Mi caída, nuestra caída.

Acabo de  terminar en estos días el libro de Leonardo Padura “El hombre que amaba a los perros”. Un libro que me sumió en la más absoluta tristeza.

A veces pienso que los libros nos eligen, o eligen el tiempo en el que nos debemos sentar a leerlos. Nada que una lectora, un lector, no haya sentido al sentirse identificado con alguno. Lo raro es que aquí la identificación era con varios personajes antagónicos;  tanto el de Ivan, el de Trotsky o el de su asesino Mercader. Hasta que en un capítulo, el 28 más precisamente, sentí que me caían las lágrimas calientes del “darse cuenta de todo”.


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El discurso de Iván, aun en realidades completamente diferentes, pero con el mismo grado de credulidad, de ingenuidad y de obediencia a proclamas que nos harían ser los héroes de un mundo mejor, de un hombre que se venía y para el que teníamos que dar lo mejor de nosotros. Aunque a diferencia de Iván yo no viví en Cuba, sino me pasé gran parte de mi vida en países europeos, a mis cincuenta y cinco años estoy donde nací y  bajo un gobierno de cuño liberal y patético que les ha mentido descaradamente a la gente desde su formación.

Ese capítulo me atravesó con un filo tan extremo, tan asquerosamente delgado, que al comienzo sólo sentí que algo me dolía y cuando acabó, la iluminación fue un reflejo que duró unos segundos, alcanzó a iluminar lo que debía y me dejó a solas con mi oscuridad.

Desde hacía mucho tiempo me andaba dando vuelta la idea de un desmoronamiento. Tal vez su causa sea mi edad. Tal vez el último viaje a España, el año pasado, en los que sin querer removí viejas heridas, pero sané otras y paradójicamente el sanarlas, me hizo sentir que ya no tenía que luchar más por nada, como había sentido durante toda mi vida.

Ese estado de abandono, de ver cómo se caía en pedazos lo que siempre quise descubrir como una verdad, esa falta de rencor que cambié por una infinita compasión, como la que alguien puede ver en un clown que baja del escenario y descubre en él a su humanidad sin fasto, sin narices de colores, sin brillos, nada. Ese fue el principio de mi derrumbamiento. Nada hay más tremendo ni hay sostén mayor en la vida que la lucha por algo que uno se debe a sí mismo.

En España me hice amiga de mi pasado, descubriendo cuánto había dejado yo que ese pasado me fuera dado. Cuánto provoqué del dolor que creía inmerecido. Cuán débil fui creyendo en mi fortaleza y sobre todo, cuánto necesité de ella para criar a un hijo que ya era un hombre.

Hoy, a más de un año de volver y comenzar a estudiar antropología para no volverme loca, empiezo a atar los cabos de aquellos días inocentes, de mis locuras juveniles y no tanto, mis impulsos hacia actos a los que nunca les di la dimensión que tenían. Creí durante mucho tiempo,que la vida de todo ser humano era así de dura, así de “peleona”, así de desafiante. Creí que todo el mundo se debía medir con una vara tan alta como la que yo me había puesto para perdonar lo que había conseguido con tanto esfuerzo: una vida digna para mí y para mi hijo.

Pero estudiando antropología caí en la cuenta de la cantidad de historias parecidas a la mía, la cantidad de veces que las sociedades fueron masacradas en nombre de una verdad en la que se creía a pie juntillas y que era pura falacia. Eran máscaras como las de la tragedia o la comedia. Se podían echar al fuego de los días y ser olvidadas al cabo de unos años.

Cuánta energía perdí tratando de demostrarle al mundo mi fe, mi verdad, mi pasión en algo en lo que creí de verdad. Cuanta ceguera tuve al no darme cuenta que a nadie le servía mi honestidad, ni mi rectitud ni mi brutal grito de razón. Solo causaba daño. Solo me volvía cada vez más odiada, más lejana, más inalcanzable. Rodeada de un halo de dureza que jamás, juro por lo que sea, jamás tuve ni tendré. Apenas soy un manojo de carne y sangre, que como muchos, no siente la piel, no tengo protección ni nada que me resguarde.

