El dolor del amor

 

Worth50

Terminé de ver los seis capítulos de una serie sobre comadronas.

Ellas buscaban paliar el dolor huyendo del amor,

porque el amor, según ellas, dolía.

El amor, sí, claro que duele.

Claro que es estúpido hablar de esto

cuando el que lo vivió lo sabe.

Los hijos hoy cenan afuera

cuando les cociné pastel de carne para ellos.

¡Pero si me olvidé de ponerle huevo a la carne!

¡Si seré inútil como madre! Y seré inútil cocinando…

no amando, no,

nunca fui inútil amando,

aunque a veces fue inútil el tiempo perdido en algo que no sucedió

y no sucedió jamás porque nada hoy existe

porque el tiempo limpia el vómito

enjuaga la sangre

y seca el semen.

Lamento no ser más clara al escribir,

lamento este lamento

por el amor mal habido

mal llevado

mal querido.

Si al final seremos ceniza,

al final, solo huesitos rotos,

al final, locura olvidada entre páginas y páginas de manuscritos.

Pero el amor que dimos,

ese, ese amor puro sin delicadeza, sin esperanza y sin remedio,

ese amor será recordado aún

cuando ya no estemos en el recuerdo de nadie.

Llaves

Son las 5:04 de la mañana. Escucho las voces adolescentes recién llegadas de un recital. Me duele la garganta. No quise ir. Pero no tengo ganas de dejar el cigarrillo. El cigarrillo en este momento es como mi estupidez calmante. ¿Está el cartón sobre la heladera? Entonces está todo bien. Recuerdo un día que llegué a lo de Thomas, un amigo de amigos en las afueras de München, y vi por todos lados cartones de Erntedreiundzwanzig, o Cosecha 23, el cigarrillo que más me gustaba en ese entonces, pero que sólo lo podía fumar cuando vendía algún cuadro, porque tenía veintitrés o veinticuatro años y en general a esa edad, a menos que se venga de familias de patriarcas pudientes, no se tiene demasiado dinero como para comprar cartones y cartones de cigarrillos, y menos en Alemania, que si mal no recuerdo en esa época costaban Vier Deutsche Mark, 4 marcos alemanes , cuando mis impuestos como pintora alcanzaban a los 60 cada mes, y lo que cobraba en la cantina limpiando mesas eran creo que menos de 200 DM. Anyway, tengo para fumar un  rato largo y eso me tranquiliza, aunque ya se empiecen a evidenciar los signos del segundo año y medio que retomé el vicio. Otra cosa que no me puede faltar en estos últimos tiempos son los lentes, aunque sean los baratos esos que me compré en un quiosko de la Avenida Santa Fé, al lado de lo de mi antigua psicóloga, los de mi padre que son bastante buenos, o los que me raspó Jony, el rapero,  una vez que me quiso limpiar los lentes, cuando el año pasado estuve en el hospital. La cosa es que no se podían limpiar esos lentes en seco, pero andá a decírselo a Jony, quizá se lo tomaba a mal y me miraba con esos ojos con los que miraba al innombrable cuando se hacía el boludo. Juro que te taladraba con la mirada, si la llegabas a atravesar, encontrabas una dulzura como pocas he conocido. Un tipo tan fiel a sí mismo que daba envidia. Lo vi unas cuantas veces más, y siempre el mismo abrazo, de emoción, siempre preguntándome por la historia, su historia, la historia de todos los que estuvimos ahí. Porque hay gente que prefiere olvidar. Y hay gente que no. Que lo toma como una forma de venganza. De que el mundo sepa lo que es estar ahí. No que se lo imagine. Que lo sepa. No sé porqué agarré para el lado de Jony, podría haber agarrado para cualquier otro, pero como él fue el que me arruinó las gafas, de él me puse a hablar.
Y la última cosa que no me puede faltar en estos momentos, además de mi medicación, off course, es un libro de Sylvia Plath, con una mina en la tapa que se tapa la boca. Esa mina es como mi hermana, no la real digo, no mi gemela, que la tengo, no. Esta es una mina hermana como de alma. Te podría decir que tiene algo mucho de mis hermanas de vida, algo de La tejedora, la M con w, la M con r, la M con P, la Leti sin t, la Cielo. Viste cuando buscás  una hermana, pidiéndole ayuda y está ahí, siempre a mano. Bueno, ellas son así y ella, la de la tapa y la que escribe, es así, para mí. Es mi hermana. En los peores momentos de mi vida la busco y la encuentro. Y si no, le pido tres veces a San Onofre, el santo de los objetos perdidos, que me la encuentre y zácate, aparece bajo otro libro, o bajo la almohada, o en el escritorio, pero está. Nunca me falla. Antes me acompañaba el Palinuro . El Palinuro de Méjico. Pero por suerte o por falta de ella, uno va cambiando. Y si bien, amo al Palinuro, no lo siento como hermano de sangre. A esta sí.
Y así, con esas tres o cuatro cosas sobrevivo. Sin necesidad de más. Ya sé que estoy sola como no vine al mundo y moriré sola como todo el mundo.
Mi hijo me llorará más o menos, depende de cuán chico sea. Mis amigos se acordarán algunos de unas cosas y otros de otras. Digamos del cuarto trasero o delantero, aunque dicho así quede espantoso. Mis amigas se reirán un rato de las boludeces que dije y otras llorarán mis verdades.
