Yo no pienso, escribo

cohen-700x300
Marcelo Cohen como aparece en la Boca de Sapo

“Mi pensamiento funciona a ráfagas. Acá tengo un montón de notas que tomé mientras escribía la novela, que leídas ahora me parecen re-sesudas e interesantes, que me ordenan muchísimo… y sin embargo hoy sería incapaz de escribirlas; me olvidé de lo que sabía en ese momento. Si pudiera hacerlo sería perfecto (como otra gente que conozco que tiene un pensamiento de una claridad y transparencia admirable… La concentración es un atributo de la inteligencia). Yo creo que escribo para poder pensar, para poner claridad a mi pensamiento. Por supuesto que escribo además porque es totalmente gratuito y porque me gustaría lograr un objeto que antes de que yo empezara a modelarlo no hubiera estado en el mundo, una cosa de la que no se tuviera noticia previa”.

De una entrevista a Marcelo Cohen en la Revista Boca de Sapo.

Hoy tengo uno de esos días que avanzan como los antiguos motores, o mejor dicho, como los motores de los antiguos coches. Explosiones pavorosas seguidas por silencios miserables.

Las explosiones me entusiasman, me recuerdan que la vida existe más allá de mi deseo, más allá de mi propósito.

En los silencios, en cambio, tengo que hacer fuerza para no escuchar los bocinazos de los estúpidos conductores que desean llegar a tiempo a algún lado sin quizá necesitarlo, hacer oídos sordos a los helicópteros que seguramente persiguen a algún fugado; o debo forzarme a  hacerme un mate y pensar que ahí radica el misterio de la vida.

En esperar al lado de la pava, para apagar el agua antes de que hierva pero cuidando de que no esté todavía fría. El misterio de la vida en estos días de explosiones y silencios consiste en ser centinela de una pava, del agua en una pava, de un mate al que quizá le dé dos chupadas y lo abandone al rato, entusiasmada por alguna otra explosión que me depare el devenir.

Entre esas  dos o tres explosiones de felicidad que hubo hoy en mi vida, está la nota a Marcelo Cohen que publicó en sus Reseñas la Revista Boca de Sapo.

Un lujazo que recomiendo sin contraindicaciones.

Como casi todo lo de ellos, pero hoy, tan sólo por hoy, un poquito más; porque parafraseando a Onetti o a Celine según dice Marcos Herrera en la entrevista: hoy “quiero que me dejen en paz”.

 

download

House of cards

images

No creía en su poder

-tan hijo de puta, tan hija de puta-

no lo creía.

Vasalla de una serie enlatada, ¡quién lo diría!

Durante la noche acampó en mi cerebro y me comió una a una las escasas neuronas libres de todo mal.

Y me vi perdida, sin saber por dónde era la salida del subte en Brooklyn -ya que jamás estuve en Washington y uno asocia lo que vivió con lo que vive-  ni cómo se llamaba la estación que empezaba con D. ¿ Dellaway, Dalloway, Donleavy? ¿ O era con P? ¿Paddington Station? Eso fue Londres…

Que no te toquen los sajones, decía Emilio. Siempre decía lo mismo. Yo no entendía su racismo. Todos venimos de los celtas, pensaba. Pero no. Todos venimos de los sajones, todos y su sangre maldita, invasores, agresivos, falsos.

Paco me habla de los cuzqueños, no todavía, dice que dicen. Habla de la maldición inca. Es cierto, Paco, su lentitud es nuestra perdición, su lentitud es su victoria, como en Lanzarote, cuando hacen rotondas para que uno reflexione si realmente quiere o no quiere ir hacia donde va. No todavía dicen ellos. No todavía me digo yo.

No todavía. Te falta ser abuela. No seas boluda. Sos joven y no estás mal. No todavía.

Me cuesta estar.

Me duele estar.

Me aburre.

Le cuento a la psicóloga sobre mis listas. Las listas de lo que hago día a día. No puede creer que sean diarias.

-Sí, y eso que ahora no hago nada- digo como explicándome, orgullosa de un pasado que ya fue.

