El cielo protector

Diana Laurencich

foto-de-el-cielo-protector Foto: Un théŽ au Sahara. The sheltering sky, 1990 por Bernardo Bertolucci.  Colección Christophel.

No sé bien cómo fue que dejé pasar tanto tiempo antes de leer este libro. Lo compré en una de esas ferias de verano que venden varios por equis pesos, todos saldos de grandes editoriales que tienen una falla o algo así. Recuerdo haber comprado tal cantidad que no me los pude traer en la maleta y los dejé llenándose de polvo en la biblioteca de la casa de la costa. Supongo que fue por eso que tardé dos años entre que lo compré y lo leí.

Pero sostengo que los libros nos eligen. Acostumbro a devorar lo que compro o me regalan me guste o no me guste. En algunos casos como este, cuando tengo muchos para elegir, decido siempre por algo que me “toca”, que me llama desde el libro. Ya sea en la tapa, alguna ilustración…

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Ni una menos, ni una más.

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¡Qué difícil ser hembra en este mundo, lidiar para no pasar por tonta! Los escalones miden veintiocho señora…pero. Pero nada imbécil, que no me digas cosas obvias; que la hermana de mi hijo fue abusada; doce años, abusada; trece años, madre; dieciséis, abandonada; no tiene a quién llamar por las noches cuando las ratas hacen crujir la madera; mamá, papá ¿dónde están? Cuando me buscaron llenos de calentura y sexo y pasión y enamoramiento, en ese instante mismo en el que el semen atravesó las barreras y llegaron a salvo los millones de padres a mi madre; o un segundo antes mejor, un segundo antes de eso; yo no estaba, no era nada, nadie, no existía, ni dolor, ni hambre tenía, solo estaban ustedes, solo ustedes, hurgando sus olores y lamiendo sus salivas; ahora yo concibo, ustedes no están, mamá, papá, mamá, papá…

¿Cómo dieciséis y ya tiene un hijo de cuatro? me pregunta su hermano, ingenuo todavía ¿Ya es adulta? ¡Qué va!, adulta, ¿viste cuando a mamá le caen lágrimas porque el carpintero la trata como imbécil? Cuando le dice lo que miden los escalones y mamá lo sabe, pero él es fuerte y ella es … ¡Qué va! … ¡Adulta! ¿Sabés las ganas de esconderme del mundo que tengo? ¿Sabés las ganas de tomar más Atarax del que debo y volverme tarada, tarada, tarada, y que no me fastidien y que no me quieran follar para sacarme dinero y que no me traten de idiota, por ser hembra? ¿Sabés lo que sufrió tu hermana cuando dio a luz? Solo una madre lo sabe, una hembra lo sabe, las entrañas abiertas, vacías, y el hijo que se va, aunque sea del abusador, del novio de tu madre ¿qué más da? ¿Y dónde estaba su mamá cuando pasó eso? ¿ Y dónde su papá, mi papá, nuestro?

Papánuestro de cada día sálvanos hoy de morir ahogados en este pantano de aguas sucias, crueles de hembras y machos, que se huelen y se chupan, y dan asco, unos y los otros.

¿Cómo se hace para ser hembra en este mundo?

Glotones de Don Dinero

 

23a

Pienso, pienso y no me entra en la cabeza cómo puede haber en este mundo gente tan glotona, por no utilizar la palabra avara tan usada desde los viejos tiempos, cómo puede haber gente a la que no le importe el estado de los otros, los que lo rodean, o de los que se entera por medio de varios medios, llámese redes, tevé, películas, libros, periódicos.

Pienso en cómo se hace para vivir así, con ingenuidad, sí, pero es que llegamos a un punto en el que no hay retroceso, estamos pudriéndonos como sociedad, como generación y como humanidad.

Nadie nos va a rescatar de esa glotonería estúpida de querer ganar un punto más en una acción, de querer tener un vestido más caro, de querer el coche más nuevo, el móvil con más funciones, la casa con el último sistema de alarma y de detectores de “chorros” o de ” cacos”, un dato más en nuestro archivo; para demostrarle al otro, a la otra, que tenemos más que él o ella y mentir, sobre todo mentir, hacernos los amigos, los que podemos con este sistema que nos empuja a un estado en el que todo estallará más o menos temprano, lo veamos nosotros o nuestros hijos.

