Ella

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Sarah Kane

 

Y esta vez volvió ya casi sobre finales del invierno,

casi cuando podía augurar que se había ido para siempre.

Ni bien llegó supe reconocerla, cómo no, tantos años llevándola en la panza,

a veces más abajo,

a veces más arriba,

pero siempre retorciéndome las tripas.

¿Falta de fe, cansancio, nadie que me abrace cucharita?

¿Quién me podrá decir qué fue lo que pasó esta vez?

Estaba todo como para saltar hacia el cielo, saludar a los globos y llevarse las estrellas puestas, ver los puentes de Monza con sus amantes besándose, y hasta con suerte y como puntitos allá abajo, a los pequeños eagles cruzando las rutas en los bosques en Nuremberg.

Pero no, llegó, se ve, mientras todos dormíamos; y, como me conoce, se vino a mi cama. Sigilosa y guacha, se fue metiendo de a poco en la hora que se baja la guardia, según Sarah Kane, la hora de la psicosis, las cuatro cuarenta y ocho de la madrugada.

Cuando el reloj marcó la hora de levantarse, el dolor estaba ahí, plantado como el de una menstruación atrasada. Miré al cielo, gris; busqué al viento, y me levanté tan lenta como hacía tiempo.

Ella, la tristeza, ese estado que los homeópatas definen como Mustard, había ganado otra vez la batalla.

 

Seguir levantándose

—¿Y qué debo hacer ahora?
—Lo mismo que antes. Hay que continuar levantándose por la mañana, acostándose por la noche, y hacer lo que sea necesario para vivir.
—Será muy largo.
—Quizá toda una vida.

Así dice Lucas, uno de los gemelos de Agota Kristof.

Algo parecido le decía Palinuro de Méjico, uno de los personajes de Fernando del Paso, a su primo Walter:

Si es sólo tu corazón el que quieres dejar,
tienes que enviarlo
-es decir: tendrán que enviarlo-
al National Heart Hospital.
En fin,
que decidí que ya era hora de echarme una buena pinta de cerveza,
enviar la mitad de mi corazón rumbo a Westmorenland Street,
la otra mitad rumbo al instituto de Cardiología de México,
me despedí de los serpentines y de los matraces,
me di media vuelta
y emprendí la marcha de nuevo
con la energía rodante de un escarabajo:
Cómo Sísifo,
primo,
durante cada día,
tengo que cargar a cuestas una enorme piedra:
pero la voy labrando en el camino
para que siempre sea distinta a la del día anterior.
Pero bueno, me dije,
levantarse es preciso, desayunar no lo es;
acobardarse es preciso, escribirle
a los amigos tampoco
ponerse la corbata
es a veces necesario,
ponerse trágico no lo es;
hablar es preciso, callar también,
la muerte es hereditaria,
la esterilidad no lo es.
Y pensé que no siendo yo Julio César
que le heredó a sus súbditos sus jardines y sus cuidades,
podría en cambio heredarte el planeta entero con todos sus océanos
y paisajes naturales
-a tí que tanto te gustan-,
sin olvidarme de los trebolares sin suerte
y de los volcanes sumisos a la leyenda y a la historia.
Pero si querés, también te puedo dejar mis recuerdos de Europa.

Parece que todos algún día, debimos seguir como si nada pasara, cargando la enrome piedra de nuestro corazón.

Un empujón es salida.

Hay tanto que me gustaría hacer, pero ya pendula sobre mi cabeza otra partida no elegida.

Cierto que hay gente en este país, que ni eso puede, pero yo no elijo irme. A mí me empujan. Y así como tantas veces dije; ya está, ya no me muevo más, aquí descanso, esta es mi tierra, solamente me iré en plan turista, me encantaría hacer un crucero, o lo que fuera; me veo otra vez haciendo mi maleta; otra vez pensando esto sí, esto no; otra vez el desarraigo de lo que yo planeaba para mí y para lo cercano mío.