Por eso, al sentir que ya nada tenía que andar defendiendo, me caí. Y con mi caída arrastré al mundo que me había armado conmigo. O el mundo que me armó a mí. La idea de libertad, por ejemplo, se cayó en este pozo en el que estoy metida, y desde donde -como los esclavos de Platón- veo las sombras de aquel que funciona allá arriba. Pero a diferencia de la caverna del griego, yo ya dejé atrás esa realidad, sabiendo que eso que vi y viví, no era vida.

Hoy me refugio en los sueños, ese estado del que todavía nadie nos habló definitivamente. Esa otra vida que, pesadillesca o no, prefiero sin poses. Me refugio en lo que escribo, sin esperar ni siquiera editarlo. Me refugio en un solo por hoy como el de los alcohólicos o drogadictos, a los que siempre me acerqué mucho más de lo necesario o permitido.

El mundo, mi mundo, se cae. No tengo más viejos en la familia para achacarle las culpas de nada. No espero tampoco nada ya de mi hijo, salvo que cuando esté muerta, no me juzgue por los errores que cometí sino por todo el amor con que lo defendí de este mundo de mentiras.

Vivir así es casi como estar condenada a perpetua. No esperar nada ni nadie. Solo esperar la inercia mínima, salir de la cama, pasearme un rato por la casa para saber que sigo, que aún sigo viva.

 

 

 

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Sarajevo

Reconstruir la historia es una de las cosas más difíciles de hacer. Sobre todo cuando involucra a diecisiete millones de muertos. Mucho más, cuando entre esos muertos y sus huérfanos están los familiares de uno, los que jamás llegará a conocer.

Crecí escuchando las historias que mi abuela eslovena nos contaba sobre la “güerra”. Porque parece -por lo menos para los que la vivieron- que fue la que menos debía durar y terminó siendo la más grande de todas. La madre de todas.

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El punto de inflexión, el 28 de junio de 1914, cuando un chico de siete años más que ella, mató al Archiduque heredero  y prendió la mecha para la Primera Guerra Mundial. Lo que ella vivió. Lo que ella sufrió. Cómo cambio el mundo desde su Doberdó natal, tan cercana (y a su vez lejana) a Sarajevo, en ese tiempo en el que todo se medía a pie, en bicicleta o con suerte en carreta. Esa aldea de Doberdó, Gorizia, Trieste, campo y aldeas urbanas.

Crecí con esa maldición -“la güerra”- ensuciando mi infancia y adolescencia. Jamás, -ningún maestro, ningún profesor- llegó a explicarme cómo empezó todo. Jamás tuve el coraje de desentrañarlo por cuenta propia. Demasiado dolor y miedo para hacerlo. Lo salteaba como a una caja de Pandora, o como a esas cajas de fotos guardadas que uno deja siempre para después, sabiendo que al mirarlas no se sale indemne.

Pero uno crece, los ancestros mueren y uno pasa a ser ese viejo que recuerda y que quiere perpetuar su memoria para no irse con ellos. Estúpidamente, infelizmente lo hace, porque sabe que la fecha está cada vez más cerca. Y además, ya se tiene muchas otras batallas para contar, quizá más cercanas en el tiempo, pero tan dolorosas como la madre de todas.

Hoy tuve el ánimo para ver “Sarajevo” de Andreas Prochaska, (2014), con un guión excelente de Martin Ambrosch . Una película sobre el momento preciso en que un chico de diecinueve años, con su disparo, cambió el mundo para siempre. No sabía lo que había detrás, aunque lo suponía, no lo sabía, o como dije no lo quería saber. Menos, verlo actuado. Parece como si doliera más que lo leído, que salteado rápidamente es borrado de inmediato por la memoria. Duele mucho.