Veo en twitter la agresión que hay. Eso es, creo yo tan ingenuamente como se pueda entender, rabia contra una situación que nos está destrozando poco a poco o a grandes zancadas en el último tiempo.

Veo que hay gente que esconde papeles de color verde en cuentas off shore, que hace acuerdos en contra de sus hermanos, de sus compatriotas y me pregunto ¿cómo dormirán los glotones? ¿Alguna vez soñarán con que no pueden sacar la mano del tarro de tantos caramelos que quieren llevarse?

Mendigos

Mendigos de amor los dos

patéticos

indignos.

¿Cuánto tiempo más nos va a costar borrarnos el nombre,

designarnos al fin como lo que somos

y no como lo que piensan

cuando nos ven?

¿Habrá alguna vez alguien que se decida a perdonar nuestras vidas?

¿Habrá alguien capaz de subir el pulgar en este circo romano?

 

Desde mucho tiempo atrás

nos ha confundido el mote con el que nos llaman,

pero sabemos,

vos y yo sabemos que solo somos mendigos,

y que tal vez lo cambiamos algún día

de alguna primavera pasada,

por el de piratas,

robadores de mar holandeses,

guerrilleros de lo imposible,

utópicos buscadores de un amor desesperadamente ingenuo,

lírico y tonto

que quedó en la nada.

 

Entre tu país y el mío,

en aquel exilio elegido

de olor a neumático quemado

de ruido a cacerolas y manos batientes,

tu país, del que me prendí como una garrapata sin destino,

desde el que te llamé desesperadamente

una y mil veces para escuchar tu vieja voz

conocedora de lo único puro que cargaba,

inútil ruego

para que me arrastraras lejos,

me dijeras algo que sabía jamás iba a escuchar:

mi nena mi nenita,

tocá el violín bajo la nieve,

bajo la furia del sol que hierve,

no puedo decirte más,

ya lo sabías.

 

Toqué el violín y caminé kilómetros mirando el mar,

de día y noche,

buscando un signo

como aquella canica de goma

con un dólar adentro

que partí en dos

para comer y soportar.

Gasté suelas

y me hice llagas de picón,

me armé con gorros de folletos turísticos

espadas con papel de restaurantes

y le di cuerda a la vida

estocándola suciamente,

ponzoñosa,

clavada en mí, clavada en ella.

 

Y un día me descubrí prendida de aquellas buganvillas

del un volcán rojo y un mar turquesa,

de una escuela subiendo la loma

con un maestro de árabe hablando francés.

 

Prendida del five o’clock y el té de durazno con la inglesa,

un día

me descubrí prendida

de aquel país, de aquella isla

donde alguien me enseñó la palabra gandul,

(una de las más bellas que encontré en la vida)

y me trajo un día tembloroso su regalo

convencido de que Zitarrosa era mi compatriota…

Tan inculto fue

tan humildemente inculto

que me regaló el violín de Becho

a pura nostalgia y llanto

en una copia de DVD, su tesoro más preciado.

 

Un día quedé prendida de aquel país de aquella isla

con esa bruta maruja virtual,

que hablaba de su tía asturiana

cosiendo sus trenzas al gorro republicano

cuando los franquistas la dejaron rapada

sin melena para lucir

sin perfume para embriagar

a sus diez y tantos años en un país en sepia.

 

¿Qué sabrán los otros cuán mendigos de amor fuimos

o después

piratas de mar holandeses

patéticos e indignos

agarrados a un tubo de teléfono

suspirando vos

llorando yo,

lo que hemos construido

en ese contar de a dos y lejos

sin hablarnos

sin sabernos a diario

sin rumbos ni aconteceres

ni hijos ni trabajos

desdichas ni rutinas

solo el empujón para partir.

 

Mi nena mi nenita

tocá el violín bajo la escarcha

bajo el viento huracanado o

polar de la desdicha.