De mis parientes, puf , de mi parientes, creo que salvo a mi tía, a nadie le va a importar. Sí puede ser , a mi hermano lejano. Y después, al padre de mi hijo. Aunque ya no nos hablemos más, ni nos odiemos más, ni nos amemos más tampoco. Hay después un par de amigos, que los dos son innombrables por sus benditas mujeres que les gustaría verme quemada como en tiempos de la inquisición, por más liberales que sean. A ellos sí les retumbará mi muerte, como dijo uno, estuve delante del cristal con la piedra en la mano y no lo rompí. Pues sí, fue así. O no lo rompiste o no te dejaron. Tan temerosos son los hombres. De comprometerse. De perder lo que tienen. De que los señalen después. De sus madres. De sus hijos. De sus esposas. De sus amigos. Vecinos. De todo son temerosos. Hasta de la muerte. Ja! como si no fuera parte de la vida. Ya lo puse en otro blog o en mi skipe: LA VIDA ES UNA ENFERMEDAD MORTAL QUE SE TRANSMITE POR VIA SEXUAL. Así de cortita te la hago.  Así de simple. Nacemos para vivir y morir. No sólo para vivir eternamente y que el cielo nos espere como dicen los yanquies. Niet. Nacemos para comernos la vida, sea con llanto o risa, da igual, la cosa es cuán intensamente nos entregamos a ella, e dopo, Adío vita! io ritorneró!!! quizá en un pez, quizá en un gurú, ma io ritorneró!
¿Que no me creen? Problema vuestro, no mío. Yo me fumo un cigarro y escucho como mi pariente, de sangre, aunque más bien parezca de sangre coagulada revuelta en ensalada, como cantábamos  en el ómnibus que nos llevaba de excursión cuando éramos chicos, se prepara para ir a laburar. Día tras día, la misma rutina. Se hace la señal de la cruz al pasar por una iglesia. Se ocupa de que su GPS le marque el camino. Aunque se lo sepa de memoria. Trata con sus empleados y da su tarjeta a los que tienen traje y corbata. No sea que se le acaben. Y se terminó. Ahí se terminó. Con una llave en su poder. O su poder reducido a una llave. Y vuelvo a lo mío. A mi hermana,la de la tapa del libro que se tapa la boca con un pullover marrón, tejido a dos agujas, punto arroz, si mal no recuerdo lo que me enseñaron. “No veía en realidad por qué la gente tenía que mirarme. Muchísima gente era más extraña que yo.” Dice el personaje en el libro en la página 178. Y yo digo exactamente lo mismo. Qué es más extraño: ¿un GPS o una estrella?. Aunque esté en un anillo. Y a veces te haga bombear la sangre en el dedo y sientas que algo está pasando, y a veces duela porque te corte el borde, y sientas que algo está pasando, y otras , las menos, sientas que la estrella del anillo no dice nada, no late, ni tiembla, no ríe, ni recuerda, y sepas que está durmiendo, como vos?
Ya los adolescentes duermen y los colectivos hacen cimbrar la casa. Pronto empezarán los pajaritos a anunciarme que se me hizo de día escribiendo. Pronto, el desvelado , o la desvelada que lée esto, bostezará y se irá a su cama, con su pareja o no, con su hijo o no, con sus muertos, con sus amantes, con sus recuerdos, o no. Y la vida seguirá para todos y todas, para los extraños seres o los que se consideran normales en este mundo donde la guerra es más común que la paz. Donde comer en un mac burgal es lo corriente, y no sacar los huevos del gallinero del fondo como hacía mi abuela. Donde evaluación significa lo mismo que calificación. Y los maestros de matemática no son gente con los pelos revueltos enseñando la grandeza y los enigmas de esa ciencia milenaria. Donde el arte se mueve al ritmo del mercado, de la bolsa de Wall Street y jamás se buscará en los hospicios. Donde si sos capaz , lo demostrás con una buena nota, y el que viene de Fuerte Apache es un negro cabeza que puede llegar a afanarte, ojo, ni lo mires. Donde defender a Garzón es reprobable por la justicia española aunque haya juzgado más crímenes que el mismísimo Franco. Donde la soja avanza en el mundo y se tala en la Amazonia un campo de fútbol por minuto. Donde hay gente brindando con champagne mientras en otro sitio del planeta que es un puntito miserable en el medio de vías y calles lácteas y alcohólicas, hay pibes con brazos amputados, sin madre, sin padre, llorando con los mocos sobre sus panzas gordas de hambre. Donde hay patriarcas y súbditos. Como en la Edad Media. Donde lo que se dice se desdice de un plumazo o de un disparo: Tenés la puerta abierta, le dijo ella al chofer, y perdió un brazo, sino su vida. Así desayunamos, con la Jolie y el Pitt o  una bomba en Iraq.Sé igual. Así nos asustamos. Metiendo en cárceles a tipos que tienen hambre y sacando de ellas a asesinos y narcos. Así.
Por eso, Emil, prefiero escribir a jugar al backgamon. Ya sé que vos hacés las dos cosas. Por algo sos hombre. Y yo una mina. Madre y mina. Son como dos cosas distintas, pero no. Madre hay una sola. Minas unas cuantas.

