A las redes las carga el diablo

Entonces todos, filósofos,científicos, y gente de la calle, deberíamos poder tomar parte en la discusión de la pregunta de por qué existimos nosotros y el Universo. Si hallamos la respuesta a eso, será el triunfo definitivo de la razón humana…,porque entonces conoceremos la mente de Dios.

Stephen Hawking, Historia del tiempo.

 

Acabo de leer que a una mujer le dio un infarto por hacer una broma pesada en el facebook. Acabo de postear algo sobre eso y ya saltó alguien que me quiso convencer de que el facebook es tal como la vida real, que se encuentra gente de la buena y de la mala, como en la vida real… como si no lo supiera.

Por eso quiero contar lo que me pasa con las redes, y con la vida real, ya que para mí no hay diferencia. Unas forman parte de la otra. Nos guste o no. No hay gente en el facebook y gente en el no facebook, hay gente. Buena y mala y más o menos y menos que más. Y hay redes que maneja esa gente real. Y a mí todo lo que haga la gente, me atraviesa de una forma muy profunda, casi enfermiza diría. Tanto en la vida real como en el mundo virtual, que ya expliqué que es completamente real aunque sea mentira, aunque sea obvio que una mujer que muere de un infarto tenía su minuto predestinado para estar aquí y su minuto para pasar a mejor vida.

Lo que leo, lo que escucho me interpela y me conduce a un estado de cavilación que quizá a otro no. Y ese es el poder del que trato de mantenerme protegida. De ese anonimato, de esa no mirada, quiero huir como la peste. De ese asesinato sin cuchillos que se provoca cada día y se replica millones de veces sin saber a quien podemos llegar a lastimar.

Cuando hablo del poder de las redes quiero decir que soy consciente del poder que nos han dado, quienes son los que nos lo han dado y para qué. Y soy consciente de que, obviamente, podemos participar o no. Ese poder, si es que decidimos tomarlo, si es que “le vendemos nuestra alma” nos puede jugar en contra, como le pasó al viejo Einstein, puede ser desvirtuado y usado para generar un hongo atómico como el de Hiroshima. Es un poder tan al alcance de la mano como un arma cargada, como un cuchillo tramontina simple, de esos que usamos casi todos los días para comer pero que un día en una pelea doméstica, sin darnos cuenta cómo ni por qué, lo sostenemos contra el cuello de alguien o contra el nuestro propio. Si no somos conscientes de su magnitud y muy precavidos, podemos modificar los hechos más allá de lo que nosotros mismos deseamos.

Por eso me dan tanto miedo las redes usadas indiscriminadamente. No sabemos, cuando nos relacionamos con el otro, qué es lo que podemos generar en él porque no vemos su cara, no sabemos cómo amaneció, no sabemos qué planes tiene, ni si está de buen humor o está pensando en la soga que va a apretar su cuello hasta dejarlo sin aire.

En estos días que estuve postrada, no solo usé mucho más las redes que de costumbre, sino que también tuve más tiempo para reflexionar sobre ellas y también para percibir todo tipo de redes y frecuencias.Bajas y altas. Y así me llegaron algunas señales que de otra manera no las percibo, porque corro -aunque menos- como todo el mundo.

Mi tiempo de reacción se duplicó o triplicó en estos días para lo bueno y lo malo, y la poderosa intuición que me caracteriza se volvió más obscena. Pude escuchar a mi corazón y distinguir con más precisión las señales que emite este mundo y el virtual, y el metafísico, y también -cómo no- el del inconsciente y los sueños.

Tanto fue así, que ayer, abrumada por tanta data y tanto murmullo en mi cabeza, me hice un mate, y apoyada en la mesada de la cocina, comencé a llorar para aliviar tanto dolor. tenía enfrente las fotos de mi viejo que le sacó hace muchos años, mi sobrina Rocío. Las miraba y pensaba en lo que él me diría si estuviera vivo. En cómo me compensaría con su amor, tanto sufrimiento, ya que la otra que lo hacía, mi tía Darinka, está internada en un geriátrico desde el lunes de la semana pasada. Miraba a mi viejo y me preguntaba si estaría con mi mamá, o con quién, y dónde.

Así que se me sacudió un poquito el “cuore” cuando sentí un poco de paz que me venía de una red que generalmente minimizo, la red de los que ya estamos grandes (o de los que han sufrido mucha humillación en la vida) y en la que surfeamos con el correr de los años cada vez más seguido y navegamos, a medida que pasa el tiempo, cada vez con más banda ancha. La red de una fe en un poder superior a nuestra humanidad y nuestra razón, donde todo tiene su por qué, donde todo tiene su ida y vuelta.

