Las voces de la Cuarentena mía.

Sábado en mi barrio. Vivo desde el año pasado en un pequeño apartamento donde tengo dieciséis vecinxs repartidos en cuatro pisos. La gente de aquí, de los suburbios de Buenos Aires, es muy tranquila. Creo que éste en el que vivo es uno de los pocos departamentos de alto en este sitio. El lugar que habito da al pulmón de manzana. Se ven los fondos de los jardines y las casas vecinas.

Hoy me desperté mareada, pensé que fue por el excesivo uso al que sometí ayer mis ojos. Amanecí con los ojos rojos. Después de estudiar todo el día me quedé viendo por Netflix la tercera temporada de la serie OZARK hasta las tres y media de la madrugada. Relata la vida de una familia, una familia tipo de clase media alta de EEUU, de Chicago. Esta familia pasa del día a la noche a trabajar para un cártel de droga mejicano. Queda envuelta entre enfrentar la muerte o ser parte del cártel. Y comienza la pesadilla.

Esa serie me hace olvidar la pesadilla de muertxs de a miles por día en el mundo real. Pero termino exhausta, en medio de la madrugada, con el corazón angustiado por los sucesos imprevisibles que de un lado ( ficción) y del otro ( realidad) cuando la duermevela se extiende. Ya sé que debería escuchar música plácida y leer algo menos estresante. Pero todxs tenemos nuestros masoquismos.

Cuando me desperté, pensé que era una buena ocasión (a pesar del mareo) de hacer algo “productivo” que me aleje de pensamientos peligrosos, estar en el balcón -me dije- pintando las sillas, me renovará el aire y la oscuridad de mis pensamientos.

Y así lo hice, escuchando los pájaros, las cotorras y el canto de las nuevas especies que se vienen acercando día a día; comencé a hacer algo que en otros tiempos fue tan automático para mí, como el estirar pintura sobre una superficie. Y en ese automatismo comencé a escuchar las voces de mis vecinas. No sé por qué, los sábados a la mañana, se escuchan más las voces de las mujeres que las de los hombres. Quizá la de algún crío o cría acompaña por breves instantes a la voz de las mujeres, pero por poco tiempo.

Trataba de distinguir los distintos matices, y encontré que las más saltarinas y amables eran las más agudas, pero no las estridentes, no. Las que sonaban cristalinas, sin dolor, sin temor, como si todo en el mundo estuviera resuelto. Las opacas, más roncas, más cavernosas eran como un preludio de que algo malo iba a suceder. Quizá solo le estaban ordenando a su marido que ya estaba el mate, o que suelte a los perros, nada siniestro; pero a mí me asustaban. Me conmovían.

Y trataba de seguir atenta mientras pintaba, a las voces serenas de las mujeres amables, intentaba repetir sus frases muy bajito, pero ensayando el tono ese jovial y optimista que me infundían. No me salía. Me asustaba de mí misma. Las suyas, eran como  nanas cantadas por madres de la que no conozco las caras, pero que me tranquilizaban. Todo va a estar bien, me decían. Es sábado. Pronto se levantará tu hijo. Acabarás la pintura. Lavarás todo. Regarás las plantas. Comenzará el sol a inundar tu balcón. Llamarás a alguien, alguien te llamará. Estudiarás, dormirás, mirarás OZARK, y así habrás acabado otro día de esta cuarentena que a algún lado nos llevará. No te preocupes.

Así de simple todo, gracias a una de esas voces que seguía hablando por teléfono en su patio, con el encanto, la magia, la promesa de que nada malo sucederá en este mundo ni en ninguna parte de ninguna ficción. Todo sería más simple de como yo lo pienso.

Ojalá, cuando termine la cuarentena, me encuentre con esa mujer. La voy a mirar a los ojos, y le voy a decir que con su voz, me habló de un futuro que yo no podía concebir, me calmó como una vacuna contra el desánimo y me hizo más fácil mi cuarentena. 

 

Los sonidos del domingo

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Gracias a Marcela Pérez y su blog el giroscopio viajero por esta foto.