Dame un papel

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Foto de Anand Varma, del video La metamorfosis de las abejas obreras

Dame un papel y no tardaré en atiborrarlo de letras, pequeños garabatos que a veces , si no llevo puestos los anteojos, no logro descifrar al otro día, ni al al rato mismo de haberlos escrito.

Tal es mi desequilibrio cuando escribo, tal mi alejamiento de quién soy si es que soy algo, tal el estado hipnótico en el que entro cuando encuentro un papel y escribo.

Porque no necesito ni un cuarto, ni una casa, ni una nada; solo un asiento en donde al sentarme pueda hacer de mesa para apoyar mi cuaderno, mi papel o mi libreta.

Y mientras entro en el amplio y llano mundo de los enigmas de mi interior, me escapo de lo que todos o casi, toman como algo normal: el vivir.

Yo intento no respirar, intento que no se vea dónde es que estoy, intento huir de las obligaciones que tengo como ciudadana, como nacida y criada, como madre, como ex madre, como “mina”, como humana.

Al escribir, intento aplacar la furia que me arrastra,

contra la que juego día a día una pulseada en la que siempre pierdo, en la que siempre gana.

Juego a no recodar,

juego a no cavilar,

juego a desentenderme de mi cabeza y su dolor,

de la moto que aguijonea mis oídos,

de la lluvia sobre la chapa de cinc,

del lento avance del reloj,

de mis medicamentos a deshora,

del silencio que reina aquí cuando tanto y tanto lo busqué

y ahora que lo tengo añoro esas distracciones tontas de una voz inocente,

ese ayudar a vivir, esa mano fría que buscaba la mía, aún caliente.

No sé. Tonterías de tarde lluviosa, cuando maldigo el ritual de tantas obreras que tienen su derecho a descansar. Yo no lo tengo. O no siento que lo tenga. Yo, como una abeja reina debo siempre fecundar, hacer algo con lo que me traen, deducir, llevar y traer en mi mente, del hipotálamo al tronco, del bulbo a la corteza, de la corteza a los dedos y teclear y mover la lapicera, y dejar un rastro antes de morir para que alguien cuando eso suceda (y tanto lo busco que sucederá más pronto de lo que está planificado) para que alguien, digo, entienda el dolor que siento al no tener derecho a descansar; no poder echarme a ver, una tarde, un mediodía, un atardecer; ese estúpido programa que dan en la tele, y del que todos hablan o hablarán, pero del que yo no puedo formar parte de su platea, yo no entro en su público porque me debo al mío; a mis obreras, mi gente que sufre, mi gente que trabaja como yo lo hice en otro momento de mi corta o larga vida, quién lo puede decir, no…ya no más;

ya ahora me doy el lujo de ser esa especie de bicho al que nadie quiere ver,

al que todos patean bajo un mueble,

pero que como la cucaracha kafkiana,

habla,

como la cucaracha piensa y come y caga,

y espera que alguien le abra la puerta,

y le dé aire,

la muestre al mundo,

la haga revivir, así, como era antes.

Eso es lo que se me pasa de a ratos cuando escribo, un alejarme de todo mal, un irme de todo dolor, presente, futuro o pasado,

y solo mis ojos miran

mi boca aprieta las mandíbulas

mis dedos tejen sobre las teclas o blandiendo la lapicera

mientras la aguja del minutero avanza y me siento menos indigna.

 

Madre hay una sola

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Cuando desperté hoy de mi siesta (que desde hace unos años a veces tomo) experimenté por un lado un enorme placer; llovía afuera, adentro se estaba bien, sin humedad, sin frío, la penumbra me iba mostrando las aristas de los objetos tan conocidos, despacio, sin apresuramientos, sin estridencias. La música que llegaba del cuarto de mi hijo ( como llovía no había ido a trabajar) era rara, no podía determinar de qué genero era porque se acoplaba con el sonido archiconocido del juego de estrategia, el famoso LOL o League of Legend que viene jugando hace casi ya ocho años, no sé…

Por otro lado, al despertar me vino un pinchazo de angustia justo en el medio del corazón o quizá más abajo, en la boca del estómago, me aceleró el ritmo cardíaco, me bañe en un sudor frío y sentí un vacío tan grande que aunque su intensidad fue decreciendo bastó para que me replanteara estas dos situaciones tan encontradas ¿no? el enorme placer por un lado y el vacío, también enorme, abismal, que no entendía por qué se anunciaba tan cercano al placer.