Y eso que ahora puedo ver diez capítulos de House of Cards y escribir el final de la novela, y lavar la ropa, y ocuparme del agua que usa el florista sin arreglar la canilla y comprar, y pagar, y limpiar, y sonreír a la novia de mi hijo que no me saluda cuando se va a dormir, pendeja maleducada…yo era igual. ¿Te acordás, E.? Igual. No tan vaga, pero igual. No era maleducada, era tímida. Lo bueno de la vejez es que te saca la timidez, lo malo es que te borra la memoria. O te la llena de House of cards. De su maldad. ¡Pará sensible de mierda! No soy sensible, conozco a los guionistas. Se basan en la vida real. Duele la vida real. Aunque me cuelgue un mandala como un sol en la ventana, y cada vez que lo mire me acuerde de Ángela y su sonrisa, y del Rufo y de Mar del Plata; cada vez que lo vea me acuerde de Andrea y su cama violeta, sus gatos, su amor y su poesía, duele la vida. Realmente duele.

Qué mierda, Dios, ¿para qué me dejás tan sola en este mundo? ¿ Es necesario? No sabés acaso, sabelotodo, que soy cobarde, que tengo el no todavía fácil, que me cuesta manguear amor, que me estoy quedando cada día más sola, que como la Pizarnik puedo escribir:

Las Palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana.

En cuanto al escribir, sé que escribo bien y esto es todo. pero no me sirve para que me quieran.

o como Kafka citado por Alejandra: Decir que me abandonaste sería muy injusto; pero que me abandonaron, y a veces me abandonaron terriblemente, es cierto.

 

Y así, sólo por hoy, voy a seguir viva.

Intentando hacer lo que hace todo el mundo.

Comer,

cagar,

dormir

y ver House of Cards.

Viento de lluvia

 

La casa se llena de viento

y el ruido de los que venden y compran me deja en paz.

Cuanto más clonazepam tomo

menos oigo a los humanos

más quiero a los perros

a los gatos y a los pájaros que confundidos como yo

en vez de dormir

pían.

Pían buscando a sus hijitos que ya no están,

pían para alejarse del gato hambriento que se los quiere comer;

buscan,

como yo, que alguien los escuche y salve su nido.

Para cuando se den cuenta de que nadie los salvará,

de que nadie escuchará su canto,

va a ser tarde.

Todos moriremos condenados bajo el viento que anuncia la lluvia.

Y será liberador,

tanto como librarse del calor que arde en el cemento

tanto como volar lejos del cemento que crece cada vez más y

que nos aleja de esta ciudad de solitarios con miedo al que ofrece

creyendo que le robará lo poco que tiene.

¿Qué nos queda?

Seguir durmiendo acunados por el viento

los ladridos y el canto de los pájaros

que no entienden la maldad de los que compran y venden.

Seguir durmiendo desamparados de ayuda.

Seguir durmiendo anestesiados con estos químicos que nos prepararon

los que saben que tragándonos una pastilla más

dejaremos, muy pronto, de cantar.

Estoy bien, en una cama deshecha

unmade beds

Así decía la canción
así
mientras le caían los mocos al protagonista
así se juntaban quien vomitó frente al vacío y
quien no pudo decir lo que fue a decir
así
y así está bien
y estoy bien
cantaba la mina de la canción
y yo también
entendí por fin que era lo que me pasaba
no era una foto más o menos en el feisbuk
ni una pasta ni nada de eso
era ese estado de adolescencia
que no me dejaba de acompañar
ni aún siendo una vieja ama de casa con hijos y nietos
cercana a la menopausia
que pasaba sus días pensando en la nada
contándole sueños a las almohadas
dejando que las camas hablen
contesten los personajes de películas
y armen una vida paralela mucho más
nítida y feliz que la que llevaba
extrañando
siempre extrañando ese estado de adolescencia
del que nunca había podido salir

estoy bien
mi tía era una hermosa mujer que recordaba
empanadas rellenas de corcho para el amigo desprevenido
y sombreros que volaban hacia el cielo
cerca del palacio de la papa frita

mi tío pedía sólo una foto del nieto que no tuvo
y no le llegaba
tan siemple era su pedido que no se tomaba en cuenta
pero entonces para mí era muy simple resolver eso tan
pendiente desde hacía años y hacerlo feliz al pobre
que lloraba porque yo le había lavado los platos
en la fiesta del hijo
que cosa tan simple qué potenciada estupidez me hacía sentir
viva y fuerte
despreocupada de otra cosa que no sea dejar contento a mi tío
que recordaba cuando yo les di la sorpresa a todos
naciendo tras mi hermana o 18 minutos después
cuando nadie me esperaba
y qué feliz que fue él me decía y que raro yo
ser casi tan ingenua como ahora
pensando que todos me esperan y nadie está del otro lado.