Vi a mis abuela entre esa gente. Con el resplandor del sol de aquel tiempo en su pelo. Sus doce años reventados por las esquirlas de un atentado, tan cercano a donde ella vivía y jugaba, y pastoreaba las vacas. En una familia a la que le arrebataron a varios hombres y en la que su madre, no sobrevivió más que tres años.

Hoy, a mis cincuenta y cinco, recién puedo entender el horror de escuchar los gritos alemanes a los que aludía mi “nona”, a pesar de no ser judía. Las botas, los ruidos de las armas en las puertas, el infierno que rememoraba cada vez que podía. La película Sarajevo me la devolvió con su voz temblorosa y asustada, sus ojos bien abiertos, cuando nos hablaba de lo que nadie más que ella nos supo contar, y nadie ya lo podrá hacer, al menos en esta familia.

La madre de todas. Así le llamaba mi abuela Otilia a esa especie de monstruo que opacaba nuestras sonrisas infantiles, para sumirnos en el horror de sus ojos grises, los ojos que -como un girasol de cielos- lo buscaban desde cualquier mesa en la que nos contaba los momentos cotidianos de su vida tan trágica.

Ver reconstruidos los momentos en el que todo se alinea para ser lo que nunca más será, me adelantó la visión de un futuro en el que no quiero avanzar. Como si a cada persona que se me cruzara quisiera decirle, para ahí, basta, hasta aquí llegamos. No fuerces la historia. Nunca sabés qué mal te sobrevivirá por hacer algo nimio -obligado o no- que considerás tonto hoy, pero que después te hará arrepentir durante toda tu vida.

 

La piedra de Sherlock Holmes

Ian McKellen
Ian McKellen el joven.

Viejo y vestido de blanco como Caetano.

Está viejo y el verde lo rodea

a él y a sus piedras.

Él convertido en una piedra, casi.

No sé por qué soy testigo de tanta despedida.

-Una piedra caliza- dije sin rumbo, ayer, en la universidad.

-Una piedra caliza- rieron todos.

No imaginé que la piedra caliza sería mi Sherlock

rodeado de prado inglés

cercado por cantos rodados a las que venera

como en Hiroshima, a los que se fueron

como a los parientes cercanos

como Hobsbawm al Siglo XX

al día anterior a Hitler

al pasado que no va a volver

a la memoria que se perdió, para siempre.

 

Por qué nos volvimos como los griegos

con tanto dolor a cuesta.

Tantos siglos y el hombre sigue olvidando

sigue rodando, sigue sin pie ni cabeza, blandiendo solo locura.

 

Las palabras mágicas ya fueron confesadas,

susurradas al oído de algún muchacho que hoy no está.

La avispa clavó su aguijón

y mató la esperanza de algo mejor.

 

Ya no queda más para mí que ver sucederse

los hechos que no quiero,

uno tras otro, blancos como la cal, la chaqueta o

las piedras que apila Sherlock en su último caso.

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Hobsbawm el joven.

 

 

 

 

 

Mi tía y el romero

Un día de hace años, el mismo que me volvía a España, grabé con mi celular las voces de todos los que quería. Recuerdo que ese móvil tenía una función que, para la época, era novedosa. Convertía esas voces en alarmas de despertador.

Por lo tanto, mis sobrinos, mi hermana Ale, pero la voz de mi padre y la de mi tía fueron grabadas con el miedo que se tiene cuando uno se va a vivir lejos: no poder volver a escucharlas jamás. Digamos que cada despedida es como una posible muerte, y por el contrario, como no se pueden imaginar los que no lo han vivido, cada reencuentro es entrar a un paraíso de felicidad.

Aquella tarde grabé todas esas voces queridas, les hacía decir: ¡despertate Diana que es tarde, y tenés que trabajar! Era todo muy divertido. Cada uno le agregaba lo que quería, y la idea había resultado un buen pasatiempo para llegar pronto a la hora de la partida.

