Domingo de sol y pobreza

Cuando hay sol como hoy en invierno, cuando la calefacción no calienta, no hay comida en la heladera pero sí internet ( cosa que últimamente me hace pensar en qué clase de bicho soy) , lo primero que hago un domingo a la mañana es un hacerme un mate y leer los portales de los diarios enemigos, las notas de los amigos en los portales periodísticos de verdad, no porque la verdad sea una sola, sino porque sabemos -o sé más bien- que detrás de esa nota no hay más nada que tratar de informar de la gravedad del asunto, y que nadie banca a nadie, y que todo lo que diga ese periodista puede ser usado en su contra, y que sería mucho más fácil reír y no ser cómplice de nada, pero no. Ni a mis amigos periodistas les sale, ni a mí.

Así que como gran masoquista que soy -solo por decidir bancarme este gobierno acá ya lo soy- , leo, leo y leo. Chupo mate, fumo, chupo otro mate, y empieza a endurecerse mi estómago, hasta que digo basta. Diana, stop. Tenés buenos amigos que te prestan Netflix, mirate una serie, regá una planta, escuchá a Eminem, pero no sigas cargando tu “sesera” de tanta mierda. Porque es eso. Mierda cada vez más dura que nos tiran por la cabeza. Panorama cada vez más oscuro, más “dark”. Más contracturas, más dolor de cabeza, más ansiedad, más palpitaciones, más todo.

Dios no me dio la capacidad de comer bizcochitos de grasa y mirar la tele, siguiendo la vida ajena cual si fuera la propia. Dios, o el universo, o la santa puta madre, me hizo un animal pensante y para mi gusto demasiado reflexivo. No me doy tregua.

Ayer, por ejemplo, cumplía cincuenta y cinco años y en el momento en que mi hijo y su novia se dispusieron a hacerme una torta, yo me puse a ver los atentados de París contados por sus protagonistas en un documental de la Netflix. Por qué, idonnou. Pero fue así.

Por eso, cuando termino de leer , se apodera una angustia enorme, enorme e insoportable y ya no veo el sol, no veo la torta, no veo el mate, no veo. Me quiero esconder del mundo. De la vida. De mi vida. No se me ocurre nada más que ver otra película, estudiar un poco más, dormir otro poco. Insisto con la misma cantinela de siempre ¿Esto es vida? o como me decía un amigo ayer, estamos pagando por todo lo que hemos disfrutado de ella durante nuestra mocedad.

No sé, no tengo respuestas. Pero en vez de sol, siento que caen soretes de punta.

macri el mago sin dientes
Siga bailando muchacho, mientras nosotros vemos como arruina al país.
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Cumpliendo 55 años en el siglo XXI

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Es raro. Antes -no mucho tiempo atrás- a los cincuenta y cincoya se era abuela, ya se descansaba, ya se disponía el cuerpo con sus achaques para la vejez y la muerte después. Hoy es un esfuerzo más que nos pide la sociedad. No parecer de cincuenta y cinco, no jubilarse, no temer a la muerte porque todavía está lejos.

Pero ni el cuerpo deja de mostrar sus signos vitales deteriorados, ni la jubilación llega para descansar. Eso sí, se puede uno encontrar con un médico que nos dice que un estudio lo tenemos que hacer de manera urgente y todo se vuelve confuso.

Esa contradicción que nos plantea el día a día hoy, nos descalibra. Nos vuelve inestables. Yo, por ejemplo, inicié mi segunda carrera el año pasado. Todo el tiempo según los ritmos de la universidad tengo que “competir” con chicos de 18, 20 años que asimilan de una manera tan distinta a la mía lo que nos dan que muchas veces me siento fuera del tarro. La universidad todavía no está preparada para absorber las diferencias escolásticas, de vida, de madurez de la gente que la puebla.

Es raro ser estudiante a los 55 y es raro no poder expresar esa sapiencia que nos da la vida, porque todavía, según el rito académico, no tenemos un papel que avale que “nos recibimos”. Uno que ya a esta altura no cree ni en los papeles de color verde, a veces se ríe, a veces se enoja, y otras hay que tomar envión para seguir sin caer, sin abandonar.

