A las redes las carga el diablo

Entonces todos, filósofos,científicos, y gente de la calle, deberíamos poder tomar parte en la discusión de la pregunta de por qué existimos nosotros y el Universo. Si hallamos la respuesta a eso, será el triunfo definitivo de la razón humana…,porque entonces conoceremos la mente de Dios.

Stephen Hawking, Historia del tiempo.

 

Acabo de leer que a una mujer le dio un infarto por hacer una broma pesada en el facebook. Acabo de postear algo sobre eso y ya saltó alguien que me quiso convencer de que el facebook es tal como la vida real, que se encuentra gente de la buena y de la mala, como en la vida real… como si no lo supiera.

Por eso quiero contar lo que me pasa con las redes, y con la vida real, ya que para mí no hay diferencia. Unas forman parte de la otra. Nos guste o no. No hay gente en el facebook y gente en el no facebook, hay gente. Buena y mala y más o menos y menos que más. Y hay redes que maneja esa gente real. Y a mí todo lo que haga la gente, me atraviesa de una forma muy profunda, casi enfermiza diría. Tanto en la vida real como en el mundo virtual, que ya expliqué que es completamente real aunque sea mentira, aunque sea obvio que una mujer que muere de un infarto tenía su minuto predestinado para estar aquí y su minuto para pasar a mejor vida.

Lo que leo, lo que escucho me interpela y me conduce a un estado de cavilación que quizá a otro no. Y ese es el poder del que trato de mantenerme protegida. De ese anonimato, de esa no mirada, quiero huir como la peste. De ese asesinato sin cuchillos que se provoca cada día y se replica millones de veces sin saber a quien podemos llegar a lastimar.

Cuando hablo del poder de las redes quiero decir que soy consciente del poder que nos han dado, quienes son los que nos lo han dado y para qué. Y soy consciente de que, obviamente, podemos participar o no. Ese poder, si es que decidimos tomarlo, si es que “le vendemos nuestra alma” nos puede jugar en contra, como le pasó al viejo Einstein, puede ser desvirtuado y usado para generar un hongo atómico como el de Hiroshima. Es un poder tan al alcance de la mano como un arma cargada, como un cuchillo tramontina simple, de esos que usamos casi todos los días para comer pero que un día en una pelea doméstica, sin darnos cuenta cómo ni por qué, lo sostenemos contra el cuello de alguien o contra el nuestro propio. Si no somos conscientes de su magnitud y muy precavidos, podemos modificar los hechos más allá de lo que nosotros mismos deseamos.

Por eso me dan tanto miedo las redes usadas indiscriminadamente. No sabemos, cuando nos relacionamos con el otro, qué es lo que podemos generar en él porque no vemos su cara, no sabemos cómo amaneció, no sabemos qué planes tiene, ni si está de buen humor o está pensando en la soga que va a apretar su cuello hasta dejarlo sin aire.

En estos días que estuve postrada, no solo usé mucho más las redes que de costumbre, sino que también tuve más tiempo para reflexionar sobre ellas y también para percibir todo tipo de redes y frecuencias.Bajas y altas. Y así me llegaron algunas señales que de otra manera no las percibo, porque corro -aunque menos- como todo el mundo.

Mi tiempo de reacción se duplicó o triplicó en estos días para lo bueno y lo malo, y la poderosa intuición que me caracteriza se volvió más obscena. Pude escuchar a mi corazón y distinguir con más precisión las señales que emite este mundo y el virtual, y el metafísico, y también -cómo no- el del inconsciente y los sueños.

Tanto fue así, que ayer, abrumada por tanta data y tanto murmullo en mi cabeza, me hice un mate, y apoyada en la mesada de la cocina, comencé a llorar para aliviar tanto dolor. tenía enfrente las fotos de mi viejo que le sacó hace muchos años, mi sobrina Rocío. Las miraba y pensaba en lo que él me diría si estuviera vivo. En cómo me compensaría con su amor, tanto sufrimiento, ya que la otra que lo hacía, mi tía Darinka, está internada en un geriátrico desde el lunes de la semana pasada. Miraba a mi viejo y me preguntaba si estaría con mi mamá, o con quién, y dónde.

Así que se me sacudió un poquito el “cuore” cuando sentí un poco de paz que me venía de una red que generalmente minimizo, la red de los que ya estamos grandes (o de los que han sufrido mucha humillación en la vida) y en la que surfeamos con el correr de los años cada vez más seguido y navegamos, a medida que pasa el tiempo, cada vez con más banda ancha. La red de una fe en un poder superior a nuestra humanidad y nuestra razón, donde todo tiene su por qué, donde todo tiene su ida y vuelta.

Pasó el día y ya de madrugada, echada en la cama muy pero muy triste, y mirando la estancia tan archiconocida, los cuadros, los espejos, los lomos de los libros; uno brilló entre ellos. Brilló de manera especial. Tanto, que a pesar de mi dolor y de mis ganas de no moverme, me levanté, lo saqué de entre los otros y lo abrí en cualquier página.

De “Mujeres que corren con los lobos” (Clarissa Pinkola Estes), leí el capítulo que abre con un cuento  atribuido a los Grimm: La doncella Manca. Este cuento fue escrito en el siglo XIII por Philippe de Remi  y  reescrito  y vuelto a redactar tantas pero tantas veces que se hicieron tantas versiones como culturas fue tocando.

Cuando terminé de leerlo, caí en la conclusión que el que me hablaba por ese medio era mi viejo en contestación a mi pedido de la tarde, cuando miraba su foto y le rezaba pidiéndole saber qué hacer con mi vida. Porque ese libro, que recibí en Alemania de manos de mi hermana y seguramente elegido por ella, fue el último libro que papá me regaló en su vida. En la dedicatoria y con su letra dice: Con cariño para mi hija Diana, papá y ese cariño está sellado con su firma, con el símbolo del infinito repetido varias veces sobre su nombre. Así firmaba mi viejo sin saber, casi seguro, lo que eso simbolizaba.

