paga rápido mientras la observo. También para ella pasaron los años. Está en esa edad que ya no le importa cómo va vestida. Le miro la espalda, curva. La papada, cuelga. En su bolsa tiene un queso Mendicrim light. Pienso en el colesterol. La mujer del gallego debe tener colesterol . O está en la moda light. Laif, decía mi tía. Me encantaba cuando mi tía decía laif. Nunca la corregí ni contradije. Era la mezcla exacta de lo que quería expresar y lo que era. La entiendía. Vida laif.
Compro naranjas de jugo y sé que la chica, que no es china (me pregunto por qué nunca hay chinos verduleros ni carniceros) se aleja a buscar cambio. Tiene un trasero grande y no lo disimula. El jean se lo marca bien y tiene un bordado: This is for you. Pienso en su novio. Si es que lo tiene. Si es que le gustará ver esa frase bordada en el trasero de su chica. Viene con el cambio y sonríe. No como el otro perejil, el de la moto, que no saluda, ni hace una mueca siquiera.
Cruzo cargada, entre los autos apurados, llego a tiempo para alcanzar el otro lado del Atlántico entre los buques estacionados. Mis piernas son mi barco. Cada vez más cerca escucho la sirena de una ambulancia.
Miro para atrás, quiero ver si conozco la empresa de ambulancias. Vital. Buen nombre. Pienso en un infarto de domingo. Cómo se complicaría todo.
Busco al pibe de la moto para decirle algo. Ya no está. Subo y entro. La gata me mira como desconociéndome.
Intento continuar con mi domingo. Coloco las naranjas una a una en la fuente blanca. Las bananas al lado. Los colores brillan. Qué lindo que es pintar las frutas.  Las flores amarillas todavía duran. Pongo el agua para el mate y miro el calendario. Domingo. Hace tanto que no salgo. Cada vez me dan menos ganas.
¿Me estaré volviendo como la mujer del diariero?

El reloj

El reloj

Cuatro meses sin ponerle pila al reloj,

al único reloj de la casa.

Cuatro meses sin saber que el tiempo se va

segundo a segundo

o que el tiempo llega

(en los días más distraídos)

para disfrutarlo.

¿Olvido? ¿Desidia?

Ambas cosas me impedían salir a comprar una pila.

Una simple pila para saber que todavía late mi corazón

al unísono del tic tac.

La vida se me asemeja a una jungla con lianas,

voy agarrándome de una en una,

saltando por sobre poderosas fieras.

Quizá lo que haya abajo sean palomitas,

pajaritos boludos,

y como una tonta me aferro a las lianas con desesperación.

A veces pienso que si me suelto me van a comer,

a veces pienso que si me suelto aplastaré a las palomas.

 

Para eso me sirve el reloj,

marca, como una bomba, el límite de mis fuerzas.

En días distraídos trepo y salto para no matar a nadie,

en días dolientes, resisto, para que nadie me coma.

Tic. Tac.

 

Bendita Argentina

 

macri el mago sin dientes

Racismo y prejuicio. No hay dos sin tres. Los colectivos, el reloj, su minutero y mi desvelo. El ruido del tiempo. El paso de los colectivos sobre los adoquines mojados. Y la misma luz en la cocina sobre esta mesa de tantos años. Los gritos de los basureros y las bolsas que caían estrellando vidrios. ¡Ahí va, dalee…! El camión, que ahora es una máquina andante que condensa, la hace chiquita, compacta, pasa. Casi no no se llega a ver. Vuelve el silencio y el ruido del reloj, el minutero, al tiempo.

¿Dónde estaba yo cuando Alfonsín juntaba las manos en la Plaza? El Indio en Parque Lezama, vamos che, vamos que suenan bien ¿quiénes son? un grupo nuevo, algo de Redonditos, algo de Ricota, qué bien suena todo en este Parque esta noche, frente al Bar Británico, aunque el calor, la decepción del pacto imperialista, del tufo militar que se sabía no nos sacaría del pozo, nunca nadie te va a sacar del pozo cuando le da la mano a los yanquis, pero el festejo igual, los redondos, Parque Lezama y el Británico eran jóvenes, o yo era joven y nada era tan dramático como hoy cuando en un libro leo mi historia, me la cuentan en cientos de páginas absurdas, que tengo que estudiar y rendir para un parcial, hablando de vencedores y vencidos, de sociedad y estado, no sé si quiero ser psicóloga así, no sé, estoy vieja, vi demasiado como para que me cambien las cosas, el pacto de Olivos, los carapintada, Aldo Rico, Seineldín, tantos nombres que guarda mi cerebro, el cerebro según Aristóteles, el cerebro según la doctora brasileña que da charlas en el TED y habla de vacas, de chimpancés y de energía, de comida y cocción.