No puedo decirte más.

Vos ya lo sabías.

 

Testigo muda

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Acabo de ser testigo (sin querer, sin necesitarlo ni buscarlo) de una separación familiar. Recién, al despertar y levantar la persiana de la cocina para desayunar.Una madre, un padre y dos hijos, nena y nene. Estaban ahí abajo, un poco a la derecha, en la vereda de enfrente. Me quedé prendida de esa imagen que pronto me llevó a otras, revividas como una imposición del destino, como una prolongación del sueño del que quise escapar y que debido a eso me había levantado hacía un rato. La nena, de unos cuatro, tal vez cinco añitos, lloraba a upa de su papá que le besaba el pelo abrazándola con todo el amor de un padre cuando se va a despedir de su hijita.

La mañana era clara, entraba por la ventana un hermoso viento veraniego, que empezó a jugar con sus remolinos y mis lágrimas, mientras seguía viendo a la madre, opuesta al padre a quien veía de frente, no hacía gestos que demostraran que estaba llorando. Yo sí lo hacía, y cada vez más hondo me enredaba en mis tantas separaciones del padre de mi hijo, venían una a una a visitarme, mientras el otro hijo de esta familia que representaba la escena de despedida frente a mi ventana casi para mí como única espectadora, el otro hijo que tendría unos diez u once añitos, sin dejar de mirar a su hermanita ni a su papá, se bamboleaba sobre sus piernas rollizas, exhibiendo su ropa de marca sin querer, él si lloraba, por lo menos se pasaba, lo veía yo desde mi palco, pasarse la mano gordita por la nariz, secarse las mejillas. La madre tragaría saliva, no lo sé, apenas se movía más como si la moviese el viento tan juguetón de esta mañana que por voluntad propia, y me daba mucha pena, porque era lo que yo hacía cuando mi hijo era pequeño y le quería demostrar que no se caía el mundo sobre mis hombros, y por lo tanto y mucho menos sobre los de él: intentaba que no me viera llorar, o no por lo menos como sé llorar ahora, abriendo zanjas en el suelo si se me antoja, ahora ya es un hombre, me digo, y todo lo que yo sienta me lo debe respetar. Ni acompañar, ni comprender, ni compartir. Respetar. Por eso, cuando veía a esa madre casi inamovible, me imaginé su garganta ardiendo, tragando pus, dolor y vida vivida junto a es hombre que quizá no era para tanto, quizá, estaría pensando esa madre, si le diera otra oportunidad esa nena no lloraría tan apretada a él, no debería padecer esto, no parecería un abrojito con su cara escondida,  mojándole la remera a su papá, sin querer despegarla del pecho, de ese latido fuerte que pronto dejaría de escuchar.

Yo acompañaba como testigo muda, esa escena tantas y tantas veces repetida en estos tiempos, tanto que apenas hacía doblar la cabeza de algún transeúnte, de algún trabajador apurado y seguir su paso, su carrera, sin detenerse a nada.

Por fin la madre atinó a quitarle la nena al padre para darle protagonismo a su otro hijo, el gordito de diez , once años, que esperaba su turno para el abrazo. Primero recibió uno que fue apenas dado. Me hizo mal verlo. Me acordé de un sobrino que a su edad era así abrazado. El padre seguía mirando a su hermana que seguía llorando y escondía la cabeza en el pecho de la madre, el refugio que le quedaba. Después, el padre lo abrazó nuevamente y empezó con los jueguitos propios de padre e hijo que se quieren, con sus códigos, con apretadas contra su vientre, caricias en el pelo, en la espalda, y el nene ( a esa edad les cuesta tanto) tardó en abrazar a su papá, en rodear con sus brazos su cintura, en dejar caer su cabeza sin tensión sobre el vientre del padre.

Abrazalo, decile que lo querés, les murmuraba yo a uno y a otro como si pudiera llegar mi deseo a sus oídos, abrazalo que quizá sea la última vez, me repetía, mientras el viento, mientras mi llanto y mi recuerdo se arremolinaban.