El que no lo pasó jamás sabrá de lo que hablo, es más, pensará ¿ y esta de qué se queja? Que el árbol jamás me tape el bosque. Me voy como se van miles de argentinos. Sin elección, con una mano atrás y otra adelante. Indignamente. Tristemente. Que lo que suceda allá puede darnos vuelta esa percepción, sí, como no, también me ha pasado. Pero este momento, este, el de despertar a la mañana y saber qué poco queda ya, que haré y que no llegaré a hacer, no, este momento no se lo deseo a nadie.

La cabeza comienza a diseccionar casi inescrupulosamente lo que puede llegar a ser dado de alta, y lo que no. A quien ver, a quien no. De quien despedirme, de quien no. Es casi una pequeña muerte de esas que tenemos que hacer a lo largo de nuestra vida, como las serpientes, para cambiar de piel.

Otra vez Ezeiza con zapatos gastados. No me pida nadie que esté feliz.

Cartas de amor (o un plato de ravioles).

 

 

haciendoravioles

Él:
las viejas decían que cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana;
los científicos, que el universo es infinito;
yo busqué y no encontré.
El hambre me llevo siempre a la falta de libertad, descubrir que solo somos animalitos en condiciones de comernos la mano del amor,
hambre de amor o de un plato de ravioles,
seguiremos caminando, dando la vuelta
yo solo te mando un beso de hambre, de verte, de comerte como a un plato de ravioles.

Ella:

Así es, así es, como acabás de decir, el hambre y el amor, la vida, la sobrevida, un año más pasado mañana, que no tengo ganas de recibir. ¿Para qué? ¿Para sobrevivir?

Estoy tan perdida, moreno, tan perdida; que no me encuentro ni en el pelo largo. Estoy tan perdida que me encuentro más en una cara de muñeca patética, que en mi propia mano.

 

Hay mango

902_1514Hay mango, naranjas, bananas medio pasadas

y hay lentejas y avena y alguna que otra especia de las que pican

o de las que no se sabe qué son en tantos frasquitos iguales.

Hay limones, harina, mandarinas

mantel de plástico -lindo- pero de plástico

y papeles de qué sé yo qué dando vueltas.

Hay silencio pero también ruido de coches que pasan,

el tic tac de reloj que adelanta un poco,

y zumbido de heladera.

Y adentro hay algo oscuro, tal vez miedo, tal vez hambre,

tal vez, no sé, años que pesan.

Recién leía sobre héroes y cobardes,

recién me reía de algunos chistes de facebook,

recién trataba de olvidarme de todo y planificar el mañana.

Y no pude. Me hice un mate, miré al cielo,

mandé whasapps y volví, como siempre,

a lo único que me calma.

Recordar que no soy la única

y escribirlo.

Y la nave va

E la nave va pina-bausch
Pina Bausch en su papel de princesa ciega

Contame sobre la primavera, pibe, sabés que pronto llegará la primavera ¿no?  Te lo aviso porque siempre tuviste confusión con los tiempos, será porque te arrastré de acá para allá, no sé. Nunca te ubicaste bien ni en los meses, ni en las estaciones. Por eso te digo, pronto va a llegar la primavera y yo no voy a estar. Por eso te pido, contame cómo te la imaginás.

¿Vas a salir con tu novia, a caminar por Palermo, vas a ir al cine? contame, volvamos a ser los de antes por un ratito, volvamos. Volvé, creé en mí. Volvé a creer en mí, a quererme, a entenderme, a abrazarme…

No sabés pibe lo sola que estoy. Quizá esto me pasa por haber jodido siempre con lo del síndrome del nido vacío y que yo minga, que yo te iba a echar antes de que vos me dejaras…quizá por imaginarte desde que naciste viviendo a tus dieciocho años en Londres o Francia, y por eso, la primera vez que te di la teta tranquila, te canté la Marsellesa; estábamos vos y yo solos en la habitación que hoy ocupa el estudio de tu tío, y yo no podía creer verte así, chupando, con ese ruidito a paz que había en tu mamar. Y te canté Allons enfant de la Patrie… Le jour de gloire est arrivé! Quería hacerte políglota para que no tuvieras fronteras.Para hacerte el mundo ancho. Para hacerte libre. Mirá que boludez. Tres días tenías, y yo cantándote en francés y en alemán…