Pasó el día y ya de madrugada, echada en la cama muy pero muy triste, y mirando la estancia tan archiconocida, los cuadros, los espejos, los lomos de los libros; uno brilló entre ellos. Brilló de manera especial. Tanto, que a pesar de mi dolor y de mis ganas de no moverme, me levanté, lo saqué de entre los otros y lo abrí en cualquier página.

De “Mujeres que corren con los lobos” (Clarissa Pinkola Estes), leí el capítulo que abre con un cuento  atribuido a los Grimm: La doncella Manca. Este cuento fue escrito en el siglo XIII por Philippe de Remi  y  reescrito  y vuelto a redactar tantas pero tantas veces que se hicieron tantas versiones como culturas fue tocando.

Cuando terminé de leerlo, caí en la conclusión que el que me hablaba por ese medio era mi viejo en contestación a mi pedido de la tarde, cuando miraba su foto y le rezaba pidiéndole saber qué hacer con mi vida. Porque ese libro, que recibí en Alemania de manos de mi hermana y seguramente elegido por ella, fue el último libro que papá me regaló en su vida. En la dedicatoria y con su letra dice: Con cariño para mi hija Diana, papá y ese cariño está sellado con su firma, con el símbolo del infinito repetido varias veces sobre su nombre. Así firmaba mi viejo sin saber, casi seguro, lo que eso simbolizaba.

Pues bien, esas son mis redes por estos días. Las que perduran y están llenas de amor, y no de basura disfrazada, no de competencia escondida en mensajes oscuros, no en falta de respeto, no en egocentrismo, no. Pensemos antes de escribir en cualquier red. No digo que la mujer haya muerto en su propia ley, pero que a las armas las carga el diablo, sí.

Fui gemela

LIBRO FUI

Hace unos años , unos siete digamos, comencé a escribir esta historia en gran parte autobiográfica y en gran parte ficcionada, de dos gemelas: Flora y Norma. Al principio fueron apuntes tomados en una carpetita de word que decía Soy gemela. La cosa era anotar lo que me sucedía como gemela huérfana de padre, de madre ya lo había sido hacía rato.

No siempre tenía tiempo, pero siempre que podía, abría mi notebook, buscaba la carpeta y escribía. La condición era no mirar lo que ya estaba escrito. Así jamás podré asegurar que fue un diario, ni nada. Eran escritos sobre la gemelidad.

Unos años después, un amigo me invita a publicar en su sello de autores: Mono de Piedra. Me encantó la idea, pero como andaba con dos o tres cosas dando vueltas, y además estaban parando en casa Angie Urondo con sus hijos y su marido, medio para vacacionar y medio para editar los textos que después armaron el libro publicado por Capital Intelectual: ¿Quién te crees que sos?, le mandé una carta a Rob Krug, un gran amigo, escritor aunque lo niegue siempre, blogger y excelente lector de mis cosas y de la literatura en general, y le pregunté, che Rob ¿por dónde empiezo?

Me dijo que él creía que por el de las gemelas. Bien, cuando lo agarré y lo bajé a papel (habían pasado tres años desde que comencé con la carpetita de word) era un mamotreto que me había servido de catarsis tremenda, y que había crecido como monstruo de tres cabezas: no se sabía por dónde agarrarlo.

Como Angie y sus hijos se habían ido de la casa de veraneo y me quedé sola, comencé a escribirles a mis bloggers o escritoras preferidas. Con la que tuve suerte y la encontré en febrero dispuesta a ayudarme, fue con Daniela Pasik, que ¡ oh, casualidad! su blog era “una danixa” y así me llamaban muchos de mis conocidos. Quizá fue por esos desdoblamientos del destino, no sé, pero hablamos por Skipe, me acuerdo, y me dijo que me ofrecía una clínica a distancia, que íbamos a continuar en Buenos Aires, cuando yo volviera. No recuerdo si fueron dos o una vez a distancia y otra presencial, en el que me acuerdo que todo lo que me preguntaba yo lo había respondido ya en mi interior, pero que así contado, o así respondido como le respondía a ella sus preguntas, sonaban a …¿what?

En fin, yo arrancaba con otros proyectos, guiones, poesía, otra novela (la tercera que tenía escrita hasta la mitad o un poco más…) pero siempre volvía a “ser gemela”. Hasta que por fin, me pareció tener una especie de historia fu y fa, como digo siempre. Tan autobiográfica como no. Y se la mandé a Gustavo López, el generador del sello de autor, Mono de Piedra. Nos encontramos, hablamos, me hizo sus correcciones, y yo me fui con mis alrededor de doscientas páginas bajo el brazo, diciendo, esto es una porquería. Pero me voy a hacer cargo de mis abortos, como nos decía un profesor de Bellas Artes, y la voy a continuar, sea para editar o sea para sacármela de encima. Así, pasaban los años, Gustavo seguía esperando que le mandara el texto final, y yo seguía dándole vueltas.