Pues bien, esas son mis redes por estos días. Las que perduran y están llenas de amor, y no de basura disfrazada, no de competencia escondida en mensajes oscuros, no en falta de respeto, no en egocentrismo, no. Pensemos antes de escribir en cualquier red. No digo que la mujer haya muerto en su propia ley, pero que a las armas las carga el diablo, sí.

Fui gemela

LIBRO FUI

Hace unos años , unos siete digamos, comencé a escribir esta historia en gran parte autobiográfica y en gran parte ficcionada, de dos gemelas: Flora y Norma. Al principio fueron apuntes tomados en una carpetita de word que decía Soy gemela. La cosa era anotar lo que me sucedía como gemela huérfana de padre, de madre ya lo había sido hacía rato.

No siempre tenía tiempo, pero siempre que podía, abría mi notebook, buscaba la carpeta y escribía. La condición era no mirar lo que ya estaba escrito. Así jamás podré asegurar que fue un diario, ni nada. Eran escritos sobre la gemelidad.

Unos años después, un amigo me invita a publicar en su sello de autores: Mono de Piedra. Me encantó la idea, pero como andaba con dos o tres cosas dando vueltas, y además estaban parando en casa Angie Urondo con sus hijos y su marido, medio para vacacionar y medio para editar los textos que después armaron el libro publicado por Capital Intelectual: ¿Quién te crees que sos?, le mandé una carta a Rob Krug, un gran amigo, escritor aunque lo niegue siempre, blogger y excelente lector de mis cosas y de la literatura en general, y le pregunté, che Rob ¿por dónde empiezo?

Me dijo que él creía que por el de las gemelas. Bien, cuando lo agarré y lo bajé a papel (habían pasado tres años desde que comencé con la carpetita de word) era un mamotreto que me había servido de catarsis tremenda, y que había crecido como monstruo de tres cabezas: no se sabía por dónde agarrarlo.

Como Angie y sus hijos se habían ido de la casa de veraneo y me quedé sola, comencé a escribirles a mis bloggers o escritoras preferidas. Con la que tuve suerte y la encontré en febrero dispuesta a ayudarme, fue con Daniela Pasik, que ¡ oh, casualidad! su blog era “una danixa” y así me llamaban muchos de mis conocidos. Quizá fue por esos desdoblamientos del destino, no sé, pero hablamos por Skipe, me acuerdo, y me dijo que me ofrecía una clínica a distancia, que íbamos a continuar en Buenos Aires, cuando yo volviera. No recuerdo si fueron dos o una vez a distancia y otra presencial, en el que me acuerdo que todo lo que me preguntaba yo lo había respondido ya en mi interior, pero que así contado, o así respondido como le respondía a ella sus preguntas, sonaban a …¿what?

En fin, yo arrancaba con otros proyectos, guiones, poesía, otra novela (la tercera que tenía escrita hasta la mitad o un poco más…) pero siempre volvía a “ser gemela”. Hasta que por fin, me pareció tener una especie de historia fu y fa, como digo siempre. Tan autobiográfica como no. Y se la mandé a Gustavo López, el generador del sello de autor, Mono de Piedra. Nos encontramos, hablamos, me hizo sus correcciones, y yo me fui con mis alrededor de doscientas páginas bajo el brazo, diciendo, esto es una porquería. Pero me voy a hacer cargo de mis abortos, como nos decía un profesor de Bellas Artes, y la voy a continuar, sea para editar o sea para sacármela de encima. Así, pasaban los años, Gustavo seguía esperando que le mandara el texto final, y yo seguía dándole vueltas.

Hace tres años, creo, estaba navegando por Internet y escuché un reportaje a Pablo Ramos, que hablaba de cómo él se “abría” en sus talleres y cómo hacía “abrir” al otro, ahí no había trampas, ni falsas adulaciones, en sus talleres, decía ( y digo) se iba a revolver la herida hasta lo más asqueante que uno pueda soportar.

Fui a su blog, La arquitectura de la mentira, vi su dirección de mail y  que había lugar en sus talleres, y sin recordar que nos habíamos conocido años de años atrás, cuando él era compañero de mi hermana como talleristas de Liliana Heker, le escribí. Y cosa curiosa, no me presenté como yo, sino como la gemela de alguien que él seguro conocía…

Fui ese año, 2014, dos meses a su taller. Cuando comenzaba a leer cosas sueltas de mi novelita, me iba con la sensación de que estaba ( o había escrito) pura mierda, no tanto por él, que siempre o en general siempre me apoyaba con frases como “Ella sale con los tapones de punta”, o cosas por el estilo, que me enorgullecían tremendamente, sino por las críticas de mis compañeros, que si por ejemplo, había uno que decía me encantó, había tres o cinco que decían que bla y que blo y que blu…

Pero seguí escribiendo y corrigiendo y sacando y poniendo. Haciendo cincuenta versiones de una misma cosa. Más autobiográfica. Menos. Más extensa. Menos. Más enfocada en la muerte de un personaje. Menos. Y así, cuando la terminé, la imprimí y la anillé, se la llevé a Pablo. Me acuerdo que me morí de vergüenza, pero cuando me dijo: seguí viviendo al taller, si te hace bien; me sentí de la cofradía, sentí lo mismo que en los grupos de anónimos que él cuenta en su libro y que yo conté en mis blogs.

No siempre podía leer, claro,  pero cada vez que lo hacía, sentía que se hacía un silencio muy grande, y cuando terminaba y los chicos (para mí los otros “talleristas” de Pablo, siempre van a ser chicos) abrían sus ojos y bajaban su mandíbula con ese gesto de “muy bien” que uno reconoce al toque; antes siquiera de que hablaran, porque a veces hasta se quedaban sin palabras para decirme qué sentían, yo, danixa, diana con minúscula, sentía por dentro que la estaba ganando. La batalla digo. Estaba ganando la batalla después de seis, siete años.