Papá en un video, cocinando un guiso al que le faltan arvejas, papá hablándole a su hijo lejano sin saber qué decir, papá joven, papá sin querer aparecer, papá italiano nunca argentino, él sabía por qué. Ro enojada, chiquita y enojada, vestida de negro y yo jugando con ella, los sospechosos en la calle, otra vez como siempre, los servicios, la droga y en el medio nuestro juego esa tarde, pollo pollo pollito, pata pata patita, los dólares y el cielo azul, la embajada volada por los aires, el cielo tiñéndose de negro, la nube de humo como un hongo, los dólares, buscar los pasajes, pata pata patita, pollo pollo pollito; todo explotaba, el cielo, la embajada, la cabeza, el juego, los que se iban y los que se quedaban alrededor de esta mesa, bajo esta luz, guiso sin arvejas o  pizza con champagne para Susana Giménez y Memen,

¡Hola Susana! decía mamá, pero mamá ya no estaba, te estamos llamando, decía Ro, pero Ro se quedaba, como se quedaban tantos, los amigos traidores y los fieles, los amigos perdidos que hoy manejan Uber o viven en Brasil, mamá ya no estaba, no, ni vería como yo a los australes, ni los bonos, ni a Cavallo y su conversión, el FMI y el Banco Mundial. El punto final. La obediencia debida y el Nunca más. El nunca más, o basta ya, basta para mí, basta para todos, para vos Seineldín, para vos Videla, Massera, para vos y para cada uno de los que estuvieron en la guerra sucia, para los “Pichiciegos” que murieron condenados, para los que nos fuimos y para los que quedaron.

“No se califican las vivencias, no son materia de evaluación”.

Claro que no, señor, eso lo viví yo, eso lo recuerdo yo, a papá preguntándome qué querés comer cuando vuelvas; asado pá, asado con tomate, no holandés, no agua, tomate rojo, argentino, de la pampa, tomate rojo sin evaluar, con gusto a tomate, sin medir, de mano en mano, sin glifosato.

Memen y el delirio, no los voy a defraudar y todos caímos una vez más, como siempre pasa en esta bendita tierra, donde los piqueteros queman gomas, cortan rutas y encienden su fuego de esperanza para maldecir a un gobierno que lastima, que nos hunde. Raza y prejuicio, etnocidio, discutamos los términos científicos, aprobemos el parcial, seamos dignos, científicos, falsacionistas, inductivos, positivistas, me cago en la leche que los parió, el mundo es mundo y siempre lo será, con su ruido a basura compactada a las cinco de la mañana, o sus gritos, ¡dale que va!, la luz de la cocina, mi despertar de un sueño de revoluciones y golpes de estado, o democracias delegativas, poliarquías, populismos y regímenes de facto a punto de explotar, como la embajada, como el cielo azul cubriéndose de humo, como el humo que inunda esta cocina y se disipa después, bajo esta luz que tantos años cobijó a gente alrededor de esta mesa de pizzería de inmigrantes recién llegados a la América prometida, raza y racismo, prejuicio y etnocentrismo, siempre fuimos y seremos medio pelo, no somos chorros, no somos ricos, ni trepadores, no nos tocó la varita mágica, ni la de la suerte ni la del mago sin dientes, ni siquiera la galera del deshollinador, nada fue justo para nosotros, o sí, más justo que para muchos que murieron congelados en un río, o a balazos, fusilados, solidariamente, desesperadamente, defendiendo a mapuches de las tierras de los colores unidos de un inglés millonario, mientras los pajarracos anunciaban la madrugada como ahora, y el cuerpo se cansa de resistir, los ojos de mirar al cielo con humo de metralla, o de bomba, el cielo azul azul se hace negro, sin luz, Into the wild.

Basta para mí, basta para todo, “el humo mata” dice el atado de cigarros con una foto de un nene de ojos negros y una máscara verde, muriéndose, como tantos a esta misma hora, de hambre, a esta hora en la que suenan tantos despertadores para ir a trabajar y cobrar un sueldo impuesto por los bancos mundiales, y nosotros, sus siervos de países emergentes que nunca emergerán, porque el mago sin dientes festeja con globos y una galera que una miserable mujer ganó las elecciones y otra mujer abrazada por el pueblo sea llamada “shegua” o montonera, está a punto de dormir en una cárcel por ladrona,  por ladrona o por puta, vaya a saber cuánto habrá para escuchar, aunque el pueblo la aplauda y la espere, a que como siempre, Perón, Alfonsín o alguien como ella, nos saque de este fango en el que nos metieron, donde se mezcla la sangre de los indios que mató Roca, con la sangre de los “zurdos” guerrilleros, de los milicos “pichiciegos” de las Malvinas…

Qué sé yo de historia, señor, sé de mi vida, sé de vivencias, de viajes, vueltas e idas, no de ciencia, ni etnocentrismo, ni populismo, ni régimen político, sé que la luz entra ahora por la ventana, por la misma ventana hace más de cincuenta años y los gobiernos pasan, como el tiempo en el ruido del minutero, como el camión de la basura, como mi desvelo y mi sueño.

 

A Santiago Maldonado.