Hace tres años, creo, estaba navegando por Internet y escuché un reportaje a Pablo Ramos, que hablaba de cómo él se “abría” en sus talleres y cómo hacía “abrir” al otro, ahí no había trampas, ni falsas adulaciones, en sus talleres, decía ( y digo) se iba a revolver la herida hasta lo más asqueante que uno pueda soportar.

Fui a su blog, La arquitectura de la mentira, vi su dirección de mail y  que había lugar en sus talleres, y sin recordar que nos habíamos conocido años de años atrás, cuando él era compañero de mi hermana como talleristas de Liliana Heker, le escribí. Y cosa curiosa, no me presenté como yo, sino como la gemela de alguien que él seguro conocía…

Fui ese año, 2014, dos meses a su taller. Cuando comenzaba a leer cosas sueltas de mi novelita, me iba con la sensación de que estaba ( o había escrito) pura mierda, no tanto por él, que siempre o en general siempre me apoyaba con frases como “Ella sale con los tapones de punta”, o cosas por el estilo, que me enorgullecían tremendamente, sino por las críticas de mis compañeros, que si por ejemplo, había uno que decía me encantó, había tres o cinco que decían que bla y que blo y que blu…

Pero seguí escribiendo y corrigiendo y sacando y poniendo. Haciendo cincuenta versiones de una misma cosa. Más autobiográfica. Menos. Más extensa. Menos. Más enfocada en la muerte de un personaje. Menos. Y así, cuando la terminé, la imprimí y la anillé, se la llevé a Pablo. Me acuerdo que me morí de vergüenza, pero cuando me dijo: seguí viviendo al taller, si te hace bien; me sentí de la cofradía, sentí lo mismo que en los grupos de anónimos que él cuenta en su libro y que yo conté en mis blogs.

No siempre podía leer, claro,  pero cada vez que lo hacía, sentía que se hacía un silencio muy grande, y cuando terminaba y los chicos (para mí los otros “talleristas” de Pablo, siempre van a ser chicos) abrían sus ojos y bajaban su mandíbula con ese gesto de “muy bien” que uno reconoce al toque; antes siquiera de que hablaran, porque a veces hasta se quedaban sin palabras para decirme qué sentían, yo, danixa, diana con minúscula, sentía por dentro que la estaba ganando. La batalla digo. Estaba ganando la batalla después de seis, siete años.

El año pasado fui un mes a lo de Pablo y le dejé la novela. Pero él no la leyó entera, cada vez que lo veía me decía algo con referencia a eso, pero me decía que no la había podido leer. Hasta que un día, me dijo que uno de sus hijos, el mayor: Nuncio Pettito, la había leído. Y no solo eso. Que le había gustado. Ahí me agrandé,  ahí me puse la mayúscula en el nombre Diana y también en el de Danixa, porque Pablo me dijo que su hijo era un muy buen lector; casi mejor que yo, mirá lo que te digo, me dijo con esa picardía que tiene, que uno no sabe si creerle o no. Pero desde entonces me dediqué a pulirla, hasta que dije listo, ya está. Un día de crisis existencial y física, apareció otra idea, otra novela en mi cabeza que desplazó por completo a esta que ya para ese momento era Fui gemela. Ya ni me interesaba editarla, ni mandarla a ningún lado, como buena geminiana, me había aburrido. Y además la otra novela, la que estoy escribiendo hoy, es la razón de mi vida.

Así que nada, fueron una serie de factores que se agruparon para que antes de irme a vivir lejos de esta tierra arrasada por un tipo que sabe muy bien lo que hace, aunque se haga el eterno Isidoro Cañones, y no teniendo más lugar aquí para pelearla, ni sintiendo que acá está mi casa; me decidí a publicarla por mi cuenta, sin depender de editores que están hasta las pelotas de manuscritos buenos y malos, o de editoriales que buscan pegarla con algo que los salve y los llene de dinero para poder publicar lo que realmente se les cante, de gente que como Gustavo López de Mono de Piedra, perdón Gustavo porque jamás te volví a llamar, jamás van a vivir de lo que hacen aunque le dediquen gran parte de su vida. Así fue en el siglo XIX y ahora. Hay golpes de suerte, factores que se conjugan y hacen que el éxito de una obra coincida con el tiempo en el que el que la escribió esté vivo, y pueda disfrutar del dinero que le proporciona ese éxito. Creo que a Pablo Ramos le está pasando. Y me alegro enormemente por eso. Se lo merece.

Con respecto a mí, y a mi obra, si él tiene ganas algún día, me escribirá el prólogo y buscaré editorial, o me presentará a “su” editora, como me dijo varias veces. Mientras tanto, yo sigo. Escribo y sigo. Eso y el haber sido gemela, no me lo puede quitar nadie.

 

 

El cielo protector

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Foto: Un théŽ au Sahara. The sheltering sky, 1990 por Bernardo Bertolucci.  Colección Christophel.