El año pasado fui un mes a lo de Pablo y le dejé la novela. Pero él no la leyó entera, cada vez que lo veía me decía algo con referencia a eso, pero me decía que no la había podido leer. Hasta que un día, me dijo que uno de sus hijos, el mayor: Nuncio Pettito, la había leído. Y no solo eso. Que le había gustado. Ahí me agrandé,  ahí me puse la mayúscula en el nombre Diana y también en el de Danixa, porque Pablo me dijo que su hijo era un muy buen lector; casi mejor que yo, mirá lo que te digo, me dijo con esa picardía que tiene, que uno no sabe si creerle o no. Pero desde entonces me dediqué a pulirla, hasta que dije listo, ya está. Un día de crisis existencial y física, apareció otra idea, otra novela en mi cabeza que desplazó por completo a esta que ya para ese momento era Fui gemela. Ya ni me interesaba editarla, ni mandarla a ningún lado, como buena geminiana, me había aburrido. Y además la otra novela, la que estoy escribiendo hoy, es la razón de mi vida.

Así que nada, fueron una serie de factores que se agruparon para que antes de irme a vivir lejos de esta tierra arrasada por un tipo que sabe muy bien lo que hace, aunque se haga el eterno Isidoro Cañones, y no teniendo más lugar aquí para pelearla, ni sintiendo que acá está mi casa; me decidí a publicarla por mi cuenta, sin depender de editores que están hasta las pelotas de manuscritos buenos y malos, o de editoriales que buscan pegarla con algo que los salve y los llene de dinero para poder publicar lo que realmente se les cante, de gente que como Gustavo López de Mono de Piedra, perdón Gustavo porque jamás te volví a llamar, jamás van a vivir de lo que hacen aunque le dediquen gran parte de su vida. Así fue en el siglo XIX y ahora. Hay golpes de suerte, factores que se conjugan y hacen que el éxito de una obra coincida con el tiempo en el que el que la escribió esté vivo, y pueda disfrutar del dinero que le proporciona ese éxito. Creo que a Pablo Ramos le está pasando. Y me alegro enormemente por eso. Se lo merece.

Con respecto a mí, y a mi obra, si él tiene ganas algún día, me escribirá el prólogo y buscaré editorial, o me presentará a “su” editora, como me dijo varias veces. Mientras tanto, yo sigo. Escribo y sigo. Eso y el haber sido gemela, no me lo puede quitar nadie.

 

 

Vivir mata

 

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¿Qué queda de la vieja y hermosa Europa? Solo algunos fondos de estaciones de tren grafitteados, o con ropa colgada en los balcones de las ciudades dormitorio, ladrillos tapiando las ventanas?

Ay, Daniel Blake. te entiendo. Hace dos, tres horas que viajo en esta AVE y veo cada vez más postes eléctricos parecidos a transformers, más depósitos, más hipercentros, megasupermercados y polígonos industriales o comerciales, qué más da.

¿Era esto lo que buscábamos? ¿A esto le llamamos progreso?

El tren se detiene y bajan cientos de anónimos con sus maletas de brillantes colores y ruedas que casi más los llevan a donde ellas quieren. Maletas fabricadas en vaya a saber dónde, pero seguro en algún lugar donde los niños ni se pueden sonar los mocos mientras trabajan a destajo.

Los anónimos seres con sus móviles cada vez más grandes, sin dirigirse la palabra tan entusiasmados están con sus facebooks, twitters, wasap o qué sé yo. ¿ Quién nos “engrupió”, quién nos vendió esta idea de progreso? Ives Saint Laurent copiando la bata de una viejecita de algún pueblo serrano y vendiéndole a 1200 euros?

Teresa, mi vecina, tiene que cerrar su hermosa tienda. Hoy, cuando hice autoestop, el que me bajó al pueblo dijo que era como el Corte Inglés de Colmenarejo. En mi tierra, le llamaríamos Almacén de Ramos generales. Hago lo que puedo, compro regalitos para los míos en su pequeño Corte Inglés, aun a sabiendas que yendo en el coche de otra amiga, puedo comprar las mismas cosas a mitad de precio. ¿Es ese el progreso del que debo estar orgullosa?

Una pakistaní huye con ropa que selecciono, no conozco a la pakistaní, solo sé que el marido la persigue. Teresa me dice que ella no usa manga corta salvo dentro de la casa. Hay que hacer dos bolsas de ropa donada para ella y sus niños. Le enseño como hace las maletas la novia de mi hijo. Las tres bolsas que hemos empacado se convierten en una. Teresa, con su flor violeta en el pelo se pone contenta.

Yo miro las amapolas que crecen en el baldío de enfrente. Nadie las plantó (¿ o sí?), amapolas, margaritas, un tipo de lavanda que es de aquí -acota Luisa-, cielo azul y flores.

Viene un chico a comprar papel coulette. Le pregunto por el significado. Me dice todo sonrojado, papel para el culete…Pienso en mi imaginación, en mi exagerada imaginación que ya pensó en papel para hacer barriletes, suave como la seda. Se lo digo. Se ríe. Él toca el piano, me recuerda a mi hijo. Tiene un perro que rescató hace tres años de una protectora donde le dejaron abandonado. Aquí son más finos que en Latinoamérica. Allá nosotros le diríamos perrera. Vulgares perreras donde van a parar los que como este bicho maravilloso y quieto, parecido a un siberiano, son abandonados. Este tenía diez años cuando lo dejaron. El pianista del papel culete lo adoptó. Hoy descansa de su paseo en la vereda mientras el sol se pone y Teresa no para.

Yo me fumo mi primer cigarrillo europeo. Busco la marca. Debe decir Marlboro en algún sitio. Pero no, la marca está escondida detrás de una foto de un bebé con chupete, y del chupete le sale un cigarro. Tiene, en un costado del atado, un cartel que reza: los hijos de fumadores tienen más probabilidades de empezar a fumar. Pienso en mi hijo, tiene veintiún años y si hay algo que no soporta en este mundo es que le fumen a su lado. Fumar mata, leo en el otro costado y pienso que la tristeza también lo hace. El humo del tabaco contiene más de setenta sustancias cancerígenas dice por detrás. Pienso en las antenas transformers que unen los pueblos tapando las estrellas, en las maletas brillantes que corren más que sus dueños, en las antenas de móviles esparcidas por todos lados para que la gente se pueda “comunicar” mejor, en el tren de plástico tan moderno y veloz en el cual viajo.