I’m fine.
Estoy bien. Claro que sí.

Me veía retratada en una película de jóvenes londinenses
funámbulos entre el bien y el mal
entre la soledad y la compañía hueca
entre la risa y el dolor.

Cuantas veces no pude explicar lo que sentía
y alguien por mí lo hizo
tan sencillo como eso
varios ocupas varios colchones
y tantas camas como años en la vida
despertar y no recordar qué pasó ayer
renunciar a un trabajo
y por fin encontrar una foto que uno mismo sacó
en un afiche callejero que esconde nuestro futuro salto de paracaidista
al amor
siempre saltando al amor con un paracaídas que
no se sabe si se va a abrir a tiempo.

Como tantos otros

 

Christine
Christine Chubbuck

Viernes, ocho de la noche; escucho ahí abajo en la calle, a la gente apurada que hace las últimas compras antes de que cierren los negocios, antes de cenar, antes de ducharse y dormir o ducharse y salir.

Yo, lo mismo que casi todos los viernes, veo una película, dos, o a veces tres.

Tres películas -dice mi hermano- pero eso es una exageración. Sí, le digo, claro que es una exageración. Pero soy exagerada y ya no tengo vicios, así que mi vicio es ver cine. ¿Hay algo de malo en eso? No espero su contestación, sé que hay algo bastante malo en ver tres películas por día. Sé que eso implica no salir, no hablar con nadie, no interactuar. Ser espectadora de la vida. ¿Me cansé de actuarla? ¿De vivirla?  No me puedo contestar, porque se mezclan en mí las dos opciones, por eso hago tiempo hasta decidirme y veo una película tras otra.

Hoy busqué un portal que tiene biografías, mejor dicho: películas biográficas. Me puse a ver una, la primera de ese portal, la segunda del día: Christine. Rebeca Hall en la piel de Christine Chubbuck, la periodista de treinta años que se suicidó ante las cámaras en 1974; cuando le pedían sangre, notas con sangre, notas jugosas, notas que impacten.

No sé por qué la vida de esta mujer se me hizo tan familiar. Reconocí en ella mis obsesiones, mis intentos de ser más feliz, de comer helado cantando una canción, de creer en una cita, de vestirme de oscuro y sin maquillaje, de no querer recordar que la semana que viene cumplo años. Reconocí el hartazgo de hacer algo con pasión y que los laureles nunca sean puestos en nuestra cabeza. Reconocí la tristeza de ella en mí, o la mía en ella, en esa biografía tan bien actuada.

Antes de terminar sonó mi celular con el sonido del whatsapp. Me di el lujo de no leerlo hasta que llegaron los títulos; era de una de las pocas personas a las que les pregunté si el viernes dos estaría dispuesta para festejar mi cumpleaños. No me contestó hasta recién, con un whatsapp me deseaba lo mejor para mi vida. Y había un emoji con dos copitas de champagne, y una carita con un beso y bendiciones y todo, pero se equivocó de viernes, se equivocó de vida, de persona, no sé.

Dicen que no hay que pensar cosas tristes. Dicen que hay que comer helado y cantar fuerte. Dicen que hay que respirar profundo, hay que salir a caminar, hay que.

Yo ya no sé qué hay que hacer para acabar con la infelicidad.

Se viene la tercera película del día. O de la noche. Ya.