A ver si me entienden, no me quejo de mi estado, digo que es raro. Que hay días en que pienso largar todo y convertirme en una abuela como era la mía por parte de madre, que murió a los sesenta años, que vestía de negro desde los cincuenta (y no por moda), por usanza, se hacía un rodete con su pelo canoso, y sonreía y aconsejaba y escuchaba la radio y tejía. Y cocinaba y sus manos pecosas acariciaban a sus nietos. No more.

Pero me es imposible hacerlo. Leo los Herederos de Pierre Bourdieu para sociología, o veo una serie en Netflix, o tengo que mostrarme up. Y hay veces que el cuerpo no está up. Para nada. Ni el ánimo, ni nada está para arriba. Y llega el día del cumpleaños y uno no sabe si festejarlo o hacer como que no pasa nada.

Y así estoy. Escribiendo en un blog, a punto de ver una serie en Netflix o seguir con Los herederos de Bourdieu para el lunes. Eso sí, el mate en la cama es el regalo que me hice esta mañana. Mate y tostadas para no aflojar.

 

 

Soy docente

Antes de ir a la Marcha Federal de Docentes., quiero contar algo, va sin corrección, va de una porque si no no llego.

1394960817_139496_1394960817_noticia_normalSoy, fui y seré docente. Creo que nací docente. Queriendo explicar cosas que yo aprendía a todo el que quisiera o no. Me daba igual. No me debo olvidar de mi condición de gemelitud. El compartir para mí era más necesario que el respirar.

La primera vez que di clases fue a los dieciocho años. A “pibes” de 10. Señalo la palabra pibes porque una vez casi me expulsan de una escuela por decirle a un pibe “pibe”. Pero ese es otro cantar, que si no me revuelve el estómago después lo cuento.

Decía que la primera vez que di clases, fue a los dieciocho años (en plena dictadura argentina, 1881,  y vigilada obvio, eran mis prácticas). Fue en la escuela de una avenida ancha de la ciudad de Buenos Aires. Cada vez que paso por ahí, miro a ver si veo a alguno de aquellos gorditos lindos, que con diez años me prestaban atención. Y será que ellos eran – algunos me pasaban en estatura- tan iguales a mí, que jamás pensé en cuestiones de academia Yo sé , vos no . Jamás. Siempre fue un mano a mano. Yo sé algo que vos no y vos algo que yo no. Vamos a ver de qué se trata eso. Simple. Horizontal. Nada de superioridad ni altanería. Era más  como un juego con mi gemela, que una clase.

Eso sí, la clase en esa época en Bellas Artes -Lía Gutierrez, mi docente- nos  hacía “planificar” , me acuerdo que era la palabra, con una primera parte que se llamaba motivación, una segunda que era el desarrollo o implementación, y una tercera que era la evaluación.

No solo se evaluaba al “pibe”, se evaluaba a la misma práctica con herramientas pedagógicas para ver si lo que uno había propuesto había servido para acceder a determinados saberes, que en esa época y gracias que estábamos en Bellas Artes, eran tres: de conocimiento, de valores, y de procedimiento o aptitud. Los tres pesaban -o al menos en nuestra planificación deberían ser- como tres patas en nuestra clase. Había que revisar todo para saber si uno había cumplido con lo estipulado.

Era todo un mismo entramado, si uno no había planificado bien la clase, en cuanto a creatividad por ejemplo, jamás lograría que un “pibe” se motivara, y por ende, que rindiera lo que uno esperaba sea su máximo potencial.

Y así, todo. Por eso, jamás y lo repetiré hasta el cansancio, me creí el cuento ese de la superioridad académica. Eso lo dejamos en el siglo XVII. Hoy somos seres iguales -aunque a veces no lo parezca- y el saber no está en manos de unos y de otros no. El saber está repartido, se construye, se va armando en base a un objetivo que nos sirva a ambos, al que lo trae, al que lo porta, al que lo transfiere, al que lo acepta, al que lo difunde, y así sucesivamente. Freire, Montessori, y tantos otros nos mostraron que el saber no es verdadero. Es transitorio y construido para servir a una idea, en una sociedad específica, en un tiempo específico.