En el verano del 87 pasé más de un mes en Milán, en el departamento de un amigo de mis hermanos.
Yo le gustaba, no porque me él lo hubiera dicho, me di cuenta por las cargadas que recibíamos de todos. Pero a mí él no me gustaba para nada. Por suerte era muy tímido, y hasta pudimos dormir en una misma cama sin que pasara nada. Pero eso fue más tarde, cuando fuimos a Le Cinque Terre, uno de los lugares “piú belli dal mondo”… tanto fue así para mí, que del único hotel que me llevé una toalla en toda mi larguísima vida de viajera, fue del del Hotel Belvedere de Portovenere, donde iniciamos nuestro viaje por la costa. Y no porque la toalla fuera especial, no. Solo me quise llevar algo conmigo, algo de ahí, hasta volver algún día. Me había deslumbrado la belleza de esas cinco tierras colgantes “a pico sul mare”.

En fin, contaba que este pibe vivía en Milán, en los suburbios, en un departamento de esos europeos cualunques, que más se parecen a lo que en las películas muestran como vivienda de clase medio baja. Desde Nueva York a Praga, de Dinamarca a Brasil, cuando quieren mostrar algo intermedio, aparecen este tipo de edificios, de los 60-70, un poco mejor que el que alberga al Joker, pero así de barrio y con ventanas a patios donde juegan chicos con sus vocecitas agudas y su felicidad sin escándalos.

Pues bien, en este departamento al que me mudé este año, los domingos, vuelvo a escuchar ese sonido. Llegan los nietos del dueño de casa que linda con nuestro piso y van directo a la Pelopincho, mientras los grandes van preparando el fuego.

Ahí es cuando salto de Caseros a Milán y de Milán a Portovenere.

Me acuerdo que una tarde estábamos en un bar -si miran la foto el que tiene el techo más ancho-, y  habíamos vuelto de la Iglesia o monasterio de San Pietro, agotados por el calor, las subidas y las bajadas, estábamos tomando algo, mirando cómo se hacía de noche,llegaban las barcazas, las primeras luces se encendían, y me dije: montaña, mar y tren. Tres cosas que amo. Me encantaría vivir acá cuando sea grande. Año 87.


Treinta y pico de años más tarde nada cambió, solo que ya empecé a ser grande hace rato. Y cada vez más se acerca mi vejez, más se evapora ese deseo y se acomoda entre las cosas que no podré lograr en esta vida. Quizá en otra, seguro.

Ahora cierro los ojos y escucho, la belleza está en cualquier parte.

Animismo o así mismo

No sé si fue eso lo que me llevó desesperadamente a meter mis manos en la tierra. Quizá fue el sueño de antes. De antes del mate, de escuchar el agua entrar en la pava, hoy hay agua, qué suerte pensé, y enseguida lo escuché. Eso que no sé qué, fue. Eso que me hizo dejar la pava despacio. Buscar los anteojos. Moverme hacia el comedor tan sigilosa como la gata.
Fui derecho a la maceta, le falta un riego pensé, después me ordené: ahora buscá. Y busqué. Tanteé la tierra así, como por arriba, hojas secas, nada más, dónde estás, mierda, dónde. Llevé la maceta a la cocina.
El corazón lo sentía, claro que lo sentía. No era dolor. Era presagio nomás. Algo iba a encontrar ¿Lo soñé? No sé, lo escuché seguro, después del agua en la pava, algo sonó allí, en el comedor, en la planta esa, las plantas no hablan con voz de hombre, bah, las plantas no hablan. Punto.
Y qué fue lo que escuché para estar sacando tierra un domingo a la mañana, tierra negra sobre el mantel, así, medio seca al principio, húmeda después. Vos seguí, no te entregués. Seguí.
Separé las plantas con sus raíces, para que no vean, qué estúpida, si estaban en la misma maceta de donde salió la voz. La voz no salió de la maceta, fue del comedor ¿cómo del comedor, si no hay nadie, qué va a salir de las paredes? Me dio risa pensar en Poe. Nervios bah, risa, lo mismo. Toc. Ahí va, acá está.
Entré más la mano como un pequeño arado. Saqué un trozo de algo duro. Lo lavé. Brilló el color amarillo, verde, rojo, azul, ¿qué mierda es esto? Volví a la maceta, otro toc. Y otro. Cinco tocs. Pedazos de cerámica de piso, qué sé yo, todos con un lado amarillo, rojo, verde, azul. Lindos. Eran lindos. Los lavé. Los puse a secar cerca de la ventana, al sol. La última vez que fueron tocadas. Eso fue. Quién. Papá. Antes de su muerte. Allí las puso, y de allí las saqué hoy. Varios años después. Me dio risa ¿Esto era? Y sí, qué. ¿Qué esperaba encontrar?¿Guita?¿Un mensaje oculto desde el más allá? ¿Un papel diciendo te quiero “poligriya”?…Eso ¿no? pero no. Cinco piedras de colores. Como las que les daba Colón a los indios a cambio de la plata. Ni vidrios siquiera. Cerámica. Pum. Toc. Así de cruel se me viene dando la vida. Una vez que me engancho en algo.
 