Me quedé hasta que el padre se subió al coche y se fue. No sabía bien qué hacer, sentí el vacío de esos tres seres que quedaron y caminaron hasta su casa, abrieron la puerta y la cerraron. Cuando escuché a un perro ladrar detrás de la misma puerta cerrada, me pude despegar de esa imagen, de esa tristeza que sin quererlo, me hicieron ser testigo muda de mis recuerdos.

Sé que es tonto contar algo así. Pero a veces uno anda tan solo, que compartir alivia. Gracias a los que me entiendan.

Un día cualquiera entre los vivos.

Me despierto a las tres de la tarde, la vida me sonríe desde su resaca de anoche, estuvo lindo me digo, les voy a escribir algo a los chicos, huelo así como de sopetón el aroma de los jazmines que me trajo de su propio jardín la que organizó la velada en casa, lindo, estuvo lindo me digo, la casa en penumbras, afuera hay un sol, uf, calor también, la gata duerme, anoche me la olvidé en la terraza mientras todos estábamos hablando de, ¿de qué, de qué hablamos anoche?, me acuerdo de la mina del kiosko, ¡ja! refiriéndose con su boca en U a la medida de las partes de los maridos de las mujeres según hablan, ¡qué guasa!, ¿y la pelirroja? la ginecóloga diciendo sí, así habla la mayoría, las partes, las partes pudendas aclaró el que llevaba el cartelito abrochado por un botón, no lo sabía , jamás lo escuché dijo la que sabe latín, con y griega aclaró el del cartelito, a ver si me confunden, naaaa, acá nadie te va a confundir, le aclaré, el vino se multiplicaba sobre la mesa a medida que el timbre sonaba, qué bueno, hay para beber, no moriremos de sed… Estuvo lindo, el agua en la pava comenzó a emitir ese sonido que conozco, ese sonido matutino que hoy gracias a lo lindo de ayer, es vespertino, la yerba y su aroma, anoche me fumé un atado de cigarros, por eso la garganta así, qué graciosa la del pelo largo cruzando la calle, perá, perá que nos morimos acá, graciosa era poco, qué lindo pelo tenés, le dijo el hijo de la kioskera, la U en la boca para catalogar a sus clientas, ¿las que piden así, viste? las que piden así, las finas, jaja, ¡qué tipa, y la otra le seguía el verso! , así empiezan ¿viste? dijo la kioskera, qué lindo pelo, qué lindos ojos, ¡qué lindo!, ¿y lo del café en la farmacia de turno? ¡más!, qué bueno, coronados de gloria vivamos con el dolca que supimos conseguir, mirá que hay que tener suerte ¿eh?, despertar a una pobre piba de guardia en una farmacia y conseguir los laureles del himno, o el dolca para cortar el vino, ¿no? a esa altura de la noche ya, qué bueno, un mate caliente, ahhhh…ésto es vida, vuelta a la cama, ahora le escribo a los chicos, ¡qué lindo! y el loco de Patagones que no apareció, pero qué lindo mensaje, ¡los quiero a todo infelise!, así, infelise nos escribió, con el humor del que sabe nos va a hacer reír, infelise, má infelí será vó, estaba por contestarle, que no llegaste infelí, pero había tanto amor en su mensaje, tanta recomendación de cuidar en su nombre lo que vale que, ¿para qué, no? , mejor contestarle bien al infeliz, si al fin y al cabo no pudo llegar, doscientas leguas de Patagones a Devoto, ¿sí? ¿tanto habrá o será poco? mirá que no saber lo que mide una legua, ahora lo miro en la wikipedia y me saco el entripado , no me va a dejar así el tipo, pero qué lindo che, qué linda gente,con la patrona de la fiesta ahí, sentada como en un trono, fumando esos finitos, el otro con su camisa blanca impecable auto designándose dios,  y el que me pasó el mensaje del infeliz de Patagones, el de la aclaración de la y griega, qué bárbaro, todo lo que contó, con esa simpleza, buena gente, good boys…ahistá mate, notebook, cama, facebook, bien, miremos primero los mensajes…¿Cómo? Pero, pero ¿qué dicen estos infelices? ¿Cómo son capaces de joder con, qué…?