Por eso decía, que hoy se me cagarían de risa si les contara que en el año 1996 por decirle “pibe” a un pibe, me hicieron una junta tipo inquisición, me perdonaron la vida, y me dijeron nunca más. Después salió Fontanarosa a decir Mierda y todos lo aplaudieron. Pero yo era una siempre profesora de arte, que hasta debía ir a reuniones de “aprendizaje” y debate sin que me pagaran, teniendo un pibe de dos meses y cayéndoseme la leche de las tetas, porque las reuniones se excedían de las dos horas. A veces llegaban a las cuatro. También en ese colegio para ricos del que estoy hablando en la ciudad de Mar del Plata, debí un par de veces llevar a mi bebé con fiebre a clase para que no me descontaran el “presentismo”.  ¿De qué tiempos hablamos? Edad media, no…hace poco más de veinte años. Y ya no había dictadura militar.

En dictadura, y ya en el profesorado de Arte, iba a buscar a los alumnos “vagos” al bar de la esquina cuando terminaba con mis clases y allí discutíamos mi clase. Les puedo asegurar que esos que no encajaban en el sistema eran mucho más creativos que los que me esperaban sentaditos en sus sillas . Hablábamos de Informalismo en el arte, de movimientos del SXX, de poesía y hasta de política entendida en sus mismos términos, porque si ellos tenían diecisiete años, yo tenía menos de veintidós.

El mundo después, me enseño tanto, que me parece que voy a contar esto en varias entradas. Hoy solo lo que quería decir es que ni se imaginan por lo que pasa un docente. Hoy marchamos en la Argentina para que reconozcan esas luchas que pasan por lo cotidiano, por lo que el que no fue o no es docente, jamás vio ni verá.

Por eso, si no podés marchar, no difames a los docentes.

 

 

 

 

Voto a voto

[https://www.youtube.com/watch?v=7IR9svxMTFQ&w=560&h=315]