-Si a mí me encantan los días grises de lluvia -pensé- ¿cómo es posible sentir tanto agobio cuando todo está dado para tener que agradecerle a la vida el haberme reservado un día así, a mis cincuenta y cuatro años: una notebook en reposo, para seguir escribiendo la novela o ver la serie que estoy viendo, escribirle a alguien o recibir de alguien un mail? -seguí pensando mientras me iba incorporando, poniendo las pantuflas, acomodando las almohadas todavía tibias, mientras el LoL y sus sonidos, las risas o las puteadas de mi hijo se sucedían una y otra en un eterno toma y daca provenientes del otro cuarto, amortiguadas por mi somnolencia- ¿Cómo puede alguien angustiarse con la vida que tengo, si ahora me puedo hacer un mate, un par de tostadas y sin importarme las calorías engullírmelas con placer, mientras las luces de la cocina me iluminan la tarde?porque hasta eso, yo me puedo dar el lujo de elegir donde escribo- me dije mirándome al espejo del baño, mientras el agua fría me enfriaba la frente y todo lo que está detrás de ella.

Anduve los pasos que me separan del baño a la cocina y los libros apilados en las bibliotecas, los cuadros, los espejos, las ventanas, todo me era querido. Todo. Pero la angustia percibida estaba todavía ahí, encogida, a un costado del hígado, ya, dispuesta a quedarse y a angustiarme  de verdad toda la tarde.

Abrí la notebook y entre ofertas y suscripciones, tenía un email muy lindo; un mensaje de una amiga con la que me dejé de ver hace muchos años, tantos que comencé a pensar en que las últimas veces que fui a su casa fui acompañada de mi hijo que en esa época era un adolescente lleno de granos y hoy ya tenía veintiuno.

Y habrá sido porque el mensaje lo mencionaba también a él, como parte de una dupla que hoy ya no existe, una dupla que mi amiga, su marido y sus hijos recordaban. Me acordé de esa época y calculé que en ese entonces, él, mi hijo, estaba en la secundaria, me abrazaba cada tanto, comía conmigo casi todos los días y casi siempre de comida que yo preparaba, me acompañaba a las casas de amigos, compartíamos el estudio para escribir yo, jugar y / o estudiar él, viajábamos juntos de vacaciones, cuando salíamos a hacer compras no le daba vergüenza pasarme el brazo por arriba del hombro, y cosas por el estilo.

También recordé que en el tiempo que él estudiaba, yo andaba de un lado para el otro, ya sea haciendo algún curso o dándolo, trayendo el pan a casa, ya que siempre fui padre y madre en nuestra economía.

Entonces, a pesar de que ese pinchazo recibido al despertar se iba convirtiendo en líquido que amenazaba con salir por mi nariz , los ojos, pero se quedaba en la garganta; el panorama se me iba aclarando de a poco. Era el precio que hoy pago, como toda madre desde que existen las madres, de haber tenido hijos queridos, el precio de haber disfrutado de mi maternidad a pesar de no ser una madre normalista ni a tiempo completo, el precio por haber disfrutado de ese sol que tuve tan poco tiempo, ¡dios, tan poco! y que ya jamás volvería a ser lo que era.

Así como cuando quedé embarazada me preguntaba por qué no me habían aclarado antes que una la pasa mal si tiene vómitos, que una la pasa mal si tiene que dejar de hacer lo que venía haciendo, si una cambia hormonalmente de la noche a la mañana, ahora me pregunto por qué no hice caso cuando mi madre ( muerta casi cuando yo tenía la edad de mi hijo ahora) me decía que el tiempo de los hijos chiquitos era el tiempo más hermoso para una mujer que había decidido tenerlos. Por qué me hacía la superada y le contestaba que a mí jamás me iba a dar el síndrome del nido vacío, porque yo estaba llena de cosas y proyectos y amistades, y y y… y. ¿Por qué?

La vanidad de la juventud contra los ciclos de la vida no dejan de sorprenderme en estos días. Claro que ahora tengo tiempo para mí y mis ritos, lo que gano es para mí y no debo vivir con la zozobra de no tener para darle de comer a mi hijo, claro que ahora me olvidé del tiempo de vacaciones escolares y actos escolares y reuniones con maestros y tantas cosas que antes me “robaban” mi tiempo, según creía yo, con mi furia todo lo quiero y todo lo puedo.

A cambio está ese tiempo que sobra aunque mi psicóloga diga que a mí no, a cambio está ese piso limpio, sin juguetes para tropezarse, esa cocina sin manchas de chocolate, esos horarios sin límite que una administra a su antojo.

No sé por qué hablé de esto hoy, será que estuve a punto de tomar una pastilla para la ansiedad que me provocó el pinchazo, cuando me di cuenta que de ahora en más, la explicación es que no hay ansiedad, hay tiempo de sobra y una madre que como siempre y por ley de vida, ha quedado sola en una casa limpia.