Recuerdo que estábamos en la escalera que unían los pisos de mi tía y el de mi papá. Y llegó el turno de grabar esa voz que tanto hacía de madre como de abuela de mi hijo, aunque para todo el mundo de “la dinastía eslovena”, fuese la de La tía. Ella se prestó a mi pedido, se sentó en la escalera y comenzó a grabar. Y después de grabar mi alarma, como siempre le pasaba, se entusiasmaba como una nena y comenzó a cantar canciones de su pueblo natal cerca de Trieste, antes de que Mussolini la hiciera italiana.

Una tras otra cantaba las canciones más emblemáticas de su juventud, la de los “Partisan”, la de las buenas noches, la de los amantes y las de la guerra. Y se acordó de una que jamás habíamos escuchado. La recuerdo como la del rožmarin o romero, en castellano. La voz muy triste y la mirada perdida en la luz que entraba por la puerta de la terraza nos mostraban a una tía distinta, llena de recuerdos y de secretos como pocas veces se dejaba ver. Los que la rodeábamos le preguntamos cuando terminó, de que se trataba aquella hermosa canción. Nos dijo que de la juventud y la belleza que se va, como se va el agua del río y arrastra las ramas del romero que crece junto a él.

Ya en España, la escuché cientos de veces, por supuesto, hasta que en un descuido el celular se perdió y con él todas esas maravillas.

 

El día que murió mi tía, el 25 de julio, estaba ayudando a mi hijo a hacer su trabajo para distraerme y me preguntó que quería escuchar. Le dije, el Café del Sur, de Radio 3 de España, un programa de radio ( si quieren pueden escucharlo clickeando en el link) de Dimitri Papanikas, un griego que ama Buenos Aires y que lee poesías y textos, y que además de pasar bella música, cuenta historias hermosas.

Pero ese día, lluvioso y triste, cuando mi hijo buscó la última emisión, no era sobre Buenos Aires sino sobre Grecia. Y las canciones que comenzaron a sonar fueron tan parecidas a las que cantaba mi tía aquella tarde cuando yo regresaba a España que me impresionó mucho. Hasta que llegó la anteúltima, en el minuto 52:52 del audio, sonó mágicamente y si bien no era la del Romero que cantaba mi “tieta” fue un homenaje a ella. Porque la letra, una vez que pude encontrar la traducción, decía así:

Qué hermosa es ella con sus vestidos de todos los días

y su pequeña onda en el pelo

¡Nadie vio la belleza que ella tenía!

¡Nadie supo de su hermosura!

Muchachas de Munchausen, muchachas de Dahau

¿han visto a mi amor?

-La hemos visto en un largo día,

ya no tenía sus vestidos

tampoco su pequeña onda en el pelo

-¿Y cómo estaba mi amor?

-Ella estaba acunada por su madre

y por los besos de su hermano…

 

Me quedo con esta parte de la canción, porque lo demás es muy triste. Me la imagino cubierta de besos de mi papá y en brazos de mi nona Otilia, a quienes ella tanto extrañaba. Con eso me contento.

Ay! las vueltas de la vida, la magia de los sentidos o los sentimientos, no sé. Yo la sigo escuchando con sus pasitos tenues, bajando la escalera.

 

Recuerda, cuerpo…

Hoy buscaba fotos de cuando le hacíamos con mi crío el homenaje a la Pachamama. Él era muy chiquito. Yo le decía que buscara algo para darle a la madre tierra a la que él llamaba Mamá Pancha o algo así y traía sus caramelos Sugus, para enterrarlos en un hueco en la tierra, debajo de un ciruelo. El jardinero nos miraba con el rabillo del ojo pero no decía nada. Después fuimos colegas como docentes en la Universidad, me daba mucha vergüenza que se acordara, pero supongo que a él también le daría la suya, solo por ser jardinero, así de tontos éramos, hace más de diez años. Y es de esa época, este posteo en el blog al que llamé Ya no sé qué hacer conmigo, en el que cuento sobre mi tieta, a la que duelo cada día, todavía. A pesar de que ya hace una semana que se fue, se me aparece en cada cosa aunque yo no quiera. A la Pachamama y a la tía Darinka, que supongo vendrá a ser hoy, mi Mamá Pancha, este posteo de hace diez años.