Prendí el fuego. Puse la pava. Y esperé.

Pasapalabra

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Villanueva de los Infantes

Pasapalabra en la tele. Yo laburo. Pasapalabra es su programa favorito.

Yo laburo. Debo verlo. Aunque me angustie, aunque me hastíe. Es su programa favorito y yo laburo para ella.

Él me habla y se ríe. No entiende mis sueños. El chupa cerveza a catorce mil kilómetros de distancia y se ríe. Me habla de volver a los setenta. Desde su bunker alemán me habla de los 70. Le hablo de Infantes, del Quijote, de mamá. Mamá nunca estuvo ahí- me dice. Hago silencio. Ya lo sé –le digo. Mamá nos leía el Quijote y la encontré en Infantes. Bueno –dice sin ganas. Me dice que ni España ni Portugal son lugares para ir a morir. Además, que él tiene que morir antes que yo- me dice. Es mayor. Le estoy por decir que me debe un viaje a Venecia desde hace más de treinta años. Pero es la hora de la cerveza, la hora de chispear, de las boludeces. Él allá, yo acá.

No está -dice el conductor de pasapalabra. Está -dice. No está- vuelve a decir. Se ríe. Todos se ríen.

Tengo muchas ganas de llorar.

¡Ay! La ciencia, la ciencia…

A veces me quejo de la “Ciencia” y mi hijo me mira como diciendo ¿enloqueciste?

No, m’hijito, no enloquecí todavía -lo tranquilizo- o por lo menos no creo que mi locura tenga que ver con la desconfianza en la ciencia. Sino que al estudiarla, al adentrarme en ella, veo cada día más cómo se amolda a cada época, las barbaridades que se dicen en nombre de ella, y entonces se me asemeja más a una doxa de mujeres y hombres -sin pestañas de tanto estudiar-, que a una verdad. Hoy por ejemplo, la cantidad de neurocientíficos que intentan explicarnos los comportamientos a través de reacciones químicas del cerebro, la cantidad de genetistas que sólo se ocupan de genes y como artistas encerrados en sus torres de marfil, no ven más allá de sus microscopios, obviando entornos y ambientes, sentimientos y sociedades, en fin. Por algo estudio Antropología.

Obvio, mi hijo con su edad, todavía cree en la ciencia como lo opuesto al caos que nos reina, y está bien que así suceda, ya se va a desandar o desaznar ( pobres asnos, no crean que tiene que ver con ellos el uso de este verbo; lo uso por Aznar, a quien sufrí en mis días de vecindad española). Volviendo a mi hijo, yo también -de joven- me comí el verso de que la ciencia era algo en lo que creía a pies juntillas. Pero cómo voy a hacerlo al leer cosas como estás:

“El médico John Hunter (1865, p.372, original 1775) indicaba :”puesto que todos los negros nacen blancos y lo son durante algún tiempo, es evidente por esto que el sol y el aire son agentes necesarios para dar a la piel su color negro”

( de El determinismo Racial de Harris). Realmente díganmelo. En nombre de esa Ciencia se hicieron matanzas o genocidios. Así que hoy, hay que procurar desconfiar no sólo de políticos, de periodistas y de mercaderes, sino también de todo científico que aparece como adalid de la ciencia. Se los digo con conocimiento de causa. Así como nos decían que a nuestros niños y niñas había que acompañarlos a mirar la televisión, esa caja boba que embrutecía a sus mentecitas, hoy tenemos que discutir con todos la ciencia que se ve por TV, porque a veces nos quieren vender un zapato dentro de un traje de Armani.

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Una foto del campus de mi universidad, la UNSAM, que me gusta mucho.

¿Llegamos? Zarpamos.

Parecía que no, que este año no tendría fin. Pero sí, como todos, como tantos otros años difíciles de la historia lo hemos acabado. Con muchos menos luchadores en nuestras filas -se nos fueron muchos y buenos- pero los que quedamos debemos tomar su posta y seguir.