Ventana

Hace 10 años, yo escribía:
reja2
Hacía cuánto que no me sentaba sola y tranquila a escribir para el Hammam. Sola y sin ruidos, sin interrupciones. Con el dolor en el cuerpo de un día de trabajo a contramarcha. Con la laxitud de una media pastilla de más. Hoy la necesitaba. Está siendo demasiado y me acuerdo de Marucha cuando dice: el cuerpo una vez te susurra, la segunda vez te habla, la tercera te grita. Recuerdo el placer, que para mí significaba escuchar en España La bañera de Ulises, la voz de Emilio como narcótico, me iba adormeciendo, me cantaba nanas. Ahora, hace rato que no lo escucho, para no extrañarlo, ahora sólo sé de albañiles, vidrieros y herreros. Mi casa. Estoy armando mi casa.
Hoy una reja me salvó la vida, pero no porque me evitara una caída, sino porque sé que tengo algunas cosas bellas todavía en mi cabeza, en mi alma, algunas cosas bellas que salen, como dibujos, diseños, proyectos. Ésta es una de ellas, es un homenaje a Gaudí, como ya dije la otra vez, hoy llegué a pintarle el marco, se lo pinté de una laca oscura, marina, y pensaba ¿cómo hacen los barcos para flotar?, y pensaba mientras el cielo se iba tornando gris, que lo que el homéopata me había dicho. Me iba a dar Sulphur, para sacar cosas de mi adentro que yo misma no sabía que existían, y yo aceptaba, catatónicamente, aceptaba. También pensaba en la armónica alemana que le había comprado a Juani en el mercado de pulgas. Era antigua, y sonaba hermosa en los labios de la vendedora hábil, que vivió diecisiete años en Tenerife, y viajó a Marruecos, y a la India, y ahora cuando sopló una armónica pequeña como un grillo grande, o como una langosta, yo se la compré, y después pensé que en verdad no era para Juani, se la estaba comprando a Baltasar, o a Valdi, que se hubieran vuelto locos con ese regalo, pero Juani cumplía años y quizá le gustaba. Que estúpida me sentí intentando soplarla en el consultorio del médico, no sonaba, o me habían estafado o era demasiado estúpida, la segunda posibilidad ganó la batalla. Cuando se la mostré a Baltasar la hizo sonar aspirando, le faltaba la otra mitad, la que sonaba soplando, pero igual era hermosa, y triste, y pensé en la cantidad de labios que habían pasado por ahí, y la cantidad de manos, de manos músicas, de manos alemanas, en calles grises, con nieve, de manos inmigrantes, en barcos sucios con ratas, de manos pobres y ricas, de felices e infelices, de enamorados y de hastiados de vivir como yo. Cuántas veces pensó en el suicidio, me preguntó el médico, no para matarse, pero cuántas. Uh, que sé yo, muchas. Y ¿por qué, qué piensa? Pienso que para qué seguir ¿no? Pienso en el río ese de ese cuadro que cuelga de su pared, y me siento remando con mis brazos para no dejarme arrastrar por la corriente, y un día digo basta, no tengo más ganas de mover los brazos, y me pregunto qué pasa si no los muevo más, si me dejo llevar, si no colaboro. Sulphur, y la salvación, Sulphur y los brazos se suponen vuelven a moverse. A Juani le gustó su h-armónica, pero al rato estaba hablando con el Turco y con el Luis Real, como si nunca ese objeto hubiese existido, y yo me pregunté para qué, otra vez más, para qué.
Hoy vi la ventana de día, y le saqué fotos y miré las nubes a través de ella, y el sol, y el gris, y el aire bajó hasta mis pulmones, y me salvó la vida.

a Florent Solal y a su madre.

Despertar

IMG_1781

 al poeta lunfardo Daniel Garibaldi

¿De dónde vengo cuando vuelvo al mundo

sórdido y ajetreado,

viernes por la tarde detrás de la ventana,

un ruido me despierta de mi siesta

y escucho miles,

afuera, adentro,

en el corazón saliéndose del cuerpo

desbocado corazón que se hace monstruo

que me inunda de pasados y futuros destemplados?

¿De qué horror provengo,

de qué sueño,

por dónde vago cuando vago

en la inconsciencia más pura,

en la soledad más austera

en la caverna ancha y brava de mi alma siniestra,

que cuando quiero entender

no entiendo,

que intentando descifrarla

se me escapa?

Tanto tardo en reaccionar,

en darme cuenta que fuera y dentro hay abismos

que nunca nadie me podrá aclarar,

nadie decir

-yo menos-

lo que he enterrado allí,

con mis vivos,

con mis muertos,

con el amor a un padre,

a un hijo,

a una hermana?

Si me dejo arrastrar por la negrura

seguro que caeré en su trampa -me digo-

por eso, y aunque cargue como Atlas un mundo que no entiendo,

me levanto y

pongo el agua,

de pie

al lado de la hornalla

espero ese chillido alegre que hace la pava

cuando me devuelve a la luz de lo pueril

que es la misma nada.