Hay días, pibe, en los que no puedo soportar este trance, porque sé que va a pasar, lo sé, no soy estúpida, soy bastante inteligente, lo soy. Y culta y leída, una mujer de mundo si se le puede llamar a alguien así, una mujer viajada diría tu abuela, la que no conociste. Ella siempre decía que yo sabía vivir, que era la más viva de las cuatro hermanos porque no me casaba con nadie, porque iba y venía, porque nada me aferraba, nada. Nada ni nadie.

Pasó que un día ella me necesitó a su lado.Ella ya había decidido morir, ya se había dejado invadir por el cáncer al que siempre había mantenido a raya. Así que un día, una noche mejor dicho, me llamó. Yo estaba con “mi” chico. Habíamos alquilado “E la nave va”, nunca me voy a olvidar, el teléfono sonando y el pibe diciendo, es para vos, tu vieja.

Ella, mirá que era orgullosa tu abuela, mama mía…pero esa noche llamó a la casa del pibe, no sé de dónde sacó el teléfono, mamá era muy viva; y me dijo, vení a dormir conmigo esta noche. Y yo le dije que no. Le dije que tenía otros hijos, que se dejara de joder, así le dije, dejame de joder má, tenés a papá, tenés a, tenés, tenés le dije, así, vos tenés y yo no. Yo me lo tengo que hacer, yo recién empiezo a vivir, ¡dejame en paz! y cortamos.

Vi la película con “mi” chico, cogimos con ” mi” chico, nos drogamos con “mi” chico, pero yo no podía dejar de pensar en mamá. Ni en la muerte de la cantante de ópera. Ni en la noche de los gitanos inmigrantes sobre cubierta y la luna llena atrás. No podía.

Después,muchos años después, supe que Fellini me estaba pintando mi vida, la futura, no la que hasta ese día había vivido, la futura.

Al otro día volví a casa, y enojada le dije que por qué no me dejaba en paz, que yo estaba siempre con ella, que por un puto día que no lo hiciera no pasaría nada. Mamá me miró con la profundidad inmensa que tenía en sus ojitos olor miel y no me dijo nada. Solo me miro. Yo entendí que con esa mirada, como los pájaros, ella me hablaba. Y escuché su dolor. Lo sentí. La necesidad suya de tener a la más chiquita de sus hijos, por una noche, bajo el mismo techo. Quizá ten´ia miedo como yo ahora.Quizá no. Quizá lo hizo de hinchapelotas nom´as.No lo s´e, pero es el d´ia de hoy que me arrepiento de esa noche no haber vuelto.

Lo que dar´ia hoy por recibir una llamada suya, ven´i Diana, ven´i conmigo esta noche, y dejar todo por la mitad, y llegar y abrazarla, acariciarla y decirle, todo má, todo va a estar bien. Vas a ver. Pronto llegar´a el otoño y todo va a estar bien, porque fuiste la mejor, má, eso. Vos, fuiste la mejor.

Siempre que estoy así, con ganas de hundirme para siempre entre la almohada y el colchón y no saber más de la vida, me acuerdo de esa noche. Y me acuerdo de que a los quince días murió, tan livianita como desprendida de todo, tan agradecida a su vida y a nuestros cuidados como lúcida sabiendo lo que hacía, queriéndolo así.

Por eso pibe, hoy necesito que me hables de la primavera, de la tuya, de la que viene, porque yo no voy a estar acá. si por mí fuera te pediría abrazos, sonrisas, recuerdos, pero solo sé que te hincho más las bolas, como mi mamá aquella noche en la que me buscó, me llamó y yo le dije, dejame en paz.

elanavevagitanos
Los inmigrantes gitanos en cubierta.