La sociedad sin sufrimiento

Tío

Hace ya unos buenos años que vengo constatando una realidad que me desagrada: vivimos en una sociedad que no se permite el sufrir. O para ser más exacta, nuestra sociedad explota el sufrimiento cuando le conviene, pero le huye día a día, minuto a minuto.

Lo experimento cada vez que pierdo amigos por contarle mis pesares; lo padezco cada vez que escribo sobre mis días de agobio en este blog o en cualquier red; lo percibo, sí, lo percibo cuando debo usar una tercera persona para que sea más fácil de escuchar mi historia.

El famoso dicho “es para una amiga” tan usado en Facebook a modo de broma, se me hace imprescindible a veces en mi charla habitual, con gente que cuando yo era activa y fuerte y apasionada y bella me tenía en alta estima, pero que ahora no soporta mi caída.

Vivimos tan anestesiados por los tranquilizantes; vemos tanto llanto, tanto drama en la televisión; usamos tanto ¡en secreto aún, por Dios! a los psicólogos; que ya no contamos a nadie nuestros males. Mejor dicho, lo hacemos sí, claro está, pero las consecuencias que nos sobrevienen son nefastas.

Acabé ayer de ver los treinta capítulos de una serie fantástica llamada Borgen, una serie danesa sobre la vida de una mujer que se convierte en primera ministra de un momento para otro. El cambio que produce esto en su vida, en los que la rodean, y los mundillos que debe comenzar a conocer de primera mano: el político y el de la prensa, son los temas de la serie.

Pensé que Dinamarca estaba lejos de ser como Argentina, pero estamos en igualdad de condiciones. Todavía vivimos en la época victoriana. No debemos comentar nuestros flagelos, no debemos mencionar nuestros malos días, no podemos -si queremos ser exitosos y/o aceptados en la comunidad- decir nada acerca de nuestro cuerpo, de nuestro sentir. Emociones y dolores son completamente tabú si queremos construir una carrera.

Vivimos en un tiempo en el que la gran mayoría del pueblo no soporta el sufrimiento de verdad. Necesita que lo sufran sus ídolos para levantarle o bajarles el pulgar (o lo que es lo mismo hoy) bajar o subir la audiencia de un programa de TV, o la cantidad de  periódicos consumidos ya sea en su forma tradicional u online.

Entre amigos, se puede comentar sobre el dolor que padece tal personaje en tal serie, pero cuidado con decir estoy deprimida; entre familiares podemos recomendarnos las mejores y más tristes películas, siempre serán aceptado y hasta agradecido; pero guay con mostrar una foto de un pariente querido y amado que se arrumba en un geriátrico o un hospital.

Porque eso hacemos, no mostramos el dolor de verdad. Lo queremos en la ficción y hasta hay gente que tampoco lo soporta masticado así. Queremos una sociedad sin sufrimiento. Queremos héroes que sufran por nosotros y podamos olvidar al otro día. Queremos que nuestros viejos (esos que nos han dado de comer, que nos han hecho masajes con sus manos llenas de artrosis, o que nos han prestado su oreja en más de una ocasión) mueran pronto lejos nuestro, sin verlos y sin olerlos, quizá aceptamos que alguien nos lo cuente hasta que le decimos basta, basta para mí que me hace mal. Porque sabemos que así será nuestro final como no cambiemos nuestra mirada sobre el ser humano.

Los gatos, los bebés, los niños, son parte de la vida. Pero también lo son los viejos, los dolientes de nuestra familia. Sé que en las redes sociales si subimos las fotos de un gatito con un moño y una canastilla que diga “my baby” tendrá muchos más “me gusta” que una mano lastimada de una tía mía. Muchos, también lo sé, dirán, y para qué queremos ver la mano lastimada de tu tía, a lo que yo podría responder, y para qué quiero ver un gato en una canastilla. ¿Pasaríamos entonces a un tema de estética? No, porque la mano de mi tía puede ser una fotaza mientras que la del gatito puede ser una chapucería. ¿Entonces?

Entonces es que el gato no nos duele, la mano de mi tía con su llaga y su piel apergaminada, sí. Pero yo no quiero olvidar a mi tía. La quiero como la quise, cuando era guapa y fuerte. En cambio al gatito no lo conozco. Pero, volvemos a lo mismo, no todo el mundo tiene que acompañarme en mi dolor, y yo pregunto:¿todo el mundo debe ver un gato que ni sabemos cómo se llama ni qué hizo más que nacer y dejarse poner un moño para una foto que es una cursilería? No. ¿Y por qué la foto del gato tiene veinte likes y la de mi tía tiene un silencio de muerte? Lo pregunto, porque no lo entiendo. Lo pregunto, no lo concibo.

Creo que no debemos olvidar a nuestros antecesores. Merecen que los mantengamos vivos mientras están vivos. No debemos ser injustos con quienes nos dieron todo para que seamos lo que somos. Debemos aceptar el dolor en nuestra cotidianidad, hablar de eso, no ser una sociedad que maquilla nuestros moretones.