Bromapesada-SuicidiodeldePatagones-Cochería-Confirmación: dolor, dolor, dolor.

Y la Turca acompaña al infeliz que no llegó. ¿Qué día es hoy?

A Fermín. A la Turca Taha que murió ayer.

Vacaciones rojas

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Así le podría llamar a mis pasados días en la casa de un amigo. Sobre todo después de haberme prestado el libro de Pamuk: Yo soy Rojo.  Todo, desde entonces, se tiñó de esa sabiduría oriental, mezcla de aceptar la decrepitud humana, el deseo erótico, (no en un sentido solamente sexual sino en el de querer vivir), nuestra bajeza moral y la tendencia a la violencia.

Ya sé que muchos leerán esto y dirán, ¡pero si no tendemos a la violencia como sociedad! Después de leer Yo soy Rojo, entendí que no se puede luchar contra lo innato. Por más sutil que sea esa violencia, me refiero no sólo a la física, la más visible, sino a la que milímetro a milímetro es adoptada diariamente por los gobiernos, los representantes del poder o la fama de turno, los poderosos, los que aún siendo buenas personas creen que por tener más dinero que otras eso los vuelve importantes, mejores, dueños del mundo chiquito, estúpidamente chiquito, que los rodea.

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Leer Yo soy Rojo me recordó a mi primera incursión en el análisis de la estupidez ( o estulticia) humana, cuando leí a Erasmo, tendría dieciséis años. Hace casi cincuenta ya. Y todo sigue igual de abominable en la humanidad. No estoy, aviso, para nada deprimida, solo que puedo ver algunas cosas que otros se niegan a ver.

Dicen que cuando uno acepta la enfermedad, se vuelve todo mucho más fácil. Es algo así lo que me pasó con la lectura de ese libro. Después de leerlo, tomo distancia de todo, ya no me encabrono por cosas que no están a mi alcance cambiarlas. Las observo como un combo que vino con nuestro estar en este mundo. Que después los norteamericanos se encargaron de dibujarla para hacernos creer otra cosa, oh yeah, pero desde milenarias civilizaciones nos advierten que todo es tan común, que más allá de unos cuantos teléfonos móviles o armas más letales, el ser humano en sí, en su esencia, no ha cambiado mucho.

Por eso, cuando digo vacaciones rojas, todos piensan en sangre, y yo no, pienso en Pamuk y su libro. Por eso cuando se lee “Vacaciones rojas” como título, se piensa en algo así como la visión de Popeye en la película de Robert Altman (1980) que ve todo rojo por la ira; o tal vez se piense con una tendencia macartista en Moscú. No. Nada de eso.

La cosa va por otro lado.

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Quizá vaya por el rojo de los cielos o dela luna que vi, que como la sangre humana que corre por todas nuestras venas, aún hay quien cree que tiene sangre azul.

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Porque te quiero te aporreo.

  LIBRO FUI

“Un escritor, amigo en común, me dijo que ella es más buena que yo porque no habla mal de mí. Yo le dije que es mejor hablar mal que no hablar, que la indiferencia es lo peor. Era una broma, me dijo viendo cómo me entristecía, y me dejó pensando en aquella época en que ella no me negaba, porque la hubo, la época en que estaba orgullosa de mí, porque la hubo. ¿Qué fue lo que pasó? Muchas veces pienso en eso. En nuestra familia y las relaciones de amor-odio. Porque te quiero te aporreo, repetía mamá en uno de sus tantos refranes. Y yo me dejé aporrear muchas veces en nombre del amor. No sé si no necesito del aporreo para sentirme querida. No lo sé. Será que el amor nos venía mezclado con los bifes, casi una receta educativa en nuestra época.