No sé bien cómo fue que dejé pasar tanto tiempo antes de leer este libro. Lo compré en una de esas ferias de verano que venden varios por equis pesos, todos saldos de grandes editoriales que tienen una falla o algo así. Recuerdo haber comprado tal cantidad que no me los pude traer en la maleta y los dejé llenándose de polvo en la biblioteca de la casa de la costa. Supongo que fue por eso que tardé dos años entre que lo compré y lo leí.

Pero sostengo que los libros nos eligen. Acostumbro a devorar lo que compro o me regalan me guste o no me guste. En algunos casos como este, cuando tengo muchos para elegir, decido siempre por algo que me “toca”, que me llama desde el libro. Ya sea en la tapa, alguna ilustración que me lleva a un mundo donde quiero entrar; o en la contratapa, alguna definición o palabra que hace eco en mi memoria y digo, éste. Hoy, o estos días, me acompaña éste.

El libro de Bowles dice en su contraportada:

Novela de peregrinación, viaje o huida, El cielo protector (1949) consigue hacernos partícipes  de la embriaguez de  un espacio  físico -el norte de África, el Sahara- por el que deambulan sus protagonistas…unos personajes que huyen de todo o, quizá, sólo de sí mismos.

En el tiempo que lo compré  y leí que era una travesía por el Sahara, me recordó a mi estadía frente al desierto durante cuatro años en la isla de Lanzarote, 100 km frente a ese enorme mito, pasándole por arriba cada tanto…  y no quería embarcarme entonces en el peregrinar bajo la “kalima” o viento que llegaba a la isla y llenaba todo de una arena finita que ponía de mal humor a muchos y a otros nos gustaba; sobre todo su efecto sobre el mar, sobre todo al atardecer, cuando todo se volvía dorado. Tampoco quería recordar cuando vi la primer caravana de camellos como la de la foto, en un día de viento y lluvia finita, andando entre sus volcanes, a poco de llegar, yendo a buscar trabajo.

Pero reflexionando sobre los por qué dejé pasar tanto tiempo, también se me vino a la mente otra cuestión: podría ser que en ese momento yo estaba en plena huida de mí misma y no quería reconocerlo, para nada, no lo aceptaba de ninguna manera y leer ese libro en aquel momento me hubiera confrontado con algo que no quería. En cambio, este verano, ni bien leí la misma definición de sus personajes, dije éste es mi libro, ya, necesito leerlo. No lo sé. Son todos razonamientos que hago ahora volviendo a la pregunta del principio.¿ Cómo pudo haber pasado que no haya leído este libro antes? Me hubiera evitado noches y días de una soledad tremenda, en la que creía que nadie me podría entender si contaba qué era lo que me sucedía por dentro.

Esa es para mí la elección de los libros. En realidad creemos que los elegimos, pero ellos nos “entran” cuando deciden, a su debido tiempo. Y El cielo protector, me llegó, me llamó para leerlo hace unos días, y me advirtió ya desde la primera página, que En el centro de su conciencia había la certidumbre de una tristeza infinita, pero esa tristeza lo (me) reconfortaba porque era lo único que le (me) resultaba familiar.

Y me dio un mazazo en la nuca con toda su furia o su lentitud desértica. Me dejó soñando con sus personajes y sus agobios; como por ejemplo los de Kit, cuando dice : lo único que podía esperar era comer, dormir y ceder a los presagios; o los de Port: el alma es la parte más cansada del cuerpo.

Ni que hablar cuando hace mención de la diferencia entre turista y viajero con tanta claridad. Yo siempre me definí como viajera y jamás como turista, pero nunca supe bien por qué lo hacía. En el libro, está explicado de una manera sencilla y sin embargo perfecta: La diferencia reside, en parte, en el tiempo, dice. Porque mientras el turista se apresura por lo general a llegar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra… otra importante diferencia es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan…

Podría hablar horas de lo que significó este libro para mí, citar y citar párrafos, contar de cuando me sentía inmersa en el personaje de Kit y sus presagios, o el de Port con su carga de soledad a cuestas. Pero ya no sería un post, sería un ensayo o algo así.

Lo único que quería decir, es que dejando de lado modas o imposiciones de editoriales, el que pueda y -como yo- todavía no lo haya leído, o tan solo haya visto la película del gran Bertolucci (protagonizada magistralmente por John Malcovich) que lo lea en cuanto pueda. Es de esas joyas de la literatura que nunca está demás recomendar.

La cursiva corresponde al libro

editado por Alfaguara México, colección Fin de Siglo, año 1990.

Viento de lluvia

La casa se llena de viento

y el ruido de los que compran y venden me dejan en paz

cuanto más clonazepam tomo

menos oigo a los humanos

más quiero a los perros

a los gatos y a los pájaros que confundidos como yo

en vez de dormir

pían.