Martes, octubre 28, 2008

Recuerda, cuerpo…

Mi tía Darinka y mi tío Eralio, cincuenta y cinco años de amor.
Ella 81, el 86.
Anoche leí un librito de poesías de Kavafis.

Kavafis, nacido en Alejandría, cien años antes de mi nacimiento, era un total desconocido para mí hasta que en el programa la Bañera de Ulises, en Radio Nacional de España, Radio 3, Emilio leyó un poema suyo.

Con una música de fondo que me partió en dos. Como siempre.

Pues ahora, en esta especie de segunda adolescencia que se me ha brindado, he retomado con placer la lectura de sus versos. Y ¡oh! causalidad…me encuentro con muchas cosas que bien podría decir o escribir yo en estos momentos…
Fíjense en esta poesía llamada Voluptuosidad:

La delicia y el perfume de mi vida es la memoria de esas horas
en que encontré y retuve el placer tal como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida, para mí que odié
los goces y los amores rutinarios.

o este otro que da nombre al post de hoy.

Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto fuiste amado,
no solamente en qué lechos estuviste,
sino también aquellos deseos de ti
que en otros ojos viste brillar
y temblaron en otras voces
-y que humilló la suerte-.
Ahora que todos ellos son cosa del pasado
casi parece como si hubieras satisfecho
aquellos deseos -cómo ardían-,
recuerda en los ojos que te contemplaban;
cómo temblaban por tí, en las voces, recuerda, cuerpo.

Mi tieta, hablando con su amor.
Anoche me dormí pensando en ese recordar. Soñando con Kavafis, con Emilio, con Valdi, con la gente que nombró mi tía Darinka cuando terminó la cena, la Mar del Plata antigua de los veranos, la Buenos Aires de los inviernos crudos, las saciedad con los imperiales o chops en el Munich de Villa del Parque, la cerveza con cuello, los Bemberg y la Quilmes, las bañaderas en los que las mujeres iban a las fiestas, los amantes, los amores, los cumpleaños, la vida y la muerte, los cuerpos que recuerdan cada mirada. Cada sensación. Y se iluminan. Y entonces, entonces brillan.
Será por eso que hoy le hice una sesión de maquillaje, necesitaba verla joven, aunque ella se negaba, le metí la excusa de limpiarle los poros de los aires tóxicos de los Buenos Aires -acá, en el sur, hay aire puro, tía, la piel debe respirar y dilatarse, y oler nuevamente-  el perfume de la juventud, de la vida latiendo, del futuro inexistente, del romero, de los jazmines y las rosas, y las lilas, y los limones , los ojos tuyos, fogosos cuando recuerdan, aunque los coronen mechones blancos y grises, que una peluquera de pueblo italiano le enseño a peinar como un adorno de plata que la hace más bella.
A mi tía Darinka con el amor de siempre, o más.
Porque siempre está cerca, muy cerca, a pesar de sus ochenta y un años, cuándo más la necesito.

Mi tía y yo después de la sesión de maquillaje,
estamos delante del cuadro que dice
Warum Wir (¿Por qué nosotros?)…

Darinka, mi tieta.

Ayer velamos a mi tía/madre. A veces el dolor se me hace insoportable. Me acordé de una parte de mi libro Fui Gemela, en la que la retraté ya de viejita.