Y sí, vivir mata. Eso seguro.

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El miedo a Europa

PLAZUELA LOS GITANILLOS DE CADIZ

“Canta hasta que la boca te sepa a sangre”

La reina descalza, Ildefonso Falcones

Desde que llegué a España tengo la sensación de no encajar. Dicho así es lógico, hace un mes que estoy aquí después de diez años. Aquí  he vivido cuatro años, pero en otros tiempos, tiempos de bonanza para España, tiempos de desdicha profunda (2001, Corralito) para los argentinos.

Ahora, la sensación que tengo es más animal. Y voy a tratar de contarlo de frente a la vista lejana de las luces del Escorial.

Mi sentir no pasa hoy por lo lógico, sino por lo que llevamos metido en nuestra sangre desde que nuestros abuelos (o padres en mi caso) han ido a hacerse la América: el miedo.

La huída de ellos de una Europa de guerra, entre, o pos-guerras; nos lo han transmitido así como los dichos, las comidas, las preferencias por tal o cuál arte, lo que sea junto con el miedo. Hemos mamado Europa desde pequeños, y ahora que hemos (algunos) regresado, y algunos otros como yo, por no sé qué cantidad de veces (creo que la cuarta ya) no como turista, sino a vivir con un pasaporte y una nacionalidad que por Ius sanguinis nos es otorgada; la vivimos, la olemos, la caminamos y, en mi caso, la padecemos.

En la Argentina hay un dicho que significa esto de haber mamado la “europeidad” y es el que dice “Los argentinos descendemos de los barcos”. Y ( aunque yo siempre acoto: los porteños sobre todo, quiero decir los de la ciudad de Buenos Aires) es así tal cual, por lo menos para la gente de mi edad.

En Argentina uno va por la calle, en un colectivo, tren o … o se encuentra en una reunión con gente que no conoce y si se pone a indagar, la gran mayoría dirá que su padre o su madre han venido en barco desde Europa, y si no fueron sus padres o madres, sus abuelos y abuelas. Los argentinos descendemos de los barcos, o venimos de los barcos, da igual.

La cosa es que yo vine a Europa, por vez primera, hace treinta años. Más de la mitad de mi vida. Era una docente recién recibida, o una artista haciendo sus primeros pinitos, que nunca había salido del país, y, para que se imaginen los lectores jóvenes, no existían más que los mapas y los atlas. No había internet, no whatsapp, no móviles, no ge-pe-eses. Nada.

Recuerdo que le conté a mi hermano que quería irme a Europa, y él que ya había vivido aquí, me dijo, ¿pero a dónde? porque Europa es grande. Le dije, no sé, quiero irme a Europa el año que viene. Él trajo un mapa, y me dijo, a ver Diana, mirá acá, ¿ves? aquí estuve yo, dijo marcando con su dedo sobre el mapa a Milán, ¿a dónde te irías vos? Yo miré los colores de los distintos países, y le dije, pues acá. Y puse el dedo en España.

Claro que en ese momento, ni me imaginaba que cuando viniera a España, los españoles no hablarían en ” argentino” sino que hablaban en castellano, o como se le decía en aquel momento, en español, que para nosotros era solo uno.

Y así fue que cuando llegué al aeropuerto viejo de Barajas, parecido al viejo de Munich, parecido al viejo de Chile (en esa época todos los aeropuertos se parecían bastante) me encontré con que me hablaban tan rápido que no era capaz de entender lo que me decían hasta después de una o dos veces, así de dura era yo de oído…

Pues, al rato de estar dando vueltas con un bolso sin rueditas como los que hay ahora, de color magenta, y tan largo como mi desamparo; que me habían ayudado a montar en un carro que tenía un hierro tan alto, tan alto, que ni siquiera me permitía ir al baño (servicio le decían acá), me cansé, y llamé de un teléfono público a mi otro hermano que hacía poco más de un año vivía en Alemania, para decirle que me iba hacia allá.

Hoy recuerdo todo eso y me río mucho, de mi ingenuidad, de mi inocencia; pero también lloro y me pregunto por qué, por qué no nos contaron, por qué no nos dijeron, por qué solo fueron capaces, nuestros padres, de repetir hasta el hartazgo historias de miseria y guerras.

Deduzco que fue porque en América ( y como buena americana que soy no hablo de América del Norte solamente, hablo de toda América) encontraron trabajo, y pudieron rápidamente hacer lo que no podían en Europa: comer, trabajar, tener dignidad, casa , techo, dinero…no sé. Es lo que pienso ahora, ya con la edad que tenía mi abuela cuando estaba cómodamente instalada en Argentina.

Pero volviendo al tema del título, el miedo a Europa, es el miedo del que quisiera hablar, el miedo a ser ciudadana de segunda categoría, el miedo a que las autoridades y sobre todo los empleados públicos, no la gente común ¡por favor!; nos traten o me traten como si tuviera que demostrar que soy valiosa, que no vengo a quitarle el trabajo a nadie, que vengo en son de paz como dirían en los cuentos.

Desde que llegué hace un mes, siento que a mi Europa me la han cambiado, ya no es la solidaria, ya no es la interesada en saber cómo vivíamos los hijos de. A esta Europa le han metido una gran dosis de fachismo, de esto es mío esto es mío y solo mío, una dosis de miedo al otro, miedo al miedo.

Por eso es que me siento fatal, y desde que llegué, salvo el período que anduve por los campos del Quijote, cuento los días que me quedan para irme, como hace una condenada. Porque quise como siempre ir por la senda legal y me encuentro que cada vez me la ponen más difícil, y que si hubiera seguido los consejos de algunos experimentados españoles, hoy no estaría yendo de oficina en oficina pública, ni gastando euros en obtener algo que no pienso usar, porque decidí volverme ya, en poco más de diez días.