Una de las últimas veces que sentí el refrán grabado a fuego fue cuando recién llegada a una isla más africana que española, rodeada de agua y sin un mango, viví con mi hijo Bautista y su padre en la casa de mi suegra. No recuerdo bien cómo era la casa ni tampoco muy bien del baño. Creo que tenía azulejos rosados y tulipas en forma de flor. Puede ser. De lo que sí me acuerdo es de la ventanita que daba al patio trasero de la casa. Y del lavarropas. Contra él me empujaba. La ventanita era muy chica para escaparme, además ni se me hubiese ocurrido: Bautista gritaba detrás de las piñas, detrás de la abuela, en la puerta del baño en el que su padre me había acorralado. El amor se convirtió en violencia. De golpe. Sin saber cómo. Yo no sentía miedo. Miedo no era la palabra, más bien confusión, impotencia, dolor. No sabía dónde acabaría todo eso. Cómo haría para sacar a Bautista del medio. Alguien que lo saque de ahí, pensaba yo, que no vea a su madre gritando, que no vea a su abuela arengando al padre, que no vea al padre golpeando a su madre, que el mundo pare de girar, que venga un ángel de algún lado y nos lleve, un superman, un Tigre de la Malasia, un defensor de pobres y ausentes; ojalá alguien escuche los gritos y detenga esta fuerza bruta. La vida pasó en un minuto delante de mis ojos. Mi viejo y la vergüenza de que se enterara de mi miseria. Mi viejo y su amor por ese tipo que me empujaba, sacado, contra el lavarropas de la isla más africana que española. El ruido del lavarropas contra la pared. Las puntas que me lastimaban. El llanto de Bautista , su boca abierta a más no poder gritando mamá. Por qué se me habría ocurrido ir a esa isla maldita.

Salí del baño cuando me pude zafar: lo agarré a Bautista de la mano; él, lo recuerdo bien, tenía unas ojotas verdecitas, una remera blanca sucia y un short rojo. Así, él y yo solos, nos fuimos llorando hasta mi laburo. Laburaba en un casino a pocas cuadras, cuesta abajo, al lado dela playa. Tenía el uniforme puesto, entraba a las cinco. Serían las cuatro y media. Todo se había terminado. Algo empezaba.

A Bautista no lo dejaron entrar, estaba prohibido. Le di unos papeles y unos lápices y se quedó en el hall de entrada, parecía un rumanito de esos que piden limosna en las escaleras de los hoteles europeos.

–Dibujá, lindo, dibujá acá afuera, mamá tiene que entrar a trabajar.

Mi jefe, cuando me vio, me dijo que no me hiciera problema y me fuera. ¿A dónde? tenía que pensar que haría, calmarme, meterme en mi puesto, ser filmada por cinco cámaras, hacer los arqueos, pensar en nada. Nada. Ya algo se me iría a ocurrir.

Un compañero, el “Cuba”, terminaba su turno a las seis. Tenía un hijo de meses. Y una mujer de la que me siempre me hablaba, periodista, vasca, y sobre todo buena persona. Ellos me lo cuidarían hasta que yo llegara. Debería confiar en el otro. Por lo menos me aseguraba un tiempo hasta salir de ahí. Me esperaban en su casa, me dijo. Bautista se fue al auto del Cuba de su mano, sonriendo y saltando ; yo no podía creer verlo así después de lo que habíamos pasado. La increíble recuperación de los críos. Cuando se fue Bautista mi jefe me preguntó si quería hacer la denuncia.

—No hace falta. No —le dije conteniendo las lágrimas. Entre pago y pago pensaba que no sabía lo qué me hacía falta en el mundo, tal vez haber elegido mejor, nunca haberme decidido por ese destino, nunca haberme enamorado.

 