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…”La Tía se había caído una vez más. Desde que el Tío había muerto, veía televisión, y después venía abajo a contarlo. Estaba cada vez más chiquita ¿Cuándo fue que se volvió así? Su batón dejaba ver sus brazos desnudos, flaquitos. Parecía una nena. Yo la miraba mientras ella le contaba a Bautista lo del cable. Se avergonzaba de olvidarse las palabras y se embrollaba. ¿A quién le tiene que dar explicaciones a sus ochenta y cinco años? La Tía, vieja, con el pelo blanco atado en una cola de caballo, contaba sobre la pizza de mariscos que hicieron en un pueblito de Asturias.
—O no, era en Hamburgo, o después vino lo de Hamburgo, y eso era en… bueno, no importa –decía— la cosa era esa pizza …
Estaba sentada en la silla de la computadora que le había cedido Bautista y a cada rato se resbalaba, las piernitas apenas le llegaban al piso, lo tocaba con las puntas de los pies.
—Che tía, sentate bien, a ver si no te caes…
Parecía un gorrioncito la vieja. Intentaba acomodarse más atrás pero apenas se movía.
…es difícil sentarse en una silla con rueditas -seguía Bautista.
—Sí— decía sin escuchar— la pizza, ¿vos sabés? Tenía tantas cosas que yo digo más que pizza, era otra cosa.
¿Hace cuánto que no hace pizza esta mujer?
—¡Ahora las cosas son tan distintas! Cuando teníamos el negocio, nooo…te la tiraban por la cabeza!
Ella amasaba como su madre. Setecientas pizzas un sábado fue el récord familiar. Ahora se cansaba de todo, de subir, de bajar, de mirar por la ventana.
—Mirá vos— decía Bautista.
¿Cuánto tiempo me quedará a mí para que me llegue esa hora, y me levante a la noche porque no pueda dormir de los dolores y me prenda la tele y me haga una leche tibia? ¿O me llegará como a Fanny, en lo mejor de mi vida?

—Claro que como no escucho bien no sé si era en Asturias o Hamburgo, o si lo de Asturias vino después, yo no sé.
Pero a ella igual le gustaba ese programa, porque daban paisajes.
—Y siempre es mejor ver paisajes y al chino ese haciendo una pizza rara que ver las patadas que le daban al ladroncito ese por la televisión, la gente está loca ¿Vos sabés cómo le pateaban la cara? Dieciocho años tenía, para qué matarlo, aunque hubiera robado no sé cuántos dólares o no sé qué, una estupidez, entonces este programa del cable te distrae, aunque no sea una verdadera pizza ¿no?”

 

 

De Fui gemela.

A mi tía, que seguro, sigue rezando por mí.

Darinka, mi tía.

Tía Darinka
Murió con el puño apretado sobre el cuore, le enseñaron el Mea culpa desde chiquita.

Le gustaban los higos de Mar del Plata.

Comprar para tener por las dudas.

Rezar por todos y cada uno antes de dormir.

Que los pisos brillen.

Hacer pizza y que le digamos que era la mejor.

Jugar a las cartas con quien quisiera,

Leer la sección Turismo de La Nación.

Que la reconozcan los curas de la parroquia.

Adoraba a mi gata, decía que solo le faltaba hablar.

Quería caminar y ver vidrieras.

Cocinar. Servir. Mirar por la ventana.

Le gustaban los programas de televisión con juegos o paisajes.

El romero fresco.

Hacer pasta o “crostoli”.

Los perfumes con verbena.

Mostrar sus artrosis y disculparse por ella.

Dar masajitos en la espalda.

Estar cuando uno más la necesitaba.

 

Fue mi segunda madre.

Tan distinta a la verdadera, muerta hace ya veintiocho años.

 

Me avisó mi primo que acaba de irse.

La veo por todos lados. Supongo que vivirá en mí como en todos los que la conocimos y quisimos.

Se acaba una época para esta familia de yugoslavos. No hay más viejos inmigrantes. Lo que no preguntamos ya nadie lo va a contestar.

¿Por qué será que cuando muere alguien a uno se le vienen tantas preguntas que no hizo?

 

 

 

Sábado cotidiano

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“Más tarde, (…) reconoció todos los temas de su madre. No había ninguna estrechez de miras en sus intereses. También los compartían Jane Austen y George Eliot. ( Su madre) no era estúpida ni trivial, su vida no era desventurada, y él, de joven, no tenia por qué haberse mostrado condescendiente con ella. Pero ya es demasiado tarde para disculparse. (…) en la vida son raros los momentos en que se saldan cuentas; a menudo no se disipan los malentendidos. Tampoco persisten como algo que es apremiante resolver. Simplemente se mustian. La gente no guarda un recuerdo claro, o se muere o mueren las preguntas y otras nuevas ocupan su lugar.