El miedo se ha introducido en mis venas o ha salido de ellas, el miedo no me deja dormir, el miedo saca toda la tristeza del mundo ni bien abro los ojos, o me despierta cuando el muchachito con el que comparto casa se va a dormir, después de jugar en su ordenador hasta altas horas de la madrugada, cosa común hoy en día, pero que aquí me deja en la más absoluta soledad, y me pregunto cómo es que llegué a esto, si fui una mujer tan viajera como experimentada en esto de vivir en Europa.

Pues, el otro día terminé un libro que me prestó una amiga, La reina descalza, una novela que si bien no me atrapó en su trama durante sus 740 páginas, me removió dolores ancestrales. Una novela en la que Ildefonso Falcones cuenta las peripecias de una negra libre recién arribada de Cuba a la Sevilla de 1748, sin saber a dónde ir y que termina haciéndose amiga de una gitanilla, antes de la gran redada contra los gitanos de 1750 y pico.

Este libro me fue acompañando noche a noche, rato a rato, en los distintos momentos de mi vano intento de arraigo europeo, y muchas veces sentí que en vez de hablar de la morena liberada o de cualquier gitano que trataba de conservar su dignidad, estaba el autor hablando de mi sentimiento, de mi cansancio, de mi dolor. Para no hacer este posteo tan largo voy a citar una de las frases que junto con la del principio, fueron las que más hondo calaron:

“Había respirado solo cuatro bocanadas de libertad ya y los recuerdos se abrían paso en su memoria”

Porque es eso lo que hoy siento, me fui de una Argentina diezmada, donde respirar se me hacía difícil, para acabar en una tierra donde fui muy feliz en otros años, pero que hoy siento que sus gobernantes, sus empleados públicos, me dan la espalda. Y no solo a mí, como me ha aclarado hoy una vecina española que pronto cerrará su hermosa tienda gracias al acoso de la hacienda española. Europa le está apretando el cuello hasta a sus propios hijos nacidos aquí.

Eso es básicamente lo que quería contar, el miedo que se respira en cada habitante de suelo europeo, que no es el lógico miedo a morir en un atentado de unos fanáticos religiosos como nos quieren hacer creer, o bajo los misiles de un lunático presidente de un país del Norte que solo sabe mirar su ombligo o su peluca anaranjada. Hoy, en Europa, hay miedo. Y sobre todo al tremendo papeleo que exigen para poder trabajar, sea uno nacido y criado aquí o descendiente de los barcos.

Si no, vean solo el trailer de la triste y bellísima película inglesa: I, Daniel Blake. Aquí en español: Yo, Daniel Blake .

Yo, Diana Laurencich.

 

A todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar algún suelo en este miserable mundo.

Al amparo maternal del Quijote

Estoy en España, en Villanueva de los Infantes. Tierra donde murió Quevedo, alabó Lope de Vega llamándole Villanueva de las Musas, y lo más importante para mí: desde donde el Quijote hecha a andar, según varios investigadores.

Digo que es lo más importante para mí, por mi relación con él desde pequeña; ya que nos era leído, contado, citado, alabado; en fin, que mi madre no dejaba de recordarnos que existía; cuando éramos niños, mínimo, una vez a la semana .

Más tarde, ya viviendo en Lanzarote, tierra que Saramago* eligió para vivir,  me sucedió algo que, tal como Cervantes no quería recordar el nombre del pueblo donde vivía Alonso Quijano, a mí ni no me dan muchas ganas ni de recordar ni de contar el por qué, pero la noche de un día desgraciado, me encontré alojada con mi hijo en la casa de un compañero de trabajo y, cuando al apagar la luz para olvidarme de todo reparé en el libro que había sobre la mesita de noche, ahí estaba pues, El Quijote.

Ese encuentro me la trajo a mi lado a mi madre, muerta en ese entonces hacía más de quince años, pero, cuando uno está lejos de la tierra en la que nació y la está pasando no muy bien, aquel tipo de símbolos, signos o “piedritas” confirman, a modo de migas de pan como las de los hermanos Hansel y Gretel, confirman que uno está en la buena senda y dan respiro, aunque más no sea por una noche y aunque uno no sepa cómo va a proseguir viviendo al día siguiente. Esto lo afirmo, porque no solamente me ha sucedido a mí desde el momento en que salí de Argentina a recorrer el mundo, muy jovencita, sino que lo he corroborado con otros viajeros; que como dice Bowles en El Cielo Protector, se diferencian del turista entre otras cosas por no saber cuándo regresarán.

Luego de aquel significativo episodio, me sucedió algo que también recuerdo siempre como si fuera ayer mismo y es el por qué tomé la decisión de volverme a mi país de origen, después de cuatro años de vivir en España.

Cuando mi papá cumplió 80 años, volví para festejarlo con él un mes a la Argentina. Pero, el festejo se transformó en una pena enorme, ya que lo encontré hemipléjico.

Al volver a Lanzarote al cabo del mes, había adelgazado unos veinte kilos y vivía como una sombra. Y cuando ando como alma en pena, me quedo en la cama y leo mucho más que de costumbre; como buscando algo que me ilumine, que me diga por dónde sigo. Siempre llega. No falla.

Así que un día, hojeando un ejemplar de la Revista Humboldt recién llegado por suscripción a mi casa de la calle Botavara, leía los títulos para ver por dónde lo comenzaba ya que no tenía desperdicio ninguno de sus artículos.  Me detuve en uno que mencionaba la traducción del Quijote al alemán que había hecho o estaba haciendo, no recuerdo bien, Susanne Lange, una amiga de mi segunda estadía en Alemania, en los primeros años de la década del 90, que fue quien me hiciera conocer (por haberlo traducido también del español al alemán) uno de mis libros preferidos de toda la vida: El Palinuro de México, de Fernando del Paso.

Este artículo no solo mencionaba a Susanne, lo que ya constituía una alegría para mí saberla traduciendo un libro de tal envergadura, sino que además llevaba un copete con la frase que le dice Sancho cuando está muriendo el Quijote:

¡Ay! no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben, que las de la melancolía.