Los que hicieron que lleguemos a edades impensadas el siglo pasado, deben hacerse cargo de sus engendros: nosotros.

Yo abogo siempre, será herencia de mi madre,  por una vida corta. Siempre digo a quien me quiera escuchar, porque no siempre la gente me quiere escuchar, que a los cincuenta años ya es una buena edad para ir pensando en morir, y si no quiero asustar a quien me escucha, los cincuenta son una buena edad para comenzar a aceptar nuestra decadencia física, para tener nietos, para dejar de correr de un lado al otro y para brindarle a los más jóvenes, nuestra experiencia. Si estoy conversando con alguien más asustadizo aún, digo que ya estamos como para tener nietos.

Lo que en verdad quiero decir usando todas estas expresiones, es que debemos aceptar que así como un leopardo, o una jirafa, o el animal que se les cruce ahora por la mente, fueran diseñados biológicamente para vivir una cantidad de años, nosotros también lo fuimos. Fuimos diseñados para copular y parir casi treinta años antes ( o cuarenta) de lo que lo hacemos. Fuimos diseñados para tener vigor y fuerza muscular -sin aditivos ni conservantes, sin energizantes ni vitaminas- durante unos años suficientes como para que nuestro corazón y arterias, nuestras fibras musculares e hígado, nuestra piel y ojos lo puedan realizar sin estrés. Pasados esos límites, todo se vuelve una carrera contra nuestro propio cuerpo, ni hablar que contra el cuerpo de los demás que nacieron décadas después que nosotros.

Así que en vez de intentar subirnos las tetas con corpiños push up, o fajarnos para que los dolores de espalda queden comprimidos, pensemos que es hora de aceptar que nuestro valor radica en las neuronas que tenemos, ellas son las únicas células de nuestro cuerpo que pueden vivir y multiplicarse si las mantenemos activas. Hasta hay algunos que arriesgan a decir que ellas pueden vivir quinientos años o nacer nuevas si es que las sometemos a un ritmo de trabajo constante.

Pero nuestra sociedad no quiere neuronas, quiere robots. No quiere cerebros, quiere cuerpos de gimnasio. No quiere sufrimiento, quiere bailar cumbia todo el día, alegría, no pensar, no detenerse, no contemplar ni lo que somos ni lo que fuimos y mucho menos lo que seremos. Por eso, cuando hay alguien que se encarga de recordarlo día a día, como yo, el castigo es la soledad.

Eso es lo que siento en este domingo soleado, por ejemplo, en el que mientras la mayoría intenta pensar qué hacer con tan hermoso tiempo, yo recuerdo los ojos de mi tía, ayer, en el geriátrico, y lloro.

Yo no pienso, escribo

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Marcelo Cohen como aparece en la Boca de Sapo

“Mi pensamiento funciona a ráfagas. Acá tengo un montón de notas que tomé mientras escribía la novela, que leídas ahora me parecen re-sesudas e interesantes, que me ordenan muchísimo… y sin embargo hoy sería incapaz de escribirlas; me olvidé de lo que sabía en ese momento. Si pudiera hacerlo sería perfecto (como otra gente que conozco que tiene un pensamiento de una claridad y transparencia admirable… La concentración es un atributo de la inteligencia). Yo creo que escribo para poder pensar, para poner claridad a mi pensamiento. Por supuesto que escribo además porque es totalmente gratuito y porque me gustaría lograr un objeto que antes de que yo empezara a modelarlo no hubiera estado en el mundo, una cosa de la que no se tuviera noticia previa”.

De una entrevista a Marcelo Cohen en la Revista Boca de Sapo.

Hoy tengo uno de esos días que avanzan como los antiguos motores, o mejor dicho, como los motores de los antiguos coches. Explosiones pavorosas seguidas por silencios miserables.

Las explosiones me entusiasman, me recuerdan que la vida existe más allá de mi deseo, más allá de mi propósito.

En los silencios, en cambio, tengo que hacer fuerza para no escuchar los bocinazos de los estúpidos conductores que desean llegar a tiempo a algún lado sin quizá necesitarlo, hacer oídos sordos a los helicópteros que seguramente persiguen a algún fugado; o debo forzarme a  hacerme un mate y pensar que ahí radica el misterio de la vida.

En esperar al lado de la pava, para apagar el agua antes de que hierva pero cuidando de que no esté todavía fría. El misterio de la vida en estos días de explosiones y silencios consiste en ser centinela de una pava, del agua en una pava, de un mate al que quizá le dé dos chupadas y lo abandone al rato, entusiasmada por alguna otra explosión que me depare el devenir.

Entre esas  dos o tres explosiones de felicidad que hubo hoy en mi vida, está la nota a Marcelo Cohen que publicó en sus Reseñas la Revista Boca de Sapo.

Un lujazo que recomiendo sin contraindicaciones.

