Papusza

Ayer, cuando no tenía consuelo por la partida de Mirta Colángelo y todo me parecía gris, ayer alguien puso en mi camino esta maravillosa película polaca sobre la primera poeta gitana de la historia. Por lo menos, la que se dio a conocer.

Últimamente siento que el arte todo está tan bastardeado, tan manoseado. Importa más el chisme que la obra. Más lo especulativo que lo trascendental.Y esta película habla de una verdad tremenda, la vida pasa, nos poenemos viejos, y morimos. Si en ese tiempo, más allá de famas y orgullos, no hacemos lo que tenemos que hacer, es como el agua que se escurre entre los dedos. La vida se nos fue sin misión verdadera.

Mi tía muere y no la puedo retener, mi hijo crece y no puedo deshacer lo que hice mal, ni seguir haciendo lo que hice bien.Ya lo crié. Ya no me pertenece su historia. Sus logros son suyos y no míos, sus metidas de gamba también. No es tiempo ya de arrepentimientos ni euforias. Me llegó la época de cosechar, de rebuscar en la tierra, dónde están mis raíces, dónde dejé mis pies. De buscar el el cielo la luz que me alumbra y las alas que me permiten volar.

Por eso, por su verdad, es que me gustó tanto Papusza. Ella y la película, realizada en uno de los mejores blanco y negro que vi en mi vida. No se la pierdan. El que la quiere ver gratis lo puede hacer por mira de todo punto net.
No la dejen pasar.
Ni a ella, ni a sus reflexiones, ni a sus poemas: los poemas nos recuerdan lo que sentimos ayer. Y ayer sentí que el mundo no era para mí. Pero aquí estoy, recomendando a una poeta que sufrió su raza, su tiempo, y la ignorancia de los que la rodeaban, menos uno. Menos uno que salvó sus cosas para nosotros y la hundió a ella para siempre.

Mirta Colángelo

mirta

Si hubo una mina que me hizo temblar

si hubo alguien en quién creía de verdad

si de alguien pude decir que hacía magia

fue ella.

No lloro a los amigos que se fueron, estarán (lo sé) mejor que yo.

No lloro a los amigos. Los extraño sin remedio.

 

Para los que no tuvieron el placer de conocer a esa mujer que se fue el día de la primavera de hace cuatro años, va aquí una carta que me envió hace muchos años (ella les decía palomares) cuando se hizo susurradora de poesía.

Anduve de viajes, Neuquén, Tierra del Fuego, Laprida, de ferias de libros…
…En fín, como siempre, la vida. A veces una de cal y otra de arena, a veces dos o tres de cal que enharinan o cinco de arena que te sepultan.La vida
Pero quiero compartir con vos el hallazgo de mi varita mágica.
Leí que un grupo de artistas franceses, dispuestos a desacelerar la locura del mundo decidieron salir a susurrar poemas al oído de la gente. La idea me pareció bellísima. Adherí a ella y me hice un susurrador.
Un tubo de los de tela que se tiran en las sederías; más o menos de 1,40m. de largo. Lo pinté con aerosol negro mate y me fui a probar a la inauguración de una muestra muy concurrida en el MAC. Sin comentarios, vestida de negro, susurrador en mano, fui susurrándoles pequeños textos poéticos a unas 60 personas. Verles las caras a medida que el texto pasaba desde mi boca hasta el oído de las buenas gentes me fascinaba y me impulsaba a seguir.
En la semana siguiente recibí 12 palomares de gente que agradecía el susurro.

De ahí en más no he parado de susurrar, Diana de mi corazón. En mis talleres de Laprida todos los participantes-cerca de 30- se fabricaron su susurrador y en la muestra final les susurramos al público. Ya andan por todo el país. Y así en Tierra del Fuego y en todo sitio por donde ando coordinado talleres o contando cuentos la idea del susurrador se multiplica.

Tengo anécdotas maravillosas. Ésta es una de las más conmovedoras: Regresando de Buenos Aires a Bahía iba hacia la terminal de ómnibus en un taxi donde el conductor, un hombre mayor, se quejaba de tener que seguir trabajando hasta la madrugada. Hacía muchas horas que no veía a su mujer, me decía.