La idea la había tomado de la película Conversación Nocturna. Un documental sobre la pianista Marta Argerich que había visto en la pantalla de la tevé pública. “Dormir de día”. Esa era la solución. No tener que soportar el trajinar de las familias bien constituidas, las gitanas augurando un buen futuro, los comerciantes de la zona, algunos prósperos , otros recién llegados al barrio que prometía, como prometían los militantes de la esquina, disfrazados de gauchos y con globos amarillos que inflaban dentro de una camioneta pintada de amarillo oro.
El sol doraba toda la escena como los arcos del mac donald que engullían y escupían gente. Un poco más allá, en la otra cuadra de su piso.
Lo único que le gustaba eran las flores de Hugo el florista, pero últimamente hasta ellas era truchas, estaba viejas, no eran flores frescas. Para comprar flores frescas había que irse por la vereda de la sombra hasta La Praderita, tradicional casa de pastas del barrio. Ahí en la puerta había otro puesto de flores que estaba mejor surtido: de ahí las flores duraban más, aunque la mujer del dueño era medio antipática, cuando estaba el hombre solo le redondeaba los precios, y la verdad que comparándolas con las de Hugo, el florista de la esquina , no tenían ni punto de comparación.
Así que se hizo fuerte para soportar todo ese trajinar de sábado a la mañana, se levantó de la cama y se propuso llegar hasta la casa de comida para gatos, comprar un bolso de piedritas Absorsol paquete negro, que le había dado buen resultado cuando se fue a principio de año a pasar el invierno a Alemania. Con dos bolsas de esas, la gata anduvo lo más bien. Y otro tanto con el alimento, el Vital Can era más barato que el Royal Canin, y sin embargo la gata parecía bien alimentada.
Así que se puso la campera que le había comprado a su hijo en Francia hacía años, era para la nieve. Se lo puso sobre el piyama verde loro y salió, dispuesta a conseguir todo rápidamente, y volver con los azufres, que eran parte de la lista. Las barras de azufre que le sacarían el dolor de espalda y por ende el de cabeza. Compró cinco.
Por suerte no se encontró en el camino con la gitana que siempre le “mangueaba”, se hizo la simpática con un par de vecinos y estuvo a punto de comentarles a los de la perfumería que tenían un cartel Busco cajera con experiencia, que ella estaba sin trabajo, que experiencia como cajera más allá de su trabajo en el Casino de Lanzarote, controlada por cinco cámaras no tenía, pero que estaba segura que podía poner mucho más empeño en hacer ese trabajo que cualquiera que tenía cuatro o cinco referencias  para hacer un buen CV y ser tomada.
Entonces recordó su plan . A Marta Argerich, diciendo que dormía de día y vivía de noche. Nadie le podía discutir nada, Marta representaba la productividad de la cultura, algo que siempre hubiera buscado su familia. Marta era admirada en varios idiomas desde sus quince años. A nadie le importaba que le temblaran las piernas del pánico, ni importaba que no tuviese amigos y se aburriese soberanamente dando conciertos por todo el mundo, sin gente joven a su alrededor. La cosa era que fue y es una pianista consagrada, y como si fuera poco, argentina, y como si fuera mucho más poco, ni se teñía las canas  ni hacía dietas ni nada, solo era ella, después de mucho sufrimiento. De cortarse con un filo un dedo para no dar un concierto, de inventar excusas para no enfrentarse a situaciones que  leyendo a Gide se le presentaban como dignas de ser representadas.
La Argerich le había dado la idea y no podía fallar. Ella tampoco se bancaba la luz diurna, ella quería desaparecer de la faz de la tierra, lo más sutilmente posible.
Lógico que debía cumplir con deberes de madre soltera. Eso lo tenía bien claro y aunque la gata no fuese suya, sino de su hijo, también debería ocuparse de ella, si no quería que la despertara varias veces durante el día reclamando comida y piedras para mear.
Así que tomó coraje y salió, con un gorro que la ocultaba, tenía, o le parecía, un rostro desfigurado por el llanto.
Compró todo y más. Hasta un jabón de rosa mosqueta que no necesitaba pero que le dio tanto placer el olerlo que se lo regaló a sí misma.
Llegó y dejó todo sobre la mesa de la cocina, viendo en lo que se había convertido su casa durante los dos días que  decidió quedarse en la cama, para recuperarse de su malestar: un asco.
Y ahí le vinieron ganas de llorar, miento, fue antes, al hablar con su hijo de los hombres y la obligación de soportar a las mujeres en su período, o su SPM da igual. No podía creer haber educado a ese hijo, lo veía tan machista como la mayoría de hombres que ella aborrecía. ¿Dónde había quedado lo sagrado de la menstruación de las mujeres, ese estado de revolución hormonal que ninguna de nosotras queremos pero que viene tan inesperadamente como se va y que nos vuelve frágiles, histéricas, desconfiadas, lloronas, a punto de sentir que no servimos para nada, absolutamente para nada?
Por eso, después de la charla con él, le hizo tender ropa, se aseguró que supiera centrifugar como corresponde, no sea que las pastillas sean más poderosas de lo que ella imaginaba; le dio dinero para pasar dos días y poder comprar víveres, morir de hambre no moriría, eso estaba asegurado; y le avisó que probablemente no despierte hasta el otro día, no tenía por qué, no había motivos.
La gata y él tenían alimento asegurado, hacía frío, mucho frío, no tenía que trabajar, no tenía ningún compromiso con nadie. Vivir estaba demás. Así que se tomó sus pastillas, en una dosis que sabía perfectamente no la iban a matar, pero tampoco sería fácil despertarla. El domingo debía votar.
El dormir debía extenderse hasta entonces, aunque no tenía ninguna esperanza de ganar no dejaría que ese voto fuera para el candidato que odiaba con toda su fuerza.
Tan estúpida y patriótica era, tan imprescindible se sentía, como si un voto más, un voto menos, podría cambiar el resultado de una elección que ya estaba resuelta y que la haría sentirse mucho peor. Casi en el infierno.
El efecto de las pastillas pronto comenzó a notarse y como en el quirófano, comenzó a sonreír. Al final, con un poco de suerte, despertaría de noche.

Y la vida no era tan peligrosa a la noche como a la luz de sol amarillo, que iluminaba esa mañana desde los arcos dorados y los globos de la esquina.

 

Estudiar Antropología a los cincuenta

Quien dice cincuenta dice cincuenta y cuatro, lo debo confesar para los que les gusta (o les gustará, en un futuro) hacer cálculos, casi cincuenta y cinco. Siempre supuse que mi inmortalidad llegará con mi muerte. No sé si fue Marcos Curi, quien una vez, hablando por teléfono, me encontró enferma y dijo, “bueno, mejor, si te morís tus obras valen más”. Yo tendría veinticinco años y pensé en eso. Muerta valdré más.  Y sigo pensándolo. Muerta valgo más. Hoy él es el que está muerto, y sus/mis obras no sé quien las compró, ya que los rumores sobre Marcos y su muerte son demasiados. Lo único que sé es que él no se quedó con mi dinero. Y yo tampoco. Lo único que sé, es que él me quería y eso me basta. A mí y a mi sobrina. No a mi ex. Jamás.