Esa fue la perla que había estado buscando. Me vestí, recuerdo, y salí a la calle como hacía rato no lo hacía, bajé por Botavara hacia el pueblo y no me encontré ni a mi padre ni a Sancho, por supuesto; sino a una amiga belga, que al contarle de mi tristeza por lo que le había pasado a mi padre, me dijo (esto ya lo conté tantas veces en tantos blogs que pido perdón a los lectores que me siguen si es que lo han leído antes):

-¡Vete pa’ tu tierra mujé! ¡Que si no vas’andar con el corazón partío, como yo!

Esa, fue la clave de mi regreso a Argentina. Hilando fino, la melancolía y la muerte del Quijote.

Por eso estoy tan contenta de estar aquí, donde el hidalgo caballero comienza su viaje; porque es como cerrar un círculo para abrir otro mucho más esperanzador. Y al otro lo abrí cuando volví a España, hace poco más de diez días.

Sin estar en mis planes, al día siguiente de llegar a Madrid, y estando en la casa de una conocida, llamé a una amiga y me dijo que partía para La Mancha. La Mancha para mí, estaba solo en labios de mamá, o en la letra de tantas versiones del Quijote ya leídas. Monté en el coche, sin saber muy bien para qué ni por qué. Y a las dos horas y media estábamos en un pueblo de ensueño. De lo mejor conservado que he visto en mis viajes. Me recordaba un poco a la Antigua Guatemala, donde uno parece ver a los personajes que vivieron salir de los pórticos de esa madera noble que soportó el paso del tiempo y que se muestra orgullosa, con sus llamadores de hierro, y sus inscripciones en el muro. Era este sitio desde donde hoy , a punto ya de regresar a Madrid, escribo esto.

Ni bien llegadas, y después de dejar mi maleta y los bártulos en la casa rural o posada, como a mí me gusta llamarle ( y que ahora sé está ubicada a unos cien metros del Camino Tres de los caminos del Quijote) que abrirá mi amiga en el verano, tomar un “cafelito” de los que dan a la Plaza Mayor, y ahí , frente a nosotras y ocupando gran parte de una esquina de la bellísima y como ya dije muy bien conservada plaza, estaba la estatua del dúo: el caballero y su escudero, uno con su caballo y el otro con su asno.

Mi amiga comenzó a contarme la historia del lugar y así llegamos a la Biblioteca. Me hice socia (como siempre que llego a un paraje donde pasaré más de una semana ¡cómo no!) y resulta que hablando con la Bibliotecaria sobre qué me recomendaba ella para leer sobre el famoso hidalgo, me contestó que había muchos libros, pero que humildemente me ofrecía el suyo. Sí señoras y señores, María Ángeles Jiménez, es la autora del libro que está en la foto: El Campo de Montiel de Don Quijote y Sancho, una aventura literaria y gastronómica. Libro precioso, lleno de datos sobre la vida cotidiana en aquellos días, las comidas típicas que se mencionan, las rutas que llevó a cabo en sus tres salidas, los pueblos de Montiel y las casas por donde andaba; en fin, un “lujazo” que me devoré en unos días y que cuando se lo devolví hace un rato, le pedí quise retratarla con él, para llevármelo conmigo a donde sea que me depare mi Quijotada; como si fuese una de esas estampitas a las que uno lleva consigo, guardadas en un bolsillo para momentos de desespero; o como los pañuelos con el perfume de las amadas que hacían más valientes a los caballeros, guardados bajo su armadura.

Y así, señoras y señores, comienza o acaba esta historia. Este nuevo camino o esta nueva vida, vaya uno a saber; así como comenzó en Argentina, bajo el amparo maternal del Quijote.

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María Ángeles Jiménez y su libro
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Camino del Quijote

*Artículo para El País, sobre Alonso Quijano, por Saramago.

 

El cielo protector

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Foto: Un théŽ au Sahara. The sheltering sky, 1990 por Bernardo Bertolucci.  Colección Christophel.

No sé bien cómo fue que dejé pasar tanto tiempo antes de leer este libro. Lo compré en una de esas ferias de verano que venden varios por equis pesos, todos saldos de grandes editoriales que tienen una falla o algo así. Recuerdo haber comprado tal cantidad que no me los pude traer en la maleta y los dejé llenándose de polvo en la biblioteca de la casa de la costa. Supongo que fue por eso que tardé dos años entre que lo compré y lo leí.

Pero sostengo que los libros nos eligen. Acostumbro a devorar lo que compro o me regalan me guste o no me guste. En algunos casos como este, cuando tengo muchos para elegir, decido siempre por algo que me “toca”, que me llama desde el libro. Ya sea en la tapa, alguna ilustración que me lleva a un mundo donde quiero entrar; o en la contratapa, alguna definición o palabra que hace eco en mi memoria y digo, éste. Hoy, o estos días, me acompaña éste.

El libro de Bowles dice en su contraportada:

Novela de peregrinación, viaje o huida, El cielo protector (1949) consigue hacernos partícipes  de la embriaguez de  un espacio  físico -el norte de África, el Sahara- por el que deambulan sus protagonistas…unos personajes que huyen de todo o, quizá, sólo de sí mismos.

En el tiempo que lo compré  y leí que era una travesía por el Sahara, me recordó a mi estadía frente al desierto durante cuatro años en la isla de Lanzarote, 100 km frente a ese enorme mito, pasándole por arriba cada tanto…  y no quería embarcarme entonces en el peregrinar bajo la “kalima” o viento que llegaba a la isla y llenaba todo de una arena finita que ponía de mal humor a muchos y a otros nos gustaba; sobre todo su efecto sobre el mar, sobre todo al atardecer, cuando todo se volvía dorado. Tampoco quería recordar cuando vi la primer caravana de camellos como la de la foto, en un día de viento y lluvia finita, andando entre sus volcanes, a poco de llegar, yendo a buscar trabajo.