 

Anoche me fui del facebook, otra vez.

Caracol
Fotografía de Marcelo Pedroza

 

Así se llama mi anterior blog. Dejo el link acá por si a alguien le interesa leerlo: Y sí.

Una noche de febrero de hace cinco años atrás, discutía yo con alguien en el Facebook. Sobre política, claro, uno siempre discute sobre política. Me daba miedo oler a la derecha avanzar tanto en la cabeza de los argentinos. Se estaba gestando el caos en el que hoy vivimos. Nos estaban bombardeando desde los medios en contra del antiguo gobierno y muchos de los argentinos creían que Macri traería la felicidad a este país, creía en su alegría… creía. Le creía.

Así como para entender por qué asumió Trump, tuve que ver el documental sobre Roger Stone y su manipulación de la gente en los medios; aquí, en mi país, conozco de sobra quién es quién en el periodismo argentino.

Así que, esa noche de febrero de hace cinco años, intentaba explicarle a algún amigo de derechas, que el remedio no era votar a Macri. Evidentemente, no fui escuchada, pero eso no viene al caso en este post.

La cosa es que yo estaba intentando convencer y dar explicaciones de por qué, cuando de repente escuché un ruido en el piso de arriba. Mis tíos, octogenarios en aquel momento, se habían caído los dos.

Subir y verlos, me produjo la misma sensación que la visita que le hice ayer (mi tío ya murió) a mi tía, en el geriátrico donde está desde el año pasado, y estar casi toda la mañana con ella. Fue algo que me acomodó, tristemente si se quiere, dolorosamente, pero me “acomodó la cabeza”. La vejez nos llega pronto. Hace un año, esta mujer, me hacía de comer cosas riquísimas, me pasaba su mano por la espalda cuando me quejaba de estar contracturada, o me aconsejaba cuando le iba con algún problema. Hoy, yace perdida en una cama, casi en una postura fetal y hay que darle de comer en la boquita como si fuera un bebé.

Necesité, al volver, mucha meditación, mucho escribir y mucho leer, para quitarme la angustia de pensar sobre nuestro destino como seres humanos, reflexionando sobre la senectud y tantas otras ideas que me generaron ver tan deteriorada a una mujer que no paraba un minuto, hasta hace muy poco tiempo. Hoy ni siquiera sé si me reconoce. Aunque no me importe, yo sí la conozco a ella, y la conoceré hasta el momento de su partida, y la visitaré las veces que pueda y le agradeceré, las veces que pueda, también.

Por eso, al volver ayer, casi ni perdí tiempo en el facebook. Acepté, sin mirar sus perfiles, a tres de las cinco personas que me pedían amistad. Solamente me fijé en cuántos contactos teníamos en común. Pero, me di cuenta hoy, que cada vez más el facebook, se está convirtiendo en una red que me ahoga.

Me acuerdo cuando arrancó -yo arranqué con él porque mis sobrinos lo tenían y yo quería estar en contacto con ellos- era algo divertido, algo medio anárquico en el que uno hacía lo que quería y nadie se enojaba por nada. Yo escribía en el muro de algún amigo en vez de en el mío propio y todos se reían y me cargaban, porque me había equivocado. Uno se inventaba nombres, lugares de procedencia, subía estupideces y se comunicaba con quien quería.

Ahora, controlado con todo tipo de resguardos para la privacidad, con herramientas de marketing en su interior, grupos, páginas, etc, etc, es un monstruo de varias cabezas al que le cortamos una y genera diez. Y no lo digo porque quiera bajar línea, que cada uno haga lo que quiera. Ese monstruo, a mí, me asusta. A veces, me asusta.

Hoy a la mañana, tenía un mensaje privado de alguien que me decía gracias. Era una chica: ¡Danixa! –mi nick en FB- gracias envueltas en un abrazo.

Como me gustó esa forma de expresión, le pregunté el por qué de su agradecimiento. Y me volvió como respuesta un ícono -un ¿emoji? creo que le dicen- de un pibe, un chaval en bicicleta, transpirando la camiseta, para decirlo en verso.