Pían buscando a sus hijitos que ya no están

pían para alejarse del gato hambriento que se los quiere comer

buscan,

como yo que alguien los escuche y salve su nido.

Para cuando se den cuenta de que nadie los salvará

de que nadie escuchará su canto

va a ser tarde.

Todos moriremos condenados bajo el viento que anuncia la lluvia.

Y será liberador

tanto como librarse del calor que arde en el cemento

tanto como volar lejos del cemento que crece cada vez más y

que nos aleja de esta ciudad de solitarios con miedo al que ofrece

creyendo que le robará lo poco que tiene.

¿ Qué nos queda?

Seguir durmiendo acunados por el viento

los ladridos y el canto de los pájaros

que no entienden la maldad de los que compran y venden.

Seguir durmiendo desamparados de ayuda.

Seguir durmiendo anestesiados con estos químicos que nos prepararon

los que saben que tragándonos una pastilla más

dejaremos, muy pronto, de cantar.

Osteopenia

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Cuando era adolescente escuché el disco de los Who

Quadrophenia

quizá por eso me gustó leer en el papel:

Osteopenia

aunque tenga esa belleza que esconde el

fascinante mundo de gusanitos del dolor

masticando cada hueso

haciendo sus casitas y anidando ahí

donde hicieron su túnel

para poder tener aire

a mi costa.

¡Vamos gusanitos,

yo los albergo!

Solo tienen que prometerme que cuando

escuchen a los Who

también ustedes se dejarán roer por mí.

 

El infinito o Dios, el que me conoce.

 

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El hombre que conocía el Infinito.

Las matemáticas y Dios me han atraído desde siempre. En ambas cosas, si es que se les puede llamar así y, aunque por períodos me haya acercado o alejado, he creído.

Desde hace un tiempo, mi creencia en que Dios existe  -y no uno punitivo ni vengador-sino creador de lo que no podemos modificar, y no podemos modificar porque sencillamente no conocemos, se ha acrecentado.

Hay gente que probablemente me quiera rebatir lo que escribí o me quiera demostrar lo contrario y solo puedo decir, no sé, solo creo. Como creo en el álgebra y en el número infinito que aunque  este último se puede graficar con un símbolo, como la palabra Dios, nadie hasta ahora pudo abarcarlo o decir, sí yo lo he visto.

Dicen los que vivieron mucho que más viejos nos ponemos, más sabios nos volvemos. Eso sería una de las respuestas más tontas que puedo dar como excusa. Dicen que los que sufren mucho, tanto que no pueden tolerar ese sufrimiento, se vuelven creyentes de la noche a la mañana. Otra excusa más. Pero la explicación, la verdadera explicación para mi creencia, es mi intuición. Y sobre ella, tampoco  tengo nada para decir, salvo que me ha salvado de muchas situaciones engorrosas.

Tampoco tengo explicación sobre los dones que se nos otorgan sin nosotros pedirlos. Aunque en los tiempos en que vivimos se diga que los dones, las habilidades, los talentos, en fin; la capacidad para hacer algo bien, se determina por nuestro esfuerzo (la tan mentada) “meritocracia”, yo no creo en eso. He conocido muchos talentos que fueron denostados y hasta murieron en la miseria, sin jamás ser reconocidos. Otros, que fueron reconocidos cuando les llegó su hora, o también después de muertos.

Quiero decir que no somos dueños ni artífices más de lo que podemos hacer cada día por cultivar eso que llevamos dentro y que no sabemos desde qué tiempo está allí. Oponernos a ese talento, a esa capacidad, es inútil; como es inútil intentar opacarla, como es inútil también, querer hacer alarde de ella.

Pero todo esto lo vi reflejado anteanoche en una película que vi, que trata de la relación entre estos dos “opuestos” – para los más duros- , la ciencia matemática y la relación con Dios. La película es desvergonzadamente conservadora y sentimental pero cuenta una historia tan buena que es difícil de resistirse. Así dice de ella, Allan Hunter, y yo suscribo lo que él dice. Si la historia no fuese real, la película sería para olvidar. Pero como está basada sobre hechos reales, es más sobre personajes reales, para mí cobró un sentido como pocas.

La historia del matemático indio Srinivasa Ramanujan y su relación con el británico y ateo Hardy, interpretado por Jeremy Irons (siempre un placer el verlo) , es la que toma El hombre que conoció el infinito. Los diálogos entre ellos dos, son creo yo, lo que mejor le sirve a la película para ser tomada en cuenta. Lo demás, no es lo importante.
Como toda cuestión de fe, de creencia, no puedo más que seguir dudando y preguntándome acerca de eso, para llegar algún día a la conclusión de que no hay más preguntas que me pueda hacer. Así que invito al que lee esto que vea si puede la película, escarbe en us diálogos y después, si quiere, me tilde de ingenua.