(De Sábado, Ian Mc Ewan)

Mentiría si dijese que fue a propósito. Comencé a leer este libro sin saber que día era hoy. Cosa que me pasa mucho últimamente. No tengo conciencia de los días. Todos son iguales de tristes y grises. Y aunque alejada de Londres y del año en que se desarrolla el sábado de Henry Perowne, este sábado de hoy me interpela de la misma manera. Con su confusión y sus vaivenes sobre lo que está bien y lo que no, lo que podría estarlo y lo que no; los recuerdos de sus hijos chicos y de su madre; con el mundo a punto de estallar.

Un sábado en Buenos Aires que arrancó con un wasap de una amiga que vive muy lejos. –Mamá no anda bien, entra y sale del hospital-.

Ayer era una guerrera. Será por eso que no pude contestar. Será por eso que apagué el teléfono y me vi tres capítulos de Vikings, dormí una siesta larga y seguí con esta novela que como un cuchillito afilado desgarra la cotidianidad .

Hace poco, vi el documental que rodaron siguiendo a Bourdieu un año antes de que muriera: La sociología es un deporte de combate. No hay golpes bajos en ella. No los “debe” haber. Como tampoco los debe haber en la escritura. Lo sé. Sin embargo, me saltaron las lágrimas cuando Bourdieu habló de su vida. Me dio en el estómago cuando habló de que a veces las vidas no se miden en años sino en experiencias. Y que él ya estaba cansado.

Hoy estoy así, salto de un recuerdo a otro, de una foto a otra, de un impulso a otro me dejo llevar. A ver qué me depara el destino. Parece como si se estuviera escribiendo solo últimamente.

Ojalá pueda saldar las cuentas en vida, como las saldó Ragnar el vikingo antes de ir al Valhalla. Ojalá exista un Valhalla. Ojalá encuentre allí a mi madre, mi padre, a mi tía y a la madre de mi amiga, renacidos todos, jóvenes y bellos, fuertes y dignos. Ojalá tenga tiempo de pedir perdón y de perdonar. De aclarar a los que me seguirán -en esta vida que ya me cansa también- por qué hice lo que hice y por qué dejé de hacer.

Me resulta apremiante escribir esto. No porque vaya a cometer ningún acto que atente contra mi permanencia acá, en esta convulsionada tierra, sino porque me apuró el personaje de Mc Ewan, metido en su Mercedes Benz, yendo a visitar a su madre en el geriátrico y entendiendo. Yo también entendí hoy. Mucho más de lo que entendí quizá en varios años de fogosa vida.

 

Domingo de sol y pobreza

Cuando hay sol como hoy en invierno, cuando la calefacción no calienta, no hay comida en la heladera pero sí internet ( cosa que últimamente me hace pensar en qué clase de bicho soy) , lo primero que hago un domingo a la mañana es un hacerme un mate y leer los portales de los diarios enemigos, las notas de los amigos en los portales periodísticos de verdad, no porque la verdad sea una sola, sino porque sabemos -o sé más bien- que detrás de esa nota no hay más nada que tratar de informar de la gravedad del asunto, y que nadie banca a nadie, y que todo lo que diga ese periodista puede ser usado en su contra, y que sería mucho más fácil reír y no ser cómplice de nada, pero no. Ni a mis amigos periodistas les sale, ni a mí.

Así que como gran masoquista que soy -solo por decidir bancarme este gobierno acá ya lo soy- , leo, leo y leo. Chupo mate, fumo, chupo otro mate, y empieza a endurecerse mi estómago, hasta que digo basta. Diana, stop. Tenés buenos amigos que te prestan Netflix, mirate una serie, regá una planta, escuchá a Eminem, pero no sigas cargando tu “sesera” de tanta mierda. Porque es eso. Mierda cada vez más dura que nos tiran por la cabeza. Panorama cada vez más oscuro, más “dark”. Más contracturas, más dolor de cabeza, más ansiedad, más palpitaciones, más todo.