Al levantarme y ver que era el último día del año, me vino del fondo de mi fondo el estribillo de una canción de la infancia. Pero con la letra cambiada. Comencé a cantar mi Oda al Fin de año, la grabé y se la mandé a mis contactos de wasap.

Un amigo al rato me dijo que era una canción sobre el Arca de Noé que cantaba Iva Zanichi en 1970.

Recuerdo ese año, ese primero de año, asomada a la baranda de la terraza con mi papá, él se preguntaba qué nos esperaría ese año. Yo era tan chica que tenía ganas de jugar, no veía peligro en nada.

Así que para recuperar ese espíritu, esa felicidad de partir en una barca sin saber a dónde va a llegar, es que les escribo a todas y todos los que me leen, mi último posteo del año.

Gracias.

Miseria y genialidad del ser humano

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Siguiendo un poco con la tónica del post anterior que espero se haya entendido, ya que siempre la Navidad me hace cavilar sobre Jesús, Hitler y el pueblo judío. Lo fácil que es darle al caído, aun sin tener nada en contra, siguiendo a la masa digamos, y lo difícil que es mantener nuestras convicciones cuando todo se da en contra. Es de alto valor el poder sostenerse frente a una masa enardecida, o simplemente adormecida, anestesiada por una promesa de bienestar. Si no, miremos hoy Argentina, Brasil, y tantos otros ejemplos de la historia más reciente.

Por eso voy a recomendar un documental que me conmovió profundamente, porque habla de un artista. Szukalsky, un gran, gran artista. Un Miguel Ángel o algo por el estilo, pero del SXX.

Ese artista, polaco, vivió en los EEUU hasta hace poco tiempo. Y Leonardo Di Caprio a quien Szukalski le pidió de niño que no creciera tan rápido, produjo un documental excelente. Se puede ver por Netflix. Creo que es el SXX personificado con todas las contradicciones que tuvo, los horrores y arrepentimientos, los exilios, las ingenuidades, los egos, en fin, todo eso plasmado en una personita de más o menos un metro cincuenta y su grandiosa obra mostrando la humanidad.

Espero que lo vean hasta el final, ya que conmueve realmente. Los cambios que produce la guerra en una persona, la muerte de un ser amado, la vida, en una palabra, la vida misma.

La muerte inocua

La muerte es inocua, circunspecta y discreta, no molesta ni daña a nadie; la vida es lo que estorba, hace ruido, estropea, agrede y por tanto, es refrenada, para que no esté demasiado viva.

C. MAGRIS, El Danubio

 

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-¿Son sus caras diferentes a las nuestras? -pregunta la voz en off del documental Nacht und Nebel, de Resnais.

Me remonto a la ciudad de Nürnberg, su cielo casi siempre azul, su plaza central, con la catedral gótica y pienso que me puedo encontrar tanto entre los condenados de Nacht und Nebel, de le Fils de Saul, o entre esa masa alegre y fuerte eternizada porRiefentshtal, jugando con mis compañeros en el Camping de las Juventudes, o asomándome por alguna ventana para ver de cerca al Führer, y confiar en que esta vez por fin alguien nos entiende, y nos devolverá esa dignidad que perdimos como pueblo.

Los judíos -me dicen- son los culpables. Y bueno, pienso, a alguien he de culpar si es el precio a pagar para vivir con la frente alta, en comunión con mis hermanos arios. Fundaremos una nueva nación que sea ejemplo a seguir para el nuevo hombre. De la nación pasaremos a ser imperio, y ya no habrá más problemas, se bailará y se trabajará libremente. Hitler, el gran conductor, guía nuestra vida…

-No -contesto. Sus caras no son distintas de las nuestras. Ni las que mataron, ni las que murieron asesinadas. Es algo que puede ocurrir, en cualquier tranquila ciudad del mundo, rodeados de un paisaje maravilloso, donde la política se cruce con el mito de una civilización en decadencia,como la nuestra.

Ese es el peligro.

Mi realidad es la ficción.

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La semana pasada terminé de rendir. Estoy estudiando Antropología. Hasta el año que viene, marzo o abril, puedo volver a mi realidad: la ficción. Hubo momentos de este año que sin ella se me hizo difícil. Pero la parte mía -nieta de la Primera Guerra Mundial- me indujo a seguir sin bajar los brazos. Dando todas y cada una de las batallas que implica volver a la Universidad a los cincuenta y cuatro años.