Le contesté que no entendía qué quería decir con ese símbolo. Y apareció la marca de leído, pero no hubo respuesta. Me dirigí a su perfil y vi que a pesar de vivir a 4300 km de distancia por ser una chica ecuatoriana, teníamos en común más de 150 escritores de Argentina que yo conozco, que son de carne y hueso, que los he leído o incluso de algunos soy amiga.

“Ella” si es que le cabe el género, es “amiga” de 240 personas en total, 150 de las cuales eran, son (porque ella sigue ahí) escritores argentinos. Esto, a ver si se entiende, puede pasar, sólo que alguien que siendo ecuatoriana y tiene entre sus contactos 150 escritores argentinos, tiene que ser alguien a quien le guste muchísimo la literatura argentina y tener, por ende, un discurso en su muro que sea consecuente con esa pasión por leer. En cambio ella, tenía frases hechas de esas tipo cadena, pedía -ay Dios, qué gracia- que por favor sus amistades no la atosiguen con cadenas que ella misma había posteado más abajo, no tenía ni una mísera foto que uno pudiera decir es real, todos sus posteos eran impersonales, y la lista – como cualquiera se puede imaginar- podría seguir.

Así que no lo dudé ni un minuto más. La eliminé de mis contactos, y tras cartón cerré mi cuenta. No por paranoia, me tiene sin cuidado que alguien me espíe así, estúpidamente si se le da la gana -no oculto nada en el facebook que no pueda ser leído por cualquiera-, sino que lo cerré por desgaste.

¿Cuál es el sentido de tener unos 1500 y pico de “seguidores” -porque ya hace rato que mi facebook no era de amigos- si los seguidores no saben qué decir cuando uno les contesta algo en un chat? ¡Qué gran falacia! pensé, esos perfiles con tantos seguidores, ¿serán todos así?

Pues nada, antes de tardar un minuto más y perder tiempo en contestarme mis cuestionamientos sobre el facebook, lo cerré. Me agota mentalmente. Me chupa una energía que no tengo. Quiero tener tiempo para terminar mi novela, escribir en mi blog o lo que fuera; antes de terminar como mi tía, en una cama, perdida, mirando la nada.

Así que si algún amigo de verdad, ve que he desaparecido de su lista, es que me he borrado yo. Cuando esté con más tiempo, volveré; mi relación con el FB es así. Si tengo tiempo, hueveo y me dejo llevar por las estúpidas redes sociales; y si no, me guardo como el caracol, que cuando se acerca al fuego, resguarda su vida.

 

La langosta

marchacontralosgenocidas

Soñé con una langosta.

Se retorcía y defendía con sus pinzas del que la quería atacar

¡pobrecita ella!

¿Cómo podía adivinar, antes de aparecerse en su camino,

que el humano es tan malvado?

¿Qué sabía -como no saben los niños, ni los idiotas-

que hay perdones para los culpables,

aunque se ensañen con las langostas, con la humanidad,

aunque torturen,

aunque el mundo los haya sentenciado?

Duele saber que en mi país los genocidas saldrán pronto en libertad.

Creíamos (porque éramos muchos, no solo la ilusión de mi vana cabecita)

creíamos que eso ya era cosa del pasado.

Pero como la langosta, seguimos siendo torturados,

esta vez no con picanas, no con “submarinos”,

sino revolviendo en nuestra memoria y avalando

el lobo hombre para el hombre.

 

Cómo te extraño

Me gusta el silencio de las madrugadas cuando sé que nada ni nadie lo irá a interrumpir, cuando lo tengo, por así  decirlo, asegurado; cuando sé que es mío y lo seguirá siendo.

Pasé algunos silencios que sabía no me pertenecían, que iba alguien a estropeármelos en cualquier momento. Eso no fue bueno. Al menos para mí.  Y me hizo hipersensible a la fragilidad de esos momentos sin desespero, en los que intuyo que vendrá algo y me lo quitará, sé que no es mío ese silencio, y me gana entonces el miedo, el pánico, el no saber qué hacer.

Pues, hoy, en esta casa; cada vez que despierto sé que estoy a salvo. Conozco los ruidos, las horas marcadas por los ruidos, los olores, lo que vendrá y lo que se fue.

Ayer, cuando desperté en el avión que me llevaba ( o me traía) a Ezeiza, tampoco sentí miedo. Me estaba acercando al sitio del que conozco como la palma de mi mano, me estaba acercando a mis madrugadas sin miedo.