 

 

Fui gemela

LIBRO FUI

Hace unos años , unos siete digamos, comencé a escribir esta historia en gran parte autobiográfica y en gran parte ficcionada, de dos gemelas: Flora y Norma. Al principio fueron apuntes tomados en una carpetita de word que decía Soy gemela. La cosa era anotar lo que me sucedía como gemela huérfana de padre, de madre ya lo había sido hacía rato.

No siempre tenía tiempo, pero siempre que podía, abría mi notebook, buscaba la carpeta y escribía. La condición era no mirar lo que ya estaba escrito. Así jamás podré asegurar que fue un diario, ni nada. Eran escritos sobre la gemelidad.

Unos años después, un amigo me invita a publicar en su sello de autores: Mono de Piedra. Me encantó la idea, pero como andaba con dos o tres cosas dando vueltas, y además estaban parando en casa Angie Urondo con sus hijos y su marido, medio para vacacionar y medio para editar los textos que después armaron el libro publicado por Capital Intelectual: ¿Quién te crees que sos?, le mandé una carta a Rob Krug, un gran amigo, escritor aunque lo niegue siempre, blogger y excelente lector de mis cosas y de la literatura en general, y le pregunté, che Rob ¿por dónde empiezo?

Me dijo que él creía que por el de las gemelas. Bien, cuando lo agarré y lo bajé a papel (habían pasado tres años desde que comencé con la carpetita de word) era un mamotreto que me había servido de catarsis tremenda, y que había crecido como monstruo de tres cabezas: no se sabía por dónde agarrarlo.

Como Angie y sus hijos se habían ido de la casa de veraneo y me quedé sola, comencé a escribirles a mis bloggers o escritoras preferidas. Con la que tuve suerte y la encontré en febrero dispuesta a ayudarme, fue con Daniela Pasik, que ¡ oh, casualidad! su blog era “una danixa” y así me llamaban muchos de mis conocidos. Quizá fue por esos desdoblamientos del destino, no sé, pero hablamos por Skipe, me acuerdo, y me dijo que me ofrecía una clínica a distancia, que íbamos a continuar en Buenos Aires, cuando yo volviera. No recuerdo si fueron dos o una vez a distancia y otra presencial, en el que me acuerdo que todo lo que me preguntaba yo lo había respondido ya en mi interior, pero que así contado, o así respondido como le respondía a ella sus preguntas, sonaban a …¿what?

En fin, yo arrancaba con otros proyectos, guiones, poesía, otra novela (la tercera que tenía escrita hasta la mitad o un poco más…) pero siempre volvía a “ser gemela”. Hasta que por fin, me pareció tener una especie de historia fu y fa, como digo siempre. Tan autobiográfica como no. Y se la mandé a Gustavo López, el generador del sello de autor, Mono de Piedra. Nos encontramos, hablamos, me hizo sus correcciones, y yo me fui con mis alrededor de doscientas páginas bajo el brazo, diciendo, esto es una porquería. Pero me voy a hacer cargo de mis abortos, como nos decía un profesor de Bellas Artes, y la voy a continuar, sea para editar o sea para sacármela de encima. Así, pasaban los años, Gustavo seguía esperando que le mandara el texto final, y yo seguía dándole vueltas.

Hace tres años, creo, estaba navegando por Internet y escuché un reportaje a Pablo Ramos, que hablaba de cómo él se “abría” en sus talleres y cómo hacía “abrir” al otro, ahí no había trampas, ni falsas adulaciones, en sus talleres, decía ( y digo) se iba a revolver la herida hasta lo más asqueante que uno pueda soportar.