Pero reflexionando sobre los por qué dejé pasar tanto tiempo, también se me vino a la mente otra cuestión: podría ser que en ese momento yo estaba en plena huida de mí misma y no quería reconocerlo, para nada, no lo aceptaba de ninguna manera y leer ese libro en aquel momento me hubiera confrontado con algo que no quería. En cambio, este verano, ni bien leí la misma definición de sus personajes, dije éste es mi libro, ya, necesito leerlo. No lo sé. Son todos razonamientos que hago ahora volviendo a la pregunta del principio.¿ Cómo pudo haber pasado que no haya leído este libro antes? Me hubiera evitado noches y días de una soledad tremenda, en la que creía que nadie me podría entender si contaba qué era lo que me sucedía por dentro.

Esa es para mí la elección de los libros. En realidad creemos que los elegimos, pero ellos nos “entran” cuando deciden, a su debido tiempo. Y El cielo protector, me llegó, me llamó para leerlo hace unos días, y me advirtió ya desde la primera página, que En el centro de su conciencia había la certidumbre de una tristeza infinita, pero esa tristeza lo (me) reconfortaba porque era lo único que le (me) resultaba familiar.

Y me dio un mazazo en la nuca con toda su furia o su lentitud desértica. Me dejó soñando con sus personajes y sus agobios; como por ejemplo los de Kit, cuando dice : lo único que podía esperar era comer, dormir y ceder a los presagios; o los de Port: el alma es la parte más cansada del cuerpo.

Ni que hablar cuando hace mención de la diferencia entre turista y viajero con tanta claridad. Yo siempre me definí como viajera y jamás como turista, pero nunca supe bien por qué lo hacía. En el libro, está explicado de una manera sencilla y sin embargo perfecta: La diferencia reside, en parte, en el tiempo, dice. Porque mientras el turista se apresura por lo general a llegar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra… otra importante diferencia es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan…

Podría hablar horas de lo que significó este libro para mí, citar y citar párrafos, contar de cuando me sentía inmersa en el personaje de Kit y sus presagios, o el de Port con su carga de soledad a cuestas. Pero ya no sería un post, sería un ensayo o algo así.

Lo único que quería decir, es que dejando de lado modas o imposiciones de editoriales, el que pueda y -como yo- todavía no lo haya leído, o tan solo haya visto la película del gran Bertolucci (protagonizada magistralmente por John Malcovich) que lo lea en cuanto pueda. Es de esas joyas de la literatura que nunca está demás recomendar.

La cursiva corresponde al libro

editado por Alfaguara México, colección Fin de Siglo, año 1990.

Viento de lluvia

La casa se llena de viento

y el ruido de los que compran y venden me dejan en paz

cuanto más clonazepam tomo

menos oigo a los humanos

más quiero a los perros

a los gatos y a los pájaros que confundidos como yo

en vez de dormir

pían.

Pían buscando a sus hijitos que ya no están

pían para alejarse del gato hambriento que se los quiere comer

buscan,

como yo que alguien los escuche y salve su nido.

Para cuando se den cuenta de que nadie los salvará

de que nadie escuchará su canto

va a ser tarde.

Todos moriremos condenados bajo el viento que anuncia la lluvia.

Y será liberador

tanto como librarse del calor que arde en el cemento

tanto como volar lejos del cemento que crece cada vez más y

que nos aleja de esta ciudad de solitarios con miedo al que ofrece

creyendo que le robará lo poco que tiene.

¿ Qué nos queda?

Seguir durmiendo acunados por el viento

los ladridos y el canto de los pájaros

que no entienden la maldad de los que compran y venden.

Seguir durmiendo desamparados de ayuda.

Seguir durmiendo anestesiados con estos químicos que nos prepararon

los que saben que tragándonos una pastilla más

dejaremos, muy pronto, de cantar.

Osteopenia

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Cuando era adolescente escuché el disco de los Who

Quadrophenia

quizá por eso me gustó leer en el papel:

Osteopenia

aunque tenga esa belleza que esconde el

fascinante mundo de gusanitos del dolor

masticando cada hueso

haciendo sus casitas y anidando ahí

donde hicieron su túnel

para poder tener aire

a mi costa.

¡Vamos gusanitos,

yo los albergo!

Solo tienen que prometerme que cuando

escuchen a los Who

también ustedes se dejarán roer por mí.

 

El infinito o Dios, el que me conoce.

 

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El hombre que conocía el Infinito.

Las matemáticas y Dios me han atraído desde siempre. En ambas cosas, si es que se les puede llamar así y, aunque por períodos me haya acercado o alejado, he creído.

Desde hace un tiempo, mi creencia en que Dios existe  -y no uno punitivo ni vengador-sino creador de lo que no podemos modificar, y no podemos modificar porque sencillamente no conocemos, se ha acrecentado.

Hay gente que probablemente me quiera rebatir lo que escribí o me quiera demostrar lo contrario y solo puedo decir, no sé, solo creo. Como creo en el álgebra y en el número infinito que aunque  este último se puede graficar con un símbolo, como la palabra Dios, nadie hasta ahora pudo abarcarlo o decir, sí yo lo he visto.

Dicen los que vivieron mucho que más viejos nos ponemos, más sabios nos volvemos. Eso sería una de las respuestas más tontas que puedo dar como excusa. Dicen que los que sufren mucho, tanto que no pueden tolerar ese sufrimiento, se vuelven creyentes de la noche a la mañana. Otra excusa más. Pero la explicación, la verdadera explicación para mi creencia, es mi intuición. Y sobre ella, tampoco  tengo nada para decir, salvo que me ha salvado de muchas situaciones engorrosas.

Tampoco tengo explicación sobre los dones que se nos otorgan sin nosotros pedirlos. Aunque en los tiempos en que vivimos se diga que los dones, las habilidades, los talentos, en fin; la capacidad para hacer algo bien, se determina por nuestro esfuerzo (la tan mentada) “meritocracia”, yo no creo en eso. He conocido muchos talentos que fueron denostados y hasta murieron en la miseria, sin jamás ser reconocidos. Otros, que fueron reconocidos cuando les llegó su hora, o también después de muertos.