Pero volviendo al tema. Hace un año, precisamente el dos de mayo cuando volví de España, volví con una depresión feroz. Me recibió la Argentina del “2 x 1”  así se le decía a la horrible idea de conmutarle penas a genocidas que habían cometido crímenes de lesa humanidad.

También me recibió la muerte de Abelardo Castillo. Creo que fue su libro Crónicas de un iniciado -a esta edad no se puede afirmar nada- el que me conectó con la escritura argentina de verdad, antes de los veinte años. En esa época, solíamos discutir sobre literatura y cine con mi hermana gemela, y ese libro junto al de Liliana Heker -Zona de Clibaje- fueron muy disfrutados y muy debatidos entre nosotras. Si bien con Ale hablábamos de literatura y cine desde hacía más de quince años -no, no estoy exagerando- creo que estos dos libros marcaron otra mirada para dos estudiantes de Bellas Artes que absorbían nuevas ideas hasta atragantarse.

Bien, volviendo al tema, -ya se irán dando cuenta de por qué le puse este título a este escrito- al volver a Argentina y encontrarme con estas dos noticias, mi depresión fue caótica. Si a eso le sumamos problemas familiares de rapiña patrimonial, cuando me crié entre cultores que gritaban a voz en cuello: no a la propiedad privada; fue demasiado.

Una vez que me “acomodaron” muy a mi pesar los “fármacos anti todo menos anti  tendencia al suicidio” -ese es el tema de mi última novela que está en gatera-, comencé a pensar qué iba a hacer de mi vida. En ese período tan oscuro en que los hijos ya no me necesitaban casi para nada y aún eran muy chicos para darme nietos; pero sobre todo, el panorama político y económico actual me había quitado toda posibilidad de competir con mi Curriculum Vitae (la mayoría de los empleadores no quieren gente que sepa, quieren gente a la que puedan manejar), el mandar CV  a los portales de empleo y  ver en sus estadísticas que el único motivo de rechazo era la edad, es que decidí quedarme en casa y no gastar en nada más que en comer. No como mucho, así que ese no sería un problema.

Pero, y gracias a mi psicóloga Meli, también decidí no ser tan pesimista y así como cuando el mercado de arte cayó me puse a estudiar Marketing o cuando me di cuenta que vivía en una Isla protegida por su Biosfera como Lanzarote, me aboqué al medio ambiente; y también, más cerca en el tiempo, cuando quise hacer cine, empecé por estudiar guión; esta vez me propuse (maldito Weber) estudiar algo calculando mi edad cuando terminara. Pensé que la psicología estaría bien para una vieja que se diplomara a los  sesenta años, con problemas en la columna. Estar sentada en un sillón escuchar al otro y escribir. Eso era. Volví entonces a la Universidad.

Y he aquí la magia, me confundí. Dentro de las materias en las que me anoté para el primer cuatrimestre, me anoté en una que no necesitaba para psicología (¡inentendibles planes pedagógicos!): la Antropología.

Y la Antropología me atrapó. Fue como empezar a ordenar todo lo vivido en casilleros. Fue como entender que yo era antropóloga aún antes de estudiar Antropología. Que siempre me interesaron los “otros”, siempre. Que siempre hice “trabajo de campo” ,siempre. Que siempre escribí “etnografías o monografías ( como dice Rosana Guber), siempre. Y siempre reflexioné sobre lo que me enseñaron los otros, los escuché ( a veces más que a mí misma).

Pero entrar en la Universidad conlleva un academicismo, un modo de “estatus académico” como dice Lins Ribeiro, que no me agrada. Una mirada desde el eurocentrismo o estadounidensecentrismo, que no comparto. Viví en varios países, me convertí en una especie de “observante participante” o de una ” participante observante”, sufrí y disfruté el “punto de vista nativo”, asimilé su lenguaje, decodifiqué sus códigos y eso en la universidad no sirve. Hay que graduarse para debatirlo. Hay que pagar derecho de piso. A no ser que pague una maestría, para la que no tengo dinero, debo esperar cinco o cuatro años, terminar la carrera y recién ahí el “sistema universitario academicista” -del que todavía hacemos uso aunque muchos antropólogos estén en completo desacuerdo- me dejarán exponer mis teorías. Así somos. Un título habilita. Horas y horas de vida y trabajo de campo, no. Hay que estudiar a los clásicos cuando los clásicos no fueran antropólogos, y menos antropólogos argentinos. Así estamos. No podemos salirnos del molde eurocentrista en el que nos metieron los que nos colonizaron, los que nos estudiaron como salvajes, los que vinieron en los barcos a difundir sus ideas y sus métodos.