La parte lúdica, la verdadera piba que llevo adentro y que no creció más allá de los dieciséis años, se guardó bien guardada para no enfermarse. Tomó las pastillas necesarias, para no deprimirse. Hibernó tanto como pudo, a veces con un dique de dolor atravesado en la garganta, a veces liberándolo y soltando las aguas a cuatro mares.

Pero sobrevivió. Y acá está hoy, escribiendo su blog, su diario no íntimo.

La primera salida que hice con ella, para reencontrarla y sacarla a la luz dándole un respiro después de meses, fue visitar una librería que abrieron hace poco unos escritores conocidos míos. Suerte Maldita. Así se llama la librería. Hermoso nombre.

Y desde entonces, volví a “mi” realidad. Con un librito bajo el brazo (¡pensaba comprar cuatro!) me volví a casa en una tarde de domingo que prometía lluvia. Un diciembre lluvioso, un diciembre frío, ¿qué más puedo pedir que tiempo, un libro, y un diciembre frío?

Prohibido morir aquí, de Elizabeth Taylor fue lo primero que me había recomendado Luis Mey, uno de los escritores – libreros.  Ahora recuerdo que fue el quien me hizo una pregunta que me pareció rara, pero que ahora entiendo por qué. Me dijo, ¿vas a volver a la ficción? Y yo le respondí que sí, que obviamente, claro, ¡cómo no le expliqué que si no vuelvo no soy real! Por eso mismo, esa noche no tardé en entrar a mi mundo, a su mundo,  al de Mey, al de Ana, al de Elizabeth, al de mis hermanas escritoras, las que planchando pensaban cómo sería la próxima novela.

Me siento identificada con ella, con ella y también con su personaje, la vieja Laura Palfrey que a poco de quedar viuda ( en mi caso quedarme sin el mejor amor que tuve ) se enfrenta a su soledad y su vejez.

Cierto que no soy vieja en años, muchos dirán que si a los cincuenta y cinco me considero una, que me espera a los ochenta. Pues a esos les digo lo mismo que dijo Bourdieu en  La sociología es un deporte de combate. No es la cantidad de años lo que me hace vieja, es la vida que viví, la forma en que la exprimí, las experiencias que me tocó vivir.

Volviendo a Laura Palfrey, o a Elizabeth Taylor, rescato hoy para los que me leen una frase lacerante para todo el que llegó de alguna manera a sentir sus efectos:

“La catástrofe de la vejez residía en no atreverse a ir a cualquier parte, en resignarse a perder la libertad”. 

Cuando la leí pensé, son las palabras exactas. Eso es lo que siento. Tengo miedo a perder mi libertad y no tengo brazo del que agarrarme. Cuando mi hermano que vive en Alemania, hace unos años me dijo que viajar durante vuelos largos se le hacía cada vez más difícil no pensé que tan pronto me llegaría a pasar a mí. Pero eso es lo que sentí el año pasado al volver de España. O los asientos de los aviones se habían achicado o yo me había vuelto vieja en pocos años. Antes disfrutaba volar en cualquier condición. Ahora me da miedo. Y cuando leí a la Taylor, dije, es eso. Es la catástrofe que me va entrando gelatinosamente. Atacando mis articulaciones y mis neuronas, mi piel y mis ojos.

Pues bien, tengo que seguir “planchando” pero no quería dejar de contarles esto. No siempre es agradable encontrarme con mi adolescente interior, pero sí mucho más verdadero.

Mi caída, nuestra caída.

Acabo de  terminar en estos días el libro de Leonardo Padura “El hombre que amaba a los perros”. Un libro que me sumió en la más absoluta tristeza.

A veces pienso que los libros nos eligen, o eligen el tiempo en el que nos debemos sentar a leerlos. Nada que una lectora, un lector, no haya sentido al sentirse identificado con alguno. Lo raro es que aquí la identificación era con varios personajes antagónicos;  tanto el de Ivan, el de Trotsky o el de su asesino Mercader. Hasta que en un capítulo, el 28 más precisamente, sentí que me caían las lágrimas calientes del “darse cuenta de todo”.


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El discurso de Iván, aun en realidades completamente diferentes, pero con el mismo grado de credulidad, de ingenuidad y de obediencia a proclamas que nos harían ser los héroes de un mundo mejor, de un hombre que se venía y para el que teníamos que dar lo mejor de nosotros. Aunque a diferencia de Iván yo no viví en Cuba, sino me pasé gran parte de mi vida en países europeos, a mis cincuenta y cinco años estoy donde nací y  bajo un gobierno de cuño liberal y patético que les ha mentido descaradamente a la gente desde su formación.