Estaba en primera fila, cosa rara, pero fue así…me habían asignado un asiento ( a mí y a otra mujer) la fila del medio de adelante de todo. La mujer no se podía mover por su rodilla, estaba en una punta; yo, por mi espalda  necesitaba extenderme todo lo que podía, así que después de dormir casi ocho horas tendida de espaldas, me despertó la voz del comandante en plena madrugada para decirnos que pronto servirían el desayuno ya que se anunciaba el arribo inminente a destino.

Me incorporé, y vi en la pantalla del vecino de mi derecha, cruzando el pasillo, que estábamos sobre volando ya el continente sudamericano. La línea amarilla y punteada cruzaba todo el Atlántico, se metía por Brasil y pronto llegaría a Uruguay y para cuando termináramos el desayuno, en Buenos Aires.

Pasaron los carritos de comida, los de bebida, los de limpieza, y el avión volvió al silencio de los que todavía aprovechan el último rato para dormir, bajaron la luces y busqué en mi pantalla una música para esperar el aterrizaje.

Encontré a Abel Pintos, a quien no conocía en particular. Sí lo había oído un par de veces y el timbre de su voz me había gustado, sabía que había ganado premios, y que tenía una buena trayectoria…así que me coloqué los auriculares y me dispuse a escucharlo. Miré en la pantalla del vecino que estábamos llegando a Buenos Aires.

Comenzó a sonar un tema, me acerqué y leí: Cómo te extraño. De inmediato se me hizo un nudo en la garganta, no sabía por qué, pero estaba yo tarareando su estribillo: Cómo te extraño.
(Escuchar la canción en otra ventana)

Después, de tantas veces que la escuché, de tantas veces que le di a volver a escuchar, mientras el avión se acercaba a mis madrugadas sin desespero, pude escuchar la letra con más detenimiento y me di cuenta del por qué el llanto:

Quiero abrazarte y sentir,
volver a ser un niño,
y que me alejes del miedo, cariño,
y no sentir los años,
Dormir desnudo y a salvo de todo,
lo que nos hace daño.

Quitar la vida y mentir
se hizo una costumbre
cuando la fe y el amor ya no alumbren
no va a quedar más nada
vivir será lo temido por todos
y la muerte amada.

Y cada vez que cantaba (o gritaba, porque hacia el final grita) cómo te extraño, yo cantaba con él, no sabía a quién, si a Europa, a la que acababa de dejar atrás, a lo que había vivido, o más bien a todo lo que a la fuerza decidí abandonar de esta prostituta Buenos Aires, que sabe bien, a pesar de sus miserias, sabe exactamente qué debe tocar, qué fibra hacer sonar, para seducirnos, para hacernos saltar del dolor cuando nos vamos.

El avión seguía a oscuras y ya se veían las primeras luces de la gran Buenos Aires, que como San Pablo o México se ven desde el aire desde muy muy lejos. Yo seguía, con mis auriculares puestos, moviéndome al son de la hermosa canción de Pintos, y el avión, por una ventanilla u otra, mostraba cada vez más , las luces de esta ciudad.

Sabor temprano y azul,
es el color del cielo,
si llueven sueños, la luna está en celo,
y él sol de soltería,
me gana el llanto,
añorando decirte mis tonterías.
Como te extraño,
Como te extraño…

Saqué el cuaderno de mi bolso y escribí algo, demasiado íntimo para ser visto con las luces de la cabina, tan íntimo y sentido como mi llanto y los gritos de Abel Pintos cuando el avión comenzó a descender:

Podrás decirme que soy,
tal vez exagerado,
cuando aseguro que estar a tu lado
me vuelve el tiempo a cero,
y ahora mismo apagar el reloj
es lo único que quiero.

Y así, canté con él, hasta que pude, canté y lloré una y otra vez
Cómo te extraño…hasta que entendí  a quién se la cantaba.

Fui feliz a pesar del llanto, estaba ya sobre suelo argentino en plena madrugada. El capitán anunció el descenso y nos dejó sin Abel Pintos, pero con los motores rugiendo sobre las eternas luces de Buenos Aires y su madrugada.

Tu vida eres tú, y yo un bendecido, 
con tu amor y con tu luz, 
que calma mi dolor, 
Mi dolor…

Abel Pintos, Cómo te extraño.