Da miedo enfrentarse a los nuevos paradigmas, da mucho miedo. Imagínenme a los cincuenta y cinco años, casi, luchando por erradicar esos paradigmas cuando sé que mi vista, mi espalda, y sobre todo mi memoria comienzan a dar señales de deterioro.

Pero así son las reglas con que tengo que jugar. Y así las jugaré, hasta que algún día, quizá después de muerta, alguien levante las banderas que propongo levantar hoy, y nos dejemos de tanta teoría, y resolvamos comenzar a ocuparnos del “otro” de verdad.

 

Quiero una vida “laif”

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Mi tía, mi papá y su mozo en los años cuarenta.

 

En este barrio en el que vivimos no se nota mucho que es domingo. No existe la calma de los pueblos. La extraño. Intento fabricarme un domingo puertas adentro: Cierro las ventanas, me preparo los apuntes, enciendo la notebook, postergo el desayuno.

Fracaso cuando pienso que hay cosas por comprar. No tengo el coraje para obviarlas.  Aunque sean diez minutos tendré que salir de la casa. Peinarme, ponerme zapatos, sonreír. Nadie tiene idea de lo que me cuesta hacer esas tres cosas juntas en estos tiempos. Miro por la ventana, el  “chino”  está abierto.

Salgo, y el vecino a quien le conozco la cara después de varios años,  está lavando su moto en la vereda. Me quedo mirando el agua que desparrama, la que salpica sobre la puerta de mi casa. No levanta la vista. Me quedo quieta. Me mira. Sonrío. Él no, sigue cabeza gacha lavando su rueda delantera. Después le diré algo, pienso. Volver rápido a casa es la consigna. Que no se malogre mi domingo, tengo que escribir tanto, no puedo quedarme con ese arrogante malgastador de agua.
Recuerdo un artículo sobre una mujer de sesenta y seis años que cruzó sola el Atlántico. Ella desarrolló la paciencia frente a olas de cuatro metros. Si ella pudo con las bestias, yo también. Paciencia.
Los chinos me entristecen. Desde que llegaron al barrio cada vez son menos chinos, más argentinos. Compro las dos cosas que fui a comprar y me pongo en la cola sin mirar a los costados. Adelante de todo está la mujer del diariero, el gallego le decimos. Paga rápido mientras la observo. También para ella pasaron los años. Está en esa edad que ya no le importa cómo va vestida. Le miro la espalda, curva. La papada, cuelga. En su bolsa tiene un queso mendicrim light. Pienso en el colesterol. La mujer del gallego debe tener colesterol. O está en la moda light.
Laif, decía mi tía. Me encantaba cuando mi tía decía laif. Nunca me dieron  ganas de corregirla ni contradecirla. Era una mezcla de lo que ella y yo entendíamos. Vida laif. Yo quiero una vida laif de verdad. Supongo que mi tía, en su cama de geriátrico, también.
No puedo pensar en mi tía sin llorar. No se merece este final.
Pago rápido y al salir, están los verduleros. Compro naranjas de jugo y sé que la chica, que no es china (me pregunto por qué es difícil encontrar chinos verduleros o carniceros) se aleja a buscar cambio. Tiene un trasero grande y no lo disimula. El jean se lo marca bien y tiene un bordado: “This is for you”. Pienso en su novio, si es que lo tiene, si es que le gustará ver esa frase bordada en el pantalón de su chica. Por lo menos viene con el cambio y sonríe. No como el otro perejil, el de la moto, que no saluda, ni hace una mueca siquiera.
Como mi papá, como mi tía, como mis ancestros, cruzaré la avenida, cargada, por la mitad.
Salgo de entre los autos estacionados, tengo que alcanzar el otro lado del Atlántico entre los buques estacionados. Mis piernas son mi barco. Cada vez más cerca escucho la sirena de una ambulancia. Me apuro y llego, miro para atrás, quiero ver a la ambulancia. Vital. Buen nombre. Pienso en un infarto de domingo. Cómo se complicaría todo.
Busco al pibe de la moto para decirle algo. Ya no está. Subo y entro. No hay nadie en la casa. La gata murió, mi hijo está en lo de su novia. Intento continuar con mi domingo. Coloco las naranjas una a una en la fuente blanca. Las bananas al lado. Los colores brillan. Qué lindo que es acomodar fruta.  Pongo el agua para el mate y miro el calendario. Domingo. Hace tanto que no salgo.
Cada vez me dan menos ganas.
¿Me estaré volviendo como la mujer del diariero?