Ese capítulo me atravesó con un filo tan extremo, tan asquerosamente delgado, que al comienzo sólo sentí que algo me dolía y cuando acabó, la iluminación fue un reflejo que duró unos segundos, alcanzó a iluminar lo que debía y me dejó a solas con mi oscuridad.

Desde hacía mucho tiempo me andaba dando vuelta la idea de un desmoronamiento. Tal vez su causa sea mi edad. Tal vez el último viaje a España, el año pasado, en los que sin querer removí viejas heridas, pero sané otras y paradójicamente el sanarlas, me hizo sentir que ya no tenía que luchar más por nada, como había sentido durante toda mi vida.

Ese estado de abandono, de ver cómo se caía en pedazos lo que siempre quise descubrir como una verdad, esa falta de rencor que cambié por una infinita compasión, como la que alguien puede ver en un clown que baja del escenario y descubre en él a su humanidad sin fasto, sin narices de colores, sin brillos, nada. Ese fue el principio de mi derrumbamiento. Nada hay más tremendo ni hay sostén mayor en la vida que la lucha por algo que uno se debe a sí mismo.

En España me hice amiga de mi pasado, descubriendo cuánto había dejado yo que ese pasado me fuera dado. Cuánto provoqué del dolor que creía inmerecido. Cuán débil fui creyendo en mi fortaleza y sobre todo, cuánto necesité de ella para criar a un hijo que ya era un hombre.

Hoy, a más de un año de volver y comenzar a estudiar antropología para no volverme loca, empiezo a atar los cabos de aquellos días inocentes, de mis locuras juveniles y no tanto, mis impulsos hacia actos a los que nunca les di la dimensión que tenían. Creí durante mucho tiempo,que la vida de todo ser humano era así de dura, así de “peleona”, así de desafiante. Creí que todo el mundo se debía medir con una vara tan alta como la que yo me había puesto para perdonar lo que había conseguido con tanto esfuerzo: una vida digna para mí y para mi hijo.

Pero estudiando antropología caí en la cuenta de la cantidad de historias parecidas a la mía, la cantidad de veces que las sociedades fueron masacradas en nombre de una verdad en la que se creía a pie juntillas y que era pura falacia. Eran máscaras como las de la tragedia o la comedia. Se podían echar al fuego de los días y ser olvidadas al cabo de unos años.

Cuánta energía perdí tratando de demostrarle al mundo mi fe, mi verdad, mi pasión en algo en lo que creí de verdad. Cuanta ceguera tuve al no darme cuenta que a nadie le servía mi honestidad, ni mi rectitud ni mi brutal grito de razón. Solo causaba daño. Solo me volvía cada vez más odiada, más lejana, más inalcanzable. Rodeada de un halo de dureza que jamás, juro por lo que sea, jamás tuve ni tendré. Apenas soy un manojo de carne y sangre, que como muchos, no siente la piel, no tengo protección ni nada que me resguarde.

Por eso, al sentir que ya nada tenía que andar defendiendo, me caí. Y con mi caída arrastré al mundo que me había armado conmigo. O el mundo que me armó a mí. La idea de libertad, por ejemplo, se cayó en este pozo en el que estoy metida, y desde donde -como los esclavos de Platón- veo las sombras de aquel que funciona allá arriba. Pero a diferencia de la caverna del griego, yo ya dejé atrás esa realidad, sabiendo que eso que vi y viví, no era vida.

Hoy me refugio en los sueños, ese estado del que todavía nadie nos habló definitivamente. Esa otra vida que, pesadillesca o no, prefiero sin poses. Me refugio en lo que escribo, sin esperar ni siquiera editarlo. Me refugio en un solo por hoy como el de los alcohólicos o drogadictos, a los que siempre me acerqué mucho más de lo necesario o permitido.

El mundo, mi mundo, se cae. No tengo más viejos en la familia para achacarle las culpas de nada. No espero tampoco nada ya de mi hijo, salvo que cuando esté muerta, no me juzgue por los errores que cometí sino por todo el amor con que lo defendí de este mundo de mentiras.

Vivir así es casi como estar condenada a perpetua. No esperar nada ni nadie. Solo esperar la inercia mínima, salir de la cama, pasearme un rato por la casa para saber que sigo, que aún sigo viva.