Fui a su blog, La arquitectura de la mentira, vi su dirección de mail y  que había lugar en sus talleres, y sin recordar que nos habíamos conocido años de años atrás, cuando él era compañero de mi hermana como talleristas de Liliana Heker, le escribí. Y cosa curiosa, no me presenté como yo, sino como la gemela de alguien que él seguro conocía…

Fui ese año, 2014, dos meses a su taller. Cuando comenzaba a leer cosas sueltas de mi novelita, me iba con la sensación de que estaba ( o había escrito) pura mierda, no tanto por él, que siempre o en general siempre me apoyaba con frases como “Ella sale con los tapones de punta”, o cosas por el estilo, que me enorgullecían tremendamente, sino por las críticas de mis compañeros, que si por ejemplo, había uno que decía me encantó, había tres o cinco que decían que bla y que blo y que blu…

Pero seguí escribiendo y corrigiendo y sacando y poniendo. Haciendo cincuenta versiones de una misma cosa. Más autobiográfica. Menos. Más extensa. Menos. Más enfocada en la muerte de un personaje. Menos. Y así, cuando la terminé, la imprimí y la anillé, se la llevé a Pablo. Me acuerdo que me morí de vergüenza, pero cuando me dijo: seguí viviendo al taller, si te hace bien; me sentí de la cofradía, sentí lo mismo que en los grupos de anónimos que él cuenta en su libro y que yo conté en mis blogs.

No siempre podía leer, claro,  pero cada vez que lo hacía, sentía que se hacía un silencio muy grande, y cuando terminaba y los chicos (para mí los otros “talleristas” de Pablo, siempre van a ser chicos) abrían sus ojos y bajaban su mandíbula con ese gesto de “muy bien” que uno reconoce al toque; antes siquiera de que hablaran, porque a veces hasta se quedaban sin palabras para decirme qué sentían, yo, danixa, diana con minúscula, sentía por dentro que la estaba ganando. La batalla digo. Estaba ganando la batalla después de seis, siete años.

El año pasado fui un mes a lo de Pablo y le dejé la novela. Pero él no la leyó entera, cada vez que lo veía me decía algo con referencia a eso, pero me decía que no la había podido leer. Hasta que un día, me dijo que uno de sus hijos, el mayor: Nuncio Pettito, la había leído. Y no solo eso. Que le había gustado. Ahí me agrandé,  ahí me puse la mayúscula en el nombre Diana y también en el de Danixa, porque Pablo me dijo que su hijo era un muy buen lector; casi mejor que yo, mirá lo que te digo, me dijo con esa picardía que tiene, que uno no sabe si creerle o no. Pero desde entonces me dediqué a pulirla, hasta que dije listo, ya está. Un día de crisis existencial y física, apareció otra idea, otra novela en mi cabeza que desplazó por completo a esta que ya para ese momento era Fui gemela. Ya ni me interesaba editarla, ni mandarla a ningún lado, como buena geminiana, me había aburrido. Y además la otra novela, la que estoy escribiendo hoy, es la razón de mi vida.

Así que nada, fueron una serie de factores que se agruparon para que antes de irme a vivir lejos de esta tierra arrasada por un tipo que sabe muy bien lo que hace, aunque se haga el eterno Isidoro Cañones, y no teniendo más lugar aquí para pelearla, ni sintiendo que acá está mi casa; me decidí a publicarla por mi cuenta, sin depender de editores que están hasta las pelotas de manuscritos buenos y malos, o de editoriales que buscan pegarla con algo que los salve y los llene de dinero para poder publicar lo que realmente se les cante, de gente que como Gustavo López de Mono de Piedra, perdón Gustavo porque jamás te volví a llamar, jamás van a vivir de lo que hacen aunque le dediquen gran parte de su vida. Así fue en el siglo XIX y ahora. Hay golpes de suerte, factores que se conjugan y hacen que el éxito de una obra coincida con el tiempo en el que el que la escribió esté vivo, y pueda disfrutar del dinero que le proporciona ese éxito. Creo que a Pablo Ramos le está pasando. Y me alegro enormemente por eso. Se lo merece.

Con respecto a mí, y a mi obra, si él tiene ganas algún día, me escribirá el prólogo y buscaré editorial, o me presentará a “su” editora, como me dijo varias veces. Mientras tanto, yo sigo. Escribo y sigo. Eso y el haber sido gemela, no me lo puede quitar nadie.