Cuando salí del Casino era de noche y, cosa rara en la isla, hacía frío. Lo primero que pensé fue en comprarle un abrigo a Bautista con el adelanto que me habían dado, yo seguía con mi uniforme de cajera: camisa blanca, falda azul y pañuelo burdeos. Caminé por la Avenida de las Playas y encontré una tienda abierta, todavía había guiris comprando, revolviendo en los canastos con carteles de “sale” escritos en grandes cartulinas. Busqué algo lindo para Bautista. Barato y cómodo, que le sirviera para toda ocasión. Enseguida encontré una chaquetita gris de un polar grueso, con mangas a cuadros grises y blancos. Me la puse yo. Estaba tan flaca que me entraba la ropa de un crío de seis años. Me tomé la guagua. Me dolía todo y me dieron ganas de llorar, de cruzar el Atlántico y contarle a papá lo que me había pasado, de pedirle perdón por no seguir su consejo, de querer siempre salirme con la mía. No era un tipo para mí. No lo era. Lloré un rato y sentí que me aflojaba demasiado, pensé que jamás podría bajar de esa guagua blanca calefaccionada. Pero Bautista me esperaba, o mejor dicho, yo quería verlo y terminar ese día infame, saber que estábamos a salvo en una casa donde su padre no nos podría alcanzar, una casa donde pasar la noche.

El cubano y su mujer tenían lo que se dice un hogar. Eso era mucho más que una casa: daba al mar, era cálido, tenía juguetes para su bebé y las habitaciones estaban pintadas de colores claros. La vasca me cayó bien enseguida. Me estaban esperando para cenar. Los nenes ya lo habían hecho. Me dieron una copa con vino tinto y macaroni. Bautista bañadito jugaba con el bebé. Llevaba puesto un calzoncillo rojo del cubano atado con un piolín, una remera limpia de la mujer del cubano y sonreía. El vino me supo a gloria. La comida no me bajaba. Cuando el bebé se durmió hablamos un rato, o hablaban ellos. Yo no sabía ni qué decir. Tenía mucha vergüenza pero lo miraba a Bautista viendo la Guerra de las Galaxias y sonreía.

Nos dieron una habitación. Estaba pintada de verde clarito y tenía guardas de Ikea con flores, un velador en la mesita de luz y sábanas limpias. Abracé a Bautista y le conté un cuento. Se durmió y yo quedé a oscuras, pensando en lo poco que se necesita para ser feliz.”

De Fui gemela.

 

De madres e hijos.

 

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Cada vez te parecés menos a mí. Lo percibo en cosas diminutas, pueriles, estúpidas. Como hoy cuando pusiste el tubo led para iluminar la mesada. Te pregunté si era cálida. La luz, ¿es cálida? No, no había, compré neutra; me contestaste. Y eso fue todo. Cualquier madre estaría contenta con eso. Y a mí me hizo sentir una distancia que a veces me provoca el verte tan crecido. Y tan distinto.

Yo jamás hubiera comprado una luz neutra para la mesada.

Por eso digo, cada vez nos parecemos menos. Difícil de aceptar. Sobretodo al principio. No era lo planeado. ¿Por qué creí que algo mío quedaría eternamente reflejado en vos? ¿Por qué busco ese guiño que me haga sentir que no desperdicié tantos años, en que la tarea fue bien hecha  y ya cumplida? ¿Será que creo que hice algo bueno? Me alegro cuando alguien ve dibujada una sonrisa como la mía en tu cara. Me alegro cuando escucho una música que yo te hice escuchar por primera vez, pero vos no te acordás, claro. Me alegro cuando podemos hablar y estar de acuerdo en algo. Porque es difícil sacarte un sí, ma. Y no es que seas malparido, no, es que es una estupidez que no se puede evitar. O al menos yo no la puedo evitar.

¿Por qué tal como nos engañan con eso del embarazo feliz, nos engañan también con el creernos formadores de nuestros hijos? Porque realmente hay una parte de nuestra vida en que nos lo creemos. Que nosotras, las madres, o los padres; los formamos. Nada de eso es cierto. ¿Acaso la madre de un asesino quiso formar un asesino? O acaso la madre de un pedófilo al darle de mamar, le inoculó algún bacilo que se instaló como un “allien” que lo hizo ser tal? O por el contrario, la madre de un bienhechor de la humanidad sabía que tenía un prodigio para alimentar. No.

Las madres amamos, cuidamos, protegemos a los críos de todo peligro, pero no del nuestro. No del creernos que en algún punto los estamos haciendo a imagen y semejanza nuestra. Y tratamos de ser lo más justas y correctas del mundo para que nuestros hijos salgan justos y correctos. Y los llevamos al teatro, les cantamos, les compramos libros, les enseñamos a hacer patitos, a dibujar la A más redondita, a hamacarse solos, a…puedo seguir hasta la madrugada. Pero no. No hace falta.