Como casi todo lo de ellos, pero hoy, tan sólo por hoy, un poquito más; porque parafraseando a Onetti o a Celine según dice Marcos Herrera en la entrevista: hoy “quiero que me dejen en paz”.

 

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House of cards

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No creía en su poder

-tan hijo de puta, tan hija de puta-

no lo creía.

Vasalla de una serie enlatada, ¡quién lo diría!

Durante la noche acampó en mi cerebro y me comió una a una las escasas neuronas libres de todo mal.

Y me vi perdida, sin saber por dónde era la salida del subte en Brooklyn -ya que jamás estuve en Washington y uno asocia lo que vivió con lo que vive-  ni cómo se llamaba la estación que empezaba con D. ¿ Dellaway, Dalloway, Donleavy? ¿ O era con P? ¿Paddington Station? Eso fue Londres…

Que no te toquen los sajones, decía Emilio. Siempre decía lo mismo. Yo no entendía su racismo. Todos venimos de los celtas, pensaba. Pero no. Todos venimos de los sajones, todos y su sangre maldita, invasores, agresivos, falsos.

Paco me habla de los cuzqueños, no todavía, dice que dicen. Habla de la maldición inca. Es cierto, Paco, su lentitud es nuestra perdición, su lentitud es su victoria, como en Lanzarote, cuando hacen rotondas para que uno reflexione si realmente quiere o no quiere ir hacia donde va. No todavía dicen ellos. No todavía me digo yo.

No todavía. Te falta ser abuela. No seas boluda. Sos joven y no estás mal. No todavía.

Me cuesta estar.

Me duele estar.

Me aburre.

Le cuento a la psicóloga sobre mis listas. Las listas de lo que hago día a día. No puede creer que sean diarias.

-Sí, y eso que ahora no hago nada- digo como explicándome, orgullosa de un pasado que ya fue.

Y eso que ahora puedo ver diez capítulos de House of Cards y escribir el final de la novela, y lavar la ropa, y ocuparme del agua que usa el florista sin arreglar la canilla y comprar, y pagar, y limpiar, y sonreír a la novia de mi hijo que no me saluda cuando se va a dormir, pendeja maleducada…yo era igual. ¿Te acordás, E.? Igual. No tan vaga, pero igual. No era maleducada, era tímida. Lo bueno de la vejez es que te saca la timidez, lo malo es que te borra la memoria. O te la llena de House of cards. De su maldad. ¡Pará sensible de mierda! No soy sensible, conozco a los guionistas. Se basan en la vida real. Duele la vida real. Aunque me cuelgue un mandala como un sol en la ventana, y cada vez que lo mire me acuerde de Ángela y su sonrisa, y del Rufo y de Mar del Plata; cada vez que lo vea me acuerde de Andrea y su cama violeta, sus gatos, su amor y su poesía, duele la vida. Realmente duele.

Qué mierda, Dios, ¿para qué me dejás tan sola en este mundo? ¿ Es necesario? No sabés acaso, sabelotodo, que soy cobarde, que tengo el no todavía fácil, que me cuesta manguear amor, que me estoy quedando cada día más sola, que como la Pizarnik puedo escribir:

Las Palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana.

En cuanto al escribir, sé que escribo bien y esto es todo. pero no me sirve para que me quieran.

o como Kafka citado por Alejandra: Decir que me abandonaste sería muy injusto; pero que me abandonaron, y a veces me abandonaron terriblemente, es cierto.

 

Y así, sólo por hoy, voy a seguir viva.

Intentando hacer lo que hace todo el mundo.

Comer,

cagar,

dormir

y ver House of Cards.

Viento de lluvia

 

La casa se llena de viento

y el ruido de los que venden y compran me deja en paz.

Cuanto más clonazepam tomo

menos oigo a los humanos

más quiero a los perros

a los gatos y a los pájaros que confundidos como yo

en vez de dormir

pían.

Pían buscando a sus hijitos que ya no están,

pían para alejarse del gato hambriento que se los quiere comer;

buscan,

como yo, que alguien los escuche y salve su nido.

Para cuando se den cuenta de que nadie los salvará,

de que nadie escuchará su canto,

va a ser tarde.

Todos moriremos condenados bajo el viento que anuncia la lluvia.

Y será liberador,

tanto como librarse del calor que arde en el cemento

tanto como volar lejos del cemento que crece cada vez más y

que nos aleja de esta ciudad de solitarios con miedo al que ofrece

creyendo que le robará lo poco que tiene.

¿Qué nos queda?

Seguir durmiendo acunados por el viento

los ladridos y el canto de los pájaros

que no entienden la maldad de los que compran y venden.

Seguir durmiendo desamparados de ayuda.

Seguir durmiendo anestesiados con estos químicos que nos prepararon

los que saben que tragándonos una pastilla más

dejaremos, muy pronto, de cantar.