Quiero decir que no somos dueños ni artífices más de lo que podemos hacer cada día por cultivar eso que llevamos dentro y que no sabemos desde qué tiempo está allí. Oponernos a ese talento, a esa capacidad, es inútil; como es inútil intentar opacarla, como es inútil también, querer hacer alarde de ella.

Pero todo esto lo vi reflejado anteanoche en una película que vi, que trata de la relación entre estos dos “opuestos” – para los más duros- , la ciencia matemática y la relación con Dios. La película es desvergonzadamente conservadora y sentimental pero cuenta una historia tan buena que es difícil de resistirse. Así dice de ella, Allan Hunter, y yo suscribo lo que él dice. Si la historia no fuese real, la película sería para olvidar. Pero como está basada sobre hechos reales, es más sobre personajes reales, para mí cobró un sentido como pocas.

La historia del matemático indio Srinivasa Ramanujan y su relación con el británico y ateo Hardy, interpretado por Jeremy Irons (siempre un placer el verlo) , es la que toma El hombre que conoció el infinito. Los diálogos entre ellos dos, son creo yo, lo que mejor le sirve a la película para ser tomada en cuenta. Lo demás, no es lo importante.
Como toda cuestión de fe, de creencia, no puedo más que seguir dudando y preguntándome acerca de eso, para llegar algún día a la conclusión de que no hay más preguntas que me pueda hacer. Así que invito al que lee esto que vea si puede la película, escarbe en us diálogos y después, si quiere, me tilde de ingenua.

En esta casa, el tiempo

En esta casa existe un ritmo que no se puede contrariar. El despertar duele cuando uno intenta moverse rápido como un halcón.
Hay que emular a los gatos y hacerle creer al tiempo que uno no tiene prisa.
Por ejemplo: el agua sale solo después de haber encendido el calefón y constatar que la presión es suficiente como para ducharse, lo que supone un ida y vuelta al baño varias veces hasta lograr el punto deseado de la temperatura.
Si el agua, ¡que está viva! eso se los puedo asegurar, si el agua no quiere, no sale por la ducha. Entonces se debe intentar con la canilla de abajo, ida y vuelta al calefón, controlar la temperatura  y si el agua quiere, ¡que está viva! lo aseguro una vez más, si el agua quiere, sale en un chorro más o menos abundante como para sentarse en la bañera mientras el chorro le acaricia a uno la espalda, y hablo de caricia porque el agua es como una madre en esta casa, si se le tiene paciencia, ella, por más vieja que sea, nos acaricia y lava.
Después viene el asunto de las persianas, a las que no se puede urgir si uno quiere que la luz del sol embriague los cuartos, las persianas son ancianas mujeres de setenta años, sólidas y nobles, pero requieren cierto tiempo para ser subidas sin ser molestadas.
Si alguien osa apurarlas, se fastidian, y quedan a mitad de camino, o se salen de su eje.
Entonces la prisa que uno les metió en su acción se vuelve en contra, pues hay que tomarse el tiempo de buscar algún destornillador y lentamente sacar el taparollo subiéndose a un banquillo escalera. Recién entonces con los tornillos en una mano, destrabar la madera y quitarla, acomodar a la persiana-dama en su eje, y desandar lo andado.
Con el sol entrando a pleno, se ve por fin a la gata, a la que antes solo se escuchaba,
porque la gata es dorada como el sol, cuesta verla si no le da la luz de la mañana.
Ella, como todos, quiere comer, pero está tan acostumbrada a la casa, que no prueba bocado hasta que no se le dedican un par de minutos a acariciar su escondido cuello, su pequeña cabeza o su gran panza. Recién entonces es cuando se pone a batir sus mandíbulas, dejándole a uno libre para otras tareas.
Si hasta ese entonces no ha aparecido la chamana de la casa, la tía de pelos largos y blancos recogidos en un rodete, dedos curvos e hinchados por la humedad y sonrisa de niña de posguerra, entonces las plantas comienzan su aleteo, imperceptible para los que no habitaron nunca este sitio, pero potente y hasta molesto para los que sí. Ellas también son sabias y están regidas por la pachamama aunque vivan en macetas. Cada  una tiene su historia. Y con la sapiencia que llevan en su savia, saben esperar su turno para recibir su alimento, antes de que la chamana aparezca o después de que se haya ido. El agua que más les gusta no es el agua que sale de la canilla, no, su agua es la que reposa durante la noche al sereno, y decanta escuchando el ruido de la ciudad apagándose, los cuchicheos de los amantes del pasaje, el chirrido de las ruedas de los carros cartoneros. Ese agua es la que más les gusta. Por eso agradecen con su verde brillante y sus pequeños brotes que uno se las consiga, pero para eso es necesario el uso del tiempo.
Después viene el mate, el desayuno de cada día, los diarios digitales comparados y contrastados sus titulares, las cartas de los amigos o enemigos, la primera escritura del día, sin correcciones para drenar el alma.
Recién entonces ,se podría decir, que uno está preparado para la batalla del afuera. Pero eso demandaría otro tiempo más para contarlo, y ya es el mediodía pasado. Pronto se despertará el más pequeño de la casa, y llenará los silencios con los acordes de su acordeón recién estrenado. Y sin decirlo, reclamará comida abriendo una y otra vez la heladera, y se encontrará que no hay nada en ella, porque no he salido de compras, estuve librando la primera batalla del día, la del ritmo interno de las cosas sabias.
No encuentro otra forma de vivir en esta casa. Cualquier consejo es bienvenido. Eso sí, háganlo con tiempo.

(Aunque este post fue publicado en Ingrid a secas hace siete años, el tiempo de la casa no ha cambiado. Solo sus habitantes hemos cambiado un poco. La chamana está en silla de ruedas y ya no baja, la gata murió en las vísperas de una Navidad; y el pequeño que tocaba el acordeón, no es ya pequeño ni toca el acordeón, sólo el piano… y esto, cuando aparece).