El cielo protector

Diana Laurencich

foto-de-el-cielo-protector Foto: Un théŽ au Sahara. The sheltering sky, 1990 por Bernardo Bertolucci.  Colección Christophel.

No sé bien cómo fue que dejé pasar tanto tiempo antes de leer este libro. Lo compré en una de esas ferias de verano que venden varios por equis pesos, todos saldos de grandes editoriales que tienen una falla o algo así. Recuerdo haber comprado tal cantidad que no me los pude traer en la maleta y los dejé llenándose de polvo en la biblioteca de la casa de la costa. Supongo que fue por eso que tardé dos años entre que lo compré y lo leí.

Pero sostengo que los libros nos eligen. Acostumbro a devorar lo que compro o me regalan me guste o no me guste. En algunos casos como este, cuando tengo muchos para elegir, decido siempre por algo que me “toca”, que me llama desde el libro. Ya sea en la tapa, alguna ilustración…

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Ni una menos, ni una más.

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¡Qué difícil ser hembra en este mundo, lidiar para no pasar por tonta! Los escalones miden veintiocho señora…pero. Pero nada imbécil, que no me digas cosas obvias; que la hermana de mi hijo fue abusada; doce años, abusada; trece años, madre; dieciséis, abandonada; no tiene a quién llamar por las noches cuando las ratas hacen crujir la madera; mamá, papá ¿dónde están? Cuando me buscaron llenos de calentura y sexo y pasión y enamoramiento, en ese instante mismo en el que el semen atravesó las barreras y llegaron a salvo los millones de padres a mi madre; o un segundo antes mejor, un segundo antes de eso; yo no estaba, no era nada, nadie, no existía, ni dolor, ni hambre tenía, solo estaban ustedes, solo ustedes, hurgando sus olores y lamiendo sus salivas; ahora yo concibo, ustedes no están, mamá, papá, mamá, papá…

¿Cómo dieciséis y ya tiene un hijo de cuatro? me pregunta su hermano, ingenuo todavía ¿Ya es adulta? ¡Qué va!, adulta, ¿viste cuando a mamá le caen lágrimas porque el carpintero la trata como imbécil? Cuando le dice lo que miden los escalones y mamá lo sabe, pero él es fuerte y ella es … ¡Qué va! … ¡Adulta! ¿Sabés las ganas de esconderme del mundo que tengo? ¿Sabés las ganas de tomar más Atarax del que debo y volverme tarada, tarada, tarada, y que no me fastidien y que no me quieran follar para sacarme dinero y que no me traten de idiota, por ser hembra? ¿Sabés lo que sufrió tu hermana cuando dio a luz? Solo una madre lo sabe, una hembra lo sabe, las entrañas abiertas, vacías, y el hijo que se va, aunque sea del abusador, del novio de tu madre ¿qué más da? ¿Y dónde estaba su mamá cuando pasó eso? ¿ Y dónde su papá, mi papá, nuestro?

Papánuestro de cada día sálvanos hoy de morir ahogados en este pantano de aguas sucias, crueles de hembras y machos, que se huelen y se chupan, y dan asco, unos y los otros.

¿Cómo se hace para ser hembra en este mundo?

Glotones de Don Dinero

 

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Pienso, pienso y no me entra en la cabeza cómo puede haber en este mundo gente tan glotona, por no utilizar la palabra avara tan usada desde los viejos tiempos, cómo puede haber gente a la que no le importe el estado de los otros, los que lo rodean, o de los que se entera por medio de varios medios, llámese redes, tevé, películas, libros, periódicos.

Pienso en cómo se hace para vivir así, con ingenuidad, sí, pero es que llegamos a un punto en el que no hay retroceso, estamos pudriéndonos como sociedad, como generación y como humanidad.