Imaginá la escena. Iba yo sentada con mi bolso y mi susurrador en el asiento de atrás y sin pensarlo dos veces alcé el tubo y le dije que le iba a regalar una coplita para que se la dijera a su mujer cuando llegara a su casa. Y ahí nomás le susuré:

Pan es pan
queso es queso
no hay amor

si no hay un beso

Al viejo, que al principio el tubo le habrá parecido una especie de cañón, le cambió la cara y lo emocionante es que cuando llegamos al semáforo sacó una libretita y me pidió que le repitiera la copla y se la anotó. Para decírsela a mi mujer, dijo.
¿No es una maravilla?

Geisha argenta

albertoolmedo

 

Si supieras lo contenta que me pone

llevarte un desayuno a la cama

encontrar una dirección en Google Maps

ver con qué colectivos podés ir a laburar

contratar un remise que te traiga de bailar

mostrarte un lugar que no sabías que existía.

 

Si supieras lo que espero que me llames

lo que espero que me digas ayudame

vení, quiero esto, quiero aquello, llamá a tal.

 

Si supieras que fui dúple, que siempre fui doble,

(como dupla, como cupla, acople, acopla)

que puedo perder mi vida por la tuya,

puedo sostenerte aún con vértigo, de tu mano,

para que no caigas de un piso como Olmedo,

de una terraza de barrio, de un acantilado en el Mediterráneo.

 

La vigilia por vos me fortalece,

me olvido mis miedos,

me olvido de que soy alguien mortal.

 

Pienso que no hay nadie que no logre

ser feliz si me deja servirlo.

No soy sierva, no. No te confundas.

¿Mendiga? Quizá, de amor, de mirada,

de sonrisa.

 

Es tan fácil herirme, si supieras,

y tan fácil dejarme hacer, que

no entiendo cómo vivimos separados

condenados

a luchar cada uno por su pedacito de gloria en este mundo

cuando podríamos ser dos

amparados como los pichones,

al amparo de los obuses de la guerra que desconocemos

pero que ya se instaló sobre nosotros.

 

Que se rían de mí, que hablen, que me orinen encima

qué me importa.

 

Si supieras.

 

Die Schrecken der Liebe / Los horrores del amor

Diana Laurencich

Era 1990. Enero de 1990. Era noche y llovía. Había llegado de Alemania con un afiche de una muestra que decía: DIE SCHRECKEN DER KRIEGE. Aún lo tengo dando vuelta en alguna carpeta. Fui a visitar a Dina S. Y comenzamos a chablar sobre los horrores del amor. Y puse una hoja en el tablero, busqué mis pinturas y empecé a pintar Die Schrecken der Liebe. Y llegó él. También venía de Alemania. Y me preguntó por qué. Por qué estaba pintando eso. Con veinticinco años pintaba eso. Hablamos. Me llevó a mi casa en un auto negro. Le conté. Me pidió vernos. Nos encontramos en un bar en Santa Fe y Coronel Díaz. Tomamos una Cunnignton con cerveza. ¿Un Radler?  Me habló de la Erotische Ausstrahlung. Le pregunté por qué. No sé, dijo. La tenés. Y para qué me sirve, le pregunté. Para haberla visto una vez, dijo. Nos…

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El Black Power, en las Olimpiadas

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Me preocupa la salvaje persecución al otro, al distinto, al que viene de afuera, al que viene de adentro. Yo soy una de esas exiliadas. No por raza, no por cuestiones políticas, pero sí por la que es más difícil de demostrar: la económica. Aquí, en este blog y en este artículo, compruebo que siempre hubo corderos, y siempre ovejas negras. Yo soy oveja negra.

Southeast

En la mañana del 16 de octubre de 1968, el atleta estadounidense Tommie Smith ganó la carrera de los 200 metros con un récord del mundo de 19.83 segundos, acompañado del australianoPeter Norman en segundo lugar con un tiempo de 20.06 segundos, y el también estadounidense John Carlos en tercera plaza de 20.10 segundos. Tras la carrera, los tres fueron a recoger sus medallas en el podio.