En esta casa, el tiempo

En esta casa existe un ritmo que no se puede contrariar. El despertar duele cuando uno intenta moverse rápido como un halcón.
Hay que emular a los gatos y hacerle creer al tiempo que uno no tiene prisa.
Por ejemplo: el agua sale solo después de haber encendido el calefón y constatar que la presión es suficiente como para ducharse, lo que supone un ida y vuelta al baño varias veces hasta lograr el punto deseado de la temperatura.
Si el agua, ¡que está viva! eso se los puedo asegurar, si el agua no quiere, no sale por la ducha. Entonces se debe intentar con la canilla de abajo, ida y vuelta al calefón, controlar la temperatura  y si el agua quiere, ¡que está viva! lo aseguro una vez más, si el agua quiere, sale en un chorro más o menos abundante como para sentarse en la bañera mientras el chorro le acaricia a uno la espalda, y hablo de caricia porque el agua es como una madre en esta casa, si se le tiene paciencia, ella, por más vieja que sea, nos acaricia y lava.
Después viene el asunto de las persianas, a las que no se puede urgir si uno quiere que la luz del sol embriague los cuartos, las persianas son ancianas mujeres de setenta años, sólidas y nobles, pero requieren cierto tiempo para ser subidas sin ser molestadas.
Si alguien osa apurarlas, se fastidian, y quedan a mitad de camino, o se salen de su eje.
Entonces la prisa que uno les metió en su acción se vuelve en contra, pues hay que tomarse el tiempo de buscar algún destornillador y lentamente sacar el taparollo subiéndose a un banquillo escalera. Recién entonces con los tornillos en una mano, destrabar la madera y quitarla, acomodar a la persiana-dama en su eje, y desandar lo andado.
Con el sol entrando a pleno, se ve por fin a la gata, a la que antes solo se escuchaba,
porque la gata es dorada como el sol, cuesta verla si no le da la luz de la mañana.
Ella, como todos, quiere comer, pero está tan acostumbrada a la casa, que no prueba bocado hasta que no se le dedican un par de minutos a acariciar su escondido cuello, su pequeña cabeza o su gran panza. Recién entonces es cuando se pone a batir sus mandíbulas, dejándole a uno libre para otras tareas.
Si hasta ese entonces no ha aparecido la chamana de la casa, la tía de pelos largos y blancos recogidos en un rodete, dedos curvos e hinchados por la humedad y sonrisa de niña de posguerra, entonces las plantas comienzan su aleteo, imperceptible para los que no habitaron nunca este sitio, pero potente y hasta molesto para los que sí. Ellas también son sabias y están regidas por la pachamama aunque vivan en macetas. Cada  una tiene su historia. Y con la sapiencia que llevan en su savia, saben esperar su turno para recibir su alimento, antes de que la chamana aparezca o después de que se haya ido. El agua que más les gusta no es el agua que sale de la canilla, no, su agua es la que reposa durante la noche al sereno, y decanta escuchando el ruido de la ciudad apagándose, los cuchicheos de los amantes del pasaje, el chirrido de las ruedas de los carros cartoneros. Ese agua es la que más les gusta. Por eso agradecen con su verde brillante y sus pequeños brotes que uno se las consiga, pero para eso es necesario el uso del tiempo.
Después viene el mate, el desayuno de cada día, los diarios digitales comparados y contrastados sus titulares, las cartas de los amigos o enemigos, la primera escritura del día, sin correcciones para drenar el alma.
Recién entonces ,se podría decir, que uno está preparado para la batalla del afuera. Pero eso demandaría otro tiempo más para contarlo, y ya es el mediodía pasado. Pronto se despertará el más pequeño de la casa, y llenará los silencios con los acordes de su acordeón recién estrenado. Y sin decirlo, reclamará comida abriendo una y otra vez la heladera, y se encontrará que no hay nada en ella, porque no he salido de compras, estuve librando la primera batalla del día, la del ritmo interno de las cosas sabias.
No encuentro otra forma de vivir en esta casa. Cualquier consejo es bienvenido. Eso sí, háganlo con tiempo.

(Aunque este post fue publicado en Ingrid a secas hace siete años, el tiempo de la casa no ha cambiado. Solo sus habitantes hemos cambiado un poco. La chamana está en silla de ruedas y ya no baja, la gata murió en las vísperas de una Navidad; y el pequeño que tocaba el acordeón, no es ya pequeño ni toca el acordeón, sólo el piano… y esto, cuando aparece).

Patada al ego

Comer o no comer

esa es la cuestión,

comer cuando duele el hígado

y patea, como con un bebé adentro.

 

El hígado es como un segundo corazón, dicen.

Hay que alimentar al corazón pero

no al hígado malo.

Comer cuando duele

por una frase que una vez dijimos

en un consultorio

así, como al pasar

pero a alguien no le pasó.