Estoy bien, en una cama deshecha

unmade beds

Así decía la canción
así
mientras le caían los mocos al protagonista
así se juntaban quien vomitó frente al vacío y
quien no pudo decir lo que fue a decir
así
y así está bien
y estoy bien
cantaba la mina de la canción
y yo también
entendí por fin que era lo que me pasaba
no era una foto más o menos en el feisbuk
ni una pasta ni nada de eso
era ese estado de adolescencia
que no me dejaba de acompañar
ni aún siendo una vieja ama de casa con hijos y nietos
cercana a la menopausia
que pasaba sus días pensando en la nada
contándole sueños a las almohadas
dejando que las camas hablen
contesten los personajes de películas
y armen una vida paralela mucho más
nítida y feliz que la que llevaba
extrañando
siempre extrañando ese estado de adolescencia
del que nunca había podido salir

estoy bien
mi tía era una hermosa mujer que recordaba
empanadas rellenas de corcho para el amigo desprevenido
y sombreros que volaban hacia el cielo
cerca del palacio de la papa frita

mi tío pedía sólo una foto del nieto que no tuvo
y no le llegaba
tan siemple era su pedido que no se tomaba en cuenta
pero entonces para mí era muy simple resolver eso tan
pendiente desde hacía años y hacerlo feliz al pobre
que lloraba porque yo le había lavado los platos
en la fiesta del hijo
que cosa tan simple qué potenciada estupidez me hacía sentir
viva y fuerte
despreocupada de otra cosa que no sea dejar contento a mi tío
que recordaba cuando yo les di la sorpresa a todos
naciendo tras mi hermana o 18 minutos después
cuando nadie me esperaba
y qué feliz que fue él me decía y que raro yo
ser casi tan ingenua como ahora
pensando que todos me esperan y nadie está del otro lado.

I’m fine.
Estoy bien. Claro que sí.

Me veía retratada en una película de jóvenes londinenses
funámbulos entre el bien y el mal
entre la soledad y la compañía hueca
entre la risa y el dolor.

Cuantas veces no pude explicar lo que sentía
y alguien por mí lo hizo
tan sencillo como eso
varios ocupas varios colchones
y tantas camas como años en la vida
despertar y no recordar qué pasó ayer
renunciar a un trabajo
y por fin encontrar una foto que uno mismo sacó
en un afiche callejero que esconde nuestro futuro salto de paracaidista
al amor
siempre saltando al amor con un paracaídas que
no se sabe si se va a abrir a tiempo.

Como tantos otros

 

Christine
Christine Chubbuck

Viernes, ocho de la noche; escucho ahí abajo en la calle, a la gente apurada que hace las últimas compras antes de que cierren los negocios, antes de cenar, antes de ducharse y dormir o ducharse y salir.

Yo, lo mismo que casi todos los viernes, veo una película, dos, o a veces tres.

Tres películas -dice mi hermano- pero eso es una exageración. Sí, le digo, claro que es una exageración. Pero soy exagerada y ya no tengo vicios, así que mi vicio es ver cine. ¿Hay algo de malo en eso? No espero su contestación, sé que hay algo bastante malo en ver tres películas por día. Sé que eso implica no salir, no hablar con nadie, no interactuar. Ser espectadora de la vida. ¿Me cansé de actuarla? ¿De vivirla?  No me puedo contestar, porque se mezclan en mí las dos opciones, por eso hago tiempo hasta decidirme y veo una película tras otra.

Hoy busqué un portal que tiene biografías, mejor dicho: películas biográficas. Me puse a ver una, la primera de ese portal, la segunda del día: Christine. Rebeca Hall en la piel de Christine Chubbuck, la periodista de treinta años que se suicidó ante las cámaras en 1974; cuando le pedían sangre, notas con sangre, notas jugosas, notas que impacten.

No sé por qué la vida de esta mujer se me hizo tan familiar. Reconocí en ella mis obsesiones, mis intentos de ser más feliz, de comer helado cantando una canción, de creer en una cita, de vestirme de oscuro y sin maquillaje, de no querer recordar que la semana que viene cumplo años. Reconocí el hartazgo de hacer algo con pasión y que los laureles nunca sean puestos en nuestra cabeza. Reconocí la tristeza de ella en mí, o la mía en ella, en esa biografía tan bien actuada.

Antes de terminar sonó mi celular con el sonido del whatsapp. Me di el lujo de no leerlo hasta que llegaron los títulos; era de una de las pocas personas a las que les pregunté si el viernes dos estaría dispuesta para festejar mi cumpleaños. No me contestó hasta recién, con un whatsapp me deseaba lo mejor para mi vida. Y había un emoji con dos copitas de champagne, y una carita con un beso y bendiciones y todo, pero se equivocó de viernes, se equivocó de vida, de persona, no sé.

Dicen que no hay que pensar cosas tristes. Dicen que hay que comer helado y cantar fuerte. Dicen que hay que respirar profundo, hay que salir a caminar, hay que.

Yo ya no sé qué hay que hacer para acabar con la infelicidad.

Se viene la tercera película del día. O de la noche. Ya.