Los dos atletas estadounidenses recibieron sus medallas, pero vestían guantes negros, representando la pobreza negra. Smith llevaba un pañuelo negro alrededor de su cuello para representar el orgullo negro. Carlos tenía su chándal desabrochado como muestra de solidaridad con todos los obreros de los Estados Unidos y portaba un collar de abalorios que, según él, “era para las personas que fueron linchados, o asesinados, y nadie ha hecho una oración por ellos, que fueron ahorcados y para los que fueron arrojados…

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Ella

Sarah Kane.jpg
Sarah Kane

 

Y esta vez volvió ya casi sobre finales del invierno,

casi cuando podía augurar que se había ido para siempre.

Ni bien llegó supe reconocerla, cómo no, tantos años llevándola en la panza,

a veces más abajo,

a veces más arriba,

pero siempre retorciéndome las tripas.

¿Falta de fe, cansancio, nadie que me abrace cucharita?

¿Quién me podrá decir qué fue lo que pasó esta vez?

Estaba todo como para saltar hacia el cielo, saludar a los globos y llevarse las estrellas puestas, ver los puentes de Monza con sus amantes besándose, y hasta con suerte y como puntitos allá abajo, a los pequeños eagles cruzando las rutas en los bosques en Nuremberg.

Pero no, llegó, se ve, mientras todos dormíamos; y, como me conoce, se vino a mi cama. Sigilosa y guacha, se fue metiendo de a poco en la hora que se baja la guardia, según Sarah Kane, la hora de la psicosis, las cuatro cuarenta y ocho de la madrugada.

Cuando el reloj marcó la hora de levantarse, el dolor estaba ahí, plantado como el de una menstruación atrasada. Miré al cielo, gris; busqué al viento, y me levanté tan lenta como hacía tiempo.

Ella, la tristeza, ese estado que los homeópatas definen como Mustard, había ganado otra vez la batalla.

 

Seguir levantándose

—¿Y qué debo hacer ahora?
—Lo mismo que antes. Hay que continuar levantándose por la mañana, acostándose por la noche, y hacer lo que sea necesario para vivir.
—Será muy largo.
—Quizá toda una vida.

Así dice Lucas, uno de los gemelos de Agota Kristof.

Algo parecido le decía Palinuro de Méjico, uno de los personajes de Fernando del Paso, a su primo Walter:

Si es sólo tu corazón el que quieres dejar,
tienes que enviarlo
-es decir: tendrán que enviarlo-
al National Heart Hospital.
En fin,
que decidí que ya era hora de echarme una buena pinta de cerveza,
enviar la mitad de mi corazón rumbo a Westmorenland Street,
la otra mitad rumbo al instituto de Cardiología de México,
me despedí de los serpentines y de los matraces,
me di media vuelta
y emprendí la marcha de nuevo
con la energía rodante de un escarabajo:
Cómo Sísifo,
primo,
durante cada día,
tengo que cargar a cuestas una enorme piedra:
pero la voy labrando en el camino
para que siempre sea distinta a la del día anterior.
Pero bueno, me dije,
levantarse es preciso, desayunar no lo es;
acobardarse es preciso, escribirle
a los amigos tampoco
ponerse la corbata
es a veces necesario,
ponerse trágico no lo es;
hablar es preciso, callar también,
la muerte es hereditaria,
la esterilidad no lo es.
Y pensé que no siendo yo Julio César
que le heredó a sus súbditos sus jardines y sus cuidades,
podría en cambio heredarte el planeta entero con todos sus océanos
y paisajes naturales
-a tí que tanto te gustan-,
sin olvidarme de los trebolares sin suerte
y de los volcanes sumisos a la leyenda y a la historia.
Pero si querés, también te puedo dejar mis recuerdos de Europa.

Parece que todos algún día, debimos seguir como si nada pasara, cargando la enrome piedra de nuestro corazón.