 

A alguien se le atravesó en el cerebro

en el alma

en la barriga

en la garganta

y quedó ahí clavada tanto tiempo que ya nos olvidamos

los que la dijimos

como si nada,

así como al pasar,

para graficar algo que no sabíamos cómo decir.

 

Nosotros los benditos,

los que nos pensábamos buenos,

hoy no comemos.

Coraje para ser estúpida

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Foto: Robert Doisneau

Deposito toda mi confianza en la intuición, que contribuye mucho más que el pensamiento racional. Es una recomendable aproximación, porque se necesita coraje para ser estúpido: es muy raro en estos días, cuando hay tanta gente inteligente que ha dejado de mirar porque se ha vuelto demasiado culta…Poesía y fotografía están muy cerca: ambas tocan la cosa exacta, el lado inconsciente de esa cosa.
El que crea que fui yo la que escribí lo que acabo de citar, está absolutamente equivocado pero completamente cierto. Robert Doisneau, el gran fotógrafo francés, el del beso de la pareja al terminar la guerra, es el autor de esta proclama; y  yo, una de sus abajo firmantes, digamos.

Vivir con el asombro del poeta o el fotógrafo que salen a la vida sin piel, sin coraza, tan solo a ver, a escudriñar con su intuición desde la mota de polvo que viaja distancias siderales -tocando puntos del planeta a los que jamás nosotros llegaríamos si no fuese por nuestros sueños- hasta el pobre hombre de chaqueta mugrienta, vientre prominente y bastón, que se nos acerca en la calle para decirnos algo que ningún adonis de hoy, de esos que van con sus oídos tapados -como diría la Urondo: odios tapados o como agregaría yo Oh-dios! tapados- pensando solo en sí mismos, sin ver, sin querer ver, borrada la intuición, estrangulada la percepción, metidos en su propio abismo de soledad productiva; esos adonis que andan de acá para allá pero que el camino (el medio entre el acá y el allá, lo más jugoso del viaje) se lo saltean sin prestar atención, hasta que un día se encuentran con alguien que les hace muecas, se quitan los auriculares y descubren que alguien les pide la hora, pide permiso, o su documento, su boleto de viaje, algún signo de que están vivos, de que están en esta tierra, caminando junto a sus pares, sentados al lado de una vieja que soportó los campos de concentración y que vio morir a toda su familia; al lado de un boliviano que alguna vez fue dueño de casi toda la plata del mundo y que no la tomó para sí mismo, sino que se dejó estaquear, violar , arrasar y hoy trabaja en una empresa textil de algún empresario que lo esclaviza; sentados al lado de una chica de ojos azules, esperanzada en que su diminuto cuerpo le deje realizar ese paso de dos o de dios y ser consagrada como una gran bailarina.
Todo eso, los adonis, los cuerpos sublimes de la juventud -bellos porque todavía no les llegó la hora de la decrepitud, creídos en su belleza o completamente inconscientes de su escasa duración- andan por la vida, entre un acá y un allá, entre una cama y una universidad, entre una universidad y un trabajo, entre un trabajo y un bar, entre un bar y una cama, sin saber nada de esa calle donde viven cientos, donde miles de historias se cuentan y se escuchan tan sólo si uno tiene el coraje para ser estúpido y decide usar su intuición, su mirada, su atención a lo que pasa a cada instante.

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Foto: Robert Doisneau

No sé por qué hoy me dio por este lado, será que ayer un pobre hombre de vientre abultado, chaqueta sucia y bastón; se me acercó sin conocerme, me sonrió y me recitó una poesía de algún poeta olvidado, que hablaba de una niña quien con sus ojos verdes, iluminaba el mundo.

No lo hagas, te pido

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Duermo en la habitación del Dragón rojo, el dragón que dibujaste hace años y que nunca, nunca terminaste.

Me vine acá la noche que necesitaba alejarme de vos, cuando empecé a entender que un hijo puede hacerte mal, aunque sea sin quererlo. Esa noche repasé el dibujo del dragón con fibrón rojo. Fue el último intento por recuperar lo que alguna vez compartimos en esta casa.

La del Dragón –o la del piano- es la habitación más alejada, la más íntima, la más tuya.

Además del piano está tu primer mural: un gato blanco que mira como egipcio.

Tengo una cama que me traje y acá escribo, acá leo, acá duermo. Mis almohadas tapan la “calaca”. No la quiero ver. Me recuerda algo que no me gusta, me hace mal. Sabés que soy de esas que dicen tener presentimientos. Quizá sea por eso que no me gusta, porque estoy harta de las muertes a deshora, y la calaca, adornada o no, sigue siendo una calavera. Entonces la tapo, pero sé que mi cabeza descansa sobre un cráneo lleno de flores en los ojos, de corazones en las sienes, de dientes que parecen de leche, de nene; de muerte no buscada.