Nadie nos va a rescatar de esa glotonería estúpida de querer ganar un punto más en una acción, de querer tener un vestido más caro, de querer el coche más nuevo, el móvil con más funciones, la casa con el último sistema de alarma y de detectores de “chorros” o de ” cacos”, un dato más en nuestro archivo; para demostrarle al otro, a la otra, que tenemos más que él o ella y mentir, sobre todo mentir, hacernos los amigos, los que podemos con este sistema que nos empuja a un estado en el que todo estallará más o menos temprano, lo veamos nosotros o nuestros hijos.

Veo en twitter la agresión que hay. Eso es, creo yo tan ingenuamente como se pueda entender, rabia contra una situación que nos está destrozando poco a poco o a grandes zancadas en el último tiempo.

Veo que hay gente que esconde papeles de color verde en cuentas off shore, que hace acuerdos en contra de sus hermanos, de sus compatriotas y me pregunto ¿cómo dormirán los glotones? ¿Alguna vez soñarán con que no pueden sacar la mano del tarro de tantos caramelos que quieren llevarse?

Mendigos

Mendigos de amor los dos

patéticos

indignos.

¿Cuánto tiempo más nos va a costar borrarnos el nombre,

designarnos al fin como lo que somos

y no como lo que piensan

cuando nos ven?

¿Habrá alguna vez alguien que se decida a perdonar nuestras vidas?

¿Habrá alguien capaz de subir el pulgar en este circo romano?

 

Desde mucho tiempo atrás

nos ha confundido el mote con el que nos llaman,

pero sabemos,

vos y yo sabemos que solo somos mendigos,

y que tal vez lo cambiamos algún día

de alguna primavera pasada,

por el de piratas,

robadores de mar holandeses,

guerrilleros de lo imposible,

utópicos buscadores de un amor desesperadamente ingenuo,

lírico y tonto

que quedó en la nada.

 

Entre tu país y el mío,

en aquel exilio elegido

de olor a neumático quemado

de ruido a cacerolas y manos batientes,

tu país, del que me prendí como una garrapata sin destino,

desde el que te llamé desesperadamente

una y mil veces para escuchar tu vieja voz

conocedora de lo único puro que cargaba,

inútil ruego

para que me arrastraras lejos,

me dijeras algo que sabía jamás iba a escuchar:

mi nena mi nenita,

tocá el violín bajo la nieve,

bajo la furia del sol que hierve,

no puedo decirte más,

ya lo sabías.

 

Toqué el violín y caminé kilómetros mirando el mar,

de día y noche,

buscando un signo

como aquella canica de goma

con un dólar adentro

que partí en dos

para comer y soportar.

Gasté suelas

y me hice llagas de picón,

me armé con gorros de folletos turísticos

espadas con papel de restaurantes

y le di cuerda a la vida

estocándola suciamente,

ponzoñosa,

clavada en mí, clavada en ella.

 

Y un día me descubrí prendida de aquellas buganvillas

del un volcán rojo y un mar turquesa,

de una escuela subiendo la loma

con un maestro de árabe hablando francés.

 

Prendida del five o’clock y el té de durazno con la inglesa,

un día

me descubrí prendida

de aquel país, de aquella isla

donde alguien me enseñó la palabra gandul,

(una de las más bellas que encontré en la vida)

y me trajo un día tembloroso su regalo

convencido de que Zitarrosa era mi compatriota…

Tan inculto fue

tan humildemente inculto

que me regaló el violín de Becho

a pura nostalgia y llanto

en una copia de DVD, su tesoro más preciado.

 

Un día quedé prendida de aquel país de aquella isla

con esa bruta maruja virtual,

que hablaba de su tía asturiana

cosiendo sus trenzas al gorro republicano

cuando los franquistas la dejaron rapada

sin melena para lucir

sin perfume para embriagar

a sus diez y tantos años en un país en sepia.

 

¿Qué sabrán los otros cuán mendigos de amor fuimos

o después

piratas de mar holandeses

patéticos e indignos

agarrados a un tubo de teléfono

suspirando vos

llorando yo,

lo que hemos construido

en ese contar de a dos y lejos

sin hablarnos

sin sabernos a diario

sin rumbos ni aconteceres

ni hijos ni trabajos

desdichas ni rutinas

solo el empujón para partir.

 

Mi nena mi nenita

tocá el violín bajo la escarcha

bajo el viento huracanado o

polar de la desdicha.

No puedo decirte más.

Vos ya lo sabías.