Sé también que la adolescencia, la juventud; es la peor etapa, y la más sana. Que como todo pasa.

Pero hoy me duele ver el tubo de luz neutra.

Y sonreír, para agradecer tu gesto.

¿USTED ES FELIZ?

LIBRO FUI

Así me dijo el médico ayer. En tono de pregunta me lo dijo. Jamás me lo habían preguntado así. Con ese gesto adusto. La avenida Cabildo allá abajo. A lo lejos. El aire acondicionado dándome en la cabeza. El ruido que subía, típico de un veintitrés de diciembre.
¿Usted es feliz?
¿En qué sentido?
No filosofemos, me dijo, digamos en sentido general.
Yo podría morir hoy y estar satisfecha, si a eso se refiere. Pero ¿feliz?
La felicidad es un término tan subjetivo, cómo contarle de mi estado esta mañana al ver el violín sobre la mesa ,esperando en su caja antigua, por mis manos o la de mi hijo para que lo saquen de ahí, lo hagan sonar, lo vuelvan vida?
Cómo contarle que la lluvia cae mansa y frágil en los techos, el aire entra fresco, el cielo está gris y han puesto Mozart en la radio?
¿Cómo? ¿Eso constituye la felicidad? ¿Saber que mi hijo duerme en su cama, bajo mi mismo techo, es esa la felicidad? Para mí sí.

Pero hay otros momentos, en que mi pensamiento divaga, por los hospicios y las cárceles, las gentes bajo los techos de chapa y los que tienen malaria. He visto mucho por el mundo, he visto mucho de lo bueno como de lo  malo, para ser rotundamente feliz, esféricamente feliz.
Sé que tengo una sensibilidad extrema a situaciones que otros pasan de largo. ¿Ve? ¿Ve allá abajo, en la Avenida? Parecen hormigas , peor, parecen termitas, consumiendo, regalando a quienes odian, sólo un día, sólo por un día, buscan la foto. Yo no, me han sacado ya muchas fotos, no quiero más fotos de compromiso, ahora yo saco a quien quiero.

Si la pregunta está contestada me alegro, doctor mío, si no, lamentablemente le tendré que decir, que no, no soy feliz. Pero es mi esencia. Nací para ser enfermera sin fronteras y acá me tiene, casi una burguesa intelectual.

Sabe qué me gustaría, estar ayudando a los saharahuis, estar en Kabul, en Sodoma o en Gomorra, pero estar donde me necesitan los oprimidos. Pero todavía tengo un hijo a mi cargo que me necesita. Y bastante le hice vivir , al pobre, como para abandonarlo por los más necesitados. Mientras tanto, escribo, mientras tanto pinto, mientras tanto me hago la enferma y vengo a hablar con usted. Para probar que todos los psiquiatras son iguales. Recetan y adormecen a los sensibles llamándoles bipolares o TOC o ansiosos, como usted quiera, póngale usted el nombre que para eso estudió. Y le agradezco por eso Doctor, le agradezco.

Ahora soy yo la que pregunta: es  usted feliz sobre esta alfombra beige, con sus zapatos lustrados, los libros tan ordenados, el portero recogiendo la basura y usted teniendo que bajar a abrirme, quejándose del ruido de la avenida, cuando sabe que en el mundo hay injusticias extremas,  abusos de menores,  violaciones , asesinatos, hambre y mafias?
¿Va a brindar con champagne usted esta noche? Ah! no …usted no festeja la Navidad! Va entonces, a brindar con champagne el treinta y uno?
Por quién va a brindar Doctor, dígame ?
¿quién es el cuerdo aquí de los dos?

Me fui de aquel edificio, y respiré el aire cochino del colectivo 80, me apretaban  los trabajadores que volvían de su laburo. Reflexioné sobre la impulsividad y la necesidad de proteger a otros, como me dijo el Doctor. Y me sentí un poquito menos loca. Más humana.

( De FUI GEMELA)