Es de noche y como sé que no vas a venir a tocar, cerré el piano y apoyé el velador de tulipa roja sobre la madera del teclado. Así tengo mejor luz para leer. Recién terminé Los suicidas de Di Benedetto.

Vengo del silencio, soy Beethoven que confiesa a un amigo: “ Me habría suicidado hace tiempo si no hubiera leído en alguna lugar que es pecado irse de la vida mientras se pueda hacer algo bueno, La vida es muy hermosa, pero a mí se me ha envenenado para siempre” (1) dice el protagonista. Y yo pienso lo mismo. Pienso que quiero terminar la novela que estoy escribiendo, que por eso y nada más que por eso estoy acá. No como antes, cuando tenía una razón más importante, cuando vos eras mi razón. Ahora ya cumplí con vos, ahora te miro y te veo como a esos potrillos que se levantan del suelo y comienzan a trotar, despacito, pero a trotar. El primer intento por ser libres, el primer intento por alejarse de su mamá.

Cierro el libro y lo abrazo. Quiero leerlo otra vez pero ya es tarde. Entonces lo abro al azar y releo cosas. Cosas que marqué. Mirá esta por ejemplo:

Cambiar de recuerdos. El pasado no se cambia, a menudo nos gobierna. Hace 33 años que me dieron este cuerpo al que posteriormente han sido agregados hábitos, ideas, una manera de comer…A los 17 me equivoqué. Vengo de atrás. Tengo ayer, no sé si tendré mañana. No poseo más que una certidumbre, la de que, en algún momento, moriré. (2)

Tengo ganas de hacer como antes, tengo ganas de ir a buscarte y leerte estos párrafos, los que más me conmovieron. Pero ya no sos mi nene. Ya no. Ni sé si tenés ganas de cavilar sobre la muerte. Entonces me quedo mirando tus dibujos en la pared, el ying y el yang gigante, el vikingo, el dibujo que me regalaste para un día de la madre: una guarda celta que en una punta se transforma en conejo y en la otra en loba que llora y aún así, muestra sus dientes.

Leo lo que escribí cerca del dibujo del dragón la noche que me mudé:

Tus dragones, lobos y conejos,

alimentaban mi único ego,

lo único de lo que estaba segura:

había sido una buena madre.

Otro:

Me gustaría tener esos dientes

y echar el fuego que me quema por la boca.

Otro:

Si supiera morder como esa loba que llora.

Y el último otro, que no es más que una pregunta sin respuesta:

Cuando dejaste de dibujar ¿fue el mismo día que dejaste de quererme?

Porque tengo la impresión de que dejaste de quererme. Mi corazón está apretado como si fuese un puño, o peor, una garra clavándome las uñas. Como le escribí a una amiga, trago sangre y bilis, no saliva. Porque tu mirada es dura y no la entiendo. Porque tu hablar es grueso y serio, me asusta. Porque me da vértigo tu altura. Porque no sé por qué te quiero y me pregunto si uno puede dejar de querer a un hijo, me pregunto si eso no es como ir contra las reglas más ancestrales. Y me digo tonta, me digo exagerada, hija de puta.

No puedo conmigo, no puedo con vos. Pero sí con estos dibujos tuyos que quedaron a medias pintados algunos, terminados otros. Marcando un tiempo que ya se fue, en los que me pedías pinceles o colores, me explicabas con esa voz disfónica que tenías en aquel entonces, lo que tenías pensado hacer. Me pedías consejo. Eso constituía mi felicidad. Poder ayudarte en algo, poder contarte como hacerlo mejor, poder darte ideas aunque no las siguieras.

Y me engañé, pensé que siempre iba a ser así. Que ese tiempo perduraría para toda nuestras vidas. Y hoy siento que se acabó, que tu vida es tuya y mi vida es mía. Y que tal vez coincidamos nuevamente algún día, pero no hoy. Y eso duele. Algunos, algunas, le dicen el Síndrome del Nido Vacío, otros le llaman exageración, o sea, me dicen que soy exagerada, que siento exageradamente, que vivo, así, exageradamente. Que cargo las tintas, que no me doy tregua, que no me, no te perdono una. Y yo lo que quiero es entender. Para eso escribo, para entenderme. Que me juzguen los otros, yo escribo.

Por eso, aunque me de miedo esta noche, voy a apagar la notebook, y también la luz con la tulipa roja. Y me voy a repetir hasta dormirme lo que le dejó escrito Marcela, una especie de novia que tenía el protagonista del libro, sujeto con el frasco de las pastillas que se tomó:

“ No lo hagas, te pido”(3)

 

 

Los párrafos señalados con números pertenecen al libro Los Suicidas, de Antonio Di Benedetto, edición del Centro Editor de América Latina, 1992.