Dios no me dio la capacidad de comer bizcochitos de grasa y mirar la tele, siguiendo la vida ajena cual si fuera la propia. Dios, o el universo, o la santa puta madre, me hizo un animal pensante y para mi gusto demasiado reflexivo. No me doy tregua.

Ayer, por ejemplo, cumplía cincuenta y cinco años y en el momento en que mi hijo y su novia se dispusieron a hacerme una torta, yo me puse a ver los atentados de París contados por sus protagonistas en un documental de la Netflix. Por qué, idonnou. Pero fue así.

Por eso, cuando termino de leer , se apodera una angustia enorme, enorme e insoportable y ya no veo el sol, no veo la torta, no veo el mate, no veo. Me quiero esconder del mundo. De la vida. De mi vida. No se me ocurre nada más que ver otra película, estudiar un poco más, dormir otro poco. Insisto con la misma cantinela de siempre ¿Esto es vida? o como me decía un amigo ayer, estamos pagando por todo lo que hemos disfrutado de ella durante nuestra mocedad.

No sé, no tengo respuestas. Pero en vez de sol, siento que caen soretes de punta.

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Siga bailando muchacho, mientras nosotros vemos como arruina al país.

Cumpliendo 55 años en el siglo XXI

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Es raro. Antes -no mucho tiempo atrás- a los cincuenta y cincoya se era abuela, ya se descansaba, ya se disponía el cuerpo con sus achaques para la vejez y la muerte después. Hoy es un esfuerzo más que nos pide la sociedad. No parecer de cincuenta y cinco, no jubilarse, no temer a la muerte porque todavía está lejos.

Pero ni el cuerpo deja de mostrar sus signos vitales deteriorados, ni la jubilación llega para descansar. Eso sí, se puede uno encontrar con un médico que nos dice que un estudio lo tenemos que hacer de manera urgente y todo se vuelve confuso.

Esa contradicción que nos plantea el día a día hoy, nos descalibra. Nos vuelve inestables. Yo, por ejemplo, inicié mi segunda carrera el año pasado. Todo el tiempo según los ritmos de la universidad tengo que “competir” con chicos de 18, 20 años que asimilan de una manera tan distinta a la mía lo que nos dan que muchas veces me siento fuera del tarro. La universidad todavía no está preparada para absorber las diferencias escolásticas, de vida, de madurez de la gente que la puebla.

Es raro ser estudiante a los 55 y es raro no poder expresar esa sapiencia que nos da la vida, porque todavía, según el rito académico, no tenemos un papel que avale que “nos recibimos”. Uno que ya a esta altura no cree ni en los papeles de color verde, a veces se ríe, a veces se enoja, y otras hay que tomar envión para seguir sin caer, sin abandonar.

A ver si me entienden, no me quejo de mi estado, digo que es raro. Que hay días en que pienso largar todo y convertirme en una abuela como era la mía por parte de madre, que murió a los sesenta años, que vestía de negro desde los cincuenta (y no por moda), por usanza, se hacía un rodete con su pelo canoso, y sonreía y aconsejaba y escuchaba la radio y tejía. Y cocinaba y sus manos pecosas acariciaban a sus nietos. No more.

Pero me es imposible hacerlo. Leo los Herederos de Pierre Bourdieu para sociología, o veo una serie en Netflix, o tengo que mostrarme up. Y hay veces que el cuerpo no está up. Para nada. Ni el ánimo, ni nada está para arriba. Y llega el día del cumpleaños y uno no sabe si festejarlo o hacer como que no pasa nada.

Y así estoy. Escribiendo en un blog, a punto de ver una serie en Netflix o seguir con Los herederos de Bourdieu para el lunes. Eso sí, el mate en la cama es el regalo que me hice esta mañana. Mate y tostadas para no aflojar.